CIENTO CINCUENTA METROS
 





(A Elvira Estévez,
que supo acariciar con legumbres
y alimentar con caricias.)

 

Apenas ciento cincuenta metros le separaban del edificio de apartamentos que por tercer año consecutivo acogería su tiempo de vacaciones. Quedaba sobrepasar la farmacia y torcer a la izquierda para estar de nuevo frente al mar. Sexta planta, letra B, como el año pasado, con la pequeña terraza sin obstáculos hacia el horizonte y lejos del olor a freiduría. Colgar la ropa propensa a las arrugas, distribuir el resto por cajones y anaqueles, comprar cervezas, refrescos, algo para los desayunos, detergente y un paquete de pinzas para la ropa, una costumbre antigua, para no tender el bañador con pinzas que hubieran sujetado la intimidad de otras personas. Todo igual que el año pasado, todo igual excepto el ordenador portátil, una novedad de última hora, cuando ya estaban decididos los objetos que le iban a acompañar.

Su cuñado se había comprado uno de última generación y casi se lo había regalado. Llevaba incluido un procesador de textos poco conocido, con tantas consonantes en el nombre como posibilidades en su interior, pero muy cómodo y con muchas funciones -le dijo al entregárselo. Los intentos que otras veces había realizado de anotar las ideas que se le ocurrían en vacaciones no habían pasado de unas letras garrapateadas en papeles inconexos o en los pasillos blancos de los periódicos, y terminaban siempre en la basura. En aquella ocasión que se compró un cuaderno para sus anotaciones sintió tanto vértigo ante el blanco por rellenar que volvió tan vacío como lo compró, pero con un procesador de textos sería diferente, la idea de que el papel no existía, que iba apareciendo a medida que surgía lo escrito, al mismo ritmo que las palabras, le dio ánimos durante el invierno para enfrentarse a informes farragosos o adjuntar notas y comentarios a las tareas realizadas. Y ahora el portátil estaba en la alacena, junto a un libro y los calcetines de deporte, formando un triángulo de presentimientos.

 

2

El procesador de textos tenía un aspecto similar al que utilizaba en el trabajo pero con un menú que le pareció algo desordenado. Escribió: "el culo de la vecina del cuarto". Un culo redondito, algo prominente pero sin excesos, ni alto ni bajo, del tamaño de su deseo, y cuando miró la pantalla leyó "El asere de la vecina del cuarto". Se quedó muy sorprendido por la diferencia entre lo que creía haber escrito y lo que se leía en la pantalla. Repasó las opciones del menú y encontró que estaban activadas la sustitución automática de errores pero no encontró nada sobre sinónimos. Observó el teclado y comprobó que era un error imposible, las letras de "culo" quedaban alejadas las unas de las otras pero las de "asere" quedaban próximas y su pulsación parecía dibujar un abrazo sobre el teclado. Repitió la frase tecleando muy despacio, asegurándose que pulsaba las teclas adecuadas, y apareció tal y como lo había escrito, pero al cambiar de renglón hubo un brevísimo parpadeo de la pantalla y volvió a aparecer "asere" donde antes había escrito "culo", sin duda un sinónimo -pensó-, pero no encontró dónde se desactivaba esa función. Puso "Las caderas de la vecina del cuarto", cambió de renglón y la frase permaneció estática. Sin duda un sinónimo. Le apetecía beber algo fresco y escribió: "Me voy a tomar un vaso fresco de cerveza fresca" y se levantó a por él. Volvió con el vaso en la mano y con una ligera humedad en el labio superior. En su pantalla podía leerse "Me voy a tomar un asere". No era un sinónimo de culo, era, debía ser, otra cosa. Tecleó el nombre de varios amigos. Alguno de esos nombres se convirtieron en "asere". Parecían ser los que quedaban más próximos en afecto. Tecleó "me han dicho que este libro está muy bien". Automáticamente "libro" se convirtió en "asere". De la sorpresa inicial había pasado al desconcierto. No esperaba algo sí dentro de sus vacaciones.

