Cervantes
TASA
Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que
residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por los señores
dél un libro intitulado
El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel
de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y
medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho
libro docientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel; y
dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa
se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para
que dello conste, di la presente en Valladolid, a veinte días del mes de
deciembre de mil y seiscientos y cuatro años.
Juan Gallo de Andrada.
TESTIMONIO DE LAS ERRATAS
Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en testimonio
de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de Dios de los
Teólogos en primero de diciembre de 1604 años.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
EL REY
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que
habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el
cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, nos pedistes y
suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y
previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese;
lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se
hicieron las diligencias que la premática últimamente por nos fecha sobre la
impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta
nuestra cédula para vos, en la dicha razón; y nos tuvímoslo por bien. Por la
cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir el dicho
libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mención,
en todos estos nuestros reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez años,
que corran y se cuenten desde el dicho día de la data desta nuestra cédula; so
pena que la persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo imprimiere o
vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que
hiciere, con los moldes y aparejos della; y más, incurra en pena de cincuenta
mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la
tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra
Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que
todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el
tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con
el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin
dél de Juan Gallo de Andrada, nuestro Escribano de Cámara, de los que en él
residen, para saber si la dicha impresión está conforme el original; o traigáis
fe en pública forma de cómo por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y
corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y
quedan impresas las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así
fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubiéredes de
haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro, no imprima el
principio ni el primer pliego dél, ni entregue más de un solo libro con el
original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno, para
efeto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro
esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y, estando hecho, y no de
otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y sucesivamente
ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e
incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas destos nuestros
reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo, y a otras cualesquier justicias
dellos, guarden y cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en
Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y
cuatro años.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor:
Juan de Amezqueta.
AL DUQUE DE BÉJAR, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de La Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de
libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las
que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he
determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al
abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento
que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección,
para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y
erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de
los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que,
continiéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y
menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de
Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan
humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra.
PRÓLOGO
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro,
como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más
discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de
naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá
engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo
seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados
de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda
incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El
sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los
cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte
para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo
que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y
sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que
no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a
sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy
padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni
suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector
carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni
eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío
como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de
sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice: que debajo de mi manto, al rey
mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así,
puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te
calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la
inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que
al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me
costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación
que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé,
por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso, con el papel delante,
la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo
que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual,
viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa; y, no encubriéndosela yo, le
dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote,
y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas
de tan noble caballero.
-Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo
legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que
duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con
una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre
de concetos y falta de toda erudición y doctrina; sin acotaciones en las
márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros,
aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de
Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a
sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando citan
la Divina Escritura! No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores
de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han
pintado un enamorado destraído y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es
un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro,
porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé
qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las
letras del A.B.C., comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo
o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer
mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean
duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque, si yo
los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales, que
no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En
fin, señor y amigo mío -proseguí-, yo determino que el señor don Quijote se
quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le
adorne de tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de
remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy
poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir
sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento, amigo, en que me hallastes;
bastante causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una
carga de risa, me dijo:
-Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un engaño en que he
estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he
tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. Pero agora veo que
estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es
posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar puedan tener
fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan
hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no
nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso.
¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y veréis cómo, en un
abrir y cerrar de ojos, confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las
faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del
mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la
caballería andante.
-Decid -le repliqué yo, oyendo lo que me decía-: ¿de qué modo pensáis llenar el
vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
-Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan
para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede
remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis
bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las
Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron
famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y
bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren desta verdad, no se os dé dos
maravedís; porque, ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano
con que lo escribistes.
»En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las
sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer,
de manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos sepáis de
memoria, o, a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle; como será
poner, tratando de libertad y cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur auro.
Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratáredes del
poder de la muerte, acudir luego con:
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas, Regumque turres.
Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego
al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad,
y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico vobis:
diligite inimicos vestros. Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el
Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la instabilidad de los
amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.
Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, que el
serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy.
»En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo podéis
hacer desta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacelde que sea
el gigante Golías, y con sólo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande
anotación, pues podéis poner: El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a
quien el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto, según
se cuenta en el Libro de los Reyes, en el capítulo que vos halláredes que se
escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y
cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y
veréisos luego con otra famosa anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho
por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar
océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que tiene
las arenas de oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de
Caco, que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo,
que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si
de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero
tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mesmo Julio
César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil
Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua
toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis
andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de
Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal
materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres,
o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el
cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros
las márgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.
»Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen, que en
el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis
de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la
Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que,
puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades
de aprovecharos dellos, no importa nada; y quizá alguno habrá tan simple, que
crea que de todos os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia
vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo
catálogo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá
quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada
en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene
necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él
es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó
Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de la
cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las
observaciones de la astrología; ni le son de importancia las medidas
geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica;
ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es
un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento.
Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que,
cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y, pues
esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en
el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis
mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de
poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la
llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra
oración y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que alcanzáredes y
fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin
intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el
melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade,
el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente
deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal
fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos
más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera
se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por
buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo; en el cual verás, lector
suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan
necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin
revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión,
por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el más
casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se
vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en
darte a conocer tan noble y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas
el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi
parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los
libros vanos de caballerías están esparcidas.
Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale.
AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Urganda la desconocida
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dirá el boquirruque-
no pones bien los de-.
Mas si el pan no se te cuepor-
ir a manos de idio-,
verás de manos a bo-,
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las mapor-
mostrar que son curio-.
Y, pues la expiriencia enseque-
el que a buen árbol se arribuena-
sombra le cobi-,
en Béjar tu buena estreun-
árbol real te ofreque-
da príncipes por fru-,
en el cual floreció un duque-
es nuevo Alejandro Ma-:
llega a su sombra, que a osafavorece la fortu-.
De un noble hidalgo manchecontarás las aventu-,
a quien ociosas letu-,
trastornaron la cabe-:
damas, armas, caballe-,
le provocaron de mo-,
que, cual Orlando furio-,
templado a lo enamora-,
alcanzó a fuerza de braa-
Dulcinea del Tobo-.
No indiscretos hieroglíestampes en el escu-,
que, cuando es todo figu-,
con ruines puntos se envi-.
Si en la dirección te humi-,
no dirá, mofante, algu-:
''¡Qué don Álvaro de Lu-,
qué Anibal el de Carta-,
qué rey Francisco en Espase-
queja de la Fortu-!''
Pues al cielo no le pluque-
salieses tan ladicomo-
el negro Juan Lati-,
hablar latines rehú-.
No me despuntes de agu-,
ni me alegues con filó-,
porque, torciendo la bo-,
dirá el que entiende la le-,
no un palmo de las ore-:
''¿Para qué conmigo flo-?''
No te metas en dibu-,
ni en saber vidas aje-,
que, en lo que no va ni vie-,
pasar de largo es cordu-.
Que suelen en caperudarles a los que grace-;
mas tú quémate las cesólo en cobrar buena fa-;
que el que imprime necedadalas a censo perpe-.
Advierte que es desati-,
siendo de vidrio el teja-,
tomar piedras en las mapara tirar al veci-.
Deja que el hombre de jui-,
en las obras que compo-,
se vaya con pies de plo-;
que el que saca a luz papepara entretener donceescribe a tontas y a lo-.
AMADÍS DE GAULA
A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desdeñado sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reducida;
tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre,
y alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
sus caballos aguije el rubio Apolo,
tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo único y solo.
DON BELIANÍS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Rompí, corté, abollé, y dije y hice
más que en el orbe caballero andante;
fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
mil agravios vengué, cien mil deshice.
Hazañas di a la Fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;
fue enano para mí todo gigante,
y al duelo en cualquier punto satisfice.
Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
y trajo del copete mi cordura
a la calva Ocasión al estricote.
Más, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!
LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO
Soneto
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!
¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!
Que así envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.
GANDALÍN, ESCUDERO DE AMADÍS DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE
Soneto
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la azada o la hoz poco repugna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.
Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente invidio,
que mostraron tu cuerda providencia.
Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,
que a solo tú nuestro español Ovidio
con buzcorona te hace reverencia.
DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE
Soy Sancho Panza, escudedel
manchego don Quijo-.
Puse pies en polvoro-,
por vivir a lo discre-;
que el tácito Villadietoda
su razón de estacifró
en una retira-,
según siente Celesti-,
libro, en mi opinión, divisi
encubriera más lo huma-.
A Rocinante
Soy Rocinante, el famobisnieto
del gran Babie-.
Por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-.
Parejas corrí a lo flo-;
mas, por uña de caba-,
no se me escapó ceba-;
que esto saqué a Lazaricuando,
para hurtar el vial
ciego, le di la pa-.
ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde tú te hallares,
invito vencedor, jamás vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica, vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.
No puedo ser tu igual; que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso.
Mas serlo has mío, si al soberbio moro
y cita fiero domas, que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.
EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
A vuestra espada no igualó la mía,
Febo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el día.
Imperios desprecié; la monarquía
que me ofreció el Oriente rojo en vano
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.
Améla por milagro único y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.
Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.
DE SOLISDÁN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Maguer, señor Quijote, que sandeces
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca seréis de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.
Serán vuesas fazañas los joeces,
pues tuertos desfaciendo habéis andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautivos y raheces.
Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen talante,
en tal desmán, vueso conorte sea
que Sancho Panza fue mal alcagüete,
necio él, dura ella, y vos no amante.
DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE
Soneto
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.
B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis. R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.
¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote
de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo
que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y
galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches,
duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de
añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della
concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos
de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.
Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no
llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín
como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta
años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador
y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o
Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso
escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba
Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél
no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que
eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y
gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la
administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto,
que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de
caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos;
y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y
cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos
cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y
os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera
el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las
heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes
maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo
lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar
su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino
deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y
sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de
su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido
mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,
barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que
si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula,
porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso,
ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco
dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el
juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de
encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros,
amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la
imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas
invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.
Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía
que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había
partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo
del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado,
valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la
Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser
de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo
era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de
Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y
cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su
historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que
tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que
jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así
para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse
caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las
aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros
andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en
ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del
imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del
estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que
deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos,
que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas
y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que
tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión
simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media
celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es
verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada,
sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo
que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que
la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de
nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él
quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della,
la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas
que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el
Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se
le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí
mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí,
estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que
declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era
entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase
él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la
nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria
e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto,
sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que
ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en
este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote;
de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera
historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros
quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había
contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y
patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen
caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la
Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la
honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y
confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino
buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era
árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí
con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y
le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le
venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y
se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido:
"Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a
quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don
Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced,
para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante".
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más
cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un
lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él
un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le
dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle
título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese
mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino
a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su
parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a
sus cosas había puesto.
Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso
don Quijote
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto
su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo
su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que
enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer.
Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese,
una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se
armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada,
embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al
campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado
principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un
pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa;
y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a
ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto
que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa
en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le
hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón
alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación
de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal
le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo
lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su
camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello
consistía la fuerza de las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y
diciendo:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera
historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando
llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana, desta manera?: «Apenas
había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las
doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados
pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía
la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido,
por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba,
cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas,
subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y
conocido campo de Montiel».
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas
mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en
tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que
seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que
no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y
carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes
fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no
parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro
sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros
le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan
despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a
derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Molinos de viento por Castilla la Mancha
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual
se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia
del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que
le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los
molinos de viento;
pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en
los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su
rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas
partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde
recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos
del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no
a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa
a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las
cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron
a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o
imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que
vio la venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y
chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con
todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a
la venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas
a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal
con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se
tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a
la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a
él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la
puerta del castillo se estaban solazando. En esto, sucedió acaso que un porquero
que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos -que, sin perdón,
así se llaman- tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se
le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal
de su venida; y así, con estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las
cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y
adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote,
coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo
su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
-No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de
caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan
altas doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala
visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su
profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote vino a
correrse y a decirles:
-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa que de
leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal
talante; que el mío non es de ál que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero
acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy adelante si a aquel
punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el
cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como
eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las
doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de
tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente; y así, le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en
esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha
abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareció a
él el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las
armas, mi descanso el pelear, etc.
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle
parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa
de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje;
y así, le respondió:
-Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre
velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza
ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con
mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había
desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la
mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan
bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la
caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando
las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque le
habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la
gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes,
y era menester cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso
consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda aquella noche con la celada
puesta, que era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar; y, al
desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le
desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo
con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino,
o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote
de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las
fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar
al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis
mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que las vuestras señorías
me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de
serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían
palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.
-Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me
haría mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas
raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao,
y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura
comería su merced truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer.
-Como haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una
trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza
de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la
ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que
fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el
gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped
una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan negro y
mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque,
como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca
con sus manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí, una de aquellas señoras
servía deste menester. Mas, al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el
ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba
echando el vino; y todo esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las
cintas de la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así como
llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de
confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con
música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y las rameras, damas; y
el ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su
determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado
caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna
sin recebir la orden de caballería.
Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse
caballero
Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual
acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de
rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra
cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza
vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba
confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se
levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don
que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío -respondió don
Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad
me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y
esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como
tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por
todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los
menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes,
como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos
barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de
oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche, determinó de
seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y
pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan
principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él,
ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio,
andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese
dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de
Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro
de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había
ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos
tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a
algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y
tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a
recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas,
recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y
condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen
con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder
velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en
caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que aquella noche
las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido,
se harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y
tan caballero que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque
él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los
hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso que en
las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no
era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran
dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron; y
así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que
tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por
lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña
llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en
los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los
curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los
socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con
alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al
punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen
tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros
por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas
necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y, cuando sucedía que los
tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos
lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las
ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo
por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los
caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar
como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí
adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se
hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y
así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado
de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila
que junto a un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con
gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el
paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la
vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan
estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con
sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los
ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la
noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la
prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos.
Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a
su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la
pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas
del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces y no las
toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera
curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí.
Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y, puesto el pensamiento
-a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado
pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y
amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza
a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le
derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera
necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a
pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin saberse lo que
había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó otro con la mesma
intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar las armas para
desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie,
soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y, sin hacerla pedazos, hizo
más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al
ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto
don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!
Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero,
que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que
tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el
cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la
pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque
ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase
a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y
traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero,
pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si
él hubiera recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su
alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,
venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis
de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que
le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron
de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la
misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar
y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese.
Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con
él había usado, sin que él supiese cosa alguna; pero que bien castigados
quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo
no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo
el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el
espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en
mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al
velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que
él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él
estaba allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a
quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la
paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un
muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba,
al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía alguna
devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un
buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre
murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas
damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y
discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de
las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les
tenía la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a
quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle alguna parte
de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha
humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de
Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella
estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su
amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña
Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó
casi el mismo coloquio que con la de la espada: preguntóle su nombre, y dijo que
se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la
cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera,
ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio
la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y,
ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le dijo
cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no
es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con
no menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas, y,
sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen hora.
Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan
gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba
por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su
huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo,
especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de
todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo,
que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la
caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi
conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no
ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura
de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que
se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone
ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde
pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún
menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las
voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a
una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta
de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le
estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada
azote le acompañaba con una reprehensión y consejo.
Porque decía:
-La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez;
y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid
sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenía una lanza
arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os haré conocer
ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza
sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me
sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es
tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, o
bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le
debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
-¿"Miente", delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos
alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego
sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en
este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual
preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a
siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y
tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería
morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y
juramento que había hecho -y aún no había jurado nada-, que no eran tantos,
porque se le habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que
le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las
sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero
de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le
sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí
que, por esta parte, no os debe nada.
-El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés
conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
-¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso;
porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.
-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga
respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le
dejaré ir libre y aseguraré la paga.
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no
es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el
rico, el vecino del Quintanar.
-Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros;
cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
-Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me
niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros
conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de
pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con
eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el
mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de
hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os
manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el
valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a
Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de
la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos.
Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque
y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole:
-Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor
de agravios me dejó mandado.
-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en
cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es
de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute
lo que dijo!
-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero
acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes,
que le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios,
veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque
me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que
ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir
a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que
había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto,
él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo
de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus
caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea,
diciendo a media voz:
-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre
las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y
rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero
como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe,
ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y
agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la
mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado
infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la
imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar
cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al
cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la
voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse
camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de
gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a
comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro
criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote,
cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él
le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir
allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se
afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y,
puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes
llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante
dijo:
-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo
todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea
del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del
que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la
locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión
que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le
dijo:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís;
mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena
gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es
pedida.
-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar
una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer,
confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente
descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de
caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra
ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de
todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras
conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo
tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que
vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea
tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos
con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y
aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que
es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo
eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-; no le
mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta
ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis
la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi
señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho,
con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del
camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó
Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose
levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y
celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por
levantarse y no podía, estaba diciendo:
-¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino
de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien
intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir
sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y,
después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don
Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera.
Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el
mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera;
y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el
miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vía, no
cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal
le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en
todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si
podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría
molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era
propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su
caballo, y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.
Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su
ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su
locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto
le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los
mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo esto, no más verdadera
que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a él que le venía de molde
para el paso en que se hallaba; y así, con muestras de grande sentimiento, se
comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que
dicen decía el herido caballero del bosque:
-¿Donde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que
dicen:
-¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un
labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo
al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le
preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don
Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua, su tío; y así, no
le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta
de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la
mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la visera,
que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenía
cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
-Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había
pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a vuestra
merced desta suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen
hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna
herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no
con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada.
Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al
cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo,
bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don
Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico,
y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que
de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no
parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus
sucesos, porque, en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro
Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y
llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a
preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y
razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo
modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde
se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando
al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino
estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don
Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que
he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y
haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el
mundo.
A esto respondió el labrador:
-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de
Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los que he
dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama,
pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se
aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que
anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen
al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció,
entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada;
y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don
Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se
llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él,
ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de mí!, que
me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos
malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han
vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando
entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por
esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han
echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha.
La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:
-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas
veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de
desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de
las manos, y ponía mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y
cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro
torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas
que había recebido en la batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y
quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida
que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo
me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de
mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y
quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen
ser abrasados, como si fuesen de herejes.
-Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día de mañana
sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego, porque no den
ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el
labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a voces:
-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que
viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso
Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras
a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía,
corrieron a abrazarle. Él dijo:
-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi
lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis
feridas.
-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi
corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin
que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y
otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y
él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su
caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se
pudieran fallar en gran parte de la tierra.
-¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo
los queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa
sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le
importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo
que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al
hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más deseo en el licenciado de
hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás,
con el cual se vino a casa de don Quijote,
Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en
la librería de nuestro ingenioso hidalgo
el cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde
estaban los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana.
Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de
libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los
vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una
escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado: rocíe este aposento, no esté aquí algún
encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las
que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese
dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser
hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido
los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un
rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la
hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de
aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los
títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de
Amadís de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el
primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado
principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta
tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-, que también he oído decir que es el mejor de todos
los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte,
se debe perdonar.
-Así es verdad -dijo el cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora.
Veamos esotro que está junto a él.
-Es -dijo el barbero- las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de
Gaula.
-Pues, en verdad -dijo el cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del
padre. Tomad, señora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio
al montón de la hoguera que se ha de hacer.
Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al
corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
-Adelante -dijo el cura.
-Este que viene -dijo el barbero- es Amadís de Grecia; y aun todos los deste
lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.
-Pues vayan todos al corral -dijo el cura-; que, a trueco de quemar a la reina
Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y
revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si
anduviera en figura de caballero andante.
-De ese parecer soy yo -dijo el barbero.
-Y aun yo -añadió la sobrina.
-Pues así es -dijo el ama-, vengan, y al corral con ellos.
Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por la
ventana abajo.
-¿Quién es ese tonel? -dijo el cura.
-Éste es -respondió el barbero- Don Olivante de Laura.
-El autor de ese libro -dijo el cura- fue el mesmo que compuso a Jardín de
flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más
verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá al
corral por disparatado y arrogante.
-Éste que se sigue es Florimorte de Hircania -dijo el barbero.
-¿Ahí está el señor Florimorte? -replicó el cura-. Pues a fe que ha de parar
presto en el corral, a pesar de su estraño nacimiento y sonadas aventuras; que
no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con él y
con esotro, señora ama.
-Que me place, señor mío -respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo que
le era mandado.
-Éste es El Caballero Platir -dijo el barbero.
-Antiguo libro es éste -dijo el cura-, y no hallo en él cosa que merezca venia.
Acompañe a los demás sin réplica.
Y así fue hecho. Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El Caballero
de la Cruz.
-Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su ignorancia;
mas también se suele decir: "tras la cruz está el diablo"; vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro, dijo:
-Éste es Espejo de caballerías.
-Ya conozco a su merced -dijo el cura-. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán
con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el
verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por condenarlos no más que a
destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso
Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico
Ariosto; al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no
le guardaré respeto alguno; pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi
cabeza.
-Pues yo le tengo en italiano -dijo el barbero-, mas no le entiendo.
-Ni aun fuera bien que vos le entendiérades -respondió el cura-, y aquí le
perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho
castellano; que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho
cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos
tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y todos los que
se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo
seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos, ecetuando a
un Bernardo del Carpio que anda por ahí y a otro llamado Roncesvalles; que
éstos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama, y dellas en las del
fuego, sin remisión alguna.
Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por
entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no
diría otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que era
Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de
Ingalaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo:
-Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas;
y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga
para ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la
diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor
compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno,
y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las
aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio; las
razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con
mucha propriedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor
maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los
demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.
-No, señor compadre -replicó el barbero-; que éste que aquí tengo es el afamado
Don Belianís.
-Pues ése -replicó el cura-, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen
necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es
menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias
de más importancia, para lo cual se les da término ultramarino, y como se
enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto,
tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no los dejéis leer a ninguno.
-Que me place -respondió el barbero.
Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que
tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a
sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por
grande y delgada que fuera; y, asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la
ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le
tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia del famoso caballero
Tirante el Blanco.
-¡Válame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el
Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de
contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán,
valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con
la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la
doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la
señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor
compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los
caballeros, y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su
muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con
todo eso, os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades
de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a
casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.
-Así será -respondió el barbero-; pero, ¿qué haremos destos pequeños libros que
quedan?
-Éstos -dijo el cura- no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo
que todos los demás eran del mesmo género:
-Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño
que los de caballerías han hecho; que son libros de entendimiento, sin perjuicio
de tercero.
-¡Ay señor! -dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar quemar, como
a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la
enfermedad caballeresca, leyendo éstos, se le antojase de hacerse pastor y
andarse por los bosques y prados cantando y tañendo; y, lo que sería peor,
hacerse poeta; que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y será bien quitarle a nuestro amigo
este tropiezo y ocasión delante. Y, pues comenzamos por La Diana de Montemayor,
soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de
la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y
quédesele en hora buena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes
libros.
-Éste que se sigue -dijo el barbero- es La Diana llamada segunda del Salmantino;
y éste, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo.
-Pues la del Salmantino -respondió el cura-, acompañe y acreciente el número de
los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mesmo
Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa, que se va haciendo
tarde.
-Este libro es -dijo el barbero, abriendo otro- Los diez libros de Fortuna de
Amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.
-Por las órdenes que recebí -dijo el cura-, que, desde que Apolo fue Apolo, y
las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como
ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de
cuantos deste género han salido a la luz del mundo; y el que no le ha leído
puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre,
que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.
Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:
-Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de
celos.
-Pues no hay más que hacer -dijo el cura-, sino entregarlos al brazo seglar del
ama; y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.
-Este que viene es El Pastor de Fílida.
-No es ése pastor -dijo el cura-, sino muy discreto cortesano; guárdese como
joya preciosa.
-Este grande que aquí viene se intitula -dijo el barbero- Tesoro de varias
poesías.
-Como ellas no fueran tantas -dijo el cura-, fueran más estimadas; menester es
que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas
tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más
heroicas y levantadas obras que ha escrito.
-Éste es -siguió el barbero- El Cancionero de López Maldonado.
-También el autor de ese libro -replicó el cura- es grande amigo mío, y sus
versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz con
que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno
fue mucho: guárdese con los escogidos. Pero, ¿qué libro es ese que está junto a
él?
-La Galatea, de Miguel de Cervantes -dijo el barbero.
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado
en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone
algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete;
quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega;
y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor
compadre.
-Que me place -respondió el barbero-. Y aquí vienen tres, todos juntos: La
Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de
Córdoba, y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
-Todos esos tres libros -dijo el cura- son los mejores que, en verso heroico, en
lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de
Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansóse el cura de ver más libros; y así, a carga cerrada, quiso que todos los
demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las
lágrimas de Angélica.
-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado
quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de
España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio.
Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la
Mancha
Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
-Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí es menester mostrar la fuerza de
vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de
los demás libros que quedaban; y así, se cree que fueron al fuego, sin ser
vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con Los Hechos del Emperador,
compuestos por don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar entre los que
quedaban; y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en
sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes,
estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él, y por
fuerza le volvieron al lecho; y, después que hubo sosegado un poco, volviéndose
a hablar con el cura, le dijo:
-Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos
doce Pares dejar, tan sin más ni más, llevar la vitoria deste torneo a los
caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los
tres días antecedentes.
-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el cura-, que Dios será servido que
la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda vuestra
merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar demasiadamente
cansado, si ya no es que está malferido.
-Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello;
porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una
encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus
valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome
deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y, por agora,
tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del
vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos,
admirados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda
la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos;
mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador; y así, se cumplió el
refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el mal
de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque
cuando se levantase no los hallase -quizá quitando la causa, cesaría el efeto-,
y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y
así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días se levantó don Quijote, y
lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y, como no hallaba el aposento
donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde
solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos
por todo, sin decir palabra; pero, al cabo de una buena pieza, preguntó a su ama
quehacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien
advertida de lo que había de responder, le dijo:
-¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros
en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.
-No era diablo -replicó la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una nube
una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de
una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo
dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa
llena de humo; y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro
ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que, al tiempo
del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que
tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella
casa que después se vería. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón.
-Frestón diría -dijo don Quijote.
-No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó en
tón su nombre.
