Sobre  la  unidad  de  los  comunistas (I)

 

Construir  el  presente,  dibujar  el  futuro

 

Cuando mayor es la necesidad y la urgencia de socialismo, el papel de los comunistas debe ser el de vanguardia del proyecto y las luchas; nunca más el de freno nacido de una ya injustificable división.
 

NOTA PREVIA:
Frente a otros artículos que tienen un destinatario intencionadamente más amplio, este se dirige sólo a quienes se reclaman marxistas y específicamente comunistas.

Si usted se considera al margen de dichas orientaciones políticas no tiene porqué sentirse concernido por las reflexiones que aquí se vierten, del mismo modo que otros no nos sentimos apelados por otras tendencias que nos resultan absolutamente ajenas... salvo que pretendamos combatirlas.
 


1.-EL MOMENTO PRESENTE Y LOS COMUNISTAS:

El drama más desgarrador para un militante comunista es que el sentido de su identidad política sólo se alcanza plenamente con la revolución socialista y, en tanto ésta no se da, su pervivencia como revolucionario y la de su organización se hace siempre complicada. Se debate entre el riesgo de la esterilidad política o el de la caída en el reformismo posibilista.

Doblemente desgarrador es para un comunista que, cuando la crisis capitalista está creando las condiciones económicas y sociales para la rebelión de los trabajadores, sean las clases medias “indignadas” las que ocupen el escenario de la movilización social, no para provocar una revolución socialista, ni siquiera social, sino para defender un Estado del Bienestar que ya ha muerto y no regresará y la vuelta a una supuesta “democracia real”  que nunca se dio bajo el capitalismo. Ese protagonismo de la burguesía en el escenario social que la crisis capitalista ha provocado no es una afirmación gratuita mía. Son ellos mismos los que lo admiten sin pudor (2)

El objetivo de aquellos comunistas que se tengan por tales es y ha sido siempre el derrocamiento del sistema capitalista y sus instituciones burguesas y no el apuntalamiento, regeneración y saneamiento del mismo. Nosotros no estamos por ninguna democracia 4.0 (1), 2.0, engañabobos o de maquillaje de la señorita Pepis. Los comunistas creemos que la democracia sólo empezará cuando el ser humano se haya liberado de la necesidad material que supone su trabajo bajo el desorden económico capitalista. Nuestra tarea debe ser la de combatir esos señuelos por ser falaces y tramposos para la emancipación de los oprimidos de su explotación. Los comunistas estamos por el control de la producción por parte de la clase trabajadora, por la propiedad social de los medios de producción y distribución y por la creación de un Estado dirigido por nuestra clase, y no por otras, para proteger dichos derechos; nunca para situarse por encima y al margen de la clase cuyos intereses debe representar.

Por mucho que algunos pretendan hacernos creer que toda forma institucional es opuesta a “su democracia” de asambleas interminables, destinadas a impedir que se perfile una posición política clara, la frase leninista de “salvo el poder todo es ilusión”  se hace hoy,  más que nunca una cuestión indiscutible. Sólo la toma del poder político y económico que rompa con la eterna circularidad del tiempo, y no la esperanza “acampada”  a la entrada de sus palacios, es garantía del inicio de una nueva era de emancipación social.

Últimamente la idea de transición desde un capitalismo en descomposición a “otra sociedad”,  está siendo de nuevo expresada por prominentes teóricos de la izquierda como Immanuel Wallerstein o David Harvey. El primero se compromete menos con el tipo de sociedad al que se transitaría desde el capitalismo, si bien sus raíces socialistas de izquierda le avalan, y ello porque percibe la falta de un sujeto revolucionario activo y de una organización que dirija el proceso y hegemonice la correlación de fuerzas en la lucha de clases. Estaría más cerca de la teoría del derrumbe capitalista, más allá de la intervención social en los procesos históricos. Y admite que el final del capitalismo podría traer una sociedad aún peor o bien más “democrática”. El segundo, es más optimista porque ve en los movimientos sociales y en una amplia mayoría de los afectados por la crisis capitalista a ese sujeto que en el pasado fue la clase trabajadora y por ello se siente capaz de definir dar nombre a la nueva formación social, el socialismo.

