LA HOGUERA
 

Santiago Gascón





Dioses del vasto cielo,
contempladme todos.
He llegado al final de mi viaje.
Aquí me tenéis ante vosotros.
(Libro de los Muertos).


Volverá. Este cura es terco y volverá, aunque yo no acuda a la iglesia desde hace treinta y tantos años y sepa que no quiero nada con su religión. Volverá porque se cree en el deber de despedirme cristianamente. Ya le he dicho: - si de verdad está decidido a darme los últimos sacramentos, que sea cuando estoy consciente, no murmure a mis espaldas. Vuelva el domingo y hágalo como Dios manda, que mis hijos y nietos sean testigos de mi marcha -.

Me han recriminado tantas veces esta soberbia y, sin embargo, de todo aquel orgullo sólo me quedan unas gotas, las suficientes para mantenerme en mi sitio en el momento más importante de la vida. No soy de quienes afirman no arrepentirse de nada, a mi aún me duele todo lo que nunca podré reparar, pero dudo que este cura, tan escaso en luces, tan falto de espíritu, pueda conducirme en el final de mis horas hacia el sosiego que busco. Si le dijera..., pero no, me quemaría si le contara que una vez abrí las puertas de la eternidad y alcancé a ver el rostro de Dios. Sin haberlo confesado tengo ganada fama de loca y de visionaria en este pueblo, y no puedo culparles por eso. ¿Quién iba a comprender que de la noche a la mañana pasara de ser la mayor beata, para convertirme en atea? Ni siquiera yo puedo dar razones sobre aquella metamorfosis. Desde hace días mi memoria se amontona, afloran recuerdos que creía olvidados, quizá por eso escribo sin parar, segura de que no podré abarcarlos, sabedora de que nadie los leerá y, aunque así fuera, no espero con ellos el perdón de nadie.

Fui educada por mi madre, ella me legó unos conocimientos que sobrepasan los esperados para una muchacha de entonces, me inculcó el temor al Señor, a frecuentar el templo más de lo que obligan los preceptos y, dada mi inclinación a pensar que todo el mundo debe ver las cosas como yo las veo, me esforcé en ser ejemplo de perfecta cristiana. Incluso en el treinta y uno, cuando la mitad del pueblo dio la espalda a la Iglesia y el cura sugirió que no eran prudentes las procesiones, soporté burlas y amenazas, pero lejos de amedrentarme, me crecí, convencida de que no sólo salvaba mi alma, sino la de todo aquel que me imitara. Hasta que ocurrió lo de don Carlos, y mis creencias se tambalearon.

Puedo precisar el momento en que se produjo el terremoto y soy capaz de revivir las sensaciones que me invadieron como si no hubieran pasado más de treinta años. Aquella mañana llegué aturdida a casa, sin reparar en la acusación que ensangrentaban mi puerta, un casco de hierro me oprimía las sienes y fui incapaz de expresar la angustia porque no sabía llorar. Escuché ruido de tambores dentro de mi cabeza, mientras sentía que la sangre escapaba de mi cuerpo. Recobré el conocimiento rodeada de vecinas que trataban de tranquilizarme sobre algo escrito en el portalón, me incorporé y rogué que me dejaran para encerrarme, como siempre que necesitaba pensar, en la sala vieja.

Desde que se iniciara la Guerra Civil, hacía entonces cuatro semanas, pude confirmar que el mundo había perdido la cordura y que no había límites para el horror. Cualquiera hubiera creído que yo, tan amante del orden, tan monárquica, sería la más dichosa cuando los nacionales tomaron Valdesarrón, pero me estremecí con cada fusilamiento y no pude reconocer a mis vecinos la tarde que incendiaron la Casa del Pueblo, - poseídos por el demonio, corrían con su botín: sacos de grano, libros y banderas hechas jirones -. Tampoco reconocí a mi hijo a quien di la primera bofetada por llegar orgulloso de haber robado a los rojos dos fichas de dominó, le obligué a devolverlas, pero Silverio me confesaría que apenas fue capaz de arrojarlas a la inmensa llamarada que consumía el edificio.

