Aquí tenéis el último editorial (invierno 2007), de la revista EL KRAKEN. Estamos en espera de su última portada, cuando se haga el milagro y haya que levantar tiendas para más de uno.  Esta vez colocamos la del número 20 y cosas resumidas o no, del último número (22): un artículo acerca de la increíble demanda de la SGAE a la revista Quimeras  y una entrevista al escritor Hipólito G Navarro . Como siempre, cualquier colaboración o comentario escrito y difundible se puede dejar en el foro de Arthistoria (con un clic aquí), mientras que para un comentario más privado, y/o menos difundible, enviad un correo aquí

 

        

   

 

        EDITORIAL número 22

 

        Sabemos que envejecemos, sobre todo, por referencias externas. La mercería que había enfrente de casa de nuestros padres, se ha transmutado, cómo no, en cibercafé. Esa real hembra que acaba de bajarse del bus de Espinardo, ¿no era la nena de los vecinos de abajo, esos que se divorciaron cuando empezamos con lo de la objeción en la Cruz Roja? Y así todo. Porque la verdad es que si miramos para adentro, si prescindimos de referencias exteriores, entonces nos parece que esta tarde otra vez toca napolitana de chocolate, comando G. y vacuna contra la alergia. Pero no. El tiempo ha pasado, claro, y hemos gastado ya todos los tickets[Fede1] de prórroga juvenil con que la Unión Europea obsequia a sus neuróticos ciudadanos. 

        Hay otras cosas, en cambio, que se eternizan, y nos eternizan, logrando que nos sintamos como mamíferos del pleistoceno, atrapados para siempre en el espeso alquitrán del aburrimiento político. Un pequeño ejemplo, para ilustrar el tema: la monserga permanente del nacionalismo. El Moisés de turno (Arzalluz, Maragall, Ibarretxe…) que anuncia a los suyos la tierra prometida, persiguiendo (como en el cuento de Zenón) sin descanso a la tortuga de la patria-fetiche. Tocando casi, con la punta de los dedos, su duro caparazón de roña provinciana, de quimeras románticas segregadas por alguna periférica burguesía, filistea y pajillera, de finales del XIX, que se excitaba con mitos y esencialismos para paliar su falta de imaginación y el tedio miserable de su existencia. Lo peor es que nos sigue costando sangre. En fin, no dramaticemos. Qué más da todo, mientras haya por aquí alguien que nos cambie a tiempo el barril de cerveza.    

        Por muchos signos vemos que el tiempo sigue atravesando nuestras células, como la más inocua pero, a la vez, la más fatídica de todas las radiaciones a las que estamos expuestos. Lo percibimos, también, cuando desaparecen los personajes que coparon la escena del gran teatro del mundo durante el primer acto de nuestras vidas. Este verano, además de ese pobre futbolista sevillano al que apenas se le ha prestado atención en algún minoritario programa de deportes, han desaparecido –aunque de otra esfera de la realidad, claro–, Antonioni, Ingmar Bergman y Francisco Umbral. El portentoso director sueco se libró por fin de la sonrisa de la muerte al otro lado del tablero.     

        Umbral, la verdad sea dicha, no era santo de tanta devoción para nosotros. Escritor de talento –qué duda cabe–, con una constancia de estilita se dedicó a decir eufónica, ingeniosa y estilizadamente nada desde su columna durante años. Más de treinta tristes y frívolos años. Todo un símbolo de la intelectualidad de un país y de una época. Acertó, nos parece, en alguna aislada epifanía de simpleza, en algún repentino ataque de lirismo garbancero, casi galdosiano, que debió de pillarlo desprevenido. “Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre”. Esto es de Mortal y rosa, pero podría haberlo escrito cualquiera. Cualquiera con algo de sensibilidad. Y sobre todo cualquiera que hubiese perdido a un hijo de seis años por una maldita leucemia. Umbral tiene recursos, tropos mucho más audaces, lo sabemos. (Hasta alejandrinos hay en esa novela). Fijaos, ya era tan mayor, incluso de joven, que Dostoyevski o Camus le parecían pueriles…[Fede2] Pobre Umbral. Nosotros nos quedamos con esa frase tan sencilla y lacrimosa; porque demuestra que incluso al más escéptico de los gurúes literarios (con su fachada de druida cabreado, su voz campanuda, su disfraz de Merlín-yo-he-venido-a-hablar-de-mi-libro en el gris Camelot de la democracia), un zarpazo como la muerte de un hijo le arranca algo de esa verdad verdadera que dice el anuncio. Bueno, pues descanse en paz, sin más palabras. Que de tantas, ya veremos cuántas quedan. Al final, final… nos tememos –¿no lo hemos dicho ya alguna vez?–, nos tememos que ni las nuestras.    