Pero uno y otro utilizan el término transición al socialismo casi como consecuencia del fin del capitalismo y no tanto y necesariamente como efecto de una agudización mundial de la lucha de clases que abra un proceso revolucionario, nunca una evolución o una mera sustitución casi encontrada, en el cual resultará inevitable derrocar a las clases capitalistas por medio de la fuerza y hasta de la violencia pues no parece sensato creer que vayan a entregar su poder económico, el decisivo mucho más que el político, de buena gana y por mera convicción de la superioridad moral del socialismo.

A muchos anticapitalistas les ha entrado en los últimos tiempos, expresada en los movimientos antiglobalización y la multinacional de franquicias “indignadas”, un buenismo gandhiano profundamente reaccionario, al crear la falsa esperanza de suave “aterrizaje” desde las turbulencias del capitalismo enloquecido a las verdes praderas de un socialismo utópico con cierto tufillo espiritual y neocristiano. No es el que la toma del poder por la fuerza se niegue. Es simplemente que, al hablar de transiciones, se escamotea.

Y aquí es donde la necesidad de la reconstrucción comunista se hace urgente e ineludible si asumimos que la cuestión del poder y de la toma revolucionaria del mismo es ineludible para romper el orden capitalista y burgués y dotarse de un Estado controlado por la clase trabajadora y sus organizaciones (nótese que hablo en plural porque plurales son las visiones sobre el socialismo y no desaparecen, ni sería bueno que lo hicieran, por decreto) que permita esa transición al socialismo. Sin revolución social, derrocamiento del Estado, de los poderes económicos del capitalismo y la toma de ambos por los trabajadores y sus organizaciones no hay transición al socialismo que valga.

No somos ingenuos. No ignoramos el modo en que otras revoluciones obreras degeneraron en Estados ajenos a las bases sociales que los vieron nacer para, carentes de un apoyo crítico de clase que corrigiera su rumbo y les devolviera su naturaleza originaria, morir sin lucha, dando paso a vueltas mafiosas al paleocapitalismo.

Toda revolución tiene su Thermidor, la soviética lo tuvo a la muerte de Lenin, y corre el riesgo de padecer la restauración al antiguo régimen o de desnaturalizarse. Pero, del mismo modo que la Revolución Francesa tuvo su renacimiento, 82 años después, en la Comuna de París, las revoluciones socialistas empujan de nuevo las agujas de los relojes de la historia como necesidad para la causa del ser humano. Dentro de él, la clase obrera es la que mejor sintetiza la explotación de los seres humanos por otros seres humanos. Por esta razón es la que mejor representa la necesidad de liberación de todos de la alineación a la que nos somete el capital.

En estas últimas semanas hemos visto como Italia ha sido intervenida por el FMI y el BCE, como dicho país y Grecia han sufrido dos golpes de Estado financiero que han sustituido sus gobiernos por otros de tipo “tecnócrata” (como si este calificativo fuera ideológicamente neutral) al servicio de los Goldmann Sachs, para los que alguno de ellos ha trabajado, cómo los ataques de los mercados han disparado contra Francia, cómo el Estado español ha llegado un diferencial de su deuda con el bono alemán que le ha situado en situación de rescate y si no ha sucedido es porque Alemania, que es la que manda en el BCE, no puede ser la gran rescatadora de Europa, cómo la propia Alemania no ha podido colocar más que el 61% de su deuda soberana en bonos a 10 años. También de éxito se muere.