Cuando creía que ya no quedaba nadie por fusilar, el párroco, este mismo párroco que ahora me ronda, me citó en la sacristía y sus confidencias fueron la causa de mi desasosiego. Tengo noticias hija mía, - susurró mientras vertía vino en dos vasos - ha llegado la hora de los blasfemos, de quienes intentaron destruir nuestra religión, y alguien debería advertirte de que no lleves más libros al maestro, sé que está en la lista, aunque eso no reparará nuestro error de haberle confiado a los chiquillos de este pueblo. Fui incapaz de creer aquella pesadilla. Si me parecían innecesarias las muertes de los comprometidos, la de don Carlos me resultaba aún más absurda. Al maestro no se le conocía más delito que el de negarse a ocupar su sitio en la tertulia del casino junto al médico y al boticario y, aunque conociera mejor que los del sindicato la obra de Marx, los mismos trabajadores le consideraban un burgués demasiado equívoco.

¡Don Carlos...!, Todavía no me cabe en la cabeza, si por no tener, no tenía ni bando. Decidí avisarle para que huyera a Francia, o a donde fuera. Repuesta del desmayo, atravesé Valdesarrón por las calles más escondidas a las cuatro de una tarde abrasadora, me aseguré de que nadie me veía al entrar en la casa de Rosenda, donde se hospedaba e interrumpí su lectura en la cocina.. - Don Carlos, sé que quieren matarle - le dije atropellada - y no me pregunte cómo me he enterado, tendrá que irse del pueblo sin más demora. Pero mis palabras sólo dibujaron en él una mueca helada que no lograba convertirse en sonrisa, levantó la mirada sin quitar su dedo de entre las páginas del libro hasta que se lo arrebaté. He oído - proseguí - que Dimas el pastor ha sacado a mucha gente fuera de España, quizá él pueda ayudarle, o al menos que... Se escucharon los pasos de Rosenda y callé, sabía que mi antigua sirvienta me guardaba un profundo rencor. El maestro me empujó hasta la puerta, sin poder evitar que escuchase los improperios lanzados desde la escalera. - ¿No has tenido suficiente con que maten a mi hijo? ¡Meapilas! ¡Delatora! ¡Vete a decirles que el maestro no se ha escapado y que vengan a por mí también, si se atreven, porque en vuestro mundo ya no quiero vivir! Don Carlos me llevó asida hasta la calle y se esforzó en adoptar un tono de censura: .- No debió usted venir, ya conocía la noticia, pero los de la Unión no van a arriesgarse por mí. Si quiere ayudarme, no hable del tema mientras dure todo esto. Don Carlos hablaba como si fuera una revuelta de dos días y yo no encontraba argumentos para que se escondiera .- No, no hay donde ocultarse, están ávidos de venganza. La única salida sería irme al frente, si consiguiera creer que puedo hacer un mundo mejor con el fusil. El maestro me obligó a despedirme, mientras vigilaba a ambos extremos de la calle. Lo vi más solo que nunca y me marché con el esfuerzo de ordenar mi cabeza que, por primera vez, estaba confundida. Era una sensación extraña para alguien acostumbrada, como yo, a vivir sin dudas.



