CINE HISTÓRICO Y LITERARIO

Vayámonos a Moscovia, que imagino que algunos estarán hartos de la campaña electoral y del eterno retorno de los pactos post coitum.

En los días en que hasta las baldosas del suelo clamaban “Stalin, Stalin”, y la aún invencible Wehrmacht nazi desencadenaba la “Operación Barbarroja” invadiendo la URSS, Sergéi Eisenstein, director de cine a la sazón desplazado a Kazajstán, rodaba la primera parte de su trilogía sobre el zar Iván IV, también conocido como “el Terrible” (Grozny). Para el personaje principal contó con el nunca suficientemente ponderado Nikolai Cherkássov, también protagonista de su “Alexandr Nevski”, hecha con los mismos propósitos antiteutónicos. ¿Por qué elegir un tema tan excéntrico para la época e incluso la ideología marxista- leninista triunfante?. La respuesta pasa por el deseo de autolegitimación histórica de todos los regímenes totalitarios o, permítaseme, totalitarizantes, que en el mundo se dan y se han dado. Los nazis no fueron una excepción, aunque no se buscó tanto un referente histórico concreto por su deseo de iniciar una nueva era pura, brillante y eterna. Pero si dejamos los nazis aparte, no hay más que fijarse en el franquismo y sus epopeyas de la era imperial, como Jeromín o La leona de Castilla. También, ojo, podemos fijarnos en algunas películas serbias de los inicios del Slobodato alrededor del drama de la batalla de Kosovo y la aniquilación por los turcos otomanos musulmanes del rey Lázaro y su ejército (No sé a qué cosa de la actualidad más rabiosa me recuerda esto).

En fin, se trataba de una legitimación histórica del totalitarismo soviético, stalinista, a través de la figura del zar Iván IV. Prueba esto que la primera parte recibiese el premio Stalin y la 2º (3º no hubo, por la muerte del director), llamada La Conjura de los Boyardos, no se pudo estrenar hasta 5 años después de la muerte del Gran Hombre porque en ella aparecían rasgos paranoicos en el zar que se fueron agudizando a partir de la muerte de su primera esposa Anastasia Románovna, en 1560. ¿Quién sabe lo que no querría el líder soviético que pensase el público?

Pero claro, ¿por qué le interesaba a Stalin una película basada en este personaje? Si hay algo que convenía a los soviéticos en los años 30 y 40 era el afianzamiento del control absoluto del estado (confundido con el partido único). En ese sentido, los creadores del estado moderno son siempre piezas de gusto (si no, que se lo digan a Franco, que hasta copió emblemas de los Reyes Católicos con tanto afán, que hoy la mayoría los creen un invento del famoso ferrolano). Preguntémonos por qué Iván es un creador del estado moderno ruso. Ese honor lo tiene en principio su abuelo, Iván III el Grande, que en sus afanes de consolidación llegó a emparentar con la familia imperial del Bizancio agonizante, incorporando la ideología ecuménica romana a su estado creciente, en proceso de expulsión de los tártaros, resto final de la Horda de Oro que en la Rusia central y sureña habían instalado los mongoles tres siglos atrás. Dicho eso, su nieto, nuestro peculiar Tiberio del artículo de hoy, cosechó también grandes méritos.

De este afianzamiento del poder del estado citaremos solamente ejemplos parangonables con los occidentales, ambos con el fin de reducir el poder de los dos estamentos medievales privilegiados, nobleza y clero: la creación del ejército permanente de los streltsi, fieles al zar y premiados con tierra, y la recopilación de todas las ordenanzas en el famoso Sudiébnik de 1550. El ámbito territorial de sus conquistas es importante por el contexto de la película: Iván expandió el imperio moscovita por Siberia y hacia el sur, en el Volga, conquistando las dos avanzadillas tártaras de Kazán y Astrakán. Incluso, mostrando gran visión de futuro, se adelantó al proyecto de Pedro I de lograr un puerto Báltico, solo que fue frenado por las potencias del Mar del Norte en sus intentos de dominar Livonia. Todo esto explica la importancia que la propaganda soviética dio al filme: A resultas de la derrota nazi, todos los territorios bálticos, de forma directa, y el este eslavo de Europa, de manera indirecta, caerían en poder de la URSS, en pura venganza por la humillación de la I Guerra Mundial. En este sentido de la expansión territorial, es curioso que Pedro I no despertase similar interés. Ello quizás se deba a la peculiar entrega a lo occidental que caracterizó a este monarca, considerado como Anticristo en el trono por los detractores de su política, como lo había sido Iván desde ámbitos sobre todo monásticos. Para profundizar en esto, remito a la amenísima Historia del espíritu ruso, de D. Chizhevski, obra que desde aquí recomiendo encarecidamente a los interesados en el tema.

Hablando ya de la película y sus actores, para mí destacan muchísimo Cherkássov, Iván, y Serafina Birman, la responsable del personaje cuya inteligencia es la única a la altura de la del zar, su tía Efrosinya Staritska, madre de Vladímir, príncipe Staritski, único candidato alternativo al trono, retrasado mental y por ello candidato de la oposición de los privilegiados, los boyardos, sometidos y a veces diezmados por Iván. Ambos deambulan por estas dos películas en las que el tono expresionista domina, con esos claroscuros violentos y sombras infinitas que aprovechan la fantástica arquitectura palacial moscovita. Esto contribuye al ambiente, a veces francamente asfixiante, de sospecha y conjura continuas, lo que realza la lucha de Iván contra la reacción de los privilegiados,  especialmente solitaria tras la conmovedora muerte de la zarina Anastasia y la aparición de los oprichnicki, nuevos hombres del zar, sobre los que se va a apoyar contra todo y todos. Técnicamente, todo esto son muestras cabales de su dominio de las vanguardias europeas. A ello podemos añadir su portentoso montaje, muchos años antes de que llegue la tecnología con mayúsculas. Por si fuera poco, Eisenstein contó con la música de Prokofiev, sobre la cual podríamos hablar largo y tendido en otra de nuestras secciones, desde luego, si no lo hacemos muy pronto.

En fin, una obra mítica para un personaje casi de leyenda para niños. Hombre cultivado, en cierta manera genial, y al tiempo asesino de su hijo más amado (cuadro de arriba, obra del historicista Repin), y azote del honor femenino, monarca que concibió un ideal político centralizador y lo llevó a cabo con la mayor de las crueldades, practicando muy a menudo, cuando remitían sus desequilibrios, la más perfecta virtud maquiavélica, lo que no es decir poco. En cualquier caso, esta excelente película es una perfecta excusa para hablaros durante un rato de él y de la Rusia del imperio moscovita. No será la última, aviso. 

Florestan.

Opinad, opinad, que es gratis, en el FORO

Literatura e Historia

Música e historia

Mitología y Arte

Novedades

Finis Terrae, donde acaba el temor

Principal Arthistoria

Para cualquier consulta sobre el sitio

EL KRAKEN

Listado de novela y cine históricos

Vuelve arriba