Soy un ángel y conozco el sabor de las cosas (digo el sabor para que me entiendan). No se trata, claro está, del sabor humano, químico, salivar. Es más bien una percepción basada en el conocimiento íntimo de los hechos. Por eso digo sabor, vivir, ángel: para que me entiendan. Porque lógicamente no tendrán ustedes mucha experiencia con nosotros y he de decir oteadero, vivir en un oteadero, para explicar mi vista elevada sobre los humanos y sus actos.
Actualmente soy un ángel notario. Un ángel insumiso que ha decidido no intervenir más, pues mi corazón mirífico no soportaba la implicación en tanta injusticia. Ya lo sabrán desde hace miles de años pero, por si lo necesitan, vaya también mi testimonio: el mundo es una máquina exacta, inflexible, directa como una locomotora a la que no le duele el eje si el camino pasa por encima de sus huesos. Simplemente (la única consecuencia) no habrá más huesos. Sólo harina de huesos.
Ahora estoy retirado, vamos a llamarlo así. Jubilado en mi oteadero para la eternidad, que me pertenece bajo la balaustrada, y yo mirando. Sufro, claro, pues mi sensibilidad es ilimitada. Pero, al menos, no intervengo y no arrastro durante milenios la culpa de la omisión.
Esta semana, por ejemplo, llegó un nuevo inquilino a la casa que hay bajo mi baluarte. Es un ático pequeño, con una terraza en la que hay geranios y rosales y una manguera. La alquilan por temporadas y ya he conocido distintos inquilinos. Viene una persona, cada vez diferente, de la empresa administradora y la muestra a varios postulantes. Luego, un día, llega un hombre o una mujer que abre postigos y balcones, se asoma al alféizar, estira los brazos alzando el rostro al sol. Después regará durante algún tiempo las plantas de la terraza, tomará alimentos, invitará amistades. Nada, en resumen, que llame mucho mi atención.
Supongo que dentro sí, dentro de los muros pasarán cosas verdaderamente interesantes. Las peleas, los llantos, el amor humanos. Pero yo me tengo prohibido penetrar en el interior de las casas. No acepto ya ver los cacharritos en las vitrinas, las ropas planchadas en los armarios, los cubiertos y la loza armados en los vasares. Sobre todo si se trata de objetos antiguos, objetos que han pasado por muchas manos. Los humanos creen que todo lo inmóvil es inerte. ¡Si supieran los recuerdos que emanan como golpes de tambor de los bibelotes manoseados. Los sabores dulces, salados, agrios, que atesoran la plata y el acero. Los humores frescos y grises empapados en la lencería y en las bufandas! Ellos me atacan y me duele el corazón, para que me entiendan, y por eso únicamente testifico sobre terrazas, explanadas y avenidas. Allí donde el aire corre y la lluvia y el viento lavan la cara cada día a los recuerdos. Créanme, es en los espacios abiertos donde la repetición infinita de las cosas es soportable.
El nuevo inquilino llegó solo y ya eso llamó mi atención. ¿Hay algo más extraño en el mundo humano que alguien realmente solo? Yo sé de lo que hablo. No es que haya venido para pasar las vacaciones o a ocultarse. Es que se trata de un hombre solo, alguien que ha elegido aquello, estar solo, dejando no únicamente la compañía de los demás seres, sino también la de los objetos.
El tipo me interesa por que es raro (después de tantos miles de años, ¿creen que hay muchos comportamientos mínimamente originales en el planeta?) y divertido y novedoso. Hace, además, mucha vida de terraza. Sale temprano al ático, se despereza, desayuna y luego se sienta hasta media mañana sin nada más que hacer que mirar la bahía y el collar de montañas que la rodea.
No fuma, no lee, no escucha música. Sólo, de vez en cuando, contempla un teléfono que ha instalado sobre un taburete. Un teléfono negro, pesado, anacrónico. Un teléfono que está unido al mundo por un cable larguísimo que se arrastra por el piso, sube el escalón, se interna en la casa.
Aquel aparato tiene también algo peculiar: jamás suena. Jamás es usado por el hombre que sólo lo mira como el que mira un detonador, algo que le permitiría, únicamente con descolgar, enviar la electricidad por toda la extensión del hilo hasta la dinamita del otro extremo, el explosivo que rompería acaso un dique, un muro, el mundo.
Es necesario aclarar, antes que nada, que el hombre es un suicida. No uno cualquiera, sino uno de verdad. Podrán imaginarse que he conocido bastantes (la mayoría falsos) suicidas por accidente o por obligación. Suicidas que nunca desearon realmente morir. Tipos que, aún hoy, me dan realmente nauseas, para que me entiendan. Gente que antes de quitarse de en medio babeaba, hipaba, se orinaba encima. Otros intentaban gastar la vida no consumida y frenéticamente se empapaban en alcohol, gastaban enormes sumas en comidas, en telefonear a prostitutas. ¿Porqué todo aquello? Resulta tan grotesco que ni yo lo entiendo ni soy capaz de disculparlos.
Él sí. Él sabe que es un suicida con la misma certeza con que yo lo sé. Por eso está tranquilo. Espera en la terraza y, mientras, escucha su corazón, contempla el aliento emerger de su pecho, se prepara para la extinción viendo secarse las flores, cómo las flores caen en un proceso lento. Una historia que dura días. Se sienta con el torso desnudo en la terraza y se dispone a contemplar la procesión de la muerte. Cómo avanza despacio, erosión, marea, girar de astros. Un día, alarga una mano y aguarda a que su palma acoja el pétalo aún caliente, desprendido, indoloro. Eso es la muerte. Le veo llorar entonces lágrimas chiquitas, lágrimas que se podrían usar también para alguna íntima alegría, una felicidad como poder vivir eso, ese preciso instante.
