¿CÓMO NOS AYUDAN LAS LÁGRIMAS?
Artículo de Isabel Menéndez, psicóloga - Revista Mujer de hoy nº 200 - 8 a 14 de febrero de 2003
Con el llanto nos relajamos, expresamos los sentimientos que nos desbordan y eliminamos lo que nos sobra.
La pena, la rabia, la felicidad o el dolor son, entre otros, los sentimientos que se encuentran tras las lágrimas. Se llora por emociones diversas y contradictorias. El llanto es una forma de aliviar las tensiones internas. Nos ayuda a relajar los sentimientos que nos des-bordan y responde a la tendencia de nuestro organismo a eliminar lo que le sobra: en este caso, sentimientos que se somatizan a través del llanto y se expulsan a través de las lágrimas. Por eso llorar es una medicina para el espíritu, aun-que se puede convertir en un arma dirigida hacia otro. El llanto es una forma de constatar que estamos vivos.
Las lágrimas son la primera expresión del ser humano cuando llega al mundo. Constituye también una de las principales maneras que el bebé tiene de expresar el dolor, el hambre, la rabia o el desamparo. Se trata de una manifestación vital que nos pone en comunicación con otro, otro que nos va a escuchar y a resolver nuestras necesidades. Alrededor de esta manifestación quedan enlazadas experiencias muy primarias que pueden repetirse a lo largo de la vida. Por ejemplo, hay personas que lloran enseguida y otras que no se permiten una lágrima ni en los momentos más dolorosos. Entre las primeras, están las que hacen una montaña de un grano de arena. Pero esta exageración no es voluntaria. Se produce porque la situación actual se enlaza a otra ya vivida o imaginada. Las emociones no dichas se acumulan y se suman a las presentes estableciendo enlaces de los que el individuo no es consciente. La víctima sufre y llora porque no puede dominar la situación. De esta forma, las personas muy lloronas pueden estar dominadas por una escena inconsciente donde siempre ocupan el lugar de la víctima para no asumir su agresividad, colocándose en una situación pasiva, lo que las libera de sentirse culpables. Se hallan enredadas en fijaciones infantiles que no las dejan crecer.
Leonor era muy llorona, no lo podía evitar. Uno de los sitios donde mejor y más a gusto derramaba sus lágrimas era en el cine. Los dramas le encantaban porque así lloraba por los conflictos ajenos. Se identificaba con facilidad con los personajes que sufrían. En el desamparo afectivo de otro siempre encontraba algo propio. Últimamente estaba pasando una mala racha. No sabía qué le pasaba. A veces pensaba que estaba deprimida, pero no sabía por qué. Lloraba por cualquier cosa: cuan-do discutía con su pareja, cuando su hija le contestaba o le decía que era un poco pesada... Todo lo traducía en que no la querían. Se sentía herida y con frecuencia ocultaba la cara para que no vieran sus lágrimas. Tenía fama de mujer sensible, pero, a veces, ella pensaba que no se trataba de eso, sino que no estaba bien preparada para la vida, es decir, que más que sensible era débil y que exageraba demasiado cualquier muestra de desafecto porque necesitaba demasiado que la quisieran.
El padre de Leonor era un hombre encantador, pero que se sentía fracasado. Cuando su hija tenía cuatro años, su negocio se vino abajo y se arruinó, lo que marcó la historia familiar. De aquella época, Leonor recuerda ver llorar a su padre en más de una ocasión. Su primera infancia estuvo jalonada de varias separaciones afectivas que marcaron su psiquismo con una fragilidad excesiva para soportar cambios o sepa-raciones. Si en los primeros años de la infancia se sufren separaciones de la figura materna o de su sustituto, el bebé experimenta un desamparo que le conduce a tener una intransigencia fuerte ante los cambios afectivos. John Bowlby, que estudió los efectos patológicos que sobre los niños tiene la pérdida de la figura materna, asegura en "La separación afectiva" (Ed. Paidós) que una separación prolongada o que se repite durante los tres primeros años puede ocasionar dificultades en la forma de establecer relaciones afectivas que se prolonguen de forma indefinida.