-Así es -dijo don Quijote-; que ése es un sabio encantador, grande enemigo mío,
que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir,
andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él
favorece, y le tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura
hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él
contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.
-¿Quién duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero, ¿quién le mete a vuestra merced,
señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa y no
irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por
lana y vuelven tresquilados?
-¡Oh sobrina mía -respondió don Quijote-, y cuán mal que estás en la cuenta!
Primero que a mí me tresquilen, tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos
imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera.
Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar
muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasó
graciosísimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que él
decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes
y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura algunas veces le
contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio, no había
poder averiguarse con él.
En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien -
si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la
mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el
pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale,
entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana,
porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas,
alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras
tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y
asentó por escudero de su vecino.
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa y empeñando
otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad. Acomodóse asimesmo
de una rodela, que pidió prestada a un su amigo, y, pertrechando su rota celada
lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba
ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era
menester. Sobre todo le encargó que llevase alforjas; e dijo que sí llevaría, y
que ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba
duecho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un poco don Quijote,
imaginando si se le acordaba si algún caballero andante había traído escudero
caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas, con todo
esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada
caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer
descortés caballero que topase. Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él
pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado; todo lo cual hecho y
cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y
sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual
caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían
aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota,
y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había
prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él
había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual
caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la
mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban. Dijo en esto
Sancho Panza a su amo:
-Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la
ínsula me tiene prometido; que yo la sabré gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros
andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que
ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza;
antes, pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizá las más,
esperaban a que sus escuderos fuesen viejos; y, ya después de hartos de servir y
de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o, por lo
mucho, de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero, si tú
vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino que
tuviese otros a él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de
uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales
caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría
dar aún más de lo que te prometo.
-De esa manera -respondió Sancho Panza-, si yo fuese rey por algún milagro de
los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a
ser reina, y mis hijos infantes.
-Pues, ¿quién lo duda? -respondió don Quijote.
-Yo lo dudo -replicó Sancho Panza-; porque tengo para mí que, aunque lloviese
Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari
Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá
mejor, y aun Dios y ayuda.
-Encomiéndalo tú a Dios, Sancho -respondió don Quijote-, que Él dará lo que más
le convenga, pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos
que con ser adelantado.
-No lo haré, señor mío -respondió Sancho-; y más teniendo tan principal amo en
vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda
llevar.
Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los
molinos de viento, con otros sucesos dignos de
felice recordación
En esto, descubrieron treinta o cuarenta
molinos de viento que hay en aquel
campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear,
porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más,
desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las
vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y
es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen
tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son
gigantes, sino
molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las
aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las
aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en
oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las
voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran
molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan
puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni
echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en
voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os
acomete.
Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo
cual visto por don Quijote, dijo:
-Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de
pagar.
Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea,
pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la
lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el
primero molino que estaba delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió
el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al
caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió
Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que
no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo
que hacía, que no eran sino
molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien
llevase otros tales en la cabeza?
-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra, más
que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así
verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto
estos gigantes en
molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la
enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes
contra la bondad de mi espada.
-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado
estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto
Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse
muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy
pesaroso por haberle faltado la lanza; y, diciéndoselo a su escudero, le dijo:
-Yo me acuerdo haber leído que un caballero español, llamado Diego Pérez de
Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un
pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos
moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus decendientes se
llamaron, desde aquel día en adelante, Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque
de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y
tan bueno como aquél, que me imagino y pienso hacer con él tales hazañas, que tú
te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo
de cosas que apenas podrán ser creídas.
-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo así como vuestra merced lo
dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser
del molimiento de la caída.
-Así es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es porque
no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le
salgan las tripas por ella.
-Si eso es así, no tengo yo qué replicar -respondió Sancho-, pero sabe Dios si
yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí
sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se
entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no
quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le
declaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con
ella; que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de
caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo
que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con
esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando
de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de
su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto
gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y, en tanto
que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna
promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho
descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos
desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él
el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió
don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído
en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las
florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la
pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de
chicoria, de un sueño se la llevó toda; y no fueran parte para despertarle, si
su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto
de las aves, que, muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo día
saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que
la noche antes; y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino
de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como
está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado
camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.
-Aquí -dijo, en viéndole, don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las
manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me
veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para
defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que
en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera
te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que
seas armado caballero.
-Por cierto, señor -respondió Sancho-, que vuestra merced sea muy bien obedicido
en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni
pendencias. Bien es verdad que, en lo que tocare a defender mi persona, no
tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada
uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
-No digo yo menos -respondió don Quijote-; pero, en esto de ayudarme contra
caballeros, has de tener a raya tus naturales ímpetus.
-Digo que así lo haré -respondió Sancho-, y que guardaré ese preceto tan bien
como el día del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San
Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran más pequeñas dos mulas en
que venían. Traían sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrás dellos venía
un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de
mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína, que
iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy
honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas,
apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
-O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto;
porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser, y son sin duda,
algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es
menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
-Peor será esto que los
molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que
aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente
pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le
engañe.
-Ya te he dicho, Sancho -respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de
aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los
frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír
lo que dijese, en alta voz dijo:
-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en
ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo
castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura de
don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
-Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos
religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este
coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.
-Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla -
dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió
contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se
dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun
malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que
trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a
correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno,
arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de
los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que
aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor
don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían
aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de
allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron
con él en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le
dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto,
tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y,
cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le
estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto; y, sin querer
aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose
más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche,
diciéndole:
-La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le
viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el
suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penéis por saber el
nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha,
caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea
del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis recebido, no quiero otra
cosa sino que volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta
señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.
Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche
acompañaban, que era vizcaíno; el cual, viendo que no quería dejar pasar el
coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se
fue para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua
castellana y peor vizcaína, desta manera:
-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche,
así te matas como estás ahí vizcaíno.
Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
-Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y
atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual replicó el vizcaíno:
-¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y
espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por
tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes que mira si otra dices
cosa.
-¡Ahora lo veredes, dijo Agrajes! -respondió don Quijote.
Y, arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y
arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que
así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas
de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su
espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una
almohada que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si
fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no
pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban
acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se
lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al
cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la
rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran
cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a
dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la
pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:
-¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro
caballero, que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso
trance se halla!
El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el
arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de
aventurarlo todo a la de un golpe solo.
El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su
coraje, y determinó de hacer lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó bien
cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte; que ya,
de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso.
Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno, con la
espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le
aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los
circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de
aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás
criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y
casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de
aquel tan grande peligro en que se hallaban.
Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el
autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas
hazañas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo
autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a
las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la
Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que
deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de
hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le
halló del modo que se contará en la segunda parte.
Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo
vizcaíno y el valiente manchego tuvieron
Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don
Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos
fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y
fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y que en aquel punto tan
dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia
su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba.
Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía
en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que, a
mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de
toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que
tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno
de los caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras,
porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios, como de molde, que no solamente
escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías,
por más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen
caballero, que le faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y
así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca
y estropeada; y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y
consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta o consumida.
Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan
modernos como Desengaño de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que también su
historia debía de ser moderna; y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la
memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación
me traía confuso y deseoso de saber, real y verdaderamente, toda la vida y
milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la
caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos
tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer
agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus
azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de
valle en valle; que, si no era que algún follón, o algún villano de hacha y
capellina, o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados
tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo
de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido.
Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno nuestro gallardo
Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a mí no se me deben negar,
por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia;
aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo
quedará falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el
que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos
cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer,
aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural
inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con
caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que, aunque los conocía, no los
sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los
leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues, aunque le
buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me
deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le
abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel
libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese; y él, sin
dejar la risa, dijo:
-Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso,
tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar
puercos que otra mujer de toda la Mancha".
Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque luego
se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote.
Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí,
volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don
Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.
Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó
a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho
todos los papeles y cartapacios por medio real; que, si él tuviera discreción y
supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis
reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia
mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don
Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la
paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de
trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo,
por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le
truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo
modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don
Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta,
levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y
la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de
ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía: Don Sancho
de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante
estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado,
tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético
confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad
se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que
tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía:
Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la
barriga grande, el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debió de
poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama
algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero
todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de
la historia; que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser
otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella
nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede
entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues,
cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen
caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor
pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no
nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no
les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del
tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo
presente, advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se
acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí
tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto.
En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y
enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la
tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que
fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta
fuerza y tanta furia que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo
golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las
aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le
tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó
en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado,
llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja; que todo
ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que
entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera! No se
diga más, sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos, y,
apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el
vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser
parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar
sangre por las narices, y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer
de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello;
pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos; y la
mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos
corcovos dio con su dueño en tierra.
Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de
su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la
espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza.
Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara
mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta
entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y
le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de
perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho
entono y gravedad:
-Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís; mas
ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero me ha de
prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par
doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote
pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometió que el escudero haría
todo aquello que de su parte le fuese mandado.
-Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien
merecido.
Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro
en que se vio con una turba de yangüeses
Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos
de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y
rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase
alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido.
Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvía a subir sobre
Rocinante, llegó a tenerle el estribo; y antes que subiese se hincó de rodillas
delante dél, y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
-Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la
ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que sea, yo
me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya
gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son
aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa
que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se
ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.
Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la
loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante; y él subió sobre su asno y comenzó a
seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del
coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho a todo el
trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, viéndose quedar atrás,
le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote,
teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual,
en llegando, le dijo:
-Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que,
según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den
noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que
primero que salgamos de la cárcel que nos ha de sudar el hopo.
-Calla -dijo don Quijote-. Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que caballero
andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese
cometido?
-Yo no sé nada de omecillos -respondió Sancho-, ni en mi vida le caté a ninguno;
sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y
en esotro no me entremeto.
-Pues no tengas pena, amigo -respondió don Quijote-, que yo te sacaré de las
manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida:
¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra?
¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más
aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?
-La verdad sea -respondió Sancho- que yo no he leído ninguna historia jamás,
porque ni sé leer ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo
que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera
Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a
vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí
traigo hilas y un poco de ungüento blanco en las alforjas.
-Todo eso fuera bien escusado -respondió don Quijote- si a mí se me acordara de
hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran
tiempo y medicinas.
-¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.
-Es un bálsamo -respondió don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria,
con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida
alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que,
cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como
muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído
en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre
la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al
justo; luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y
verásme quedar más sano que una manzana.
-Si eso hay -dijo Panza-, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida
ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino
que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor; que para mí tengo que
valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para
pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber agora si tiene mucha
costa el hacelle.
-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres -respondió don Quijote.
-¡Pecador de mí! -replicó Sancho-. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle
y a enseñármele?
-Calla, amigo -respondió don Quijote-, que mayores secretos pienso enseñarte y
mayores mercedes hacerte; y, por agora, curémonos, que la oreja me duele más de
lo que yo quisiera.
Sacó Sancho de las alforjas hilas y ungüento. Mas, cuando don Quijote llegó a
ver rota su celada, pensó perder el juicio, y, puesta la mano en la espada y
alzando los ojos al cielo, dijo:
-Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro
Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el
grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino
Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras
cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas, hasta tomar
entera venganza del que tal desaguisado me fizo.
Oyendo esto Sancho, le dijo:
-Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que
se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya
habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo
delito.
-Has hablado y apuntado muy bien -respondió don Quijote-; y así, anulo el
juramento en cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y
confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite por
fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero. Y no pienses,
Sancho, que así a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien imitar en
ello; que esto mesmo pasó, al pie de la letra, sobre el yelmo de Mambrino, que
tan caro le costó a Sacripante.
-Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío –replicó Sancho-;
que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no,
dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué
hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento, a despecho de tantos
inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido, y el no dormir en
poblado, y otras mil penitencias que contenía el juramento de aquel loco viejo
del marqués de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra
merced bien, que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros
y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar
en todos los días de su vida.
-Engáñaste en eso -dijo don Quijote-, porque no habremos estado dos horas por
estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca
a la conquista de Angélica la Bella.
-Alto, pues; sea ansí -dijo Sancho-, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que
se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo
luego.
-Ya te he dicho, Sancho, que no te dé eso cuidado alguno; que, cuando faltare
ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te vendrán como
anillo al dedo; y más, que, por ser en tierra firme, te debes más alegrar. Pero
dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas alforjas que comamos,
porque vamos luego en busca de algún castillo donde alojemos esta noche y
hagamos el bálsamo que te he dicho; porque yo te voto a Dios que me va doliendo
mucho la oreja.
-Aquí trayo una cebolla, y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan -
dijo Sancho-, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como
vuestra merced.
-¡Qué mal lo entiendes! -respondió don Quijote-. Hágote saber, Sancho, que es
honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman, sea de
aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído
tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he
hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso
y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban
en flores. Y, aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer
todos los otros menesteres naturales, porque, en efeto, eran hombres como
nosotros, hase de entender también que, andando lo más del tiempo de su vida por
las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería
de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho
amigo, no te congoje lo que amí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni
sacar la caballería andante de sus quicios.
-Perdóneme vuestra merced -dijo Sancho-; que, como yo no sé leer ni escrebir,
como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión
caballeresca; y, de aquí adelante, yo proveeré las alforjas de todo género de
fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues
no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.
-No digo yo, Sancho -replicó don Quijote-, que sea forzoso a los caballeros
andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más
ordinario sustento debía de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban por los
campos, que ellos conocían y yo también conozco.
-Virtud es -respondió Sancho- conocer esas yerbas; que, según yo me voy
imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.
Y, sacando, en esto, lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y
compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha
brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y diéronse priesa por
llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltóles el sol, y la esperanza de
alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y así,
determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar
a poblado, fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por
parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo que
facilitaba la prueba de su caballería.
Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
Fue recogido de los cabreros con buen ánimo; y, habiendo Sancho, lo mejor que
pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que despedían de
sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban; y,
aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos
del caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros los quitaron del
fuego, y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha
priesa su rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena
voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos,
que eran los que en la majada había, habiendo primero con groseras ceremonias
rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto del revés le
pusieron. Sentóse don Quijote, y quedábase Sancho en pie para servirle la copa,
que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:
-Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán a
pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir
brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en
compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que
soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere;
porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice:
que todas las cosas iguala.
-¡Gran merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que, como yo
tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como
sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe
lo que como en mi rincón, sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla,
que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber
poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer
otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío,
estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la
caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas
en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy
por bien recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo.
-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le ensalza.
Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros
andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sus huéspedes,
que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño. Acabado el
servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas
avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho
de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda
tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria) que con facilidad vació
un zaque de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien
satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas
atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
-Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de
dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto
se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque
entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran
en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para
alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y
alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con
su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica
abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las
peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y
discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil
cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin
otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se
comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que
para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad,
todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir
ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser
forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que
pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían.
Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de
otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran
menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido
siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la
púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de
algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan
pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y
peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se
decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo
y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la
verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la
osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la
menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el
entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese
juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por
dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo
intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y
agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la
oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los
resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la
amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya
seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la
orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las
viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo,
hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a
mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven
obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin
saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la
voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro caballero
porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y
antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle
palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo,
callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque
se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual, uno
de los cabreros dijo:
-Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que
le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con
hacer que cante un compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí; el cual
es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y
escrebir y es músico de un rabel, que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son
del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de hasta
veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañeros si había
cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
-De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque
vea este señor huésped que tenemos quien; también por los montes y selvas hay
quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades, y deseamos que las
muestres y nos saques verdaderos; y así, te ruego por tu vida que te sientes y
cantes el romance de tus amores que te compuso el beneficiado tu tío, que en el
pueblo ha parecido muy bien.
-Que me place -respondió el mozo.
Y, sin hacerse más de rogar, se sentó en el tronco de una desmochada encina, y,
templando su rabel, de allí a poco, con muy buena gracia, comenzó a cantar,
diciendo desta manera:
Antonio
-Yo sé, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amoríos.
Porque sé que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Mas allá entre tus reproches
y honestísimos desvíos,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abalánzase al señuelo
mi fe, que nunca ha podido,
ni menguar por no llamado,
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortesía,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
más de una vez habrás visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las músicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alabándote, me dijo:
''Tal piensa que adora a un ángel,
y viene a adorar a un jimio;
merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hipócritas hermosuras,
que engañan al Amor mismo''.
Desmentíla y enojóse;
volvió por ella su primo:
desafióme, y ya sabes
lo que yo hice y él hizo.
No te quiero yo a montón,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barraganía;
que más bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;
pon tú el cuello en la gamella;
verás como pongo el mío.
Donde no, desde aquí juro,
por el santo más bendito,
de no salir destas sierras
sino para capuchino.
Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rogó que algo
más cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba más para dormir que
para oír canciones. Y ansí, dijo a su amo: -Bien puede vuestra merced acomodarse
desde luego adonde ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos
hombres tienen todo el día no permite que pasen las noches cantando. -Ya te
entiendo, Sancho -le respondió don Quijote-; que bien se me trasluce que las
visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música. -A todos nos sabe
bien, bendito sea Dios -respondió Sancho. -No lo niego -replicó don Quijote-,
pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi profesión mejor parecen velando
que durmiendo. Pero, con todo esto, sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar
esta oreja, que me va doliendo más de lo que es menester. Hizo Sancho lo que se
le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese
pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase. Y, tomando algunas
hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco
de sal, y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no
había menester otra medicina; y así fue la verdad.
Capítulo XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote
Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento,
y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastor
estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella
endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquélla que se anda en
hábito de pastora por esos andurriales.
-Por Marcela dirás -dijo uno.
-Por ésa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno, que mandó en su testamento
que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña
donde está la fuente del alcornoque; porque, según es fama, y él dicen que lo
dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras
cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir, ni es
bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel
gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él,
que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y
sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo
que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y mañana le vienen a
enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa
muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana
al lugar.
-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos suertes a quién
ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no será menester usar de esa diligencia,
que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad mía,
sino a que no me deja andar el garrancho que el otro día me pasó este pie.
-Con todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél y qué pastora aquélla;
a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo
rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido
estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su
lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.
-«Principalmente, decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que
pasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos decía el
cris del sol y de la luna.»
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores
-dijo don Quijote. Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento
diciendo:
-«Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.»
-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.
-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá. «Y digo que con esto que
decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque
hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: ''Sembrad este año cebada, no
trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla
de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota''.»
-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé que todo esto sabía, y aún más.
«Finalmente, no pasaron muchos meses, después que vino de Salamanca, cuando un
día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico, habiéndose quitado los
hábitos largos que como escolar traía; y juntamente se vistió con él de pastor
otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su compañero en los
estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre
de componer coplas; tanto, que él hacía los villancicos para la noche del
Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios, que los representaban los
mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los del
lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron
admirados, y no podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella
tan estraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro
Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles
como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran
cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto, y en verdad
que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los
buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino a entender que el
haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por estos
despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes,
de la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo.» Y quiéroos decir
agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin
quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque
viváis más años que sarna.
-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos
del cabrero.
-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis de andar
zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.
-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia de sarna a
Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que
Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada.
-«Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea hubo
un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba
Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes riquezas, una hija,
de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer que hubo en todos
estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella cara que del un
cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de los
pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando de
Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido
Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo
sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza, que
nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto,
se juzgaba que le había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando llegó a
edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan
hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella.
Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo
esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que, así por ella como
por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de
muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e
importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen
cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad, no quiso
hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería que le
ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su casamiento. Y a fe que se
dijo esto en más de un corrillo en el pueblo, en alabanza del buen sacerdote.»
Que quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata
y de todo se murmura; y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser
demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien
dél, especialmente en las aldeas.
-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuento es muy
bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia.
-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. «Y en lo demás sabréis
que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno en
particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y
escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no
quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder
llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer justas escusas,
dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase algo más en edad y ella
supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no
habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo
aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha
pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo
desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en
guardar su mesmo ganado. Y, así como ella salió en público y su hermosura se vio
al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y
labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos
campos. Uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual
decían que la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela
se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que
mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado,
ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de
alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y
conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a
descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la
del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera de
condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia;
porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a
servirla y a amarla, pero su desdén y desengaño los conduce a términos de
desesperarse; y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y
desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su
condición manifiestan. Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades
resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la
siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas
hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el
nombre de Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo árbol,
como si más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda
la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro; acullá se oyen
amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todas las horas
de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los
llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol a
la mañana; y cuál hay que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del
ardor de la más enfadosa siesta del verano, tendido sobre la ardiente arena,
envía sus quejas al piadoso cielo. Y déste y de aquél, y de aquéllos y de éstos,
libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la
conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el
dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura
tan estremada.» Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a
entender que también lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de
la muerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros
mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos
amigos, y no está de este lugar a aquél donde manda enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradézcoos el gusto que me habéis
dado con la narración de tan sabroso cuento.
-¡Oh! -replicó el cabrero-, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos a los
amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos en el camino algún
pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien será que os vais a dormir debajo
de techado, porque el sereno os podría dañar la herida, puesto que es tal la
medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario acidente. Sancho
Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó, por su
parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así, y todo
lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de
los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y
durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces.
Capítulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros
sucesos
Mas, apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente, cuando
los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a don Quijote,
y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de
Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote, que otra cosa no
deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y enalbardase al momento, lo
cual él hizo con mucha diligencia, y con la mesma se pusieron luego todos en
camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando, al cruzar de una senda,
vieron venir hacia ellos hasta seis pastores, vestidos con pellicos negros y
coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada
uno un grueso bastón de acebo en la mano. Venían con ellos, asimesmo, dos
gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres
mozos de a pie que los acompañaban. En llegándose a juntar, se saludaron
cortésmente, y, preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que
todos se encaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a caminar todos
juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:
-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza que
hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser famoso, según
estos pastores nos han contado estrañezas, ansí del muerto pastor como de la
pastora homicida.
-Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de un
día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo.
El caminante dijo que aquella madrugada habían encontrado con aquellos pastores,
y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les habían preguntado la
ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellos se lo contó, contando la
estrañeza y hermosura de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que
la recuestaban, con la muerte de aquel Grisóstomo a cuyo entierro iban.
Finalmente, él contó todo lo que Pedro a don Quijote había contado.
Cesó esta plática y comenzóse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a don
Quijote qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquella manera por
tierra tan pacífica. A lo cual respondió don Quijote:
-La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra
manera. El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos
cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron e
hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo,
aunque indigno, soy el menor de todos. Apenas le oyeron esto, cuando todos le
tuvieron por loco; y, por averiguarlo más y ver qué género de locura era el
suyo, le tornó a preguntar Vivaldo que qué quería decir "caballeros andantes".
-¿No han vuestras mercedes leído -respondió don Quijote- los anales e historias
de Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazañas del rey Arturo, que
continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey Artús, de quien es
tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no
murió, sino que, por arte de encantamento, se convirtió en cuervo, y que,
andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su reino y cetro; a cuya
causa no se probará que desde aquel tiempo a éste haya ningún inglés muerto
cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa
orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar
un punto, los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina
Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña
Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra
España, de:
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino; con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos
y fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de
caballería estendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y
en ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula,
con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valeroso
Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso
caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante,
y la que he dicho es la orden de su caballería; en la cual, como otra vez he
dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lo mesmo que profesaron los
caballeros referidos profeso yo. Y así, me voy por estas soledades y despoblados
buscando las aventuras, con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a
la más peligrosa que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y
menesterosos. Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes
que era don Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de
lo cual recibieron la mesma admiración que recibían todos aquellos que de nuevo
venían en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de
alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decían que les
faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasión a que pasase
más adelante con sus disparates. Y así, le dijo:
-Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de las
más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aun la de
los frailes cartujos no es tan estrecha.
-Tan estrecha bien podía ser -respondió nuestro don Quijote-, pero tan necesaria
en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, si va a decir
verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le
manda que el mesmo capitán que se lo ordena. Quiero decir que los religiosos,
con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y
caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor
de nuestros brazos y filos de nuestras espadas; no debajo de cubierta, sino al
cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y
de los erizados yelos del invierno. Así que, somos ministros de Dios en la
tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de
la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución
sino sudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesan
tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo están
rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir, ni me pasa
por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del
encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo que yo padezco, que, sin duda,
es más trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento, miserable, roto y
piojoso; porque no hay duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron
mucha malaventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser
emperadores por el valor de su brazo, a fe que les costó buen porqué de su
sangre y de su sudor; y que si a los que a tal grado subieron les faltaran
encantadores y sabios que los ayudaran, que ellos quedaran bien defraudados de
sus deseos y bien engañados de sus esperanzas.
-De ese parecer estoy yo -replicó el caminante-; pero una cosa, entre otras
muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando se ven en
ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se vee manifiesto
peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de
encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros
semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoción como si
ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele algo a gentilidad.
-Señor -respondió don Quijote-, eso no puede ser menos en ninguna manera, y
caería en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya está en
uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andante que, al
acometer algún gran fecho de armas, tuviese su señora delante,vuelva a ella los
ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en
el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye, está obligado a decir
algunas palabras entre dientes, en que de todo corazón se le encomiende; y desto
tenemos innumerables ejemplos en las historias. Y no se ha de entender por esto
que han de dejar de encomendarse a Dios; que tiempo y lugar les queda para
hacerlo en el discurso de la obra.
-Con todo eso -replicó el caminante-, me queda un escrúpulo, y es que muchas
veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros, y, de una
en otra, se les viene a encender la cólera, y a volver los caballos y tomar una
buena pieza del campo, y luego, sin más ni más, a todo el correr dellos, se
vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, se encomiendan a sus damas; y lo
que suele suceder del encuentro es que el uno cae por las ancas del caballo,
pasado con la lanza del contrario de parte a parte, y al otro le viene también
que, a no tenerse a las crines del suyo, no pudiera dejar de venir al suelo. Y
no sé yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el discurso de
esta tan acelerada obra. Mejor fuera que las palabras que en la carrera gastó
encomendándose a su dama las gastara en lo que debía y estaba obligado como
cristiano. Cuanto más, que yo tengo para mí que no todos los caballeros andantes
tienen damas a quien encomendarse, porque no todos son enamorados.
