MONOTONÍA HOGAREÑA
 

Jero





Llego a casa a las ocho y media de la tarde, después de una ardua jornada laboral, hoy encima ha tocado bronca del encargado:

-Eres un inútil. ¿Cómo te tengo que decir que las revistas pornográficas se sitúan en el estante superior?, los niños también tienen ojos, ¿sabes?

Otro días más consumido en otra librería de cualquier ciudad.

Me estiro en el sofá, a mi lado, en el antiguo sillón de mi padre, se encuentra mi cafetera, fumándose un cigarrillo tranquilamente y mirando un programa de chafarderio en la televisión.

-Tú si que vives bien -le suelto- en la calle te querría yo ver.

Ni caso, absorta ante el televisor la cafetera ni se digna a devolverme la palabra.

-Déjala, estos últimos días está muy tonta -es la lámpara quien me contesta-.

-Sí, ya lo he notado.

-¿Sabes qué hay para cenar? -me pregunta la lámpara-.

-¡Comida! ¡Siempre pensando en comer! -le respondo- nos pasmos la vida comiendo. ¿Qué clase de vida es ésta? Además la mesa ya está vieja la pobre, un día de estos nos dará un disgusto.

-Viejo lo serás tú -se oye a lo lejos-, todavía tengo cuerda para rato, ya te gustaría a ti sentirte tan joven como yo.

Es la mesa que contesta enojada desde la cocina. A la pobre mesa se le había agriado el carácter con el paso de los años; siempre vestida con el mismo mantel, en las últimas semanas le era forzoso utilizar un bastón para poder andar como es debido.

Después de cenar, fue una cena con fuertes tensiones en la que la mesa todavía enfadada se tambaleaba adrede para hacer más difícil nuestra tarea de engullir la comida, acordamos, para relajar tensiones, hacer una partida al parchís. El juego estuvo muy animado y tuvo su momento álgido cuando el teléfono se puso a sonar cuando se comió a dos piezas de una tirada.

Ganó el equipo capitaneado por el reloj de pared, como casi siempre, pero fue acusado de hacer trampa: ¡Habían sobornado al dado! Allí se armó una buena pelea, en la que la gran perdedora fue la mesa, que perdió una de sus cuatro patas. Mañana tendría que llamar al carpintero para que reparase a la dolorida mesa, pobre mesa.

Al final el dado aceptó la acusación (había sido comprado por la promesa de un perfume nuevo), y fue castigado a pagar su falta de honestidad, pasando toda la noche en el cubo de la basura, que por otra parte era el castigo máximo que se aplicaba en nuestro hogar. El grupo del reloj de pared fue desposeído de su victoria, y sancionado a no jugar al parchís durante una semana. Y es que la ley se aplica estrictamente en mi casa.

Es hora de ir a dormir. La cafetera continúa sentada en el sillón de padre, mirando ahora un western protagonizado por John Wayne, y es que la cafetera, por efecto de la cafeína, se pasa el día despierta; no ha descubierto aún el efecto beneficioso de una buena cabezadita.

Me estiro en mi cama que me da las buenas noches y me besa en la mejilla. Monotonía hogareña, mañana más de lo mismo, vuelta a la librería, retorno a la rutina habitual.


© Jero


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