LA PUERTA
 





El martes no tenía que trabajar y me levanté más tarde que de costumbre. Mi mujer y los niños estaban en el colegio a esa hora y un silencio metálico rellenaba el hueco de los ruidos habituales. Tuve la sensación de estar recorriendo una casa diferente, la casa en sí misma, no la perturbación de quien la habita. Al atravesar el pasillo me pareció que había una puerta más que la noche anterior, tal vez un fleco de sueño que adherido al pijama arrastraba sus zapatillas por mi somnolencia. Duchado, vestido y desayunado, definitivamente levantadas las persianas de mis párpados, la puerta seguía allí, en el mismo lugar, insinuando la casa de los vecinos, unos vecinos con los que manteníamos unas relaciones que no eran precisamente como para abrir un pasadizo de intimidad. Tenía cita con el podólogo. Salí.

Ya de vuelta, después de una esquina, apareció un antiguo compañero de trabajo al que no veía desde su traslado al nuevo centro de las afueras. Comimos en el restaurante recién abierto y al despedirnos, hasta otra coincidencia que no debía demorarse tanto, "antes de que seamos viejos" -bromeé- me dijo que son las fotografías las que envejecen.

Al regresar, la casa estaba en silencio, era pronto aún. La puerta se me había olvidado pero seguía allí, con su picaporte incitando a ver el lado de allá. No sabía si abrirla o leer el periódico y esperar. La abrí, muy despacio, temiendo que chirriara y sobresaltase la conversación de los vecinos, pero no daba a ningún piso contiguo, daba a mi niñez, a un trozo de mi niñez: estaba el abuelo, sentado en su mecedora y con la novela adormecida entre las manos, estaban mis hermanos pequeños, y un juguete recordado, o tal vez alguno que nunca tuve, dos amigos del colegio forcejeaban por una cajita de madera, al fondo la ventana del comedor que daba a la plaza y que ahora sólo podía abrirse a un patio de luces. Un sudor escaso se me asomó en el cuerpo mientras un ligero temblor dudaba entre mis piernas y mi aliento intentando quizás un paso hacia adelante. Alguien que se había equivocado de número hizo sonar el teléfono a mi espalda y cerré la puerta con decisión, casi con urgencia. Cuando colgué el teléfono comprendí que no sería capaz de abrirla otra vez y me marché a la primera sesión del cine del barrio.

Subí sin esperar el ascensor. Mi casa tenía la gente y el sonido habitual de esas horas. El mayor parecía estudiar, los dos pequeños veían dibujos animados, mi mujer estaba en la cocina, atareada, esa noche ponían su programa favorito en la televisión y cenaríamos temprano. Al pasar rocé la puerta con la yema de los dedos. Me cambié de ropa. Cerré el armario. Ni un pensamiento sonaba en la penumbra de la habitación. Sin necesidad de un espejo supe que mi primera cana se abría paso entre la multitud.


© Rafael Fernández-Delgado
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Este relato también está publicado en La Última Morada


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