A Alberto Díaz (mi proveedor de "grageas"
literarias),
por su valiosa contribución en este relato.
Si un mes atrás Oliden hubiera previsto, o al menos
sospechado las implicancias, hubiese pasado por alto las
reveladoras páginas del libro que acaba de quemar.
Contra toda sugerencia familiar, dejó trunca la carrera de
medicina para dedicarse al estudio de fenómenos paranormales.
Estuvo seis años buceando entre los vericuetos de las ciencias
ocultas (que no son tan ocultas a partir de Oliden), practicando
ejercicios de elevación espiritual, concentración sistemática
programada, control mental de las funciones orgánicas vitales,
asistiendo a simposios y congresos, escuchando a otros y hablando
él para otros, valiéndose de los medios televisivos para que su
imagen se multiplique en millones de hogares, convirtiéndose en
pocos años en una celebridad internacional. Vagando por el
mundo, buceando, explorando, indagando, levantando piedras para
ver si debajo está lo que buscó desde el primer día en que
decidió abandonar la tradicional carrera de medicina: aquella
luz verdadera que le indique la única manera posible de despojar
(en vida) el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, lo
etéreo de lo palpable, y una vez logrado ese salto a la
dimensión divina, convertirse en piloto de sí mismo, surcando a
su arbitrio el espacio, sin leyes físicas que graviten en el
derrotero elegido ni leyes humanas que impidan el verdadero vuelo
astral.
Su teoría, como es de esperar en estos casos, fue desde un
primer momento aceptada y fervorosamente elogiada por sus
discípulos, aunque hasta ese momento no hubiera podido
demostrarla en términos prácticos; pero para los seguidores de
la corriente clásica, como también es de esperar, su teoría
carece de todo fundamento científico, por lo que lo han atacado
sistemáticamente en cuanto congreso o simposio se organice en
cualquier punto del planeta. A estos últimos él los llama:
"los trituradores de teorías", o en ocasiones:
"inquisidores infames". Y más de una vez los ha
desafiado a que le demuestren que el vuelo astral es imposible,
que en verdad su teoría es un disparate . "¡A ver,
demuéstrenmelo, mentes obtusas y conservadoras!", gritaba a
sus detractores apuntándolos con un dedo amenazador,
"¡Así les hicieron otros iguales a ustedes a Copérnico y
Galileo, y hoy, en nombre de aquellos insensatos del pasado,
tenemos que pedirles disculpas frente a sus tumbas!". Estas
peleas públicas habían dividido dos corrientes de pensamiento
bien marcadas, como si del agua y el aceite se tratara, igual que
hace varios siglos atrás cuando aparecieron: Copérnico y su sol
estático como centro del sistema planetario y Galileo
apoyándolo a riesgo de morir en la hoguera, Colón con su loca
idea de la redondez de la tierra, Darwin y su teoría evolutiva,
Einstein relativizando lo que todos creían absoluto, Freud y la
certeza de que todo trauma presente tiene su inicio en el pasado,
etcétera. Oliden no podía distraer horas a su ocupado tiempo
para discutir con quienes no querían escuchar, por lo que poco a
poco fue cambiando su postura contestataria y se dedicó
exclusivamente al desarrollo de su tesis. La hipótesis de
trabajo que había ideado consistía en sondear cuanto escrito
del pasado o presente anduviera olvidado y perdido en algún
anaquel remoto de un no menos remoto país; y la única forma de
llevar a cabo esa empresa era aprovechando las invitaciones a
congresos para visitar bibliotecas, y librerías de usados allí
donde él se encontrara.
La revelación la tuvo en sus manos hace
un mes en una oscura librería de usados en Lima, Perú. De no
haber sido por el sugerente dibujo de un áurea blanquecino
desprendiéndose de algo parecido a un mandala multicolor, lo
habría pasado por alto. Pero allí estaba: sobre una desordenada
pila de mamotretos gastados y polvorientos. Era un libro mediano
de tapas doradas; sobre el dibujo, el título en letras negras
anunciaba: "Alma viajera". Al pie figuraba el nombre
del autor: "Swami Pranavanda". Ya con el libro en sus
manos le quitó el polvo con un fuerte soplido e indagó entre
sus páginas un poco más. Por lo que pudo apreciar, se trataba
de un ensayo de origen Hindú escrito tres siglos atrás y
traducido al español un siglo más tarde por una editorial
barcelonesa. Swami Pranavanda contaba que en las afueras de
Katmandú había conocido a un viejo maestro que lo reclutó para
enseñarle el arte de la máxima elevación espiritual.
A Oliden
el corazón le dio un salto, sintió una pelota de béisbol que
subía y bajaba dentro de su garganta raspando y asfixiando, y un
escalofrío le recorrió la médula con la velocidad de un rayo.