Conservadora en todo, más que nadie me he resistido siempre a los cambios. Sin embargo, guiada por mi intuición, me había acomodado de cara a unos tiempos que aún no alcanzaba a vislumbrar. Desde el día en que murió mi padre y pude tomar las riendas de mi vida, comencé a ser yo misma. La mudanza fue rápida y la forma de estructurar mi cerebro hubiera sido digna de estudio. Bastaría ver las transformaciones que propicié en esta vivienda para comprenderlo, aunque nadie entendiera entonces los cambios que llevé a cabo en la antigua casona de los Capdesaso, arruinada por mi padre y convertida en casa de labranza cuando me casé con Silverio Berroy, el mulero de mi familia, sabedora de que una mujer no pintaba nada sola en aquel mundo rural. Ante Silverio yo seguiría siendo "la señorita" y, de alguna manera, intuí que el matrimonio nunca liquidaría esos vestigios de respeto que aún ejercía sobre él. El caserón de salones lúgubres, con rancios retratos de rostros apergaminados, pasó a ser una vital vivienda de labradores. La ruina hacía impensable mantener el brillo de otro tiempo; así, en tres habitaciones introduje los muebles y los óleos que aparentaron más dignos; coloqué en las vitrinas mis recuerdos: porcelanas, miniaturas, abanicos de encaje... En la pieza del fondo oculté las pocas joyas salvadas y guardé el título nobiliario que, en lo sucesivo, iba a resultar chocante para una campesina. Eché la llave a cada estancia, sin dar la espalda a un pasado al que retornaría cuando necesitara recluirme en la sala vieja porque me encontraba perdida en un mundo que no acertaba a comprender. Delimitado el espacio que reservaba al recuerdo, lo que había sido la historia del edificio, se concentraba en una pequeña porción de sí mismo, como una zona profunda de la conciencia que conserva los atavismos de sus estadios anteriores. Abrimos otra puerta a los carromatos, el desván se dedicó a granero y, en verano, recibía los sacos de cereal en un alboroto de sogas, poleas y gritos. El centro de la vida social pasó a discurrir en la cocina, donde la mesa que un día sirvió de abismo para mi familia, congregaba ahora a parientes y trabajadores quienes, en la noche, rodeaban la chimenea para escuchar las instrucciones de Silverio sobre las tareas del día siguiente. Yo hacía un esfuerzo por no intervenir en esa conversación de hombres y esperaba a que derivara hacia temas banales para acercar mi sillón y acceder a contar alguna historia. Daba igual que recitara romances o que narrara un cuento popular, me sabía poseedora del don de recorrer con palabras los extraños laberintos de la emoción; todos me escuchaban en un silencio interrumpido sólo por el chisporroteo de la lumbre.

No había pasado un año de estas reformas cuando habilité una sala para desconectarme con mi último entretenimiento  -la radio-; también instalé un teléfono que, junto al del Ayuntamiento, eran las únicas líneas de la centralita y, bastaron estos aparatos, para que el siglo veinte irrumpiera, sin darme cuenta de que ya nunca más me resultaría posible ser una isla. La última empresa fue construir una galería en la parte trasera, donde ordenaría mis viejos libros, legajos de antiguos pleitos y volúmenes que adquiría en la ciudad. En la soleada biblioteca pasaba las tardes, intrigada en una novela, emocionada en un poema... por eso, cuando nació mi hijo, hubiera jurado que no habían transcurrido nueve meses de gestación.

Al nacer el pequeño se desbordaron mis emociones, hasta entonces no me di cuenta de lo acostumbrada que había vivido a obrar guiada por el cálculo. Ignoré los libros, la radio y cualquier noticia que se produjera fuera de mi universo. Proyectaba en mi hijo un hombre noble, sin contar con que el mundo nunca había sido así, inconsciente de que mientras revolucionaba mi hogar, el planeta experimentaba las más fuertes convulsiones, ajena a que cuando narraba historias a mis jornaleros, los trabajadores en todo el país morían en barricadas, en una crisis que ni la dictadura de Primo de Rivera había sido capaz contener. Cuando salí al mundo, lo habían cambiado tanto, que no pude reconocerlo.