 [Fede1] Mejor así, en inglés.

 [Fede2] Hermoso.

 

        DE QUIMERAS Y OTROS BICHOS RAROS

 

 

        El caso viene a ser el siguiente, para los que no estéis al tanto del asunto: la SGAE interpuso una demanda, hace unas cuantas semanas (por importe de 9.000 € de nada) contra la revista literaria Quimera, a raíz de cierto artículo aparecido en esta interesante publicación; en el cual no se trataba con demasiada indulgencia, todo hay que decirlo, a la citada Sociedad General de Autores y Editores.   

        El  artículo en cuestión apareció firmado por Trebor Escargot –se trata, claro está, de un seudónimo–, y el feo pecado contra la SGAE consiste en haber calificado a sus miembros de “piratas”; eso sí (y conviene advertirlo cuanto antes), en un contexto eminentemente literario, y claramente marcado por un tono general de ironía, perfectamente acorde con el agudo sentido crítico que demuestra el autor. Si seguís habitualmente nuestra publicación, ya habréis anticipado, a estas alturas del artículo, cuál va a ser nuestra posición al respecto. Y no os equivocáis en absoluto: brindamos nuestra mayor solidaridad a la revista Quimera, a su seudonimizado colaborador, y denunciamos –como han hecho ya otros medios de comunicación– la extrema paradoja de que la entidad encargada, por definición, de la defensa de los derechos de los autores, se dedique, precisamente, a poner cortapisas al ejercicio de la libertad de expresión.

        Toca, a párrafo seguido, advertir que hacemos esto sin entrar todavía en el fondo del asunto dirimido por Trebor Escargot en su breve, pero enjundioso y efervescente articulito. Ocurre que entendemos que este escritor no ha rebasado en ningún caso los límites aceptables para cualquier crítica. Y si bien la suya resulta, desde luego, bastante acerba, nos parece que está lo suficientemente argumentada. Además, a nuestro juicio, no existe un notorio propósito de difamación por su parte, o de agresión al honor de nadie. Al menos, no en el grado y en la forma que pudieran llegar a justificar una demanda como la que se ha planteado, sin que ni siquiera la SGAE se haya tomado la molestia –y también esto nos parece bastante sospechoso[Fede1]– de reclamar primero una rectificación o el ejercicio del correspondiente derecho de réplica.

        La cuestión es que el tema nos interesa, porque se trata, en realidad, de nuestro propio caballo de batalla desde que venimos haciendo la guerra por nuestra cuenta en esta esquina sureste de la piel de toro. El tema es la libertad. Nada menos. (Libertad para crear, para reproducir, para vender, para copiar…). Y en este contexto más amplio, lo de la imposición del canon contra la piratería que propugna la SGAE  –y que la ha hecho blanco de críticas como la del amigo Escargot– no pasa de ser un mero detalle en un cuadro mucho más complejo y problemático. La gran pregunta de la esfinge, en su formulación más general, podría expresarse en forma de disyuntiva, más o menos así: ¿arte protegido y subvencionado por los gobiernos, o arte expuesto a las contingencias y reglas generales del mercado? O bien, todavía más ampliamente: ¿es inevitable que el artista esté al amparo –y, por consiguiente, también a merced– del poder, ya sea político o económico? Y si la respuesta fuera afirmativa –como nos tememos que efectivamente lo es, y lo viene siendo desde hace siglos–, ¿cuál sería el mal menor, en una sociedad que pretende consagrar la libertad como uno de sus valores axiales? Ahí es nada. 

