LA LOTERA
 

Mariano Gimeno





Acababa de montar en el avión para disfrutar de un viaje maravilloso a Estados Unidos, cuando me acordé de su mirada fija y penetrante mientras entornaba sus oscuros e inquietantes ojos. La piel se me puso de gallina y no pude evitar un escalofrío que recorrió como un calambre toda la espina dorsal.

Todo comenzó hace ocho meses y, aunque la había visto en muchas ocasiones, hasta ese día no me había fijado detenidamente en ella. Siempre estaba sentada en su minúscula silla, en la misma esquina de la misma calle, con su prominente chepa apoyada en la pared. Vendía lotería y tenía una gran clientela que hacía largas colas para poder comprarle un décimo a aquella extraña repartidora de la suerte. Me llamó la atención el éxito que aquella mujer tenía con su insignificante negocio. Con el vestido verde y ajado que siempre llevaba puesto, sin adornos ni joya alguna, no hacía ninguna ostentación de la considerable fortuna que había amasado a lo largo de los años y que nos confirmó el director de la sucursal donde ingresaba las ventas de cada día. Como su esquina estaba cerca de un semáforo que tenía que cruzar para llegar a mi trabajo, siempre escuchaba las conversaciones que tenían los clientes de aquella peculiar lotera.

- En el sorteo de lunes compré dos números y me tocó el primer premio - decía una.

- Pues yo compré cuatro y me tocó el segundo premio - decía otra como respuesta.

Mi curiosidad con el paso de los días fue aumentando, pero pensé desde el primer momento que lo que contaban no era verdad y que seguramente eran compinches que tenía la señora para que la gente (al oírlas) le comprase cupones. Lo que sí que tenían todas aquellas personas en común era una mirada triste que no parecía indicar que hubiesen sido afortunados con algún tipo de fortuna, sino todo lo contrario.

Tantas veces oí comentarios acerca de la suerte que tenían todos los que compraban a aquella diminuta mujer, que decidí probar suerte y adquirí un décimo después de una paciente espera de casi 20 minutos. Cuando me tocó el turno la mujer me preguntó con una voz ronca y profunda que si tenía alguna preferencia a lo que le respondí que me gustaba mucho el número siete. Me dijo que era un número mitológico y que a ella le gustaba mucho también. Buscó con sus deformes manos un décimo acabado en ese dígito mágico y me lo dio, sonriéndome enigmáticamente y deseándome suerte con su cavernosa voz. Dije gracias y me alejé lo más rápido que pude, porque no sentí buenas vibraciones y un desasosiego y malestar se apoderó de mí.

Era viernes y esa noche decidí salir a tomar unas copas con un grupo de amigos, con la sana intención de correrme una gran juerga. Pero ya desde que cerré la puerta noté que no estaba tranquilo y, sin saber por qué, me tocaba instintivamente el bolsillo donde tenía el boleto y recordaba la extraña sonrisa de aquella deforme mujer. Intenté olvidarme de aquél incidente, pero cada cierto tiempo notaba cómo mi mano se dirigía al bolsillo temiendo que me lo hubiesen robado.

Ya eran las siete de la mañana y, a pesar de las copas que llevaba encima, seguí buscando con la mano el boleto y recordando la extraña sonrisa. Me acosté e intenté dormir, pero no fui capaz de encontrar ninguna postura en la que estuviese a gusto. Constantemente venía a mi mente el encuentro de la mañana anterior. Una vez que comprobé que era inútil tratar de dormir, nervioso como un gato enjaulado, empecé a dar vueltas por la casa, intenté comer, pero no conseguía tranquilizarme de ninguna manera. De repente me di cuenta que lo que deseaba era que se celebrase el sorteo de una vez. Las horas pasaron lentamente hasta que por fin llegaron las doce de la mañana y comenzó el sorteo. Salieron los primeros premios y mi decepción fue enorme, pues estaba convencido de que me tocaría algo. El bombo estaba dando vueltas para soltar las bolas que darían el primer premio y la mano con la que tenía cogido el décimo se movía convulsamente como si tuviese vida propia. Salió el primer número y me pareció un seis, torcí el gesto y arrugándolo violentamente lo lancé contra el suelo en un ataque de ira. Cantaron los demás números y el número resultante fue el 9547 que me pareció la combinación más repugnante que oí en toda mi vida.

