VAIVENES POSTALES
 

Rosa Elvira Peláez





El correo postal me retuerce pero no puedo prescindir de la agonía que me provoca. La zozobra me abraza porque hay preguntas con respuestas cuyo desembarco está en manos del curioso azar, y me sorprenden respuestas para preguntas aún desconocidas.

He fracasado en el intento de controlar la situación, quise probar adelantando fechas o atrasándolas al enviar mis cartas, pero el correo persiste en entregarme un calendario para mí, sólo para mí, y con excéntrica cumbancha ha hecho del caos de las cartas en la ruta Buenos Aires-La Habana y viceversa su personal marca. Llegan reclamos y reproches cuando aún no sé los motivos, y comentarios sobre cosas que no he decidido expresar. Cuando hablo sobre algo ya no sé si estoy comenzando a contar o respondo, y cuando leo lo que me escriben, dudo de mi pertenencia a ciertos párrafos. Vivo sobresaltada.

Pero de a poco me voy acostumbrado a los vaivenes del ciclotímico correo que me tiene en jaque entre las dos ciudades que se disputan mi hilo de equilibrista. La locura toma formas extrañas, me digo para alentarme a no dejar la cordura de seguir garrapateando cartas destinadas a formar eslabones de una cadena que lo mismo ata que desata, y que me hace dudar la mayoría de las veces si vivo para estar perturbada por este asunto de las idas y vueltas de las cartas, o si me perturba la vida que se me está escribiendo en este mar delirante de papeles.Quiero creer que me adapto a sobrevivir.

Debo al julepe del correo, un muerto enterrado tres veces, seis amistades fracturadas, siete amistades recompuestas -hay una extraviada aún en el orden de las causales-, un novio adicto a mantener juramentos estrafalarios, pensando que es como mejor conseguirá tenerme en órbita, y un nuevo hábito: hablar sola.

Y como empecé a hablar sola, los vecinos me miran de otra manera. No entienden que el correo es mi enfermedad. Ninguno de los servicios de salud lo tiene en su listado de males.

Pero hablar sola tiene su costado positivo: el del turno nocturno en el quiosco de la prensa de la esquina, está tan conmovido que me invitó a cenar y al cine. No le respondí en el primer momento, pero antes de la medianoche acordamos. El padre es dueño del quiosco y comparte la atención con él y un cuñado. Por las tardes, se dedica a estudiar psicología. La invitación tendría que ser un lunes o un viernes, sus días francos.

Es un tipo que lo mismo puede existir que no. O podía. Era lo que yo pensaba. Después que me invitó lo pude descubrir, para placer del asombro.

Cuando llegó nuestro lunes, el vendedor de diarios y revistas escuchó con prolija atención toda mi historia de encuentros y desencuentros con el correo. Aplicando sus conocimientos hasta el tercer año de carrera, entendió que hablar sola me depare la única fórmula para seguir tejiendo probabilidades de preguntas y respuestas. La cena y el cine se extendieron, sólo hacía falta que un mago nos tocara con la varita para hacernos desaparecer, y de cierto modo desaparecimos juntos: hubo inexplicables ganas de compartir toda la noche. Y hablar de otras cosas.

Es muy comprensivo este hombre que me ha regalado una noche con estrellas particulares. Tanto que cuando el amanecer es un cuchillito de mesa, me propone como interlocutor. Part time para empezar, bromea. Vamos, para que no hablés sola, argumenta para convencerme. Lo pensaré, contesté, sabiendo que ya tengo la contesta, mientras sus manos volvían a cifrarme los deseos en una clave que sólo él es capaz de leer. Sonrió y lo imité. Menos mal, asere, que no tendremos que usar el correo, dije. Menos mal, che, que vos estás aquí, dijo. Como no entraba a trabajar hasta las veintiuna, la noche del lunes ha sido de una holgura generosa. Y otra vez pensé que un mago estaba haciendo trucos con nosotros.

El reloj corta nuestro abrazo, se tiene que ir al quiosco. Sobre la mesa quedan el vino por la mitad y un trozo de pizza. Se va con los cabellos mojados por la ducha que fue mi ducha. Cuando abro la puerta, sonríe y me señala una carta en el piso. Recojo el sobre, y el remitente me empaña la mirada. Mi interlocutor me acaricia la mejilla. Mañana almorzaremos juntos, repite. Por supuesto. Me contarás, dice. Te contaré, digo. Y sé que se va con la alegría nublada por un tin de duda.

El habanero en su carta me habla de consuelos para la anemia sentimental. Me manda unos marchitos jazmines del arbusto que quedó en aquel jardín de tantas citas, y deja caer, como quien no quiere la cosa, unos versos de Neruda sabidos hasta la reencarnación. Farewell. Me reprocha lo que aún no le he contado, y conociendo mi futura respuesta, me avisa que posiblemente invitará a salir a la vecina de enfrente. ¿La recuerdas, chica?

Suceden cosas raras con el correo. Por esta vez, lo agradezco.


© Rosa Elvira Peláez
    wemi@sinectis.com.ar



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