LITERATURA E HISTORIA

De entrada, aquí tenéis un listado de novela y cine históricos que estamos construyendo como índice de recursos.

Este mes volvemos al siglo XV con una novela de Ángeles de Irisarri: Yo, la reina. Aquí seguro que no pasa como en ámbitos anglosajones. Nadie va a sacar una peli (o dos), sobre esta reina no sea que se le tiren a estrangularlo. Pero nosotros si.

“ISABEL,  LA REINA”

Ángeles de Irisarri

            Isabel, la reina es una novela histórica (publicada en 2001) que cuenta ya con varias ediciones. No se trata, evidentemente, de una novedad editorial, de uno de esos lanzamientos promocionados a bombo y platillo que todo el mundo ha de comentar a la fuerza, para demostrar entre otras cosas que está al loro de lo que se cuece en el mundillo de la novela. Pero esos bombazos editoriales (observen que me resisto como gato panza arriba a utilizar uno de esos anglicismos tan en boga) más de una vez, y más de dos también, defraudan las expectativas de quienes los han recibido, no como plúmbea y soporífera patochada –que es lo que algunos son,  a pesar de la pasta dura de la encuadernación y  el excelente diseño de la portada- sino como maná caído del cielo.

            Todo este circunloquio no viene a insinuar que “Isabel, la reina” sea obra que haya pasado desapercibida. Por el contrario, lo que ocurre es que la novela de Ángeles de Irisarri  es obra ya probada por el tiempo, el mejor medidor de calidad. Es un texto sedimentado y de éxito, si no de masas (las más de las veces proclives al gregarismo de opinión, conducidas, seducidas y abducidas por la publicidad sobre tal o cual obra, publicidad incluso previa a la edición de la novela en cuestión) sí de un abundante grupo de lectores más que suficiente como para avalar su aliento narrativo, admirable de todo punto.

            Creo, sinceramente, que ningún auténtico amante de la novela histórica puede perderse esta narración sobre Isabel la Católica y el tiempo que le tocó vivir, con sus vaivenes sociales, religiosos y políticos. Una época de revueltas y conspiraciones, de batallas y descubrimientos grandiosos. Y todo visto a través de una óptica femenina tan sumamente profunda que el lector no puede dejar de sentir el aliento vital de las mujeres reales o ficticias (resulta difícil catalogar a ninguna de ellas de inventada, tan creíbles son todas) y caminar a través de las páginas de esta extensa creación literaria como quien transita por las empedradas calles de Tordesillas, de Ávila y de Bilbao o  escucha los lamentos del moro al dejar Granada.

            Esta es novela escrita por una mujer, como ya he dicho, y protagonizada indiscutiblemente por mujeres. Los personajes masculinos (que los hay en abundancia) carecen de brillo y no hacen sombra a los caracteres femeninos que aquí cobran un relieve extraordinario. Los hombres de la novela son comparsas de la acción, no actores principales. Eso sí, están dibujados a la manera cervantina, lo cual significa que la autora los trata con una piadosa condescendencia hacia todas sus singularidades, incluyendo las más negativas.

            La novela tiene varias facetas que se conjugan magistralmente: la psicológica, la histórica, la social, la sentimental, la religiosa (interesantísima la convivencia de mujeres con creencias diferentes pero asimiladas como una sola), la militar, la relativa a la medicina de la época y hasta a la magia y brujería, representada por las sortiñas, ensalmeras o brujas, hacedoras de conjuros y zurcidoras de virgos.

            La novelista divide su extensa novela (514 páginas de letra apretada) en tres partes: Las hijas de la luna roja. El tiempo de la siembra  y El sabor de las cerezas.

            Los tres epígrafes son originales y eufónicos, sin embargo, es el primero de ellos el que conecta con la trama desde la primera página de la novela a la última, tanto es así, que la autora lo hubiera podido escoger como título de la obra, aunque es cierto que hubiera ido en detrimento de una primera impresión que la calificara como novela histórica, incluso antes de leerla. Se comprenden además las razones de la autora, si se contrasta el personaje de Isabel de Castilla, inmersa en nuestra Historia con pleno derecho, con el de las otras tres mujeres que comparten con ella protagonismo literario pero sin trascender el brumoso campo de la ficción.

            El  mismo día y a la misma hora del día 22 de abril, Jueves Santo del año de 1451, luciendo en el cielo una luna llena, roja como la sangre, vienen al mundo en tres lugares distintos y perteneciendo a clases sociales diferentes, estas cuatro niñas cuyas vidas se entrelazarán de forma misteriosa, convergiendo en un momento de su trayectoria y conectándolas de forma inexplicable que hace que cada una de ellas presienta la presencia de las otras, mediante una molesta sensación de ahogo.

            Estas cuatro mujeres son:  Isabel, futura reina de Castilla, hija de la reina Isabel y el rey don Juan, la cual  viene al mundo en la villa de Madrigal, Leonor y Juana Téllez de Fonseca, hijas de doña Leonor de Fonseca y don Juan Téllez, marqués de Alta Iglesia, ambas nacidas con la falta de una mano, la derecha y la izquierda respectivamente, las cuales ven la luz en la Calle de los Caballeros de la ciudad de Ávila, y por último, en Bilbao nace una niña, hija natural de María la Malona, que muere tras el parto y deja a la criatura en la puerta de María de Abando, que recoge a la recién nacida y le da su nombre.