        Por supuesto, el espacio disponible no nos da para mucho más que para hacer lo que ya hemos hecho: arrimar el hombro en el que nos parece que es el primero y casi único frente de defensa posible contra toda clase de inquisiciones de guante blanco. Esto es: la lucha, en todo caso y a todo trance, por la libertad de expresión, con los únicos (y mínimos) límites razonables que la ética y la deontología nos imponen.      

        En cuanto a los otros mil aspectos del problema, no parece sencillo responder con un mero “sí” o un escueto “no”, optando entre “esto” o lo “otro”: ¿cómo se consigue un equilibrio más justo entre los derechos del público y los de los creadores, permitiendo la reproducción completamente libre de las obras, sin proteger en absoluto al autor, o imponiendo un canon discutible y de problemática aplicación? ¿Es necesaria la llamada “cuota de pantalla” para salvaguardar nuestra producción cinematográfica nacional? ¿Es aceptable el precio único para los libros? ¿Debe el gobierno tratar de regular de algún modo los contenidos de la televisión? ¿Debe promocionar un determinado tipo de arte en detrimento de otro? Y así un centenar de preguntas más, todas ellas relacionadas con el mismo problema de fondo: el de cómo se regula y se preserva la libertad de expresión, de pensamiento y de creación artística, sin sofocarlas a base de puro proteccionismo.     

        En el mismo dossier figura, por ejemplo, otro punto que nos atañe mucho más directamente a nosotros. Podemos plantearlo, si queréis, en clave shakespeareana: ¿qué es más digno para el espíritu del creador: tomar la subvención y salir corriendo en la dirección que le señala el índice erecto del político, o renunciar a toda protección oficial y someterse a la no menos infausta dictadura del mercado? That is the question, amigos lectores; no cabe la menor duda. La verdad es que digno, lo que se dice digno, mucho nos tememos que no sea ni lo uno ni lo otro. Y el término medio es bastante complicado. Nosotros mismos, sin subvenciones oficiales directas, llevamos años intentando nadar entre dos aguas. Lo cierto es que partiendo de la nada, y siguiendo las huellas de Marx (Groucho, por supuesto), hemos alcanzado la mayor y más miserable de las libertades: la del loco, la del bufón, la del paria. Somos casi del todo libres, ciertamente –como lo prueban los mandobles justicieros que solemos repartir a babor y a estribor–, pero nuestra libertad es inútil. Lo cual inevitablemente nos recuerda la macabra contrapregunta de Lenin a Fernando de los Ríos, durante su conversación en la URSS, a principios de los años veinte: “¿Libertad para qué?”. Menos mal, claro, que los que de verdad la deseamos, no solemos tener una concepción instrumental de ella. La queremos por sí misma, independientemente de su mayor o menor “utilidad pública”. De modo que podemos responder tranquilamente: libertad porque sí, o libertad para todo y para nada.

        Más allá de estas consideraciones, la simple verdad es que  hoy la libertad está más amenazada que nunca. Porque el enemigo asecha[Fede2] perfectamente camuflado, mimetizado, disuelto en la gran mascarada de la tolerancia, y resulta por ello casi indetectable. La raíz del problema es la subordinación de la esencial libertad del espíritu –esa que Lenin despreciaba– a la suma de mezquinas libertades subsidiarias que satisfacen a las masas –las cuales Lenin despreciaba también–. Así que el punto clave vuelve a ser el gran tema de Ortega: el temible predominio de las masas. En la última edición revisada y ampliada de su magna obra ¿Qué es la democracia?, Giovanni Sartori recuerda una sentencia de Lord Acton: “La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre es el quantum de seguridad de que gozan las minorías”. Y lo que está ocurriendo, nos parece, es que de forma incruenta, pero muy eficaz, las minorías (excepto las tuteladas directamente por el poder) están siendo arrinconadas; unas veces en nombre de la libertad de mercado, y otras en nombre de la propia democracia. Esta es nuestra pesimista conclusión, queridos lectores. Les guste o no a los de la SGAE, o a cualquier otra clase de piratas.