-Eso no puede ser -respondió don Quijote-: digo que no puede ser que haya
caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los tales
ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya
visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso
que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por
bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta,
sino por las bardas, como salteador y ladrón.
-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído
que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo dama señalada a
quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido en menos, y fue un
muy valiente y famoso caballero.
A lo cual respondió nuestro don Quijote:
-Señor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto más, que yo sé que de secreto
estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello de querer a todas
bien cuantas bien le parecían era condición natural, a quien no podía ir a la
mano. Pero, en resolución, averiguado está muy bien que él tenía una sola a
quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual se encomendaba muy a
menudo y muy secretamente, porque se preció de secreto caballero.
-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado -dijo
el caminante-, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es de la
profesión. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto como don
Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda esta compañía y en
el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama; que ella se
tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que es querida y servida de un tal
caballero como vuestra merced parece.
Aquí dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:
-Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa
que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se
me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha;
su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su
hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los
imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que
sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus
ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes,
alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las
partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y
entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no
compararlas.
-El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber -replicó Vivaldo.
A lo cual respondió don Quijote:
-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos
Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña, ni menos de los
Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas,
Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón; Cerdas, Manriques, Mendozas
y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y Meneses de Portogal; pero es de
los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso
principio a las más ilustres familias de los venideros siglos. Y no se me
replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del
trofeo de las armas de Orlando, que decía:
nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.
-Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo -respondió el caminante-, no le
osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decir verdad,
semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos.
-¡Como eso no habrá llegado! -replicó don Quijote.
Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los dos, y aun
hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de juicio de
nuestro don Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era
verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde su nacimiento; y en lo
que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque
nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía
tan cerca del Toboso.
En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas montañas
hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos
y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció, eran cuál de tejo y
cuál de ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha
diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo:
-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de
aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen. Por esto se dieron
priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que venían habían puesto las andas en
el suelo; y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un
lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego don Quijote y los que con
él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un
cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta años; y,
aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición
gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmas andas algunos libros y muchos
papeles, abiertos y cerrados. Y así los que esto miraban, como los que abrían la
sepultura, y todos los demás que allí había, guardaban un maravilloso silencio,
hasta que uno de los que al muerto trujeron dijo a otro:
-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya que queréis
que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en su testamento.
-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él me contó mi desdichado
amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio la vez primera a
aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue también donde la primera
vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado, y allí fue la última
vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de suerte que puso fin a la
tragedia de su miserable vida. Y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él
que le depositasen en las entrañas del eterno olvido.
Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:
-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de
un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es el cuerpo
de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la
gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre
sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en
todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue
desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio
voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser
despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin
una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las
gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no
me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a
la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo Vivaldo- que su mesmo
dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que
ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera bueno Augusto César
si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su
testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro
amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al olvido; que si él ordenó como
agraviado, no es bien que vos cumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la
vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que
sirva de ejemplo, en los tiempos que están por venir, a los vivientes, para que
se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que
aquí venimos, la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos
la amistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabar
de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sido la
crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el
paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el
desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de
Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, de curiosidad y
de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a ver con los
ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y, en pago desta lástima y del
deseo que en nosotros nació de remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh
discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo suplico de mi parte), que, dejando de
abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos de los
que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéis tomado;
pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno dellos y
vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio y dijo:
-Ése es el último papel que escribió el desdichado; y, porque veáis, señor, en
el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído; que
bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.
-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a la
redonda; y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:
Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,
con otros no esperados sucesos
Canción de Grisóstomo
Ya que quieres, cruel, que se publique,
de lengua en lengua y de una en otra gente,
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al rüido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.
El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mí se halla
para contalla pide nuevos modos.
De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas;
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
serán llevados por el ancho mundo.
Mata un desdén, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto;
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.
¿Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas,
¡oh amarga conversión!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y, con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.
Tú, que con tantas sinrazones muestras
la razón que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazón profunda llaga,
de cómo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión funesta,
descubre que el fin mío fue tu fiesta;
mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.
Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y ansimismo
con su rueda Egïón no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto;
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidascanten
obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.
Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha augmenta su ventura,
aun en la sepultura no estés triste.
Bien les pareció, a los que escuchado habían, la canción de Grisóstomo, puesto
que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él
había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo
de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena
fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más
escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuando este
desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien él se había
ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios
fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que
no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las
sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la
verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel,
y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede
ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó
una maravillosa visión -que tal parecía ella- que improvisamente se les ofreció
a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció
la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta
entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya
estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la
habían visto. Mas, apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo
indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con tu
presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó
la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver
desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o
a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre
Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que,
por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en
vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se
llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho –respondió
Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van
todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así,
ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho
tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser
poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que
me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo
hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo
que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que
el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae
muy mal el decir ''Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo''. Pero,
puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr
iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la
vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen,
sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían
de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser
los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de
ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué
queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me
queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea,
¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que
habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es,
el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora
no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por
habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa;
que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada
aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y
las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no
debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al
cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es
amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.
Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis
espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.
Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no
habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos
bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace
cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a
corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su
sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era
vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi
recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño,
quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se
anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera
falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió
desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el
engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas,
confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel
ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que
tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno
de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí
adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque
quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de
tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa
perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no
me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta
ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni
seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado
deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi
limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el
que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias
y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni
quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con
uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas
aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término
estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo,
pasos con que camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se
entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados,
tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y
algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de
sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir, sin aprovecharse del
manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don Quijote,
pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a las
doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e
inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a
la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.
Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha
tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los
deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser
seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues
muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que
concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió
ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de
Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los
circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se
acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un epitafio
que había de decir desta manera:
Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de su amor.
Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando todos
el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél. Lo mesmo hicieron Vivaldo y
su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes,
los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan
acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada esquina se ofrecen
más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el aviso y el ánimo que
mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces no quería ni debía ir a
Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones
malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena
determinación, no quisieron los caminantes importunarle más, sino, tornándose a
despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les faltó
de qué tratar, así de la historia de Marcela y Grisóstomo como de las locuras de
don Quijote. El cual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle
todo lo que él podía en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se
cuenta en el discurso desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte.
Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en
topar con unos desalmados yangüeses
Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidió de
sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor Grisóstomo,
él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron que se había
entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de dos horas por él,
buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a parar a un prado
lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo apacible y fresco; tanto,
que convidó y forzó a pasar allí las horas de la siesta, que rigurosamente
comenzaba ya a entrar. Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a
Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a
las alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo
comieron lo que en ellas hallaron.
No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le conocía
por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no
le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no
todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo una manada de hacas
galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es costumbre sestear con su
recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel donde acertó a hallarse don
Quijote era muy a propósito de los gallegos. Sucedió, pues, que a Rocinante le
vino en deseo de refocilarse con las señoras facas; y saliendo, así como las
olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un
trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas,
que, a lo que pareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle
con las herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le
rompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debió más de
sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se les hacía,
acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le derribaron malparado en
el suelo. Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían
visto, llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y de
baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida venganza del
agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a Rocinante.
-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió Sancho-, si éstos son más de
veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno y medio?
-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.
Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a los gallegos, y
lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su amo. Y, a las
primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrió un sayo de cuero de
que venía vestido, con gran parte de la espalda. Los gallegos, que se vieron
maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus
estacas, y, cogiendo a los dos en medio, comenzaron a menudear sobre ellos con
grande ahínco y vehemencia. Verdad es que al segundo toque dieron con Sancho en
el suelo, y lo mesmo le avino a don Quijote, sin que le valiese su destreza y
buen ánimo; y quiso su ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que
aún no se había levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan
estacas puestas en manos rústicas y enojadas.
Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayor presteza
que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a los dos
aventureros de mala traza y de peor talante.
El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a su señor, con
voz enferma y lastimada, dijo:
-¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!
-¿Qué quieres, Sancho hermano? -respondió don Quijote con el mesmo tono
afeminado y doliente que Sancho.
-Querría, si fuese posible -respondió Sancho Panza-, que vuestra merced me diese
dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra merced ahí
a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos de huesos como lo es
para las feridas.
-Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? -respondió don
Quijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que antes que
pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de tener en mi
poder, o mal me han de andar las manos.
-Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?
-replicó Sancho Panza.
-De mí sé decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabré poner
término a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había de poner
mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como yo; y así,
creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, ha permitido el
dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo cual, Sancho Panza,
conviene que estés advertido en esto que ahora te diré, porque importa mucho a
la salud de entrambos; y es que, cuando veas que semejante canalla nos hace
algún agravio, no aguardes a que yo ponga mano al espada para ellos, porque no
lo haré en ninguna manera, sino pon tú mano a tu espada y castígalos muy a tu
sabor; que si en su ayuda y defensa acudieren caballeros, yo te sabré defender y
ofendellos con todo mi poder; que ya habrás visto por mil señales y experiencias
hasta adónde se estiende el valor de este mi fuerte brazo.
Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valiente vizcaíno.
Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que dejase de
responder, diciendo:
-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquiera
injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale a
vuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna manera
pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y que, desde
aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho y han de hacer:
ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta o baja, rico o
pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condición alguna.
Lo cual oído por su amo, le respondió:
-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el dolor que
tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a entender, Panza,
en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el viento de la fortuna, hasta
ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve, llevándonos las velas del deseo
para que seguramente y sin contraste alguno tomemos puerto en alguna de las
ínsulas que te tengo prometida, ¿qué sería de ti si, ganándola yo, te hiciese
señor della? Pues ¿lo vendrás a imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo
ser, ni tener valor ni intención de vengar tus injurias y defender tu señorío?
Porque has de saber que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca
están tan quietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor
que no se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo
las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester que el
nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para ofender y
defenderse en cualquiera acontecimiento.
-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera yo tener ese
entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe de pobre
hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestra merced si se
puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece, porque él fue la
causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí de Rocinante, que le
tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin, bien dicen que es
menester mucho tiempo para venir a conocer las personas, y que no hay cosa
segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellas tan grandes cuchilladas
como vuestra merced dio a aquel desdichado caballero andante, había de venir,
por la posta y en seguimiento suyo, esta tan grande tempestad de palos que ha
descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar hechas a semejantes
nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas, claro está que
sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque imagino..., ¿qué
digo imagino?, sé muy cierto, que todas estas incomodidades son muy anejas al
ejercicio de las armas, aquí me dejaría morir de puro enojo.
A esto replicó el escudero:
-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame
vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados en que
acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremos inútiles para la
tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos socorre.
-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida de los caballeros
andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más ni menos, está en
potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y emperadores, como lo
ha mostrado la experiencia en muchos y diversos caballeros, de cuyas historias
yo tengo entera noticia. Y pudiérate contar agora, si el dolor me diera lugar,
de algunos que, sólo por el valor de su brazo, han subido a los altos grados que
he contado; y estos mesmos se vieron antes y después en diversas calamidades y
miserias. Porque el valeroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal
enemigo Arcaláus el encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio,
teniéndole preso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a
una coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, que
dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que se le
hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se halló en una
honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le echaron una destas
que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo que llegó muy al cabo; y
si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un sabio grande amigo suyo, lo
pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que, bien puedo yo pasar entre tanta
buena gente; que mayores afrentas son las que éstos pasaron, que no las que
ahora nosotros pasamos. Porque quiero hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan
las heridas que se dan con los instrumentos que acaso se hallan en las manos; y
esto está en la ley del duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero
da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de
palo, no por eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo
esto porque no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos,
quedamos afrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me
acuerda, tenía estoque, espada ni puñal.
-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase en tanto; porque,
apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus pinos,
de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando
conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el pensar si fue
afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de los golpes, que me
han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.
-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don Quijote-, que no hay
memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza- de aquella que aguarda al
tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra desgracia
fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan malo; pero voy
viendo que no han de bastar todos los emplastos de un hospital para ponerlas en
buen término siquiera.
-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió don Quijote-, que así
haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, no le ha cabido
al pobre la menor parte desta desgracia.
-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo él tan buen
caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya quedado
libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.
-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar remedio a
ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa bestezuela podrá suplir ahora la
falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algún castillo donde sea curado
de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonra la tal caballería, porque me
acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios
de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer,
caballero sobre un muy hermoso asno.
-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice -respondió
Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir atravesado como
costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan. Así
que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho, levántate lo
mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradare encima de tu
jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos saltee en este
despoblado.
-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy de caballeros
andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, y que lo tienen a
mucha ventura.
-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están enamorados; y es
tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una peña, al sol
y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sin que lo supiese su
señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándose Beltenebros, se alojó en la
Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses, que no estoy muy bien en la cuenta:
basta que él estuvo allí haciendo penitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo
la señora Oriana. Pero dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra
desgracia al jumento, como a Rocinante.
-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes y
reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiado en la
mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de enderezarse; y con
todo este trabajo aparejó su asno, que también había andado algo destraído con
la demasiada libertad de aquel día. Levantó luego a Rocinante, el cual, si
tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que Sancho ni su amo no le fueran
en zaga. En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata a
Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos, hacia
donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que sus cosas de
bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua, cuando le
deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesar suyo y gusto de
don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que era venta, y su amo que
no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieron lugar, sin acabarla, de
llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin más averiguación, con toda su
recua.
Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él
imaginaba ser castillo
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué
mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de
una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía el ventero por
mujer a una, no de la condición que suelen tener las de semejante trato, porque
naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades de sus prójimos; y
así, acudió luego a curar a don Quijote y hizo que una hija suya, doncella,
muchacha y de muy buen parecer, la ayudase a curar a su huésped. Servía en la
venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz
roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del
cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y
las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo
que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otros
tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años.
En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco más allá
de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus
machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía cuatro mal
lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que en lo sutil
parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana por
algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de guijarro, y dos sábanas
hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar,
no se perdiera uno solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le
emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba la
asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a partes a don
Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.
-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la peña tenía muchos picos y
tropezones.
Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:
-Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que no
faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los lomos.
-Desa manera -respondió la ventera-, también debistes vos de caer.
-No caí -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a mi
amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dado mil
palos.
-Bien podrá ser eso -dijo la doncella-; que a mí me ha acontecido muchas veces
soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo, y,
cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada como si
verdaderamente hubiera caído.
-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho Panza-: que yo, sin soñar nada,
sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales
que mi señor don Quijote.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero aventurero, y
de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el
mundo.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? -respondió Sancho Panza-.
Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que en dos
palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada criatura del
mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres coronas de reinos que
dar a su escudero.
-Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor -dijo la ventera-, no tenéis, a
lo que parece, siquiera algún condado?
-Aún es temprano -respondió Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos
buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea. Y
tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si mi señor
don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrecho della, no trocaría
mis esperanzas con el mejor título de España. Todas estas pláticas estaba
escuchando, muy atento, don Quijote, y, sentándose en el lecho como pudo,
tomando de la mano a la ventera, le dijo:
-Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado en
este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo, es por lo
que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi escudero os dirá
quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito en mi memoria el servicio
que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la vida me durare; y pluguiera
a los altos cielos que el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus
leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los
desta fermosa doncella fueran señores de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las
razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en griego,
aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y,
como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y admirábanse, y parecíales otro
hombre de los que se usaban; y, agradeciéndole con venteriles razones sus
ofrecimientos, le dejaron; y la asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos
lo había menester que su amo.
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y
ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y
durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le
mandase. Y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras que no
las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno; porque
presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de
servir en la venta, porque decía ella que desgracias y malos sucesos la habían
traído a aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero en
mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyo Sancho, que
sólo contenía una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo
tundido que de lana. Sucedía a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como
se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno de los dos mejores mulos que
traía, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos
arrieros de Arévalo, según lo dice el autor desta historia, que deste arriero
hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era
algo pariente suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy
curioso y muy puntual en todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que
quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en
silencio; de donde podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos
cuentan las acciones tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los
labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo
más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de
Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas;
y con qué puntualidad lo describen todo!
Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y dádole el
segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntualísima
Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque procuraba dormir, no
lo consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las
suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y
en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara que colgada en medio
del portal ardía.
Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero traía
de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia,
le trujo a la imaginación una de las estrañas locuras que buenamente imaginarse
pueden. Y fue que él se imaginó haber llegado a un famoso castillo -que, como se
ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba-, y que la
hija del ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su
gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a furto de sus
padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera,
que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar
en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su
corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma
reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora -que para él
fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza,
cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos,
entró en el aposento donde los tres alojaban en busca del arriero. Pero, apenas
llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió, y, sentándose en la cama, a
pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recebir
a su fermosa doncella. La asturiana, que, toda recogida y callando, iba con las
manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual
la asió fuertemente de una muñeca y, tirándola hacía sí, sin que ella osase
hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque
ella era de harpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía
en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de
preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a
crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al
del mesmo sol escurecía. Y el aliento, que, sin duda alguna, olía a ensalada
fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y
aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma traza y modo
que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal
ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van
puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento,
ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales
pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes, le parecía que tenía
entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y, teniéndola bien asida, con voz
amorosa y baja le comenzó a decir:
-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña
merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho, pero
ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en
este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que, aunque de mi voluntad
quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y más, que se añade a esta
imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par
Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos; que si
esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar
en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote,
y, sin entender ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin
hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien tenían despierto sus
malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta, la sintió; estuvo
atentamente escuchando todo lo que don Quijote decía, y, celoso de que la
asturiana le hubiese faltado la palabra por otro, se fue llegando más al lecho
de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que
él no podía entender. Pero, como vio que la moza forcejaba por desasirse y don
Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en
alto y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado
caballero, que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le
subió encima de las costillas, y con los pies más que de trote, se las paseó
todas de cabo a cabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir
la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el
ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias de Maritornes, porque,
habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha se levantó, y,
encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza. La moza,
viendo que su amo venía, y que era de condición terrible, toda medrosica y
alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se
acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo:
-¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.
En esto, despertó Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que
tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras
alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a
rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le
quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera y sin saber de quién,
alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más
reñida y graciosa escaramuza del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su
dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo
el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza,
creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así
como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo,
daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza,
y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fue lo
bueno que al ventero se le apagó el candil, y, como quedaron ascuras, dábanse
tan sin compasión todos a bulto que, a doquiera que ponían la mano, no dejaban
cosa sana.
Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la
Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estraño estruendo
de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró
ascuras en el aposento, diciendo:
-¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don Quijote, que estaba en su
derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y, echándole a tiento
mano a las barbas, no cesaba de decir:
-¡Favor a la justicia!
Pero, viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a entender
que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus matadores; y con
esta sospecha reforzó la voz, diciendo:
-¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muerto aquí a
un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que le
tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la
moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho no se pudieron
mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de don Quijote, y
salió a buscar luz para buscar y prender los delincuentes; mas no la halló,
porque el ventero, de industria, había muerto la lámpara cuando se retiró a su
estancia, y fuele forzoso acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y
tiempo, encendió el cuadrillero otro candil.
Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don
Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal,
pensó que era castillo
Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo tono
de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba tendido
en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo:
-Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?
-¿Qué tengo de dormir, pesia a mí -respondió Sancho, lleno de pesadumbre y de
despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta
noche?
-Puédeslo creer ansí, sin duda -respondió don Quijote-, porque, o yo sé poco, o
este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que ahora quiero
decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de mi muerte.
-Sí juro -respondió Sancho.
-Dígolo -replicó don Quijote-, porque soy enemigo de que se quite la honra a
nadie.
-Digo que sí juro -tornó a decir Sancho- que lo callaré hasta después de los
días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana.
-¿Tan malas obras te hago, Sancho -respondió don Quijote-, que me querrías ver
muerto con tanta brevedad?
-No es por eso -respondió Sancho-, sino porque soy enemigo de guardar mucho las
cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.
-Sea por lo que fuere -dijo don Quijote-; que más fío de tu amor y de tu
cortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más
estrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve, sabrás
que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que es la más
apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. ¿Qué
te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardo entendimiento?
¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi señora
Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólo te quiero decir
que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me había puesto en las
manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como tengo dicho, es encantado
este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulcísimos y amorosísimos
coloquios, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía, vino una mano pegada
a algún brazo de algún descomunal gigante y asentóme una puñada en las quijadas,
tal, que las tengo todas bañadas en sangre; y después me molió de tal suerte que
estoy peor que ayer cuando los gallegos, que, por demasías de Rocinante, nos
hicieron el agravio que sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura
desta doncella le debe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para
mí.
-Ni para mí tampoco -respondió Sancho-, porque más de cuatrocientos moros me han
aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan
pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y rara aventura, habiendo
quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos mal, pues tuvo en sus
manos aquella incomparable fermosura que ha dicho, pero yo, ¿qué tuve sino los
mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? ¡Desdichado de mí y de la
madre que me parió, que ni soy caballero andante, ni lo pienso ser jamás, y de
todas las malandanzas me cabe la mayor parte!
-Luego, ¿también estás tú aporreado? -respondió don Quijote.
-¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? -dijo Sancho.
-No tengas pena, amigo -dijo don Quijote-, que yo haré agora el bálsamo precioso
con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.
Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el que pensaba
que era muerto; y, así como le vio entrar Sancho, viéndole venir en camisa y con
su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala cara, preguntó a su
amo:
-Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a castigar, si
se dejó algo en el tintero?
-No puede ser el moro -respondió don Quijote-, porque los encantados no se dejan
ver de nadie.
-Si no se dejan ver, déjanse sentir -dijo Sancho-; si no, díganlo mis espaldas.
-También lo podrían decir las mías -respondió don Quijote-, pero no es bastante
indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro.
Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegada conversación,
quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estaba boca arriba, sin
poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y
díjole:
-Pues, ¿cómo va, buen hombre?
-Hablara yo más bien criado -respondió don Quijote-, si fuera que vos. ¿Úsase en
esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?
El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer, no lo
pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con él
en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; y, como todo quedó
ascuras, salióse luego; y Sancho Panza dijo:
-Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar el tesoro
para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los candilazos.
-Así es -respondió don Quijote-, y no hay que hacer caso destas cosas de
encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como son
invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más lo
procuremos. Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y
procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el
salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque
se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado.
Levántose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba el
ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en qué
paraba su enemigo, le dijo:
-Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de
romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los mejores
caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella cama,
malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta.
Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porque ya
comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando al ventero, le
dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó de cuanto quiso, y
Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manos en la cabeza,
quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más mal que levantarle
dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino
sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.
En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto,
mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que
estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no la hubo
en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de
quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de
ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra
acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo lo cual se hallaron presentes
Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el arriero sosegadamente andaba
entendiendo en el beneficio de sus machos.
Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel
precioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudo caber
en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media azumbre; y
apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó
cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor
copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo
ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se
sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento que
se tuvo por sano; y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de
Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante, sin temor
alguno, cualesquiera ruinas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.
Sancho Panza, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le
diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo don
Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a
pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso que el estómago
del pobre Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así, primero
que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos
que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose
tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado.
Viéndole así don Quijote, le dijo:
-Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque
tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.
-Si eso sabía vuestra merced -replicó Sancho-, ¡mal haya yo y toda mi
parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?
En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse
por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se
había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de
provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente
él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala
andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan
molido y quebrantado que no se podía tener.
Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso
partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se
tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo;
y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Y así, forzado
deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante y enalbardó al jumento de su escudero,
a quien también ayudó a vestir y a subir en el asno. Púsose luego a caballo, y,
llegándose a un rincón de la venta, asió de un lanzón que allí estaba, para que
le sirviese de lanza.
Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de veinte
personas; mirábale también la hija del ventero, y él también no quitaba los ojos
della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que parecía que le arrancaba de
lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que
sentía en las costillas; a lo menos, pensábanlo aquellos que la noche antes le
habían visto bizmar. Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de
la venta, llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:
-Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro
castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días de mi
vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que os haya
fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que poco
pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar alevosías. Recorred
vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez que encomendarme, no hay
sino decilla; que yo os prometo, por la orden de caballero que recebí, de
faceros satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad.
El ventero le respondió con el mesmo sosiego:
-Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún
agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen. Sólo
he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la
venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas.
-Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.
-Y muy honrada -respondió el ventero.
-Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-, que en verdad que pensé
que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo sino venta,
lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo
contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin
que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra
cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho
cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo
que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a
pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las
inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra.
-Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que se me
debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra
cosa que con cobrar mi hacienda.
-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la venta sin
que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un
buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza,
el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría;
porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la mesma regla y
razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y
ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le pagaba, que
lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió que, por la ley de
caballería que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado, aunque le
costase la vida; porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de
los caballeros andantes, ni se habían de quejar dél los escuderos de los tales
que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo
fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba en la
venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de
Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada,
maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo
espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno, uno dellos entró por la
manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron
que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y
determinaron salirse al corral, que tenía por levantarle en alto y a holgarse
con él como con perro por carnestolendas.
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de
su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó que alguna nueva
aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su
escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope llegó a la venta, y,
hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo
llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego
que se le hacía a su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia
y presteza que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera. Probó a
subir desde el caballo a las bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que
aun apearse no pudo; y así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos
denuestos y baldones a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a
escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el
volador Sancho dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas
todo aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.
Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Y la
compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien socorrelle
con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser más frío. Tomóle
Sancho, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amo le daba,
diciendo:
-¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí
tengo el santísimo bálsamo -y enseñábale la alcuza del brebaje-, que con dos
gotas que dél bebas sanarás sin duda.
A estas voces volvió Sancho los ojos, como de través, y dijo con otras mayores:
-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere
que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al
primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes que
se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pagó de su
mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque estaba en aquel
trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana.
Así como bebió Sancho, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole la puerta de
la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haber pagado nada y
de haber salido con su intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados
fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus
alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sancho no las echó menos, según
salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la puerta así como le vio fuera,
mas no lo consintieron los manteadores, que eran gente que, aunque don Quijote
fuera verdaderamente de los caballeros andantes de la Tabla Redonda, no le
estimaran en dos ardites.
Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su
señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas
Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no podía arrear a su
jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo:
-Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es
encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo
contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto
por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando los actos
de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme
de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que te juro, por la fe de
quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera
que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre,
aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballería, que, como ya
muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no
lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente
y gran necesidad.
