EPISODIOS ANÓNIMOS
 

José Agustín Fontán





Suceso núm. uno.

Hay quien lo dice. Este es el mejor hotel de la ciudad. De esta fea ciudad. Lo he oido decir, yo mismo, directamente a un desconocido, en un presente indeterminado. No recuerdo su rostro, pero aún soy capaz de escuchar su voz en mi memoria. Fue un día, uno de tantos, tal vez ayer, no sé, aquel hombre caminaba al lado de una mujer. Ella, guapa, se dejaba ir, sus cadencias no eran coincidentes, en ningún momento la extrema cercanía física se materializaba en un roce. Sentí que estaban muy lejos el uno del otro. Reconozco a la primera esa cosa llamada distancia. No importa. Desde la puerta principal del hotel bajas unas escaleras alfombradas que te ponen en la acera de la avenida, Salgo del hotel, aburrido como de costumbre, con el impulso rutinario de la huida como propulsor. La puta, joven, bonita y vacía, otra vida desperdiciada, duerme en la cama, extremadamente inmóvil. No quiero recordar sus ojos. El desayuno íntegro enfriándose en silencio. Bajo las escaleras del hotel, estoy en la calle, ensimismado, acaso catatónico, no percibo la sensación del apoyo de los pies sobre los escalones. No sé porqué me llega a la cabeza la imagen cruel de una escena cinematográfica. Suena una musica suave, la mujer atractiva inhala la cocaína que reposa sobre el pecho del hombre, lame los restos blancos, los brillos de la saliva relucen sobre la piel. Una pareja me interrumpe el paso, me detengo, pasan caminando por la acera, frente al hotel. La mujer de la película se parece a la mujer que se desplaza ante mí con la mirada perdida, esta ausente en algún lugar lejano que desconocemos. Entoces el hombre a su lado le dice: "este es el mejor hotel de la ciudad". A ella no le importa, a mí no me importa, no le importa a nadie. Ahora, en mi mente, cuando la mujer perdida sigue su rumbo incierto, en mi mente, el hombre de la pelicula besa el hilo de sangre con motas blancas que empapan los labios de la mujer guapa y rápidamente le arranca el deleite de los sentidos. Imagino que soy el portero del hotel, veo lo que sus ojos ven, mi propia figura dándole la espalda, alejándose lentamente, persiguiendo a la mujer que se parece a la otra mujer, porque no tengo otra cosa que hacer, o porque necesariamente debo hacerlo, sin saber cómo. Es lo que pienso ahora, en este preciso instante, tendido en la cama, apaciblemente, junto a una desconocida mujer muerta en la que encuentro cierto parecido no sé con quién.



Suceso núm. dos.

Plasmada sobre la blanquecina formica de la puerta del pequeño servicio comunitario del buque estaba la calcomanía sanguinolenta de un mosquito al que la repentina muerte lo estampó tan contundentemente que cada detalle de la silueta morfológica se dibujaba con una precisión extraña. Tal vez la propia sangre del ejecutor, sorbida con ansiedad por la hembra alada, figuraba ahora reseca en la estampa mortal. El mal tiempo hace que la nave se extremezca, el sonido de la turbo llega desde la sala de máquinas con la inquietante insistencia de la inconstancia. Su silbido cambia de intensidad cuando obedece el capricho del motor principal. El barco ha puesto proa al tiempo. Cuando las amuras tropiezan con un golpe de mar la proa se entierra en el agua y toda la embarcación se detiene un instante, las revoluciones del motor se aminoran y entonces el silbido de la turbo se apaga como en un estertor mecánico, poco despues surje de nuevo la proa entre borbotones de espuma y la hélice casi gira en vacío, la máquina se acelera y un sonido agudo recorre las entrañas metalicas. Soy un dado en el cubilete blanco del azar. Estoy sentado sobre la tapa de la taza, en el seno de una tormenta, sobre la profundidad, contemplando insensible en compañía del tiempo el detalle rojo, un rastro, la tumba donde reposa un insecto.



Suceso núm. tres.