 [Fede1] Cierto, es extraño. No es la manera en que actúa una asociación de escritores.

 [Fede2] Creo que aquí es conveniente con ese. Fíjate lo que dice el Diccionario en cada caso, con ese y con ce.

 

 Entrevista a Hipólito G Navarro

Hipólito G. Navarro nació en Huelva en 1961. Biólogo interruptus, reside en Sevilla desde 1979.

Es autor de los libros de relatos El cielo está López (Editorial Don Quijote, Granada, 1990), Manías y melomanías mismamente (Editorial Don Quijote, Sevilla, 1992), El aburrimiento, Lester (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1996), Los tigres albinos (Editorial Pre-Textos, Valencia, 2000) y Los últimos percances (Editorial Seix Barral, Barcelona, 2005), y de la novela Las medusas de Niza (Algaida, Sevilla, 2000 y 2003).

Ha obtenido, entre otros premios, el Alberto Lista de 1997 por Con los cordones desatados, a ninguna parte, el Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid del año 2000 y el Andalucía de la Crítica 2001 por Las medusas de Niza, y el Premio Mario Vargas Llosa NH al mejor libro de relatos publicado en España en 2005 por Los últimos percances.

Ha editado, prologado y anotado los relatos completos de Fernando Quiñones: Tusitala. Cuentos completos (Páginas de Espuma, Madrid, 2003).

Entre 1994 y 2001 editó la revista “Sin embargo”, dedicada al cuento literario.

Sus relatos, traducidos al inglés, alemán, portugués, árabe y griego, están recogidos en numerosas antologías del género en España y Latinoamérica.

        ENTREVISTA A HIPÓLITO G. NAVARRO.   

        Permítanos empezar con lo más brillante de su palmarés. (Suponemos que esto no le molestará.) Usted ha conquistado recientemente uno de los dos premios de mayor relieve de cuantos existen en nuestro país para libros publicados de relatos –el NH–, y ha quedado finalista en el otro –el SETENIL–; imaginamos que tanto reconocimiento junto le producirá más bien sensaciones agradables…

 

Estoy contento, para qué nos vamos a engañar; a nadie le amarga un dulce y medio, a menos que se sea diabético, ¿no? Estoy contento y gratamente sorprendido, la verdad. Convendrá usted conmigo en que resulta por lo menos inquietante que hayan logrado alcanzarme estos reconocimientos después de llevar yo veinticinco años cometiendo cuentos a contracorriente. Me consta que no se lo he puesto fácil; a los premios, digo. He debido frenar un poco, ralentizar el juego, sobre todo porque a la hipoteca de mi casa le apetecía dejarse alcanzar. Ellos no, mis cuentos querían seguir muy despeinados hacia adelante, indomesticables, esquivos siempre. Si hubiese sido por ellos, por mis cuentos, con seguridad no estaríamos hablando hoy usted y yo aquí tan ricamente, amigo mío. El reino de mis cuentos no es de este mundo.

Con los premios a libro publicado de cuentos sucede en nuestro país algo bastante perverso en el fondo, algo que muy pocos cuentistas se atreven a revelar públicamente, así más de tres y de cuatro lo tengamos hablado en petit comité desde hace mucho. Nadie osa tirar piedras sobre su propio tejado, será eso. ¿Qué le parece si nos atreviésemos nosotros hoy con un buen peñasco, en una apoteosis de la inconsciencia? Vamos allá, con arrojada valentía torera: es tan reciente la creación de estos premios –el NH cumplió este año once ediciones, el Setenil tres– que me temo cubren aún la etapa primitiva, bastante razonable por otro lado, de premiarse a sí mismos, de darse lustre con los nombres que ya han fijado previamente los lectores y la crítica y a ser posible una trayectoria más o menos sólida y convincente. El primer Setenil al libro de Méndez nos dio un susto morrocotudo en este sentido, como usted bien sabe, descarrilando de tan sana tradición en el primer cambio de agujas. Por fortuna para nuestros nervios enseguida corrigió tan insensato desmelene, y el certamen vuelve a estar encauzado de nuevo, a prueba de sobresaltos. En serio: me parece que deberán transcurrir todavía unos cuantos lustros más hasta que estos premios estén en disposición de atreverse a señalar una obra publicada sin pasado detrás, excelente por sí misma, por lo que contenga impreso en sus páginas antes que por lo que de su autor se diga en las solapas. El premio NH salva el escollo brillantemente llevando de la mano en cada convocatoria dos premios paralelos adicionales, a libro de cuentos inédito (con el doble de dotación que a libro publicado, y esto me parece bien significativo y reseñable) y a cuento independiente. Anime usted conmigo desde aquí a los promotores de Molina de Segura a seguir una aventura parecida, si le parece. Saldríamos todos ganando, los cuentos, la salud literaria del país, las entrevistas, las hipotecas...

