GASTON GAUDIO
La prensa europea lo definió como “el sucesor de Vilas”, entre otros elogios admirables. Tiene 25 años, la consagración en Roland Garros a cuestas, y ya es uno de los tenistas más ricos del país. Fanático de Independiente, confiesa su pasión por el fútbol, y sin preocuparse por una imagen mediática, habla sincero de miedos e inseguridades. Le gusta Bajofondo, hace terapia y chatea por Internet. Así es el nuevo ídolo del tenis argentino.
Fecha de nacimiento: 12/9/1978

Lugar de nacimiento: Buenos Aires, Argentina
Lugar de residencia: Buenos Aires, Argentina
Altura (m.):1.75 Peso (kg.):70
Mano con la que juega: Derecha
Profesional desde: 1996
Títulos obtenidos en Singles: 3
Ganancias en su carrera: U$S 1,341,158
Ganancias año 2002: U$S 478,826
Ganancias acumuladas en 2003: U$S 260
Torneos jugados en 2003: 8
Gastón Gaudio es el tercer hijo de Norberto y
Marisa. Nació el 9 de diciembre de 1978 en una clínica de Adrogué y a los 6
años, incentivado por su hermano mayor Diego, dejó el equipo de rugby del Barker
College de Lomas de Zamora y comenzó a probar con el tenis en el club de
Temperley, el mismo que el domingo pasado se llenó de emoción para verlo ganar
en Roland Garros.
Marisa, la mamá, fue la encargada de acompañarlo, junto con su hija menor,
Julieta, a cada lugar en el que le tocaba jugar. Su papá había desistido de tal
empresa porque los nervios lo dominaban y no aguantaba verlo desde la tribuna.
Su primer profesor, el que le enseñó cómo agarrar la raqueta y dar los primeros
golpes fue Luis Aguilera, que en los ratos de descanso le hablaba siempre del
mundo de los grandes certámenes. Como buen entrenador enseguida se dio cuenta de
que ese chico tímido, que sonreía y se entregaba con entusiasmo en la cancha,
era un potencial talento. En especial le llamaba la atención su revés a una
mano.
“Gané Roland Garros, eso no me lo quita nadie en el mundo, es demasiado fuerte,
una sensación única que me permitirá disfrutar del tenis como nunca antes”. G.
G.
Por ese entonces comenzó a hacerse conocido como “el Gato”, pero en su círculo
íntimo y familiar siguió y sigue siendo “Gasti”. Deportista nato, Gaudio jamás
pudo abandonar del todo su otra pasión, el fútbol, que de tanto en tanto
practica con amigos en su casa, ubicada en un coqueto barrio privado de Hudson.
Es archiconocido por la hinchada de Independiente, club del que es apasionado
hincha, a tal punto que cuando está fuera del país sigue toda la información de
los resultados a través de Internet. Los domingos que pasa en la Argentina
preserva un rito con características casi religiosas: asado con familia y amigos
y luego caravana hacia la cancha en la que juegue Independiente. Tal es su
fanatismo que jugadores y técnicos ya se acostumbraron a verlo en los vestuarios
y los hinchas lo saludan y le dedican cantitos. Incluso su ídolo, Ricardo
Bochini, dijo: “Me gusta cómo juega Gaudio, tiene esa profundidad que me
encanta”.
“Cumplí mi sueño personal, estoy agradecido a la vida, pero ahora me quedan dos
objetivos por cumplir: ganar la Copa Davis y una medalla en los Juegos Olímpicos
de Atenas”. G. G.
Su debut profesional se produjo en 1996, año en el que llegó a ser número 2
junior, y que coronó ganando un torneo en Uruguay.
