EL ÁRBOL CREPUSCULAR
 

Rodrigo Guerrero





La magia del ocaso comenzó su juego de luces, los colores del espectro conjugaban todo su arte, evocando pinturas divinas, exponiendo matices perfectos, armónicos, deliciosos para admirarlos. Un fuerte fuego en el cielo rugía para que los mortales lo apreciasen con atención, los colores trataban de ser más diversos, la atmósfera se transformaba en una fuerte llama que comenzaba ya a disiparse.

Su mente se concentraba en ver las últimas gotas de pintura que ofrecía el crepúsculo moribundo.

En sus cavilaciones apareció la sombra imponente del árbol y se quedó para no retirase. Era un castillo impenetrable, fuerte, robusto, pero tímido, mudo, callaba para guardar los secretos más indescifrables.

Su padre fue asesinado cruelmente, a pocos metros del árbol, burlado por un sistema que pretendía ser bueno. Su corazón latió veloz. Recordó los fuertes golpes de los fusiles en el rostro de su padre, cómo deformaban su cara poco a poco, la hicieron irreconocible, la transformaron en un rostro vacío y sin definición, no era una cara humana. Quería llorar, simuló no hacerlo. El remate final, una bala atravesó su pecho y abandonó su cuerpo, pero le quitó el alma, lo mató.

Con dedos trémulos sujetaba sus lágrimas nacientes. El aire comenzaba a ser denso, quería respirar, era dificultoso, los recuerdos atormentaban, el miedo acosaba, la muerte era evidente. Su padre murió, calló en la calle, y formó un charco de tinta roja escurridiza. Su madre corrió un maratón para llegar a él, se tiró a su pecho ensangrentado, lloró lágrimas de ríos caudalosos, lloró horas infinitas, meses infinitos, hoy mismo.

Su corazón era un tren descarrilado, latía y latía, el tormento era espantoso, la mente se le nublaba, los recuerdos mataban. La avidez de su espíritu trató de recordar más. Y vio el cuerpo de su amigo tirado en la calle, vio su carne colgante, roja candente, palpitante, carne que trataba de hablar, de pedir auxilio. Avanzaba con los codos en el suelo en dirección al pimiento, quería huir, quería vivir. Pero terminó en la nada. Las entrañas se esparcieron por la tierra, manchándose, quejándose, gritando.

Continuos balazos animaban la muerte, los soldados se apoderaron del centro, y dieron el último tiro fatal, en su cabeza, en su vida. Vomitó en ese entonces, sintió náuseas, era un dolor infinito.

El ocaso comenzaba a agonizar.

Miró su ventana, los recuerdos de ese árbol, en el centro de todo, también contemplando el crepúsculo. Callado, avergonzado de poseer aquellos secretos incontables, deshonrado por la sangre, por la muerte inquietante.

Y el ocaso terminó.


© Rodrigo Guerrero
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