- Esta es la entrada -anunció Lorenzo Rodero a la pareja candidata a alquilar la casa en la que él estaba recogiendo sus pertenencias cuando metió la llave en la cerradura de una puerta de aluminio que desembocaba sin tregua en la calle. Las puertas de los contadores de la luz y del agua, la de un trastero habilitado en el hueco de la escalera y una más que comunicaba con una dependencia contigua y que tenía aspecto de estar condenada también eran de aluminio-. En el bajo y en el primer piso del edificio hay un taller de aluminio -redundó Lorenzo.
- ¿Mete mucho ruido? -preguntó Arturo deteniéndose de repente en el umbral, como si fuera a dar media vuelta para marcharse.
- Sobre ruidos no opino, lo que no soporto es el silencio. Me tranquiliza oír el paso de los trenes a lo lejos o el de los aviones que hacen la maniobra de aproximación para aterrizar en la base aérea de Getafe o el runrún de los motores de los coches o el zumbido intermitente de la nevera e incluso el de la fragua del taller de aluminio de abajo durante el día. Cuando se callan tengo que conectar la radio para tranquilizarme -sentenció Lorenzo levantando la mano derecha como un orador clásico.
- ¿Es una zona peligrosa? -preguntó Sonia.
- Supongo que como las otras menos algún que otro domingo y cuando llega alguna banda con salud muy resistente a mear, a vomitar y a todo a la vez. Cuando pasan sobrios rompen los retrovisores de los coches y si son muchos, arrancan la señal de tráfico de la esquina. ¡Anda, si no está! -se sorprendió Lorenzo mirando por la ventana del primer rellano de la escalera hacia el lugar que debería ocupar la señal-. Mejor así: siempre estaba en el suelo. La escalera -dijo Lorenzo continuando la marcha- es parte de la casa.
Las paredes habían sido pintadas de color amarillo patito cuando construyeron el edificio y las rozas para sepultar cables que se hicieron después de la primera mano de pintura habían quedado grabadas en las paredes como cicatrices de yeso sucio. En los salientes horizontales que cubrían las vigas debía haber motas de polvo de todos los años pasados desde que lo construyeron.
- Aquí no hay puertas -observó la mujer en el rellano del primer piso.
- El primer piso forma parte del taller y se entra desde la nave. La escalera es parte de la casa. por eso la tengo llena de cachivaches -Lorenzo señaló los trozos de madera, los tubos y las cajas de cartón apilados en los rellanos-: no hay vecinos.
- ¡Está todo lleno de polvo! -chilló la joven mujer. A continuación pasó el dedo índice por la barandilla y lo enseñó para resaltar la repugnancia que parecía producirle el polvo. Su acompañante ya había sacado del bolsillo un pañuelo con el que ella se limpió el dedo cuidadosamente.
- Como me voy, lo tengo todo abandonado, pero no siempre ha estado tan lleno de polvo -se justificó Lorenzo-. Seguid subiendo. Primero os enseño lo mejor:
Lorenzo les invitó a salir a la azotea delante de él.
- ¡Dame el bolso! -exigió el hombre volviendo sobre sus pasos a empujones. La mujer le tendió el bolso y el hombre lo revolvió sin miramientos hasta encontrar una funda de la que extrajo con ansiedad unas gafas de sol con montura negra-: soy fotofóbico -explicó.
La azotea era la planta desnuda de la casa en el tercer piso del edificio. Un pretil de un metro de altura la rodeaba por entero. Había 2 chimeneas procedentes del taller y 2 tomas de aire junto con 2 tomas de agua y los correspondientes desagües encima de lo que eran los baños en el piso. Los trastos (más trozos de madera, cubos, macetas vacías, escobas y escobones) estaban apilados en un rincón. Lo demás estaba vacío y limpio.
- ¡Qué bonito!. ¿Lo has pintado tú? -preguntó la joven mujer señalando un acuario de intenso color azul, con grupos de peces, caballitos de mar y unas cuantas serpientes persiguiendo invariablemente a un solitario y desvalido pececillo que estaba pintado por todo el pretil, las chimeneas y la caseta en la que terminaba la escalera.
- No: lo pintaron unos que vivieron aquí antes de llegar yo. Lo único que he hecho en la azotea ha sido vaciarla: la primera vez que la ví parecía un basurero. De lo que hablábamos antes del ruido -dijo Lorenzo yendo hacia el hombre, que se había adentrado unos pasos en la azotea-, conozco algunas anécdotas que pueden darte una idea... Perdona, he olvidado tu nombre.
- Arturo.
- Eso, Arturo, lo tenía en la punta de la lengua. Uno que vivió aquí me contó que en ese solar -Lorenzo señaló un espacio vacío y reseco a nivel del suelo, un poco más ancho que la azotea y el triple de largo, rodeado por las traseras desnudas de los bloques de viviendas- pusieron un chiringuito en las fiestas de verano de hace unos años y los vecinos interpusieron denuncias, llamaron a todas las policías y cuerpos de seguridad y hasta llegaron a tirar cubos de agua a la gente desde las ventanas. Y las veces que hicieron fiestas aquí, en la azotea, también se presentó la policía para clausurarlas antes de la medianoche. ¿Qué te parece? -Lorenzo se había ido al otro lado de la azotea, junto a la joven mujer, que estaba mirando una pequeña colmena metálica sobre un tejado-. Unos escolares estudian la danza de las abejas, una unidad continuamente variable según la cual una abeja que llega explica a las holgazanas que están en el panal dónde hay una fuente de néctar por la velocidad y la desviación de la vertical respecto del Sol. Al final es un lío porque han puesto árboles y flores en todas las direcciones, pero la velocidad de su danza es inversamente proporcional a la distancia entre el panal y la fuente de néctar y el ángulo respecto de la vertical es igual al ángulo entre la visión del Sol y la dirección hacia el néctar, está claro.
- ¿Qué es esa nube marrón?.
- ¿Una nube marrón? -preguntó Lorenzo con presteza.
- Allí, encima de las casas.
- ¡Voy a buscar una cámara!.
Se oyeron unas cuantas zancadas de ida, una puerta que se abría con un golpe seco y las zancadas otra vez regresando por la escalera con estruendo creciente. Lorenzo traía en la mano una pequeña Fuji panorámica de plástico de las de usar y tirar. Se situó frente al busto de escayola y disparó una instantánea.
- ¡¿Pero qué es?! -inquirió la joven mujer bastante alarmada.
- Es el hongo de contaminación que hay sobre Madrid. Aquí no llega todavía, pero se ve.
- ¿Y aquello? -dijo ella tranquilizándose y estirando los brazos hacia el Este.
- El Cerro de los Ángeles.
El terreno hacía una depresión hacia el Este. Encima de los bloques de viviendas, entre las grúas y las antenas de televisión, la llanura dibujaba en la distancia un espejismo de bruma marina. Era el único horizonte lejano visible desde la azotea. Los otros estaban silueteados por bloques de viviendas, tramos de calles atestadas de coches, solares llenos de maleza, la torre y el reloj de la iglesia de Leganés, grúas, chimeneas, infinitos balcones y ventanas, tejados, otras azoteas y un millar de antenas de televisión. Se veían 7 árboles desde allí, entre ellos una higuera.
- Me ha hecho gracia lo de la nube marrón. ¿De dónde sois vosotros?.
- De Soria.
- Oye, un detalle imperdonable: ¡he olvidado tu nombre!. Nunca me pasa y menos con mujeres guapas, pero...
- Sonia, Sony o simplemente Soria, como me llamaban en el Certamen Miss España -respondió ella mirando a los ojos a Lorenzo, que no se inmutó-. Mi marido tiene esta semana reuniones en su empresa y es posible que le trasladen a Madrid. Estamos buscando alquilar una casa por los alrededores. Esta no era mi idea, pero lo que he visto hasta ahora me encanta. Esta azotea, por ejemplo, me parece mucho mejor que un jardín -se escuchó un pitido. Arturo corrió hacia el bolso de Sonia y después de otro tosco forcejeo, mostró ufano un móvil que él antes que nadie había cogido. Luego dejó caer el bolso en el suelo y se fue a conversar al otro extremo de la azotea-. Aquí puedo tomar el sol sin miedo a la contaminación de Madrid y tender la ropa con la música a todo volumen y bailar de un lado a otro. Sí, me gusta. ¿Por qué dejas tú esta casa tan guapa?.
Lorenzo dio un respingo y encendió un Marlboro antes de contestar haciéndose el interesante:
- Me voy a dar una vuelta por el mundo.
- ¿Y tu trabajo?: ¿puedes dejarlo todo así, de repente?.
- Soy fotógrafo y puedo hacer fotos en cualquier lado. Aquí, salvo las cosas que tengo en esta casa, no hay nada que me ate. No tengo padre ni madre ni nadie en el mundo que llore por mí, como dice la canción. Veo todos los programas sobre desaparecidos por si alguien me busca, pero hasta ahora no he visto la imagen de nadie que se me parezca, que yo me presentaría encantado. Ni siquiera soy de ninguna autonomía: me cambiaron varias veces de orfanato hasta que cumplí los 18 años aquí, en Madrid, y tuve que lanzarme a comerme el mundo.
- ¡Qué vida más romántica!: eres un aventurero. ¡Qué pesado es este hombre con el teléfono!. ¡Arturo, este señor tiene cosas que hacer!.
- No te preocupes: lo tengo casi todo hecho. Ni siquiera es mía la casa. Me gusta enseñarla para retener las últimas sensaciones y quiero conocer antes de irme a los nuevos inquilinos por si se interesan tambíén por otras cosas.
- ¡Tendrás tantos recuerdos que han ocurrido aquí!.
- Nada importante -Arturo venía de dar por terminada la conversación telefónica con cara de satisfacción-. Os puedo enseñar el resto de la casa y luego buscamos al casero y habláis con él lo que os convenga. Ya le dije a Sonia -le decía Lorenzo a Arturo cuando bajaban por la escalera- que no soy el dueño de la casa.
- Me gusta -le dijo Sonia a Arturo pellizcándole en el brazo y haciéndole un mohín caprichoso con los labios en el rellano, aún antes de ver el piso-. Aquí puedo tomar el sol sin miedo a la contaminación de Madrid y bailar de un lado a otro con la música a todo volumen.
- ¿Y de aparcamiento, qué tal? -preguntó Arturo asomándose por la ventana.
- Aparco siempre en la puerta.
- ¿El coche plateado tapando la puerta es el tuyo? -amonestó Arturo juntando el entrecejo bajo las gafas de sol.
- Pues sí -concedió Lorenzo-, pero hemos podido entrar bien: a otros visitantes les he hecho entrar y salir de la casa a través del coche. Es otra medida de seguridad para que no se puedan llevar cosas grandes, pues aquí ha vivido mucha gente.
- Yo me he manchado el pantalón -dijo Sonia mirándose el culo. Arturo extendió una manaza hacia allí, frotó enérgicamente de arriba a abajo y terminó la faena propinando un par de azotes en la zona ante la atenta mirada de Lorenzo, que seguía la maniobra con un nudo en la garganta-, pero no sé si ha sido en la escalera o en el coche.
- Si quieres, puedes llamar a la grúa municipal: está prohibido aparcar en una calle peatonal como ésta, pero el que se quede con el coche no te lo va a perdonar en la vida. A mí me parece un logro aparcar en la misma puerta de la casa en la que vivo, y si no hay sitio, aparco lo más cerca que puedo. Y respecto del polvo, aquí, las pocas veces que llueve, llueve barro: las primeras gotas bajan la contaminación al suelo y si en ese momento para de llover, es el viento el que se encarga de transportar el polvo a todos lados. Lo que sí me parece una verdadera guarrería es lavar los coches en cualquier lado: los detergentes son altamente contaminantes y no os digo nada del aceite ni del humo.
- ¡Pues tú tienes coche! -dijo Arturo.
- Sí, pero no como sobre el capó ni lo utilizo como espejo, simplemente lo uso para ir de un lado a otro. Aquí hay una habitación pequeña, la más pequeña de la casa -dijo Lorenzo al abrir la puerta acristalada de doble hoja que había frente a la de entrada al piso. La habitación estaba recién pintada de color salmón y enteramente vacía. Apenas unos agujeros y la llave de la luz fijaban las miradas de la pareja en las paredes-. Los primeros que vivieron aquí la llamaban la Caja de Cerillas y su inquilino pagaba menos que los demás. También tenía que soportar las bromas más pesadas porque al estar tan cerca de la escalera, pillaba demasiado a mano para hacerle alguna trastada. Yo la he tenido reservada para las visitas, así sólo he tenido que hacer copias de la llave del portal.
- Te voy a hacer una pregunta: ¿ha muerto alguien en esta casa?.
- ¡Qué cosas tiene mi Sony! -dijo Arturo entre unas cuantas carcajadas, exactamente 4.
- No, seguro que no: aquí sólo han vivido jóvenes que se iban de la casa de sus padres hasta que se casaban. El que me lo alquiló decía que no había habido ni peléas. Lo más violento que se veía aquí era por la tele -volvió a pitar el Nokia 6680 Movistar. Arturo, que lo tenía en la mano, hizo un ademán tosco para echar a Lorenzo y a Sonia de la habitación-. Puedes hablar aquí mismo -ofreció Lorenzo-. Yo le sigo enseñando la casa a Sonia. ¿Qué te estaba contando?.
Salieron al pasillo. A 4 pasos de la puerta de entrada hacía un recodo y continuaba de frente hasta la puerta de un baño pequeño dividiendo el piso en 2 partes: las 4 habitaciones en el ala izquierda y los 2 baños, el salón y la cocina en el ala derecha. El pasillo permanecía en penumbra. La azotea hacía un efecto sartén sobre el piso, pese a que Lorenzo había ideado un complicado sistema para mitigar el calor creando corrientes de aire y penumbras abriendo y cerrando puertas y ventanas y subiendo y bajando persianas. El sol recorría toda la casa. Pegaba en las 4 habitaciones por la mañana, caldeaba la pared ciega a la que daban la habitación del fondo, el baño pequeño y la cocina al medio día y terminaba su recorrido visitando la cocina y el salón por la tarde.
- La llamo la casa del Sol: pega todo el día. Cuando empieza el calor, si no es regando la azotea y subiendo y bajando persianas, no se puede parar aquí dentro.
Lorenzo se adelantó abriendo puertas y encendiendo luces para que Sonia pudiera recorrer a su antojo la casa. Ella se quedó con la mirada enganchada en una nube de imágenes que había en la pared del pasillo, frente a la puerta colgante de doble hoja del salón.
- ¿Son tuyas?.
- No, ninguna; bueno, todas son mías, pero no las he hecho yo. Me quedé con la casa-estudio-laboratorio de fotografía de uno que no pudo hacer frente a los pagos de todo esto. Se lo compré todo por una cantidad ridícula, lo suficiente para un billete de avión sin regreso y hacerme cargo de sus deudas, que no eran muchas porque ya no tenía crédito en ningún lado. He estado tirando las cosas que no valían nada y las que tienen algún valor las estoy colocando por ahí, vendiéndolas o regalándolas. Quiero conservar algunos libros, cuadros, fotos y lo que quepa en unas cuantas cajas de cartón que han prometido guardarme unos amigos. Si miras desde el centro del salón con las puertas abiertas, la nube de imágenes parece un ojo.
Arturo venía por el pasillo dando patadas y golpes en los cercos de las puertas y en las paredes, sin reparar en las imágenes.
- Los enchufes están todos mal, sueltos o arrancados, hay agujeros y grapas clavadas en todas las paredes y los cables de la instalación eléctrica están llenos de nudos.