-También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no
pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran
fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne
y hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban, tenían
sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el otro Tenorio Hernández,
y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. Así que, señor, el no
poder saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en ál estuvo que en
encantamentos. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras
que andamos buscando, al cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que
no sepamos cuál es nuestro pie derecho. Y lo que sería mejor y más acertado,
según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es
tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en
Meca y de zoca en colodra, como dicen.
-¡Qué poco sabes, Sancho -respondió don Quijote-, de achaque de caballería!
Calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honrosa
cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en
el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar
de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.
-Así debe de ser -respondió Sancho-, puesto que yo no lo sé; sólo sé que,
después que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no hay
para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla alguna,
si no fue la del vizcaíno, y aun de aquélla salió vuestra merced con media oreja
y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos y más palos, puñadas
y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por
personas encantadas, de quien no puedo vengarme, para saber hasta dónde llega el
gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.
-Ésa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Sancho -respondió don
Quijote-; pero, de aquí adelante, yo procuraré haber a las manos alguna espada
hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ningún
género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la ventura aquella de
Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las
mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la
virtud dicha, cortaba como una navaja, y no había armadura, por fuerte y
encantada que fuese, que se le parase delante.
-Yo soy tan venturoso -dijo Sancho- que, cuando eso fuese y vuestra merced
viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los
armados caballeros, como el bálsamo; y los escuderos, que se los papen duelos.
-No temas eso, Sancho -dijo don Quijote-, que mejor lo hará el cielo contigo.
Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que
por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en
viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:
-Éste es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene
guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en
otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden
escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos.
¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un
copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene
marchando.
-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria se
levanta asimesmo otra semejante polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y, alegrándose
sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a
embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque tenía a
todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos,
sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballerías se
cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era encaminado a cosas
semejantes. Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de
ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes venían,
las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con
tanto ahínco afirmaba don Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer
y a decirle:
-Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros?
-¿Qué? -dijo don Quijote-: favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y
has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el
grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a
mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolén
del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho
desnudo.
-Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Sancho.
-Quierénse mal -respondió don Quijote- porque este Alefanfarón es un foribundo
pagano y está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una muy fermosa y
además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al
rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la
suya.
-¡Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo
de ayudar en cuanto pudiere!
-En eso harás lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque, para entrar en
batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.
-Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-, pero, ¿dónde pondremos a este asno
que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque el entrar
en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta agora.
-Así es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus
aventuras, ora se pierda o no, porque serán tantos los caballos que tendremos,
después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque
por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros
más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y, para que mejor los veas y
notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de
descubrir los dos ejércitos.
Hiciéronlo ansí, y pusierónse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las
dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del polvo
que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en
su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:
-Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león
coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de
la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el
escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque
de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es
el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene
armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es
fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó
de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la
frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de
Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas
a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de
oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del
nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque
Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella
poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin
empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín,
señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados
carcaños a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los veros azules,
es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa
en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea
mi suerte. Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro
escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y
motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura; y, sin
parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí
están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan
los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la felice
Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los
que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo; los númidas, dudosos
en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que
pelean huyendo; los árabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como
blancos; los etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos
rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón
vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que
tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que
gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios
campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos
prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro
vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan,
famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las
estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los
que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos del
levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra.
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada
una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y
empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en
cuando, volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo
nombraba; y, como no descubría a ninguno, le dijo:
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra
merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá todo debe ser
encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los
caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a
derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que
las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte
y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi
ayuda. Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el
ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole:
-¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y
ovejas las que va a embestir! ¡Vuélvase, desdichado del padre que me engendró!
¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni
armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es
lo que hace? ¡Pecador soy yo a Dios!
Ni por ésas volvió don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo:
-¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso
emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán
fácilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarón de la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de
alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales
enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no
hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y
comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se
curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que
desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que
das al valeroso Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos
costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto
o malferido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y
comenzó a echar licor en el estómago; mas, antes que acabase de envasar lo que a
él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el
alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro
dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre
caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron
que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron
de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se
fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo
hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la
fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya
los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy
mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole:
-¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer
no eran ejércitos, sino manadas de carneros?
-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo.
Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que
quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo
había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en
manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te
desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos
bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su
ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo
te los pinté primero... Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda;
llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me
ha quedado ninguno en la boca.
Llegóse Sancho tan cerca que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo
que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote; y, al tiempo que
Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto
dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.
-¡Santa María! -dijo Sancho-, ¿y qué es esto que me ha sucedido? Sin duda, este
pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca. Pero, reparando
un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre,
sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco
que tomó que, revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo
señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar
de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo; y, como no las
halló, estuvo a punto de perder el juicio. Maldíjose de nuevo, y propuso en su
corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de
lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida ínsula.
Levantóse en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no
se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante,
que nunca se había movido de junto a su amo -tal era de leal y bien
acondicionado-, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con
la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y, viéndole don
Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:
-Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.
Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el
tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el
bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el
bien está ya cerca. Así que, no debes congojarte por las desgracias que a mí me
suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.
-¿Cómo no? -respondió Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que
el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas,
¿son de otro que del mismo?
-¿Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.
-Sí que me faltan -respondió Sancho.
-Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don Quijote.
-Eso fuera -respondió Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas que
vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan
malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es.
-Con todo eso -respondió don Quijote-, tomara yo ahora más aína un cuartal de
pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas
describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas, con
todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mí; que Dios, que
es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su
servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los
gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace
salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos.
-Más bueno era vuestra merced -dijo Sancho- para predicador que para caballero
andante.
-De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don
Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se paraba
a hacer un sermón o plática, en mitad de un campo real, como si fuera graduado
por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la
pluma, ni la pluma la lanza.
-Ahora bien, sea así como vuestra merced dice -respondió Sancho-, vamos ahora de
aquí, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde
no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los
hay, daré al diablo el hato y el garabato.
-Pídeselo tú a Dios, hijo -dijo don Quijote-, y guía tú por donde quisieres, que
esta vez quiero dejar a tu eleción el alojarnos. Pero dame acá la mano y
atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado
derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor.
Metió Sancho los dedos, y, estándole tentando, le dijo:
-¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?
-Cuatro -respondió don Quijote-, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, señor -respondió Sancho.
-Digo cuatro, si no eran cinco -respondió don Quijote-, porque en toda mi vida
me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído ni comido
de neguijón ni de reuma alguna.
-Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced más de dos
muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como
la palma de la mano.
-¡Sin ventura yo! -dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero
le daba-, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el
de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como
molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante.
Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la
caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres.
Hízolo así Sancho, y encaminóse hacia donde le pareció que podía hallar
acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido. Yéndose,
pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba
sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille
diciéndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el
siguiente capítulo.
Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la
aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos
-Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos días nos han
sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra merced
contra la orden de su caballería, no habiendo cumplido el juramento que hizo de
no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo aquello que a esto se
sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta quitar aquel almete de Malandrino,
o como se llama el moro, que no me acuerdo bien.
-Tienes mucha razón, Sancho -dijo don Quijote-; mas, para decirte verdad, ello
se me había pasado de la memoria; y también puedes tener por cierto que por la
culpa de no habérmelo tú acordado en tiempo te sucedió aquello de la manta; pero
yo haré la enmienda, que modos hay de composición en la orden de la caballería
para todo.
-Pues, ¿juré yo algo, por dicha? -respondió Sancho.
-No importa que no hayas jurado -dijo don Quijote-: basta que yo entiendo que de
participantes no estás muy seguro, y, por sí o por no, no será malo proveernos
de remedio.
-Pues si ello es así -dijo Sancho-, mire vuestra merced no se le torne a olvidar
esto, como lo del juramento; quizá les volverá la gana a las fantasmas de
solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven tan pertinaz.
En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni
descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno en ello
era que perecían de hambre; que, con la falta de las alforjas, les faltó toda la
despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta desgracia, les sucedió
una aventura que, sin artificio alguno, verdaderamente lo parecía. Y fue que la
noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo
Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón,
hallaría en él alguna venta.
Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con
gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran
multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían. Pasmóse
Sancho en viéndolas, y don Quijote no las tuvo todas consigo; tiró el uno del
cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su rocino, y estuvieron quedos,
mirando atentamente lo que podía ser aquello, y vieron que las lumbres se iban
acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían; a cuya vista
Sancho comenzó a temblar como un azogado, y los cabellos de la cabeza se le
erizaron a don Quijote; el cual, animándose un poco, dijo:
-Ésta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura, donde
será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.
-¡Desdichado de mí! -respondió Sancho-; si acaso esta aventura fuese de
fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran?
-Por más fantasmas que sean -dijo don Quijote-, no consentiré yo que te toque en
el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue porque no pude
yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en campo raso, donde podré
yo como quisiere esgremir mi espada.
-Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron -dijo Sancho-, ¿qué
aprovechará estar en campo abierto o no?
-Con todo eso -replicó don Quijote-, te ruego, Sancho, que tengas buen ánimo,
que la experiencia te dará a entender el que yo tengo.
-Sí tendré, si a Dios place -respondió Sancho.
Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que
aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser; y de allí a muy poco
descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el
ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente, como quien tiene
frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear cuando distintamente vieron
lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con
sus hachas encendidas en las manos; detrás de los cuales venía una litera
cubierta de luto, a la cual seguían otros seis de a caballo, enlutados hasta los
pies de las mulas; que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que
caminaban. Iban los encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y
compasiva. Esta estraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba
para poner miedo en el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera en
cuanto a don Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo.
Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su
imaginación al vivo que aquélla era una de las aventuras de sus libros.
Figurósele que la litera eran andas donde debía de ir algún mal ferido o muerto
caballero, cuya venganza a él solo estaba reservada; y, sin hacer otro discurso,
enristró su lanzón, púsose bien en la silla, y con gentil brío y continente se
puso en la mitad del camino por donde los encamisados forzosamente habían de
pasar, y cuando los vio cerca alzó la voz y dijo:
-Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién sois, de
dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis; que, según
las muestras, o vosotros habéis fecho, o vos han fecho, algún desaguisado, y
conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para castigaros del mal que
fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos ficieron.
-Vamos de priesa -respondió uno de los encamisados- y está la venta lejos, y no
nos podemos detener a dar tanta cuenta como pedís.
Y, picando la mula, pasó adelante. Sintióse desta respuesta grandemente don
Quijote, y, trabando del freno, dijo:
-Deteneos y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si
no, conmigo sois todos en batalla.
Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espantó de manera que,
alzándose en los pies, dio con su dueño por las ancas en el suelo. Un mozo que
iba a pie, viendo caer al encamisado, comenzó a denostar a don Quijote, el cual,
ya encolerizado, sin esperar más, enristrando su lanzón, arremetió a uno de los
enlutados, y, mal ferido, dio con él en tierra; y, revolviéndose por los demás,
era cosa de ver con la presteza que los acometía y desbarataba; que no parecía
sino que en aquel instante le habían nacido alas a Rocinante, según andaba de
ligero y orgulloso.
Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y así, con facilidad, en un
momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con las hachas
encendidas, que no parecían sino a los de las máscaras que en noche de regocijo
y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y envueltos en sus
faldamentos y lobas, no se podían mover; así que, muy a su salvo, don Quijote
los apaleó a todos y les hizo dejar el sitio mal de su grado, porque todos
pensaron que aquél no era hombre, sino diablo del infierno que les salía a
quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban.
Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su señor, y decía entre
sí:
-Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice.
Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derribó la mula, a
cuya luz le pudo ver don Quijote; y, llegándose a él, le puso la punta del
lanzón en el rostro, diciéndole que se rindiese; si no, que le mataría. A lo
cual respondió el caído:
-Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna quebrada;
suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me mate; que
cometerá un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las primeras órdenes.
-Pues, ¿quién diablos os ha traído aquí -dijo don Quijote-, siendo hombre de
Iglesia?
-¿Quién, señor? -replicó el caído-: mi desventura.
-Pues otra mayor os amenaza -dijo don Quijote-, si no me satisfacéis a todo
cuanto primero os pregunté.
-Con facilidad será vuestra merced satisfecho -respondió el licenciado-; y así,
sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado, no soy
sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas; vengo de la
ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las
hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo muerto, que va en
aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado;
y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia,
de donde es natural.
-¿Y quién le mató? -preguntó don Quijote.
-Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron -respondió el
bachiller.
-Desa suerte -dijo don Quijote-, quitado me ha Nuestro Señor del trabajo que
había de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto; pero,
habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los hombros,
porque lo mesmo hiciera si a mí mismo me matara. Y quiero que sepa vuestra
reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don Quijote, y es mi
oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo
agravios.
-No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos -dijo el bachiller-, pues a mí de
derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se
verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en mí habéis
deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré agraviado para
siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras.
-No todas las cosas -respondió don Quijote- suceden de un mismo modo. El daño
estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir, como veníades, de noche,
vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas, rezando,
cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del otro mundo; y
así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación acometiéndoos, y os
acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los memos satanases del
infierno, que por tales os juzgué y tuve siempre.
-Ya que así lo ha querido mi suerte -dijo el bachiller-, suplico a vuestra
merced, señor caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude a
salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el estribo y la
silla.
-¡Hablara yo para mañana! -dijo don Quijote-. Y ¿hasta cuándo aguardábades a
decirme vuestro afán?
Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero él no se curó de venir, porque
andaba ocupado desvalijando una acémila de repuesto que traían aquellos buenos
señores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho costal de su gabán, y,
recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego, cargó su jumento, y luego
acudió a las voces de su amo y ayudó a sacar al señor bachiller de la opresión
de la mula; y, poniéndole encima della, le dio la hacha, y don Quijote le dijo
que siguiese la derrota de sus compañeros, a quien de su parte pidiese perdón
del agravio, que no había sido en su mano dejar de haberle hecho. Díjole también
Sancho:
-Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales los
puso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha, que por
otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.
Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había
movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, más entonces que nunca.
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: porque le he estado mirando un rato a la luz
de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra
merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y débelo de haber
causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes.
-No es eso -respondió don Quijote-, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de
estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será bien
que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros
pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio;
aquel, de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el Caballero del
Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e insignias eran conocidos
por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que el sabio ya dicho te habrá
puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la
Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y, para que mejor me
cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo
una muy triste figura.
-No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura -dijo Sancho-, sino
lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé rostro a los
que le miraren; que, sin más ni más, y sin otra imagen ni escudo, le llamarán el
de la Triste Figura; y créame que le digo verdad, porque le prometo a vuestra
merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que le hace tan mala cara la hambre y
la falta de las muelas, que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien escusar la
triste pintura. Rióse don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso
de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como había
imaginado.
En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:
-Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado por
haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si quis
suadente diabolo, etc.
-No entiendo ese latín -respondió don Quijote-, mas yo sé bien que no puse las
manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a sacerdotes ni
a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano
que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y, cuando eso así fuese,
en la memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz, cuando quebró la silla del
embajador de aquel rey delante de Su Santidad del Papa, por lo cual lo
descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y
valiente caballero.
En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra.
Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera eran huesos o no,
pero no lo consintió Sancho, diciéndole:
-Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo de
todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podría ser
que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y, corridos y
avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos diesen en qué
entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no
hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase
el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y, antecogiendo su asno, rogó a
su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin
volverle a replicar, le siguió. Y, a poco trecho que caminaban por entre dos
montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle, donde se apearon; y
Sancho alivió el jumento, y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su
hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto,
satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos
del difunto -que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto
traían.
Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y
fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y, acosados
de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba colmado de
verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue
acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don
Quijote de la Mancha
-No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan testimonio de que por aquí
cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece; y así,
será bien que vamos un poco más adelante, que ya toparemos donde podamos mitigar
esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa mayor pena que la hambre.
Parecióle bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a Rocinante, y
Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre él los relieves que
de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque
la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna; mas, no hubieron andado
docientos pasos, cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de
algunos grandes y levantados riscos se despeñaba. Alegróles el ruido en gran
manera, y, parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro
estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que
naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes
a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del
furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no
fuera el de don Quijote.
Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre unos
árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un temeroso y
manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua
con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron
que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana llegaba;
añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde se hallaban. Pero don Quijote,
acompañado de su intrépido corazón, saltó sobre Rocinante, y, embrazando su
rodela, terció su lanzón y dijo:
-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra
edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele
llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las grandes
hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los
de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de
poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y
Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado
tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de
armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero
fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso
estruendo destos árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca
venimos, que parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la luna,
y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos; las cuales cosas,
todas juntas y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo, temor y espanto
en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no está acostumbrado a
semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto que yo te pinto son
incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que el corazón me reviente
en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta aventura, por más
dificultosa que se muestra. Así que, aprieta un poco las cinchas a Rocinante y
quédate a Dios, y espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no
volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y
buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea
que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder
llamarse suyo.
Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor
ternura del mundo y a decille:
-Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa
aventura: ahora es de noche, aquí no nos vee nadie, bien podemos torcer el
camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y, pues no hay
quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más, que yo he
oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que
quien busca el peligro perece en él; así que, no es bien tentar a Dios
acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro; y
basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser manteado,
como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de entre tantos enemigos
como acompañaban al difunto. Y, cuando todo esto no mueva ni ablande ese duro
corazón, muévale el pensar y creer que apenas se habrá vuestra merced apartado
de aquí, cuando yo, de miedo, dé mi ánima a quien quisiere llevarla. Yo salí de
mi tierra y dejé hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo
valer más y no menos; pero, como la cudicia rompe el saco, a mí me ha rasgado
mis esperanzas, pues cuando más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y
malhadada ínsula que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en
pago y trueco della, me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato
humano. Por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya
que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo,
a lo menos, hasta la mañana; que, a lo que a mí me muestra la ciencia que
aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas,
porque la boca de la Bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche en
la línea del brazo izquierdo.
-¿Cómo puedes tú, Sancho -dijo don Quijote-, ver dónde hace esa línea, ni dónde
está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura que no
parece en todo el cielo estrella alguna?
-Así es -dijo Sancho-, pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas debajo de
tierra, cuanto más encima en el cielo; puesto que, por buen discurso, bien se
puede entender que hay poco de aquí al día.
-Falte lo que faltare -respondió don Quijote-; que no se ha de decir por mí,
ahora ni en ningún tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que
debía a estilo de caballero; y así, te ruego, Sancho, que calles; que Dios, que
me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no vista y tan temerosa
aventura, tendrá cuidado de mirar por mi salud y de consolar tu tristeza. Lo que
has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y quedarte aquí, que yo
daré la vuelta presto, o vivo o muerto.
Viendo, pues, Sancho la última resolución de su amo y cuán poco valían con él
sus lágrimas, consejos y ruegos, determinó de aprovecharse de su industria y
hacerle esperar hasta el día, si pudiese; y así, cuando apretaba las cinchas al
caballo, bonitamente y sin ser sentido, ató con el cabestro de su asno ambos
pies a Rocinante, de manera que cuando don Quijote se quiso partir, no pudo,
porque el caballo no se podía mover sino a saltos. Viendo Sancho Panza el buen
suceso de su embuste, dijo:
-Ea, señor, que el cielo, conmovido de mis lágrimas y plegarias, ha ordenado que
no se pueda mover Rocinante; y si vos queréis porfiar, y espolear, y dalle, será
enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra el aguijón.
Desesperábase con esto don Quijote, y, por más que ponía las piernas al caballo,
menos le podía mover; y, sin caer en la cuenta de la ligadura, tuvo por bien de
sosegarse y esperar, o a que amaneciese, o a que Rocinante se menease, creyendo,
sin duda, que aquello venía de otra parte que de la industria de Sancho; y así,
le dijo:
-Pues así es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de esperar
a que ría el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir.
-No hay que llorar -respondió Sancho-, que yo entretendré a vuestra merced
contando cuentos desde aquí al día, si ya no es que se quiere apear y echarse a
dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para hallarse
más descansado cuando llegue el día y punto de acometer esta tan desemejable
aventura que le espera.
-¿A qué llamas apear o a qué dormir? -dijo don Quijote-. ¿Soy yo, por ventura,
de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros? Duerme tú, que naciste
para dormir, o haz lo que quisieres, que yo haré lo que viere que más viene con
mi pretensión.
No se enoje vuestra merced, señor mío -respondió Sancho-, que no lo dije por
tanto.
Y, llegándose a él, puso la una mano en el arzón delantero y la otra en el otro,
de modo que quedó abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin osarse apartar
dél un dedo: tal era el miedo que tenía a los golpes, que todavía
alternativamente sonaban. Díjole don Quijote que contase algún cuento para
entretenerle, como se lo había prometido, a lo que Sancho dijo que sí hiciera si
le dejara el temor de lo que oía.
-Pero, con todo eso, yo me esforzaré a decir una historia que, si la acierto a
contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y estéme vuestra
merced atento, que ya comienzo. «Érase que se era, el bien que viniere para
todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y advierta vuestra merced,
señor mío, que el principio que los antiguos dieron a sus consejas no fue así
comoquiera, que fue una sentencia de Catón Zonzorino, romano, que dice: "Y el
mal, para quien le fuere a buscar", que viene aquí como anillo al dedo, para que
vuestra merced se esté quedo y no vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que
nos volvamos por otro camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos éste, donde
tantos miedos nos sobresaltan.
-Sigue tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, y del camino que hemos de seguir
déjame a mí el cuidado.
-«Digo, pues -prosiguió Sancho-, que en un lugar de Estremadura había un pastor
cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el cual pastor o cabrerizo, como
digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz andaba enamorado de
una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora llamada Torralba era hija
de un ganadero rico, y este ganadero rico...»
-Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, repitiendo dos
veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días; dilo seguidamente y cuéntalo
como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.
-De la misma manera que yo lo cuento -respondió Sancho-, se cuentan en mi tierra
todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra, ni es bien que vuestra merced
me pida que haga usos nuevos.
-Di como quisieres -respondió don Quijote-; que, pues la suerte quiere que no
pueda dejar de escucharte, prosigue.
-«Así que, señor mío de mi ánima -prosiguió Sancho-, que, como ya tengo dicho,
este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una moza rolliza,
zahareña y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de bigotes, que
parece que ahora la veo.»
-Luego, ¿conocístela tú? -dijo don Quijote.
-No la conocí yo -respondió Sancho-, pero quien me contó este cuento me dijo que
era tan cierto y verdadero que podía bien, cuando lo contase a otro, afirmar y
jurar que lo había visto todo. «Así que, yendo días y viniendo días, el diablo,
que no duerme y que todo lo añasca, hizo de manera que el amor que el pastor
tenía a la pastora se volviese en omecillo y mala voluntad; y la causa fue,
según malas lenguas, una cierta cantidad de celillos que ella le dio, tales que
pasaban de la raya y llegaban a lo vedado; y fue tanto lo que el pastor la
aborreció de allí adelante que, por no verla, se quiso ausentar de aquella
tierra e irse donde sus ojos no la viesen jamás. La Torralba, que se vio
desdeñada del Lope, luego le quiso bien, mas que nunca le había querido.»
-Ésa es natural condición de mujeres -dijo don Quijote-: desdeñar a quien las
quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho.
-«Sucedió -dijo Sancho- que el pastor puso por obra su determinación, y,
antecogiendo sus cabras, se encaminó por los campos de Estremadura, para pasarse
a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras él, y seguíale a
pie y descalza desde lejos, con un bordón en la mano y con unas alforjas al
cuello, donde llevaba, según es fama, un pedazo de espejo y otro de un peine, y
no sé qué botecillo de mudas para la cara; mas, llevase lo que llevase, que yo
no me quiero meter ahora en averiguallo, sólo diré que dicen que el pastor llegó
con su ganado a pasar el río Guadiana, y en aquella sazón iba crecido y casi
fuera de madre, y por la parte que llegó no había barca ni barco, ni quien le
pasase a él ni a su ganado de la otra parte, de lo que se congojó mucho, porque
veía que la Torralba venía ya muy cerca y le había de dar mucha pesadumbre con
sus ruegos y lágrimas; mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tenía
junto a sí un barco, tan pequeño que solamente podían caber en él una persona y
una cabra; y, con todo esto, le habló y concertó con él que le pasase a él y a
trecientas cabras que llevaba. Entró el pescador en el barco, y pasó una cabra;
volvió, y pasó otra; tornó a volver, y tornó a pasar otra.» Tenga vuestra merced
cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque si se pierde una de la
memoria, se acabará el cuento y no será posible contar más palabra dél. «Sigo,
pues, y digo que el desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y
resbaloso, y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto,
volvió por otra cabra, y otra, y otra...»
-Haz cuenta que las pasó todas -dijo don Quijote-: no andes yendo y viniendo
desa manera, que no acabarás de pasarlas en un año.
-¿Cuántas han pasado hasta agora? -dijo Sancho.
-¡Yo qué diablos sé! -respondió don Quijote-.
-He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha
acabado el cuento, que no hay pasar adelante.
-¿Cómo puede ser eso? -respondió don Quijote-. ¿Tan de esencia de la historia es
saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra una del número no
puedes seguir adelante con la historia?
-No señor, en ninguna manera -respondió Sancho-; porque, así como yo pregunté a
vuestra merced que me dijese cuántas cabras habían pasado y me respondió que no
sabía, en aquel mesmo instante se me fue a mí de la memoria cuanto me quedaba
por decir, y a fe que era de mucha virtud y contento.
-¿De modo -dijo don Quijote- que ya la historia es acabada?
-Tan acabada es como mi madre -dijo Sancho.
-Dígote de verdad -respondió don Quijote- que tú has contado una de las más
nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y que tal
modo de contarla ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida,
aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues
quizá estos golpes, que no cesan, te deben de tener turbado el entendimiento.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, mas yo sé que en lo de mi cuento no hay más
que decir: que allí se acaba do comienza el yerro de la cuenta del pasaje de las
cabras.
-Acabe norabuena donde quisiere -dijo don Quijote-, y veamos si se puede mover
Rocinante.
Tornóle a poner las piernas, y él tornó a dar saltos y a estarse quedo: tanto
estaba de bien atado.
En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho
hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural -que es lo que
más se debe creer-, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no
pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón,
que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que
tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar
la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y
sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se
sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se
le quedaron como grillos. Tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al
aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto -que él pensó que
era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia-,
le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer
estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros,
recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas
diligencias, fue tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de
ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote
y dijo:
-¿Qué rumor es ése, Sancho?
