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INFANCIA
DE PEDRO SAINZ DE BARANDA
Y BORREYRO.
Un
13 de marzo de 1787, nació en la ciudad de Campeche, Pedro
Sáinz de Baranda y Borreyro. Su padre había venido de España
con el cargo de ministro de la Real Hacienda quien poco
tiempo después de haber llegado a Campeche se casó con doña
María Josefa Borreyro y de la Fuente.
Cuando
Pedro era niño se celebraban, a lo largo del año, muchas
fiestas, casi todas religiosa, en honor de la virgen o de
algún santo. La celebración más importante era la del
Cristo negro de San Román que se iniciaba con el repicar de
las campanas que anunciaba el avance de la procesión por
todo el pueblo. Otra festividad era la llamada Nochebuena
chiquita, que se celebraba el 8 de diciembre; los balcones y
las ventanas se adornaban con farolitos y banderas azules y
blancas. Pero lo que a los niños más les gustaba era la
fiesta de Navidad y los días de posada. Durante nueve
noches, los niños salían a recorrer las calles, con una
rama adornada, cantando versos en los que pedían su
aguinaldo. Pedro esperaba con ansias el momento en que
llegaran a tocar a su puerta, para darles a los otros niños
golosinas que su mamá preparaba para esos días.
La
fiesta favorita de Pedro era la llamada “voltaje”, dado
su gusto por los barcos. Esta festividad consistía en
recorrer la costa en los barcos más bonitos, desde la playa
de San Román hasta San Francisco, ida y vuelta varias
veces.
La
fiesta que más duraba y, sin lugar a dudas, la más
divertida era el carnaval. Duraba cinco días y, desde
muchos meses antes, los grupos se reunían para preparar los
disfraces y las máscaras con los que iban a participar en
el desfile.
En
la fiesta de carnaval, en la ciudad de Campeche, se presenta
un número conocido como la Guaranducha, que consiste en una
obra de teatro, en la que los diálogos se dicen cantando y
bailando. Los personajes principales son la muerte, el
diablo, un brujo y una joven llamada Monina, entre otros.
LOS
PIRATAS EN CAMPECHE.
Cuando
el padre de Pedro, por razones de su trabajo, tenía que
viajar a la ciudad de México o a Mérida, la familia se iba
a casa del abuelo materno porque aunque en esa época ya no
había peligro de algún ataque de piratas, Alú su madre se
sentía más segura. A Pedro le gustaba ir porque, después
de la cena, le pedía al abuelo:
-Abuelo,
cuéntame alguna historia de piratas-.
-Pero
si ya te las he contado todas.
-No
importa
-decía Pedro-, cuéntamelas otra vez.
-Hace
muchos años, el 6 de julio de 1685, los habitantes de
Campeche despertaron sobresaltados por la voz de “¡Alarma!
¡Alarma!” y por el repicar de las campanas. ¿A qué se
debía? Pues nada menos que a una fuerza formada por diez
navíos grandes, seis balandras, un barco luego y 22
piraguas, al mando del terrible pirata Lorencillo, que llegó
a las costas de Campeche.
-Al
día siguiente, los piratas saltaron a tierra divididos en
cuatro escuadrones. Los campechanos trataron de defenderse,
pero quedaron separados en tres secciones: unos a la orilla
del mar, otros hacia el monte y el resto en manos del
enemigo. Después de una tremenda batalla los piratas se
apoderaron del hospital de San Francisco, del castillo de
San Carlos y en seguida comenzaron a saquear la población.
Continuaron
avanzando hacia otros poblados que se encontraban camino a Mérida,
pero antes de llegar fueron detenidos por soldados enviados
desde la capital de la península. Ante esto los piratas
exigieron el pago de un rescate de 80 mil pesos por los 100
prisioneros. Como su petición se rechazó, Lorencillo, el
terrible pirata, degolló a nueve rehenes en la plaza,
mientras un verdugo atormentaba a los otros prisioneros.