- Todo eso tienes que hablarlo con el dueño de la casa -se desentendió Lorenzo.
- ¿Y ésto qué es? -preguntó Arturo señalando una tosca estantería de albañilería levantada en una de las paredes del salón.
- Lo hicieron los primeros que vivieron aquí. Lo llamaban el Cutrul, una mezcla de cutre y pladul. Les dio mucho trabajo y lo acabaron así, por las buenas.
Lorenzo señaló en dirección al techo: las celdillas irregulares de la estantería eran más grandes a medida que avanzaban en altura y la cosa terminaba en mitad de la pared, sin tocar al techo por ningún lado.
- Bueno, ésto no está mal, pero digo yo -Arturo hizo una breve pausa para aspirarse la saliva de la lengua- que los enchufes, los agujeros, los nudos y las grapas son cosa de los que han vivido aquí.
- Era uno al que le encantaban las taladradoras y las grapadoras de aire comprimido. A veces se sentaba en ese sillón y disparaba grapas a las paredes, al techo y a las ventanas. O cogía etiquetas adhesivas y las pegaba en los muebles, como mocos. Y mirad las paredes: colgaba marcos desnudos, sin cristal, sin fondo y sin nada, sólo el marco. También se paseaba con la taladradora en marcha por toda la casa y al final le dio por hacer nudos en todos los cables. Cuando se fue y tiré sus cosas, las paredes de su habitación y las de algunas partes comunes de la casa parecían lonchas de queso de Gruyère.
- Sony, tenemos que hablar a solas -le dijo Arturo a Sonia dando la espalda a Lorenzo que, dándose por aludido, encendió el equipo de música y se alejó de la pareja cuando empezó a sonar la cinta de Sam Cooke que había puesta. Arturo no se había quitado aún las gafas de sol y repetía el gesto de aspirarse la saliva de la lengua al final de todas las frases. Tenía el pelo corto y engominado en vertical, la piel depilada más que afeitada, el cuello ancho y una respetable corpulencia, pero desmañada y fofa. Vestía unos vaqueros de marca, lo mismo que el calzado deportivo y un suéter estampado con ramas de naranjo a tamaño natural.
Sin dejar de dar órdenes a Sonia, Arturo paró la cinta de Sam Cooke, buscó una emisora de radio especializada en bakalao y subió el volumen a tope.
- Lorenzo -le llamó Sonia una vez recibidas todas las órdenes-, Arturo está esperando una llamada para irse. Yo quiero seguir viendo la casa, hablar con el dueño, tomar las medidas oportunas para el traslado y lo que haga falta. Tenemos un problema con el equipaje: hemos llegado esta mañana a Madrid y aún no tenemos hotel. ¿Es muy arriesgado ir por Madrid con las bolsas de viaje en el maletero del coche?.
- Sí, y peor si tiene matrícula de Soria.
- De Teruel -corrigió Arturo.
- Podéis dejarlo aquí -ofreció Lorenzo.
Volvió a sonar el teléfono portátil. A Arturo le pilló sentado en el único sofá que quedaba en el salón mirando las páginas de un libro que encontró sobre un montón de papeles. Tras una rápida conversación en la que confirmó una cita previa, Arturo aún siguió pasando las hojas del libro hasta el final y repasó unas cuantas antes de emitir su veredicto.
- ¡Qué bueno es este libro!: ¿dónde venden estos libros de arte tan bonitos?.
- En la Cuesta de Moyano -respondió Lorenzo.
- Voy a subir el equipaje. ¿Estará seguro aquí?.
- Pues no lo sé. Nunca han robado ni, que yo sepa, ha venido nadie con intención de robar. No hay objetos de valor, salvo esos 2 cuadros del pintor Dis Berlín y otro que tengo en una habitación. Lo demás son grabados, acuarelas, fotos y cosas sin catalogar.
- ¿Y tu equipo fotográfico?: si eres fotógrafo tendrás flashes, objetivos y muchas cámaras.
- ¡Qué va!. Yo hago fotos con una cámara normal, sin flas, sin filtros, sin trípode y sin nada: soy reportero.
Arturo esperaba en el quicio de la puerta del salón a que Lorenzo se ofreciera a acompañarle al coche a buscar las bolsas de viaje, pero éste no se dio por aludido.
- Te propongo lo siguiente -le dijo Lorenzo a Sonia cuando escuchó el portazo que dio Arturo al irse a buscar las maletas-: míralo todo tranquilamente y pregúntame lo que quieras. Voy a seguir empaquetando cosas -Lorenzo se fue hacia el equipo de música, bajó el volumen e inmediatamente después lo apagó-. Este es uno de los pocos ruidos que no soporto. A veces veo pasar un coche retumbando con la música ésta a todo volumen y me digo: si yo fuera dentro me tiraría en marcha. Lorenzo fue a la puerta de entrada y la abrió, igual que la puerta de doble hoja de la caja de cerillas. Arturo no había cerrado la puerta de la calle: se escuchó nítidamente el portazo que dio al cerrar el maletero del coche y las maldiciones, golpetazos y jadeos que emitió hasta tirar 3 aparatosas bolsas de viaje en la Caja de Cerillas y buscar a Sonia para despedirse de ella con un jadeante beso en la boca, un toqueteo del culo y un achuchón de pelvis desmañado y basto. A Lorenzo ni le miró al salir.
- ¿Se ha ido ya ese?. No es mi marido -se sinceró Sonia cuando se fue Arturo-. Dije eso por teléfono porque es más fácil que a un matrimonio le alquilen una casa. Los anillos son de pega. Si trasladan a Arturo a Madrid, conviviremos juntos unos meses y, si nos va bien, nos casaremos. No sé por qué te estoy contando todas estas cosas...
- Sigue hablando. No nos conocemos de nada y dentro de una semana no nos volveremos a ver en mucho tiempo. Lo que digamos no cuenta y a mí me encanta hablar libremente, sin tapujos.
- ¡Uy, y a mí!. ¡Es lo que más me gusta!. Puedes preguntar a mi madre y a mi hermana.
- Pues tu novio es poco hablador.
- Tiene otras cualidades. ¿En tu vida no hay ninguna mujer?
- No.
- ¿Y eso?. Trabajando de fotógrafo no se entiende muy bien. ¿O es que hay muchas mujeres?.
- He estado demasiado ocupado resolviendo los problemas de mi trabajo. Esto no es decir soy fotógrafo y ya está, te compras unos flases, te haces unas tarjetas y etcétera. Es más complicado. Se necesitan años para que acepten y den por buenas las fotos de un fotógrafo. A mí me ha ido bien porque he trabajado mucho, pero empecé con muy poco crédito, apenas mi ilusión y un trabajo continuo que llenaba todo mi tiempo.
Sonia tenía 2 ojazos de un color indeterminado entre el gris, el azul y el verde. También sugirió poseer un cuerpo espléndido cuando se quitó la cazadora color teja que había llevado puesta toda la mañana. Lorenzo planeó la manera de prenderle fuego por si a ella se le ocurría volvérsela a poner. Cuando se conocieron la había encontrado desgarbada, con la cabeza pequeña y el cuerpo grande, pero al desaparecer el plegamiento del viaje en coche sobre su cuerpo y ganar confianza en el trato con Lorenzo, también había ganado en vivacidad y armonía.
- No entiendo este cuadro -Sonia estaba frente a un retrato de mujer sobre fondo rojo con la silueta de un gran huevo dorado sobre uno de sus ojos, la frente y parte del pelo.
- Tampoco. Es del mismo que aquel -Lorenzo señaló hacia el otro lado de la pared, hacia un cuadro de apariencia clara que no interesó a Sonia en absoluto- y otro que hay en una habitación.
- ¿Quién es la mujer del retrato? -insistió Sonia, que seguía mirando el retrato de la mujer pelirroja con un huevo dorado en la frente como si fuera un espejo.
- No pone nada detrás. Yo tampoco sé de qué se trata, pero la pintura no hay que entenderla. Una vez estuvieron aquí 2 jóvenes estudiantes de arte y no sé si en broma o en serio, valoraron lo maravillosamente bien mal hecho que estaba. Es como una burla de los retratos al uso, con ese fondo rojo y el huevo dorado, que es donde está el no sé qué.
- ¿Qué harás con él cuando te vayas?.
- No lo sé. Los 3 cuadros de Dis Berlín son los objetos de más valor que hay en esta casa. Este y el que tengo en la habitación no estoy dispuesto a perderlos por nada del mundo. El grande te lo puedo prestar a ti, si quieres. ¡Las 3! -exclamó Lorenzo. Sonia seguía hipnotizada ante el retrato-. ¡Cómo ha pasado el tiempo!. Es lo que te decía de los relojes. Parece que todos los segundos, los minutos y las horas son iguales, pero desde que nos hemos conocido esta mañana han pasado 2 horas. Pero ha estado bien: es la primera vez que he mirado el reloj.
Lorenzo ya no se recataba de mirar a los ojazos de Sonia. Ella no los apartaba, los dejaba expuestos para ser mirados como 2 pequeñas y graciosas pantallas de los televisores.
- ¿Qué planes tienes para comer?.
- No tengo planes. Hasta las 6 no puedo llamar a Arturo. Es una comida de negocios y están mal vistas las llamadas de las novias.
- Las veces que he tenido novia he estado pegado al teléfono deseando que sonara y que fuera ella -pero qué mentiroso eres, pensó Lorenzo-. ¿Te lo hace muchas veces?.
- Arturo me trata muy bien -Sonia pareció incomodarse, eludió la cuestión e intentó cambiar de tema-. Parece como si hubieras intentado quedarte a vivir aquí y de repente, por algo o por alguien, quisieras irte.
- Cuando me he metido un poquito en tu vida, me has dado portazo. Si quieres que responda a tu pregunta, responde antes a la mía. ¿La recuerdas?.
- Sí, me dicen que soy fantasiosa, que siempre estoy en las nubes. Con Arturo estoy bien. Los ratos que estoy con él, estoy bien y los ratos que estoy sola, también; tranquila...
- Te entiendo. Mi historia te la cuento durante la comida. ¡Vámonos!.
- Tengo que maquillarme.
Lorenzo se lavó la cara en el baño pequeño y buscó en el armario del dormitorio su camisa preferida, estampada con 42 estrellas blancas de 8 puntas sobre un campo de color morado. Aunque un poco arrugada, estaba limpia.
- ¡Estás guapísima! -exclamó Lorenzo al encontrase en el pasillo con una mujer que parecía otra: Sonia se había soltado el pelo, había corregido el maquillaje de los ojazos y se había perfilado los labios. ¡Y qué labios!: el inferior tenía proporciones normales, pero el superior era como 2 llamitas de vela tumbadas de lado que se abultaban y hacían unos piquitos demoledores entre la nariz y las mejillas. Ella los hacía resaltar hasta la locura con el pintalabios.
- ¡Qué desastre! -exclamó Lorenzo al contemplar la carta de comidas de una cafetería del centro comercial Parquesur-. ¿Qué hacemos? -le preguntó a Sonia.
Sonia se encogió de hombros. El restaurante italiano Paï Paï, un sitio neutro con aire acondicionado que había planeado Lorenzo, estaba hasta los topes y aún había gente esperando en el pasillo.
- ¿Te apetece un plato combinado en una cafetería cualquiera? -preguntó el impaciente. Sonia había mirado a su alrededor por toda respuesta y echado a caminar tras él cuando emprendió la marcha.
- Se me está ocurriendo una idea -propuso Lorenzo para maquillar su impaciencia-, podemos hacer fotos en la azotea. Tu tienes en la casa ropa para cambiarte y maquillaje y yo cámaras y carretes. Para mí es un último recuerdo y para ti, si acabas viviendo allí, una primera experiencia curiosa.
- ¿Comemos algo rápido, aunque sea aquí mismo y volvemos a la casa?. ¿Qué te parece mi plan? -insistió Lorenzo.
Sonia volvió a encogerse de hombros. Se sentaron en una mesa pegada a un gran cristal que aislaba la cafetería del pasillo del centro comercial. Ambos miraron al otro lado como mirarían un acuario: paseantes solitarios, parejas y familias enteras con carros y niños flotaban en el cristal. En ocasiones se detenían ante los escaparates y miraban hacia dentro como mirarían una pecera.
- Seguro que estás pensando en el mismo sitio que yo -Sonia asintió con una expresión de complicidad-: la azotea tiene magia. Puedes pensar que estas cosas son tonterías, pero te puedo demostrar que hay sitios a los que he ido 100 veces a hacer fotos y nada y otros por los que he pasado 3 veces y tengo 3 fotos fantásticas. Puede ser algo que está en la Tierra o en el cielo y que no conocemos. Quizá algún día descubran por qué en algunos sitios nos sentimos especialmente receptivos y vibrantes y en otros no. Tú y yo nos hemos encontrado realmente en la azotea. Cuando tu novio me ha preguntado por el ruido en la escalera, he estando a punto de responderle que sí, que muchísimo y adiós muy buenas. Luego, en la azotea, le he contado algo que ocurrió hace un par de años y creo que ni se ha enterado. Desde ese momento me han dejado de interesar vuestras vidas. Si no llegas a decir lo de la nube marrón, no nos habríamos llegado a conocer.
Sonia miraba alternativamente a Lorenzo y al acuario. Escuchaba como probablemente escuchaba a los bustos parlantes de la tele, pero cuando miraba hacia los lados y se percataba de que aquella perorata era para ella, en exclusiva y en directo, no podía menos que sentirse agradecida. Escuchaba como si nunca le hubieran hablado desde tan cerca.
- ¡Qué horror! -de comer les dieron huevos fritos en la plancha, salchichas, patatas chamuscadas, filetes duros y una fuente llena de enormes trozos de lechuga sin aliñar-. Espero que ésto no me lo tomes en cuenta. Llevas exactamente 20 minutos sin decir palabra, desde que apareciste con los labios pintados. Es como si también te hubieras echado pegamento. No, no digas nada. Así pienso que respondes que sí a todo.
- ¿Van a tomar postre? -preguntó el camarero.
- No, traiga la cuenta: paga la señorita -Lorenzo se había lanzado sin encontrar réplica.
- ¿Admiten Visa? -preguntó Sonia al camarero.
- ¡Genial!: ¿tu novio te deja la Visa?.
- Me la ha dado para mí sola: Arturo confía plenamente en mí.
- ¡Y tanto!: yo siempre he dicho que dejarle la Visa a una mujer es la prueba definitiva; a una mujer y a cualquiera. Ven por aquí -Lorenzo echó a andar por el pasillo del centro comercial en dirección contraria a la que habían tomado al entrar-. No puedo pasar sin tomar café después de las comidas. Te voy a llevar a un sitio donde vas a ver algo que no has visto nunca.
Atravesaron otra gran cristalera y se acomodaron en la barra de otra cafetería que, exceptuando los detalles decorativos, apenas difería en nada de la anterior.
- ¿Qué es lo que hay aquí que yo no haya visto nunca? -preguntó Sonia después de haber recorrido con la mirada todo lo que estaba al alcance de sus ojazos.
- ¡El jukebox! -exclamó Lorenzo presentándole a Sonia un reluciente Wurlitzer equipado con la más moderna tecnología para seguir cumpliendo su vieja tarea. De las columnas laterales ascendía a borbotones un líquido que parecía cambiar de color en cada tramo: azul, rosa, amarillo, verde y naranja en una ilusión creada al encenderse y apagarse las bombillas de colores sumergidas en el líquido.
Sonia se acercó a la máquina y descubrió rápidamente su mecanismo de funcionamiento, pues manejó las teclas con soltura y decisión. Cuando empezó a sonar la canción que había elegido, volvió lentamente a la barra desde la que Lorenzo la miraba danzando con los ojazos, los labios y la punta de los dedos.