-No sé, señor -respondió él-. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y
desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más ruido ni
alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había
dado. Mas, como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los
oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían
los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus
narices; y, apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas
entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso, dijo:
-Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
-Sí tengo -respondió Sancho-; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora
más que nunca?
-En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar -respondió don Quijote.
-Bien podrá ser -dijo Sancho-, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced,
que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
-Retírate tres o cuatro allá, amigo -dijo don Quijote (todo esto sin quitarse
los dedos de las narices)-, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona
y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha
engendrado este menosprecio.
-Apostaré -replicó Sancho- que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deba.
-Peor es meneallo, amigo Sancho -respondió don Quijote.
En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo
Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante
y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él de suyo no era
nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas
-con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo, pues, don Quijote que ya Rocinante
se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella
temerosa aventura.
Acabó en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas, y vio
don Quijote que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran castaños, que
hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio
quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, hizo sentir las espuelas a
Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le mandó que allí le aguardase
tres días, a lo más largo, como ya otra vez se lo había dicho; y que, si al cabo
dellos no hubiese vuelto, tuviese por cierto que Dios había sido servido de que
en aquella peligrosa aventura se le acabasen sus días. Tornóle a referir el
recado y embajada que había de llevar de su parte a su señora Dulcinea, y que,
en lo que tocaba a la paga de sus servicios, no tuviese pena, porque él había
dejado hecho su testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallaría
gratificado de todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que
hubiese servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin
cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula. De nuevo
tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de su buen señor,
y determinó de no dejarle hasta el último tránsito y fin de aquel negocio.
Destas lágrimas y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor desta
historia que debía de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano viejo. Cuyo
sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que mostrase flaqueza
alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a caminar hacia la parte
por donde le pareció que el ruido del agua y del golpear venía.
Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y adversas fortunas; y, habiendo
andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en
un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se
precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas, estaban unas casas
mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales
advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba.
Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y, sosegándole
don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas, encomendándose de todo
corazón a su señora, suplicándole que en aquella temerosa jornada y empresa le
favoreciese, y de camino se encomendaba también a Dios, que no le olvidase. No
se le quitaba Sancho del lado, el cual alargaba cuanto podía el cuello y la
vista por entre las piernas de Rocinante, por ver si vería ya lo que tan
suspenso y medroso le tenía.
Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una
punta,pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de
aquel horrísono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda
la noche los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y
enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo
formaban.
Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo. Miróle
Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con muestras de
estar corrido. Miró también don Quijote a Sancho, y viole que tenía los
carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes señales de querer
reventar con ella, y no pudo su melanconía tanto con él que, a la vista de
Sancho, pudiese dejar de reírse; y, como vio Sancho que su amo había comenzado,
soltó la presa de manera que tuvo necesidad de apretarse las ijadas con los
puños, por no reventar riendo. Cuatro veces sosegó, y otras tantas volvió a su
risa con el mismo ímpetu que primero; de lo cual ya se daba al diablo don
Quijote, y más cuando le oyó decir, como por modo de fisga:
-«Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací, por querer del cielo, en esta
nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquél
para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos
fechos...»
Y por aquí fue repitiendo todas o las más razones que don Quijote dijo la vez
primera que oyeron los temerosos golpes.
Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla dél, se corrió y enojó en tanta
manera, que alzó el lanzón y le asentó dos palos, tales que, si, como los
recibió en las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de pagarle el
salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba tan malas veras
de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha
humildad le dijo:
-Sosiéguese vuestra merced; que, por Dios, que me burlo.
-Pues, porque os burláis, no me burlo yo -respondió don Quijote-. Venid acá,
señor alegre: ¿paréceos a vos que, si como éstos fueron mazos de batán, fueran
otra peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que convenía para
emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado, a dicha, siendo, como soy,
caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cuáles son de batán o no? Y
más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos
los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos. Si
no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a
las barbas uno a uno, o todos juntos, y, cuando yo no diere con todos patas
arriba, haced de mí la burla que quisiéredes.
-No haya más, señor mío -replicó Sancho-, que yo confieso que he andado algo
risueño en demasía. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz (así
Dios le saque de todas las aventuras que le sucedieren tan sano y salvo como le
ha sacado désta), ¿no ha sido cosa de reír, y lo es de contar, el gran miedo que
hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de vuestra merced ya yo sé que no
le conoce, ni sabe qué es temor ni espanto.
-No niego yo -respondió don Quijote- que lo que nos ha sucedido no sea cosa
digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas tan
discretas que sepan poner en su punto las cosas.
-A lo menos -respondió Sancho-, supo vuestra merced poner en su punto el lanzón,
apuntándome a la cabeza, y dándome en las espaldas, gracias a Dios y a la
diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldrá en la colada; que yo
he oído decir: "Ése te quiere bien, que te hace llorar"; y más, que suelen los
principales señores, tras una mala palabra que dicen a un criado, darle luego
unas calzas; aunque no sé lo que le suelen dar tras haberle dado de palos, si ya
no es que los caballeros andantes dan tras palos ínsulas o reinos en tierra
firme.
-Tal podría correr el dado -dijo don Quijote- que todo lo que dices viniese a
ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los primeros
movimientos no son en mano del hombre, y está advertido de aquí adelante en una
cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo; que en
cuantos libros de caballerías he leído, que son infinitos, jamás he hallado que
ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el tuyo. Y en verdad que
lo tengo a gran falta, tuya y mía: tuya, en que me estimas en poco; mía, en que
no me dejo estimar en más. Sí, que Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, conde
fue de la ínsula Firme; y se lee dél que siempre hablaba a su señor con la gorra
en la mano, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues, ¿qué
diremos de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado que, para
declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sola una vez se nombra su
nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia? De todo lo que he
dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer diferencia de amo a mozo, de
señor a criado y de caballero a escudero. Así que, desde hoy en adelante, nos
hemos de tratar con más respeto, sin darnos cordelejo, porque, de cualquiera
manera que yo me enoje con vos, ha de ser mal para el cántaro. Las mercedes y
beneficios que yo os he prometido llegarán a su tiempo; y si no llegaren, el
salario, a lo menos, no se ha de perder, como ya os he dicho.
-Está bien cuanto vuestra merced dice -dijo Sancho-, pero querría yo saber, por
si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario acudir al de los
salarios, cuánto ganaba un escudero de un caballero andante en aquellos tiempos,
y si se concertaban por meses, o por días, como peones de albañir.
-No creo yo -respondió don Quijote- que jamás los tales escuderos estuvieron a
salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he señalado a ti en el testamento
cerrado que dejé en mi casa, fue por lo que podía suceder; que aún no sé cómo
prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros la caballería, y no querría que
por pocas cosas penase mi ánima en el otro mundo. Porque quiero que sepas,
Sancho, que en él no hay estado más peligroso que el de los aventureros.
-Así es verdad -dijo Sancho-, pues sólo el ruido de los mazos de un batán pudo
alborotar y desasosegar el corazón de un tan valeroso andante aventurero como es
vuestra merced. Mas, bien puede estar seguro que, de aquí adelante, no
despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no
fuere para honrarle, como a mi amo y señor natural.
-Desa manera -replicó don Quijote-, vivirás sobre la haz de la tierra; porque,
después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo fuesen.
Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de
Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
En esto, comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el
molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote, por
la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo el
camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de
antes.
De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la
cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aún él apenas le hubo
visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:
-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son
sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,
especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre". Dígolo
porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos,
engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor
y más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la
culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la escuridad de la
noche. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en
su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-, que no
querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el
sentido.
-¡Válate el diablo por hombre! -replicó don Quijote-. ¿Qué va de yelmo a
batanes?
-No sé nada -respondió Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto como
solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced viera que se engañaba en
lo que dice.
-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? -dijo don Quijote-.
Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio
rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?
-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre sobre un asno
pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate a una parte y
déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo,
concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he deseado.
-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera Dios, torno a
decir, que orégano sea, y no batanes.
-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más eso de los
batanes -dijo don Quijote-; que voto..., y no digo más, que os batanee el alma.
Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había echado,
redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote veía,
era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño que ni
tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y así, el barbero del
mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse y otro
de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar;
y quiso la suerte que, al tiempo que venía, comenzó a llover, y, porque no se le
manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza;
y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo,
como Sancho dijo, y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo
rucio rodado, y caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con
mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes
pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse
con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo,
llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin
detener la furia de su carrera, le dijo:
-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta
razón se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre
sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue
el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más
ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el
viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote, y dijo
que el pagano había andado discreto y que había imitado al castor, el cual,
viéndose acosado de los cazadores, se taraza y arpa con los dientes aquéllo por
lo que él, por distinto natural, sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que
alzase el yelmo, el cual, tomándola en las manos, dijo:
-Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí.
Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a
otra, buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:
-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa celada,
debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.
Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; mas vínosele
a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.
-¿De qué te ríes, Sancho? -dijo don Quijote.
-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza que tenía el pagano dueño
deste almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.
-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo, por
algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocer ni
estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de
fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo ésta,
que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea lo que fuere; que para mí
que la conozco no hace al caso su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer
lugar donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue,
la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y, en
este entretanto, la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto
más, que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada.
-Eso será -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en la pelea de
los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas y le
rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar
las asaduras.
-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho -dijo don
Quijote-, que yo tengo la receta en la memoria.
-También la tengo yo -respondió Sancho-, pero si yo le hiciere ni le probare más
en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más, que no pienso ponerme en ocasión de
haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco sentidos de ser
ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez manteado, no digo nada, que
semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra
cosa sino encoger los hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir
por donde la suerte y la manta nos llevare.
-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nunca
olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechos nobles
y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla
quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? Que, bien
apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo ansí, ya yo
hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más daño que el que hicieron
los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea
fuera en aquél, pudiera estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como
tiene.
Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:
-Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo sé de qué
calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caerán de la
memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto aparte,
dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que parece asno
pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestra merced derribó; que,
según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio
de volver por él jamás; y ¡para mis barbas, si no es bueno el rucio!
-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso de
caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que el
vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso, lícito es
tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que, Sancho, deja ese
caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, como su dueño nos vea
alongados de aquí, volverá por él.
-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocalle con
este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas las leyes
de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno por otro; y querría
saber si podría trocar los aparejos siquiera.
-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso de duda, hasta
estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos necesidad
estrema.
-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma persona, no los
hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su jumento
a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto. Hecho esto,
almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron, bebieron del agua
del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el
aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin tomar
determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno
cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se
llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por
dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al
camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él? Que,
después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han podrido más
de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la
lengua no querría que se mal lograse.
-Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay
gustoso si es largo.
-Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que, de algunos días a esta parte, he
considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas aventuras que
vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de caminos, donde, ya
que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y así,
se han de quedar en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y así, me parece que sería mejor, salvo el
mejor parecer de vuestra merced, que nos fuésemos a servir a algún emperador, o
a otro príncipe grande que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced
muestre el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que,
visto esto del señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada
cual según sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de
vuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no han de
salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la
caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de quedar las
mías entre renglones.
-No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se llegue a ese
término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las
aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que, cuando se
fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballero conocido por sus
obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la
ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces, diciendo: ''Éste es el
Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la
cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Éste es -dirán- el que venció en
singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantó al
Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en que había estado casi
novecientos años''. Así que, de mano en mano, irán pregonando tus hechos, y
luego, al alboroto de los muchachos y de la demás gente, se parará a las
fenestras de su real palacio el rey de aquel reino, y así como vea al caballero,
conociéndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente ha de
decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir
a la flor de la caballería, que allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos,
y él llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y
le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano al aposento
de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta, su hija, que
ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo
descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.
Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el
caballero y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que
humana; y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en la
intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber cómo se
han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allí le llevarán,
sin duda, a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado, donde, habiéndole
quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata con que se cubra; y si
bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto. Venida la noche,
cenará con el rey, reina e infanta, donde nunca quitará los ojos della,
mirándola a furto de los circustantes, y ella hará lo mesmo con la mesma
sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han
las tablas, y entrará a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano
con una fermosa dueña, que, entre dos gigantes, detrás del enano viene, con
cierta aventura, hecha por un antiquísimo sabio, que el que la acabare será
tenido por el mejor caballero del mundo. Mandará luego el rey que todos los que
están presentes la prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero
huésped, en mucho pro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y
se tendrá por contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus
pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que
es, tiene una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero
huésped le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia
para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante,
y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Y
aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un jardín,
que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces
la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella de quien la
infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse ella, traerá agua la doncella,
acuitaráse mucho porque viene la mañana, y no querría que fuesen descubiertos,
por la honra de su señora. Finalmente, la infanta volverá en sí y dará sus
blancas manos por la reja al caballero, el cual se las besará mil y mil veces y
se las bañará en lágrimas. Quedará concertado entre los dos del modo que se han
de hacer saber sus buenos o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga
lo menos que pudiere; prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar
las manos, y despídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida.
Vase desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor
de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina y de
la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora infanta está
mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena
de su partida, traspásasele el corazón, y falta poco de no dar indicio
manifiesto de su pena. Está la doncella medianera delante, halo de notar todo,
váselo a decir a su señora, la cual la recibe con lágrimas y le dice que una de
las mayores penas que tiene es no saber quién sea su caballero, y si es de
linaje de reyes o no; asegúrala la doncella que no puede caber tanta cortesía,
gentileza y valentía como la de su caballero sino en subjeto real y grave;
consuélase con esto la cuitada; procura consolarse, por no dar mal indicio de sí
a sus padres, y, a cabo de dos días, sale en público. Ya se es ido el caballero:
pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de
muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase
que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar
el rey, porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra
cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a
tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de
un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar en el mapa.
Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras.
Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le
ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella de la
infanta, que será, sin duda, la que fue tercera en sus amores, que es hija de un
duque muy principal.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo, al pie
de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose el Caballero de la
Triste Figura.
-No lo dudes, Sancho -replicó don Quijote-, porque del mesmo y por los mesmos
pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes a ser reyes
y emperadores. Sólo falta agora mirar qué rey de los cristianos o de los paganos
tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá para pensar esto, pues,
como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por otras partes que se acuda
a la corte. También me falta otra cosa; que, puesto caso que se halle rey con
guerra y con hija hermosa, y que yo haya cobrado fama increíble por todo el
universo, no sé yo cómo se podía hallar que yo sea de linaje de reyes, o, por lo
menos, primo segundo de emperador; porque no me querrá el rey dar a su hija por
mujer si no está primero muy enterado en esto, aunque más lo merezcan mis
famosos hechos. Así que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien
merecido. Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y
propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que
escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que
me hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay
dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su decendencia de
príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado
en punta, como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja,
y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores. De manera
que está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no
fueron; y podría ser yo déstos que, después de averiguado, hubiese sido mi
principio grande y famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro,
que hubiere de ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a
pesar de su padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de
admitir por señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde
más gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus
padres.
-Ahí entra bien también -dijo Sancho- lo que algunos desalmados dicen: "No pidas
de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir: "Más vale
salto de mata que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si el señor rey,
suegro de vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle a mi señora la
infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y trasponella. Pero está
el daño que, en tanto que se hagan las paces y se goce pacíficamente el reino,
el pobre escudero se podrá estar a diente en esto de las mercedes. Si ya no es
que la doncella tercera, que ha de ser su mujer, se sale con la infanta, y él
pasa con ella su mala ventura, hasta que el cielo ordene otra cosa; porque bien
podrá, creo yo, desde luego dársela su señor por ligítima esposa.
-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.
-Pues, como eso sea -respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos a Dios, y
dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.
-Hágalo Dios -respondió don Quijote- como yo deseo y tú, Sancho, has menester; y
ruin sea quien por ruin se tiene.
-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto
me basta.
-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no hacía nada al
caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la compres ni
me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde, cátate ahí caballero, y digan
lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar señoría, mal que les pese.
-Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! -dijo Sancho.
-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.
-Sea ansí -respondió Sancho Panza-. Digo que le sabría bien acomodar, porque,
por vida mía, que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que me asentaba tan
bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presencia para poder ser
prioste de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando me ponga un ropón ducal a
cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de conde estranjero? Para mí tengo
que me han de venir a ver de cien leguas.
-Bien parecerás -dijo don Quijote-, pero será menester que te rapes las barbas a
menudo; que, según las tienes de espesas, aborrascadas y mal puestas, si no te
las rapas a navaja, cada dos días por lo menos, a tiro de escopeta se echará de
ver lo que eres.
-¿Qué hay más -dijo Sancho-, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en casa?
Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como caballerizo de grande.
-Pues, ¿cómo sabes tú -preguntó don Quijote- que los grandes llevan detrás de sí
a sus caballerizos?
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: los años pasados estuve un mes en la corte, y
allí vi que, paseándose un señor muy pequeño, que decían que era muy grande, un
hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que no parecía sino que
era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no se juntaba con el otro, sino que
siempre andaba tras dél. Respondiéronme que era su caballerizo y que era uso de
los grandes llevar tras sí a los tales. Desde entonces lo sé tan bien que nunca
se me ha olvidado.
-Digo que tienes razón -dijo don Quijote-, y que así puedes tú llevar a tu
barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y puedes
ser tú el primero conde que lleve tras sí su barbero; y aun es de más confianza
el hacer la barba que ensillar un caballo.
-Quédese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-, y al de vuestra merced se
quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.
-Así será -respondió don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal
de su grado, los llevaban donde no quisieran ir
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima,
altisonante, mínima, dulce e imaginada historia que, después que entre el famoso
don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones
que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas, que don Quijote alzó
los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie,
ensartados, como cuentas, en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos
con esposas a las manos. Venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y
dos de a pie; los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con
dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido, dijo:
-Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
-¿Cómo gente forzada? -preguntó don Quijote-. ¿Es posible que el rey haga fuerza
a ninguna gente?
-No digo eso -respondió Sancho-, sino que es gente que, por sus delitos, va
condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
-En resolución -replicó don Quijote-, comoquiera que ello sea, esta gente,
aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
-Así es -dijo Sancho.
-Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer
fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
-Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia, que es el mesmo rey, no
hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus
delitos.
Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses
razones, pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y
decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes, gente de Su
Majestad que iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más que
saber.
-Con todo eso -replicó don Quijote-, querría saber de cada uno dellos en
particular la causa de su desgracia.
Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que dijesen
lo que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo:
-Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de cada uno destos
malaventurados, no es tiempo éste de detenerles a sacarlas ni a leellas; vuestra
merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos lo dirán si quisieren,
que sí querrán, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se llegó a
la cadena, y al primero le preguntó que por qué pecados iba de tan mala guisa.
Él le respondió que por enamorado iba de aquella manera.
-¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si por enamorados echan a
galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
-No son los amores como los que vuestra merced piensa -dijo el galeote-; que los
míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa blanca, que
la abracé conmigo tan fuertemente que, a no quitármela la justicia por fuerza,
aún hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad.
Fue en fragante, no hubo lugar de tormento; concluyóse la causa, acomodáronme
las espaldas con ciento, y por añadidura tres precisos de gurapas, y acabóse la
obra.
-¿Qué son gurapas? -preguntó don Quijote.
-Gurapas son galeras -respondió el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo que era
natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no
respondió palabra, según iba de triste y malencónico; mas respondió por él el
primero, y dijo:
-Éste, señor, va por canario; digo, por músico y cantor.
-Pues, ¿cómo -repitió don Quijote-, por músicos y cantores van también a
galeras?
-Sí, señor -respondió el galeote-, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.
-Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus males espanta.
-Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una vez llora toda la vida.
-No lo entiendo -dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
-Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa,
confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confesó su delito,
que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias, y, por haber confesado, le
condenaron por seis años a galeras, amén de docientos azotes que ya lleva en las
espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los demás ladrones que allá
quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen y tienen en poco,
porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones.
Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí, y que harta ventura
tiene un delincuente, que está en su lengua su vida o su muerte, y no en la de
los testigos y probanzas; y para mí tengo que no van muy fuera de camino.
-Y yo lo entiendo así -respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual, de
presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:
-Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez ducados.
-Yo daré veinte de muy buena gana -dijo don Quijote- por libraros desa
pesadumbre.
-Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros en mitad del
golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha menester.
Dígolo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que vuestra merced
ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la péndola del escribano y avivado el
ingenio del procurador, de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de
Zocodover, de Toledo, y no en este camino, atraillado como galgo; pero Dios es
grande: paciencia y basta.
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro con una barba
blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose preguntar la causa por que
allí venía, comenzó a llorar y no respondió palabra; mas el quinto condenado le
sirvió de lengua, y dijo:
-Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo paseado las
acostumbradas vestido en pompa y a caballo.
-Eso es -dijo Sancho Panza-, a lo que a mí me parece, haber salido a la
vergüenza.
-Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por
haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En efecto, quiero decir
que este caballero va por alcahuete, y por tener asimesmo sus puntas y collar de
hechicero.
-A no haberle añadido esas puntas y collar -dijo don Quijote-, por solamente el
alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar en las galeras, sino a mandallas y a
ser general dellas; porque no es así comoquiera el oficio de alcahuete, que es
oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le
debía ejercer sino gente muy bien nacida; y aun había de haber veedor y
examinador de los tales, como le hay de los demás oficios, con número deputado y
conocido, como corredores de lonja; y desta manera se escusarían muchos males
que se causan por andar este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco
entendimiento, como son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes
de pocos años y de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión y cuando es
menester dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la
mano y no saben cuál es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las
razones por que convenía hacer elección de los que en la república habían de
tener tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día
lo diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora que la pena que me
ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta fatiga, por
alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque bien sé que no
hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos
simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le
fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros
bellacos es algunas misturas y venenos con que vuelven locos a los hombres,
dando a entender que tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo,
cosa imposible forzar la voluntad.
-Así es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, señor, que en lo de hechicero que no
tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pensé que hacía mal
en ello: que toda mi intención era que todo el mundo se holgase y viviese en paz
y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me aprovechó nada este buen deseo
para dejar de ir adonde no espero volver, según me cargan los años y un mal de
orina que llevo, que no me deja reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole Sancho tanta compasión, que
sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito, el cual respondió con no
menos, sino con mucha más gallardía que el pasado:
-Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos primas hermanas mías, y con
otras dos hermanas que no lo eran mías; finalmente, tanto me burlé con todas,
que resultó de la burla crecer la parentela, tan intricadamente que no hay
diablo que la declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros, víame a
pique de perder los tragaderos, sentenciáronme a galeras por seis años,
consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con ella todo se
alcanza. Si vuestra merced, señor caballero, lleva alguna cosa con que socorrer
a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la
tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y salud de
vuestra merced, que sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.
Éste iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas que era muy grande
hablador y muy gentil latino.
Tras todos éstos, venía un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta años,
sino que al mirar metía el un ojo en el otro un poco. Venía diferentemente atado
que los demás, porque traía una cadena al pie, tan grande que se la liaba por
todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la cadena, y la otra de
las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de la cual decendían dos hierros que
llegaban a la cintura, en los cuales se asían dos esposas, donde llevaba las
manos, cerradas con un grueso candado, de manera que ni con las manos podía
llegar a la boca, ni podía bajar la cabeza a llegar a las manos. Preguntó don
Quijote que cómo iba aquel hombre con tantas prisiones más que los otros.
Respondióle la guarda porque tenía aquel solo más delitos que todos los otros
juntos, y que era tan atrevido y tan grande bellaco que, aunque le llevaban de
aquella manera, no iban seguros dél, sino que temían que se les había de huir.
-¿Qué delitos puede tener -dijo don Quijote-, si no han merecido más pena que
echalle a las galeras?
-Va por diez años -replicó la guarda-, que es como muerte cevil. No se quiera
saber más, sino que este buen hombre es el famoso Ginés de Pasamonte, que por
otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla.
-Señor comisario -dijo entonces el galeote-, váyase poco a poco, y no andemos
ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés me llamo y no Ginesillo, y
Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voacé dice; y cada uno se dé una
vuelta a la redonda, y no hará poco.
-Hable con menos tono -replicó el comisario-, señor ladrón de más de la marca,
si no quiere que le haga callar, mal que le pese.
-Bien parece -respondió el galeote- que va el hombre como Dios es servido, pero
algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.
-Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? -dijo la guarda.
-Sí llaman -respondió Ginés-, mas yo haré que no me lo llamen, o me las pelaría
donde yo digo entre mis dientes. Señor caballero, si tiene algo que darnos,
dénoslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas;
y si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte, cuya vida está
escrita por estos pulgares.
-Dice verdad -dijo el comisario-: que él mesmo ha escrito su historia, que no
hay más, y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Ginés-, si quedara en docientos ducados.
-¿Tan bueno es? -dijo don Quijote.
-Es tan bueno -respondió Ginés- que mal año para Lazarillo de Tormes y para
todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé decir a
voacé es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan donosas que no
pueden haber mentiras que se le igualen.
-¿Y cómo se intitula el libro? -preguntó don Quijote.
-La vida de Ginés de Pasamonte -respondió el mismo.
-¿Y está acabado? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo puede estar acabado -respondió él-, si aún no está acabada mi vida?
Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me
han echado en galeras.
-Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? -dijo don Quijote.
-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y ya sé a qué sabe
el bizcocho y el corbacho -respondió Ginés-; y no me pesa mucho de ir a ellas,
porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que
decir, y en las galeras de España hay mas sosiego de aquel que sería menester,
aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de escribir, porque me lo
sé de coro.
-Hábil pareces -dijo don Quijote.
-Y desdichado -respondió Ginés-; porque siempre las desdichas persiguen al buen
ingenio.
-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.
-Ya le he dicho, señor comisario -respondió Pasamonte-, que se vaya poco a poco,
que aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratase a los pobretes
que aquí vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su Majestad manda. Si
no, ¡por vida de...! ¡Basta!, que podría ser que saliesen algún día en la colada
las manchas que se hicieron en la venta; y todo el mundo calle, y viva bien, y
hable mejor y caminemos, que ya es mucho regodeo éste.
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de sus
amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que no le maltratase, pues
no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese algún tanto suelta
la lengua. Y, volviéndose a todos los de la cadena, dijo:
-De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que,
aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os
dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra
voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la
falta de dineros déste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio
del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la
justicia que de vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora
en la memoria de manera que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que
muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo
profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de
favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una
de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga
por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de
desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en
mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y
naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas -añadió don Quijote-, que
estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con
su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de
premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los
otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y
sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y, cuando de grado
no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo
hagáis por fuerza.