Durante la República, mis únicas salidas fueron el paseo diario a la iglesia y las visitas a la escuela para charlar con don Carlos. Había entablado amistad con el maestro desde que empezara a seguir de cerca los estudios de mi hijo y estrechamos un verdadero vínculo al descubrirnos idéntica pasión por la lectura e intercambiarnos libros sobre los que establecíamos discusiones sin final. El maestro no pisaba la iglesia, pero en él descubriría más sensibilidad que en mis compañeros de procesión, quienes me recriminaban por aquella amistad Ahora que pienso, quizá fuera más revolucionario que los mismos sindicalistas, pero eso no es motivo para quitar de en medio a nadie. Yo misma me había acostumbrado a ser etiquetada de fascista, sólo porque mi marido estaba en el frente, aunque nadie me preguntó jamás por mi postura.

Que nadie piense que Carlos intentó hacerme flaquear en mis creencias, al contrario, cuando le hacía notar mi preocupación de que el marxismo iba a terminar con el espíritu, me explicaba que la gente sólo conoce de Marx esa frase que tacha a la religión como el opio del pueblo, pero desconocen los renglones donde afirma que "la religión es el corazón de un mundo que vive sin corazón". - Debería leerlo, Ángela. - me decía, porque al principio no nos tuteábamos- Marx cree que esos valores se convertirán en ideales que guíen a la humanidad y que las religiones desaparecerán porque las personas descubriremos todo eso en nuestro interior. Era todo un teólogo y, hay que ver cómo es la vida, creyeron que llenaba de herejías las cabezas de sus alumnos. En cuanto a mí, ni me hice materialista, ni se diluyó mi catolicismo por aquellas conversaciones. Me sentía cada vez más identificada con don Carlos; igual que él, no lograba hallar mi sitio en aquel mundo a punto de romperse, y estaba segura de que también él percibía esa fragmentación en su interior. Cada vez que intentaba una nueva óptica, un ejército de dudas se enfrentaba en lo más profundo de mi ser a un batallón de normas, convenciones y principios, hasta hacerme perder la referencia en las cosas más mínimas. Lo quisiera, o no, la opción por un bando estaba tomada, no podía hacer otra cosa que engalanar los balcones el día del Corpus Christi y organizar el Vía Crucis del Viernes Santo con quienes se atrevieran a secundarme. En una de esas procesiones, nos topamos con la Joven Guardia Obrera que nos cerró el paso y me vi obligada a gritar desde el fondo: ¿Quién se atreve a parar a Cristo? Y Juanico, el hijo de Rosenda, que capitaneaba la cuadrilla con un fusil y que tenía la virtud de desbaratarme la paciencia dijo que mi Cristo era sólo un pedazo de leño. ¡Pero Juanico! ¡Que te criaste en mi casa! ¡Que te limpié el culo mil veces! ¡Aparta, si no quieres que te deslome a palos! Juan miró a sus correligionarios, sin encontrar más respuesta que disparar al aire, con lo que produjo el revuelo a uno y otro lado. Le propiné una bofetada más sonora que el disparo y sin apartar la mirada, le empujé: Corre a tu casa, y que tu madre te restriegue esa lengua de blasfemo. A partir de ese día las amenazas pintadas en mi fachada se convirtieron en costumbre, por eso no reparé en la última el día que conocí la sentencia del maestro.

Ni dejé de ir a la iglesia, ni de escuchar la radio en silencio, junto a mi marido y los trabajadores, para seguir los avatares del nuevo régimen. Escuchaba y otorgaba la razón a casi todo, pero creía que esa oratoria académica era difícil de entender para un pueblo tan pasional como el mío. Mi particular cruzada había consistido también en visitas a los nuevos ateos para que un moribundo recibiera la extremaunción o para que una pareja consintiera el matrimonio. La última batalla la libré con mi primo Bruno, que acababa de ser padre de mellizos, porque en esos días, quien se considerara de izquierdas, rechazaba cualquier sacramento, y los niños recibían nombres lo alejados del santoral, como Wladimir, Libertad o Solidario. Bruno, frecuentador de mis narraciones, enamorado de los cuentos, quería llamarlos Hansel y Gretel y de nada sirvió explicarle lo impropio de un nombre extraído de una historia de brujas. Tras horas de discusión, pedí un vaso de agua y sin acercarlo a mi boca, lo derramé sobre las cabezas de los pequeños, a la vez que iniciaba una ceremonia improvisada: Carmen y Juan, yo os bautizo, en el nombre del... Terminé la fórmula mientras rodaba por las escaleras y me marché llena de magulladuras, con la alegría de que mis sobrinos estaban cristianados. Al llegar a casa, la Guerra Civil había estallado ya en la sala de la radio, los hombres discutían sobre un ruido de marchas militares. Hasta ese momento nadie se había tomado en serio la posibilidad de un alzamiento y los jornaleros no podían creer la alegría de Silverio cuando comunicaron que los nacionales controlaban Zaragoza.