«¡Mierda!» pensó «Esto es como ganar la lotería
con todos los premios».
Lo llevo le dijo al vendedor
sin preguntarle el precio.
Salió presuroso del lugar y se
encaminó al hotel donde se alojaba, a unas pocas cuadras,
cruzando la plaza de la república.
Al llegar a su habitación se
recostó en la cama y comenzó a leer. Estaba excitado y le
costaba conseguir una lectura normal. Leía tan rápido que su
mente no podía procesar semejante catarata de palabras. Respiró
hondo y trató de contener el aire en los pulmones un buen rato
hasta serenarse. Luego continuó leyendo con gran interés hasta
pasada la media noche.
"...Al quinto día de ayuno, cuando
al fin logramos despojarnos de todo pensamiento impuro y nuestros
cuerpos alcanzaron su funcionamiento armónico, mi maestro
comprendió que había llegado el momento de ejecutar los
ejercicios de elevación."
En este punto del relato, Oliden
hizo un alto. Miró su reloj y calculó que había estado leyendo
por espacio de siete horas sin interrupción. Iba por la página
120 de un total de 300 y no lo había notado; ni siquiera estaba
cansado. Repasó mentalmente lo que había leído hasta el
momento y supo que estaba a punto de entrar en el último tramo
del camino de esa búsqueda obsesiva que lo separó de sus
afectos y lo convirtió casi en un asceta. Por un momento tuvo
miedo de seguir; aunque sabía que allí estaba lo que buscaba,
no podía prever de qué modo iba a reaccionar. Pensó en Galileo
peleándose contra la Iglesia y en Copérnico en el instante
previo a la confirmación de su teoría, frente a sus elementos
de medición, a punto de asentar el último dato en su hoja de
anotaciones que eliminaría para siempre la idea equivocada de
que el sol giraba alrededor de la tierra, que para colmo de
males, no sólo se trasladaba sino que también giraba sobre su
eje. "¡Si muove! ¡La terra, si muove!", gritaba
Galileo a un inmóvil tribunal inquisidor. Cuántos años de
estudio y de lucha tratando de imponer esa teoría. Y cuántos
años más tendrían que pasar para que aceptaran su
descubrimiento. Respiró profundamente y cerró el libro. Al rato
se durmió.
Al día siguiente desayunó un té. Había comenzado
un ayuno igual que el de los monjes. Esa jornada continuó
leyendo.
"...Llegado al estado alfa, en donde es posible ver
la luz, desatamos la última ligadura: aquella que nos mantiene
cautivos, prisioneros de nosotros mismos en nuestro cuerpo
material..."
La noche lo había sorprendido. Leía con tal
avidez que no sentía el paso de las horas. Cenó un té y
continuó con el ayuno. Así estuvo durante los días restantes,
hasta llegar a la noche del cuarto día, en que cerró el libro
con el señalador en la página 285 y comenzó a hacer las
valijas. Ya no se justificaba su presencia en el Perú. Quería
volver urgente a la soledad de su departamento en Buenos Aires,
terminar la lectura del libro y repetir con exactitud cada uno de
los pasos de iniciación seguidos por aquellos maestros del
Hinduismo.
Cuando cerró la última valija, dejó abierto el
bolso de mano; allí guardaría los elementos de aseo que
utilizaría por la mañana al levantarse. Levantó el libro de la
mesa de luz y lo depositó con cuidado en el fondo del bolso.
Quería tenerlo cerca cuando se trasladara. Era demasiado valioso
como para guardarlo en una de las valijas con el riesgo de que el
equipaje tomara un rumbo distinto al suyo. Eso le había ocurrido
un año atrás en Zurich: él llegó, pero su equipaje se perdió
en tránsito vaya a saber uno hacia dónde. Nadie pudo darle una
solución. Tuvo que contentarse con aceptar las disculpas de la
aerolínea y un cheque por un monto irrisorio como compensación
"por la lamentable pérdida y esperamos que siga volando con
nuestra compañía".
Llamó a conserjería y pidió que lo
despertaran a las seis de la mañana siguiente, que tuvieran
lista su cuenta de gastos y que le ordenaran un taxi para que lo
pasara a buscar por el hall del hotel a las siete. También
solicitó línea directa para comunicarse con la agencia de venta
de pasajes aéreos y reservó un lugar en el vuelo 741 de
Aeroperú que partía a las ocho y quince sin escalas hacia
Buenos Aires.
«Es increíble lo que se puede lograr a través de
una línea telefónica», pensó satisfecho. Volvió a recostarse
sobre la cama y al rato, sin mucho esfuerzo, se durmió.