- ¡Pasión gitana y sangre española, tarará!. ¡Me encanta!.
- Sonia, me has roto un esquema: ¿dónde habías visto tu antes un jukebox?.
- Pues no sé, en muchos sitios.
- ¿Has leído un libro titulado Ensayo sobre el jukebox?. Es de un escritor alemán, Peter Handke, que se inspira junto a los jukebox que encuentra casualmente en los bares más insospechados del mundo, lo mismo en Alaska que en Linares. Se va a Soria precisamente a escribir un ensayo sobre el tema y recorre todos los bares de la ciudad buscando un jukebox que finalmente no encuentra: por eso sé que en Soria no hay ningún jukebox.
- Pues no recuerdo ahora si en Soria hay algún jukebox, pero yo voy todos los años a Nueva York y a Londres de compras y desde los 14, paso un mes del verano en Irlanda perfeccionando mi inglés -respondió Sonia con suficiencia para, a continuación, cambiar de tema restaurando el tono amable de la conversación-. Aún tienes que contarme tu historia. ¿Recuerdas la pregunta?.
- No hay historia. Mi sueño era trabajar de fotógrafo y tener una casa-estudio-laboratorio para mi sólo. Lo conseguí hace pocos meses y ahora quiero viajar, ver mundo, cambiar de paisajes, eso es todo.
- ¿Y no ha aparecido todavía ninguna mujer capaz de atarte?.
Lorenzo se mordió los lados de la lengua con las muelas antes de responder: "te estaba esperando", pero se hizo daño, abrió un poco la boca e, inesperadamente, imitó el feo gesto de aspirarse la saliva de la lengua que le había oído hacer a Arturo.
- ¡Vámonos! -dijo Sonia con autoridad.
- ¡Qué estúpido!, ¡pero qué estúpido!, -se dijo Lorenzo y de la misma quería irse contra las columnas del pasillo del centro comercial a pegarse cabezazos. Sonia caminaba dando grandes zancadas con un paso adelantado y la mirada perdida en el suelo, en la punta de sus botas negras.
- Hago honor a mi apellido: Rodero -dijo Lorenzo dentro del coche en tono conciliador-. Ya sabes, rodar y rodar, rodar y rodar. ¿Cual es tu apellido?.
- Larra.
Habían empezado los silencios y las precauciones. Roto el hielo, los afilados témpanos flotantes amenazaban con despedazar la breve relación en cualquier descuido.
- Sonia, tienes que perdonar mi osadía. Desde que sé que me voy a ir, soy un poco agresivo en los comentarios y en los gestos. Estoy aprendiendo a agilizar las relaciones porque pienso que viajando dispondré de poco tiempo para conocer a otras personas. Es posible que en algunas ocasiones me pase de la raya invisible que nos separa, pero tu también me has dado un buen corte junto al jukebox y ya has visto que ni he pestañeado: tengo el mismo estado de ánimo que antes. Te voy a contar la verdadera razón por la que, una vez que he conseguido establecerme como fotógrafo y teniendo para mi sólo una casa como la que has visto, lo dejo todo y me voy. No es por un desengaño amoroso. El amor lo recuerdo como algo propio de los años en los que aún tenía granos en la cara. Tengo callos y hasta cicatrices en el corazón, pero es por todos los falsos amigos que me han traicionado. Te voy a contar el esquema de una historia que se ha repetido muchas veces a lo largo de mi vida: me gustan las otras personas, pero no para poseerlas ni para mandar sobre ellas, sino para conocerlas y vivir experiencias hombro con hombro, hablar, hacer cosas juntos... Son esos trozos de vida verdaderamente vivida lo único que me anima a levantarme por las mañanas. Pues bien, siempre que un amigo tenía dificultades, venía a pedirme ayuda. He tenido que vender cámaras para pagar deudas por drogas que no había tomado yo porque el traficante le quería cortar la mano a alguien, he tenido problemas con el casero porque había días que el pasillo de la casa parecía un andén del metro en hora punta... y así siempre para que luego me pagaran con la moneda de la falsa amistad.
- ¿Todos tus amigos te han traicionado?.
- Todos no, pero sí muchos. Conservo amigos de todas las etapas de mi vida. Algunos nunca me han pedido nada y yo a ellos sí o no, depende. Si andas por los caminos trillados tienes pocos problemas, los inevitables: enfermedades, accidentes y cosas así. Pero las personas diferentes, especiales, curiosas o como quieras llamarlas, que son las que me gustan porque de ellos puedo aprender, siempre tienen problemas: en cuanto te mueves, ya entras en conflicto con alguien y si te mueves mucho, tienes muchos conflictos. Yo nací pobre, tonto, feo, sólo y de todo: la vida es para mi una escalera. Soy conflictivo por obligación. Y ahora además, sé una cosa: siempre, siempre, siempre estamos solos; igual de solos en un estadio lleno de gente que en una barca de remos pescando anchoas; igual de solos en una manifestación multitudinaria que atravesando a pie el desierto de Gobi. Me duele haber aprendido esa amarga lección de la vida, pero ya que sé que estoy sólo, me da lo mismo estar aquí que en cualquier otro sitio.
Las palabras crudas de Lorenzo les comieron la lengua y parte del ánimo en lo que quedaba de recorrido hasta la casa. Sonia fue al encuentro del cuadro de la mujer con un huevo dorado en la frente de inmediato. Lorenzo cogió una vieja Canon F1 negra que había sobre una celdilla del Cutrul, cargó un carrete de Tri-X y se guardó otro en el bolsillo.
- Te espero en la azotea -le dijo a Sonia desde la puerta del salón enseñándole la cámara.
- ¿Qué tipo de fotos quieres hacer? -preguntó ella en plan profesional.
- Lo que decías de bailar de un lado a otro con la música a todo volumen me gustó. ¿Tienes un vestido con vuelo?.
- Me cambio en un instante.
Lorenzo se subió a la azotea un loro que tenía en el laboratorio y una caja llena de cintas para no aburrirse esperando. Sabía por experiencia que los instantes que empleaban las mujeres para cambiarse eran muy largos y no conocía excepciones a esta regla. Algunas nubes dispersas tapaban el sol de tiempo en tiempo. Inesperadamente se coló un haz de rayos solares por un pequeño resquicio que dejaron a su paso unas nubes compactas. Con la Canon F1 en las manos, Lorenzo apenas tuvo que apretar el disparador para captar el suceso. El, que tenía por principio no correr jamás, jamás, jamás para hacer una foto, sí corría desesperado a buscar una cámara cargada cuando veía uno de estos fenómenos improbables. Si lo capturaba, pedía un deseo: "quiero a Sonia", se dijo.
- ¿Qué tal estoy? -Sonia se enseñaba en la puerta de entrada a la azotea con un vestido de lana blanco abotonado por delante y largo hasta los tobillos.
- Bien, pero quítate las hombreras. No las necesitas. Y también deberías quitarte las bragas: no se ve nada y lo único que hacen es crear pliegues y arrugas que afean las fotos.
- No llevo bragas. Me he puesto un bañador blanco de una pieza. Se ciñe muy bien en mi cuerpo y no se nota nada.
- Baila como has soñado esta mañana.
Lorenzo se apostó en el centro de la azotea y empezó a disparar fotos a una peonza que se movía de un lado a otro. El vestido y el pelo se le acampanaban en los giros y se plegaban sobre lo que parecía el palo de una sombrilla en invierno cuando Sonia se detenía un instante antes de reiniciar la marcha de inmediato.
- Puedes descansar. ¿Has hecho ballet?.
- Sí, un poco. Tenía una profesora muy exigente. Un día me ató un pie en la barra de equilibrios para que hiciera puntas y no volví. También hice teatro y también lo dejé.
- ¡Lo has dejado todo!. Levanta los brazos, junta las palmas de las manos arriba y mírame como si no me miraras, traspasándome. Muy bien. ¿Por qué dejaste el teatro, el ballet, lo de modelo y supongo que alguna cosa más?.
- Soy muy tonta.
- A mí no me engañas: te he visto bailar con armonía y naturalidad, hablas bien, entiendes las cosas a la primera, lo mismo algo que te he contado que el funcionamiento de un jukebox, eres curiosa y haces preguntas continuamente... Estoy recordando un gesto que me ha vuelto loco. La cámara y yo somos un jukebox. Te llevaste las palmas de las manos a la cara. Así. No hagas fuerza con las palmas. Es posible que si estiras un poquito, sin que se note, marques los labios... Así, así. ¡Qué guapa eres!.
Sonia se alejó de Lorenzo, dio 3 saltos y ¡hop!: con las manos se levantó la falda por detrás hasta la cintura. Lorenzo estaba viéndola marchar a través del visor de la cámara y apretó el disparador en el momento exacto. Era el tipo de fotos que él más apreciaba, las que le concedían deseos y le levantaban el ánimo. Cuando una de ésas le salía bien, eclipsaba a todas las del carrete y hasta del reportaje entero. Hacía fotos de todos los temas ("mi tema es todo lo que se ve aquí y ahora", respondía cuando le preguntaban y si tenía una cámara entre las manos, le hacía una foto al interpelante), pero esas imprevistas, cazadas al vuelo, le gustaban más que una pirámide de Egipto llena de fotos tontas. No había alcanzado a ver nada, pero tenía la foto para el resto de los días. Con una de esas imágenes en la mano, Lorenzo podía recordar hasta el olor de un recuerdo.
- ¿Por qué crees que eres tonta?.
- Cuando he visto esta mañana la nube marrón, o cuando te he preguntado si había muerto alguien en la casa, o cuando me he quedado pasmada ante el cuadro de la mujer con el huevo en la frente: son cosas que se me escapan.
- Pero eso está bien: eres espontánea, natural, dices y haces lo que piensas...
- Tu opinión no vale porque haces lo mismo que yo. Dices: me gustan los relojes porque me gusta el tiempo o me gustan las nubes porque me gusta el clima. Cuando yo decía algo así, mi padre decía: "esta niña es tonta". Y lo mismo mis primos y mis tíos, que soy tonta y que tengo la cabeza llena de grillos.
- En definitiva: no eres una reprimida sexual pero eres una reprimida mental. El dicho a mujer guapa, mujer tonta lo practicas al pie de la letra, como una obligación.
- ¿A ti no te dicen que eres tonto cuando dices esas cosas?.
- Todos los días, como a ti, y aunque no me lo digan, sé que lo piensan, pero no me importa. En el fondo todos somos igual de tontos, pero en la forma yo diferencio a los tontos de los atontados. Tú y yo somos tontos, nos gustan las tonterías, decimos y hacemos tonterías. Por ejemplo: quítate el vestido y te hago fotos en bañador.
- No estoy segura de querer hacerlo.
- Retiro lo de que no eres una reprimida sexual. ¡Oye, que es en bañador!. Yo he ido a las playas y a las piscinas. Y además, soy fotógrafo: he visto cosas mucho peores. Seguro que no me desmayo. Si quieres, no te hago fotos, pero quiero verte en bañador.
Sonia se desabotonó el vestido, se lo quitó despacio y lo dejó colgar de una de sus manos adelantando el pie contrario para rematar la pose clásica de las modelos.
- ¡Déjame que te haga una foto así!. Es el puro acto fotográfico, la emoción. ¡Necesito hacer esta foto!. ¡No puedo seguir viviendo si no la hago!.
Lorenzo se tiró de rodillas frente a Sonia, dispuesto a besarle los pies, más por besárselos que por hacerle una foto. Tenía unas piernas largas y bonitas que terminaban en unas caderas y un culo en el límite: un poquito más y sería culona, pero no, para nada.
- Vale, hazme fotos, pero sigue hablando. Termina de contarme lo de los tontos y los atontados.
Lorenzo empezó a disparar fotos sin levantar las rodillas del suelo, arrastrándose para alejarse y para acercarse, hasta que terminó el carrete.
- ¡No te muevas!. ¡Soy el más rápido de Madrid cambiando carretes! -mentía: forcejeó con los mecanismos de la Canon F1 repitiendo hasta 3 veces los mismos movimientos. Le sudaban las manos y estaba nervioso-. Esto que estamos haciendo es una tontería. Pues los atontados se pasan la vida mirando las tonterías que hacemos los tontos, si son educados en diferido: en la tele, en la radio y en las revistas. Cuando hablan repiten lo que han oído, no tienen experiencias propias y algunos son tan cortos de miras que aún no se han enterado de que están vivos. Tú y yo vamos a seguir haciendo tonterías -Lorenzo abrió un grifo y regó el suelo por una zona en la que todavía daba el sol-. Túmbate ahí, de lado.
Sonia se tumbó sobre el agua. Su cuerpo se reflejaba en el suelo mojado, pero a Lorenzo no le cuadraban el pelo y el bañador secos con la humedad del suelo. Volvió a coger la manguera y regó a Sonia en una maniobra tan excitante como audaz. El bañador blanco se transparentó por los pezones. La piel se le erizó por los brazos. Lorenzo no paró de hacer fotos hasta que Sonia pareció sentirse incómoda: la suave brisa de aire que el sudoroso y excitado fotógrafo agradecía, hacía temblar de frío a la empapada modelo. Lorenzo bajó al piso a buscar una toalla. Cuando volvió, Sonia se había levantado y se frotaba enérgicamente los brazos con las palmas de las manos.
- Si sigues metiéndome mano, me vas a convencer de que soy tonta -él la había rodeado con la toalla y había empezado a secarla suavemente por los pechos, el culo y las caderas.
- ¡Pues claro!. Yo también soy tonto. Nuestra obligación es hacer tonterías. Y ahora no nos ve nadie.
Sonia se desasió de Lorenzo y fue hacia el pretil con la toalla sobre los hombros. El la siguió con la correa de la Canon F1 anudada en las manos.
- Yo soy un tonto reciente. Antes también era un atontado: veía la tele, iba al cine, leía los periódicos y las revistas, incluyendo las noticias de política. Una temporada hasta fui socio de un equipo de baloncesto, del Estudiantes: iba a todos los partidos. Pero lo de hacer fotos me cambió. Las fotos recién hechas parecen un juego, pero empieza a pasar el tiempo y siguen ahí. Y pasa más tiempo y empiezas a pensar, no sólo sobre el paso del tiempo, también sobre el clima, sobre la luz, sobre el comportamiento cotidiano de las personas... Y aquí me tienes, un tonto integral.
- No sé qué pensar.
- Es eso: yo te hago pensar y tú me haces pensar a mi, luego somos tontos. Los problemas llegan cuando un tonto le hace pensar a un atontado 3 ó 4 veces seguidas: se les cruzan los cables y se vuelven peligrosos.
- ¿Te han pegado alguna vez?.
- De niño, sí, pero eso no es importante para mi: tú no lo puedes entender.
- ¿Por qué no lo puedo entender?.
- Porque tienes pinta de haber estudiado en un colegio caro y de haberte psicoanalizado cada vez que suspendías. ¿Me equivoco?.
- ¿Qué tienen de malo los psicoanálisis?.