 

                    

        ¿Le incordia que se hable de usted como de un autor “humorístico”? ¿Y qué le parecería la etiqueta de escritor “experimental”?

 

En absoluto me molesta, al contrario; yo me considero un autor sobre todo humorístico. Melancólico a veces, eso no lo puedo remediar, pero humorístico siempre. Si no fuese por el humor creo que no me interesaría escribir ni una coma. Son por otra parte tan dolorosamente dramáticas en el fondo algunas de las historias que me interesan que si no pudiera contar con la máscara y el distanciamiento del humor sería incapaz de escribirlas.

En vedad yo no pude escribir mis primeros cuentos hasta pasados los veinte años, porque hasta entonces ignoraba que estuviese permitido hacerlo con el humor completamente desatado. Había leído en la adolescencia textos ligeramente humorísticos, pero muy discretos en el fondo, a los que cualquier chiste bien contado podía dejar en evidencia. Y también había leído mal, con reverencia, solemnemente incluso, textos que encerraban verdaderas borracheras de humor. El Zaratustra de Nietszche, por ejemplo. Dos fueron los autores que me iluminaron en ese sentido: Franz Kafka y Samuel Beckett, los humoristas más grandes y geniales. Y un librito catalizador, que pocos se atreverían a confesar como trampolín para la escritura de cuentos literarios: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, de Woody Allen, los cuentecillos que el cineasta había ido publicando en The New Yorker durante los años 60 y que fueron editados por primera vez en castellano en los cuadernillos marginales de Tusquets... en 1974, con la dictadura todavía en marcha. Esos textos descacharrantes me ayudaron mucho a perder definitivamente el miedo a la hora de disfrutar y reír escribiendo.

Lo del experimentalismo es otro asunto. Como soy un tipo al que le interesan menos los temas que las maneras con que afrontarlos, me disgusta enormemente repetir esquemas formales en los cuentos. La mayoría de cuentistas, no hay más que fijarse un poco, ensayan varias fórmulas en sus primeros relatos, hasta dar con una o dos que funcionan, que les dan buenos réditos, y luego las repiten hasta la saciedad. Yo prefiero probar en cada texto algo nuevo, nuevas estructuras, dar diferente sesgo a la mirada (con ser ya de por sí bastante estrábica la mía), tirar por los caminos más raros que se me pongan al paso. Soy muy consciente de que este sistema habrá de conducirme más tarde o más temprano a un callejón sin salida, pero de momento no me importa en demasía, no me causa problemas, como no sea la paralización durante grandes temporadas en las que no se me ocurre ninguna nueva manera y se me quedan apelotonados los argumentos esperando, mezclándose entre ellos, sin poder escribirlos hasta muy tarde.

Esta querencia por la experimentación se la debo en parte al Cortázar cuentista, y al de Rayuela y de 62, pero paradójicamente fueron otras dos novelas, dos textos largos, también de autores latinoamericanos, las que yo creo que me inocularon definitivamente ese veneno dentro: La casa verde, de Vargas Llosa, y Para una tumba sin nombre, de Onetti, dos arquitecturas novelescas prodigiosas. Mi única novela publicada, Las medusas de Niza, es un descarado homenaje a esa magnífica y un poco secreta novela del uruguayo.