El golpe duró más de lo previsto, pero no se habló de guerra hasta que mi marido se marchó al frente. En Valdesarrón madrugaron para la venganza, ejecutaron al alcalde y a todo aquel que hubiera manifestado convicciones republicanas, mataron a las mujeres que insultaban a los verdugos, a Leonor Bailo, que estaba encinta y cuyo feto bajó por el río con otros cadáveres. El día que llegó el ejército, yo lloraba la muerte de aquel muchacho, al que tantas veces había cambiado de pañales cuando era un niño, sin perdonarme haberle abofeteado el último Viernes Santo.



Habían pasado dos días desde mi desmayo cuando tres golpes en la puerta me hicieron bajar las escaleras a saltos para encontrarme con dos hombres uniformados... - Doña Ángela, - me besó la mano el de bigote -, soy el capitán Lumbreras, estoy al mando de un destacamento en Valdesarrón. Sólo acerté a invitarles a subir, mientras trataba de respirar despacio, preparé café y nos sentamos, por costumbre, frente a la chimenea apagada. Dicen que tiene usted teléfono - Lumbreras fue directo - y esos aparatos valen más que un ejército, me gustaría... Les dije que era suyo para cuanto quisieran, igual que mi casa. Gracias, es lo que quería pedirle, su casa por una noche, mañana recibo a un batallón con dirección al frente, el ayuntamiento y la escuela no dan ya más de sí, y hemos pensado en su granero. Me costó convencerles de que no utilizaran el granero, de que había habitaciones y jergones de sobra, les dije que mi marido estaba en el frente y quería pensar que en otras casa le tratarían como a una persona. No exageran - quiso halagarme Lumbreras - quienes afirman que es usted nuestra más firme aliada. Yo hubiera querido preguntarles si habría más fusilamientos, pero sólo me atreví a ofrecerles otro café, que fue excusado por el ayudante a causa de lo mucho que les quedaba por hacer. Ya lo creo - avancé como puede -, ¡menudo trabajo! Claro que ya no quedan rojos en el pueblo. Y me aseguraron que quedaban, que algunos se había escapado pero que otros se escondían en el campo, como Manuel Charca y seguramente el maestro. Mi corazón retumbó en toda la casa y ni siquiera pude abrir la boca para decir que Carlos era inofensivo. Al marcharse, me dijeron que habían visto las groserías pintadas en mi puerta y que enviarían a alguien para limpiarlas.

