LA LLEGADA DEL PADRE
 

Juan Antonio Rojas Delgado





Un viejo que sabe que su hora ha llegado, consumido por el alcohol, observa, mientras reposa en una hamaca, la higuera que un día plantó en recuerdo de tiempos pasados frente a lo que hoy es una chabola destartalada. Le gustaría fumar un cigarro, pero ha gastado en vino sus últimos cinco bolívares, y hoy no se siente con fuerzas para empujar el último carrito isleño que queda en La Guaira.

No se encuentra bien, pero la fortuna ha querido que el día de su muerte no esté solo. Lo único que puede atemorizar a un viejo que, como José Gonzaga, lo ha visto todo, es precisamente la soledad. Teme encontrarse desnudo con la muerte, acaso cree que la más criminal enemiga del hombre puede acobardarse frente a otro hombre, como si su acompañante pudiera ser más misericordioso que Dios y tuviera el poder suficiente para arrancar su vida de las manos de la muerte.

Ese acompañante es el hombre enjuto vestido de negro y con sombrero de fieltro que le cuida desde el amanecer. Como si de una broma del destino se tratara, el viejo que va a morir está hoy lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, y admitir que su memoria ya no es lo que era, y que hoy no recuerda el nombre de su acompañante, igual que olvida a veces donde dejó su carrito, o dónde vive desde hace 47 años.

José Gonzaga es uno de tantos canarios a quienes las carencias de la posguerra llevó a emigrar clandestinamente a Venezuela, sin más bagaje que un zurrón, un poco de gofio de millo, unas lonas, y alguna muda de ropa.

En cualquier varadero, sólo visibles en plena noche por las camisas blancas arremangadas, era frecuente en aquellos años ver cómo los hombres, sin apenas atreverse a mirar atrás, empujaban las frágiles barquillas de pescadores que les llevarían hasta alta mar, donde el barco que esperaba les llevaría a cualquier lugar de la costa americana.

Unos harían el duro viaje con el llanto de los hijos aún resonando en sus cabezas, otros pensando en la mujer, puede que en la madre, o bien en aquella bonita muchacha que llevaban tiempo pretendiendo y que ahora dejaban atrás, no sin antes entregarles por medio de alguna amiga una secreta carta de amor.

Frente a la costa, los más rezagados apuraban los instantes finales para dar un último abrazo a los chiquillos y el penúltimo pellizco a la esposa de carnes generosas. Algunos, de espíritu más débil, enternecidos por las lágrimas de los hijos, decidirían en el último momento no partir prefiriendo el hambre o la pobreza a la soledad. De camino a la casa, en el duro asiento de madera de la guagua perrera, consolarían a la mujer resignada ya ante el triste panorama y la oportunidad perdida: "¿Qué vamos a hacer?", "Deja ver, mujer"

En aquella odisea transatlántica, no era infrecuente que codiciosos capitanes embarcaran más personas de las que permitía la capacidad del barco, provocando con ello las penalidades de los emigrantes y en muchos casos la muerte de los más débiles. El resto, irremediablemente lejos del hogar y de su tierra se sacrificarían, enfrentándose al duro trabajo en busca de un futuro mejor

Entre todos, pocos serían algún día emigrantes de retorno. La mayoría rompería con lo dejado atrás y se integraría plenamente en su nueva tierra. Algunos volverían enriquecidos con dinero caraqueño, otros, sin embargo, como el viejo muerto, preferirían no volver antes que hacerlo con la amargura del fracaso.

José Gonzaga ha vuelto a perder la noción del tiempo y el espacio, desvaría, y cuenta en voz alta, quizás al hombre de negro, aún sin nombre y posiblemente imaginario, cómo liando un cigarrillo en la popa del barco, la vista del emigrante solía perderse en la estela que la nave dibujaba en el mar, como si tratara de memorizar el camino para no perderse a la vuelta y aquella marca fuera a fijarse en el mar para guiarlo.

Recuerda que su padre solía salir a la mar entre semana, en un bote de remos que tenía en un varadero que había justo debajo de una montaña de origen volcánico, que se alzaba frente a la costa. Sabe Dios cómo los hombres del pueblo habían conseguido bajar las embarcaciones por aquellos empinados riscos. Por ese entonces él era apenas un monifato, que siempre se empeñaba en acompañarle en sus cortas travesías. Le gustaba el vaivén de las olas, pero sobre todo sentarse detrás y coger el timón mientras echaba, orgulloso, alguna que otra mirada a la estela que dejaban atrás. Se le antojaba que dominar entre las olas aquella barquilla blanca y verde de chapa marina era toda una hazaña.