Antes de emprender el viaje le había pasado tres antivirus recién actualizados y desechó esa posibilidad de programas parásitos. Si descubriera alguna relación entre las palabras sustituidas podría conocer el significado de "asere", pero lo único que parecían tener en común era el agrado con que las había escrito. Un rato después descubrió que sentía placer al agarrar las personas o las cosas a las que representaban, y no pudo evitar acordarse de un verbo revoltoso, de conjugación enrevesada, que conoció en su etapa escolar pero que quizás no había utilizado nunca: asir, ¿sería algún tiempo del verbo asir?, tal vez del subjuntivo. Le surgió la duda. Bajó a la tienda de periódicos, revistas y revelado de fotografías y buscó un diccionario o una gramática donde poder comprobar su teoría pero no encontró nada que le sirviera. Lo que sí encontró fue la espalda de la vecina del cuarto, en la sección de revistas, con una camiseta blanca que destacaba lo avanzado de su veraneo y un pantalón azul y muy corto. Ella se volvió y le sonrió, se saludaron desde el año pasado, se dijeron que a ver si charlaban un rato, pero no le preguntó si sabía qué era asere, ni por el verbo asir, ni si sabía manejar cierto procesador de textos. Compró un periódico.

Al llegar a su apartamento tecleó lo primero que le vino a la cabeza: "La del cuarto está por mí", leyó: "Te lleva de cabeza, asere". Ahora no sólo aparecía la extraña palabra sino que también había cambiado la frase, incluso su sentido. Escribió: "Unas piernas de morirse", leyó: "Un paréntesis de eternidad". Sintió un escalofrío, guardó el texto, entornó la puerta de la terraza, dio un trago de la botella de ginebra y salió. Prefería olvidar todo aquello, pero no pudo evadir la duda.

 

3

Ganó el café en la partida de dominó, perdió la copa en una segunda partida y pretextó una cita inexcusable para no empezar la tercera. Deseaba experimentar.

Se sentó en la terraza, encendió el portátil y se preparó para escribir sobre la puesta de sol. Cuando comenzase a cambiar la luz hacia el naranja miraría hacia el horizonte e iría escribiendo lo que se le ocurriera, las sensaciones que fuera teniendo pero sin mirar a la pantalla, sin ir comprobando lo que escribía, y para evitar la tentación de ir leyendo la tapó con una hoja de periódico, que sujetó con una pinza de la ropa para que no se volase.

Apenas si había luz ya, no alcanzaba a leer las letras del periódico y dio por terminado el experimento. Entró casi con ansiedad, encendió la luz y retiró la hoja de periódico. No había texto escrito a pesar de que había tecleado durante un buen rato, sólo una ráfaga de color anaranjado cruzaba la pantalla desde arriba y a la izquierda hasta el borde derecho, aminorando su intensidad al mismo ritmo que se curvaba el trazo. Al fondo, en lo que teóricamente sería la hoja de papel, se percibían unos toques entres malvas y fucsias. Grabó con rapidez el archivo, apagó el ordenador y se vistió con vehemencia dispuesto a salir a la calle y beberse el primer trago de alcohol que encontrara a su paso.

 

4

Había dedicado muchos ratos de sus vacaciones a escribir en el ordenador lo primero que se le ocurría, cada vez con más frecuencia, durante más tiempo. Le atraían irremediablemente los cambios de su pantalla, ver aparecer lo que ni siquiera había imaginado, y desde luego ver aparecer, siempre por sorpresa, la palabra "asere", sin haber llegado a descubrir su significado. Tantas veces apareció escrita sin que él la tecleara que le dio ese nombre al portátil.