-
Por fin, a principios de septiembre tras 56 días de ocupación,
los piratas se hicieron a la mar, llevándose a niños y
mujeres a los que dejaron en lanchas a la deriva, una vez
que se habían alejado de la costa. Después de esto, los
soldados cañonearon las embarcaciones piratas.
En
esta parte de la narración, Pedro exclamaba lleno de
indignación.
-
Cuando sea grande voy a ser marino, tendré un barco muy
grande y muy veloz, con el que perseguiré y acabaré con
todos esos malvados. ¡Nunca jamás volverán a Campeche!
PEDRO
SE VUELVE MARINO
En
1798, el pequeño Pedro cumplió su promesa y realizó su
sueño. A los once años de edad dejó a su familia, a sus
amigos y se embarcó rumbo a España para aprender primero
el arte de navegar y, después ingresar a la Marina Española.
Pedro
viajó como grumete para ir aprendiendo el oficio. Llegó
hasta El Ferrol, en el norte de España e ingresó a la
Academia de Guardiamarinos. Los años de aprendizaje fueron
difíciles; tuvo que vencer, además, la nostalgia de estar
tan lejos de su familia ¡Pero valía la pena!.
La
Marina Real tenía a su cargo la vigilancia de las costas
del reino, la defensa y protección de los barcos de
pasajeros y de carga: debía escoltarlos a lo largo de su
vida hasta que llegaran a su destino.
Era
el navío, o buque grande, auxiliado por la fragata, o barco
descubierto, que servía como escolta. Se empleaban también
los bergantines que son buques de dos palos y una vela
cuadrada o redonda, y la balandra que es una embarcación
con cubierta y un solo palo. El armamento consistía,
principalmente, en cañones de bronce o de hierro forjado.
Sin
embargo, los barcos españoles tenían varios defectos que
los hacían inferiores a los ingleses: su arboladura era frágil,
la calidad del velamen era mala y, lo que era peor, no se
les daba un buen mantenimiento.
Pedro
Sáinz de Baranda terminó sus estudios cinco años después
de haber salido de su tierra natal. En 1805, estando en Cádiz,
España, ya con el grado de alférez de fragata, fue llamado
a formar parte de la tripulación del Santa Ana, buque de la
escuadra al mando de don Federico Carlos duque de Gravina.
PEDRO
SAINZ DE BARANDA EN LA BATALLA
DE TRAFALGAR.
Napoleón
Bonaparte, emperador de los franceses, decidió invadir
Inglaterra con el fin de extender sus conquistas, apoyando
por España que era su aliada.
Su
plan de ataque consistía en distraer la atención de la
marina inglesa; hizo que creyeran que su escuadra se dirigía
a las Antillas para que él, mientras tanto, desembarcara
con su ejército en la Gran Bretaña. Pero su plan no pudo
llevarse a cabo.
El
21 de octubre de 1805, Pedro Sáiz de Baranda participó en
una de las batallas navales más famosas de la historia. En
un punto del Atlántico, frente a las costas de España, se
enfrentaron la flota inglesa al mando del almirante Horacio
Nelson, contra la francesa al mando de Pierre Charles
Villeneuve y la española bajo las órdenes de Gravina.
El
triunfo fue para los ingleses, a pesar de la muerte de
Nelson, a causa de que Villeneuve decidió presentar
batalla, desobedeciendo las órdenes de Napoleón Bonaparte.
La flota inglesa, dividida en grupos de 28 barcos, fue
envolviendo al enemigo hasta romper el frente hispanofrancés.
Según
el testimonio de los vencedores, los españoles combatieron
con extraordinario heroísmo. Murieron muchos marinos
ilustres, entre ellos el mismo Gravina. El joven Pedro
resultó herido. De regreso al puerto de Cádiz, después de
restablecerse, volvió a embarcarse y tomó parte en varias
acciones de guerra contra los ingleses, distinguiéndose por
su valor y disciplina.
LA
FORTALEZA DE SAN JUAN DE ULUA,
ULTIMO
REDUCTO DE ESPAÑA.
