LA NOCHE MÁS CALIENTE
 

Patricio Lorente






Había otras noches casi tan calientes como aquella, cuando ella lo esperaba cubierta sólo por el olor de su cuerpo, apenas dormida. Él se sentaba a horcajadas sobre sus piernas y con un masaje lento y tenaz despertaba su gemido más inquietante. Las manos resbalaban sobre los aceites que la temperatura y la pasión depositaban sobre la piel, los cuerpos se hacían sabios y de pronto era como seguir una coreografía perfecta, una danza nunca repetida.

En esa noche, la más caliente, ella estaba esperando sus caricias. Como lo había hecho la noche anterior. Y la otra. Y muchas noches antes que aquella, desde que por un error estúpido lo habían metido en aquél agujero donde lo estaban por matar, sin motivos, sin escapatoria, sin poder explicar que ella lo estaba esperando, que lo seguiría esperando, que una y otra vez se acostaría desnuda para recibir sus manos. Y que si lo mataban no podría llegar antes del otoño, cuando ella se vestiría irremediablemente hasta la siguiente primavera.


© Patricio Lorente
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