LEGANITOS
 





 

Amaneció, muerto, junto al número tres de la calle Leganitos, con la Gran Vía y la noche a su espalda y el Palacio de Oriente como un futuro imposible de recuerdos.

Se acodó en el mostrador a esa hora en que las recepciones de los hoteles se vuelven taciturnas y le contó al conserje que había regresado después de casi cincuenta años de ausencia. Muy cambiado todo, como en todas partes, dijo, y le habló de una mujer, creía recordar que había dicho Carmen, o quizá dijo Luisa, su primer amor, con la que había estrenado caricias que habían dejado en sus manos un recuerdo de arcilla, la sensación de que sus formas se iban moldeando al ser trazadas por sus dedos, pero no se había atrevido a subir, la casa seguía estando, con sus balcones y ventanas a distinto nivel, como siempre, dando la impresión de que la habían construido a medida que iba creciendo la escalera. Tal vez hubiese fallecido, o ningún vecino la recordase, demasiado tiempo sin saber de ella, algunas cartas al principio y olvidado quién empezó el silencio, sin embargo mañana iba a subir porque quería volver a pasear con ella la plaza del Palacio de Oriente.

Carmen, la única Carmen del número tres de la calle Leganitos —ninguna Luisa— dijo que no conocía a nadie que se llamara así, y repitió un par de veces el nombre y los apellidos, en voz alta, dándole una oportunidad a su memoria, como cuando se levantaba del sillón, que siempre le costaba algún intento fallido. Se puso las gafas para mirar la fotografía del pasaporte y dijo que se daba un aire a un antiguo novio, un chico del barrio que había emigrado en los años difíciles, pero que no podía asegurarle que fuese él, así, calvo, con arrugas, y después de tanto tiempo, no se lo podía asegurar. Devolvió el pasaporte al inspector de policía y mientras cerraba la puerta tuvieron la impresión, ambos, de que sus ojos se habían llenado de recuerdos.

El informe del forense dictaminó paro cardíaco, ningún signo de violencia, y el comisario Sánchez cerró a la vez la carpeta y el caso. Cuando se marchó a su casa cambió el itinerario habitual y pasó por delante del Palacio de Oriente. Por si estaban paseando juntos.


© Rafael Fernández-Delgado
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