Durante
la década de 1810 a 1820, la entonces llamada Nueva España
vivió la intensa lucha de sus habitantes por la
independencia y poder ser un país libre y soberano. Después
de largos años de lucha y de batalla, dirigidas por Miguel
Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Vicente
Guerrero, y muchos otros mexicanos, en contra del ejército
realista, se conformó, en 1821, la nueva República
Mexicana.
En
1822, durante el gobierno de Agustín de Iturbide, Pedro Sáinz
de Baranda fue electo diputado suplente a las Cortes
Constituyentes de México, como representante de los
habitantes de una parte de Yucatán y fue ascendido a
Teniente de Fragata.
En
diciembre de ese mismo año, luchó en contra del general
Antonio López de Santa Anna quien proclamó el Plan de
Veracruz en contra del gobierno de Iturbide. En
reconocimiento a su conducta, en enero de 1823, se le otorgó
el grado de capitán de fragata y se incorporó a la vida
naval al mando de las balandras Chalco y Chapala.
No
obstante, en 1824 la fortaleza de San Juan de Ulúa en
Veracruz seguía siendo territorio español, porque se había
atrincherado ahí un grupo de vecinos españoles y de
soldados realistas, al mando del general José Dávila,
llevando consigo una buena cantidad de víveres y de
armamento.
La
fortaleza de San Juan de Ulúa fue la primera construcción
de tipo militar que hubo en Nueva España, para defender y
proteger la costa del Golfo de México en esa región; se
construyó en una isla rodeada de arrecifes, a seis leguas
(4 190 metros equivalen a una legua) de la antigua Veracruz.
En
un principio, el castillo sólo contaba con un torreón que
más adelante se completó con otras defensas para proteger
los navíos allí anclados. Sin embargo, los piratas
ingleses tomaron el sitio en 1568, con lo que se vio la
necesidad de mejorar las construcciones.
A
lo largo de los siglos, los proyectos y cambios a las
fortificaciones de Ulúa fueron muy numerosos. Durante el
siglo XVIII (1763-1778), quedaron concluidos algunos
baluartes más y se perfeccionaron en general los que ya había.
El
castillo de San Juan de Ulúa era como una espina clavada en
la patria recién nacida. Aunque en un principio no se hizo
nada para desalojar a los españoles, por tantos problemas a
los que tuvo que enfrentarse el gobierno, en un momento dado
se hizo necesario porque España podía intentar la
reconquista del territorio; además, el comercio marítimo
se había visto afectado a causa de que el gobernador del
castillo obligaba a los barcos que entraban al puerto a
pagar un impuesto con mercancías, las que luego introducía
a Veracruz de contrabando.
Debido
a que esta situación se volvía cada vez más peligrosa,
durante el gobierno del general Guadalupe Victoria se tomó
la decisión de recuperar la fortaleza. Con parte de un
dinero que Inglaterra había prestado al gobierno mexicano,
se compraron barcos y armas que serían utilizados en el
bloqueo a San Juan de Ulúa. Se ordenó que la flota
mexicana, al mando de Pedro Sáinz de Baranda impidiera que
los del fuerte recibieran ayuda del exterior; también debían
apoyar el ataque que se iniciaría desde el Puerto de
Veracruz.
El
ataque de tierra estaba dirigido por el general Miguel
Barragán. En este combate ambos bandos tuvieron que
enfrentarse a fuertes vientos y al mar embravecido.
Dos
o tres días después, se supo que una escuadra española
venía en ayuda de los sitiados. De inmediato, don Pedro Sáinz
de Baranda movilizó sus naves e inició el ataque. Gracias
a su experiencia y valor, los barcos hispanos regresaron a
su lugar de origen.
El
23 de noviembre de 1825, cayó en poder de los mexicanos el
último reducto que quedaba en manos de la Corona Española.
En cuanto se hizo a la mar el último buque, en el castillo
se arrió el pendón español, con honores militares, para
izar en seguida la bandera mexicana, que fue saludada con
triple salva de artillería en la fortaleza y en la plaza, a
los acordes de una banda de música.
SUS
ÚLTIMOS AÑOS.
Don
Pedro Sáinz de Baranda, agobiado por muchas enfermedades,
decidió abandonar la carrera naval, para retirarse a
descansar al lado de su familia, por lo que solicitó su
baja de la Marina de Guerra.