Voy al cine y veo las películas. Leo los periodicos y las revistas, leo libros. Me fijo en los anuncios, sobre todo cuando viajo en autobús, o de pie en el metro. Busco palabras nuevas en el diccionario. Como "balumba", por ejemplo, y otras. Luego las escribo. Leo incluso las esquelas enmarcadas que cuelgan de la puerta de madera de la fábrica de hielo. El lugar extraño donde hacen frío y lo condensan en largas barras blancas. Doy paseos y pienso, siempre pienso. Al azar, en algo concreto, despues pienso en lo que pienso. Veo la televisión. Cintas de vídeo. Mi vida es... bueno, no sé, todavía no he llegado a ninguna conclusión. No tengo ningún plan, no puedo pensar en mi futuro, sencillamente me resulta insoportable. Como mucho me adelanto en el tiempo cuando estudio los programas de televisión, o cuando avisan en la prensa el estreno de una película. Los pronósticos del clima no son tan precisos. Las especulaciones financieras son interesantes. Me gusta la lotería, por lo de la lógica matemática, nunca he comprado un décimo, todas las semanas apunto un número cualquiera, el que primero se me ocurra, luego espero. Los domingos escruto los números premiados para ver si alguno coincide con el que yo he seleccionado. Es difícil. Persevero. Ya no me relacciono con nadie. No saludo a los vecinos en la escalera. Me dan miedo, son brutales. No ha sido cosa de un día para otro. Si me esfuerzo, aún recuerdo cuando se me consideraba una persona normal. Eso queda lejos. Creo que he perdido el control. Siento que en cualquier momento puedo desmoronarme. Me gusta mucho ir al cine, me siento protegido cuando la obscuridad me envuelve. Me olvido de lo que soy. Me gusta entrar de día y salir de noche, es como volver a un mundo distinto. Yo no sé lo que piensan las otras personas. Creo que todos nos preguntamos cómo hemos llegado a lo que somos. Vivo solo. El silencio en casa se hace pesado y es como una presencia viva. Es curioso que la ausencia pueda convertirse en una opresión espantosa. Mi existencia es extraña, en ocasiones me he propuesto cambiar, aunque sin mucho entusiasmo, creo, prefiero poner una película, y reír o llorar, dependiendo del argumento.



Suceso núm.4

La habitación, y al parecer toda la casa, permanecían casi lo mismo que antes del hecho. No exactamente igual. Cuando él habia llegado la radio estaba puesta, en los cortos espacios de silencio los ruiditos de ella en el aseo crearon una imagen en su mente. Nunca dice nada al entrar si no la vé, cuando habla le gusta mirar a la gente a los ojos, pero no es por eso que no dice nada al entrar. Todo parece normal, es otro día, uno como los anteriores, piensa un poco en ello aunque sin molestarse. Su mujer, guapa, inteligente, siempre sometida al constante acoso de los hombres por su extraño atractivo. Su tenaz resistencia, firme pero amable. Incluso sus amigos, los de ella, el no tenía, siempre complotando, considerando la frialdad de él una invitación. Alguna vez le habían dicho que no sabía apreciar el tesoro que tenía en casa. Que frase tan detestable. No podían soportar que él desperdiciara la oportunidad, que lo tirara todo por la ventana, cada día. El podía decir que ellos no la conocían, o simplemente que no es un asunto de su incumbencia, pero simplemente le da lo mismo. Calla. Nunca nada semejante sale de su boca, nada, ni un solo reproche. El silencio es el lenguaje de los inocentes. Acaso no quiere que piensen que se pone a la defensiva. A ella le exaspera su pasividad, lo cual ni siquiera le complace. Ahora que la ha matado, no sabe por qué, en realidad no tiene ningún motivo, se siente algo mejor, no mucho, más o menos como antes de matarla. Le llama la atención la cara de sorpresa de ella cuando lo esta haciendo, es claro que no se lo espera, lo mismo que él, ahora recuerda que quiere decirle a ella que no sabe por qué lo hace, pero una vez más, permanece en completo silencio, cuando la estrangula se siente incómodo por no decir nada.



Un día.