-¡Donosa majadería! -respondió el comisario- ¡Bueno está el donaire con que ha
salido a cabo de rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si
tuviéramos autoridad para soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo!
Váyase vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderécese ese
bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
-¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuviese lugar
de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una lanzada; y
avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardas quedaron
atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero, volviendo sobre sí,
pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y
arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba; y, sin duda, lo
pasara mal si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de alcanzar
libertad, no la procuraran, procurando romper la cadena donde venían ensartados.
Fue la revuelta de manera que las guardas, ya por acudir a los galeotes, que se
desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que
fuese de provecho.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el
primero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y, arremetiendo al
comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando al uno
y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo el campo,
porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como de las muchas
pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los que
iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual, a
campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo a su amo, y
le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en la sierra, que estaba
cerca.
-Bien está eso -dijo don Quijote-, pero yo sé lo que ahora conviene que se haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían despojado al
comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la redonda para ver lo
que les mandaba, y así les dijo:
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los
pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéis visto,
señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido; en pago del
cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que quité de
vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso, y
allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su
caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis, punto
por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la
deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes a la buena
ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
-Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible de
toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los caminos, sino
solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando meterse en las entrañas
de la tierra, por no ser hallado de la Santa Hermandad, que, sin duda alguna, ha
de salir en nuestra busca. Lo que vuestra merced puede hacer, y es justo que
haga, es mudar ese servicio y montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en
alguna cantidad de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención de
vuestra merced; y ésta es cosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o
reposando, en paz o en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas
de Egipto, digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es
pensar que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a
nosotros eso como pedir peras al olmo.
-Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en cólera-, don hijo de la puta,
don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos solo, rabo
entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote no
era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de querer darles
libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compañeros, y,
apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no
se daba manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más
caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y
con él se defendía de la nube y pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo
escudar tan bien don Quijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el
cuerpo, con tanta fuerza que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído,
cuando fue sobre él el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con
ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que
la hizo pedazos. Quitáronle una ropilla que traía sobre las armas, y las medias
calzas le querían quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le quitaron el
gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás despojos de la
batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado de escaparse de la
Hermandad, que temían, que de cargarse de la cadena e ir a presentarse ante la
señora Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento, cabizbajo
y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no
había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los oídos; Rocinante,
tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en
pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan
malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho.
Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra
Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera
historia se cuentan
Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:
-Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua
en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera escusado esta
pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia, y escarmentar para desde aquí
adelante.
-Así escarmentará vuestra merced -respondió Sancho- como yo soy turco; pero,
pues dice que si me hubiera creído se hubiera escusado este daño, créame ahora y
escusará otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar
de caballerías, que no se le da a ella por cuantos caballeros andantes hay dos
maravedís; y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los oídos.
-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-, pero, porque no digas que
soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu
consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de ser con una
condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir a nadie que yo me
retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si
otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahora para entonces, y desde
entonces para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas las veces
que lo pensares o lo dijeres. Y no me repliques más, que en sólo pensar que me
aparto y retiro de algún peligro, especialmente déste, que parece que lleva
algún es no es de sombra de miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí
solo, no solamente a la Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos
de los doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y
aun a todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura,
cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para
mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que, aunque zafio y villano,
todavía se me alcanza algo desto que llaman buen gobierno; así que, no se
arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no
yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me dice que hemos menester ahora más los
pies que las manos.
Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando Sancho sobre su asno,
se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando
Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o a Almodóvar del
Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si
la Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que de la refriega de los
galeotes se había escapado libre la despensa que sobre su asno venía, cosa que
la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron y buscaron los galeotes.
Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón,
pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.
Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en
estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra se
acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado -después que le pareció que caminaba
por parte segura- sino de satisfacer su estómago con los relieves que del
despojo clerical habían quedado; y así, iba tras su amo sentado a la mujeriega
sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza; y no se le
diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite.
En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta
del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo cual se
dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo
que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él, medio
podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que fue necesario
que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo que viese lo que en la maleta
venía.
Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía cerrada con una
cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había, que
eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, no menos
curiosas que limpias, y en un pañizuelo halló un buen montoncillo de escudos de
oro; y, así como los vio, dijo:
-¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de
provecho!
Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente guarnecido. Éste le
pidió don Quijote, y mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él. Besóle
las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su lencería, la
puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote, dijo:
-Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún caminante
descaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole malandrines, le
debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.
-No puede ser eso -respondió Sancho-, porque si fueran ladrones, no se dejaran
aquí este dinero.
-Verdad dices -dijo don Quijote-, y así, no adivino ni doy en lo que esto pueda
ser; mas, espérate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna cosa
escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que deseamos.
Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque de muy
buena letra, fue un soneto, que, leyéndole alto porque Sancho también lo oyese,
vio que decía desta manera:
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.
Presto habré de morir, que es lo más cierto;
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.
-Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por ese
hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.
-¿Qué hilo está aquí? -dijo don Quijote.
-Paréceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombró ahí hilo.
-No dije sino Fili -respondió don Quijote-, y éste, sin duda, es el nombre de la
dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser razonable
poeta, o yo sé poco del arte.
-Luego, ¿también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra merced de trovas?
-Y más de lo que tú piensas -respondió don Quijote-, y veráslo cuando
lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi señora Dulcinea del
Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros andantes
de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos
habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes.
Verdad es que las coplas de los pasados caballeros tienen más de espíritu que de
primor.
-Lea más vuestra merced -dijo Sancho-, que ya hallará algo que nos satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:
-Esto es prosa, y parece carta.
-¿Carta misiva, señor? -preguntó Sancho.
-En el principio no parece sino de amores -respondió don Quijote.
-Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-, que gusto mucho destas cosas de
amores.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a
tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas.
Desechásteme, ¡oh ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más que yo;
mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni
llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras:
por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres mujer. Quédate en
paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén
siempre encubiertos, porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no
tome venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
-Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de que quien la escribió
es algún desdeñado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunos pudo
leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos,
desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los unos y
llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin dejar
rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase, escudriñase e inquiriese,
ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no escarmenase, porque no se
quedase nada por diligencia ni mal recado: tal golosina habían despertado en él
los hallados escudos, que pasaban de ciento. Y, aunque no halló mas de lo
hallado, dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje,
las bendiciones de las estacas, las puñadas del arriero, la falta de las
alforjas, el robo del gabán y toda la hambre, sed y cansancio que había pasado
en servicio de su buen señor, pareciéndole que estaba más que rebién pagado con
la merced recebida de la entrega del hallazgo.
Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién fuese el
dueño de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dinero en oro y
por las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principal enamorado, a
quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a algún
desesperado término. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso no
parecía persona alguna de quien poder informarse, no se curó de más que de pasar
adelante, sin llevar otro camino que aquel que Rocinante quería, que era por
donde él podía caminar, siempre con imaginación que no podía faltar por aquellas
malezas alguna estraña aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela que
delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre, de risco en risco y
de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele que iba desnudo, la barba
negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies descalzos y las
piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones, al parecer de
terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas partes se le
descubrían las carnes. Traía la cabeza descubierta, y, aunque pasó con la
ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó el Caballero de la
Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille, porque no era dado a la
debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas, y más siendo él de suyo
pisacorto y flemático. Luego imaginó don Quijote que aquél era el dueño del
cojín y de la maleta, y propuso en sí de buscalle, aunque supiese andar un año
por aquellas montañas hasta hallarle; y así, mandó a Sancho que se apease del
asno y atajase por la una parte de la montaña, que él iría por la otra y podría
ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se
les había quitado de delante.
-No podré hacer eso -respondió Sancho-, porque, en apartándome de vuestra
merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos
y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí adelante no me
aparte un dedo de su presencia.
-Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy contento de que te
quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el ánima
del cuerpo. Y vente ahora tras mí poco a poco, o como pudieres, y haz de los
ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos con aquel hombre que
vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
-Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el dueño del
dinero, claro está que lo tengo de restituir; y así, fuera mejor, sin hacer esta
inútil diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, por otra vía menos
curiosa y diligente, pareciera su verdadero señor; y quizá fuera a tiempo que lo
hubiera gastado, y entonces el rey me hacía franco.
-Engáñaste en eso, Sancho -respondió don Quijote-; que, ya que hemos caído en
sospecha de quién es el dueño, cuasi delante, estamos obligados a buscarle y
volvérselos; y, cuando no le buscásemos, la vehemente sospecha que tenemos de
que él lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese.
Así que, Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí se me quitará
si le hallo.
Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y,
habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caída, muerta y
medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo
lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que huía era el dueño de
la mula y del cojín.
Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a
deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras
ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba, que era un
hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogóle que bajase donde estaban. Él
respondió a gritos que quién les había traído por aquel lugar, pocas o ningunas
veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por allí
andaban. Respondióle Sancho que bajase, que de todo le darían buena cuenta. Bajó
el cabrero, y, en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:
-Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa hondonada.
-Pues a buena fe que ha ya seis meses que está en ese lugar.
-Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?
-No hemos topado a nadie -respondió don Quijote-, sino a un cojín y a una
maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
-También la hallé yo -respondió el cabrero-, mas nunca la quise alzar ni llegar
a ella, temeroso de algún desmán y de que no me la pidiesen por de hurto; que es
el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombre cosa donde tropiece y
caya, sin saber cómo ni cómo no.
-Eso mesmo es lo que yo digo -respondió Sancho-: que también la hallé yo, y no
quise llegar a ella con un tiro de piedra; allí la dejé y allí se queda como se
estaba, que no quiero perro con cencerro.
-Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, ¿sabéis vos quién sea el dueño destas
prendas?
-Lo que sabré yo decir -dijo el cabrero- es que «habrá al pie de seis meses,
poco más a menos, que llegó a una majada de pastores, que estará como tres
leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura, caballero sobre esa
mesma mula que ahí está muerta, y con el mesmo cojín y maleta que decís que
hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál parte desta sierra era la más
áspera y escondida; dijímosle que era esta donde ahora estamos; y es ansí la
verdad, porque si entráis media legua más adentro, quizá no acertaréis a salir;
y estoy maravillado de cómo habéis podido llegar aquí, porque no hay camino ni
senda que a este lugar encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el
mancebo, volvió las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos,
dejándonos a todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la
priesa con que le víamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces
nunca más le vimos, hasta que desde allí a algunos días salió al camino a uno de
nuestros pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le dio muchas puñadas y
coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitó cuanto pan y queso en
ella traía; y, con estraña ligereza, hecho esto, se volvió a emboscar en la
sierra. Como esto supimos algunos cabreros, le anduvimos a buscar casi dos días
por lo más cerrado desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el
hueco de un grueso y valiente alcornoque. Salió a nosotros con mucha
mansedumbre, ya roto el vestido, y el rostro disfigurado y tostado del sol, de
tal suerte que apenas le conocíamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la
noticia que dellos teníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos.
Saludónos cortésmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos
maravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía para
cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido impuesta.
Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos acabar con él.
Pedímosle también que, cuando hubiese menester el sustento, sin el cual no podía
pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor y cuidado se lo
llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que, a lo menos, saliese a
pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció nuestro ofrecimiento, pidió
perdón de los asaltos pasados, y ofreció de pedillo de allí adelante por amor de
Dios, sin dar molestia alguna a nadie.
En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no tenía otra
que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y acabó su
plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de piedra los que escuchado
le habíamos, si en él no le acompañáramos, considerándole cómo le habíamos visto
la vez primera, y cuál le veíamos entonces. Porque, como tengo dicho, era un muy
gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses y concertadas razones mostraba ser
bien nacido y muy cortesana persona; que, puesto que éramos rústicos los que le
escuchábamos, su gentileza era tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma
rusticidad. Y, estando en lo mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó los
ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y
suspensos, esperando en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca
lástima de verlo; porque, por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando
al suelo sin mover pestaña gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los
labios y enarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura
le había sobrevenido. Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo, donde se había echado, y
arremetió con el primero que halló junto a sí, con tal denuedo y rabia que, si
no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todo esto hacía,
diciendo: ''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la sinrazón que me
heciste: estas manos te sacarán el corazón, donde albergan y tienen manida todas
las maldades juntas, principalmente la fraude y el engaño!'' Y a éstas añadía
otras razones, que todas se encaminaban a decir mal de aquel Fernando y a
tacharle de traidor y fementido. Quitámossele, pues, con no poca pesadumbre, y
él, sin decir más palabra, se apartó de nosotros y se emboscó corriendo por
entre estos jarales y malezas, de modo que nos imposibilitó el seguille. Por
esto conjeturamos que la locura le venía a tiempos, y que alguno que se llamaba
Fernando le debía de haber hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba
el término a que le había conducido. Todo lo cual se ha confirmado después acá
con las veces, que han sido muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a
los pastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo por fuerza;
porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los pastores se lo
ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a puñadas; y cuando está
en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés y comedidamente, y rinde por ello
muchas gracias, y no con falta de lágrimas.
Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que ayer determinamos yo y
cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto
que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza ya por grado, le hemos de
llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le
curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién es cuando esté en sus
seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia». Esto es,
señores, lo que sabré deciros de lo que me habéis preguntado; y entended que el
dueño de las prendas que hallastes es el mesmo que vistes pasar con tanta
ligereza como desnudez -que ya le había dicho don Quijote cómo había visto pasar
aquel hombre saltando por la sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más deseo de
saber quién era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo que ya tenía
pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva en ella que
no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte de lo que él pensaba ni
esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, por entre una quebrada de una
sierra que salía donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual venía
hablando entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto más de
lejos. Su traje era cual se ha pintado, sólo que, llegando cerca, vio don
Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre sí traía era de ámbar; por donde
acabó de entender que persona que tales hábitos traía no debía de ser de ínfima
calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y bronca,
pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con no menos
comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue
a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de
luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien podemos llamar el Roto de
la Mala Figura -como a don Quijote el de la Triste-, después de haberse dejado
abrazar, le apartó un poco de sí, y, puestas sus manos en los hombros de don
Quijote, le estuvo mirando, como que quería ver si le conocía; no menos admirado
quizá de ver la figura, talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba
de verle a él. En resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue
el Roto, y dijo lo que se dirá adelante.
Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al
astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os agradezco
las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisiera yo hallarme en
términos que con más que la voluntad pudiera servir la que habéis mostrado
tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no quiere mi suerte
darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen, que buenos
deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto, que tenía
determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el dolor
que en la estrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar algún género
de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible. Y,
cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las puertas a
todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla y plañirla como mejor
pudiera, que todavía es consuelo en las desgracias hallar quien se duela dellas.
Y, si es que mi buen intento merece ser agradecido con algún género de cortesía,
yo os suplico, señor, por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente
os conjuro por la cosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis
quién sois y la causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades
como bruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-, por la orden de
caballería que recebí, aunque indigno y pecador, y por la profesión de caballero
andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros con las veras a que
me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra desgracia, si tiene remedio,
ora ayudándoos a llorarla, como os lo he prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste Figura, no
hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba abajo; y, después
que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que, después
de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento de tan
buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con que satisfizo
el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona atontada, tan apriesa
que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes los engullía que tragaba;
y, en tanto que comía, ni él ni los que le miraban hablaban palabra. Como acabó
de comer, les hizo de señas que le siguiesen, como lo hicieron, y él los llevó a
un verde pradecillo que a la vuelta de una peña poco desviada de allí estaba. En
llegando a él se tendió en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo
mismo; y todo esto sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después de
haberse acomodado en su asiento, dijo:
-Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis
desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra cosa, no
interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el punto que lo hagáis,
en ése se quedará lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le
había contado su escudero, cuando no acertó el número de las cabras que habían
pasado el río y se quedó la historia pendiente. Pero, volviendo al Roto,
prosiguió diciendo:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuento de
mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa que añadir
otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes, más presto acabaré yo de
decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que sea de importancia
para no satisfacer del todo a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él, con este seguro,
comenzó desta manera:
-«Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta Andalucía;
mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que la deben de haber
llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviar con su riqueza; que
para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los bienes de fortuna. Vivía
en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara
a desearme: tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como
yo, pero de más ventura y de menos firmeza de la que a mis honrados pensamientos
se debía. A esta Luscinda amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años,
y ella me quiso a mí con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad
permitía. Sabían nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello,
porque bien veían que, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el
de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y
riquezas.
Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda le
pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa,
casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas.
Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo, porque, aunque
pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales,
con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender a quien quieren lo que
en el alma está encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba
y enmudece la intención más determinada y la lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y
cuántos billetes le escribí! ¡Cuán regaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas
canciones compuse y cuántos enamorados versos, donde el alma declaraba
y trasladaba sus sentimientos, pintaba sus encendidos deseos, entretenía sus
memorias y recreaba su voluntad!
»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía con el deseo de verla,
determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció que más convenía
para salir con mi deseado y merecido premio; y fue el pedírsela a su padre por
legítima esposa, como lo hice; a lo que él me respondió que me agradecía la
voluntad que mostraba de honralle, y de querer honrarme con prendas suyas, pero
que, siendo mi padre vivo, a él tocaba de justo derecho hacer aquella demanda;
porque, si no fuese con mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para
tomarse ni darse a hurto.
»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo que decía,
y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego
en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Y, al tiempo
que entré en un aposento donde estaba, le hallé con una carta abierta en la
mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio y me dijo: "Por esa
carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo tiene de hacerte
merced".» Este duque Ricardo, como ya vosotros, señores, debéis de saber, es un
grande de España que tiene su estado en lo mejor desta Andalucía. «Tomé y leí la
carta, la cual venía tan encarecida que a mí mesmo me pareció mal si mi padre
dejaba de cumplir lo que en ella se le pedía, que era que me enviase luego donde
él estaba; que quería que fuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que
él tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese a la estimación en que
me tenía. Leí la carta y enmudecí leyéndola, y más cuando oí que mi padre me
decía: "De aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del
duque; y da gracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que
yo sé que mereces". Añadió a éstas otras razones de padre consejero. »Llegóse
el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, díjele todo lo que pasaba,
y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviese algunos días y dilatase
el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me quería. Él me lo prometió y
ella me lo confirmó con mil juramentos y mil desmayos. Vine, en fin, donde el
duque Ricardo estaba. Fui dél tan bien recebido y tratado, que desde luego
comenzó la envidia a hacer su oficio, teniéndomela los criados antiguos,
pareciéndoles que las muestras que el duque daba de hacerme merced habían de ser
en perjuicio suyo. Pero el que más se holgó con mi ida fue un hijo segundo del
duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el
cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos;
y, aunque el mayor me quería bien y me hacía merced, no llegó al estremo con que
don Fernando me quería y trataba.
»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se
comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejada de serlo por ser
amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno enamorado, que
le traía con un poco de desasosiego. Quería bien a una labradora, vasalla de su
padre (y ella los tenía muy ricos), y era tan hermosa, recatada, discreta y
honesta que nadie que la conocía se determinaba en cuál destas cosas tuviese más
excelencia ni más se aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora
redujeron a tal término los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder
alcanzarlo y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su
esposo, porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su
amistad, con las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos que pude,
procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo que no
aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Mas don
Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, por parecerle que
estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tener encubierta cosa que tan en
perjuicio de la honra de mi señor el duque venía; y así, por divertirme y
engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la
memoria la hermosura que tan sujeto le tenía, que el ausentarse por algunos
meses; y que quería que el ausencia fuese que los dos nos viniésemos en casa de
mi padre, con ocasión que darían al duque que venía a ver y a feriar unos muy
buenos caballos que en mi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su
determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más acertadas
que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se me ofrecía de
volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprobé su parecer y
esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por obra con la brevedad
posible, porque, en efeto, la ausencia hacía su oficio, a pesar de los más
firmes pensamientos. Ya cuando él me vino a decir esto, según después se supo,
había gozado a la labradora con título de esposo, y esperaba ocasión de
descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque su padre haría cuando
supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es,
sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en llegando a
alcanzarle se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía amor, porque no
puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el cual término no le
puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que, así como don Fernando gozó
a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahíncos; y si
primero fingía quererse ausentar, por remediarlos, ahora de veras procuraba
irse, por no ponerlos en ejecución.
Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a vivir,
aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los cuales di
cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley de la mucha
amistad que mostraba, no le debía encubrir nada. Alabéle la hermosura, donaire y
discreción de Luscinda de tal manera, que mis alabanzas movieron en él los
deseos de querer ver doncella de tantas buenas partes adornada. Cumplíselos yo,
por mi corta suerte, enseñándosela una noche, a la luz de una vela, por una
ventana por donde los dos solíamos hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las
bellezas hasta entonces por él vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el
sentido, quedó absorto y, finalmente, tan enamorado cual lo veréis en el
discurso del cuento de mi desventura. Y, para encenderle más el deseo, que a mí
me celaba y al cielo a solas descubría, quiso la fortuna que hallase un día un
billete suyo pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan
honesto y tan enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se
encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las demás
mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuán
justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellas
alabanzas de su boca, y comencé a temer y a recelarme dél, porque no se pasaba
momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía la plática,
aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un no sé qué de
celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la fe de Luscinda,
pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba.
Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba y los
que ella me respondía, a título que de la discreción de los dos gustaba mucho.
Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda un libro de caballerías en que
leer, de quien era ella muy aficionada, que era el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su merced de
la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no fuera menester
otra exageración para darme a entender la alteza de su entendimiento, porque no
le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéis pintado, si careciera del gusto
de tan sabrosa leyenda: así que, para conmigo, no es menester gastar más
palabras en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con sólo haber
entendido su afición, la confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del
mundo. Y quisiera yo, señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con
Amadís de Gaula al bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora
Luscinda mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y
de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por él
con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero tiempo podrá venir en que se
enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuanto quiera
vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí le podré dar
más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de
mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de
malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra merced el haber
contravenido a lo que prometimos de no interromper su plática, pues, en oyendo
cosas de caballerías y de caballeros andantes, así es en mi mano dejar de hablar
en ellos, como lo es en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer
en los de la luna. Así que, perdón y proseguir, que es lo que ahora hace más al
caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había caído a
Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar profundamente
pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que prosiguiese su
historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra; pero, al cabo de un buen
espacio, la levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el mundo,
ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que lo contrario
entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba
amancebado con la reina Madésima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle, como
tenía de costumbre)-; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor
decir: la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir que
tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; y quien lo contrario
entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lo daré a entender, a pie o a
caballo, armado o desarmado, de noche o de día, o como más gusto le diere.
Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido el accidente
de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco don Quijote se
la oyera, según le había disgustado lo que de Madásima le había oído. ¡Estraño
caso; que así volvió por ella como si verdaderamente fuera su verdadera y
natural señora: tal le tenían sus descomulgados libros! Digo, pues, que, como ya
Cardenio estaba loco y se oyó tratar de mentís y de bellaco, con otros denuestos
semejantes, parecióle mal la burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y
dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas.
Sancho Panza, que de tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el
puño cerrado; y el Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio con él a
sus pies, y luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El
cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y, después que los tuvo
a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue, con gentil sosiego, a emboscarse
en la montaña.
Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado tan sin
merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole que él tenía la
culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la locura;
que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse guardar.
Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lo había oído, que no
era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a replicar el cabrero, y fue el
fin de las réplicas asirse de las barbas y darse tales puñadas que, si don
Quijote no los pusiera en paz, se hicieran pedazos. Decía Sancho, asido con el
cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que en éste, que es
villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo satisfacerme
del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo
sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería
posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el fin
de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, que era no
saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos contornos,
no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.
Capítulo XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al
valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de
Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante, mandó
a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy mala gana.
Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y Sancho iba muerto
por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase la plática, por no
contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo sufrir tanto silencio,
le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia; que
desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con los
cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque querer
vuestra merced que vaya con él por estas soledades, de día y de noche, y que no
le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya quisiera la suerte
que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de Guisopete, fuera menos
mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera en gana, y con esto
pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no se puede llevar en
paciencia, andar buscando aventuras toda la vida y no hallar sino coces y
manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo esto, nos hemos de coser la
boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres porque te alce el
entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que
quisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de en cuanto
anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será; y,
comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que ¿qué le iba a vuestra merced en
volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué hacía al caso
que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced pasara con ello, pues
no era su juez, bien creo yo que el loco pasara adelante con su historia, y se
hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces, y aun más de seis
torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras, como yo lo sé, cuán
honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé que dijeras que
tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde tales blasfemias
salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté
amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel maestro Elisabat,
que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy sanos consejos, y sirvió
de ayo y de médico a la reina; pero pensar que ella era su amiga es disparate
digno de muy gran castigo. Y, porque veas que Cardenio no supo lo que dijo, has
de advertir que cuando lo dijo ya estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer cuenta de las palabras
de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced y encaminara
el guijarro a la cabeza, como le encaminó al pecho, buenos quedáramos por haber
vuelto por aquella mi señora, que Dios cohonda. Pues, ¡montas que no se librara
Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a
volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más por las
reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yo tengo
particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido fermosa,
además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las tuvo muchas; y
los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho
provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con prudencia y paciencia. Y de
aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y mal intencionado de decir y pensar que
ella era su manceba; y mienten, digo otra vez, y mentirán otras docientas, todos
los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-: allá se lo hayan; con su pan se
lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta. De mis
viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y
miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací, desnudo me hallo:
ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Y muchos piensan que hay
tocinos y no hay estacas. Mas, ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto más,
que de Dios dijeron.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando!
¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que
calles; y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello
en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto
yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas
de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el
mundo.
-Señor -respondió Sancho-, y ¿es buena regla de caballería que andemos perdidos
por estas montañas, sin senda ni camino, buscando a un loco, el cual, después de
hallado, quizá le vendrá en voluntad de acabar lo que dejó comenzado, no de su
cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis costillas, acabándonoslas
de romper de todo punto?
-Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber que no
sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el que tengo de
hacer en ellas una hazaña con que he de ganar perpetuo nombre y fama en todo lo
descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar con ella el sello a todo
aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante caballero.
-Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? -preguntó Sancho Panza.