- Están equivocados doblemente: traducen los sueños a palabras y a partir de las semejanzas entre unas palabras y otras, elaboran sus resultados. La primera equivocación es que los sueños están hechos con imágenes y de momento, no pueden traducirse a palabras. No existe ningún diccionario Imágenes-Palabras, Palabras-Imágenes. La segunda equivocación es que las palabras son diferentes de un idioma a otro y por tanto, no pueden sacarse conclusiones válidas para todas las personas. Los psicoanalistas creen saberlo todo sobre las otras personas y en realidad no saben nada. Una vez vinieron a un colegio donde yo estudiaba y nos hicieron un test de esos que hacen para sacar dinero. Luego llaman a los padres y les dicen que su hijo está bien, pero que es un poquito retrasado en algo y necesita tratamiento. Los padres se asustan y etc. Conmigo no pudieron: cuando se enteraron de que no tenía padres, dijeron que yo era "un milagro social" y no quisieron saber nada de mi. Yo mismo firmaba mis notas y desde muy niño aprendí a ser mi propio padre. Estudié periodismo, pero apenas pisaba las clases porque ya estaba trabajando en donde me dejaban, cobrando, sin cobrar o como fuera. Te voy a hacer una pregunta de las tuyas: ¿te ha pegado alguna vez tu novio?.
- A mí me ha pegado todo el mundo: Arturo me va a dar una casa para mí sola a cambio de estar unas cuantas horas con él.
- ¡Eh, Sonia, no llores! -ella se había reclinado sobre el pretil y dejaba caer a la calle gruesas lágrimas-. He sido muy cruel. Lo siento. Te ayudaré. Tengo mucha experiencia en el trato con atontados. Lo primero que debes tener en cuenta es que nada de lo que hemos dicho y hecho ha existido. Absolutamente nada.
- Déjame la cámara -le pidió ella con la mano tendida por debajo de la toalla-. Quiero hacerte una foto a ti.
Lorenzo midió la luz orientando la palma de su mano en la misma dirección que tendría su cara mirando a Sonia en el momento de la foto.
- Tienes que enfocar -dijo cuando le tendió la cámara-: mueve este anillo hasta que me veas bien y dispara.
Sonia enfocó y disparó. A Lorenzo le agradó aquel gesto de aprecio: ¡ella le había visto!.
- Sonia, creo que conozco una solución para tus males: pensaba dejar empaquetado el laboratorio de fotografía hasta mi regreso, pero te lo puedo vender. No es muy caro y sólo necesitarás una cámara. Todo lo demás lo tienes aquí: la ampliadora, los objetivos, las cubetas y lo que puedas necesitar. También te dejaré los líquidos y los papeles que me sobren. Puedes hacer un curso por correspondencia o aprender con un buen manual. ¡Ni se te ocurra apuntarte a los cursillos de fotografía que organiza el Ayuntamiento de Leganés!. ¡Con lo fácil que es la fotografía y la manera tan complicada que tienen estos de enseñarla!: en vez del procedimiento básico, que sólo hay uno, enseñan todas las maneras posibles de complicarse la vida y encima, animan a la gente a complicársela.
- ¿Por qué no te quedas tú y me enseñas?.
- Vamos a dejar una cosa clara: yo me voy a ir de aquí a finales de este mes. Todo lo que tenía que pensar sobre este tema, lo pensé hace bastante tiempo. Desde entonces he estado dando los pasos precisos para irme. Ahora estoy triste porque, bueno o malo, aquí ha sucedido un trozo de mi vida, pero ni eso me hace dudar. Tu me has caído simpática y además, es una ventaja para los 2 saber que lo que tenga que ocurrir, tiene que ocurrir rápidamente. Después, nada. Aunque sí puedo hacer una cosa por ti: cuando llegue a una nueva ciudad, te enviaré una postal con mi dirección. Escríbeme, cuéntame cosas de la casa y de tu vida. Haz fotos de todos los cambios y de la gente que conozcas por aquí y envíamelas. Para mi puede ser algo maravilloso. Imagínatelo. Y además, el tiempo lo cambia todo. En esta casa se queda mi fantasma y yo me llevo el fantasma de la casa contigo dentro. Si un día unimos nuestras soledades ya maduradas, podemos ser muy felices.
- ¿Y no te importa que yo esté con otro hombre ahora?.
- ¿Otro hombre?. Un hombre que pega a una mujer no es un hombre. Plántale cara. Si te levanta la mano, ponte frente a él y mírale fijamente a los ojos, aunque tenga las gafas de sol puestas.
- Me mataría.
- ¡Qué va!. A mi me han puesto la mano encima muy pocas veces porque he plantado cara siempre. Cuando a un cobarde le enfrentas ante su cobardía como si estuviera ante un espejo, se arruga para siempre. Hazlo una sola vez y no se atreverá a tocarte nunca más. Ya lo verás.
- ¡Es tan fácil hablar! -Sonia se secó las lágrimas con la toalla esperando una respuesta que no llegó-. Son las 6. Le tengo que llamar.
¡Por fin había mensajes en el contestador!. Lorenzo vio el parpadeo luminoso del aparato desde la puerta del salón. Había 2 mensajes.
- Primer mensaje: Son, soy Arturo, si todavía estás ahí, llámame al portátil. (Segundo mensaje:) Sony, soy yo otra vez. Lo del traslado está hecho. Si arreglamos esta tarde lo de la casa, podemos celebrarlo esta misma noche. Je, je, je, je.
- Es curioso -dijo Lorenzo señalando el contestador-: siempre se ríe 4 veces. Ya lo ves: yo tengo un pie en la escalerilla del avión y tú tienes los 2 en la Casa del Sol. Te dejaré libros, videos de películas y recortes. No tires nada de lo que encuentres por aquí sin echarle un vistazo.
- ¿Y el laboratorio?.
- Tengo que ponerle un precio. Te lo puedo dejar todo por 250 €. Es un precio simbólico. También te voy a dejar el cuadro que tanto te gusta, pero es un préstamo. Así tenemos que volvernos a ver necesariamente. A cambio quiero un beso de despedida aquí mismo, con la mujer del huevo por testigo. Y un deseo: que nos vuelva a ver juntos.
Sonia le ofreció la mejilla. Aún en bañador y con la toalla en la mano, se fue hacia el teléfono, momento que Lorenzo aprovechó para volver a sus ocupaciones. Llevaba semanas tirando trastos a la basura y cogiendo cajas de cartón de los desechos de los comercios cercanos para almacenar sus escasas pertenencias. Con ellas llenaría el maletero del coche y con todo lo demás, incluyendo muebles, electrodomésticos y ropa, haría un bazar a disposición de sus amigos y de los nuevos inquilinos con intención de venderlo o prestarlo hasta su regreso, una idea que había aparecido por primera vez en su cabeza después de conocer a Sonia.
Lorenzo estaba rematando el traslado. Al viaje pensaba llevar un par de mudas de ropa y calzado que iría reemplazando por el camino, las 2 Canon y un álbum con sus 36 mejores fotos, "un carrete ideal", que decía él. Aún estaba en la labor y tenía montado el laboratorio: era lo último que pensaba empaquetar y quizás ya no fuera necesario.
Cuando chirrió el portero automático, Sonia se presentó como a la llegada, acobardada, con el pelo seco y recogido, sin maquillar y con la horrible cazadora de color teja sobre los hombros. "Seguro que se la ha regalado él", pensó Lorenzo.
- Espera ahí -le dijo Lorenzo a Arturo por el telefonillo-. El dueño de la casa tiene un pequeño despacho en el taller de abajo. Os lo presento y habláis con él lo que os convenga.
- ¿Os ha tratado bien Lorenzo? -les preguntó el dueño del piso desde el portón de la nave. Era un anciano al que las gestiones del taller y de sus otras propiedades mantenían activo y cordial-. Es un buen chaval. Yo siempre ha confiado en los jóvenes y Lorenzo no me ha defraudado. ¿Les has explicado las condiciones?.
- Me he limitado a enseñarles la casa. Su parte se la he dejado a usted. Yo prefiero no estar presente porque me pondría muy triste. Me subo al piso. Cuando terminéis de hablar me llamáis y tomamos un café. He hablado con Sonia de los muebles y me ha dicho que algunos os pueden interesar -dijo Lorenzo dirigiéndose a Arturo.
Tras recibir un aspirado de saliva de la lengua por respuesta, Lorenzo regresó a la casa con la resuelta intención de dedicarse a sus ocupaciones. Su salida de la Casa del Sol había empezado a tomar forma. Bajó la persiana del salón y recibió sobre su cuerpo los puntos de luz que pasaban entre los listones de la persiana. Encendió un Marlboro y contempló sosegadamente los dibujos que hacía el humo al pasar por los rayos de luz. Reconoció una serpiente reptando entre la maleza, el follaje informe de un bosque batiéndose agitadamente con el viento y los haces de luz de los faros de un coche circulando en la oscuridad. No sabía qué pensar. La impunidad que le otorgaba su inminente partida había acelerado su relación con Sonia, pero cualquier intento de salirse de esos raíles no les traería más que problemas de difícil solución a los 2. El chirrido del portero automático le despertó de sus pensamientos.
- Lorenzo, soy Sonia. Ya está todo arreglado. Arturo quiere hablar contigo de los muebles, pero tenemos prisa. Podemos tomar algo en la cafetería de al lado y habláis. ¿Puedes bajar nuestro equipaje?.
Era la maniobra que Lorenzo más odiaba. Bajó procurando que las bolsas dieran trompicones y golpes con el pasamanos, las paredes y los escalones, y las dejó caer estrepitosamente en el suelo al traspasar el portal.
- El casero nos ha dado un juego de llaves -le dijo Sonia enseñándoselas- por si tenemos que traer cosas o hacer obras; pintar, repasar, ya sabes. ¿Cuándo piensas desocuparlo tú?.
- Tengo pagado el mes entero, pero en esta semana creo que terminaré con todo lo que me queda aquí. Ya me he despedido de mis amigos y quiero pasar unos días en Londres antes de empezar el viaje propiamente dicho. En cuanto llegue, te mandaré una postal a esta dirección.
Desde la puerta de entrada al taller llegaba el rumor de los aspirados de saliva de la lengua que se hacía Arturo al final de las frases. El dueño del piso y él daban por terminada la conversación con un apretón de manos, pero de inmediato volvían a enzarzarse en un nuevo episodio. Sonia y Lorenzo se miraban y se sonreían, pero no cruzaron más palabras.
Arturo vino caminando lentamente al encuentro de Sonia y de Lorenzo después de la que pareció ser la última despedida con el dueño de la casa (estuvieron un minuto largo con las manos enganchadas), se detuvo cuando llegó a su altura, sacó un peine metálico del bolsillo de atrás del pantalón y se dio un repaso al pelo. Luego cogió la bolsa de viaje más pequeña y continuó caminando calle adelante sin decir palabra. Lorenzo miró a Sonia y se hizo cargo de la bolsa más pesada.
- Gracias. Quiero pedirte una cosa -le dijo ella camino de la cafetería-: no tires nada de lo que hay en la casa. Muchas cosas de las que he visto me gustan. Yo tiraré lo que no me haga falta.
- Oye, Loren... -le recibió Arturo acomodado en la barra de la Cafetería Marcelo's.
- Tronco -le cortó secamente Lorenzo después de dejar caer la bolsa en el suelo-, la Loren será una puta de Soria: yo me llamo Lorenzo.
- Perdona... -aventuró Arturo, se aspiró la saliva de la lengua y tras unos segundos de vacilación, soltó una frase que parecía tener preparada:-. Me ha contado Sonia que piensas dejar en el piso un laboratorio de fotografía completo.
- Pues te lo ha contado mal. Yo no he hablado de dejar nada. Todas las cosas que quedan en la casa tienen candidatos de compra o de préstamo. También tengo sitio para guardarlas hasta mi regreso.
- Pues a mí me interesa el laboratorio de fotografía. Un compañero de trabajo que vive en Zarzaquemada me ha dicho que el Ayuntamiento de Leganés organiza unos cursillos de fotografía estupendos, con unos monitores muy simpáticos.
- Me parece que enseñan algunas técnicas de fotografía artística.
- Eso es lo que yo quiero, aprender a manejar los flashes, los fondos, los trípodes y todo eso: quiero ser fotógrafo profesional.
- No tengo nada de lo que hablas. Tengo un laboratorio de fotografía en blanco y negro.
- Es igual: me interesa. Ya compraré más adelante lo demás. ¿Cuánto pides?.
- Por el laboratorio y prácticamente todo el material de fotografía, exceptuando las cámaras y los objetivos, claro está, 250 €.
- ¡Uy, eso es mucho!. Este compañero de Zarzaquemada me ha dicho que una ampliadora de blanco y negro vale como mucho 50 €.
- Sí, conozco esas ampliadoras húngaras o búlgaras a las que se les baja el cabezal cuando positivas, se refleja la luz en unas barras plateadas que tienen junto al objetivo, vela los papeles, etc. Yo tengo una Besseler con objetivos Nikon y realmente no pensaba venderla. Una ampliadora como ésa, y más como la he cuidado yo, no se deprecia. Es una máquina que a mitad de siglo estaba totalmente perfeccionada y como está en un cuarto oscuro no tiene que ser bonita, solo tiene que funcionar bien. También tengo un marginador Saunders que está garantizado por 100 años. ¡Imagínate cómo será un marginador garantizado por un siglo: eres tu el que debes tener cuidado para no hacerte daño al poner y quitar los papeles fotográficos!.
- ¿Y los muebles de la cocina? -intervino Sonia.
- Esos sí que no tienen remedio. Una lavadora y un frigorífico de hace 4 años no valen nada, pero la ampliadora y los objetivos...
- 250 €. por todo y no se hable más -ofreció Arturo y le tendió a Lorenzo la mano con la que probablemente había abofeteado a Sonia.
- Yo no sé regatear. Lo siento -dijo Lorenzo desentendiéndose de la mano.
- ¿200? -aventuró Sonia.
- ¡Tú te callas! -dijo Arturo en alta voz, tan alta como para ridiculizar a Sonia ante los otros clientes de la cafetería-. 220 y no se hable más.
- 250 ó nada. Lo dejo ahí todo por 250 € o nada -sentenció Lorenzo con una energía inapelable.
Sonia sacó una libreta de cheques del bolso y rellenó uno por el importe acordado poniendo la fecha del 30 de junio y cruzándolo. Aún no había terminado de guardarlo Lorenzo cuando Arturo echó mano a la bolsa más pequeña y salió tan campante de la cafetería camino del coche. Lorenzo pagó las consumiciones y salió detrás de Sonia con la bolsa más pesada otra vez. Arturo había dejado abierto el maletero y estaba sobre el volante de un Opel Kadett descapotable con el motor en marcha y la radio a todo volumen. Sonia dejó su bolsa y entró dócilmente cuando él le abrió la puerta desde dentro. Lorenzo, por fin, cerró el maletero y fue a despedirse de la pareja por la ventanilla que Sonia estaba bajando en aquel momento. Arturo puso el codo sobre el volante y se arrascó la mejilla con el dedo gordo sin dejar de mirar a Lorenzo. Luego pasó el otro brazo por los hombros de Sonia cuando ella se disponía a esbozar unas palabras de despedida. Al sentir el brazo sobre los hombros, calló y miró hacia el suelo haciendo una mueca de hastío.
- ¡Que tengas buen viaje! -le deseó a Lorenzo con una sonrisa escéptica.
- Hasta la vista -respondió Lorenzo separándose de la ventanilla.
- Hasta siempre -respondió Arturo al tiempo que emprendía la marcha haciendo chillar ruidosamente las ruedas del coche.
Lorenzo dejó bajo un chorro de agua corriente el tanque de revelado con los 2 carretes dentro cuando escuchó el ticlineo del teléfono desde la cocina. Acababa de sacar el fijador y estaba a punto de introducir el baño eliminador de hiposulfito.
- ¿Qué haces? -le preguntó una voz de mujer.
