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Un belén muy especial
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Se aproximaba la Navidad y todos los años se ponía en casa un Nacimiento, nos gustaba tenerlo unos días antes y luego lo dejábamos puesto hasta unos días después de Reyes.

El aparador del comedor se convertía en un improvisado escenario en el que se ponían las montañas de papel, el fondo de estrellas, el río de papel de plata y los caminos de serrín.

Luego se distribuían por la geografía del aparador el portal, la posada, las palmeras, el molino, el puente y alguna casita.

Para ambientar el belén, todo valía, plantas, piedras, hasta algunas figuras que no tenían nada que ver con el tema, como mis soldados de jugar a batallas.

Un año más se sacaban las figuritas de plástico de la caja de zapatos en que se guardaron el año anterior. Los niños, ahí, pendientes de todo lo que salía. Siempre faltaban cerditos, cabras, pollitos... no pasaba nada, este año los granjeros tenían menos ganado, pero... El Niño Jesús no estaba, por más que mirábamos, nada, no estaba.

Mi madre, haciendo un alarde de imaginación, dijo, vamos a tener el Niño Jesús mas sonrosadito que podáis imaginar, todos pensábamos que iríamos a comprar alguna figura que pudiera servir, pero no, lo hizo de un chicle, tenia soluciones para todo.

De esto hace... ya ni me acuerdo, pero yo era chico, ya soy grande y siguen entusiasmándome los belenes.

J.A