 

 

        Algún crítico bastante agudo le ha dedicado cierta frase tan ingeniosa que merece –creemos– ser reproducida aquí. Viene a decir, si no la recordamos mal, que a usted le gusta “retorcerle el pescuezo al cisne de la literatura.” ¿Pero no cree que su estilo podría ser tachado por ciertos puristas de… digamos, demasiado críptico e irreverente? 

 

Bueno, que un estilo pueda ser etiquetado de irreverente no me parece mal negocio: es como si estuviésemos hablando de un estilo fresco, audaz, incluso desvergonzado, ¿no? A veces se nos olvida que una de las funciones de la literatura es incomodar, hacer pasar un mal rato también al lector, zarandearlo para sacarlo de la molicie que acecha en todo momento. Más preocupante me parece lo del estilo críptico. Es lo que antes comentábamos, que el desmedido afán por encontrar nuevas fórmulas de expresión acaben por conducirlo a uno a algún camino sin salida. El peor camino sin salida con que puede toparse un cuentista, cualquier escritor, es el de perpetrar textos de muy difícil interpretación, o que no se entiendan, sin más. Es el error en el que han venido cayendo hasta hoy casi todas las vanguardias, que desembocan a la postre en la incomunicación, olvidando que un texto literario necesita de al menos un lector al otro lado para existir. Claro que ese es el inconveniente, me parece, de la vanguardia civil, la que en el fondo es una vanguardia blanda, educada, atenta, considerada. Fíjese en cambio en los irreverentes geniales del OuLiPo, en Perec, en Queneau... Si el cuentista escribe para lectores inteligentes, verdaderamente cómplices, no tiene ese problema, y puede, como yo, escribir los cuentos más bárbaros esta noche; escribir, por ejemplo: El cielo está López y tiritan, asustados, los astros, a lo lejos... Retorcerle el pescuezo al cisne de la literatura, qué bueno es eso, demonios; eso lo escribió Senabre, o Goñi, me parece recordar, ¿no? No me suena a Pozuelo Yvancos, desde luego.

 

 

        Y de pronto va usted y, en medio de tanta chanza, se descuelga con algún hallazgo memorable, alguna imagen de alta calidad poética (“las raíces cuadradas de los relámpagos”, pongo por caso), aunque sin perder nunca el sentido lúdico, esa dimensión de juego, de acertijo, que privilegia el “efecto sorpresa”… ¿Le sale tan natural como parece, o hay mucha elaboración detrás de esa facilidad aparente?

 

A mí me parece que esa naturalidad es el resultado de escribir desde la intuición narrativa que me proporcionó escuchar chaparrones de historias cuando era niño, antes que desde la del conocimiento de las normas que medio mal enseñaron en la escuela después. Escuchar las historias que contaba mi abuelo frente al fuego de la chimenea en las frías noches de invierno de la sierra onubense fue una de mis grandes fascinaciones de la niñez. Aquella manera pausada y dulce de contar de los mayores frente al fuego la recuerdo como uno de los regalos más cálidos de mi infancia. Quien haya escuchado buenos cuentos antes de dormir cada noche sabe de lo que hablo: una felicidad casi pretecnológica que permitió a los muchachos de mi generación, tan faltos de TV y otras gaitas catódicas, poder conformar con palabras antes que con imágenes nuestros particulares universos de la ficción. No me cabe la menor duda: si un cuento puesto por escrito es capaz de retener medianamente entre sus renglones la calidez de lo oral, la música poderosa de lo bien hablado, ese cuento tiene un grandísimo camino recorrido hacia el feliz encuentro con su lector. Sólo la escritura que late a la par de quien lee, la que es capaz de hablar al oído, la que logra convertir los garabatos negros sobre el papel en sonidos verdaderos, es la que perdura para siempre en la memoria del lector. Todo lo demás son tonterías.

Y sí, me parece que gracias a ese temprano aprendizaje del que le hablo, casi todos mis cuentos salen de un tirón, no me importa confesarlo así, tan inmodestamente; pero luego también es cierto que peino y repeino mucho, que recorto flecos (los flecos quedan muy bien en los mantones de Manila, que decía Cortázar, pero no en los cuentos) y que los dejo reposar bastante en un cajón entre peinado y peinado, antes de sacarlos a la luz. No era así al comienzo, cuando era más joven –de ahí que se encuentren en mis primeros libros tantos cuentos peludos–, pero sí ahora. Pero se trata de un peinado que va en esa dirección, en la de convertir el fraseo, el ritmo, la música interna, en lo más cercano posible a la calidad de lo oral. Aunque no siempre, claro.