Voy en moto. He dejado la CPU en el establecimiento técnico con un conflicto de IRQ, tengo demasiados periféricos. Mi estado anímico le ha tomado manía al cambio, le parece que la primera no entra como antes, como si tuviera fatiga kilométrica, pero yo sé que solo se trata de una sensación desquiciada. Mi ánimo dice que al meter, antes el selector sonaba clonk, y que ahora suena cataclonk. Hay una diferencia. Creo que mi ánimo hace trampa. No obliga a mi pie izquierdo a pisar la palanca con suficiente presión. Titubea. Conspira. Deforma mi perspectiva. Si me cito con una mujer atractiva y me hago ilusiones anticipadas, entonces interviene él, instilando pequeñas dudas víricas. Es todo un manipulador profetico. No soporta que fantasee, que me relama de placer anticipando episodios virtuales. Me envía un mensaje: mañana, esa tal Beatriz te ignorará, si, será amable, pero guardará las distancia con su habitual cortesía. Eso será todo. Me maltrata. Prefiere deslizar su dulzura sobre mi dolor. ¿Acaso no somos el mismo? Me impide soñar. Esa voz tranquila, monocorde, omnipresente, que permanentemente me atormenta, que habita el interior como un parásito que se alimenta de derrotas y frustraciones, esa voz, que no me deja. Voy en moto. Todo esto en 50 metros. Desde la calle secundaria intento sumergirme en el denso caudal de la avenida atestada. De lo malo siempre hay mucho. Paso cebra y señal de ceda el paso. Todo está regulado, se me ocurre que corren malos tiempos. O tal vez sea yo. Paro. Se me antoja que todo es lento. Los transeúntes, sus caras inexpresivas, su cadencia cansina, el polvo suspendido, los rayos de luz que revelan el aire poluto, lentamente se cruzan ante el morro iluminado de mi moto, pisotean las tumbadas lineas blancas. La cola interminable de vehículos ralentiza su marcha, tiemblan, tosen gas, se paran ante la señal luminosa que los detiene. ¡Verde! Como un gusano que se estira desde la cabeza, el mecano de hierro, tren de baja velocidad, se estremece y sus patitas de caucho rozan el asfalto. Avanzo cauteloso, intento meter rueda. Los apretados segmentos de la tenia me impiden la introducción. Nadie quiere ceder un espacio en la procesión. ¡EPA! Un amable ciudadano conductor para su camión de reparto y me hace señales con la mano. Mi ánimo desconfía, cuidado, mira su cara, fijate en esa torcida sonrisa, notas cómo aflora la crueldad en sus labios neronianos, la decisión de su mirada, el contenido de desprecio que exuda toda su forma humana. ¡Tengo prisa, cojones! Y arranco. No lo hagas, decisión equivocada. ¡Cállate la puta boca! Doy un pelo de gas, ya estoy dentro. ¡Lo ves, lo ves! Si, de acuerdo, pero reconoce que podía haber pasado. No te jode, cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. Por los espejos retrovisores vigilo atentamente las evoluciones del camión. Ten cuidado, métete entre las filas de coches, no permitas que continúe a tu espalda, como tú mismo acabas de mencionar, puede pasar de todo. Decididamente hoy tengo el ánimo trastornado. Sinfonía de bocinas. Cacofonías radiofónicas desde las ventanillas descendidas. Métete en la autopista, anda, seguro que te apetece darle al mango de verdad, liberar un poco de adrenalina, avanzar en el tiempo a toda hostia. Para los que no entiendan de la cosa: yo tengo una GSXR.1100.R con 155 caballos y una punta de 280 km. por hora. Incluso en 5ª, cuando pasas de 8.000 vueltas de motor, dependiendo del asfalto y del estado de los neumáticos, es tanta la potencia que desarrolla que incluso en las rectas la moto avanza cruzada porque la rueda trasera desliza. Empuja como un diablo enfurecido, es tal la patada que como no te agarres bien a los semimanillares... Voy en moto, por la autopista, como a 240 o más. Estoy en una recta muy larga, el tiempo se ralentiza, me invade una calma especial, voy muy rápido a ninguna parte, no pienso en nada, solo veo imagenes lentas, referencias que pasan, objetos que quedan atrás, todo un mundo que se pierde a mi espalda. A lo lejos un punto comienza a crecer, aumenta y aumenta, parece un camión detenido, ahora percibo claramente el destello intermitente de las luces naranjas, acelero un poco más, es como si estuviera parado y la película retrocediera, me siento tan bien, una forma incrementa su tamaño en mi pantalla mental, es parecido a caer, solo que aquí no hay verticalidad, es un descenso en horizontal, me siento tan vivo. CRASH.


© José Agustín Fontán
    elcuervo@facilnet.es



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