Al día
siguiente, luego de darse una ducha tibia y afeitarse, bajó a la
confitería del hotel y desayunó (sin variar) un té. Sus
valijas serían bajadas en cualquier momento a la conserjería.
El bolso de mano estaba con él, debido a su prolongado ayuno lo
notó más pesado que el día anterior. Revisó por última vez
que todos sus documentos estuvieran en orden y se marchó.
Mientras firmaba el cupón de la tarjeta de crédito, el conserje
lo miraba como para decirle algo. Esto lo notó Oliden y lo miró
arqueando las cejas, un gesto típico para obligar al otro a
hablar.
¿El señor ha disfrutado su estadía?
Plenamente contestó Oliden comprendiendo la causa de
la pregunta, porque se suponía que estaría alojado hasta fin de
mes, y faltaban seis días para eso.
He disfrutado mucho en
su país y su hotel tiene un servicio estupendo, además de ser
ustedes unas personas sumamente agradables aclaró.
El motivo de mi ida repentina se debe a asuntos urgentes que debo
resolver en Buenos Aires.
El conserje quedó satisfecho con el
elogio y llamó al botones para que llevara su equipaje a la
explanada en espera del taxi que no tardaría en llegar "y
esperamos que nos visite pronto".
Afuera, el sol limeño
iluminaba la mañana con su hirviente manto. Oliden se preguntó
si el taxi contaría con equipo de aire acondicionado. Se sentía
débil y le dolía un poco la cabeza.
¡Uf, qué calor!
Dijo el chofer mirándolo por el espejo. El auto avanzaba
por la vía costera a gran velocidad. A pesar de tener las cuatro
ventanillas abiertas y recibir la brisa del mar, la temperatura
que reinaba dentro de la cabina era intolerable.
Sí, más
que en Buenos Aires, se lo aseguro, mucho más respondió
Oliden secándose la frente sudada con un pañuelo descartable.
Roto el hielo, el chofer siguió hablando del tiempo, el
tránsito, la carestía de la vida en Perú, quejándose,
lamentándose, gesticulando ampulosamente con las manos, y sólo
recibía por respuesta un leve sonido que escapaba de los labios
de Oliden parecido a un doble mugido corto, que podría tomarse
como un gesto aprobatorio. Oliden lamentó hacer aquél
comentario. Tenía su mente y todos los sentidos puestos a
trabajar en el análisis de lo que había leído y el desarrollo
de los pasos a seguir ni bien pisara suelo argentino. El parloteo
del chofer le sonaba distante, ininteligible, y cuando se
producía un silencio prolongado significaba que esperaba una
respuesta, a lo que Oliden contestaba mecánicamente y con los
labios cerrados: "Mm... mm" acompañado de un leve
movimiento de cabeza de arriba hacia abajo. El chofer,
satisfecho, arremetía con una nueva frase, y así
consecutivamente.
Al llegar al aeropuerto Oliden suspiró. La
pesadilla había terminado. Entró al hall central y el aire
frío de los acondicionadores de aire lo reanimó. Fue hasta el
mostrador de Líneas aéreas peruanas y presentó su
documentación. El reloj de pared, a espaldas de la empleada que
lo atendía, indicaba las siete y treinta; tiempo suficiente como
para hablar a Buenos Aires y reservar un remis para que lo
esperara en el aeropuerto.
Cuarenta y cinco minutos después, con
una puntualidad poco común en el aeropuerto peruano, Oliden se
elevaba por sobre la cordillera rumbo a Ezeiza. No era un vuelo
más; el hecho de estar a un paso de lograr su vuelo astral lo
inquietó. Cuando el avión se estabilizó y se apagaron las
luces de "abrocharse los cinturones", miró por la
ventanilla y sólo vio nubes que parecían formar un gran campo
de algodón bajo sus pies. Por los parlantes se escuchó la voz
del comandante dando la bienvenida y anunciando que volaban a
treinta mil pies (algo más que diez mil metros) y que la
temperatura fuera de la cabina era de cincuenta grados bajo cero.
Al escuchar eso, Oliden se preguntó si él podría llegar tan
alto como el avión, si sentiría frío o vértigo, y a qué
velocidad lo haría. «Debo controlar la velocidad, eso es
fundamental para poder reingresar a mi cuerpo sin provocar
alteraciones funcionales. ¿Podré hacerlo?», pensó. Eran
muchas preguntas y ninguna respuesta. Reclinó su asiento, cerró
los ojos, controló el ritmo de su respiración hasta llegar a un
estado de total relajación y se durmió.
Cuando llegó a Ezeiza
se movió con la celeridad que le otorgaba la experiencia de
viajar seguido. En pocos minutos estaba viajando en remis hacia
la capital. Le tocó en suerte un chofer callado, justo lo que
necesitaba para ordenar sus ideas y desacelerarse.
