A las ciudades les gusta reservar trozos de terreno, cercados por vallas o por la
costumbre, a los que se da el nombre de parque como si
todos fueran iguales, como si sus múltiples variedades
de formas, fines y destinos pudieran guardarse en una
palabra única, aunque tal vez sea imprescindible que
exista una palabra para encerrar la idea común que los
conforma. Los hay propicios para niños, con juegos, con
arena, con bordes imaginarios de ensoñaciones. Los hay
para personas mayores, con paseos que prolongan y
ensanchan sus pasillos apelmazados de recuerdos, con
bancos para sentar las palabras, con amigos de nostalgia
común. Los hay de amores fugaces, con parejas
dispersadas entre círculos imprecisos de distancia,
recorriendo el futuro con caricias que tal vez no se han
dicho todavía. Los hay de jóvenes jugando la prórroga
de su niñez, con señoras conversando los rincones, con
un periódico doblando sobre un banco el tiempo que sólo
ocurrió mientras lo leyeron.
Hay parques asociados a la
mañana, que amanecen con la ciudad, que crecen con las
mangueras del riego del alba y declinan con el mediodía
hasta quedar reducidos a un bostezo de luz. Los hay que
despiertan por la tarde, cuando los niños meriendan los
colegios abandonados y todos los platos lloran gotas de
limpieza en algún escurridor.
Hay parques de la noche,
los que sobrevuelan el último juego, los que corretean
perros sin collar, los entrelazados por besos dichos en
la sombra oscura de los recodos. Y hay parques muertos
por un dolor de agujas desparramadas de arrebato, parques
vacíos de esperanza que dejan a la intemperie un
esqueleto metálico de sueños.
Pero en todas las
ciudades hay un parque, marcado por el destino, en el que
si en una tarde soleada de invierno se pasea con una
determinada lentitud, o un pensamiento te sorprende sobre
un banco, el sol no broncea, entristece.
© Rafael Fernández-Delgado
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