- En este momento estoy terminando de revelar unos carretes... ¡Sonia! -exclamó Lorenzo mirando uno de los 2 relojes que llevaba en la pulsera: con uno medía los tiempos de revelado, con el otro el paso las horas-. Pensaba que no te iba a volver a oir nunca más ¿Dónde estás?.
- En un hotel. Sola.
- ¡Vaya! -exclamó Lorenzo y calló.
- ¿No me cuentas nada? -preguntó ella.
- He estado contándote cosas todo el día. Creo que he agotado mi repertorio.
- ¿Qué tal han quedado las fotos?.
- Aún no he visto los negativos. Falta un último baño y lavarlos durante unos 15 minutos. Después los tenderé a secar. Si quieres, te llamo cuando los vea.
- Quiero verlos yo.
- Pues tienes que venir aquí.
- ¿Cómo?.
- En taxi. O en tren: hay una línea de cercanías desde la estación de Atocha y autobuses desde Carabanchel Alto y el metro de Oporto. Si vas a vivir en Leganés, te vendrá bien ir conociendo los medios de transporte colectivo.
- No te pregunto que cómo voy, sino que qué digo.
- ¿Has cenado?. Pues sal a cenar. Los que no se pueden mover de aquí son los negativos ni yo hasta que termine el proceso. Ya sabes dónde estoy.
- No te prometo nada. ¡Chao! -y colgó.
Lorenzo se cepilló los dientes, se afeitó y tomó una ducha rápida mientras terminaban de lavarse los carretes. Estaba mirando las tiras de negativos aún en calzoncillos cuando escuchó el chirrido del portero automático. Sonia había venido en taxi. Lorenzo fue a esperarla en la puerta del piso. Vestía unos pantalones negros ajustados, ceñidos en la cintura con un gran cinturón hecho de cadenas doradas de distinto tamaño, una blusa blanca que le dibujaba el busto perfectamente, las mismas botas negras acharoladas que había llevado por la mañana y un collar también dorado, a juego con el cinturón. El maquillaje de los labios le parecía a Lorenzo que lo había bordado. Intentó besárselos en el saludo, pero ella le ofreció ostensiblemente ambas mejillas y le empujó hacia dentro de la casa con una sonrisa en los labios. Se había recogido la larga cabellera pelirroja en una cola de caballo y se había ordenado un vistoso flequillo en la frente. Era otra.
- Sonia, eres el primer caso que conozco de mujer guapa que lo disimula. Si fuera policía y te encontrara por la calle como te he visto llegar esta mañana, te encarcelaría hasta que te pusieras guapa. No hay derecho a que seáis tan pocas y encima algunas os disfracéis de feas.
- ¡Tonto! -exclamó Sonia dándole una palmada cariñosa en el hombro-. ¿Dónde están los negativos?.
Lorenzo metió la mano en un recipiente lleno de agua con mucha espuma, tiró de una de las tiras y la mantuvo en alto. Ambos la miraron en silencio, con las caras y los cuerpos pegados y a veces, con los brazos entrelazados.
- Tardarán un par de horas en secar. Así, en negativo, seguro que no ves nada, pero esta foto -Lorenzo señaló un fotograma en el que se veía a Sonia con los brazos levantados y la mirada ligeramente desviada del foco del objetivo- tiene buena pinta. Y ésta en la que el pelo y la falda parecen una campana, también. Y ésta en la que te estiraste las mejillas con las palmas de las manos, lo mismo. Y también te pillé cuando me enseñaste el culo, ¡y qué culo!: ya verás la foto.
- ¿Qué vas a hacer con ellas?.
- Nada. Te puedo dejar aquí los negativos. Me haré unas copias en estos días para recordarte, pero ha sido un pasatiempo. ¿Tu también lo has pasado bien?.
- Es como si te conociera desde hace mucho tiempo.
- Sí. A mi me ocurre algo parecido. Creo que te había soñado antes de conocerte.
- ¿Te había ocurrido antes?.
- Claro que sí. Y a ti también. Las imágenes que vemos a todos horas, lo mismo las reales que las de la tele, las vallas publicitarias, las revistas y todas, se van quedando grabadas en algún lugar del cerebro de una manera sigilosa pero efectiva. A la mayoría de las personas les rebosan comprándose cosas, aparatos, electrodomésticos, bebidas, ropa y un largo etcétera: los consumistas creen que comprándose el objeto se están comprando el rato de felicidad que han visto en las imágenes. A mi me salen como postales: si tengo una foto del objeto o del suceso, me doy por satisfecho.
- Entonces, ya tienes fotos mías...
- Sí, están aquí y las voy a tender a secar, tu también estás aquí, yo estoy aquí...
Sonia apartó la cabeza, miró a los ojos a Lorenzo y le besó en los labios.
- Espera, que se van a manchar los negativos -Lorenzo colgó las tiras en una cuerda que tenía preparada en la bañera y cuando se volvió para recoger el beso, se encontró sólo.
Sonia había encendido la luz del salón y estaba en posición de hipnotizada ante el dichoso retrato de la mujer con el huevo en la frente.
- ¡Vas a desgastar el cuadro de tanto mirarlo!.
- Vístete, por favor. Soy una señorita -dijo Sonia mirando hacia los calzoncillos de Lorenzo, que parecía haberse emocionado.
- Creo que puedo desquitarme de la comida enseñándote un sitio fantástico -propuso Lorenzo-, pero tienes que prometerme que nunca llevarás a tu novio. Por cierto, ¿sigue siendo tu novio?.
- Nos hemos enfadado cuando me ha ordenado que me quedara sola en el hotel. Fíjate: venir a Madrid para estar encerrada en la habitación de un hotel. Le he dicho que me iba a ir por ahí toda la noche. Estoy asustada.
- ¿Te ha pegado?.
- ¡No!. ¡No habrás pensado que me pega todos los días!.
- Pues aunque sólo te haya pegado una vez, que se le caiga el huevo de la frente a la mujer del cuadro si le enseñas el sitio al que te voy a llevar a cenar esta noche. La violencia con una mujer o con los niños es lo peor que puede hacer una persona, peor aún que la violencia misma.
- ¡Hablas demasiado!. ¡Vístete y llévame a cenar a un sitio mejor que el de la comida!.
- ¡Ni me lo recuerdes! -respondió él palmeándose el estómago.
Lorenzo se vistió rápidamente, rescató a Sonia de la mirada de la mujer del cuadro y salieron de la casa. Atravesaron una calle oscura y bulliciosa. En un lado había bares, en el otro una pared ciega repleta de pintadas. Sobresalían los restos de una contienda entre neonazis y anarquistas; unos grababan sus mensajes con gruesos trazos negros, los otros con pintura roja. En las aceras y en las puertas de los bares había medio centenar de jóvenes de ambos sexos celebrando ruidosamente los suspensos y los aprobados del curso 2000/01. Algunos se habían emborrachado y se estaban revolcando en sus propios vómitos cuando Sonia y Lorenzo pasaron sorteándolos.
En la visera del toldo exterior del Bar La Peña, se leía: "el auténtico conejo al ajimoroji". Era un bar como muchos que hay, con la barra de chapa de zinc y el suelo lleno de papeles arrugados, colillas y palillos. Tras una marquesina de aluminio que había al final de la barra salían de tiempo en tiempo grandes llamaradas: eran los conejos flambeándose. Detrás de la cocina había un salón decorado con murales de escenas de caza, hechos probablemente por algún socio de la peña de cazadores aficionado a la pintura. Aunque el salón no estaba lleno, sí había varios grupos de comensales celebrando ruidosamente cumpleaños, despedidas de soltero o reuniones sociales por cualquier motivo.
- Buenas noches, don Lorenzo y compañía -les saludó el camarero-. ¿Lo de siempre?.
- Eso ni se pregunta -le respondió Lorenzo y esperó a que se marchara para encararse con Sonia:-. ¿Cómo se te ha ocurrido llamarme?.
- Soy una especie de improvisadora nata.
- ¡Aprety woman! -exclamó Lorenzo.
- ¿Qué?.
- La frase que has dicho es de la película Pretty woman. Se la dice Julia Roberts a Richard Gere cuando están en el hotel: yo también la he visto.
- ¿Y qué tal los preparativos del viaje? -le preguntó el camarero a Lorenzo al extender sobre la mesa un mantel de papel y dejar una pila con los platos, los cubiertos y las servilletas mas una panera con una barra de pan sin cortar.
- Cada vez me queda menos aquí. Esta señorita va a ser la nueva inquilina del piso. Si le gusta la cena, vendrá más veces.
- ¿Qué has querido decir antes? -preguntó Sonia cuando se fue el camarero.
Lorenzo, que conocía la ceremonia, se guardó la respuesta hasta que el camarero depositó sobre la mesa una ensalada de lechuga, tomate y cebolla y los vasos y las botellas de vino y casera de rigor.
- Sonia, no te enfades. Yo también lo hago. Todos lo hacemos.
- ¿Qué es lo que hacemos todos?.
- ¡Me encanta cuando te impacientas! -exclamó Lorenzo-. Todavía recuerdo lo de la nube marrón, cuando aún no sabías lo que era y estabas preocupada, o cuando estábamos junto al jukebox y yo creía que no habías visto nunca uno igual: se te dilatan las pupilas y parece que los ojazos te van a estallar.
- ¡No te enrolles!. ¿Qué has querido decir exactamente, que soy una peliculera?.
- Tu, yo y todos somos unos peliculeros, repetimos como loros lemas y frases enteras que hemos oído y visto en la televisión, en la radio, en los periódicos... Yo pienso que el verdadero problema contemporáneo es la hipocresía.
El camarero, finalmente, dejó sobre la mesa una fuente alargada llena de trozos de conejo y casi un dedo de salsa aceitosa que desprendía un apetitoso olor a carne asada. Sonia se apartó una tajada con sus cubiertos en un plato pequeño.
- ¡No pensarás comer conejo con los cubiertos! -dijo Lorenzo cogiendo una tajada con la mano-. Entonces sí que me lo como yo todo. El plato pequeño es para los huesos y aquí todos comemos con las manos. Lo mejor es la salsa: como te descuides, soy capaz de mojar entera la barra de pan.
- Ibas por la hipocresía: sigue.
- Hoy, hasta un niño de 3 años puede soltar un discurso sobre la amistad, sobre el amor, sobre la solidaridad o sobre lo que quieras, que te puede dejar pasmado. Personas que no saben leer ni escribir y que apenas pisan la calle, y cuando la pisan van mirando al suelo, se atreven a decirte cómo tienes que vestir y qué tienes que decir en reuniones de trabajo con personas que no conocen y en sitios que ni se imaginan porque no se parecen en nada a los personajes y a los decorados de la tele y el cine.
Ambos comían con apetito y destreza, compitiendo por las mejores tajadas y dándose manotazos cuando invadían la zona de salsa contraria mojando pan.
- Yo tengo una percepción distinta de la realidad -continuó Lorenzo- por mi trabajo de fotógrafo. Es como una deformación profesional. Las noticias que salen en los medios de telecomunicación las han masticado, digerido y cagado (con perdón, que estamos comiendo) unos periodistas a partir de unos teletipos, unas llamadas telefónicas y unas imágenes que han caído sobre su mesa; los fotógrafos tenemos que ir necesariamente a los sitios. Yo mismo he estado varias veces cerca de políticos, artistas, escritores y todo tipo de personajes y apenas recuerdo una sola de las frases que han dicho. Todo el tiempo estaba pendiente de los gestos de la cara, de los movimientos de las manos, de las personas que tenían a su alrededor... Hace un par de meses, cuando dejé de trabajar y empecé a pasar mucho tiempo en la casa preparando el viaje, también empecé a ver mucha tele. Tenía bastantes películas grabadas, hacía zapping buscando cosas extrañas o simplemente bajaba el volumen y encendía en equipo de música: realmente, la tele es la lámpara más bonita que se ha inventado hasta la fecha. Fue entonces cuando me di cuenta de que, a diferencia de la gran mayoría de personas que conocía, me fijaba mucho más en los actos que en las palabras. Hasta entonces había luchado contra la hipocresía: cuando descubría a alguien cuyos actos no se correspondían con sus palabras, me separaba de él, lo borraba de mi agenda, por decirlo de alguna manera. En el momento de la verdad, los hipócritas no valen para nada: te dicen que son neutrales, que se llevan bien con todo el mundo, que se lavan las manos todas las noches y tiran de la cadena del water, etc. Entonces, ¿por qué perder el tiempo con ellos?. Ahora pienso que esta abundancia de hipocresía es realmente inconsciencia: preguntarle algo a alguien hoy es como preguntarle qué tal tiempo hace. Puede llover, puede nevar, puede tronar o lo que se le ocurra. Y mañana te cuenta otra cosa. Hay chistes, lemas, anécdotas, refranes y argumentos a favor y en contra de todo y se manejan con la misma inconsciencia, con la misma irresponsabilidad, como si nadie fuera a tomar nota, como si fuera a llegar de inmediato la brisa de aire nuevo para llevarse esas palabras al basurero del olvido.
- ¿Le ha gustado? -le preguntó el camarero a Sonia al traerles unos flanes caseros y recoger los platos donde habían depositado el esqueleto del conejo, sabiendo que Lorenzo no se iría sin felicitar al cocinero, como siempre.
- Ha estado muy rico todo -respondió Sonia encendiendo un Marlboro que había sacado del paquete de Lorenzo-. ¿Admiten tarjetas de crédito?.
- Sí, señorita. Y digo señorita porque sé que don Lorenzo es soltero.
Sonia sacó la cartera del bolso y entregó su Visa al camarero. Lorenzo interpuso su mano decididamente.
- ¡Invito yo!. Por favor, apúntelo en mi cuenta.
- ¡Cóbremelo a mi! -zanjó Sonia cerrándole la boca a Lorenzo con la otra mano-. Cargue también la cuenta anterior de Lorenzo. ¡Todo!. Lorenzo, esto sólo es la mínima parte de todo lo que te debo: sin saber nada de mi, sin conocerme apenas, hoy has hecho algo que he esperado durante toda mi vida, algo con lo que he soñado todas las noches.
- No sé qué es lo que he podido hacer por ti, pero no acepto el pago con dinero.
- Atiende: no quiero que vuelvas a decir la palabra "dinero" en mi presencia. Mi primera idea era regalarte algo para el viaje, algo que llevaras siempre encima para que me recordaras todo el tiempo, un Rolex o una Leica. Pero yo no quiero que te vayas...
- Pero eso ya quedó aclarado...
- ¡Déjame hablar!: he decidido tratarte como a un rey el tiempo que estés aquí. Ese es mi regalo. A partir de ahora quiero que te consideres mi invitado. Estás viviendo en mi casa, entre mis muebles, estás utilizando mi laboratorio de fotografía y puedes quedarte todo el tiempo que quieras ahí o en el sitio que elijas. También quiero que me pidas cualquier cosa que desees.
- ¿Sexo incluido?.
Tras un instante de sorpresa, Sonia denunció con un gesto de hastío la vulgaridad que Lorenzo exhibía en ocasiones y respondió con elegancia: en silencio le enseñó la punta de la lengua entre los labios.
- ¡Acepto! -dijo Lorenzo con presteza-, pero quiero saber qué es lo que he hecho por ti.
- Me has defendido. Y ahora, cállate, por favor.
Sonia encendió otro Marlboro y se lo puso a Lorenzo entre los labios. Miró la punta del cigarrillo, sus uñas y a Lorenzo directamente a los ojos. El camarero trajo el plato con la cuenta para que ella estampara su firma. Sonia firmó y se quedó con la copia entre las manos, la besó y se la enseñó a Lorenzo: sus labios habían quedado tatuados en el papel.
- ¡Quiero esa factura! -pidió Lorenzo estirando la mano.
