Por un caballo no deberían matarme. Se los he dicho, tengo mujer y un hijo
pequeño. Por un caballo, sólo por eso, quieren matarme. ¿Dónde está Dios?,
ayúdame. De manos atadas me montan sobre otro caballo, o el mismo, qué
importa. Lo llevan hasta el árbol, a la soga, a la muerte anudada en trece
vueltas. Y mi mujer, y mi hijo, ¿qué será de ellos? Déjenme. Por favor,
déjenme.
Cierro los ojos e igual veo, igual oigo, igual siento. La mano se alza y
toma vuelo para golpear el cuarto del caballo. Junto al grito, el golpe.
Junto al galope viene mi muerte.
He errado, han fallado. El caballo galopa y yo sigo en él. El caballo corre
y corre y yo sobre él. Me atrevo a mover mis manos y están libres. Tomo las
riendas y detengo al animal. Volteo y sólo veo la figura de una mujer de
rodillas junto al árbol. Colgando de éste, en el lugar donde debería estar
yo, hay un cuerpo.
Al ver que está sola me dirijo a ella. Faltando unos pasos me detengo. Esa
mujer es mi mujer, ese cuerpo es...
© Alirio Gavidia
alirio@gavidia.org