En 1998 llegaron los títulos de los Challengers de Santa Cruz de la Sierra, en
Bolivia y Santiago de Chile y fue finalista en el de Belo Horizonte. Además
salió campeón del Future España 2 y quedó segundo en el Satélite Chile1. En 1999
siguió jugando Challengers y continuó con su buena racha: se coronó en Niza y en
Espinho. Ese año llegó por primera vez a Roland Garros gracias a los dos mil
dólares y al pasaje de avión que el también jugador Hernán Gumy puso de su
bolsillo para que viajara. Gaudio fue eliminado en la tercera ronda, pero de
todos modos fue el argentino que llegó más lejos en esa edición del prestigioso
torneo.
En 2000 alcanzó las semifinales del ATP de Santiago y del Masters Serie de
Montecarlo. Ese año también fue campeón del Challenger de Braunschweig, hizo
final en Stuttgart –perdió con Franco Squillari– y semifinales en Gstaad. Muchos
comenzaron a mirarlo con detenimiento: su nivel técnico era espectacularmente
brillante y asombraban sus declaraciones sin guión y fuera de todo lo que se
supone “políticamente correcto”. Su físico, sumamente trabajado, comenzó también
a capturar las miradas de las mujeres que asistían a los torneos. Su metro
setenta y cinco y sus setenta kilos, junto con ese andar desgarbado, cautivaban
a la platea femenina a tal punto que una admiradora francesa pasó meses
consiguiendo datos de su ídolo para crear una página en Internet.
Lo más destacado de la temporada 2001 fue lo logrado en la Copa Davis: subió con
Argentina al Grupo Mundial. En lo personal llegó a la final de Viña del Mar
–perdió con Guillermo Coria en aquel primer gran encuentro que marcaría su
ríspida relación desde entonces– y a las semifinales de Buenos Aires.
“Yo no soy nadie para darle un consejo a Guillermo Coria, pero desde mi
experiencia, después de todo lo mal que lo pasé en Málaga, lo único que le puedo
decir es que la vida da revanchas y que siempre da una vuelta más. Eso es lo que
me pasó a mí”. G. G.
Los primeros dos títulos de su carrera los consiguió en semanas consecutivas:
Barcelona y Mallorca 2002. También fue finalista en Gstaad y semifinalista en
Amersfoort y Kitzbuehel. Con Argentina alcanzó las semifinales de la Copa Davis
–perdieron en Moscú con Rusia–.
Pero había algo que fallaba. En su ánimo y temperamento las cosas no funcionaban
tan bien. Por eso decidió hacer terapia. Lo guiaba la necesidad de poner en
orden las prioridades de su vida, fortalecer la confianza en sí mismo y aprender
a disfrutar del juego. Y según los resultados obtenidos, allí estuvo la clave:
por fin Gastón había aprendido a sonreír en los momentos más difíciles y cuando
todo parecía estar en contra. Justamente ahí el tenista se detenía para
recordarse que esa cancha, el rival y toda esa gente eran parte de un juego que
él había elegido jugar.
Ese año el público argentino tuvo oportunidad de disfrutarlo en sus actuaciones
como local en la Copa Davis. Trece triunfos en canchas argentinas lo
convirtieron en ídolo e incluso se dio el gusto de regalarle su remera a Diego
Maradona, que desde la tribuna lo alentaba.
En marzo de 2003 trepó al puesto N°19 del mundo, su mejor ranking. Arribó a
semis en Viña del Mar, Buenos Aires, Masters de Hamburgo y Gstaad. Nuevamente
llegó a semifinales de la Copa Davis con su país, pero en esa oportunidad cayó
en Málaga frente a España. Esas derrotas le valieron el apodo de “pecho frío” y
hasta el presidente de la Asociación Argentina de Tenis, Enrique Morea, dijo:
“Así no se puede jugar”.
Fueron momentos duros en los que Gastón pensó en abandonarlo todo y dedicarse a
otra cosa. Pero entonces su familia y su entorno formaron un dique de contención
y apoyaron al tenista.
Importante papel desempeñó en esos crispados días su entrenador, Franco Davín,
que llegó luego de haber sido preparado en sucesivas temporadas por Jorge Gerosi,
Javier Frana, Horacio De la Peña, Tony Pena y Martín Jaite. Junto a Gaudio y
Davín, el preparador físico Fernando Aguírrez terminó de consolidar “el equipo”.
