Ya estuvo bueno, comadre Cirila y compadre Demetrio, y tú también, Obdulia,
pongan otra cara. Ni hablar, Cornelio se nos fue, colgó los tenis, Dios lo
recogió en su seno, estiró la pata. No podemos hacer nada, de seguro que
mientras a nosotros cuatro se nos arruga el corazón, él está rete contento
en el más allá, como dice el señor Cura. Fíjense, a lo mejor hasta anda de
parranda como tanto le gustaba, quién quite y con las once mil vírgenes, o
de perdida echándose la copa con "El Alcanfor".
—¿Cuál Alcanfor?
—Compadre, ¿no te acuerdas del teporocho aquel que se murió de una
guarapeta en las fiestas patronales?
—¡Ah, de veras!, ya me acordé. Fue al que encontraron abrazado de una
botella de ron.
—Sí, pero de las de cuatro litros, y estaba vacía. Nunca lo dije, pero yo
se la regalé. Volviendo a lo de Cornelio, hasta puede andar desplumándole
las alas a las angelitas.
—Qué irrespetuoso eres, viejo. Cómo puedes hablar así después de que
acabamos de venir del entierro de tu primo Cornelio.
—No me regañes, Obdulia, no es irrespetuosidad, es que cuando era niño mi
mamá me llevaba a todos los velorios del pueblo. La tenía que acompañar a
rezar la noche entera, y de pilón, como le chiflaba mirar a los muertos, me
hacía detener la tapadera de los cajones mientras ella repasaba letanías y
rosarios. Yo sin querer también los veía, y luego duraba durante semanas
enteras soñando sus caras. A mi abuelo y a mi abuela, antes de que los
bajaran a la tumba les tuve que dar un beso de despedida; todavía tengo el
frío de su pellejo en los labios. Odio los velorios. Por un lado de la caja
los familiares chilla que chilla, y retacados en un rincón de la casa, los
amigos que dizque van a dar el pésame y se la pasan contando chismes del
muerto y bebiéndose el café con piquete. Yo pienso que de una buena vez los
velorios deberían de ser de otra manera.
—A qué compadre tan rejego. ¿Y cómo se te ocurre que debían de ser los
velorios?
—Pues primero, como les decía al salir del panteón, a lo hecho, pecho. Ya
se murió el difunto, pero no por eso se va a acabar el mundo; entonces, los
familiares a estar contentos porque su muertito ya descansó, ya pasó a
mejor vida, ya es espíritu. Luego, los amigos a festejar y acompañar al
occiso a su última morada, de la misma forma como se han pasado buenos
momentos en vida.
—Oiga, compadrito Toribio, a poco quiere que mi viejo lo acompañe a su
última morada, toque y toque la guitarra y cantando a grito pelado como lo
hacen diario que ustedes se van de parranda.
—Pues sí me cuadraría, comadrita Cirila. Saben, lo he pensado muchas veces,
y ya que estamos entrados en gastos les voy a pedir una cosa, bueno, no se
las voy a pedir, se las voy a exigir, sobre todo a ti, Obdulia, que eres mi
mujer.
—Viejo, no te pongas tan serio que me asustas.
—Nada que me asustas que no soy el diablo, y paren oreja de lo que quiero.
Cuando yo me muera, quedan prohibidas las chilladas, las rezadas y las
cuatro velas alrededor del cajón. A propósito del cajón, el mío tiene que
ser cuadrado.
—¿Cuadrado? ¿Y por qué, compadre Toribio?
—Ahora la enteraré Cirilita con lo que le voy a decir a mi mujer. Fíjate
bien, Obdulia; antes de que me entiese, me vistes con mi traje de charro,
me peinas con goma y me pones el sombrero negro; luego que te ayuden a
sentarme en un sillón de la sala. Ahí a mi alrededor pido que estén mi
familia y mis amigos. Tú, Demetrio, que has sido mi mejor amigo, además de
compadre, te encargarás de que no falte el vino, y sin discutir, la música.
Me gustaría que todos estuvieran alegres, así como nos hemos puesto en las
fiestas de mis cumpleaños. Luego, ya que estén hasta atrás y antes de que
se echen a dormir la mona, quiero que me metan al cajón, sentado, no
acostado pues entonces ya voy a estar como palo de escoba, y que me
acompañen hasta el meritito panteón cantando los sones que tanto me gustan.