Yo las descubrí al despedirles. "Aquí vive la chivata, ¡Muerte para la puta de los fascistas!" - rezaba el mensaje -, pero no me preocupó si lo tapaban o no; eché el cerrojo y subí las escaleras a toda prisa. Al llegar al granero caminé de puntillas hasta el parapeto de sacos y susurré:. ¡Carlos! ¡Carlos! ¡despierte! El maestro apareció entre el trigo, despeinado. Escuche, mañana tiene que estar quieto día y noche, tendremos a las tropas aquí debajo. ¡Chisss! Querían alojarse en el granero, pero he podido evitarlo. Carlos estalló en una carcajada sin final, hasta que le tapé la boca y le dije que tardaríamos mucho en volver a tener motivos para reír. Debió ser entonces cuando pegué mi frente a la ventana cerrada y dejé caer los párpados, no sé cuánto rato permanecí sumida en una meditación o en un sueño. Carlos se atrevió a tocar mi nuca y eso hizo que me incorporara con un respingo eléctrico, pero los brazos del maestro me rodeaban, ahora sin ninguna indecisión. ¿Se ha vuelto loco usted también? ¡Suélteme! Sin soltarme, me advirtió que si gritaba nos descubrirían y nos fusilarían a los dos, yo le amenacé de que no se le ocurriera aprovecharse de una situación así. Él sólo pronunció un lánguido: "en la guerra todo vale" y me besó antes de que pudiera impedirlo. Pensé que era mejor no decir ni una palabra que no pudiera ser defendida con convicción, me rendí al enemigo, me entregué a un cuerpo más lleno de miedo que el mío, tan falto de amor como yo. Encima del trigo nos amamos con la misma violencia que los nuestros se mataban en el campo de batalla y nunca olvidaré que ese día pude, al fin, llorar abrazada al hombre que quería sin saberlo.



Sí, mi fervor estalló el mismo año que la guerra, dejé de llamarme cristiana la tarde que enterraron al maestro en una fosa, junto a otros inocentes. No imaginé nunca que con los mismos evangelios que invitan al perdón, con los mismos mandamientos que prescriben "no matarás", se pudiera levantar tanto oscurantismo, tanto rencor, tanta venganza. Mi marido murió en la guerra, en el campo contrario donde había caído Carlos, mis amistades se perdieron en la guerra, convencidos, de que yo era la boca delatora ante el comité que firmaba las sentencias; incluso Marcial y Rosenda, que llevaban años al cargo de la casa, me abandonaron. Hasta Dios parecía haberse muerto en aquella maldita guerra. Me entregué a la tristeza, desatendí los cuidados de mi hijo porque también yo deseaba morir.

Menos mal que Rosenda volvió, nunca le pregunté cómo llegó a enterarse de que no traicioné a su hijo, ni tampoco había tenido nada que ver en la muerte del maestro. Ella se ocupó de mi, igual que lo hace hoy, y me liberó de mis obligaciones, mientras yo permanecía postrada, sin querer aceptar que estaba encinta, aunque los síntomas lo anunciaran a voces. Yo, que tanto agradecí a la vida el regalo de mi primer hijo, me negué a otro alumbramiento en una tierra donde todo se secaba. Apunté mi odio contra Dios por permitir que sus representantes cambiaran ese mensaje por un huracán que destruía la vida. Durante dos meses apenas salí de la sala vieja, iba del sillón a la cama, sin conciliar sueños más largos de una hora. Sólo podía escapar del vértigo de rodillas ante el crucifijo que en otro tiempo me había guiado. Rezaba, rezaba como si fuera un conjuro y, cuando las oraciones se desgastaron, supliqué con palabras verdaderas, sin obtener más respuesta que el terror inmenso que crecía en mi interior. Hasta que un día contemplé esa cara con otra luz: su gesto de sufrimiento, los ojos desorbitados y, por primera vez, no me produjo absolutamente nada. Pasé del llanto a la risa, a una carcajada escandalosa e infinita, como la que invadió a Carlos cuando presintió cercana la muerte y que, cuanto más quise detener, con más fuerza se escapaba. Sé que Rosenda me escuchó, la oí llamar, pero no pude contestarle, no había manera de acallar esa locura. Esa noche salí al balcón, más vacía que otras noches y les grité a las estrellas por su creador, pero nadie respondió porque Él me había abandonado, le llamé con insultos que hubieran escandalizado a mis jornaleros y, cuando comprendí que nunca obtendría respuesta, le supliqué que acabara conmigo allí mismo. Debí perder el sentido, supe que Rosenda me encontró en el suelo, presa de temblores y de fiebre. Me contó que rehusé todo alimento durante tres días, mientras deliraba. Sólo recuerdo haber muerto, haber descendido a los infiernos, donde me consumí y, recuerdo que volví a mi habitación, que abracé a mi hijo y acaricié mi vientre. Después, un torbellino de fuego me agitó desde lo más profundo y me disparó hacia una luz cada vez más intensa y transparente. Entonces vi su cara, que no era un rostro, sino todos los rostros. Desde ese día sé que Dios no es un cascarrabias que premia o castiga, ni un cotilla preocupado por las nimiedades que atormentan nuestra culpa, ese día comprendí el verdadero sentido de lo infinito, ese día ha sido mi luz en los momentos más confusos. Volví con los cabellos blancos y con la decisión de que mi hijo naciera, él me devolvió la vida y la alegría.