Al entrar en
su departamento se encontró con la fría y penumbrosa soledad de
cripta en que se convierte su hogar cuando él se ausenta por
largos períodos. El olor a humedad y los finos rayos de luz que
se filtraban por las hendiduras de la persiana baja hicieron que
recordara los sótanos de la antigua biblioteca nacional donde
él, alguna vez, tuvo que bajar en busca de un libro remoto.
Bajo
sus pies, alfombrando el piso de maderas gastadas, se amontonaba
la correspondencia que a diario don Vicente (el encargado del
edificio) pasaba por debajo de la puerta. Con la punta del pie
derecho fue separando y clasificándolas según el grado de
importancia: expensas y servicios, a un costado; invitaciones a
congresos y charlas, a otro costado; folletines y publicaciones
sobre parapsicología, allí, junto al paragüero...
Cerró la
puerta y fue directo a su habitación. Ya habría tiempo de darle
un vistazo a la correspondencia y ponerse al día con el pago de
los servicios; pero en ese día en particular sólo tenía un
objetivo en mente, y le urgía ponerlo en práctica.
Extrajo el
libro de su bolso de mano y fue hasta el comedor. «Este es el
lugar ideal» pensó mientras colocaba una silla en el
medio de la sala.
Necesito espacio dijo, y comenzó a
correr los demás muebles y objetos contra las paredes. Sin subir
la persiana, y con la pobre luz artificial de un velador de pie,
se sentó y comenzó a leer lo que Swami Pranavanda había
escrito algunos siglos atrás.
"...Como lo enseñó mi
maestro, la respiración debe asemejarse al suave vaivén
ondulante de un océano en calma. Debemos idealizar una barca
carente de remos y velamen, como un cascarón de juncos que nos
contiene. Y con los cuerpos en reposo, comenzamos nuestro ingreso
al estado alfa, que sólo es posible con la debida concentración
aprendida a lo largo de necesarios ejercicios espirituales.
Cuando la ondulación nos eleva, debemos aspirar profundamente el
aire de la purificación en forma sostenida, hasta el instante en
que coinciden los extremos de máxima amplitud de las dos
acciones que se detallan: A) La de nuestros pulmones en total
expansión. B) La de la ola alcanzando su elevación límite. En
el preciso instante en que sentimos que nuestra barca comienza a
descender, debemos exhalar el aire impuro hasta el momento exacto
en que llegamos a la base. Logrado ese ciclo inicial, debemos
repetirlo incontables veces hasta que sólo veamos el agua azul
confundiéndose con el cielo, y nos hayamos convertido en una
suave brisa marina que se eleva y gana altura a medida que
transcurre cada ciclo hasta alcanzar las nubes. Si logramos
penetrar y situarnos en ese manto blanco en que se han convertido
las aguas evaporadas, descubriremos con sumo placer que ya no es
necesario servirnos de las ondas marinas, y que nuestros cuerpos
materiales también han sufrido una transformación: son
cascarones vacíos que yacen como peso muerto en la superficie
terrena, mientras nuestras almas son energía en libre
movimiento. Podemos ver, pero no tocar; podemos pensar, pero no
así hablar; viajamos impulsados por un inagotable torbellino
llamado curiosidad. Henos aquí, en medio de la nada y dentro de
un todo, siguiendo la luz guía que nos indica el camino de la
máxima consagración. ¡Celebremos! Hemos logrado el vuelo
astral."
Aunque faltaban algunas páginas para terminar,
cerró el libro con decisión; ya había leído todo lo que le
interesaba.
«Veamos qué hay de cierto en todo esto»
pensó. Levantó la vista y vio su imagen reflejada
en la pared que tenía enfrente (un gran espejo dividido en dos
placas de dos cincuenta por tres metros cada una, la cubría en
su totalidad, dando la sensación de profundidad como si se
tratara de un gran salón comedor). «Muy bien, Oliden se
dijo sin quitar la vista de su imagen reflejada. Si todo va
bien vas a volar». Cerró sus ojos, se relajó y comenzó a
eliminar todo pensamiento de su mente; luego contuvo la
respiración unos segundos y exhaló con fuerza (operación que
repitió varias veces). Lentamente fue notando la desaceleración
de su ritmo cardíaco y el adormecimiento de piernas y brazos.
Tenía tanta práctica en esa técnica que pronto llegó al
estado de semi-inconsciencia llamado alfa. De allí en más
comenzó a idealizar el mar con sus suaves ondas y la frágil
barca de juncos. Al principio todo se le aparecía fuera de foco,
como si un gran velo se interpusiera entre la imagen y su vista;
pero, poco a poco, esa ilusión se fue borrando para hacerse
nítida y sorprendentemente real, al punto de tener la sensación
de estar oliendo el aroma de las sales marinas saturando el aire.