- La necesito para desgravar impuestos -respondió Sonia escondiendo la mano y estallando en carcajadas-. ¡Vámonos!.
En la calle escucharon un estruendo de cohetes y vieron iluminarse brevemente los tejados y los últimos pisos de los edificios cercanos.
- Es la noche de San Juan. Aquí no hacen fogatas, pero hay fuegos artificiales. Podemos verlos desde la azotea.
- Todos mis futuros vecinos me están viendo sola contigo.
- No te preocupes: tengo buen cartel y además, son buena gente. Se preocupan por el paro y por la limpieza y la seguridad en las calles. Cuando no hay problemas de ese tipo, hablan de coches y de fútbol. En estos bares hay un ambientazo tremendo cuando juegan el Madrid y el Atleti. Y aquí en Leganés hemos tenido un equipo en Segunda División.
Subieron directamente a la azotea. Lorenzo no pulsó el interruptor de las luces de fuera. Las explosiones de los castillos de fuegos artificiales encendían sus caras al dibujar en la pizarra de la oscuridad flores de colores. Lorenzo se pegó a Sonia por la espalda y le acarició las tetas y las caderas por encima de la ropa. Sonia le dejó hacer y se recostó sobre él.
- ¿Pensaste en serio regalarme una Leica? -susurró Lorenzo en el oído de Sonia. Ella metió la mano en el bolso, sacó una caja envuelta en papel de regalo y se la dejó entre las manos.
Durante unos instantes pareció que Lorenzo no sabía qué hacer con la caja. Se fue lentamente hacia la escalera y encendió la luz de dentro. Cortó la cinta adhesiva del envoltorio con la uña procurando no rasgar el papel. Lo apartó íntegro y se quedó en la otra mano con la caja de una Leica M6. Dentro había una maravilla negra, nueva, con un objetivo Summilux 1:1,4/50 mm. Lorenzo se echó la correa al cuello para que no se le pudiera caer al suelo con la emoción y buscó a Sonia con la mirada.
- Está cargada -dijo ella con la cara encendida por la explosión de un castillo de fuego artificial.
- La primera foto va a ser un contraluz de perfil con una explosión al fondo -temblando, Lorenzo se echó la cámara al ojo y cumplió su palabra-. Una vez me despidieron por hacer un contraluz. Llevaba 2 días haciendo un trabajo previsto para 2 meses. Con el dinero que iba a ganar pensaba comprarme una Leica, no tan buena como ésta, que es la mejor...
Lorenzo se echó la maravilla que tenía entre las manos al ojo, encuadró hacia la zona donde explotaban los fuegos de artificio, enfocó a infinito moviendo la uña del objetivo hasta el tope, cuadró la exposición con las flechas guía y pulsó el disparador. Un chasquido de relojería, prácticamente imperceptible, se confundió con la explosión del castillo que aquel momento estalló en el aire.
- ¡Qué maravilla! -exclamó Lorenzo-. Lo que no entiendo ahora es por qué has dejado que tu novio me regateara el precio en la cafetería.
- Él es así. Pero le has puesto en su sitio. Es muy importante para mi lo que has hecho: primero me lo has explicado, luego me lo has demostrado. Ahora quiero que te olvides de Arturo. Si te vas a ir, no es asunto de tu incumbencia.
- ¡Acepto!, pero me parece que he hecho demasiado poco por ti a cambio de una Leica M6. También te voy a dar un cursillo acelerado de fotografía: coge la cámara, sin miedo. Esta maravilla es un diseño perfecto para las manos y para el ojo. Es una caja metálica rectangular a la que se le han hecho 2 orificios. Por el de atrás, una ventana perfecta de 24 por 36 mm., circula la película, un fotograma cada vez que pulsas el disparador. A esa ventana siempre tiene que llegar la misma cantidad de luz, pero no siempre hay las mismas condiciones de luz. ¿Cómo lo solucionan?: poniendo en el orificio de delante 2 dispositivos reguladores. El obturador es como una cortina que permanece abierta durante más o menos tiempo. El diafragma es como un embudo circular que está más o menos abierto -Lorenzo había desmontado el objetivo y le enseñaba a Sonia el funcionamiento de ambos dispositivos-. Dependiendo de las condiciones de luz que haya en el momento de hacer la foto, moveremos estas 2 ruedas hasta que veamos 2 flechas rojas enfrentadas en el visor. ¿Lo ves?: 1/4 de segundo de velocidad de obturación y un diafragma 2. Ahora enfoca moviendo esta uña: cuando se juntan las marcas de luz que hay en el centro del visor, está enfocado. Pulsa el disparador cuando empiece a explotar el fuego. ¡Ahora!. ¡Sonia, has movido la cámara!. ¡Tienes que pulsar el disparador, no aporrearlo!. Contén la respiración y pulsa suavemente. Cuando enfocas bien, te salen las dos flechas y pulsas el disparador en el momento exacto, todas las fotos te salen bien. Es así de fácil. Ahora vamos abajo y te enseño el laboratorio. Espera:
Lorenzo puso las manos sobre los hombros de Sonia y la besó en los labios y en la boca.
- Un beso con babas: se me están cayendo sólo de pensar que tengo una Leica M6.
- ¡Tienes unas cosas! -dijo Sonia separándose de Lorenzo-. Si te ahorraras algunos comentarios vulgares, serías encantador.
- Vamos al laboratorio -propuso Lorenzo un poco avergonzado.
El laboratorio estaba instalado en la habitación que había frente al baño grande. Bajo la única ventana cegada con plásticos negros unidos entre sí con cinta aislante estaban amontonados los cartones, maderas, marcos y cristales que Lorenzo utilizaba para montar fotos. A uno de los lados estaba la mesa con la ampliadora, el reloj, el loro y un farol de luz roja colgado de la pared. En la pared contraria había un tablero alargado sobre 2 borriquetas de madera. Lorenzo echó los líquidos que ya tenía diluidos en 3 cubetas que estaban dispuestas sobre el tablero y enchufó en un alargador el reloj de la ampliadora, el farol de luz graduada y el mismo loro que habían tenido en la azotea cuando hicieron las fotos. Empezó a sonar de inmediato la cinta de ska antiguo que se había quedado a medias en la azotea. "Intensifield Ska" era la única palabra escrita en el cartón de la cinta que le había llegado a Lorenzo de segunda o de tercera mano. Cogió una bata sucísima que estaba colgada detrás de la puerta y agregó unos chorros de líquidos concentrados en cada una de las cubetas.
- ¿Nunca has lavado la bata? -le preguntó Sonia.
- Qué va. Se estropearía la lavadora. He conseguido que se sostenga de pie. Pero no te preocupes, yo me ocupo de la parte del positivado que mancha.
- Quiero hacerlo yo todo: te recuerdo que estás en mi laboratorio.
- ¡Es verdad!. ¡Lo había olvidado!. No sé si tengo un pijama o algo que no me guste por ahí. Vestida así no te puedes acercar a los líquidos. Si te cae una gota de cualquiera de ellos, olvídate de la prenda en la que te caiga. En el armario de mi dormitorio hay camisetas y calzoncillos. Cámbiate. Hay una primera parte, la de cortar los negativos y hacer los contactos que no es nada espectacular. Es mejor que empieces haciendo una foto, tu primera foto.
Lorenzo cortó los negativos en tiras de 6 y los guardó en hojas de plástico expresamente fabricadas para ese fin. Tenía memorizados todos los tiempos de revelado y positivado porque siempre repetía el mismo proceso: variaban las imágenes. Apagó la luz y procedió con tal rapidez que al llegar Sonia, ya tenía las 2 hojas de contacto en el fijador y las estaba mirando con la luz encendida. Ella se había tapado con unos calzoncillos blancos estampados con graciosos elefantitos azules y una camiseta en la que el pintor Dis Berlín había hecho imprimir uno de sus collages. Lorenzo se había resistido a salir a la calle con la imagen de aquella mujer semidesnuda tumbada sobre un racimo de uvas en posición de extasiada sobre su pecho, pero con el tiempo, se había atrevido a usarla con cierta frecuencia y había llegado a ser una de sus preferidas.
- Esa camiseta no es para revelar. Es un original de Dis Berlín, el mismo autor del cuadro de la mujer con el huevo en la frente: sólo existe ésa. Busca una de color amarillo con jeroglíficos egipcios o una que pone "New York": son tan feas que sólo me las pongo para dormir. De todas formas, te voy a ayudar y así te veo las tetas. Me muero de ganas por verte las tetas.
Sonia dejó que Lorenzo la acompañara. El buscó la camiseta amarilla en el armario y se la tendió. Ella se cambió de espaldas, mirándose en un pequeño espejo que había en la pared. El le vio las tetas brevemente en el espejo.
- Es la parte de mi cuerpo que menos me gusta.
- Pues si no me dejas verte bien, no puedo ayudarte.
- Venga, vamos a ver las fotos -le dijo Sonia empujándole hacia fuera de la habitación.
- Señala la que más te guste.
- ¡Ésta! -Sonia señaló decididamente un fotograma en el que aparecía de medio cuerpo con los brazos estirados hacia el cielo. Le daba el sol de pleno en la cara y sus pupilas parecían haberse dilatado aún más con la luz-. Me ha gustado desde el principio.
- Busca en esos plásticos la tira de negativos en la que está la foto. Sácala con cuidado, tocando con los dedos por la parte perforada. Levanta esa manivela de la ampliadora y coloca el negativo en el recuadro del portanegativos. Ciérralo otra vez. Bien, voy a apagar la luz. Enciende la ampliadora con ese botoncito del reloj. Casi está enfocado. Confirma el enfoque moviendo esta rueda. Perfecto. Esta foto necesita unos 30 segundos a diafragma 11 y voy a tener que hacer un tapado para oscurecer el cielo. Ahora pulsa el botón grande del reloj.
Cuando empezó la exposición, Lorenzo arrinconó a Sonia contra la mesa de la ampliadora con los 2 brazos haciendo tapados sobre el haz de luz durante unos 10 segundos. Luego le acarició las tetas y la cintura por encima de la ropa mientras seguía exponiéndose la imagen sobre el papel emulsionado.
- Levanta el marginador y coge el papel por los lados, procurando no tocar la superficie con las yemas de los dedos. Echalo en la cubeta roja y procura que el líquido lo cubra por entero de inmediato.
La imagen de Sonia con los brazos estirados hacia el cielo emergió lentamente. Sonia empezó a dar gritos, saltos y palmas.
- ¿La saco ya?: se está oscureciendo -dijo impacientándose.
- Espera. La luz roja engaña. Todavía está clara. Es un proceso lento. Bien. Coge la foto con la pinza por uno de los lados y déjala escurrir sobre la cubeta hasta que deje de gotear. Ahora échala con cuidado en la segunda cubeta. Es el baño de paro. El proceso de positivado es el inverso al de la toma fotográfica. El papel está emulsionado y las sales de plata que han recibido luz en la ampliadora se oscurecen en el revelador. El baño de paro detiene el proceso y el fijador elimina las sales de plata a las que no ha llegado luz. Levanta la foto con las pinzas, déjala escurrir y métela en el tercer baño. Se te da muy bien. Ya podemos encender la luz. ¿Estás preparada para ver tu primera foto?.
Cuando Lorenzo apretó el interruptor, Sonia enmudeció ante su propia imagen y la miró detenidamente hasta darse por satisfecha sin decir palabra. Lorenzo seguía agarrado a su cuerpo igual que un naufrago se agarraría a un tronco en el mar.
- ¡Me encanta! -sentenció ella-. Es la foto más bonita que me han hecho nunca. ¿Me la regalas?.
- Sí, claro, ésta y todas las que hagamos. ¿Te atreves a hacer una tu sola?.
- Vale, pero sigue metiéndome mano. Me excita muchísimo esta máquina, los papeles, la luz roja, el momento en que aparece la foto, el olor de los líquidos, ¡todo!.
- Parece que has descubierto tu vocación. ¿Me dejas que elija yo la siguiente?.
Lorenzo volteó los papeles que estaban en el fijador y dio un nuevo repaso a los contactos. Pensó en la del culo, pero se decidió por una en la que Sonia se hacía una orla con las manos en la cara. Sacó la tira de negativos en la que estaba la foto y se la tendió.
- ¿Recuerdas el proceso?.
- Sí -Sonia cogió el negativo y procedió con precisión, chistando y dando manotazos a Lorenzo si rechistaba para guiarla. El se pegó a ella por la espalda y le recorrió los muslos y las tetas con las manos. La foto que estaba exponiéndose no necesitaba reservas de luz. Lorenzo siguió a Sonia hasta la mesa en la que estaban dispuestas las cubetas con los líquidos. Con la copia en el fijador, ella misma encendió la luz, volvió a mirar la foto largamente y se preparó para hacer la siguiente junto a la ampliadora-. ¡Dame otro negativo! -le ordenó a Lorenzo extendiendo la mano.
Lorenzo cogió sin vacilar la tira en la que estaba la del culo. Sonia parecía más interesada en realizar el proceso que en las imágenes. Manejaba con destreza los mecanismos de la ampliadora. La luz del sol había redondeado si cabía las 2 partes de un culo que aún en negativo parecía muy bonito. A Lorenzo le encantó ver positivarse la foto con el original al alcance de sus manos.
- ¡Vaya cucu!. ¿No te cansas de hacer fotos?. ¿Quieres que juguemos a otra cosa?.
- ¡Bobo!. Dame otro negativo. Busca la foto que te he hecho yo.
- A mí también me volvía loco todo ésto -dijo Lorenzo al tenderle el negativo a Sonia-. Era mi diversión preferida. Cuando veía por primera vez una imagen que me gustaba, daba saltos y gritos, como tú. Me salvó de vicios peores y aprendí mucho de la vida y de mí mismo, pero ahora prefiero estar en las experiencias: hacerte fotos ha sido una excusa para estar contigo, conocerte más y hablar.
La mirada escéptica de Lorenzo se adivinó en el revelador y en el baño de paro. Cuando encendieron la luz, también se iluminó la mueca irónica que habían dibujado sus labios en el momento de la foto. Tenía los pelos de las cejas desordenados y la única oreja que se le veía era un poco grande. Los otros rasgos faciales eran neutros, ni grandes ni pequeños. En el centro de sus pupilas se dibujaba la silueta de Sonia a contraluz.
- ¿Qué te parezco? -le preguntó a Sonia.
- Tienes cara de ser una persona en la que se puede confiar.
- Puedo poner cara de duro -dijo Lorenzo entrelazando las manos por encima de la cabeza para imitar una esfera y girando la cara para ofrecer su perfil-. Y si te juntas conmigo y me das la mano por arriba, ponemos caras de moneda de 500 pesetas de las antiguas.
- ¡Qué tonto!.
- Sé jugar a más cosas. Venga, la última foto -Lorenzo le tendió el negativo de una de las que le había hecho en bañador con el vestido en la mano.
La foto prometía en el revelador y en el baño de paro, pero cuando Lorenzo encendió la luz, ambos chocaron con la expresión acobardada que tenía Sonia cuando estaba con Arturo.
- No creo que haya más fotos buenas. Una ó 2 que realmente merezcan ser positivadas por carrete es lo habitual. Y si hay una muy buena, como la primera que has hecho, las demás se eclipsan.
Lorenzo cogió una cubeta vacía que estaba apilada contra la pared, la llenó de agua en el baño y pasó todas las fotos a esta cubeta.
- Se tienen que lavar. Ya me ocuparé después de todo ésto. Ahora vamos a jugar a otra cosa.
- Lorenzo, no quiero hacer el amor contigo ahora -le dijo Sonia parándole los pies y enfrentándose con él cara a cara.
