VENTAJAS DE LA TRAICIÓN
 

Adrián Ferrero





—Vení, acercáte, hagámonos un ovillo, aunque el espacio sea chiquito. Vení, reina mía.

Así le dijo el hombre de kimono rojo y verde y sable plateado a la emperatriz disfrazada de nodriza. Los dos venían de la misma corte imperial de Pekín, huyendo del usurpador torpe y deforme que la pretendía a ella y aspiraba a matarlo a él, último jerarca del auténtico gobierno.

El viaje había sido largo. Habían venido en una caravana de elefantes blancos con borlas y gualdrapas moradas y un racimo de esmeraldas en el nacimiento de las trompas. Sentado en su montura, el caballero Chuang Si había comandado la expedición atravesando selvas y lagos, vadeando cursos de agua y tembladerales, escalando las crestas de Kuen-Lun y demorándose en algunos valles fértiles para guardar a los animales en una enorme tienda de seda color carmín que el viento de las estepas inflaba como toda la ropa de la corte tendida de un hilo de alambre para secarse.

La emperatriz era muda. No hablaba desde que había visto morir a su marido a manos de los traidores. Eso sí, había llegado a decirlo todo a su madre. Su última frase había sido esa: una denuncia. Allí había desfallecido su lengua. La emperatriz era de tez blanca, ojos verdes y caderas muy redondas, como esos almohadones opulentos que adornaban la alcoba imperial. Llevaba debajo del vestido una bolsita de alcanfor para perfumar su ropa inmaculada.

Cuando el traidor depuso al emperador Li Mu y lo ultimó de un veloz corte en la garganta como un relámpago, la emperatriz alcanzó a disimularse entre el mobiliario. Sus damas de compañía la disfrazaron de nodriza y mandaron llamar a Chuang Si, también prófugo del nuevo régimen por su lealtad inquebrantable al anterior gobernante.

Así fue como la emperatriz y Chuang Si, ayudados por algunos fieles, lograron franquear las fronteras de La Ciudad Prohibida y más tarde llegar al borde de la Gran Muralla. Una vez ganado ese gran obstáculo, sólo les restaba armarse de un ejército de leales y reconquistar el trono usurpado. Pero eso vendría después. Primero había que resguardarse y ponerse a salvo de los espías del Primer Ministro.

El Primer Ministro, que, como queda dicho, había matado al emperador en la yugular y había tomado su lugar, tenía mil ojos y cien tentáculos con los que los buscaba. Chuang Si y la emperatriz eran los únicos sobrevivientes del gobierno legítimo y podían denunciarlo y derrocarlo reclutando un ejército irregular. Además, el Primer Ministro no ignoraba que era impopular entre la soldadesca y bastaría un paso en falso para perderlo todo.

Durante el largo viaje que emprendieron la emperatriz y el samurai, fue inevitable que el amor despertara la bestia del deseo. Se besaron largamente en la tienda enorme como tres elefantes blancos. Muerto el emperador, no había obstáculos para esa unión, largamente acariciada por ambos desde la primera vez que se habían visto, tras los velos y los tules, en una oscura recámara, con motivo de una reunión protocolar.

Chuang Si y la emperatriz llegaron por fin a una ciudad tranquila y deshabitada. Los transeúntes los saludaban a su paso, se inclinaban con genuflexiones y les preguntaban si necesitaban algo. Para ellos, que venían de la persecución y la deslealtad, la simpatía los recompensaba.

Dejaron a los elefantes en un gran parque al cuidado de sus hombres. No querían pasar la noche una vez más a la intemperie. Averiguaron en las inmediaciones y un hombre les sugirió que alquilaran un departamento que quedaba muy cerca del parque donde descansaban las monturas.

Luego de cerrar el trato —solventado con dinero occidental y con un par de prendas de ella que despertaron la codicia de la copropietaria— el dueño del departamento les indicó el piso y se despidió de ellos.

En ese ascensor, allí fue cuando Chuang Si repitió para su reina:

—Vení, chiquita, puedo decírtelo en todos los dialectos del imperio: en mongol, uigur, en tibetano o en la lengua de los hombres del Sur.

La reina no habló. Pero sacó una foto de su palacio, en la época en que eran felices con su hombre. Chuang Si la tomó y la rompió en dos mitades, dándole a entender que no le interesaba su pasado. Para calmar los ánimos o, quizás, por puro capricho, sacó del bolsillo de su kimono un tornillo de oro y se lo obsequió como prenda de amor. Para ella, mujer del Este, esos objetos occidentales eran exóticos, misteriosos. Le preguntó con señas para qué servían.

—Sirven para enamorar a las mujeres tristes —respondió él.

Y así fue como se besaron en el ascensor, subiendo y subiendo, subiendo y subiendo.

Chuang Si, que venía del Este pero que algo sabía de ascensores, lo detuvo en el piso quinceavo, el último. Cortó el interruptor de la luz y después nada más se supo de ellos, protegidos esta vez por dos cielos.

Cuenta la leyenda que los amantes no volvieron a la China. Descubrieron que los ascensores eran lugares ideales para el amor. Y se quedaron a vivir en uno. No en ese, claro está, que sólo habían alquilado por una noche.

Al día siguiente, el portero del edificio, haciendo la limpieza, se topó con una serie de objetos cuyo origen desconocía: una moneda, la vieja foto rasgada del palacio chino, el tornillo de oro y la bolsita de alcanfor. Cuando terminó con el aseo preguntó a uno de los vecinos si sabía algo al respecto. Doña Flora, la solterona del quinto, sostuvo haber escuchado ruidos en medio de la madrugada. Pero no pudo distinguir si se trataba de una voz de hombre o de mujer. ¿Quién podría cuando, entreverados en medio del amor, un hombre y una mujer pasan a ser por fin uno solo?




© Adrián Ferrero
    adrianpaulina@ciudad.com.ar



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