 

El bajo interés de la oferta al 1,98%, por debajo del 2,09% de la anterior convocatoria, no ha resultado atractivo para los tiburones-prestamistas. De momento, parece ser más atractiva la deuda británica, que no es miembro del euro. Lo que esta noticia revela es que los inversores empiezan a perder confianza en la economía alemana pues se supone que el que invierta en ella busca más seguridad a futuro que beneficio, algo importante en tiempos de mudanza. Pero pronto veremos que alcanza a los países de la UE que están fuera de la moneda única.

Dentro de ella, Bélgica ha marcado máximos en su deuda desde la creación de ducha moneda, debido a la situación del banco Dexia.

La zona euro ha entrado ya oficialmente en recesión y los analistas y expertos en economía europea no descartan que ésta llegue también a Alemania.

Explicar la crisis de la deuda europea desde la falta de unidad política en la toma de decisiones económica es seguir situándose dentro de una visión cíclica de la economía “crisis/expansión” sin solución de continuidad. Significa no comprender, o aferrarse a un muerto aunque se haya comprendido que lo está, que el desarrollo del capitalismo, el peso creciente del capital constante en la composición orgánica del capital, su financiarización en crecimiento exponencial, la tendencia a la concentración monopolística, representada por las transnacionales, la globalización del capital y la absoluta, ya irrecuperable dentro del capitalismo, pérdida del control por los Estados han llevado al sistema económico a una suerte de parasitismo senil. Los ciclos de caída-recuperación de Kondratieff han sido pulverizados por una creciente irrupción de ciclos cada vez más cortos de recuperación y de fases cada vez más largas de crisis que se han ido haciendo más profundas y paulatinamente más mundializadas.

Esto es algo que ha comprendido muy bien Obama en sus semanales llamamientos a las autoridades de la UE para que tomen decisiones económicas destinadas a la recuperación de la eurozona. Lástima que el Emperador en horas bajas no comprenda que las causas de la crisis capitalista mundial son mucho más graves y profundas que los avatares de la economía europea.

Nadie espere que China siga siendo por mucho tiempo uno de los principales compradores de deuda USA y europea. Los débiles datos de su economía muestran que su actividad económica se ralentiza. Es lógico si pensamos que su economía depende crecientemente de la exportación.

Los BRIC tienen sus propios problemas “"inflaciones endémicas en Brasil y la India, desaceleración económica en China y Rusia- como para ser locomotoras para la recuperación de los países centrales de las economías capitalistas.

Pronto llegará la segunda entrega de los crack financieros USA y europeos en unas economías en las que sus demandas internas se desaceleran a velocidades vertiginosas y que, por el efecto contagio de la crisis mundial, tampoco podrán compensar sus balances mediante las exportaciones pues las demandas internacionales también están cayendo.

Guerras comerciales y guerras de divisas pueden ser los próximos desafíos a los que tenga que hacer frente el capitalismo mundializado, especialmente tras las últimas reuniones de un G-20 que lo único que ya puede acordar es que no hay acuerdo entre sus miembros.

En suma, hemos de prepararnos para  un largo invierno  de la crisis capitalista más penuria económica, paro, precariedad laboral y de vida de los trabajadores e incremento brutal de las bolsas de pobreza.

 


2.-SI LOS HECHOS SON ASÍ, ¿PORQUÉ AÚN NO ESTAMOS ANTE EXPLOSIONES SOCIALES QUE HAGAN TAMBALEARSE AL CAPITALISMO?


Las respuestas no son sencillas, salvo que se pretenda el tranquilizador recurso al socorrido sustantivo de “traición”. Traición para explicar el papel de las organizaciones políticas de la izquierda y de las organizaciones obreras. Traición para explicar el sometimiento de unos gobernantes, que siempre lo estuvieron aunque nunca los hechos les dejaron tan en evidencia, al capital internacional. Traición para explicar el modo en que el Estado del Bienestar evolucionó, pues no fue otro el modo, hacia el retroliberalismo. Traición con vara de castigo para fustigar a los trabajadores por aburguesarse. Traición, traición, traición,... Demasiado simplismo para algo tan complejo salvo que optemos por ese tipo de explicaciones tranquilizadoras que son como el pedo, que sólo satisface a quien se lo tira. Nadie duda de que las traiciones existan. Forman parte del legado humano en todos los órdenes de la vida pero cuando se exhiben como gran argumento cierran el camino hacia explicaciones más complejas y, seguramente, menos autocomplacientes.

