- La entrada -anunció Lorenzo Rodero a la pareja candidata a alquilar la casa en la que él estaba recogiendo sus pertenencias cuando metió la llave en la cerradura de una puerta de aluminio que desembocaba sin tregua en la calle. Las puertas de los contadores de la luz y del agua, la de un trastero habilitado en el hueco de la escalera y una más que comunicaba con una dependencia contigua y que tenía aspecto de estar condenada también eran de aluminio-. En el bajo y en el primer piso del edificio hay un taller de aluminio -redundó Lorenzo.
- ¿Mete mucho ruido? -preguntó Arturo deteniéndose de repente en el umbral, como si fuera a dar media vuelta para marcharse.
- Sobre ruidos no opino, lo que no soporto es el silencio. Me tranquiliza oír el paso de los trenes a lo lejos o el de los aviones que hacen la maniobra de aproximación para aterrizar en la base aérea de Getafe o el runrún de los motores de los coches o el zumbido intermitente de la nevera e incluso el de la fragua del taller de aluminio de abajo durante el día. Cuando se callan tengo que conectar la radio para tranquilizarme -sentenció Lorenzo levantando la mano derecha como un orador clásico.
- ¿Es una zona peligrosa? -preguntó Sonia.
- Supongo que como las otras menos algún que otro domingo y cuando llega alguna banda con salud muy resistente a mear, a vomitar y a todo a la vez. Cuando pasan sobrios rompen los retrovisores de los coches y si son muchos, arrancan la señal de tráfico de la esquina. ¡Anda, si no está! -se sorprendió Lorenzo mirando por la ventana del primer rellano de la escalera hacia el lugar que debería ocupar la señal-. Mejor así: siempre estaba en el suelo. La escalera -dijo Lorenzo continuando la marcha- es parte de la casa.
Las paredes habían sido pintadas de color amarillo patito cuando construyeron el edificio y las rozas para sepultar cables que se hicieron después de la primera mano de pintura habían quedado grabadas en las paredes como cicatrices de yeso sucio. En los salientes horizontales que cubrían las vigas debía haber motas de polvo de todos los años pasados desde que lo construyeron.
- Aquí no hay puertas -observó la mujer en el rellano del primer piso.
- El primer piso forma parte del taller y se entra desde la nave. La escalera es parte de la casa. por eso la tengo llena de cachivaches -Lorenzo señaló los trozos de madera, los tubos y las cajas de cartón apilados en los rellanos-: no hay vecinos.
- ¡Está todo lleno de polvo! -chilló la joven mujer. A continuación pasó el dedo índice por la barandilla y lo enseñó para resaltar la repugnancia que parecía producirle el polvo. Su acompañante ya había sacado del bolsillo un pañuelo con el que ella se limpió el dedo cuidadosamente.
- Como me voy, lo tengo todo abandonado, pero no siempre ha estado tan lleno de polvo -se justificó Lorenzo-. Seguid subiendo. Primero os enseño lo mejor:
Lorenzo les invitó a salir a la azotea delante de él.
JP Clemente | apartado 271 | 28910 Leganes Spain | www.tirapocket.info | gracias | merçi | tanks