Como si estuviese montado sobre algodones, subía y bajaba al
compás de las olas. Y en cada remontada notaba que subía más
alto. Cada descenso le producía un vacío en el estómago
similar al que se vive en una gigantesca montaña rusa, pero ese
malestar duró poco y se fue desvaneciendo acompañado de una
gran calma interior. Era tan intensa que le potenciaba el estado
de gozo a un nivel que jamás había alcanzado. Tenía la
sensación (y ya todo era sentimiento) de que sus poros se
abrían y por ellos desbordaba a borbotones su alegría; lo
hacía en forma de mariposas multicolores que rápidamente se
desvanecían dejando una efímera estela de luz ámbar.
Al llegar
al techo de nubes comprendió que el ciclo se había completado.
Ya no bajaba. Estaba suspendido entre la bruma blanca y vaporosa
gozando de una total ingravidez.
«¿Y ahora qué?»
Se
preguntó mentalmente.
II
Esperó un largo rato inmóvil y nada
sucedió. Comprendió que en adelante estaría sometido al
arbitrio de sus decisiones. Pensó en avanzar unos metros, y eso
bastó para que saliera disparado a gran velocidad hacia delante.
Pensó en detenerse, y se detuvo en seco, desafiando todas las
leyes de la física conocidas hasta el momento. No tenía noción
del tiempo transcurrido; aún así, intentó situarse por debajo
del techo de nubes para tratar de divisar algo que le permitiera
confirmar que no estaba soñando. Pensó en bajar, y lo hizo
rápido, a una velocidad inusitada y en línea recta. La caída
le hizo recordar a las pruebas de vacío que realizaban en el
laboratorio de física del colegio secundario, cuando dejaban
caer una pluma y una moneda dentro de un tubo carente de aire
para comprobar cómo, los dos objetos, de desplomaban a la misma
velocidad sin importar su peso y constitución.
Pronto divisó la
ciudad a sus pies, cada vez más nítida. Pensó en detenerse
para no estrellarse, y se detuvo al instante. No estaba soñando,
estaba seguro de eso. Ahora era piloto de sí mismo; un Ícaro
moderno pero con más suerte, porque no necesitaba emplumarse
para volar con la libertad que gozan las aves. Y allí estaba,
suspendido cabeza abajo a cien metros del suelo, un poco
desorientado pero feliz, inmensamente feliz. Buscó puntos de
referencia y los fue hallando con cierta dificultad debido a la
falta de práctica. A juzgar por su posición estaba a la altura
de la avenida Belgrano, en su cruce con 9 de Julio. Él vivía en
Santa Fe y Coronel Díaz; aunque lo lógico era trazar una
diagonal imaginaria hasta el punto deseado, prefirió viajar
sobre 9 de Julio hasta Santa Fe, y de ahí, sobrevolar Santa Fe
en sentido contrario al tránsito hasta Coronel Díaz. Bastó ese
sólo pensamiento para encontrarse, en un parpadeo, justo sobre
la terraza de su edificio. Había olvidado pensar la palabra:
lentamente. Se reprochó ese olvido; en adelante tendría que
usarla sin excepción si no quería tener sorpresas
desagradables. Pensó en bajar lentamente unos cincuenta metros.
Lentamente fue descendiendo hasta la altura deseada. «Eso está
mejor» pensó. Casi al instante, agregó: «Lentamente voy
a bajar hasta entrar en mi cuerpo material». Y lentamente fue
bajando y atravesando las lozas de hormigón que separaban los
diferentes niveles de los pisos superiores. Traspasó varios
comedores, algunos estaban vacíos. Cuando pasó por el
departamento del noveno piso vio a una mujer que hacía poco se
había mudado (Recordó su encuentro en el interior del ascensor
un día antes de partir al Perú; hubiera querido invitarla esa
misma noche a su departamento, pero cuando se decidió, ella ya
había bajado y desaparecido por el corredor). Tendría unos
treinta años; vivía sola y era hermosa. Acababa de salir del
baño con el pelo envuelto en una toalla floreada; su cuerpo
estaba desnudo y caminaba como una modelo. Oliden, imbuido en una
mezcla de sorpresa, confusión y excitación, pensó: «Quiero
quedarme a admirarla». Y se detuvo al instante, en el medio del
comedor, con su cabeza a escasos centímetros del suelo
alfombrado y sus pies apuntando al techo. Le costó adaptarse a
la visión invertida. Era como si ella fuera la que estuviera
cabeza abajo y caminara por el cielo raso. De pronto, en una
maniobra brusca e inesperada, cambió de dirección y fue directo
hacia él, cómo si lo hubiera descubierto. El susto fue tan
grande que olvidó todo lo que había aprendido en lo referente a
la forma de lograr un vuelo seguro. Con el cuerpo de ella casi a
punto de atravesarlo, pensó: «tengo que huir rápido de
aquí». Como si estuviera impulsado por potentes turbinas,
salió disparado hacia abajo atravesando lozas, muebles, caños,
mampostería, sótano, cimientos, suelo, tierra, rocas, hasta
que, en medio de una total oscuridad, pensó: «¡Alto! ¡Quiero
parar!»; y se detuvo al instante en el interior de la corteza
terrestre, a miles de metros de la superficie. El esfuerzo mental
lo había agotado; temía perder la concentración y no poder
regresar más a su cuerpo. Con la última energía que le
quedaba, pensó: «Lentamente, debo regresar a mi cuerpo».