“Pensé en retirarme setenta millones de veces. A veces sufro tanto en una cancha
que desearía irme”, confesó en más de una oportunidad. A principios de 2004
obtuvo el título de dobles de Viña del Mar en pareja con Juan Ignacio Chela.
Todo esto forma parte de su historia… Después llegó la soleada tarde de París
del pasado 6 de junio. Ese día cambió todo. Exactamente a las 18.47 Gastón
Gaudio hizo realidad su máximo sueño. En una de las finales más apasionantes y
“abiertos” de los últimos tiempos, el “Gato” levantó dos match points y derrotó
a Guillermo Coria por 0-6, 3-6, 6-4, 6-1 y 8-6. En la primera final grande entre
argentinos, imitó, nada menos, que a su maestro de toda la vida, Guillermo Vilas,
que le entregó la copa. “Juego al tenis por vos”, le confesó al oído el “Gato”
en la ceremonia de premiación del abierto de tenis de Francia. Su premio
contante y sonante fue de 860 mil euros, pero hay algo más: Tal como consta en
los registros de la ATP hasta la fecha Gaudio lleva ganados 3.552.598 dólares.
Ese fue el final de una breve pero intensa estada en París donde Gaudio, rodeado
por Davín y Aguírrez, comenzó por fin el arduo proceso de armarse como campeón.
La rutina fue estricta: cenas en el Hotel California, donde primaba la buena
atención y el relax. Franco durmió en su habitación para controlar de cerca al
“Gato”, que a veces solía despertarse en la madrugada con ganas de chatear,
petición que era inmediatamente denegada. El equipo (Gaudio, Davín y Aguírrez)
cumplía estrictamente los horarios: cenaban alrededor de las 21 en el
restaurante Plaza Berri, sobre Champs Elysées, y luego a dormir. El desayuno se
servía entre las 9 y las 10. Luego a entrenar duro. Solo el backgammon era
admitido como vehículo de escape. Otro detalle a tener en cuenta: en la
computadora de Gaudio sonaba todo el tiempo la música dance, funk y soul que
tanto le gusta, además de una última incorporación: “Me copó la fusión de tango
con electrónica, como ‘Bajofondo’”, dijo el campeón.
Según trascendió –por cábala y para no alterar el orden–, Gaudio les pidió a sus
familiares que no lo fueran a ver en las finales. “Preferí hacer como en los
partidos anteriores, ellos saben que están conmigo en mi corazón”, dijo. Su
novia, la modelo Natalia Forchino, que lo había acompañado en Düsseldorf, se
volvió a Buenos Aires. Con ella se mantuvo en permanente contacto telefónico
hasta su arribo a Buenos Aires.
Sí llegó a París, para la semifinal del viernes, su amigo Martín, una especie de
cábala: estuvo presente en los tres títulos del “Gato” (Barcelona y Mallorca 02,
y en éste). Durante el torneo, Gaudio también fue seguido por su amigo
millonario, el italiano Olindo Giacobelli, un ex piloto de Jaguar de 54 años.
Con Davín, Aguírrez, Martín y don Giacobelli, Gaudio compartió una fiesta
privada en el pub L’Avenue. Antes había estado cinco minutos en la embajada
Argentina, sobre Avenue Foch, para celebrar el título junto a sus compatriotas.
Y disfrutar parece ser lo que mejor le sale a Gaudio por estos días. Al arribar
a Buenos Aires dijo: “Sonreír me ayudó mucho para seguir adelante, para superar
el mal momento que pasé en los dos primeros sets, donde Coria me superó
claramente. Hasta ese momento yo estaba sufriendo. De ahí en más empecé a
disfrutar un poco más de la final”.
El “Gato”, de Temperley a París. De ser número 44 en el ranking mundial a estar
entre los diez mejores del mundo.
El “Gato” que aprendió a reírse para conjurar los
miedos.