En cuanto a que se escape de vez en cuando alguna “imagen de alta calidad poética”, qué quiere que le diga, uno se pone artístico casi sin querer. Debe saber disculparme. Ya habrá comprobado además que siempre que puedo las rebajo enseguida con el eructo de un personaje o cualquier otra grosería. Por pudor, más que nada. Para que el lector no se quede atrapado en las redes de la belleza, que son siempre un poquitín marrulleras. No, en serio: es que el humor y el aliento poético casan muy bien, contrariamente a lo que muchos piensan. Además de los juegos del lenguaje que apuran ese maravilloso artefacto que conocemos por metáfora, además de las más desquiciadas asociaciones verbales y de ideas, me apasionan también ciertos caminos de la sencillez, de la poesía, de la belleza de las palabras por sí mismas.

El lector furibundo y poco complaciente que hay dentro de mí diferencia, entre otros especímenes de la fauna literaria, a dos clases de autores: los que escriben a espita abierta y tiran adelante atropellados por la misma historia que cuentan, dando muchos párrafos y páginas enteras por concluidas cuando están todavía a medio cocer, y los que cuidan cada detalle, los que se esmeran en ofrecer al lector una calidad de página inmejorable. Me gusta pensar que mis cuentos son los textos de alguien que no da jamás una línea por perdida. El escritor no es alguien que redacta correctamente, por más que en las últimas décadas quieran hacernos comulgar con esta verdad ramplona, sino el que hace arte con las palabras. Lo he confesado algunas veces: escribo cuentos porque me da vergüenza escribir versos, pero quiero que mi prosa contenga un aliento poético de fondo, de belleza poética. Esto en absoluto puede estar reñido con el juego, con el humor, con las vueltas de tuerca para sorprender al lector. Al lector hay que hacerlo reír y pensar y emocionarse a la vez, todo en uno. Y no bajar nunca la guardia con la solemnidad. ¿Ve usted?, ya me estaba poniendo demasiado serio. Hay que tener cuidado, ya se trate de un cuento, de un prólogo o de responder a una entrevista, amigo mío. Siempre alerta contra la solemnidad.

 

 

        Sabemos que Kafka reunía a sus mejores amigos (Max Brod y algunos otros) y les leía, por ejemplo, el primer capítulo de Der Prozess, y, al parecer, todos se reían mucho. Cervantes fue considerado, antes que ninguna otra cosa, un genio del humor; y Arrabal nos dijo una vez que él se desternillaba leyendo a Dostoyevski… ¿Va a ser que la risa es, en realidad, lo más serio de la literatura?

 

Y el que más se reía de todos en esas lecturas era el mismísimo Kafka, más consciente que nadie de lo que quería que fueran sus textos. Los sesgos de interpretación posteriores a su obra los han suministrado algunos estudiosos, la gente solemne que se acerca a ella con intenciones malsanas, como la de obtener unos puntos adicionales para una oposición a catedrático de instituto, pongamos por caso.

El humor es el conservante natural de la literatura. Lo he repetido tantas veces que ya no sé si el eslogan me lo inventé yo o se lo leí a Pla o a Chesterton o al mismísimo Aquilino Duque, fíjese usted qué dilema. Desde luego no es frase de Oscar Wilde, así pase por ser el autor de todas las citas ingeniosas de las letras universales. Pasa con la literatura como con todo en la vida: lo que no contiene el conservante adecuado termina por caducar al cabo de un tiempo. Las obras que permanecen deben pues necesariamente contar con ese conservante. Supongo que si hoy podemos seguir leyendo a Cervantes, a Kafka, a Robert Walser..., es gracias al humor, a la risa, esa cosa tan seria que no hace demasiado quiso hasta prohibir la Inquisición.