Lo que le ocurre a Leonor es que vive los enfrentamientos con su hija adolescente como una separación afectiva. Lo que Leonor siente en los enfrentamientos con su propia hija es que pierde a la niña, lo que es cierto, ya que su hija está dejando de serlo. Ahora que se hace mayor no puede evitar sentir otra vez aquel desamparo, y entonces se identifica con su padre para eliminar la rabia que le produjo verle caído del pedestal en que le había colocado su mente infantil. Con frecuencia siente que pide demasiado y que a veces el llanto es una forma de rechazar no sólo sus debilidades, sino también las ajenas.
Los hombres no lloran
Las lágrimas son un modo de expresión y de descarga emocional asociado al
género femenino. Las mujeres lloramos más que los hombres. ¿Dónde está el origen de
esta diferencia? Hay una transmisión cultural en la que ellos reciben la prohibición de
llorar y las mujeres el permiso para hacerlo. La idea de que llorar "no es cosa de
hombres" les hace reprimir esta manifestación porque ataca a su identidad.
Pero esta transmisión cultural también se enlaza con las características psicológicas del proceso de maduración infantil. Para un niño de tres o cuatro años no representa lo mismo ver llorar a su madre que a su padre. El llanto de una madre les puede producir tristeza, pero el de un padre les produce terror. Es miedo al desamparo, porque en esta época el niño se separa de la madre apoyándose en un padre que él ha construido en su cabeza y que siempre es fuerte. El hijo acepta las debilidades del padre cuando ha crecido, pero no cuando es pequeño.
Cómo controlar las lágrimas
Si tienes mucha facilidad para llorar, es probable que en la educación sentimental que
recibiste te hayan escuchado más cuando llorabas. Esta actitud de tus mayores ha hecho
que utilices las lágrimas cuando necesitas apoyo emocional. Pero puede que te encuentres
en un momento un poco especial y en el que te resulta más difícil controlar tus
lágrimas. En este caso, intenta lo siguiente:
- Piensa en las veces que has superado momentos difíciles y recuerda que, si quieres, puedes dejar de llorar.
- Busca los sentimientos que te hacen sentir mal y conéctalos con algo del pasado. De esta forma podrás entenderlos mejor.
- Reflexiona sobre si los pensamientos que te hacen llorar no son hasta cierto punto una forma de castigarte a ti misma.
- Investiga si las lágrimas esconden rabia por no haber sabido enfrentar una situación.
- Recapacita sobre los verdaderos motivos. Si los utilizas como un chantaje emocional dirigido a otro, debes saber que se trata de un mecanismo que casi siempre se vuelve en tu contra.
- Recuerda cómo se trata en tu familia el hecho de llorar: Hacerlo cuando se tiene pena y hay que elaborar una pérdida, es saludable.
¿Qué es la alexitimia?
Se denomina así a la incapacidad de expresar con palabras los propios sentimientos.
Proviene del griego "a", prefijo que indica negación; "lexis", que
significa palabra, y "tymos", que significa emoción. Los alexitímicos son
personas emocionalmente impasibles, parecen carecer de todo tipo de sentimientos, pero lo
que les ocurre es que no pueden expresarlos. Se defienden contra cualquier tipo de
emoción. Casi nunca lloran y, si lo hacen, se sorprenden a sí mismos y no asocian sus
lágrimas a un dolor emocional. Cuando alguien les hace recapacitar sobre sus emociones,
tratan de evitarlo y rehuyen compromisos sentimentales. Los rasgos principales de estos
individuos son la dificultad para describir sus sentimientos y discriminar sus emociones.
La vía de salida que encuentran suele ser la somatización. Mientras le duele el cuerpo,
la persona no se angustia ni le afecta ninguna emoción. Esto forma de negar los afectos
puede ser favorecida por determinadas ideas y estereotipos culturales asociados al
género. A los hombres se les censura la demostración de afectos que muestren dolor o
debilidad