Pero todo esto no he sido capaz de hablarlo con nadie y menos con este cura. ¿Cómo voy a decirle que me marcho sin miedo? Así que el domingo sólo podré repetirle lo que ya hace más de treinta años le confesé: Perdóneme Padre, porque he pecado. ¿Cuánto hace que no te confiesas, hija mía? Treinta y tres años, Padre. ¿Y cuáles son tus faltas? - me dirá. He matado a dos hombres. Pero, ¡qué vas a matar tú a nadie, alma perdida! . Sí, padre - volveré a decirle - yo no apreté el gatillo, pero ambos murieron por mi culpa. ¡No! ¡No vuelvas a atormentarte con eso! Uno era mi propio marido, estaba en el frente, fui hasta Teruel con el hijo de otro hombre en mis entrañas; guiada por los consejos de Rosenda, decidí yacer con él para - una vez terminada la guerra - no tener que explicarle que ese hijo era suyo. Pero no pude, me pareció ruin el haberlo pensado, le dije que no le culparía si me abandonaba. Al día siguiente se apuntó voluntario a una incursión de la que no regresaría, todos le consideraron un héroe, pero yo sé que fue la única forma que encontró de suicidarse. El otro era mi amante, lo fue sólo unos días, mientras permaneció escondido en mi granero, porque estaba en la lista y ustedes habían decidido que debía morir ¿recuerda? Le conté esa infidelidad en el confesionario, porque entonces estaba convencida de que ese amor era pecado y porque creía en el sagrado secreto de la confesión. Esa tarde lo fusilaron junto a la tapia del cementerio. ¡No y mil veces no! - volverá a decirme - ¡Las cosas no fueron así! Debes ser humilde, debes comprender que en la guerra tuvimos que actuar presionados por la situación, hubiéramos terminado en un mundo sin Dios. No vivas tú sin Dios, hija mía. Yo sé lo que es vivir sin Dios y tener que buscarlo aquí dentro. Sé muy bien lo que es abrasarse durante años, usted me condenó a este fuego. Por eso le pido, cura, y lo hago con la autoridad de quien está ya en el otro mundo, que no sea más el cancerbero del cielo, que se guarde de enviar a nadie a los infiernos. No me interprete mal, ya ni resentimiento me queda; sólo le pido que mire mi rostro, grabe bien estas arrugas y estos ojos y téngalos muy presentes cuando se encare con otro agonizante y cuando usted mismo se plante ante la muerte.

No, creo que no tengo derecho a engendrar otro fuego. Creo que consentiré en que este cura me dé la bendición y, cuando se haya marchado llamaré a mi nieto para que queme estos escritos, aquí en esta misma chimenea. Quizá, mientras los vea arder, se libere toda la gravedad y todo el dramatismo que aún encierran para mí. Sí, y que abra las ventanas para que entre el aire y el sol y algo de alegría y que se siente a mi lado, para contemplar la limpieza de sus ojos. Quiero marcharme con la paz de su rostro, quiero que mi última visión sea la de la vida, de Carlos y mía, que continúan en su ser.


© Santiago Gascón
    sgascon@aragob.es



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