 

 

        Sin embargo, Los últimos percances es un libro poblado de personajes patéticos, incluso verdaderamente trágicos, atrapados en situaciones absurdas, como  la de ese pobre desempleado al que otro le va “pisando” las lecturas por muy rebuscado que sea el libro que se lleve a la cola del paro…   

 

En Los últimos percances hay un puñado de cuentos que fueron escritos con la sana intención de repartir unas cuantas hostias, será por eso. No llevan impreso el nombre y apellido de los destinatarios reales porque esos impresentables que se cruzaron en mi camino saben de sobra que las hostias son suyas y solo suyas, y muy merecidas además. Han sido esas venganzas mías –de malvado Carabel más que de otra cosa, bien lo sé– las que han dado como resultado unos cuantos relatos desacostumbrados en mis libros, con su mala leche de fondo. Pero usted mismo lo señala, amigo mío: se trata de una mala leche como de chiste (“esta leche no está buena; y mañana es navidad”), risible, absurda, patética y venial. Creo que me gusta escarbar poco en los lugares que más duelen del hombre, sólo lo justo para provocar alguna incomodidad. Para amargarnos del todo ya tenemos a la puñetera realidad, me parece.

 

 

        Comente, por favor, para nuestros lectores la figura de Don Julio Cortázar, a quien usted dedicó (again) su excelente obra El aburrimiento, Lester. ¿Hasta qué punto es un autor decisivo en su propia trayectoria?   

 

Julio Cortázar fue el autor cálido y deslumbrante del final de la adolescencia, el autor que despertó mi pasión grande por el género cuento, y también por la experimentación con el lenguaje y las estructuras narrativas. Ya me habían fascinado antes los cuentos de Poe y de Chejov, los de Maupassant y Stevenson, y me había divertido como un enano, como hablábamos hace un rato, con los textos de Kafka y los de Beckett (nunca logro llamar cuentos a las geniales piezas de estos dos compinches míos), pero lo de Julio Cortázar fue otra cosa. Su presencia en casa era entonces total, no ocupaba sólo unos estantes, unas mesitas de noche, era una compañía constante y absolutamente cordial, que tocaba el corazón. Cortázar es uno de los pocos escritores que se hacen querer de esa manera, casi más física que literaria. Es curioso, ¿no? Lees a Borges, te fascinan sus libros, te quitas el sombrero, pero jamás se te ocurriría invitar a un tipo que escribe así a pasar una temporada en tu casa. Con Julio se opera una especie de enamoramiento en todos los órdenes. Recuerdo que durante aquellos años hasta a los amigos los clasificábamos en dos grupos: los que habían leído a Cortázar y los que no, y dentro de los primeros todavía hubo incluso una subclasificación más: los que tenían leída y masticada Rayuela, y los que no. Imagine la alegría que supone encontrar a un autor así en esos años jóvenes y esponjosos, en los que anda uno absorbiéndolo todo. Y luego imagine el peligro que supone un autor así, capaz de dejarte hechizado para los restos. Pasa como con los Beatles. Hay un montón de gente que se quedó pillada con los Beatles y que jamás ha logrado escuchar otra cosa luego.

Lo del again en la dedicatoria de El aburrimiento, Lester, en 1996, muchos años después de haber pasado yo la fiebre de la adolescencia, y de haberme curado en parte el sarpullido cortazariano que le aparecía a casi todos mis primeros cuentos, obedece a un gesto de honestidad y reconocimiento para con el maestro. Sentía como insuficiente la dedicatoria primera del año 90 en mi primer libro, El cielo está López, un libro que había tenido muy escasa distribución, y casi únicamente en Andalucía.

Ahora, tanto tiempo después de aquel deslumbramiento inaugural, don Julio mantiene sus baldas de privilegio en mis estanterías, pero procuro no acercarme demasiado a ellas. Me gustaría releer algunos cuentos de vez en cuando, aquel cariño antiguo me lo pide, pero no me atrevo desde hace ya muchos años. Quizá resuelva la papeleta de este malestar bien pronto, cuando mi churumbel alcance la edad justa, y él en su adolescencia los pueda leer otra vez por mí.

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