¡Ah Obdulia!, y nada de besos, no se les vaya a enfriar la jeta como a
mí.
—Viejo, eso que estás diciendo es un sacrilegio.
—Será melón, será sandía, pero exijo que así me despidan de este mundo. Y
ay de ustedes si no lo hacen como les acabo de decir, ya me encargaré de
venir por las noches a jalarlos de las patas.
Han corrido tres años desde aquella plática entre compadres. Obdulia y sus
seis hijos lloran sin consuelo al lado del cajón horizontal, en donde
reposa amortajado lo que fuera la envoltura terrenal de Toribio. Cuatro
cirios enmarcan el ataúd. No muy lejos, los compadres Demetrio y Cirila
suspiran apesadumbrados entre trago y trago del té de canela con piquete.
El cuarto de velación se encuentra atiborrado con los rezos de las
congregantes de la Asociación de la Vela Perpetua de San Martín Pescador.
Ninguno de los asistentes puede ver ni escuchar lo que sucede en la
atmósfera traslúcida de la parte alta de la habitación.
¡Es el colmo! Tanto como se los exigí a los tres y ahí me tienen acostado
en el cajón, cinchado como paca de rastrojo, rodeado de cuatro velas;
además todos chillando y rezando. Estoy por darles un sustito para que se
les quite lo incumplidos.
Toribio se desplaza al lado de su mujer y trata de sacudirla por los
hombros, pero su afán se pierde en el vacío. Insatisfecho flota hasta donde
se encuentran sus compadres e intenta tirar de sus manos las tazas de
canela; su propósito no da resultado. Molesto por su impotencia se escurre
al centro del cuarto y se sienta arriba del féretro.
Mi última voluntad, el único deseo que pedí en toda mi vida, y no me lo
cumplieron. Obdulia sigue pensando que lo que yo quería era un sacrilegio,
y mi compadre Demetrio es un rajón.
Ya es de madrugada. Toribio no deja de observar a su familia y a sus
amigos. Su rostro ha cambiado de expresión, ya no refleja disgusto.
Pobres, se ven requete tristes; ahora ya puedo entrar en sus sentimientos y
sé que sufren por mi muerte. Mi vieja sí me quería y siempre me fue fiel.
Mis hijos me respetaban y me amaban también. Mis amigos me tenían buena
ley, se la pasaban bien en mi compañía y nunca me traicionaron, sobre todo
mi compadre Demetrio. Bueno, aunque yo no sufro sé que los voy a extrañar a
todos. Tuvieron razón Obdulia y los compadres en no hacer lo que les pedí,
realmente hubiera sido un escándalo y un mal ejemplo para el pueblo. Ahora
están preocupados porque yo les dije que vendría a jalarles las patas si no
me velaban como yo quería; cómo me gustaría poder decirles a los tres que
no lo haré.
Toribio mira con amor infinito a su esposa, a sus hijos, a sus compadres, a
las rezanderas, a todos los que acompañan a su cuerpo en la última
despedida. Repentinamente la habitación se llena con el estruendo de la
música de un mariachi que toca el son de La Negra. Poco a poco van
representándose ante los ojos de Toribio, primero sus dos abuelos que traen
entre sus manos en actitud de ofrenda, un traje de charro y un enorme
sombrero negro ribeteado en plata; luego, "El Alcanfor" abrazando una
enorme botella llena de ron. Le sigue su primo Cornelio que tira de la mano
a la interminable fila que forman las once mil sonrientes vírgenes. Y para
terminar, el contingente de todos los difuntos del pueblo a los que
acompañó en sus velorios. Estos últimos sostienen una pancarta en la que se
lee: "Toribio, bienvenido al más acá".
Toribio salta del ataúd, se mete dentro del traje de charro, se acomoda el
sombrero, da un trago a la botella de ron que le ofrece "El Alcanfor",
prepara la garganta, y, mientras lanza un huaco sostenido, zapatea con brío
frente a las once mil vírgenes.
Abajo se escucha el murmullo de una letanía: "Consoladora de los
afligidos... Ruega por él...".
© Elsa Levy
elsalevy@prodigy.net.mx