- No te preocupes, no soy un violador. Vístete y llama a un taxi. O si lo prefieres, te acompaño en coche hasta que encontremos uno.
- No quiero irme. Quiero quedarme contigo y que me sigas contando cosas. Podemos hacer todo lo que quieras menos el amor.
- ¡Ya te entiendo!: lo que quieres es que no te penetre.
- ¡Qué vulgar eres!. Ya me voy acostumbrando, pero en Soria conozco a pastores que hablan a las ovejas con más educación que tu a mi.
Lorenzo se aspiró ruidosamente la saliva y algunos mocos para apoyar sus palabras:
- Hablo claro y también espero que la persona con la que estoy hable claro. Y no soy un presentador de televisión. Mira: soy de verdad. Tengo piel y unos pocos pelos en el pecho. Y esto de los brazos son venas con la sangre a punto de reventar.
Sonia bajó la cabeza y fue hacia su ropa haciéndole ver a Lorenzo que estaba llegando demasiado lejos con sus exigencias. El se sentó en el colchón que tenía en el suelo del dormitorio y encendió un Marlboro. Además del colchón había un armario, una percha y una silla atestadas de ropa y un pequeño espejo y una fotografía con arcos e inscripciones árabes como únicos elementos decorativos colgados en la pared.
- Sonia, tienes un secreto que te está quemando por dentro. Puedes contármelo si quieres. No vas a ganar nada, pero tampoco puedes perder nada: la discreción es una de las escasas virtudes que según mis amigos y me atrevería a decir que mis enemigos, me adornan. Por si esto fuera poco en estos tiempos, además, me voy de aquí. ¿Sufres por ese novio tan horrible que tienes? -preguntó Lorenzo y para subrayar el recuerdo de Arturo, se aspiró ruidosamente la saliva de la lengua y algunos mocos resecos que tenía en la nariz.
Sonia se dio la vuelta y empezó a gimotear.
- ¡Bestia, no te acerques a mi!. ¡No me toques!. Baja la persiana, por favor -le pidió para ganar tiempo.
- Hace mucho calor.
- Pero nos están viendo los vecinos.
- ¡Qué va!. Así, a oscuras, no pueden ver nada y además, no estamos haciendo nada.
- ¿No tienes cortinas?.
- No, nunca he tenido cortinas. Me gusta la luz, toda la luz. Por las noches, cuando me acuesto y por las mañanas, cuando me levanto, me gusta ver el cielo. Una estrella cruza todas las noches por ahí y la Luna, algunas veces. Una noche tiré un carrete entero desde la cama: coincidieron la estrella de todas las noches, la Luna casi llena y nubes pasando todo el rato. Unas veces parecía un ojo, otras un cangrejo, otras la boca de un pez tragándose una aspirina de canto... ¿No te lo crees? -Sonia se había relajado y empezaba a reír con ganas otra vez-. Conmigo, lo bueno y lo malo es que todo, todo, todo te lo puedo demostrar: tengo fotos. ¡Ni me molesto en mentir!. Todo es como es y punto.
- Baja la persiana, por favor.
- ¡Ya lo tengo!: tu crees en las persianas, en las puertas, en las ventanas, en los candados y en cosas así. Yo no. No tengo nada que ocultar. No escondo nada. De lo que hay aquí, puedes llevarte lo que quieras. Pero no te preocupes: ¿te desnudarás si bajo la persiana?.
Ella se quitó la camiseta y se dejó ver con las tetas al aire. Eran muy bonitas, grandes, bien torneadas y bien dirigidas. Cuando Lorenzo intentó incorporarse, Sonia le volvió a sentar en la cama de un empujón. El se dejó caer hacia atrás. Ella se arrodilló en la cama y con la camiseta anudada entre las manos, le preguntó:
- ¿Entonces, no tienes intimidad?.
- Sí, pero otro tipo de intimidad: la intimidad del pensamiento, de las ideas, del cerebro, un mundo propio. En el ambiente en el que he crecido, he tenido que ocultar mi sensibilidad. Luego, en la Universidad y en algunos de los sitios en los que he trabajado, he hecho lo contrario: ocultar mis orígenes, que vivo aquí y todas esas cosas que dices que debería ahorrarme al hablar. Siempre estoy ocultando algo y a veces lo mezclo todo. Se me escapan palabras y frases enteras inoportunas. Creo que yo veo la vida desde dentro hacia fuera. Soy yo el que mira a través de las ventanas y a veces, alguien me pilla mirando.
- ¿Eres un mirón?.
- Es una manera de decirlo. La única diferencia entre tu y yo es que tu sólo te atreves a mirar la vida a través de una pantalla y yo la miro empezando por la misma realidad. Y a la realidad he llegado a través de la fotografía. ¿Has visto una película que se titula Arrebato, de Iván Zulueta?. Se cuenta la historia de un tipo al que le llegan a poseer las imágenes. Eso nos ocurre realmente a los que nos dedicamos obsesivamente al cine, la publicidad, el diseño, la fotografía, el video o cualquier cosa relacionada con todo esto: llega un momento en que la casa, la cabeza y la vida se nos llenan de imágenes. Al principio es fantástico: el resto de personas se fijan en las cosas que aparecen en las imágenes que nosotros hacemos para comprárselas, llenando su vida de aparatos último modelo que hacen todo tipo de imbecilidades; nosotros nos quedamos en las imágenes y no pasamos de ahí. Pero llega un momento en el que descubrimos que las imágenes son sólo una continuación de la vida, una especie de sucedáneo. A partir de ese momento queremos vivirlas, estar dentro de ellas. Ahora soy un consumista de experiencias. Quiero atrapar todos los momentos de vida que pasan a mi alrededor. Por eso me voy a dar la vuelta al mundo.
Sonia se echó sobre Lorenzo y le besó en las pestañas, en los ojos y en los labios, pero cuando él levantó la mano del colchón, ella se separó y la devolvió a la posición de partida. Luego se tumbó junto a él y siguió acariciándole todo el cuerpo con las manos y los dedos de los pies.
- ¿Has hecho fotos de muertos?.
- ¡Pues sí!. Y de vivos. Y de ladrones. Pero no me gusta hablar de eso en esta habitación. Yo no me lo monto así con las mujeres. De todas formas, he estado en la calle la mayor parte de mi vida, soy de calle. Mi percepción de la realidad es muy real: lo veo todo en directo, pero cuando estoy detrás de una cámara fotográfica no pienso en otra cosa que no sea en hacer bien la foto. Después sí pienso, pero en este momento...
Una gota cayó sobre el hombro de Lorenzo y le dibujó un surco húmedo hasta que se perdió en el colchón. Sonia se dejó caer junto a él, se tocó una lágrima con el dedo índice y le dibujó una línea en el pecho.
- ¿Qué piensas del aborto?.
- ¡Sonia, me hundes! -exclamó Lorenzo abriendo los brazos-. Vale que no quieras follar, ¡vale!, pero sí puedes dejar que me corra a gusto. Me están empezando a doler los huevos. ¿Me vas a preguntar después lo que pienso sobre la virginidad?. ¡Oye: no serás virgen?. ¡Entonces soy yo el que no quiero follar contigo!. ¡Una virgen!. ¡Juá, juá, juá, ay!.
Sonia había agarrado a Lorenzo por los huevos con ambas manos y apretó para que se callara.
- ¡Contesta a mi pregunta!.
- ¡Virgen igual a tonta!, ¡está claro!.
- Eso ya lo sé: hace muchos años que perdí la virginidad. Me refiero al aborto: ¿qué piensas del aborto?.
- Nada especial. Tomo medidas preventivas. En el cajón del armario tengo una caja de preservativos y estoy seguro de que no he tenido hijos. Si por accidente o descuido se me presentara el caso, pues sólo sé que no me escondería, que daría la cara y estaría junto a la mujer, esperando, ayudando y por supuesto, asumiendo y respetando su decisión. No tengo ninguna ideología ni creencias sólidas de ningún tipo, simplemente sobrevivo en la realidad tratando de aprender cosas nuevas. Algunos días me esfuerzo por comprenderlas, pero lo más espiritual que me conozco son las fotografías: de sobra sé que son papeles, pero hay algo más. El tiempo, haya o no haya fotos, es irremediable, luego, mejor tener una foto. ¡Ya es algo!. A partir de ahí, para relacionarte con la realidad, una fotografía te proporciona información. Puedes mirarla con lupa durante todo el tiempo que necesites. Es un buen método de aproximación y de conocimiento de la realidad.
Lorenzo acarició con los dedos los pliegues que la goma de los calzoncillos le habían dibujado en la piel a Sonia. Ella juntó las piernas, pero tras unos instantes de tensión, las volvió a abrir. El le bajó los calzoncillos sin dificultad, notando el suave escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
- Fíjate bien: ahora estamos aquí, cogidos de la mano, desnudos, mirando al techo y hablando. Si no hacemos nada, seguiremos así hasta que nos vayamos. No va a pasar nada. Lo único que perdemos es todo este tiempo que se nos está yendo para siempre sin que lo hayamos vivido plenamente -Lorenzo se incorporó sobre la cama para terminar de desnudarse sin dejar de hablar.
Sonia acarició el pene erecto de Lorenzo con los dedos. Luego se lo besó y lo lamió un poco antes de darle una buena chupada.
- ¡Ay, ay!. Sonia, ¿qué haces?. Mírame. Creo que intentas humillarte a ti misma. Eso, conmigo, no lo hagas nunca.
- ¡Tonto -exclamó ella separándose-: ahora has sido tu quien me ha cortado el rollo a mi!. Déjame: voy al baño -le dijo a Lorenzo quitándoselo de encima cuando él se acercaba en plan conciliador-. ¡Ah!
Lorenzo saltó de la cama como un resorte cuando escuchó el estremecedor aullido de Sonia. Fue corriendo a su encuentro y chocó con ella en el pasillo. Venía huyendo despavorida.
- ¡Cucarachas!.
Sonia se tiró sobre la cama y se tapó por entero con la sábana.
- ¡Hay cucarachas en el baño, por el suelo, en la bañera y por toda la casa!.
- Me has asustado. ¿Tanto miedo te dan los insectos?.
- Los insectos no, ni los animales, ¡pero me muero si veo cucarachas!: ¡las cucarachas son monstruos!.
- En esta casa y en todas hay bichos, pero no hacen nada. Yo ni los veo.
- Me estoy meando. Ve al baño y échalas. Cuando no veas ninguna, llámame. Pero tú te quedas allí conmigo hasta que acabe.
Indiana Lorenzo no encontró rastros de las cucarachas. Las juntas de los azulejos del baño dejaban rendijas por las que seguramente escaparían cuando alguien encendía la luz.
- ¡Sonia!.
- Estoy aquí -Lorenzo se llevó un buen susto al volverse y encontrársela casi encima-. Han huido por esas rendijas de debajo de la bañera.
- Me parece un escándalo que vivan aquí sin pagar alquiler ni nada. A mí, si no pago, me echan.
- No te rías: las cucarachas son repugnantes.
- ¡Y tanto! -dijo Lorenzo sentándose en el borde de la bañera. Sonia estaba meando concentrada, agobiada incluso-. Yo por ahí trabajando como un jilipollas para pagar el alquiler y éstas aquí debajo todo el día, a sus anchas. Seguro que se han montado una pensión y que vienen a verlas cucarachas de otras casas. Pero tú pónselo claro: o pagan o a la calle. Deben estar por toda la casa, en la cocina y hasta debajo de la cama. Y cuando estoy dormido, seguro que echan partidas de cartas sobre mi nariz.
- Bobo -Sonia había terminado de mear. Se limpió apresuradamente y cogió a Lorenzo de la mano-. Ve delante de mí.
- Si quieres, te aupo.
- Sí, por favor.
- ¡Qué poquito pesas! -dijo Lorenzo con gran esfuerzo, procurando equilibrar su posición y sacando fuerzas de flaqueza para mantener la verticalidad con Sonia encima. Nadie podría decir que estuviera gorda, eso nunca, pero su respetable estatura hacía que fuera difícil manejarse con ella encima.
- No entres en el dormitorio. Ve derecho a la habitación del fondo.
Lorenzo encendió la luz, depositó a Sonia sobre el suelo y volvió sobre sus pasos para apagar las luces del baño, el dormitorio y el pasillo.
- Déjame adivinarlo -pidió Sonia: ésta era la habitación del que agujereaba las paredes con el taladro y jugaba con la grapadora de aire comprimido.
Era evidente. Lorenzo había procurado ocultar los agujeros de todos los tamaños repartidos por las 4 paredes con su imaginario particular. La pintura se había ido desvaneciendo hasta un color crema en el que resaltaban todos los colores, especialmente el amarillo, el azul, el rojo y el negro del que estaba compuesto un cuadro que parecía un recorte abstracto practicado en una pared llena de carteles como las que se ven en todas las calles. En las otras paredes se reunían algunas de las imágenes más emblemáticas de la historia ("El miliciano cayendo herido de muerte", de Robert Capa y "El beso ante el Ayuntamiento de Paris", de Robert Doisneau entre ellas) con un sobre de azúcar con una ventana árabe y una palmera recogido en una cafetería, una delicada pluma de ave azul, un trozo de cordón de zapato, pins de coches y cámaras fotográficas, lemas, frases, postales y recortes de todo tipo y procedencia.
Un gran tablero de diseño y delineación de fabricación casera, triturado por las veces que Lorenzo había pasado el cúter para recortar y montar fotos y papeles, una estantería de listones de madera de pino sin barnizar repleta de cuadernos de anillas con los negativos y sus correspondientes contactos, cajas llenas de fotos y revistas y periódicos en las que habían aparecido publicadas y un sillón forrado toscamente con una tela de saldo estampada con extrañas formas de color verde, rosa y amarillo sobre un fondo negro descolorido, ocupaban casi todo el espacio disponible en la habitación.
- El paredón: el de los agujeros ha debido ser el tipo más raro que ha pasado por esta casa. Tal y como una persona normal puede admirar a un pintor, a un director de cine, a un escritor, a un actor o a un fotógrafo, él admiraba a los ricos de nacimiento. Todos los demás, incluidos los que se habían enriquecido a lo largo de su vida o los que habían tenido suerte en los juegos de azar, todos sin excepción, éramos unos pringados. Como hay personas que van a las ferias a que los escritores les firmen su libro preferido y hacen largas colas o gente que quiere ver de cerca a los presentadores de televisión, él nada de eso: se le caía la baba cuando estaba al lado de un rico de nacimiento. Se buscaba trabajos pequeños haciendo cualquier cosa sólo para verlos de cerca. Una noche que le tuvieron ocupado hasta muy tarde y le mandaron a casa en un Mercedes con chófer, me despertó para preguntarme si le había visto llegar y poder contármelo todo.
- ¿No te daba miedo?.
- Qué va: yo siempre he sido pobre. A mí me dan miedo los tipos como tu novio. Esos son los peligrosos. Están acostumbrados a vivir en un mundo muy limitado y en cuanto les tocas algo, ya estás metido en un lío. Este tipo era como yo, sólo que le dio por ahí. Una cosa es no saber lo que quieres en la vida y otra muy diferente es no habértelo planteado siquiera.
Lorenzo se sentó en el sillón y encendió un Marlboro. Sonia permaneció en pie, mirando distraídamente por las paredes, como si estuviera contando los agujeros uno a uno.
- En esta caja de puros guardo las mejores fotos de la casa -Lorenzo sacó de la estantería una caja en la que había escrito en el lomo La Casa del Sol-. La Casa del Sol que, en adelante, será La Casa de Son.