Sin
embargo, de 1830 a 1835, volvió a ocupar varios cargos en
el gobierno de Yucatán. Primero fue jefe político y
comandante militar de la ciudad de Valladolid; después en
1834, fue nombrado vicegobernador y, el 3 de enero de 1835,
por imposibilidad del gobernador electo para ocupar su
puesto, Sáinz de Baranda se encargó del gobierno. En
Valladolid, en 1834, instaló una fábrica de hilados y
tejidos: “La Aurora de la industria yucateca”, con lo
que la ciudad tuvo una fuente más de trabajo. Promovió el
establecimiento de una escuela para los niños de la
localidad y de los pueblos cercanos.
Sus
últimos días los pasó en la ciudad de Mérida; allí murió
el 16 de diciembre de 1845. Fue sepultado el día 17 en el
cementerio de San Antonio Xcoholté; años más tarde sus
restos fueron trasladados a Campeche.
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*
BIOGRAFIAS
PARA NIÑOS PEDRO SAINZ DE BARANDA.- Instituro
Nacional de Estudios Historicos de la Revolución Mexicana.-
Pág.- 6-10, 15-23, 26-31, 34-35.-México, 1987.
SAINZ
DE BARANDA Y CANO (Don Pedro)
Era
Lic. En Leyes, desempeñó importantes cargos en la carrera
administrativa -en su país- y posteriormente fue destinado
a México, para regentear en Campeche el alto cargo de
Ministro de la Real Hacienda.
El
genealogista Ocariz lo menciona honrosamente y a su hijo don
Pedro, héroe de Trafalgar.
SAINZ
DE BARANDA Y BORREIRO (don Pedro).
Contaba
once años de edad el distinguido yucateca cuyo nombre
constituye un epígrafe de luz a las presentes líneas,
cuando sus padres lo enviaron a la Academia del Ferrol donde
reveló las excelentes aptitudes que le valieron el despacho
de Guardia-marina.
El
18 de octubre de 1803, en el navío San Fulgencio, salió a
campaña con la escuadra que se hallaba al mando del
renombrado marino don Domingo Grandallana y en los combates
navales que España sostuvo contra los ingleses, se portó
honrosamente, mereciendo por esto el aprecio de sus
superiores y compañeros.
Inglaterra
poseía en los mares; por lo que, tan pronto como España,
obligada por los atentados de la marina inglesa, declaró la
guerras S.M.B., mediante el manifiesto del 20 de diciembre
de 1804, se combinó la poderosa escuadra franco-hispana,
para alcanzar el fin anhelado por aquel genio de la guerra,
nacido bajo el cielo azul de Córcega.
Mediaba
el mes de octubre de 1805, cuando la referida escuadra ya
lista en Cádiz para el ataque, aguardó a que la inglesa
hiciera su aparición. No tardó mucho tiempo en aparecer y
se empeño la famosa batalla de Trafalgar el 21 de dicho
mes. En ella cupo la gloria de tomar parte al guardia-marina
campechano don Pedro de Baranda, a bordo del navío Santa
Ana mandado por don Ignacio Alava.
La
escuadra inglesa dividida en dos columnas inició el ataque
y el célebre Nelson, al frente de una de ellas, se dirigió
al navío francés Bucentaure,
al
mismo
tiempo
que
Colinwood
a la cabeza de la otra,
atacó
el navío en que estaba nuestro ilustre biografiado. El
combate fue general; confundidas estuvieron todas las líneas
y se juzga como el más sangriento de los que en esta guerra
se mencionan, cayendo en él mortalmente herido el
imperturbable Nelson.
Peleóse
con bravura desde el navío Santa Ana, hasta el Príncipe de
Asturias que cerraba la retaguardia. Es verdad que Colinwood
era un denodado marino, más cierto es, también, que de habérselas
tenía con los no menos decididos don Ignacio Alava, don
Benito Alcalá Galeano y don Federico Gravina.
