Hubo un tiempo en que fui meramente un punto. En calidad de punto era
volátil y voluble: daba la brisa y el periódico sin recoger frente a casa
se despellejaba y yo con él, vacío de palabras con que nombrarme, de
símbolos con que vestirme. Yo era un punto errante, una motita de polvo
suspendida en el aire.
Mentiras que me cuento.
Hubo un tiempo en que yo *pensaba* que era meramente un punto. Vivía con
una mujer de pelo arisco y dos gatos; era inmune al amor incondicional de
los tres. Era un punto errático y voluble: buscaba y buscaba como un ciego
sin perro que se abre paso a bastonazo limpio. Como polvo me dejaba barrer
por unos y otros sin convencerme de sus evangelios.
Flotando entre credos, de bombilla a bombilla, descubrí que en todos los
espacios (fuera en la alfombra del banco popular o en un cuarto del
hospital pavía), por más higiénicos y pasteurizados, siempre se colaba el
polvo. Esta convicción, por cierto, no lo salvaba de sentirse perdido; no
lograba sentirme solidario y democrático por ser uno más. Nos sentíamos
dos.
Y seguimos buscándonos.
Yo, por ejemplo, fui el primero en dar con el axioma sempiterno que supone
que dos puntos hacen una recta. Celebré mi buena fortuna y erigí un altar a
la recta, símbolo que me reconciliaba con su otra parte y nos hacía uno.
Desde el momento de la reconciliación empecé a reconocer la omnipresencia
de la recta: en los dedos de mi mujer, en mi pene, en los rayos del sol, en
las líneas que dividen la carretera y en el tendido eléctrico. No siempre
era tan fácil de discernir, como en la mar, pero con algo de esfuerzo
lograba abstraer la recta de la línea del horizonte.
Una tarde en la playa, al tiempo que meditaba sobre la recta del mar, le
asaltó una ominosa sospecha. Dejó de mirar el horizonte y se sacudió la
arena adherida a las piernas en cruz. Pausó por un instante, tomó un puñado
de arena que se le escapó de la mano imperturbablemente. Con dolor admitió
que así como en la playa hay incontables granos de arena, entre dos puntos
en una recta hay infinitos puntos posibles. Entre él y su otro volvía a
mediar un abismo de fronteras insalvables. Regresó a su casa y desmanteló
el altar a la recta.
Me deprimí. Estaba irascible y era cruel con mi mujer para desahogar mi
sentimiento de desarraigo.
Hacía el amor sin amor.
Espantaba el rumoroso cariño de mis gatos.
Y fumaba para asegurarme una muerte despechada.
Una noche mientras hacía donitas de humo tuve un golpe de lucidez: éramos
mi otro y yo parte de un círculo. El círculo era el principio que nos
enlazaba, que nos vindicaba de ser meros puntos desperdigados y creaba la
interdependencia, la comunión entre ambos. La recta admitía infinidad de
puntos intermediarios; el círculo sólo una cantidad finita de éstos. Sonreí
con sinceridad en mucho tiempo y me colgué mi aro de matrimonio en el
cuello en homenaje al círculo. Celebré cocinándole hígado a los gatos y
yendo a comer pizza con mi mujer.
Vivía la armonía de los soberbios; trataba de adoctrinar a mi esposa y
demás personas cercanas sobre las virtudes del círculo. Sin entrar a
debatir abiertamente —la arrogancia se lo prevenía— desautorizaba otras
doctrinas (la de la cruz, la del libro hermenéutico, la del incienso) con
el principio del alpha-omega representado en el círculo. El sol, la luna y
el planeta eran redondos: esa certidumbre le bastaba.
Su esposa y los gatos, obstinadamente simples, se cansaron de su
ministerio. Para la mujer, él se había vuelto un payaso de circo; para los
gatos, la boca del predicador les recordaba las convulsiones de un culo. De
esta singular manera el ministerio del círculo degeneró en un farsesco
cir-culo, con lo cual perdí toda seriedad ante sus ojos. De vez en cuando
yo mismo dudaba, sobre todo cuando bajaba la guardia al dormir. Soñaba
recurrentemente con dos círculos concéntricos que se expandían
espasmódicamente hasta converger en uno; pero apenas convergían volvían a
dividirse en dos, volvían a converger, a dividirse en dos...
Si los sueños son sólo sueños, entonces los círculos concéntricos no eran
parte de un sueño, pues al año se cumplió cuando conocí a mi otro.
Pasaban su esposa y él por una época de crisis de identidad tras varios
divorcios sin papeles. Ella le reprochaba su falta de compromiso con la
relación; él lo negaba a rajatabla, aun cuando en realidad supeditaba todo
a su ya desprestigiado cir-culo. Las discusiones de la pareja eran cíclicas
y la insinceridad continua de él deshacía los últimos vestigios de armonía
circular.
Fue en ese tiempo moribundo que me conoció.
Coincidimos en un taller de imprenta donde yo comenzaba a trabajar y él era
prensista hacía más de diez años. Noté el aro de matrimonio en el cuello,
le hice un comentario al respecto y le mostré la recta que yo llevaba en mi
cadena. Reconocimos en el otro el pasado propio. Antes de descubrir el
círculo yo había erigido un altar a la recta; antes de dar con la recta
hubo un tiempo en que él preconizaba las virtudes del círculo. Durante los
cinco meses que compartimos en el taller (antes de que ambos fuéramos
despedidos por insubordinarnos a los manejos turbios de la gerencia)
echamos ambas doctrinas. Yo le hice ver que el círculo negaba el cambio
promoviendo la idea del eterno ciclo. Yo, por mi parte, le expuse que la
recta era pura indeterminación, mediación infinita entre uno y otro.
Convenimos nombrarnos espiral, un tropo más.
El día que nos despidieron, cada cual por su lado volvió a los periódicos.
Besé a mis gatos apenas llegué a casa y le di una mano a mi mujer en la
cocina. Rebanaba verduras cuando le dije.
Esa noche el sancocho nos quedó sabrosísimo.
© Francisco Font Acevedo panox99@yahoo.com
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