Cuando echaban el ancla cerraba los ojos, respiraba profundamente, y se sentía orgulloso como un viejo lobo de mar. Cuando no se dormía al suave calor del sol de la mañana, su padre le enseñaba a pescar, y pronto aprendió a llamar a cada pez por su nombre. A veces se equivocaba y llamaba pejín a una vieja, y su padre, mientras reía a carcajadas, le repetía la misma frase de siempre: "Josico, con una caña y tiempo se hace uno pescador".

A su madre no le gustaba que el padre lo metiera por las fugas de aquellos barrancos. Él, sin embargo, se sentía seguro desde el momento en que éste le ofrecía su mano grande y áspera. Le enseñaba a bajar con cuidado por las veredas, apoyando bien fuerte los talones en el suelo para no resbalar.

Cuando volvían a casa, entraba orgulloso con el trofeo de la pesca, y enseguida se apuraba a enseñar qué pescado había sacado él. Aunque fuera el más pequeño le parecía que era grande como el que más. Recuerda que a menudo exageraba el esfuerzo que le había costado capturarlo, y su padre, con mirada cómplice, nunca le corregía, más bien le miraba gozoso. Podía comprobar cómo se le acentuaban las arrugas de los ojos cuando sonreía al final de su historia contada a media lengua. Luego lo cogía en brazos y lo zarandeaba un poco diciéndole que ya estaba hecho un hombrito.

Antes de poner la venta, algunas veces su madre lo mandaba a comprar sal para preparar jareas con el pescado más hermoso. Le ponía una moneda en la mano y le decía: "Ahora vas y me compras apenas de sal en cas'de Antonito". Nunca le decía cuánto exactamente, pero ya sabía que cuando la ventera le preguntara tenía que decirle que como para salar un par de kilos de pescado.

En aquella época vivían cerca de la plaza, en una casita terrera con suelo de piedra, junto al camino. En aquellos tiempos el que menos tenía alguna huerta en las cercanías o era medianero, y su familia tenía una higuera que cuando era el tiempo daba unas brevas hermosas. Lo cierto es que siempre tuvieron higos de sobra, pero los chiquillos preferían comerse los de Cha Sensión, más ruines según decía su padre, pero eran más las veces que lo hacían por mortificarla que por ganas de comerlos. Se subían al árbol hasta que oían una voz que gritaba desde dentro de la casa: "¡Mira par’ hay eso, colgados otra vez del mato!".

Entonces salían corriendo y ella les caía atrás. Se paraban cada cierto tiempo, y cuando ella los alcanzaba volvían a echar a correr, hasta que la mujer, sofocada, tenía que sentarse un una piedra del camino y abanarse con el sombrero. En esa posición levantaba la mano y decía en voz alta: "Bien ruinitos son, ¡déjense estar, que el día que yo los coja!".

Cuando no tenían qué hacer Cho Florentín los llamaba y los subía al trillo para hacer peso. Los entretenía hasta que acababa la faena a base de contar cuentos o inventándose juegos. Recuerda que una vez les dijo que iba a contarles un cuento al revés, y lo hizo de la siguiente forma: "Con la ayuda de Dios, al revés voy a contarles: Que dieciséis, quince, catorce; trece, doce, once, diez; nueve, ocho, siete, seis; cinco, cuatro, tres, dos, uno".

Luego les pedía que lo repitieran para ver quién era capaz de decirlo bien a la primera, y así los tenía allí horas muertas. De tal suerte que con el mayor peso él podía trillar mejor el trigo, y ellos con el juego no se acordaban ni de que tenían que comer.

Algún tiempo después, durante la guerra, el propio Florentín emigraría, esta vez a Santo Domingo. Una vez oyó decir a su padre, sentado en la mesa de la cocina, que se tuvo que ir por eso de las políticas. Alguien lo había acusado y se lo iban a llevar por ser rojo. Él no entendía qué era ser rojo, pero no preguntó porque su padre siempre decía que los niños no debían meterse en las conversaciones de los adultos. Además, algo le decía que aquella noche tenía que portarse bien, porque su padre estaba muy serio y hacía mucho tiempo que no salía a pescar. La mañana siguiente se enteró de que su padre había tenido que irse a la Península, a un lugar que llamaban El Frente, y no comprendió bien hasta mucho tiempo después por qué no volvió nunca.