Estaba oscuro y no sentía nada, pero sabía que estaba
ascendiendo a escasa velocidad. Cuando atravesó el sótano
iluminado se tranquilizó. Al llegar a su departamento, estaba al
límite del desmayo; todo le daba vueltas y la cabeza le dolía
enormemente. Al dirigirse a su cuerpo inerte (sentado en la silla
y con la mirada perdida), dudó. La visión se le nublaba y no
podía distinguir si lo que tenía enfrente era él o la imagen
que le devolvía la pared espejada. No había modo de saberlo y
el tiempo se agotaba; se dejó ir y apareció en el departamento
lindero; se había equivocado. Pensó en detenerse y, lentamente,
volver sobre la marcha y entrar en el otro cuerpo, en el
verdadero. Exhausto, al iniciar el ingreso se desvaneció.
III
Un
teléfono sonaba en algún lado. Lo oía distante, apagado, pero
de a poco se fue haciendo más nítido hasta que comprendió que
era el suyo. Abrió los ojos y sintió que su cuerpo le pesaba.
La imagen que le devolvía el espejo era la de alguien que había
estado días sin afeitarse; a la distancia podía ver las grandes
ojeras que deformaban su pálido rostro. Le dolía cada
centímetro de su cuerpo como si hubiera sido arrollado por un
camión. ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente sobre la silla? A
juzgar por su estado diría que mucho. Y el timbre del teléfono
insistiendo, perforando su cerebro a punto de estallar.
Diga
¿Oliden? ¿Hablo con la casa de Oliden?
Insistieron del otro lado.
Las palabras le sonaban
distantes. Si tuviera que ubicar su origen, diría que provenían
de las entrañas mismas de la tierra o de alguna caverna remota.
Era una sensación extraña que le hizo dudar si se trataba de
una comunicación real o estaba soñando.
Sí, soy Oliden,
eso creo... ¿Quién habla?
¡Hola!... ¡Hola! ¿Me
escucha? ¡¡¡HOLA!!!
Sí hombre, no grite. Lo escucho
perfectamente.
Antes de terminar la frase, el otro había
cortado.
«O el tipo es sordo o anda mal la línea»
pensó. Antes de colgar, con el auricular aún
apoyado en su oreja, Oliden vio su imagen reflejada en el espejo
y quedó azorado. Como un flash le vinieron a la mente los
personajes surrealistas de los cuadros de Dalí. Tenía el brazo
derecho totalmente extendido, como si quisiera tocar el techo. Su
mano sostenía el tubo del auricular apoyado en la oreja de una
cabeza inexistente sobre un torso invisible. La debilidad que
había adquirido por el ayuno excesivo le restaba claridad mental
para comprender lo que sucedía. Lentamente, como queriendo
alejarse de las cosas, retiró el auricular de su cara y lo
miró. Estaba a la misma altura de sus ojos, pero al desviar la
vista hacia el espejo, en la penumbra de la sala, la imagen
reflejada era muy diferente: seguía con el brazo extendido hacia
arriba sosteniendo el auricular. Aterrado, soltó el tubo sin
importarle que se estrellara contra el piso y se levantó como un
resorte con la intención de encender todas las luces de la casa.
Algo inaudito sucedió: al levantarse se encontró en el piso de
arriba, a la altura de los zócalos, como si lo hubieran
decapitado y apoyado su cabeza en la alfombra en castigo por
haber espiado a la muchacha desnuda.
El terror se convirtió en
pánico; sus piernas no pudieron sostenerlo más y cayó
pesadamente sobre la silla. Al hacerlo, se encontró nuevamente
en el interior de su departamento.