Se
pretendió cortar la línea por la proa del Santa Ana, pero
Alava hizo fracasar esta tentativa con un recio combate en
el abordaje de ese navío, con el Royal Sovereing que
mandaba Colinwood, quedando los dos buques desarbolados.
Tres
navíos de los ingleses intentaron atravesar la línea por
la proa del Príncipe de Asturias; pero el ilustre Gravina
que mandaba en éste forzó la vela y esparció un terrible
fuego, logrando que el enemigo desistiera de su intento.
Después
de seis horas de combate los ingleses con hábiles maniobras
trastornaron las de la escuadra franco-hispana, ocurriendo
además de la voladura del Achille que, amenazando con su
incendio a las naves próximas, dio el triunfo al enemigo.
El navío en que el señor Baranda combatiera, fue el de los
más acosados por el adversario y tres heridas graves fueron
inferidas a nuestro compatriota. Por este comportamiento
heroico se le nombró el 9 de noviembre del mismo año
(1805) Alférez de Fragata.
Sanó
de la heridas, y el 10 de octubre de 1806, se embarcó
nuevamente en el Príncipe de Asturias. El 15 del mismo mes
se trasladó al apostadero de Cádiz, al mando de la cañonera
número 44, con la que combatió varias veces al enemigo que
bloqueaba el puerto. Se distinguió especialmente en la
costa de Chipiona, en cuyo combate, resultó el apresamiento
de ocho fusiles. Este comportamiento le hizo acreedor a las
recomendaciones del señor Alava.
También
se distinguió en las acciones del apostadero mencionado, a
las ordenes del Brigadier don Mariano Ortega.
Obtuvo
real licencia para retornar a la América en marzo de 1808,
embarcándose en El Centinela y este pailebot, burlando
catorce navíos y seis fragatas que bloqueaban el puerto,
zarpó de Cádiz para la Costa Firme, y a principios de mayo
siguiente, arribó a la Guayra. Llegó a Caracas y entregó
allí pliegos interesantes de real servicio. Poco después
desempeñó igual comisión en Cuba y a fines de junio
desembarcó en Campeche.
A
pesar de una licencia ilimitada que le fue concedida, cuando
estalló la guerra de España contra Francia, el señor
Baranda acudió al Gobierno, ofreciendo sus servicios. El señor
Capitán General don Benito Pérez de Valdelomar los aceptó
con beneplácito y lo nombró Comandante del pailebot de
guerra Antenor, y el 9 de octubre de 1808 partió de
Campeche para la Habana, llevando los caudales y pliegos que
se le confiaron. De este puerto salió el 8 del mes
siguiente, rumbo a la región francesa de la Isla de Santo
Domingo, con caudales, armamento y otros útiles de guerra.
Desempeñó allí arriesgadas comisiones, hasta la terminación
de la campaña emprendida para conquistar esa isla, nombrándolo
luego el General en Jefe don Juan Cristóbal, supremo jefe
de los Estados de Haití. Esta comisión, como otras que se
le confiaron, las desempeñó el señor Baranda con el
aplauso general de sus jefes inmediatos.
Fue
ayudante de las matrículas de Yucatán y, suprimido el
Juzgado de éstas, pasó a la Habana, siendo destinado
nuevamente al navío Santa Ana en el cual había hecho sus
primeras campañas, cubriénsose de gloria.
Hallándose
en el Cuerpo de Ingenieros, por real orden de 26 de febrero
de 1815, se encargó del detall de las obras de fortificación
de Campeche. Varias veces desempeñó la Comandancia de ese
puerto y distintos empleos civiles. Electo diputado a las
Cortes de la Monarquía, al restablecerse la Constitución
de 1820, causas imprevistas le impidieron ejerces su elevado
cargo.
Por
los medios que le fueron accesibles, promovió la
independencia de nuestro país.
El
21 de junio de 1822 fue nombrado Teniente de Fragata; Mayor
General
de la armada en el Departamento de Marina de Veracruz, el 7
de octubre del mismo año; y Capitán de Fragata el 13 de
enero de 1823. Se le confirió además, el mando de las
balandras Chalco y Chapala, para establecer en Campeche un
apostadero, con el empleo se Segundo Comandante.