La última noche empezó a recoger sus cosas desparramadas por el apartamento y los días y las guardó de manera distinta a como habían venido, consciente de que rompía una rutina y sin hacer nada por evitarlo. Tuvo la sensación de que esa estancia en la playa había cambiado la relación entre los objetos y un emparejamiento diferente marcaba el regreso. Pero la gran diferencia era el ordenador portátil adquirido como entretenimiento para las vacaciones y que se había convertido en su protagonista. Descartada desde el principio la idea de devolvérselo a su cuñado, dudaba entre reservarlo para su tiempo de ocio o utilizarlo para su trabajo, guardarlo para su intimidad o dejar que las palabras apareciesen en los informes con el aspecto que ellas desearan y con su sintaxis preferida, no sabía si dejarlo como una excepción o convertirlo en norma, aunque eso implicara un cambio importante en su vida. Lo colocó sobre la mesa, no quiso abrirlo por última vez para evitar que ese viento de melancolía que la última noche de vacaciones se levanta en todos los apartamentos pudiera llevarse algún archivo no suficientemente bien adherido aún al disco duro. Pensó que estaba pensando tonterías. Quitó el bañador tendido después del último baño de la temporada y la pinza quedó balanceándose en el aire como una mano de madera que le decía adiós desde el andén de la terraza, despidiéndole, y se volvió con rapidez al interior del apartamento por miedo a que la pinza se detuviese de pronto porque él ya estuviera demasiado lejos, mucho más allá del alcance del ojo metálico de su fleje, en una situación diferente y desconocida. Las zapatillas rotas no iban a volver, las tiró a la basura con ceremonial de entierro, una despedida de caminatas que habían compartido en un tiempo anterior, dejando huérfanos a unos pies que tendrían que acostumbrarse a rozaduras nuevas, en lugares diferentes.

 

5

Por la mañana se levantó con una duda más de las que tenía al acostarse: el camino de regreso. Podía ir por la carretera comarcal, subiendo el pequeño puerto de curvas incómodas y fatigosas pero que ahorraba cuarenta kilómetros de trayecto o bien bajar hasta la carretera nacional, lo que implicaba retroceder un tanto pero una conducción más relajada. A esa duda se le sumó otra cuando tuvo que guardar el portátil en el coche. Pensó guardarlo en el maletero, bien encajado entre la maleta y las bolsas para que no se golpeara, pero le pareció que era llevarlo como un trasto más. Luego pensó colocarlo en el asiento del copiloto sujeto con el cinturón de seguridad, por si le apetecía teclear algo en alguna de las paradas del viaje. Por fin resolvió dejarlo sobre el asiento de atrás, como un pasajero anónimo, entre las vacaciones que quedaban encerradas en el maletero y el parabrisas que anunciaba el futuro. Para todo hay un momento -se dijo, dudando de sí mismo. Arrancó con rapidez temiendo arrepentirse de la ubicación que había dado a los objetos.

Quedaron atrás las últimas casas del pueblo. Adelantó a una pareja de ciclistas que pedaleaban sudorosos unas bicicletas con alforjas. Más que viajar parecían condenados a desplazarse ininterrumpidamente durante todo el verano, una especie de condena ignorada por los propios condenados. Le apeteció escribir eso en su portátil pero no quería empezar a detenerse ya, quedaban demasiados kilómetros y prefería llegar a su casa antes de que anocheciera, además no sabía si esa idea correspondía aún al tiempo de vacaciones o, si al haber salido ya del pueblo, pertenecía a la normalidad de mañana, ¿cuál sería la normalidad de mañana? Se maldijo por haberse entretenido y no haber decidido qué camino tomar para efectuar el regreso, sonó un pitido como el que emitía el ordenador portátil cuando estaba listo para ser utilizado, acababa de pasar el aviso anunciador de la próxima señal de stop, allí tenía que decidir sin remisión el camino de vuelta, le pareció que el piloto verde del portátil se reflejaba en su retrovisor, no sabía qué hacer, estaba seguro de haberlo dejado apagado, qué camino tomar, no podía haberse encendido solo. Apenas le quedaban ciento cincuenta metros.


© Rafael Fernández-Delgado
    alotropia@ya.com




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