-No -respondió el de la Triste Figura-, puesto que de tal manera podía correr el
dado, que echásemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de estar en tu
diligencia.
-¿En mi diligencia? -dijo Sancho.
-Sí -dijo don Quijote-, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte,
presto se acabará mi pena y presto comenzará mi gloria. Y, porque no es bien que
te tenga más suspenso, esperando en lo que han de parar mis razones, quiero,
Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los más perfectos
caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el solo, el primero, el
único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en el mundo. Mal año y mal
mes para don Belianís y para todos aquellos que dijeren que se le igualó en
algo, porque se engañan, juro cierto. Digo asimismo que, cuando algún pintor
quiere salir famoso en su arte, procura imitar los originales de los más únicos
pintores que sabe; y esta mesma regla corre por todos los más oficios o
ejercicios de cuenta que sirven para adorno de las repúblicas. Y así lo ha de
hacer y hace el que quiere alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a
Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia
y de sufrimiento; como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el
valor de un hijo piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no
pintándolo ni descubriéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser, para
quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte,
Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros,
a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de
la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo, Sancho
amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca de alcanzar
la perfeción de la caballería. Y una de las cosas en que más este caballero
mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se
retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre,
mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre, por cierto, significativo y
proprio para la vida que él de su voluntad había escogido. Ansí que, me es a mí
más fácil imitarle en esto que no en hender gigantes, descabezar serpientes,
matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y deshacer
encantamentos. Y, pues estos lugares son tan acomodados para semejantes efectos,
no hay para qué se deje pasar la ocasión, que ahora con tanta comodidad me
ofrece sus guedejas.
-En efecto -dijo Sancho-, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer en este tan
remoto lugar?
-¿Ya no te he dicho -respondió don Quijote- que quiero imitar a Amadís, haciendo
aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al
valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la
Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvió loco y
arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores,
destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras
cien mil insolencias, dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo no
pienso imitar a Roldán, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres
tenía), parte por parte en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el
bosquejo, como mejor pudiere, en las que me pareciere ser más esenciales. Y
podrá ser que viniese a contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin
hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el
que más.
-Paréceme a mí -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron
provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, pero
vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado,
o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso
ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?
-Ahí esta el punto -respondió don Quijote- y ésa es la fineza de mi negocio; que
volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está
desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué
hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión tengo en la larga ausencia que
he hecho de la siempre señora mía Dulcinea del Toboso; que, como ya oíste decir
a aquel pastor de marras, Ambrosio: quien está ausente todos los males tiene y
teme. Así que, Sancho amigo, no gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara,
tan felice y tan no vista imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú
vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora
Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi
penitencia; y si fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré
nada. Ansí que, de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo
en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no sintiendo
el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bien guardado el
yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel
desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puede echar de ver
la fineza de su temple.
A lo cual respondió Sancho:
-Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar
en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a
imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzar reinos e imperios,
de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de caballeros
andantes, que todo debe de ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña, o
patraña, o como lo llamáremos. Porque quien oyere decir a vuestra merced que una
bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error en más de
cuatro días, ¿qué ha de pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener
güero el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola
para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta
gracia que algún día me vea con mi mujer y hijos.
-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don Quijote- que
tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Que
es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las
cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que
son todas hechas al revés? Y no porque sea ello ansí, sino porque andan entre
nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y
truecan y les vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o
destruirnos; y así, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el
yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del
sabio que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta estima,
todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no es más de un
bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró bien en el que quiso
rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe que si le conociera, que
nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahora no le he menester; que antes
me tengo de quitar todas estas armas y quedar desnudo como cuando nací, si es
que me da en voluntad de seguir en mi penitencia más a Roldán que a Amadís.
Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña que, casi como peñón
tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un
manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso,
que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles
silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible. Este sitio
escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia; y así, en
viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si estuviera sin juicio:
-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la desventura en
que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde el humor de mis
ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis continos y profundos
sospiros moverán a la contina las hojas destos montaraces árboles, en testimonio
y señal de la pena que mi asendereado corazón padece. ¡Oh vosotros, quienquiera
que seáis, rústicos dioses que en este inhabitable lugar tenéis vuestra morada,
oíd las quejas deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos
imaginados celos han traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de
la dura condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana
hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de habitar
en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros, de quien
sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce sosiego, que me
ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os canséis de oílla! ¡Oh
Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos,
estrella de mi ventura, así el cielo te la dé buena en cuanto acertares a
pedirle, que consideres el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido,
y que con buen término correspondas al que a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios
árboles, que desde hoy en adelante habéis de hacer compañía a mi soledad, dad
indicio, con el blando movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi
presencia! ¡Oh tú, escudero mío, agradable compañero en más prósperos y adversos
sucesos, toma bien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para que lo cuentes
y recetes a la causa total de todo ello!
Y, diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó el freno y la
silla; y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:
-Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan estremado por tus obras
cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en la frente llevas
escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el nombrado
Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
-Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que a fe
que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su alabanza; pero
si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie le desalbardara, pues no había
para qué, que a él no le tocaban las generales de enamorado ni de desesperado,
pues no lo estaba su amo, que era yo, cuando Dios quería. Y en verdad, señor
Caballero de la Triste Figura, que si es que mi partida y su locura de vuestra
merced va de veras, que será bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla
la falta del rucio, porque será ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago
a pie, no sé cuándo llegaré ni cuándo volveré, porque, en resolución, soy mal
caminante.
-Digo, Sancho -respondió don Quijote-, que sea como tú quisieres, que no me
parece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días te partirás, porque
quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo
digas.
-Pues, ¿qué más tengo de ver -dijo Sancho- que lo que he visto?
-¡Bien estás en el cuento! -respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar las
vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras
cosas deste jaez que te han de admirar.
-Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cómo se da esas
calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con la primera se
acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que, ya que vuestra
merced le parece que son aquí necesarias calabazadas y que no se puede hacer
esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es fingido y cosa contrahecha
y de burla, se contentase, digo, con dárselas en el agua, o en alguna cosa
blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, que yo diré a mi señora que
vuestra merced se las daba en una punta de peña más dura que la de un diamante.
-Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho -respondió don Quijote-, mas
quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino
muy de veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenes de
caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el
hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que, mis calabazadas han de
ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del
fantástico. Y será necesario que me dejes algunas hilas para curarme, pues que
la ventura quiso que nos faltase el bálsamo que perdimos.
-Más fue perder el asno -respondió Sancho-, pues se perdieron en él las hilas y
todo. Y ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquel maldito brebaje;
que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que el estómago. Y más le
ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres días que me ha dado de
término para ver las locuras que hace, que ya las doy por vistas y por pasadas
en cosa juzgada, y diré maravillas a mi señora; y escriba la carta y despácheme
luego, porque tengo gran deseo de volver a sacar a vuestra merced deste
purgatorio donde le dejo.
-¿Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-. Mejor hicieras de llamarle
infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.
-Quien ha infierno -respondió Sancho-, nula es retencio, según he oído decir.
-No entiendo qué quiere decir retencio -dijo don Quijote.
-Retencio es -respondió Sancho- que quien está en el infierno nunca sale dél, ni
puede. Lo cual será al revés en vuestra merced, o a mí me andarán mal los pies,
si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame yo una por una en el
Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo le diré tales cosas de las
necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra merced ha hecho y queda
haciendo, que la venga a poner más blanda que un guante, aunque la halle más
dura que un alcornoque; con cuya respuesta dulce y melificada volveré por los
aires, como brujo, y sacaré a vuestra merced deste purgatorio, que parece
infierno y no lo es, pues hay esperanza de salir dél, la cual, como tengo dicho,
no la tienen de salir los que están en el infierno, ni creo que vuestra merced
dirá otra cosa.
-Así es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, ¿qué haremos para
escribir la carta?
-Y la libranza pollinesca también -añadió Sancho.
-Todo irá inserto -dijo don Quijote-; y sería bueno, ya que no hay papel, que la
escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles, o en unas tablitas
de cera; aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora como el papel. Mas ya me
ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más que bien, escribilla: que es
en el librillo de memoria que fue de Cardenio; y tú tendrás cuidado de hacerla
trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares, donde haya
maestro de escuela de muchachos, o si no, cualquiera sacristán te la trasladará;
y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no
la entenderá Satanás.
-Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.
-Nunca las cartas de Amadís se firman -respondió don Quijote.
-Está bien -respondió Sancho-, pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y
ésa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sin pollinos.
-La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que, en viéndola, mi sobrina no
pondrá dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores, pondrás
por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura". Y hará
poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me sé acordar, Dulcinea
no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra mía ni carta mía,
porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin estenderse a más
que a un honesto mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con
verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que
han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces; y aun podrá ser que destas
cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el
recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre,
Aldonza Nogales, la han criado.
-¡Ta, ta! -dijo Sancho-. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea
del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
-Ésa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora de todo el universo.
-Bien la conozco -dijo Sancho-, y sé decir que tira tan bien una barra como el
más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha
y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier
caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué
rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del
aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y,
aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al
pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene
mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora
digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra
merced hacer locuras por ella, sino que, con justo título, puede desesperarse y
ahorcarse; que nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien,
puesto que le lleve el diablo. Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que
ha muchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho la
faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso a
vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en una
grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea debía de
ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o alguna persona
tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le ha enviado: así el
del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que deben ser, según deben
de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo que
yo aún no era su escudero. Pero, bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la
señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, de que se le
vayan a hincar de rodillas delante della los vencidos que vuestra merced le
envía y ha de enviar? Porque podría ser que, al tiempo que ellos llegasen,
estuviese ella rastrillando lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen
de verla, y ella se riese y enfadase del presente.
-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-, que
eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces despuntas
de agudo. Mas, para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto soy yo, quiero
que me oyas un breve cuento. «Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y
rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de
buen tomo. Alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía
de fraternal reprehensión: "Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de
que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya
enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en
esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien
vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: "Éste quiero, aquéste
no quiero". Mas ella le respondió, con mucho donaire y desenvoltura:
"Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguo si
piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues, para lo
que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles"».
Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la
más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que
alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad
que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias, las
Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los libros, los romances,
las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias, están llenos, fueron
verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebran y
celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen, por dar subjeto a
sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor
para serlo. Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo
es hermosa y honesta; y en lo del linaje importa poco, que no han de ir a hacer
la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más
alta princesa del mundo.
Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar
más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos cosas se
hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en
la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo
que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y píntola en mi imaginación como
la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la
alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades
pretéritas, griega, bárbara o latina.
Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los
ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.
-Digo que en todo tiene vuestra merced razón -respondió Sancho-, y que yo soy un
asno. Mas no sé yo para qué nombro asno en mi boca, pues no se ha de mentar la
soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me mudo.
Sacó el libro de memoria don Quijote, y, apartándose a una parte, con mucho
sosiego comenzó a escribir la carta; y, en acabándola, llamó a Sancho y le dijo
que se la quería leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le perdiese por
el camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A lo cual respondió
Sancho:
-Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro y démele, que yo le
llevaré bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoria es
disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cómo me llamo.
Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de oílla, que
debe de ir como de molde.
-Escucha, que así dice -dijo don Quijote:
Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso
Soberana y alta señora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima
Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me
desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento,
maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que,
además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera
relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa
quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en
gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura.
-Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la más alta cosa
que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí todo
cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste
Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que no haya cosa
que no sepa.
-Todo es menester -respondió don Quijote- para el oficio que trayo.
-Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de los
tres pollinos y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en viéndola.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito, se la leyó; que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a
Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a cargo de
vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros
tantos aquí recebidos de contado, que consta, y con su carta de pago serán bien
dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste
presente año.
-Buena está -dijo Sancho-; fírmela vuestra merced.
-No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi rúbrica,
que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trecientos, fuera
bastante.
-Yo me confío de vuestra merced -respondió Sancho-. Déjeme, iré a ensillar a
Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición, que luego pienso
partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que
le vi hacer tantas que no quiera más.
-Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me
veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de
media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo
en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no dirás tú tantas cuantas yo
pienso hacer.
-Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me
dará mucha lástima y no podré dejar de llorar; y tengo tal la cabeza, del llanto
que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros; y si
es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas locuras, hágalas vestido,
breves y las que le vinieren más a cuento. Cuanto más, que para mí no era
menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera ahorrar el camino de mi
vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra merced desea y merece. Y si no,
aparéjese la señora Dulcinea; que si no responde como es razón, voto hago solene
a quien puedo que le tengo de sacar la buena respuesta del estómago a coces y a
bofetones. Porque, ¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso
como vuestra merced, se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una...? No me lo
haga decir la señora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce,
aunque nunca se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que
si me conociese, que me ayunase!
-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estás tú más
cuerdo que yo.
-No estoy tan loco -respondió Sancho-, mas estoy más colérico. Pero, dejando
esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo?
¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los pastores?
-No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque, aunque tuviera, no
comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles me
dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras asperezas
equivalentes.
-A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar a
volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido.
-Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos contornos –dijo don
Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos, por ver si
te descubro cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado será, para que no me
yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las muchas que por aquí hay y
las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te
servirán de mojones y señales para que me halles cuando vuelvas, a imitación del
hilo del laberinto de Teseo.
-Así lo haré -respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor, y, no sin muchas lágrimas de
entrambos, se despidió dél. Y, subiendo sobre Rocinante, a quien don Quijote
encomendó mucho, y que mirase por él como por su propria persona, se puso en
camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la retama, como su
amo se lo había aconsejado. Y así, se fue, aunque todavía le importunaba don
Quijote que le viese siquiera hacer dos locuras. Mas no hubo andado cien pasos,
cuando volvió y dijo:
-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda jurar
sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea
siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced.
-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate, Sancho, que en un credo
las haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales, y
luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la cabeza
abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió
Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que podía
jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su camino, hasta la
vuelta, que fue breve.
Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo donQuijote
en Sierra Morena
Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio
solo, dice la historia que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas o
vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que Sancho
se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre una punta de
una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces había pensado, sin
haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál sería mejor y le estaría más a
cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas que hizo, o Amadís en las
malencónicas. Y, hablando entre sí mesmo, decía:
-Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué
maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no era
metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre los
zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra Bernardo
del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en Roncesvalles.
Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a lo de perder el
juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que halló en la fontana y
por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica había dormido más de dos
siestas con Medoro, un morillo de cabellos enrizados y paje de Agramante; y si
él entendió que esto era verdad y que su dama le había cometido desaguisado, no
hizo mucho en volverse loco. Pero yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no
le imito en la ocasión dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que
no ha visto en todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su
mismo traje, y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio
manifiesto si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel género de
locura de Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder
el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que más;
porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por verse desdeñado de
su señora Oriana, que le había mandado que no pareciese ante su presencia hasta
que fuese su voluntad, de que se retiró a la Peña Pobre en compañía de un
ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse a Dios, hasta que el cielo
le acorrió, en medio de su mayor cuita y necesidad. Y si esto es verdad, como lo
es, ¿para qué quiero yo tomar trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar
pesadumbre a estos árboles, que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué
enturbiar el agua clara destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando
tenga gana. Viva la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha
en todo lo que pudiere; del cual se dirá lo que del otro se dijo: que si no
acabó grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni
desdeñado de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente
della. Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y
enseñadme por dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él
hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le
tengo? En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran
tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el
uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí
estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era no
hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse. Y así, se
entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas
de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su
tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se pudieron hallar
enteros y que se pudiesen leer, después que a él allí le hallaron, no fueron más
que estos que aquí se siguen:
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura del
Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar don
Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no decía también del Toboso, no se
podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después confesó. Otros
muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron sacar en limpio, ni
enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar y en llamar a los faunos
y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de los ríos, a la dolorosa y húmida
Eco, que le respondiese, consolasen y escuchasen, se entretenía, y en buscar
algunas yerbas con que sustentarse en tanto que Sancho volvía; que, si como
tardó tres días, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara
tan desfigurado que no le conociera la madre que lo parió.
Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo que le
avino a Sancho Panza en su mandadería. Y fue que, en saliendo al camino real, se
puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde le había sucedido la
desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareció que otra vez
andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque llegó a hora que lo
pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y llevar en deseo de gustar algo
caliente; que había grandes días que todo era fiambre.
Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía dudoso si
entraría o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que luego
le conocieron; y dijo el uno al otro:
-Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza, el que dijo
el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por escudero?
-Sí es -dijo el licenciado-; y aquél es el caballo de nuestro don Quijote.
Y conociéronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su mismo
lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.
Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos
de saber de don Quijote, se fueron a él; y el cura le llamó por su nombre,
diciéndole:
-Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?
Conociólos luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el lugar y la suerte
donde y como su amo quedaba; y así, les respondió que su amo quedaba ocupado en
cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual él no
podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.
-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza; si vos no nos decís dónde queda,
imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues venís
encima de su caballo. En verdad que nos habéis de dar el dueño del rocín, o
sobre eso, morena.
-No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a
nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda haciendo
penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.
Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las
aventuras que le habían sucedido y cómo llevaba la carta a la señora Dulcinea
del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba enamorado
hasta los hígados.
Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya
sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se
admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que
llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un libro de
memoria y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en papel en el
primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la mostrase, que él la
trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el seno Sancho Panza, buscando
el librillo, pero no le halló, ni le podía hallar si le buscara hasta agora,
porque se había quedado don Quijote con él y no se le había dado, ni a él se le
acordó de pedírsele.
Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el rostro; y,
tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de ver que no le
hallaba; y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las barbas y se arrancó la
mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas en
el rostro y en las narices, que se las bañó todas en sangre. Visto lo cual por
el cura y el barbero, le dijeron que qué le había sucedido, que tan mal se
paraba.
-¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el haber perdido de una mano a
otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un castillo?
-¿Cómo es eso? -replicó el barbero.
-He perdido el libro de memoria -respondió Sancho-, donde venía carta para
Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su sobrina me
diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole que, en
hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la
libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros
de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí, que no le daba
mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de
memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que después la trasladaremos.
Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se
ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo;
y, al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a
los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato:
-Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se
me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
-Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no me
acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las
manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y de
enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en
«Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela
mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos,
ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir otros
tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo, pero no
habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en aquella venta, en
la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en trayendo que le trujese
buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se había de poner en camino a
procurar cómo ser emperador, o, por lo menos, monarca; que así lo tenían
concertado entre los dos, y era cosa muy fácil venir a serlo, según era el valor
de su persona y la fuerza de su brazo; y que, en siéndolo, le había de casar a
él, porque ya sería viudo, que no podía ser menos, y le había de dar por mujer a
una doncella de la emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra
firme, sin ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.
Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las narices,
y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo, considerando cuán
vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había llevado tras sí el
juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en sacarle del error en que
estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada la conciencia, mejor era
dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto oír sus necedades. Y así, le
dijeron que rogase a Dios por la salud de su señor, que cosa contingente y muy
agible era venir, con el discurso del tiempo, a ser emperador, como él decía, o,
por lo menos, arzobispo, o otra dignidad equivalente. A lo cual respondió
Sancho:
-Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese en
voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber agora qué
suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.
-Suélenles dar -respondió el cura- algún beneficio, simple o curado, o alguna
sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de altar, que se
suele estimar en otro tanto.
-Para eso será menester -replicó Sancho- que el escudero no sea casado y que
sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así, ¡desdichado de yo, que soy
casado y no sé la primera letra del ABC! ¿Qué será de mí si a mi amo le da
antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre de los
caballeros andantes?
-No tengáis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-, que aquí rogaremos a vuestro
amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de conciencia, que sea
emperador y no arzobispo, porque le será más fácil, a causa de que él es más
valiente que estudiante.
-Así me ha parecido a mí -respondió Sancho-, aunque sé decir que para todo tiene
habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro Señor que le
eche a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más mercedes me haga.
-Vos lo decís como discreto -dijo el cura- y lo haréis como buen cristiano.
Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de aquella
inútil penitencia que decís que queda haciendo; y, para pensar el modo que hemos
de tener, y para comer, que ya es hora, será bien nos entremos en esta venta.
Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera y que después les
diría la causa por que no entraba ni le convenía entrar en ella; mas que les
rogaba que le sacasen allí algo de comer que fuese cosa caliente, y, ansimismo,
cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de allí a poco, el
barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado entre los dos el modo
que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el cura en un pensamiento muy
acomodado al gusto de don Quijote y para lo que ellos querían. Y fue que dijo al
barbero que lo que había pensado era que él se vestiría en hábito de doncella
andante, y que él procurase ponerse lo mejor que pudiese como escudero, y que
así irían adonde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y
menesterosa, y le pediría un don, el cual él no podría dejársele de otorgar,
como valeroso caballero andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se
viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal
caballero le tenía fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase
quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese
fecho derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote
vendría en todo cuanto le pidiese por este término; y que desta manera le
sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía algún
remedio su estraña locura.
Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con
otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino tan bien, que luego la
pusieron por obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas, dejándole en
prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran barba de una cola
rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el peine. Preguntóles la
ventera que para qué le pedían aquellas cosas. El cura le contó en breves
razones la locura de don Quijote, y cómo convenía aquel disfraz para sacarle de
la montaña, donde a la sazón estaba. Cayeron luego el ventero y la ventera en
que el loco era su huésped, el del bálsamo, y el amo del manteado escudero, y
contaron al cura todo lo que con él les había pasado, sin callar lo que tanto
callaba Sancho. En resolución, la ventera vistió al cura de modo que no había
más que ver: púsole una saya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un
palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde,
guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y
la saya, en tiempo del rey Wamba. No consintió el cura que le tocasen, sino
púsose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga hizo un
antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro; encasquetóse su
sombrero, que era tan grande que le podía servir de quitasol, y, cubriéndose su
herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el barbero en la suya, con su barba
que le llegaba a la cintura, entre roja y blanca, como aquella que, como se ha
dicho, era hecha de la cola de un buey barroso.
Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar un
rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo y tan
cristiano negocio como era el que habían emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento: que
hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente que un
sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y, diciéndoselo al
barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo que él fuese la
doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así se profanaba menos
su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de no pasar adelante,
aunque a don Quijote se le llevase el diablo. En esto, llegó Sancho, y de ver a
los dos en aquel traje no pudo tener la risa. En efeto, el barbero vino en todo
aquello que el cura quiso, y, trocando la invención, el cura le fue informando
el modo que había de tener y las palabras que había de decir a don Quijote para
moverle y forzarle a que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que
había escogido para su vana penitencia. El barbero respondió que, sin que se le
diese lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,
hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus
vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos Sancho
Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que hallaron en
la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella
venía; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el mancebo.
Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de las
ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor; y, en reconociéndole,
les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían vestir, si era que
aquello hacía al caso para la libertad de su señor; porque ellos le habían dicho
antes que el ir de aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la
importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que había escogido, y que
le encargaban mucho que no dijese a su amo quien ellos eran, ni que los conocía;
y que si le preguntase, como se lo había de preguntar, si dio la carta a
Dulcinea, dijese que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de
palabra, diciéndole que le mandaba, so pena de la su desgracia, que luego al
momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho; porque
con esto y con lo que ellos pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a
mejor vida, y hacer con él que luego se pusiese en camino para ir a ser
emperador o monarca; que en lo de ser arzobispo no había de qué temer.
Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció mucho
la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y no arzobispo,
porque él tenía para sí que, para hacer mercedes a sus escuderos, más podían los
emperadores que los arzobispos andantes. También les dijo que sería bien que él
fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su señora, que ya sería ella
bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo.
Parecióles bien lo que Sancho Panza decía, y así, determinaron de aguardarle
hasta que volviese con las nuevas del hallazgo de su amo.
Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por
donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra agradable y fresca
otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor, y el día que allí
llegaron, era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el
ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde: todo lo cual hacía al sitio más
agradable, y que convidase a que en él esperasen la vuelta de Sancho, como lo
hicieron. Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó a sus
oídos una voz que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y
regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquél no
era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque suele
decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces estremadas, más
son encarecimientos de poetas que verdades; y más, cuando advirtieron que lo que
oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de discretos cortesanos.
Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron éstos:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan en mi daño,
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó
admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos,
esperando si otra alguna cosa oían; pero, viendo que duraba algún tanto el
silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz
cantaba. Y, queriéndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se moviesen, la
cual llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto:
Soneto
Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas, en el cielo,
subiste alegre a las impíreas salas,
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.
El canto se acabó con un profundo suspiro, y los dos, con atención, volvieron a
esperar si más se cantaba; pero, viendo que la música se había vuelto en
sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber quién era el triste, tan
estremado en la voz como doloroso en los gemidos; y no anduvieron mucho, cuando,
al volver de una punta de una peña, vieron a un hombre del mismo talle y figura
que Sancho Panza les había pintado cuando les contó el cuento de Cardenio; el
cual hombre, cuando los vio, sin sobresaltarse, estuvo quedo, con la cabeza
inclinada sobre el pecho a guisa de hombre pensativo, sin alzar los ojos a
mirarlos más de la vez primera, cuando de improviso llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya tenía noticia de su
desgracia, pues por las señas le había conocido), se llegó a él, y con breves
aunque muy discretas razones le rogó y persuadió que aquella tan miserable vida
dejase, porque allí no la perdiese, que era la desdicha mayor de las desdichas.
Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre de aquel furioso accidente
que tan a menudo le sacaba de sí mismo; y así, viendo a los dos en traje tan no
usado de los que por aquellas soledades andaban, no dejó de admirarse algún
tanto, y más cuando oyó que le habían hablado en su negocio como en cosa sabida
-porque las razones que el cura le dijo así lo dieron a entender-; y así,
respondió desta manera:
-Bien veo yo, señores, quienquiera que seáis, que el cielo, que tiene cuidado de
socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces, sin yo merecerlo, me
envía, en estos tan remotos y apartados lugares del trato común de las gentes,
algunas personas que, poniéndome delante de los ojos con vivas y varias razones
cuán sin ella ando en hacer la vida que hago, han procurado sacarme désta a
mejor parte; pero, como no saben que sé yo que en saliendo deste daño he de caer
en otro mayor, quizá me deben de tener por hombre de flacos discursos, y aun, lo
que peor sería, por de ningún juicio. Y no sería maravilla que así fuese, porque
a mí se me trasluce que la fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan
intensa y puede tanto en mi perdición que, sin que yo pueda ser parte a
estobarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y
conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando algunos me dicen
y muestran señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible
accidente me señorea, y no sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi
ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a cuantos
oírla quieren; porque, viendo los cuerdos cuál es la causa, no se maravillarán
de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me darán culpa,
convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima de mis desgracias. Y si
es que vosotros, señores, venís con la mesma intención que otros han venido,
antes que paséis adelante en vuestras discretas persuasiones, os ruego que
escuchéis el cuento, que no le tiene, de mis desventuras; porque quizá, después
de entendido, ahorraréis del trabajo que tomaréis en consolar un mal que de todo
consuelo es incapaz.
Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa de su
daño, le rogaron se la contase, ofreciéndole de no hacer otra cosa de la que él
quisiese, en su remedio o consuelo; y con esto, el triste caballero comenzó su
lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la había contado a
don Quijote y al cabrero pocos días atrás, cuando, por ocasión del maestro
Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el decoro a la caballería, se
quedó el cuento imperfeto, como la historia lo deja contado. Pero ahora quiso la
buena suerte que se detuvo el accidente de la locura y le dio lugar de contarlo
hasta el fin; y así, llegando al paso del billete que había hallado don Fernando
entre el libro de Amadís de Gaula, dijo Cardenio que le tenía bien en la
memoria, y que decía desta manera:
«Luscinda a Cardenio
Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os
estime; y así, si quisiéredes sacarme desta deuda sin ejecutarme en la honra, lo
podréis muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me quiere bien, el
cual, sin forzar mi voluntad, cumplirá la que será justo que vos tengáis, si es
que me estimáis como decís y como yo creo.
-»Por este billete me moví a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he contado,
y éste fue por quien quedó Luscinda en la opinión de don Fernando por una de las
más discretas y avisadas mujeres de su tiempo; y este billete fue el que le puso
en deseo de destruirme, antes que el mío se efetuase. Díjele yo a don Fernando
en lo que reparaba el padre de Luscinda, que era en que mi padre se la pidiese,
lo cual yo no le osaba decir, temeroso que no vendría en ello, no porque no
tuviese bien conocida la calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que
tenía partes bastantes para enoblecer cualquier otro linaje de España, sino
porque yo entendía dél que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver lo que
el duque Ricardo hacía conmigo. En resolución, le dije que no me aventuraba a
decírselo a mi padre, así por aquel inconveniente como por otros muchos que me
acobardaban, sin saber cuáles eran, sino que me parecía que lo que yo desease
jamás había de tener efeto.
»A todo esto me respondió don Fernando que él se encargaba de hablar a mi padre
y hacer con él que hablase al de Luscinda. ¡Oh Mario ambicioso, oh Catilina
cruel, oh Sila facinoroso, oh Galalón embustero, oh Vellido traidor, oh Julián
vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo y embustero, ¿qué
deservicios te había hecho este triste, que con tanta llaneza te descubrió los
secretos y contentos de su corazón? ¿Qué ofensa te hice? ¿Qué palabras te dije,
o qué consejos te di, que no fuesen todos encaminados a acrecentar tu honra y tu
provecho? Mas, ¿de qué me quejo?,¡desventurado de mí!, pues es cosa cierta que
cuando traen las desgracias la corriente de las estrellas, como vienen de alto a
bajo, despeñándose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las
detenga, ni industria humana que prevenirlas pueda. ¿Quién pudiera imaginar que
don Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso
para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera que le ocupase, se
había de enconar, como suele decirse, en tomarme a mí una sola oveja, que aún no
poseía? Pero quédense estas consideraciones aparte, como inútiles y sin
provecho, y añudemos el roto hilo de mi desdichada historia.
»Digo, pues, que, pareciéndole a don Fernando que mi presencia le era
inconveniente para poner en ejecución su falso y mal pensamiento, determinó de
enviarme a su hermano mayor, con ocasión de pedirle unos dineros para pagar seis
caballos, que de industria, y sólo para este efeto de que me ausentase (para
poder mejor salir con su dañado intento), el mesmo día que se ofreció hablar a
mi padre los compró, y quiso que yo viniese por el dinero. ¿Pude yo prevenir
esta traición? ¿Pude, por ventura, caer en imaginarla? No, por cierto; antes,
con grandísimo gusto, me ofrecí a partir luego, contento de la buena compra
hecha. Aquella noche hablé con Luscinda, y le dije lo que con don Fernando
quedaba concertado, y que tuviese firme esperanza de que tendrían efeto nuestros
buenos y justos deseos. Ella me dijo, tan segura como yo de la traición de don
Fernando, que procurase volver presto, porque creía que no tardaría más la
conclusión de nuestras voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo. No sé
qué se fue, que, en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de
lágrimas y un nudo se le atravesó en la garganta, que no le dejaba hablar
palabra de otras muchas que me pareció que procuraba decirme.
»Quedé admirado deste nuevo accidente, hasta allí jamás en ella visto, porque
siempre nos hablábamos, las veces que la buena fortuna y mi diligencia lo
concedía, con todo regocijo y contento, sin mezclar en nuestras pláticas
lágrimas, suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era engrandecer yo mi
ventura, por habérmela dado el cielo por señora: exageraba su belleza,
admirábame de su valor y entendimiento. Volvíame ella el recambio, alabando en
mí lo que, como enamorada, le parecía digno de alabanza. Con esto, nos
contábamos cien mil niñerías y acaecimientos de nuestros vecinos y conocidos, y
a lo que más se entendía mi desenvoltura era a tomarle, casi por fuerza, una de
sus bellas y blancas manos, y llegarla a mi boca, según daba lugar la estrecheza
de una baja reja que nos dividía. Pero la noche que precedió al triste día de mi
partida, ella lloró, gimió y suspiró, y se fue, y me dejó lleno de confusión y
sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de dolor
y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas, todo lo atribuí
a la fuerza del amor que me tenía y al dolor que suele causar la ausencia en los
que bien se quieren.
»En fin, yo me partí triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y
sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me
mostraban el triste suceso y desventura que me estaba guardada. Llegué al lugar
donde era enviado. Di las cartas al hermano de don Fernando. Fui bien recebido,
pero no bien despachado, porque me mandó aguardar, bien a mi disgusto, ocho
días, y en parte donde el duque, su padre, no me viese, porque su hermano le
escribía que le enviase cierto dinero sin su sabiduría. Y todo fue invención del
falso don Fernando, pues no le faltaban a su hermano dineros para despacharme
luego. Orden y mandato fue éste que me puso en condición de no obedecerle, por
parecerme imposible sustentar tantos días la vida en el ausencia de Luscinda, y
más, habiéndola dejado con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto,
obedecí, como buen criado, aunque veía que había de ser a costa de mi salud. »
Pero, a los cuatro días que allí llegué, llegó un hombre en mi busca con una
carta, que me dio, que en el sobrescrito conocí ser de Luscinda, porque la letra
dél era suya. Abríla, temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa grande debía
de ser la que la había movido a escribirme estando ausente, pues presente pocas
veces lo hacía. Preguntéle al hombre, antes de leerla, quién se la había dado y
el tiempo que había tardado en el camino. Díjome que acaso, pasando por una
calle de la ciudad a la hora de medio día, una señora muy hermosa le llamó desde
una ventana, los ojos llenos de lágrimas, y que con mucha priesa le dijo:
''Hermano: si sois cristiano, como parecéis, por amor de Dios os ruego que
encaminéis luego luego esta carta al lugar y a la persona que dice el
sobrescrito, que todo es bien conocido, y en ello haréis un gran servicio a
nuestro Señor; y, para que no os falte comodidad de poderlo hacer, tomad lo que
va en este pañuelo''. ''Y, diciendo esto, me arrojó por la ventana un pañuelo,
donde venían atados cien reales y esta sortija de oro que aquí traigo, con esa
carta que os he dado. Y luego, sin aguardar respuesta mía, se quitó de la
ventana; aunque primero vio cómo yo tomé la carta y el pañuelo, y, por señas, le
dije que haría lo que me mandaba. Y así, viéndome tan bien pagado del trabajo
que podía tomar en traérosla y conociendo por el sobrescrito que érades vos a
quien se enviaba, porque yo, señor, os conozco muy bien, y obligado asimesmo de
las lágrimas de aquella hermosa señora, determiné de no fiarme de otra persona,
sino venir yo mesmo a dárosla; y en diez y seis horas que ha que se me dio, he
hecho el camino, que sabéis que es de diez y ocho leguas''.
»En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me decía, estaba yo colgado de
sus palabras, temblándome las piernas de manera que apenas podía sostenerme. En
efeto, abrí la carta y vi que contenía estas razones:
La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que hablase al
mío, la ha cumplido más en su gusto que en vuestro provecho. Sabed, señor, que
él me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la ventaja que él piensa que
don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere, con tantas veras que de aquí a
dos días se ha de hacer el desposorio, tan secreto y tan a solas, que sólo han
de ser testigos los cielos y alguna gente de casa. Cual yo quedo, imaginaldo; si
os cumple venir, veldo; y si os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo
dará a entender. A Dios plega que ésta llegue a vuestras manos antes que la mía
se vea en condición de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la fe que
promete.» Éstas, en suma, fueron las razones que la carta contenía y las que me
hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros dineros; que
bien claro conocí entonces que no la compra de los caballos, sino la de su
gusto, había movido a don Fernando a enviarme a su hermano. El enojo que contra
don Fernando concebí, junto con el temor de perder la prenda que con tantos años
de servicios y deseos tenía granjeada, me pusieron alas, pues, casi como en
vuelo, otro día me puse en mi lugar, al punto y hora que convenía para ir a
hablar a Luscinda. Entré secreto, y dejé una mula en que venía en casa del buen
hombre que me había llevado la carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese
tan buena que hallé a Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores.
Conocióme Luscinda luego, y conocíla yo; mas no como debía ella conocerme y yo
conocerla. Pero, ¿quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y
sabido el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer? Ninguno, por
cierto.
»Digo, pues, que, así como Luscinda me vio, me dijo: "Cardenio, de boda estoy
vestida; ya me están aguardando en la sala don Fernando el traidor y mi padre el
codicioso, con otros testigos, que antes lo serán de mi muerte que de mi
desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a este
sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis razones, una daga llevo
escondida que podrá estorbar más determinadas fuerzas, dando fin a mi vida y
principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y tengo". Yo le respondí
turbado y apriesa, temeroso no me faltase lugar para responderla: "Hagan,
señora, tus obras verdaderas tus palabras; que si tú llevas daga para
acreditarte, aquí llevo yo espada para defenderte con ella o para matarme si la
suerte nos fuere contraria". No creo que pudo oír todas estas razones, porque
sentí que la llamaban apriesa, porque el desposado aguardaba. Cerróse con esto
la noche de mi tristeza, púsoseme el sol de mi alegría: quedé sin luz en los
ojos y sin discurso en el entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni
podía moverme a parte alguna; pero, considerando cuánto importaba mi presencia
para lo que suceder pudiese en aquel caso, me animé lo más que pude y entré en
su casa. Y, como ya sabía muy bien todas sus entradas y salidas, y más con el
alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me echó de ver. Así que, sin ser
visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que hacía una ventana de la mesma sala,
que con las puntas y remates de dos tapices se cubría, por entre las cuales
podía yo ver, sin ser visto, todo cuanto en la sala se hacía.
»¿Quién pudiera decir ahora los sobresaltos que me dio el corazón mientras allí
estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones que hice?, que
fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien que se digan. Basta
que sepáis que el desposado entró en la sala sin otro adorno que los mesmos
vestidos ordinarios que solía. Traía por padrino a un primo hermano de Luscinda,
y en toda la sala no había persona de fuera, sino los criados de casa. De allí a
un poco, salió de una recámara Luscinda, acompañada de su madre y de dos
doncellas suyas, tan bien aderezada y compuesta como su calidad y hermosura
merecían, y como quien era la perfeción de la gala y bizarría cortesana. No me
dio lugar mi suspensión y arrobamiento para que mirase y notase en particular lo
que traía vestido; sólo pude advertir a las colores, que eran encarnado y
blanco, y en las vislumbres que las piedras y joyas del tocado y de todo el
vestido hacían, a todo lo cual se aventajaba la belleza singular de sus hermosos
y rubios cabellos; tales que, en competencia de las preciosas piedras y de las
luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con más resplandor a los
ojos ofrecían. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! ¿De qué sirve
representarme ahora la incomparable belleza de aquella adorada enemiga mía? ¿No
será mejor, cruel memoria, que me acuerdes y representes lo que entonces hizo,
para que, movido de tan manifiesto agravio, procure, ya que no la venganza, a lo
menos perder la vida?» No os canséis, señores, de oír estas digresiones que
hago; que no es mi pena de aquellas que puedan ni deban contarse sucintamente y
de paso, pues cada circunstancia suya me parece a mí que es digna de un largo
discurso. A esto le respondió el cura que no sólo no se cansaban en oírle, sino
que les daba mucho gusto las menudencias que contaba, por ser tales, que
merecían no pasarse en silencio, y la mesma atención que lo principal del
cuento.
-«Digo, pues -prosiguió Cardenio-, que, estando todos en la sala, entró el cura
de la perroquia, y, tomando a los dos por la mano para hacer lo que en tal acto
se requiere, al decir: ''¿Queréis, señora Luscinda, al señor don Fernando, que
está presente, por vuestro legítimo esposo, como lo manda la Santa Madre
Iglesia?'', yo saqué toda la cabeza y cuello de entre los tapices, y con
atentísimos oídos y alma turbada me puse a escuchar lo que Luscinda respondía,
esperando de su respuesta la sentencia de mi muerte o la confirmación de mi
vida. ¡Oh, quién se atreviera a salir entonces, diciendo a voces!: ''¡Ah
Luscinda, Luscinda, mira lo que haces, considera lo que me debes, mira que eres
mía y que no puedes ser de otro! Advierte que el decir tú sí y el acabárseme la
vida ha de ser todo a un punto. ¡Ah traidor don Fernando, robador de mi gloria,
muerte de mi vida! ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes
cristianamente llegar al fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo
soy su marido''. ¡Ah, loco de mí, ahora que estoy ausente y lejos del peligro,
digo que había de hacer lo que no hice! ¡Ahora que dejé robar mi cara prenda,
maldigo al robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazón para ello como
le tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho
que muera ahora corrido, arrepentido y loco.
»Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo un buen
espacio en darla, y, cuando yo pensé que sacaba la daga para acreditarse, o
desataba la lengua para decir alguna verdad o desengaño que en mi provecho
redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: "Sí quiero"; y lo mesmo
dijo don Fernando; y, dándole el anillo, quedaron en disoluble nudo ligados.
Llegó el desposado a abrazar a su esposa, y ella, poniéndose la mano sobre el
corazón, cayó desmayada en los brazos de su madre. Resta ahora decir cuál quedé
yo viendo, en el sí que había oído, burladas mis esperanzas, falsas las palabras
y promesas de Luscinda: imposibilitado de cobrar en algún tiempo el bien que en
aquel instante había perdido. Quedé falto de consejo, desamparado, a mi parecer,
de todo el cielo, hecho enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome el
aire aliento para mis suspiros y el agua humor para mis ojos; sólo el fuego se
acrecentó de manera que todo ardía de rabia y de celos.
»Alborotáronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabrochándole su madre el
pecho para que le diese el aire, se descubrió en él un papel cerrado, que don
Fernando tomó luego y se le puso a leer a la luz de una de las hachas; y, en
acabando de leerle, se sentó en una silla y se puso la mano en la mejilla, con
muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los remedios que a su esposa se
hacían para que del desmayo volviese. Yo, viendo alborotada toda la gente de
casa, me aventuré a salir, ora fuese visto o no, con determinación que si me
viesen, de hacer un desatino tal, que todo el mundo viniera a entender la justa
indignación de mi pecho en el castigo del falso don Fernando, y aun en el
mudable de la desmayada traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es
posible que los haya, me debe tener guardado, ordenó que en aquel punto me
sobrase el entendimiento que después acá me ha faltado; y así, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío, fuera
fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mí la pena que ellos
merecían; y aun quizá con más rigor del que con ellos se usara si entonces les
diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la pena; mas la que
se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
»En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél donde había dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dél subí en ella, y salí de la
ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me vi en
el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su silencio
convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni conocido, solté la
voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de Luscinda y de don Fernando, como
si con ellas satisficiera el agravio que me habían hecho. Dile títulos de cruel,
de ingrata, de falsa y desagradecida; pero, sobre todos, de codiciosa, pues la
riqueza de mi enemigo la había cerrado los ojos de la voluntad, para quitármela
a mí y entregarla a aquél con quien más liberal y franca la fortuna se había
mostrado; y, en mitad de la fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba,
diciendo que no era mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha
y acostumbrada siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto,
pues le daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil
hombre que, a no querer recebirle, se podía pensar, o que no tenía juicio, o que
en otra parte tenía la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su buena
opinión y fama. Luego volvía diciendo que, puesto que ella dijera que yo era su
esposo, vieran ellos que no había hecho en escogerme tan mala elección, que no
la disculparan, pues antes de ofrecérseles don Fernando no pudieran ellos mesmos
acertar a desear, si con razón midiesen su deseo, otro mejor que yo para esposo
de su hija; y que bien pudiera ella, antes de ponerse en el trance forzoso y
último de dar la mano, decir que ya yo le había dado la mía; que yo viniera y
concediera con todo cuanto ella acertara a fingir en este caso.
»En fin, me resolví en que poco amor, poco juicio, mucha ambición y deseos de
grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me había engañado,
entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos deseos. Con estas
voces y con esta inquietud caminé lo que quedaba de aquella noche, y di al
amanecer en una entrada destas sierras, por las cuales caminé otros tres días,
sin senda ni camino alguno, hasta que vine a parar a unos prados, que no sé a
qué mano destas montañas caen, y allí pregunté a unos ganaderos que hacia dónde
era lo más áspero destas sierras. Dijéronme que hacia esta parte. Luego me encaminé a ella, con intención de
acabar aquí la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de la
hambre se cayó mi mula muerta, o, lo que yo más creo, por desechar de sí tan
inútil carga como en mí llevaba. Yo quedé a pie, rendido de la naturaleza,
traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me socorriese.
»De aquella manera estuve no sé qué tiempo, tendido en el suelo, al cabo del
cual me levanté sin hambre, y hallé junto a mí a unos cabreros, que, sin duda,
debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me dijeron de la
manera que me habían hallado, y cómo estaba diciendo tantos disparates y
desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el juicio; y yo he sentido
en mí, después acá, que no todas veces le tengo cabal, sino tan desmedrado y
flaco que hago mil locuras, rasgándome los vestidos, dando voces por estas
soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo en vano el nombre amado de mi
enemiga, sin tener otro discurso ni intento entonces que procurar acabar la vida
voceando; y cuando en mí vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo
moverme. Mi más común habitación es en el hueco de un alcornoque, capaz de
cubrir este miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas
montañas, movidos de caridad, me sustentan, poniéndome el manjar por los caminos
y por las peñas por donde entienden que acaso podré pasar y hallarlo; y así,
aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el
mantenimiento, y despierta en mí el deseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que yo
salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de grado, a
los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
»Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea servido
de conducirle a su último fin, o de ponerle en mi memoria, para que no me
acuerde de la hermosura y de la traición de Luscinda y del agravio de don
Fernando; que si esto él hace sin quitarme la vida, yo volveré a mejor discurso
mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente tenga
misericordia de mi alma, que yo no siento en mí valor ni fuerzas para sacar el
cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle».
Ésta es, ¡oh señores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es tal,
que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en mí habéis visto; y no
os canséis en persuadirme ni aconsejarme lo que la razón os dijere que puede ser
bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo lo que aprovecha la
medicina recetada de famoso médico al enfermo que recebir no la quiere. Yo no
quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gustó de ser ajena, siendo, o debiendo
ser, mía, guste yo de ser de la desventura, pudiendo haber sido de la buena
dicha. Ella quiso, con su mudanza, hacer estable mi perdición; yo querré, con
procurar perderme, hacer contenta su voluntad, y será ejemplo a los por venir de
que a mí solo faltó lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser
consuelo la imposibilidad de tenerle, y en mí es causa de mayores sentimientos y
males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada como amorosa historia.
Y, al tiempo que el cura se prevenía para decirle algunas razones de consuelo,
le suspendió una voz que llegó a sus oídos, que en lastimados acentos oyeron que
decía lo que se dirá en la cuarta parte desta narración, que en este punto dio
fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide Hamete Benengeli.
Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y
barbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo el audacísimo
caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa
determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y
casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, en esta nuestra edad,
necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de su verdadera
historia, sino de los cuentos y episodios della, que, en parte, no son menos
agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia; la cual,
prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado hilo, cuenta que, así como el cura
comenzó a prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidió una voz que llegó a
sus oídos, que, con tristes acentos, decía desta manera:
-¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de
escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad
sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. ¡Ay,
desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y malezas a mi
intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi desgracia al
cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de
quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en
los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban, y por
parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el
dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un peñasco vieron,
sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener
inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí
corría, no se le pudieron ver por entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio
que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los
pies, que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que
entre las otras piedras del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y
belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a
andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así,
viendo que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña que
allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el mozo hacía;
el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy ceñido al cuerpo con
una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones y polainas de paño pardo, y
en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de
la pierna, que, sin duda alguna, de blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar
los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar, que sacó debajo de la montera,
se los limpió; y, al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que
mirándole estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al
cura, con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se
comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol
tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y
delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían
visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a Luscinda; que
después afirmó que sola la belleza de Luscinda podía contender con aquélla. Los
luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno
la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su
cuerpo se parecía: tales y tantos eran. En esto, les sirvió de peine unas manos,
que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los
cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y
en más deseo de saber quién era ponía a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de ponerse en
pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los cabellos de delante de
los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y apenas los hubo
visto, cuando se levantó en pie, y, sin aguardar a calzarse ni a recoger los
cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa, que junto a sí tenía,
y quiso ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto; mas no hubo dado seis
pasos cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las piedras,
dio consigo en el suelo. Lo cual visto por los tres, salieron a ella, y el cura
fue el primero que le dijo:
-Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí veis sólo tienen
intención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan impertinente huida,
porque ni vuestros pies lo podrán sufrir ni nosotros consentir. A todo esto,
ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues, a ella, y,
asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo:
-Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:
señales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han disfrazado
vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tanta soledad como es ésta,
en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar remedio a vuestros males,
a lo menos para darles consejo, pues ningún mal puede fatigar tanto, ni llegar
tan al estremo de serlo, mientras no acaba la vida, que rehúya de no escuchar
siquiera el consejo que con buena intención se le da al que lo padece. Así que,
señora mía, o señor mío, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que
nuestra vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en
nosotros juntos, o en cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras
desgracias.
En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza como
embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna: bien
así como rústico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y dél jamás
vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo efeto
encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y dijo:
-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la
soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi
lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese, sería
más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que
os agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me ha puesto en
obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido, puesto que temo que
la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de causar, al par de la
compasión, la pesadumbre, porque no habéis de hallar remedio para remediarlas ni
consuelo para entretenerlas. Pero, con todo esto, porque no ande vacilando mi
honra en vuestras intenciones, habiéndome ya conocido por mujer y viéndome moza,
sola y en este traje, cosas todas juntas, y cada una por sí, que pueden echar
por tierra cualquier honesto crédito, os habré de decir lo que quisiera callar
si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con tan suelta
lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que su
hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para que
lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose con toda
honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de una piedra, y,
puestos los tres alrededor della, haciéndose fuerza por detener algunas lágrimas
que a los ojos se le venían, con voz reposada y clara, comenzó la historia de su
vida desta manera:
-«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace uno
de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor, heredero de
su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor, no sé yo de qué
sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galalón.
Deste señor son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos que si
los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna, ni ellos tuvieran más
que desear ni yo temiera verme en la desdicha en que me veo; porque quizá nace
mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es
verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que
a mí me quiten la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi
desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza
mal sonante, y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos
que su riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otra ni
otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de las más
regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se miraban, el
báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban, midiéndolos con el cielo,
todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos tan buenos, los míos no salían un
punto. Y del mismo modo que yo era señora de sus ánimos, ansí lo era de su
hacienda: por mí se recebían y despedían los criados; la razón y cuenta de lo
que se sembraba y cogía pasaba por mi mano; los
molinos de aceite, los lagares
de vino, el número del ganado mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de
todo aquello que un tan rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía
yo la cuenta, y era la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto
gusto suyo, que buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me
quedaban, después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan
lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la
rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estos ejercicios dejaba,
me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto, o a tocar una arpa,
porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos
y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, si tan
particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar a entender que
soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido de aquel buen
estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es, pues, el caso que,
pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un encerramiento tal que al de un
monesterio pudiera compararse, sin ser vista, a mi parecer, de otra persona
alguna que de los criados de casa, porque los días que iba a misa era tan de
mañana, y tan acompañada de mi madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y
recatada que apenas vían mis ojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y,
con todo esto, los del amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los
de lince no pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don
Fernando, que éste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a Cardenio
se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan grande alteración
que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron que le venía aquel
accidente de locura que habían oído decir que de cuando en cuando le venía. Mas
Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en hito
a la labradora, imaginando quién ella era; la cual, sin advertir en los
movimientos de Cardenio, prosiguió su historia, diciendo:
-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tan preso de
mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones. Mas, por acabar
presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en
silencio las diligencias que don Fernando hizo para declararme su voluntad.
Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció dádivas y mercedes a mis
parientes. Los días eran todos de fiesta y de regocijo en mi calle; las noches
no dejaban dormir a nadie las músicas. Los billetes que, sin saber cómo, a mis
manos venían, eran infinitos, llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, con
menos letras que promesas y juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba,
pero me endurecía de manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las
obras que para reducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto
contrario; no porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que
tuviese a demasía sus solicitudes; porque me daba un no sé qué de contento verme
tan querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus
papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a
mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.
»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis padres
me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don Fernando, porque
ya a él no se le daba nada de que todo el mundo la supiese. Decíanme mis padres
que en sola mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que
considerase la desigualdad que había entre mí y don Fernando, y que por aquí
echaría de ver que sus pensamientos, aunque él dijese otra cosa, mas se
encaminaban a su gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna
manera algún inconveniente para que él se dejase de su injusta pretensión, que
ellos me casarían luego con quien yo más gustase: así de los más principales de
nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podía esperar de su
mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos, y con la
verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamás quise responder
a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de mu