Ocupada
la fortaleza de San Juan de Ulúa por los españoles, y
considerados de importancia sus servicios, volvió al
Departamento de Veracruz, hasta que fue nombrado Capitán
del puerto de Campeche y el 24 de noviembre de 1824,
Comandante de Marina del Estado de Yucatán.
El
27 de julio de 1825 se le promovió a la Comandancia del
Departamento de Marina de Veracruz. Aumentó entonces la
escuadra que a sus órdenes estrechó el bloqueo de la
fortaleza de Ulúa, gobernada por el General Copinger. Se
intimó la rendición, señalándose un término al efecto,
mediante algunas condiciones. Transcurría el término,
cuando apareció la escuadrilla española en auxilio de
Copinger. El Sr. Baranda le salió al encuentro con denuedo
y actividad; pero aquella en vista del número superior de
la escuadrilla mexicana, antes de empeñar combate optó por
retirarse a la Habana, en busca de refuerzos.
Esta
retirada y el vencimiento del término señalado, sin
socorros, obligaron a Copinger a entregar la fortaleza de
San Juan de Ulúa mediante la capitulación que, con los
honores debidos, tuvo lugar el 15 de septiembre de 1825.
Para recuerdo de este triunfo, el nombre del Sr. Baranda,
Comandante de la escuadrilla, fué grabado con letras de oro
en el salón del Congreso de Veracruz.
Quiso
nuestro héroe dar realce a la marina mexicana; mas como
viese después de la rendición de Ulúa, el abandono con
que el gobierno nacional miró este ramo, pidió su retiro,
el cual le fue concedido el 11 de febrero de 1826.
Volvió
a Yucatán y desempeñó en 1830 los cargos de Jefe Político,
Subdelegado, Juez de primera instancia y Comandante Militar
de Valladolid, donde se propuso implantar toda clase de
mejoras para el progreso material e intelectual. Aun se
recuerda -y lo consigna nuestra historia- que allí
estableció una fábrica para hilados y tejidos de algodón,
que se dominó La Aurora, cuya máquina fue la primera de su
clase en la República Mexicana.
Se
hallaba gozando de la vida privada desde el año de 1832, en
que renunció aquellos empleos, cuando en noviembre de 1834
fue electo, vice-gobernador de Estado y en enero del año
siguiente, por circunstancias urgentes, se hizo cargo del
Poder Ejecutivo, pero pocos días después, alterada,
alterada su salud, dejó este mando a don Sebastián López
de Llergo y regresó a Vallodolid.
Imperiosamente
urgido, al fin encargó nuevamente del Gobierno, en abril de
1835, limitándose a cumplir con lealtad sus funciones, sin
perseguir a los bandos políticos. Fruto de este
comportamiento de lenidad, fue que la Legislatura de ese año
lo despojara de aquel mando.
Siéndole
imposible al señor Baranda dictar medidas de represión, en
virtud de que la fuerza pública estaba con los facciosos,
protestó enérgicamente y se retiró para volver de nuevo
al establecimiento fabril que había fundado.
Sin
embargo, en junio de 1837, después de mucho rehusarse,
aceptó la Prefectura del distinto de Valladolid, hasta
febrero de 1840. Poco después, una afección orgánica
comenzó en él la labor destructora que fatalmente se
consumó en esta capital el 15 de diciembre de1845. El
luctuoso acontecimiento causó dolorosa pena en toda la República.
“El
Sr. Baranda era un ciudadano ilustrado, laborioso y sobre
todo de una honradez y lealtad a prueba de todo linaje de
calumnias. Sus modales eran cultos y agradables; su trato
fino y cortés; su locución fácil y amena.”
Esto
añade en la amplia biografía del héroe consagrado por la
gloria, el Dr. Don Justo Sierra y O’Relly de quien hemos
extractado esta reseña.
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A TRAVÉS DE LAS CENTURIAS.-(Historia
genealogica de las familias yucatecas).- José María Valdés
Acosta.- Pág. 467-473.-México, 193
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