FASES
 






- 1 -

Al anochecer se hicieron tormenta los presagios de la tarde. Un instante de intensa luz azulada iluminó las paredes de la habitación, los objetos, sus sombras y los rincones ocultos por los muebles, pareciendo que el interior de todas las cosas había pasado a la superficie. Con los ojos todavía sorprendidos, resonó un trueno enorme y profundo como si todos los cohetes de las fiestas hubieran estallado a la vez. Jaime se encontró llorando en los brazos de su madre, asustado como no recordaba, sin saber cómo había llegado aquel miedo súbito, sin saber cómo habían llegado hasta él aquellos brazos de cobijo. Su llanto de terror se mezclaba con las dulces palabras de su madre que, sorprendentemente, sonreía tranquila ante aquella sensación de que todo se estaba acabando. Poco después la lluvia, ya conocida aunque no desbordada como ahora, le hizo creer que las nubes también se habían asustado y lloraban con él ese miedo desconocido. Sus lágrimas cesaron mucho antes que la lluvia, hubo más relámpagos aunque no tan intensos, truenos a borbotones que sonaban cada vez más débiles, alejándose, con más lentitud que su miedo, la primera tormenta que recordaba. Luego, durante la cena, un inmenso círculo de luz ocupaba casi por completo el recuadro de la ventana y Jaime creyó que aquel estruendo anterior, aquel momento de luz inmensa, habían roto el cielo en un agujero redondo por el que comenzaba a asomar el sol del día siguiente. Es la Luna -sonrió su madre- y no alcanzó a comprender por qué su madre y el cielo tenían ahora esa calma .





- 2 -

Se habían descalzado los dos, la arena de la playa se asomaba en montoncitos por entre los dedos de sus pies como si quisiera conocer el motivo de las huellas. Los montículos que se le formaban a Carmen eran diferentes, menos pronunciados, más breves, gráciles -pensó- como si su tiempo tuviera una duración distinta.

Había ido ese año por primera vez. Una mañana apareció brillante de bronceador junto a la sombrilla familiar. Daba la impresión de que su piel siempre sería más blanca que la del resto de veraneantes. Después, con el paso de los días, a medida que su color se iba difuminando entre el resto de bañistas, se fue haciendo más cercana, más próxima, como si hubiera estado allí siempre, hasta esta noche, que parecía definitiva.

Sin saber cómo, sin apenas darse cuenta, estaban en la playa, solos, sin los amigos, dándose su primer beso, su primer beso de amor, el primer beso de amor de cada uno, diciéndose su amor en la boca para que nadie lo pudiera escuchar en aquella playa solitaria, creyendo que era amor, creyendo que eran besos.

Miró a los ojos de Jaime largamente, con fijeza, como si todo su ser estuviera concentrado en esa zona de su cuerpo, luego cerró los suyos, despacio, intentando guardar el recuerdo completo, y no dijeron nada. Una enorme luna llena salpicaba su luz sobre las olas, y recordó una tormenta antigua. Y una calma especial.





- 3 -

Jaime se enteró a última hora de la tarde, el teléfono había sonado con la normalidad de siempre pero era Carlos para decirle que Marisa había muerto. Hacía dos o tres años que no la había visto, desde aquella Navidad que los dos habían vuelto para pasarla con sus familias. Entonces no podía ni imaginar que la enfermedad se iba a presentar tan avanzada y tan sin solución. Durante esos días habían hablado de muchas cosas, de todo lo que se habían dejado de decir y de lo que se habían dicho tiempo atrás, de los juegos de niños, de la primera verbena, de los amigos de entonces, de cuando se cayeron al río, de aquel tiempo, y de cómo la vida les había ido separando, de sus matrimonios, de sus hijos, de lo que habían conseguido, de sus derrotas, de aquello a lo que habían renunciado y de las esperanzas que aún conservaban, de entonces y de ahora, con ese intervalo que podían contarse pero que ya no podían compartir. Hablaron. Sin sombras.

Marisa fue primero vecina de patio, luego compañera del colegio, también encubridora de engaños, confidente de miedos, maestra de los primeros bailes, y hasta algún beso ensayaron juntos. Sabía que su enfermedad había ido avanzando con rapidez, la había llamado en alguna ocasión intentando darle ánimos aunque era él quien perdía el ánimo después de cada una de esas llamadas, y ahora, tan lejos, a tantos kilómetros, sin tiempo para llegar al entierro, como si asistir al entierro le diera una última oportunidad de atrapar su vida, fumaba mecánicamente en la ventana de la habitación. Su mujer le llamó desde la cama, no necesitaba mirarla para saber la forma de su boca cuando dijo, con una dulzura grande, "tienes que dormir, no puedes hacer nada". Miró hacia el cielo y comprobó que esa noche la luna llena tenía una luz triste.





- 4 -

La habitación del hospital daba al campo y a la noche. Cuando lo ingresaron insistió en que no diera a la ciudad, Jaime pensaba que los hospitales debían mirar hacia un paisaje distinto para que la estancia en ellos resultara una situación diferente, como unas vacaciones, y no un mal funcionamiento de lo cotidiano.

La otra cama estaba vacía cuando llegó y nadie la había ocupado en todo ese tiempo, lo que le proporcionaba una intimidad mayor y algunos momentos de soledad, sobre todo desde el final del horario de visitas hasta el momento de la cena, un intervalo vacío, sin nada que hacer, ni siquiera medicación, esperando cenar por hacer algo diferente a la tarde, esperando, en esa época del año, que llegara al mismo tiempo que la noche.

Cenó poco y en silencio. Alicia, sin duda la más amable de las enfermeras, tenía el día libre y no se había asomado como siempre para decirle desde la puerta que se lo tenía que comer todo, con ese tono de voz entre cariñoso y enérgico al que él respondía con un gesto de duda, y entonces ella entraba para terminar de convencerlo sabiendo que estaba cayendo en la pequeña trampa que aquel viejo le tendía para no empezar a cenar solo, como casi siempre desde que murió su mujer. Y esa noche echó de menos, mucho, a las dos.

A través del ventanal una luna llena enorme y completamente redonda iluminaba la habitación como si su luz debiera llegar hasta los recuerdos. Jaime acomodó la cabeza sobre la almohada, cerró los ojos y todo se quedó oscuro, luna nueva -pensó- y en su boca se dibujó una pequeña sonrisa mientras comenzaba a notar una sensación diferente a todas las que conocía.


© Rafael Fernández-Delgado
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