Tenía las manos en la cabeza y agachándola empecé a moverla de un lado a otro, furioso y rabioso mientras unas gotas de sudor caían por mi nariz. En uno de esos movimientos vi el cupón en el suelo y me acerque lentamente, porque parecía que me estaba llamando. Lo abrí lentamente y comprobé con gran sorpresa que el número que tenía coincidía con el 9547. Grité de alegría, salté, corrí de un lado a otro de la casa, y rápidamente llame a mi madre para decirle que me habían tocado ocho millones a la lotería.

Oí un dígame al otro lado del teléfono que no me pareció tan alegre como otras veces.

- Hola mamá, estoy muy contento - dije gritando al auricular.

- Hijo, escucha, tengo algo que decirte - me contestó mi madre.

- Mamá me han tocado ocho millones, ¡Qué suerte!-

- Hijo escucha, ha pasado algo- añadió titubeando.

- ¿No te alegras mamá?- Le dije algo irritado.

- ¿Quieres callarte ya?- me dijo visiblemente enfadada. - Acaban de llamarme hace cinco minutos y me han dicho que tu abuela se ha caído por las escaleras y se ha matado.- Un silencio prolongado y cruel acompañó las últimas palabras de mi madre.

Mi alegría se transformó en una profunda tristeza porque adoraba a mi abuela y siempre había tenido una relación muy especial con ella. Recordé en aquél momento sus diminutos pasos por el pasillo, su risa encantadora, y las historias que me contaba de sus padres, sus abuelos y de su vida en general. Una gran angustia me impedía hablar, hasta que un llanto incontenible brotó de mis entrañas para aliviar la tensión tan grande que me produjo la inesperada noticia.

Pasaron varios días y con el ajetreo del entierro, funeral, comida familiar y las largas conversaciones hablando sobre la abuela, no recordé en ningún momento la visita que recibí de la fortuna unos días antes, hasta que vi el décimo en la mesa del teléfono, donde lo dejé cuando hablé con mi madre. Me acerqué lentamente, lo miré con desgana y me lo guardé en el bolsillo para ingresarlo en el banco y saldar unas deudas que tenía pendientes desde hacia tiempo. Me di cuenta en aquél instante que nada puede hacer menos dolorosa la pérdida de un ser querido y que hubiese cambiado mi buena suerte porque mi abuela siguiera viva.

Aprovechando el ingreso extra que no esperaba, me fui un mes de vacaciones para descansar y relajarme debido al gran estrés que me producía el trabajo. Leer, ir a la playa, estar con mis hermanos y mis padres y salir a cenar con algún viejo amigo fueron mis ocupaciones durante aquellos días. Pero lo bueno es breve y cuando me quise dar cuenta ya estaba otra vez inmerso en la rutina repetitiva de todos los días. El trayecto hasta la oficina incluía volver a ver a la lotera de nuevo, y sin saber por qué, me producía una gran desazón. Los primeros días fui por la acera de enfrente para no oír los comentarios de la gente y me sorprendió comprobar que el número de clientes había aumentado considerablemente, provocando una enorme cola que serpenteaba entre varias calles.

La curiosidad hizo que empezara a pasar otra vez por la acera de la lotera y volví a oír los comentarios sobre la suerte que tenían todos los que compraban allí. Esa mañana tenía tiempo, así que me puse en cola y esperé a que me tocase el turno para comprar un par de décimos.

-¿Quiere que termine en siete su número? - me preguntó, mientras miraba al fajo de billetes de lotería que tenía en las manos.

- Sí... Por favor - le dije bastante sorprendido porque no pensé que se acordaría de mis preferencias.

- Es un número mágico, sobre todo para las cuestiones del amor.

- Sí, me trae mucha suerte - afirmé sin mucha convicción.

- Que tenga mucha suerte- me dijo esbozando su extraña sonrisa en la que percibí la falta de dos o tres dientes.