«Dios, ¿qué pasa? Algo no
está bien...» Pensó. Se quedó un rato sentado con la
vista clavada en el espejo, esperando alguna señal, o un indicio
por pequeño que fuera que le sirviera para encontrar
alguna respuesta. En ese lapso, sufrió dos desmayos. En el
segundo se cayó al piso y quedó tendido boca abajo. Luego de
dos horas despertó. Estaba empapado en sudor. Fue recuperando la
conciencia de a poco y se levantó despacio, en dos etapas: la
primera arrodillándose y esperando un poco para reanimarse; la
segunda poniéndose de pie corriendo el riesgo de marearse y
desplomarse de nuevo. Toda la operación le pareció una
eternidad. Y fue en el momento en que su cuerpo quedó totalmente
erguido cuando volvió a experimentar el traspaso del cielo raso
hasta el punto de aparecer del otro lado de la loza, a la altura
de los zócalos, teniendo por base la alfombra del piso de
arriba.
Abatido, se arrodilló. Y al hacerlo volvió al interior
de su departamento. En ese instante comprendió lo ocurrido: su
ingreso no fue completo. Una mitad de su alma había quedado
afuera, y para comprobarlo comenzó a hacer chasquear los dedos
de su mano derecha, levantándola hasta que el sonido quedara a
la par de su oído. Cuando lo logró, se miró en el espejo y vio
la mano en alto muy por encima de su cabeza.
Él medía un metro
ochenta. Hizo un rápido cálculo mental y llegó a la
conclusión de que su cabeza inmaterial estaría a unos noventa
centímetros de la material, lo que lo llevaba a creer que
sumadas las dos medidas, daban una longitud total de dos metros
setenta. Lo que le había ocurrido no lo había previsto, ni
siquiera tenía claro las consecuencias que podría sufrir su
cuerpo y su espíritu mientras se mantuvieran en esa
semi-integración. Pensó que para enmendar el error no había
otro camino que el de repetir el vuelo astral e intentar el
reingreso a su cuerpo material con la mayor precisión posible.
La debilidad lo consumía; se sentó en el suelo y levantó el
libro que descansaba a un costado. Lo abrió donde estaba el
señalador y siguió leyendo.
" ...No hay ser viviente sobre
la tierra que pueda soportar tal desgaste de energía sin
consecuencias físicas devastadoras. La experiencia no puede
volver a repetirse hasta que el cuerpo se restablezca por
completo, y eso depende de la alimentación que pueda proveerse.
Durante el período de recuperación se deberá comprobar que el
alma espiritual se ha amalgamado correctamente con el cuerpo
material. Basta para ello el examen visual de cualquier maestro
induísta. Él podrá ver el áurea en toda su magnitud y nos
dirá si es necesario hacer algunas correcciones."
«No
necesito un maestro zen o budista o induísta para saberlo; lo
que quiero es corregirlo» pensó.
" ...El período de
regeneración energética recomendado es de dos meses, en cuyo
transcurso se deberán efectuar ejercicios de purificación y
concentración acompañados de largas jornadas de reposo. Se debe
desestimar todo contacto con el mundo exterior, y sólo hay que
escuchar y cumplir los preceptos que nos imparta nuestro maestro
guía."
Quiso seguir leyendo pero el cansancio pudo más. Se
recostó en la alfombra y se durmió.
IV
Al despertar, una
oscuridad total lo recibió. Le dolía tremendamente el cuerpo.
Sentía las articulaciones rígidas, como si se las hubieran
soldado mientras dormía. ¿Y cuánto había dormido? No supo
precisarlo, tampoco le importó demasiado. Era de noche, de eso
estaba seguro. Con miedo a levantarse y aparecer en el
departamento de la mujer de arriba, gateó hasta el interruptor
de luz. Al presionar la tecla quedó enceguecido. Ni las retinas
se habían salvado del dolor generalizado. Miró hacia la pared
espejada y, por primera vez, pudo verse con total nitidez. Le
costó aceptar la fatal verdad de que aquella imagen era la suya.
Estaba pálido, sus ojos se habían reducido a la mitad y
parecían mirar desde la profundidad de las cuencas oculares; por
debajo, como un grotesco marco violáceo, sobresalían dos
grandes ojeras que le abarcaban gran parte de su rostro. Estaba
muy delgado y la creciente barba no podía disimular sus pómulos
filosos. Parecía un mendigo.
Tuvo ganas de llorar algo no
habitual en él, pero se contuvo; llorar no solucionaría
su penosa situación. Sintió miedo de volver a desmayarse.
Sabía que el tiempo jugaba en su contra; cada hora que pasara
acentuaría su debilitamiento general, al punto de "no
retorno".
«Necesito líquido y comer algo» pensó.
Gateando, con las rodillas ardiendo de dolor, llegó a la cocina.