Al desembarcar en Caracas, empezó a trabajar en la construcción gracias a un conocido de la familia. Acostumbrado a trabajar en el campo, el empleo no se le hizo duro, y pronto se dio cuenta de que si trabajaba las horas suficientes podía, incluso, ganarse bien la vida. En aquellos primeros meses todo fue bastante bien, incluso consiguió ahorrar algún dinero, hasta que le cayó aquella viga en el pecho y se le fue todo en hospitales.

Nada más ingresar en la clínica su padre vino a visitarlo con su sombrero de fieltro a medio calar. Por aquella época podía llevar muerto catorce o quince años, por lo que creía haberse comportado con muy poca soltura. Como estaba sólo en Caracas, su padre estuvo a su lado un tiempo, hasta que un día, sin más, le dio la espalda y se marchó por donde mismo vino.

Estaba seguro de que la tía Dolores lo habría hecho mucho mejor que él, porque al fin y al cabo a ella se le aparecía el abuelo Manuel todas las noches, y queramos o no, en estos casos la experiencia vale mucho. Recuerda que siempre contaba que el aparecido se sentaba en la silla que estaba al pie de su cama y se cruzaba de brazos muy serio. Llegó un momento en que Dolores se acostumbró a verlo allí, y pasaron dos años largos en los que se cambiaba de ropa en el baño antes de acostarse y después se metía en la cama con un camisón largo y cerrado.

Cuando el tío Sebastián se ponía cariñoso con ella, se levantaba de la cama y se iba al sillón, porque decía que su padre le daba aún mucho respeto, y que algún día ya se cansaría de estar en la silla y se iría por donde mismo vino. Pero a base de esperar y obligada a despreciar al marido sin ella desearlo, la paciencia se fue agotando hasta que una tarde se sentó en la cama y esperó cruzada de brazos hasta que llegara la noche y apareciera el padre en la silla.

Cuando por fin vino, probó a hablar con él para tratar de convencerlo de que en el cielo y hasta en el purgatorio estaría más tranquilo que allí, pero parecía escuchar menos de lo que había hablado esos dos años. Entonces recordó que el viejo estaba ya un poco sordo, pero ni a gritos que se lo repitiera se daba por aludido y menos aún se levantaba de su silla, hasta que cansada de tanta palabrería le soltó que ni padres ni saltos padres, que si él le debía algo ella se lo perdonaba y que si no se marchaba de una vez lo mandaba de cabeza al mismísimo infierno. Entonces el abuelo Manuel, en lo que la tía Dolores se limpió las lágrimas con la punta del vestido, se levantó de su silla y se fue.

Volvería mucho tiempo después para anunciar la muerte del hijo que había emigrado a Cuba y que nunca había regresado. Por ese entonces hacía ya varios meses que la tía no salía de su cama y se consideraba que a fuerza de pasar muchas horas cuidando a los muertos del cementerio, como no podía ser de otra manera, le habían ido robando poco a poco las ganas de vivir; porque se sabe que los muertos tienen celos de los vivos.

Cuando dio la noticia de la muerte del hermano se le achacó haber perdido definitivamente el juicio, pero sólo lo perdería durante unos días porque esa misma semana llegaron noticias de la isla caribeña por primera y última vez después de muchos años.

La tía Dolores, que tanto sabía de sus muertos, contaba durante los pocos meses que pasó en cama que eran los padres los encargados de venir a comunicar a sus hijos la llegada de la muerte, y no se equivocó, porque a las pocas semanas de recibir noticias de Cuba también ella murió, y como lo sabía todo de los muertos se ve que no la cogió de sorpresa, porque con su largo pelo extendido sobre la almohada era una muerta hermosa.

José Gonzaga, ya no es el niño de sus recuerdos, es un viejo consumido por el alcohol que sabe que su hora ha llegado, y mientras tanto observa en reposo desde su hamaca la higuera que un día plantó en recuerdo de tiempos pasados. Sigue en la chabola destartalada, y pese a que sangra cuando tose, aún le gustaría fumar un cigarro.

Está cansado, prefiere cerrar los ojos. "Ojalá pudiera hacerlo por última vez". Al abrirlos, fija su vista en el hombre enjuto vestido de negro. Se ha quitado el sombrero de fieltro, y lo observa con profunda tristeza. Vuelve a cerrar los ojos, y al tiempo que siente como si algo en su interior se desgarrase no puede evitar pensar: "Padre, llega tarde, hace tiempo que lo esperaba".


© Juan Antonio Rojas Delgado
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