            La tal Mari de Abando es una bruja reputada en su zona, al igual que Martina de Inaxio, ambas se dicen madres putativas de la criatura y se disputan su compañía, pugnando por pasarle el testigo de sus artes de brujería, como sortiñas que son, incluso legándole sus más preciados amuletos y todo lo que tienen.

            Con estos hilos, Ángeles de Irisarri teje un tapiz literario en que no faltan paisajes de fondo (Alaejos, en Valladolid, Ávila, Bilbao, Granada) personajes variopintos (alguno tan enigmático como el viejo loco que anda semidesnudo agitando sus dos manos incansablemente) cristianos, moros, soldados, religiosos, plebeyos, nobles, las criadas y esclavas moras. En fin todo un friso representativo de la sociedad de aquel tiempo, de sus usos y costumbres, de sus creencias, de la medicina que se practicaba (que ocupa no poco espacio) entreverada de superstición y de ignorancia.

            La vida  conventual, la vida en la corte y en los campamentos militares, los aquelarres de las brujas de las tierras norteñas…nada escapa al completísimo análisis de Ángels de Irisarri que teje la trama con apretados nudos, forzando algo el ritmo de los acontecimientos en la última parte de la novela, como si temiera hacerse demasiado prolija para el lector, cuando no es así, pues al amante de la Historia le resultará siempre interesante y amena cada una de las páginas de esta imprescindible novela.

            Batallas, hechos históricos como la rendición de Granada, con las intrigas previas, el Descubrimiento de América (al que apenas se pinta con cuatro o cinco pinceladas impresionistas), la Inquisición de la mano del temible  fray Tomás de Torquemada, de nefasta memoria, son facetas de este trabajo literario, excelentemente documentado. Está tratada con especial atención  la política matrimonial de los Reyes Católicos para afianzar alianzas a cuenta de los respectivos matrimonios de sus hijos, la muerte del infante don Juan, aniquilado por una desenfrenada pasión sexual por su esposa, la bellísima Margot.

            La crónica de aquellos años cruciales para España y hasta para el mundo, que cambiaría radicalmente sus perspectivas tras el descubrimiento del Nuevo Continente, está escrita de forma impecable, pero lo que hace que esta obra sea una novela, y  o un tratado, es la presencia en sus páginas de una galería de personajes femeninos trazados con mano maestra.

            Ángeles de Irisarri, como mujer conocedora de la entraña del ser femenino, sabe introducirse en el alma de cada una de las protagonistas de su creación, ya sean tan reales como Isabel de Castilla  (hija de una reina alunada y madre de una hija no menos alunada, doña Juana, que sufre un infierno de celos y desaforado amor)  como hijas de su imaginación. Y aquí habría que hablar de unos tipos literarios auténticamente cautivadores para el lector:

            Las dos marquesas de Alta Iglesia, dos de las hijas de la luna roja, nacidas mancas de una mano cada una, que juntas, hombro con hombro, manejan cada una con la mano que tiene, la una  el cuchillo y la otra  la horqueta, para valerse en la mesa como una sola persona, su abuela doña Gracia - viuda del condotiero don Beppo de Arannola del que sigue perdidamente enamorada- que regresa de Italia en donde residía para cuidarlas. La guisandera catalina y las esclavas moras Mariam y Wafa (que han actuado como madres de las marquesas cuando eran niñas) tienen un papel importantísimo en la acción.

            Las moradoras de la casa de la Calle de los Caballeros de Ávila, como se las nombra en la novela, viven en concordia en todos los aspectos, la tolerancia religiosa, por ejemplo, es en ellas tan natural que las pequeñas Leonor y Juana adquieren la costumbre de rezar tanto a Dios como a Alá, arrodillándose sobre un reclinatorio o sobre una alfombra de oración indistintamente.

            Y completa el último de los cuatro ángulos de la novela María de Abando, la más independiente de todas, la más astuta.

            No faltan en la obra los amores plenos o desgraciados. Aquí es donde entran en escena los personajes masculinos, tratados siempre a través de la visión de las mujeres que los amaron o los repudiaron en su corazón.

            Otro aspecto es el de las guerras con Granada, tratado magistralmente con mención de todos los entresijos políticos de un bando y de otro.

            Isabel de Castilla se nos humaniza a través de estas páginas y se nos hace cercana, con sus achaques de madurez, con sus partos, sus enfermedades, sus preocupaciones, su fuerza de voluntad, con sus temores, sus celos…

            Asistimos a sus momentos de asueto, sabemos cuáles eran sus lecturas preferidas- “Amadís de Gaula”, el “Arte de la Lengua castellana” de Lebrija, los amores de Calisto y Melibea, con la mediación de la vieja Celestina, una especie de María de Abando, también experta en contrahacer virgos, y los versos de don Jorge Manrique.

            Es en suma el cuadro completo de una época agitada por guerras y descubrimientos y también por los predicadores que vaticinan para el 31 de diciembre de 1499 el fin del mundo.

            Tres misterios hay en la obra que acrecientan el interés del lector:

            El significado de la luna roja, que preocupa a las cuatro mujeres protagonistas.

            El tesoro del rey moro, vencido en las Navas de Tolosa, el cual dejó un cofre con oro a don Tello Téllez, cabeza de la estirpe de Alta Iglesia, tesoro que lleva de cabeza (valga la redundancia) a todas las mujeres de la casa.

            Y la identidad del loco misterioso, que desnudo de cintura para abajo baila incansablemente sus dos manos ante cada una de estas mujeres, cuando las encuentra, y que dice llamarse don Juan.

            Y por último un consejo de quien firma este artículo: hay que leer esta novela, vale la pena.

Rosa Cáceres

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