Como pudo se sirvió agua de la canilla de la pileta y, luego de
varios intentos fallidos, logró llevar el vaso a su sedienta
boca sus sentidos le indicaban que la cabeza estaba casi un
metro más arriba (que era por donde veía); eso le hizo pensar
que su ombligo espiritual y metafísico estaría a la altura de
su boca material, así que apoyó el vaso en los labios de su
boca-ombligo y tomó el agua con la desesperación de un
beduino. Satisfecho y a punto de estallar como un globo de
agua, no se molestó en hurgar en los estantes de las alacenas o
la inútil heladera (sus largas y periódicas ausencias
conspiraban contra la conservación de los alimentos
almacenados), que sólo servían para juntar polvo, gérmenes y
bacterias. Gateando, fue hasta el teléfono del comedor y marcó
el único número que lo salvaría de una muerte segura: el de la
roticería. Desde su boca-ombligo pidió que le enviaran un pollo
entero a la parrilla y ensalada de espinaca con huevo y atún.
¡Rápido, por favor! Ordenó desfalleciendo.
V
Al abrirse la puerta y ver a Oliden arrodillado extendiendo un billete de veinte, el cadete dio un salto hacia atrás como si hubiera visto a una cascabel. El paquete casi se le cae de las manos. Lo que más lo asustó fue la mirada ausente de Oliden; aquellos ojos no tenían brillo y apuntaban directo a su cintura, donde tenía la riñonera con unos pesos para el cambio. Pensó que tal vez fuera ciego.
Oliden, desde lo alto (con su vista metafísica), lo miraba con desesperación.
—¿Y, me va a entregar el paquete o no? —Protestó. Sus rodillas flaqueaban.
El muchacho, sin decir palabra, le arrancó el billete de la mano y le entregó el paquete. Sacó unos pesos de su riñonera y le entregó el vuelto. Sin esperar propina, y mucho menos al ascensor, huyó por las escaleras.
Igual que una persona que se repone de una hemiplejía, Oliden tuvo que situarse frente al espejo para poder llevar con éxito algo de comida a su boca. Era una tarea de precisión que le demandaba un esfuerzo descomunal. Sus manos temblorosas hacían más difícil la operación. En el segundo bocado derramado comprendió que todo esfuerzo sería inútil. Su muralla emocional se derrumbó y lloró como un niño. Desde lo alto veía cómo su imagen reflejada se sacudía espasmódicamente. Y así, llorando a mares como jamás lo había hecho, se sintió el ser más desprotegido del mundo. Ya sin posibilidad de volar y ser piloto de sí mismo, supo que no podría enmendar el fatal error de cálculo en el regreso. Y convertido en un espectro viviente, decidió quemar ese espantoso libro. Estaba sobre el sillón de pana, abierto en una página ya olvidada.
A Oliden le costó manipular la caja de fósforos...
Debió haber sufrido un pequeño desmayo, porque de pronto, se encontró con el libro en llamas, y con él, el sillón y el cortinado azul de la única ventana del comedor. Con el mínimo de fuerza que le quedaba, se puso de pie.
En el piso de arriba (libre del humo y las llamas) vio a la mujer bailando al compás de los acordes de los Stones. Se contorneaba y le hacía gestos eróticos a un público —para ella— inexistente. Oliden la contempló serenamente, disfrutando de su anonimato y desestimando por completo el dolor de su cuerpo ardiendo en el piso de abajo.
Ya no quiso volver; ya era tarde para volver... no había cuerpo al cual volver...
De pronto, sintió que flotaba.
«Lentamente, debo elevarme más allá de las nubes» —pensó.
© Gustavo Raimondo
raimondo@sion.com
Gustavo Gabriel Raimondo Nació en la República Argentina el 23 de agosto de 1957. Autor de numerosos cuentos fantásticos y relatos de ficción. Es miembro activo de la Sociedad Argentina de Escritores. S.A.D.E.
Son sus obras:
"La furia de los Dioses": Novela fantástica (145 páginas) editada en 1995 como edición de autor (1000 ejemplares). "En el umbral del tiempo": Serie de cuentos fantásticos publicados en un único volúmen por la editorial Dunken (500 ejemplares) en 1996. "Más allá de las nubes": Serie de cuentos fantásticos publicado por Editorial Nubla en Junio de 1999 (500 ejemplares).
Participaciones:
Muchas de sus obras son publicadas en las revistas literarias: AXXON, VIRTUAL ANGEL, EL GOLEM, CON OLOR A TINTA, LITERATO, DESLETRAS, entre otras.
Desde 1997 participa en varias antologías publicadas por Grupo editor Sur y Red Literaria, con ediciones de 3000 ejemplares cada una.
Distinciones:
Abril de 1998: Ganador del Tercer concurso latinoamericano de Narrativa organizado por el Grupo Editor Sur, lo que le valió la edición de un libro de cuentos a cargo de la editorial NUBLA, de reciente aparición, que lleva por título: "Más allá de las nubes".