Han pasado varias semanas desde que llegó. Nunca había hecho lo de ayer. Me sorprendió verle tomar el auricular y marcar un número. Atardecía cuando una voz contestó. Yo sabía que él no respondería. Que sólo llamaba para oír aquella voz, la voz que decía sí, contésteme por favor, quién es. Rápido volvió el auricular a su percha y se quedó con las manos apoyadas en la balaustrada, separadas con exageración, muy alejadas las manos del cuerpo. Pensé en los albatros, con sus alas enormes, al verle permanecer allí, en la cubierta de la nave que se iba sumergiendo en la noche.
Desde entonces, telefonea a diario. Aguarda hasta que el sol se oculta tras el cabo y entonces lo hace. Descuelga, introduce el índice y despacio hace girar el disco que da vueltas, diez vueltas, hasta que responde la voz.
Otros creerían que él abriga esperanza. Que por ello telefonea. Que si la voz contestase no las frases rituales, esas del comercio o la oficina, las frases que fueran gasas transparentes de amor, él entonces abandonaría. No sería más un suicida. Unicamente un hombre de vacaciones que llama a su amante y contempla largas puestas de sol. Yo conozco que no es cierto. Su deseo de morir no depende de otro ser. Es un deseo puro, sin culpables, sin accidentes. Un deseo viejo. Es sólo que no quiere vivir más esa vida que él es capaz de vivir.
Tal vez otra sí. Tal vez una más dura o más cruel, una más dulce y placentera, una más alejada e insensible. Pero nunca aquella, la suya, la única a la que tiene derecho, la única de la que tiene libre disposición.
Sé que es así porque no quiere dejarlo todo por culpa del pasado. Es el futuro el que mata sin siquiera aterrarle. Se extinguirá porque se sabe íntimamente sin fuerzas para lo venidero, para aquello que él ha ido convocando cada uno de los días anteriores, los días, los minutos erróneos, abominables.
Mi vecino es un hombre consciente. Un hombre que ha trabajado duro su futuro, cada hora de su futuro, durante décadas. Aquel porvenir es un porvenir labrado, tallado, repujado. Un futuro que le otorga el derecho, todo el derecho a matarse, a destruir lo que es suyo, lo que sólo le pertenece a él. No es un hombre decepcionante. No interpreta mientras ocurre un melodrama chillando. No suplica ni amenaza.
Todos los que yo había conocido hasta ahora eran unos extorsionadores. Estafaban a los demás con su sensiblería y se hacían daño por el placer de provocar dolor a los otros. ¡Mira como sufro por tu culpa!, gritan esos tipos despreciables. La sangre no les duele con la ebriedad de la venganza.
Esa es la única debilidad. Telefonear. Por lo demás es ya un perfecto suicida. Tan perfecto que no es necesario ni que se mate. Eso no sé si lo sabe ya. Que no se requiere la extinción real del cuerpo para estar decididamente cadáver, ajeno a todo y a todos. Que basta con renunciar a interpretar el papel del ser humano en los días venideros.
Sale otra vez a la terraza, como cada tarde cuando el sol ya no aplasta todas las cosas con su peso enorme. Sale desnudo, sudoroso, con el rostro abotargado sin duda por una siesta demasiado profunda, abandonada, interna. Le contemplo con simpatía mientras toma la manguera, gira la canilla y recibe sobre el rostro, el pecho, el sexo, la humedad tan fresca del aljibe.
Sorprendido, escucha el teléfono sonar. Como si fuera imposible que restallara el timbre del aparato. Incrédulo, como si fuera una alucinación, sigue bañado por el agua que brota helada del plástico aún abrazado. El agua que surge a borbotones por aquella dureza y es expulsada contra las costillas y el mentón. El tiempo pasa, un minuto, dos minutos tal vez, y el artefacto negro continúa vomitando aquel ruido cruel desde sus tripas de alambre.
Por fin, deja caer la manguera al suelo y levanta el auricular. Puedo ver el suceso. Cómo la mano se atenaza a la baquelita, la hace desplazarse por el aire, acudir hasta el oído.
Se ha levantado brisa y, sin duda, por su causa tiene el vello erizado, un vello que apenas estorba el deslizarse de las gotas de agua por toda la piel.
Dice sí, dígame, quién es.
A veces también yo lo olvido. Incluso es bonito hacerlo. Olvidarse que lo sé todo, todo lo que pasará, todo lo que podría pasar. Aunque cuánto mejor ser como ustedes: un testigo crédulo, adolescente, confiado. El testigo que creería que todo tiene arreglo y que la vida puede continuar cuando se contempla al hombre sonreír y emocionarse al reconocer acaso la voz. Esa voz que habría atravesado la terraza arrastrándose por el interior de un hilo.
Ahora, en estos instantes, la verdad se está fraguando, cocida, arcillosa. Mientras, la manguera sigue abierta y el agua cubre los pies y comienza a escaparse como nunca hizo por el caño hacia abajo, hacia los balcones de otros vecinos que cultivan también geranios y rosales y madreselvas.
© Jesús Román Martínez Álvarez
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