En el trabajo no podía concentrarme en absoluto y como la vez anterior me tocaba constantemente el bolsillo de la camisa para comprobar que el décimo seguía en su sitio. Esa tarde me fui al cine y no fui capaz de concentrarme en la película ni un instante, cosa bastante extraña porque era una de las más taquilleras de los últimos tiempos. Mi mano se iba al bolsillo continuamente y por un momento una sonrisa surcó mi cara, porque imaginé que los demás espectadores, que ya se habían fijado en mis movimientos, debían de pensar que yo debía de ser un militar trastornado por los bruscos movimientos que hacía cada tres o cuatro minutos y que parecían un saludo marcial. Por la noche tampoco pegué ojo y en el duermevela me pase todo el rato llevando la mano al pecho, acto totalmente injustificado puesto que me acosté desnudo.

Como la vez anterior llegó la hora del sorteo y lo coloqué cuidadosamente sobre la mesa con la certeza de que me tocaría algún premio. Cantaron los premios menores y no sentí rabia alguna cuando comprobé que no se trataba de mi boleto. Estaba esperando el primer premio que estaba seguro que iba a coincidir con mi número. Antes de que los niños sacasen del bombo los números, ya había salido de mi boca el dígito correspondiente a cada una de las extracciones. Doble el billete y decidí irme de viaje esa misma mañana; llamé a mi novia y no se lo dije a nadie de mi familia. Antes de montar en el coche abrimos un mapa de carreteras y decidimos que iríamos donde el azar eligiese. Cerré los ojos y puse el dedo en la provincia de Salamanca. Arrancamos el coche y salimos en busca de un fin de semana divertido y que nos sirviera para solucionar unas pequeñas diferencias que últimamente habíamos tenido.

Llegamos a media tarde y nos alojamos en el primer hotel que vimos, ya que íbamos a la aventura total. Nos duchamos, dormimos un rato y salimos a cenar y tomar unas copas en los lugares de moda con la intención de bailar y pasar un rato divertido. Nos sentamos en la mesa de un pub y mi novia me invitó a bailar, pero como no tenía muchas ganas le dije que saliese ella sola. Al rato había varias personas en la pista y un chico alto y bastante atractivo se fijó en ella, porque no hacía más que moverse a su alrededor y mirarla sonriendo de vez en cuando; estas sonrisas fueron correspondidas por ella con gestos muy coquetos y femeninos. Estaban poniendo salsa y empezaron a bailar en pareja como si lo llevasen haciendo toda la vida, con un ritmo y una sincronía que el resto de las personas de la pista se pararon para verlos danzar. Comenzó a sonar la lambada y bailando muy sensualmente, se miraron a los ojos e ignorando al resto de las personas, (yo con los ojos como platos no podía creer lo que estaba viendo), se besaron apasionadamente en medio de la pista. Me acerqué hasta ella y le dije que ya estaba bien y que viniese conmigo a la mesa.

- ¿Porqué has hecho eso- le pregunté indignado.

- No lo sé - me contesto mirando hacía donde estaba él.

- No lo sabes, no lo sabes, ¿a ti te gustaría que yo hiciese lo que has hecho tú?

- Me da igual lo que tu hagas - Me contestó con la mirada perdida, no sabía si por el alcohol o porque no veía a su admirador.

- Venga nos vamos a dormir, ya está bien de hacer el ridículo - le dije lleno de rabia.

- Espera que voy un momento al servicio y nos vamos- me contestó mientras vigilaba hacia donde se dirigía el chico.

Pasaron diez minutos, veinte, una hora; ella no aparecía por ningún sitio y a causa del alcohol me iba poniendo cada vez más violento y la ira ofuscaba mis pensamientos. La busqué por todos los rincones, pregunté a las chicas que entraban al servicio si había alguna persona encerrada dentro, salí fuera, caminé calle arriba y calle abajo entrando en todos los bares y la furia se fue transformando en angustia y preocupación por si le había pasado algo. Desesperado, cerca de las seis de la mañana, me fui al hotel y en recepción me encontré una nota de ella que decía lo siguiente:

Hola Luis: Lo siento mucho, siento mucho lo que te estoy haciendo, pero el corazón manda y creo que he conocido al hombre de mi vida. He recogido mis cosas de la habitación y me voy con él. Perdóname, pero sabes que nuestra relación no funcionaba bien y esta noche he tenido unas sensaciones que hacia muchos años creía muertas.
Un beso. Lourdes

Así de fría y de escueta era la nota, una despedida a la francesa después de cinco años de noviazgo e incluso con proyecto de boda. Efectivamente el número siete era "mágico" en las cuestiones del amor. Me metí en la cama, cerré los ojos y me parecía estar soñando, más bien estar dentro de una pesadilla sin fin, como un bucle, que empezaba una y otra vez donde terminaba la anterior. Me preguntaba por qué y no encontraba respuestas, porque no las había, porque las cosas pasan y no las podemos controlar.

El lunes volví al trabajo sin ganas de nada, pues no había dormido en todo el fin de semana y en mi cabeza sólo sonaba como la alarma de una sirena la siguiente pregunta: ¿por qué, por qué, por qué? Vi la cola de personas para comprar lotería y me prometí no acercarme nunca más a aquella lotera, a la que inconscientemente empezaban a asociar con mis desgracias personales. Me fijé más detenidamente en la gente y en sus caras estaba reflejado el temor, tenían la tristeza marcada en cada gesto y sólo unas cuantas personas sonreían, lo que me hizo suponer que era la primera vez que compraban a aquella especuladora de la suerte.

Pasaron varios meses y cumplí mi promesa de no acercarme a aquella acera y a aquella persona que me traía tanta "suerte". Estábamos a mediados de Diciembre y las colas eran inmensas; ella seguía en su esquina, al aire libre, embutida en su traje verde y llevaba por encima de los hombros una manta del mismo color que la hacia parecer una pequeña estatua que se movía con movimientos mecánicos. Pensé que la navidad era una época perfecta para que todos fuéramos felices y después del año tan horrible que había tenido, podía permitirme el lujo de comprar un décimo e intentar no relacionar mi mala suerte con la lotera. Esperé pacientemente durante dos horas y por fin me llegó el turno.

- Acabado en siete, verdad señor- dijo mirándome a los ojos.

- Sí en siete, que me trae mucha suerte- le dije bastante nervioso.

- Que tenga mucha suerte señor y ojalá que le toque el gordo - me dijo con su sonrisa desdentada y con un guiño de complicidad.

- Muchas gracias y adiós señora - le respondí con una forzada sonrisa.

Guardé el décimo en el bolsillo y caminé por la calle como un autómata, sin rumbo fijo. Me apetecía pasar unas navidades distintas, cuando un anuncio en el escaparate de una agencia de viajes me llamó poderosamente la atención. "Disfrute de un inolvidable fin de año realizando un crucero por el Pacífico". Si pensármelo dos veces, entré y contraté la oferta, asintiendo con la cabeza a todo lo que me dijo la amable señorita que me atendió.

Estaba muy relajado, cosa muy rara en mí puesto que tenía pánico al avión, y el ajetreo del aeropuerto me produjo un efecto balsámico. Había volado hasta París por la mañana y estaba esperando para embarcar en el avión que me llevaría a Estados Unidos. Llamaron por megafonía a los pasajeros del vuelo y una vez embarcados nos sentamos en nuestros lujosos asiento. Las azafatas nos recibieron con una calurosa sonrisa y nos dieron las instrucciones pertinentes por si sucedía algún percance durante el vuelo. Los motores rugían poderosamente. Un poco inquieto me arrellané en el asiento y comprobé la hora; quedaban dos minutos para las doce en punto, la hora del sorteo de la lotería de navidad. El Concorde comenzó a coger velocidad por la pista y cuando estaba a punto de despegar oímos un fuerte estruendo en el motor izquierdo; comenzó a girar bruscamente hacia la derecha y nos quedamos todos los pasajeros boca abajo, gritando y mirándonos con cara de sorpresa.

En ese mismo instante confirmé que el premio gordo, que cantaban en ese momento los niños de San Idelfonso, estaba sobre la mesa del teléfono de mi casa.


© Mariano Gimeno
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