Sonia le quitó la caja de las manos, la abrió y empezó a pasar las fotos ante sus ojazos. Lorenzo la atrajo junto a él y le acarició el vientre, el vello del sexo y las nalgas con las yemas de los dedos.
- Me gusta ésta -Sonia le mostró la imagen de un rincón de la azotea nevado con 3 sillas de plástico caídas en el suelo y una fantasmal torre de la iglesia de Leganés al fondo -Lorenzo asintió con la cabeza y siguió acariciándole las piernas hasta las rodillas. Sonia metió la pierna derecha en la entrepierna de Lorenzo y le acarició el pene con los dedos de los pies-. ¿Me la regalas? -El asintió. Sonia se sentó sobre las rodillas de Lorenzo y cerró la caja en su regazo.
- Sonia, estás temblando. ¿Qué te pasa?.
- ¿A ti no te dan miedo las cucarachas?.
- Hasta ahora no: ¿qué tienen las pobres cucarachas de malo?.
- ¡Son repugnantes!. ¡Dan asco!. ¡Puag!. Me sorprende que te quedes indiferente sabiendo que hay cucarachas en tu casa.
Lorenzo se quedó pensativo antes de responder:
- Son animales domésticos, como los gatos, como los canarios. Hay cucarachas en todas las casas y en ésta se lo deben pasar en grande: con todos los agujeros que hay por las paredes, no deben parar en toda la noche. Pero eres la primera persona de las que he conocido que se ha indignado tanto.
- Tengo miedo: las cucarachas me traen malos presagios.
- ¿Qué te ocurrió la última vez que vistes cucarachas?.
- Fue es Soria, hace un mes. Yo estaba en una disco cuando de repente una cucaracha me pasó por la punta del zapato. Me mareé y apenas recuerdo nada de lo que ocurrió después, pero no fue nada bueno. ¡Se me está ocurriendo que si ahora vuelvo a emborracharme me acordaré de todo!.
- ¡Si hay algo que me revienta -exclamó Lorenzo quejándose porque los porteros del T. Rex le habían retenido en la entrada y sólo le franquearon el paso cuando Sonia volvió y le entró de la mano- es que no dejen pasar a los tipos normales como yo en antros como éste!. Seguro que está lleno de mafiosos iraníes y de modelos y fotógrafos que aún no han debutado en ningún trabajo remunerado.
- Fuiste tu quien te empeñaste en acompañarme.
- Sonia, no podía dejarte marchar sola en esas condiciones. Y además, nunca había venido a este sitio. ¿Tu vienes mucho por aquí?.
- Sí, siempre que estoy en Madrid, ceno en T. Rex y me quedo un rato en la discoteca escuchando lo último en música. Ven, sígueme, vamos a la Piscina. Es por esa escalera de la derecha.
Uno de los relaciones del T. Rex saludó a Sonia y le ofreció un papel de un taco que llevaba.
- Dame otra invitación para mi amigo -le pidió Sonia.
- Parece un hombre de otro siglo -le dijo el relaciones al oído refiriéndose a Lorenzo-. ¿De dónde lo has sacado?.
- ¡De Leganés! -respondió Sonia-. Lorenzo, por favor, pide un par de cervezas con estas invitaciones y espérame sentado en aquellas gradas del fondo. En seguida estoy contigo. ¿Tienes algún mensaje para mi? -le preguntó después al relaciones.
- Ha estado esperándote 2 horas. Se ha ido al Vips a comer algo y a ver los periódicos de mañana. No creo que tarde en volver.
Lorenzo pidió un par de cervezas en una de las barras de la discoteca y tomó asiento en una pequeña sala situada en un nivel más bajo, con gradas de cemento por los 4 lados, en la que había habido una piscina cubierta cuando aquel edificio era un convento. En el centro de la sala había una mesa de billar y una pequeña barra en una esquina. De todas las personas que andaban por allí, 4 estaban jugando al billar y los demás miraban y eran mirados.
- Casi todos los que hay aquí son modelos que trabajan en Madrid -le explicó Sonia a Lorenzo cuando vino a sentarse junto a él-. De muchos te sonarán las caras por haberlos visto en las revistas y la televisión.
- ¿A quiénes conoces?.
- Prácticamente, a todos. Es una relación muy curiosa: nadie sabe nada de nadie, a veces ni el nombre, pero todos nos conocemos de vista.
- ¡Qué pintoresco es el tipo con el que has hablado!. Es americano.
- ¿Cómo lo sabes? -preguntó Sonia un tanto sorprendida.
- Sé mirar. A los americanos se los distingue fácilmente porque dejan colgar las manos sobre las caderas con las palmas vueltas hacia fuera, un rasgo que los diferencia del resto de los humanos.
- Se llama Oliver y es de San Francisco. Es modelo.
- ¡Dice que es modelo!. Y si fuera más feo diría que es fotógrafo o que está estudiando para ser director de cine. Me los conozco a todos estos.
- Oliver también me ha comentado tu aspecto. Dice que pareces un hombre de otro tiempo.
- ¡Pero si yo visto de uniforme!. Mi aspecto es pura estadística: mis zapatos son del modelo que más se ve en la calle, siempre negros y no digo nada de los calcetines de rombos, los pantalones son unos Levi's y tengo 4 ó 5 pares más en diferentes fases de desgaste, esta camisa de estrellas y la de Dis Berlín que tú querías ponerte para positivar, son las más llamativas que tengo y a gran diferencia de las demás. Sólo me las pongo en ocasiones especiales. Mis colores preferidos son los descoloridos: son los que mejor reciben y reflejan la luz. Procuro no engordar ni adelgazar y cuando voy a la peluquería, pido que me hagan un corte de pelo normal. Intento pasar desapercibido y me encantaría ser invisible.
- Por eso eres tan raro: todos queremos que nos miren y tú quieres ser invisible.
- ¡Pues todos contentos!. Nunca he tenido problemas en la calle, no me han intentado robar ni se han formado corros a mi alrededor. Y yo me paro en todos los corros que se forman en la calle, en todos.
- ¿Cómo haces para conocer a otras personas?.
- Mi problema es cómo hago para que no me conozcan, pero como es imposible vivir sin conocer a nadie, miro mucho, me fijo en los gestos y en lo que hacen antes que en lo que dicen; si tengo la oportunidad de conocerlos, les doy la iniciativa y ventaja y si me gusta algo de lo que hacen, sigo la relación. Tengo muy buenos amigos. Con las mujeres es diferente. Si alguna me gustara aquí, por ejemplo, le daría un pisotón. Todas las mujeres que hay en esta sala llevan zapatos que les hacen daño. Me disculpo y si me gusta la respuesta, sigo. Es muy fácil. Hay otras que llevan lentillas y en este momento, lo que más desean es que alguien se acerque a ellas y les proponga salir fuera a tomar el aire. A ti te he propuesto hacer fotos. Si me hubieras dicho que no, fin, se encienden las luces de la sala y a otra película.
Sonia movía la cabeza de un lado a otro, como no dando crédito a la osadía de Lorenzo, pero sin parar de reír. Le miraba y estallaba en carcajadas. El continuó hablando y hablando y hablando.
- Las mujeres americanas son más difíciles de distinguir porque suelen tener los modales más educados que los hombres, pero cuando se descuidan, ponen poses de macho, con las puntas de los pies y las piernas un poquito abiertas, las rodillas tiesas y los hombros echados hacia atrás. Una americana típica es aquella del rincón, la que está bajo la pantalla de televisión. Lleva una gorra que casi le tapa los ojos, pero fíjate en sus gestos y en la posición de las piernas: si no se pintara los labios, podría hacer anuncios de Marlboro.
- Tienes una mirada demasiado cruel.
- ¡Qué va!. Tengo una mirada real. Al hacer fotos, aunque entre mi cabeza y lo que fotografío haya una cámara por medio, estoy en contacto con la realidad. Y lo más importante: la realidad que nos llega a través de los medios de telecomunicación está endulzada. Yo, como fotógrafo, tengo que endulzar lo que veo si quiero venderlo. Pero no sólo se endulzan las imágenes, también se endulzan, y mucho, las palabras. Pero eso no quiere decir que la realidad sea amarga. Unas veces es amarga, otras dulce, otras salada y la mayoría, insípida: es real.
- Esto es mejor que la tele -continuó diciendo Lorenzo-: entre quedarme en casa mirando la pantalla y venir aquí y mirar la realidad, prefiero venir aquí. Y además, este me parece uno de los ambientes más logrados de Madrid. Los ambientes me gustan tanto como el clima, la luz y el tiempo; son como el resultado de todo esto junto y además, con personas. Fíjate en el humo y en las voces roncas: todos estamos aquí y ahora, estamos vivos y juntos, mirando y haciendo cosas. Se está bien. ¿Estás más tranquila?.
- Lorenzo, alguien está intentando llamar tu atención.
- ¿Aquí?, ¿dónde?.
- ¡Allí, en la escalera!.
- ¡Vaya, el que faltaba!. Ahí lo tienes: el auténtico As del Taladro, el verdadero Rey de los Agujeros, Mister Nudos. ¡Y aún se atreve a mirarme el muy...!. Haz como si no lo vieras. Mira para otro lado.
- ¡Qué guapo es! -exclamó Sonia mirándome de soslayo-. Anda, Lorenzo, cuéntame cosas de él.
- ¡No me digas que te interesa ése..., ese lameculos de ricos de nacimiento?... Se llama García y normalmente te lo puedes encontrar pescando gambas en las nubes y en sitios así. Una vez me dijo que era un mago y que había conocido a un hada que le concedía deseos. ¡Imagínate!. En realidad es un fotógrafo fracasado, un escritor fracasado y a estas alturas debe ser también un detective fracasado. ¿Recuerdas lo que te conté de una estrella que recorría las habitaciones de la casa?: ¡pues García creía que se había enamorado de él y que pasaba por allí sólo para verle!. Se fue de la casa con el pretexto de que viviendo en Leganés no te comías nada como fotógrafo, pero en realidad se fue por culpa de la estrella: ¡García creía que era celosa y que por eso no ligaba!. ¡Imagínate!. ¡Pues no duró ni un año fuera!. ¡Le echaron de un estudio que compartía en Madrid y se lo robaron todo!. Yo, que ya le había advertido que la gente con la que se asoció eran mala gente, que eran como de otro mundo, tuve que recogerlo en la calle y traerlo otra vez a la casa.
- ¡Qué raro!. Se le ve tan seguro, tan dueño de sí mismo...
- ¿García?. ¡García es un cobarde!. En el momento de la verdad, se arruga. ¡Hasta yo le he plantado cara!. Aunque parece que ya sabe evitar el peligro. ¡Mira cómo no se atreve a venir aquí!.
- ¡Qué estilo tiene!. Es muy elegante.
- ¡García es un pintamonas!. Sólo tiene ese traje y se lo pone todas las veces que sale. ¡Tenías que haberlo visto en la casa!. Allí no tenía que hacer otra cosa que escribir, que es lo que decía que quería hacer: ¡pues se tiraba todo el día tumbado en el sofá viendo la tele!. ¿Y lo que más le gustaba?: ¡el fútbol!. Se compraba una bolsa de pipas, una litrona y veía hasta los partidos amistosos y de ligas extranjeras que dan a todas horas. "¡Tronco!", le decía yo, "¿cómo vas a ser escritor si no escribes?. ¿Por qué no te buscas otro trabajo?". A mi no me molestaba en la casa. Limpiaba, cogía llamadas de teléfono, cocinaba y de vez en cuando enviaba su curriculum a alguna de las ofertas de trabajo que yo le recortaba de los periódicos. ¡Pues van y le llaman de una agencia de detectives! García es un manitas de las telecomunicaciones. Cuando estaba en la casa tenía perfectamente sintonizados todos los canales de tele y el video, memorizó las emisoras de radio en el equipo de música y hasta me enseñó a manejar el mando a distancia del contestador automático, que es algo que yo nunca había logrado entender. En la agencia de detectives le tenían poniendo y quitando micrófonos y cámaras ocultas, pinchando teléfonos y cosas así. ¡Y en cuanto empieza a ganar dinero y piensa que ya no me necesita, va y me dice que se aburre conmigo y que prefiere funcionar sólo!.
- ¿Y qué hiciste?.
- ¡Le eché expeditivamente de la casa y le dije que no quería volver a verle hasta la próxima reencarnación! García es de ese tipo de personas que ocupan un tiempo y un espacio en la Tierra que de ninguna manera se merecen. Es otra de las razones por las que quiero irme a dar la vuelta al mundo: huyo de fantasmas como García. Al principio son divertidos, juegan a parecer más listos, más guapos y más altos que los demás, pero ahora ya nadie se cree nada y lo que es peor, a nadie. Prefiero irme a la aventura antes que seguir perdiendo el tiempo en este teatro con actores falsos y mentirosos como García que sólo te buscan para sacarte lo que pueden. Me he descompuesto. Voy al servicio.
Esperé a que desapareciera Lorenzo y me acerqué a Sonia.
- ¡Señorita Larra! -le dije-: ¿quiere hacer el favor de explicarme qué hace aquí Lorenzo?.
- ¡No me grite, García, no me grite!. Dígame lo que me tenga que decir, que estoy impaciente. ¿No me había dicho que Lorenzo era amigo suyo?.
- ¿Es que no entiende que si Arturo la encuentra con Lorenzo, lo más probable es que se peleen entre ellos y nos estropeen el plan?; bueno, atienda: se han complicado enormemente las cosas; Arturo ha hecho venir a gente de Soria para buscarla; ahora están en Leganés; ¡tiene que ganar tiempo para que Lorenzo no se encuentre allí con ellos!; entreténgalo...
- ¿Que lo entretenga?: ¡pero si no para de hablar!.
- Ya le dije que era un poco pesado, pero si Arturo encuentra las fotos, lo más probable es que pierda los estribos y cometa algún fallo; todo está endiabladamente retorcido ahora, pero al final, lo que era una manera de tenerla escondida, puede resultar decisivo; pero a Lorenzo no debe pasarle nada; ¡nada!; dentro de un rato sepárese de él y asegúrese de que vuelve a la casa y no la sigue; pídale que aplace su viaje unos días, aunque tenga que ofrecerle dinero; si Arturo rompe algo en la casa, Lorenzo puede ser un testigo perfecto; ¿y qué me dice de su poder revelador?.
- ¡Tengo la cabeza tan ocupada en mi propio lío que no me cabe otra cosa!. No me he enterado de nada de lo que me ha contado, pero Lorenzo es gracioso; tan ingenuo y tan bueno. Creía que ya no quedaban personas así en el mundo. ¡Ahí viene!.
- ¿Qué pasa, tronco -me dijo Lorenzo agarrándome amenazadoramente por el hombro-, que ya hueles de lejos a los ricos de nacimiento?.
- ¡Anda, pesado! -le dije apartando su mano y dándole la espalda.
- ¿Cómo habrá descubierto este lameculos que tu eres una rica de nacimiento?. Porque tu, Sonia, eres una rica de nacimiento... Pues ahí tienes a un lameculos.
- Lorenzo, estás muy alterado -le dijo Sonia tratando de tranquilizarlo.
- ¡Si hay algo que me revienta es un tipo que dice que soy un pesado! -exclamó Lorenzo totalmente encolerizado y fuera de sí.
Las partidas de billar se animaban a medida que iban desapareciendo las bolas. Los jugadores se palmeaban las manos y se animaban unos a otros. Entre los espectadores crecía o decrecía el alboroto dependiendo de la calidad de los jugadores y de las jugadas.
- ¿Qué piensas de mi aspecto? -le preguntó Sonia a Lorenzo par