La realidad es que la búsqueda de razones para entender porqué la clases trabajadoras no ocupan aún el centro del escenario político, cargadas de ira y rabia y con un proyecto político alternativo al capitalismo por delante, es mucho más complejo de lo aparente.

La ciega esperanza, aún instalada en un amplio segmento de la población, de que de esta crisis también se saldrá y de que se recuperarán las tasas de empleo, consumo y bienestar. Aún no se ha llegado a la conciencia profunda de que el Estado del Bienestar ha muerto y de que no resucitará bajo ningún gobierno que conviva con el sistema capitalista. Todavía queda mucha izquierda que se autoproclama anticapitalista pero se limita a reclamar soluciones de mayor inversión social como forma de salida de la crisis y recurre para ello a gurús de una ortodoxia keynesiana que no ha de volver, sencillamente porque ya estamos en otro mundo distinto a aquél del New Deal, como Paul Krugman y Joseph Stiglitz.

 

Tras el hundimiento de los países del llamado “socialismo real” ha estado flotando, de forma permanente, en el ambiente social la idea de que el capitalismo había cerrado todas las salidas. La persistencia durante 20 años de un pesimismo social de que el único sistema posible era el capitalismo explica incluso que a ciertas izquierdas sistémicas de origen no socialdemócrata se les atragantara la palabra socialismo, no como aquello que hacen los “socialistas” cuando gobiernan sino como proyecto a defender, no fuera que se les acusase de ser dinosaurios, riesgo del que no obstante no se libran tampoco ahora. Independientemente del grado de atractivo menguante que los países del “socialismo real” conservasen para las clases trabajadoras de los países capitalistas aún eran capaces de mostrar que era posible construir sociedades diferentes al capitalismo conocido.

 

Mejores o peores, dichas sociedades, eran la evidencia de que el capitalismo no era la única opción. La percepción mistificada, y negada por los hechos, de que un nuevo gobierno puede cambiar las cosas. Desde que la crisis capitalista se instaló plenamente la gente vota al contrario del signo político oficial del gobierno. Si el gobierno de turno es socialiberal (la auténtica socialdemocracia hace muchos años que está enterrada), vota conservador o liberal. Si es liberal o conservador, vota progresista. Pero ninguno de esos gobiernos es capaz de revertir la situación porque el capitalismo se ha liberado de las “ataduras” de cualquier tipo de regulación (3).

 

Si hubo un tiempo en que los políticos profesionales fueron cómplices en la vuelta al capitalismo salvaje, lo cierto es que ahora su voluntad importa poco porque ni el sistema económico los necesita ni pueden hacer otra cosa que representar el papel de muñecos del “pim-pam-pum”, concitadores de todos los odios que no alcanzan al capital. La dureza de unas condiciones de vida en las que el esfuerzo por sobrevivir ocupa la mayor parte del tiempo y la tarea de la reproducción social el resto (atención al hogar y los hijos, gestiones, obligaciones con el entorno afectivo de familia y amigos, desplazamientos entre el hogar y el trabajo,...). Los rostros de cansancio y hastío de trabajadores inmigrantes y nativos que regresan a sus hogares al final del día enseña mucho sobre la dificultad de su incorporación a las luchas.

 

La alineación en la producción y en la reproducción sociales. Cuando el trabajador dice “mi empresa” expresa hasta qué punto ignora las relaciones de producción en las que se encuentra atrapado. Cuando la gente busca abstraerse en esos utensilios tecnológicos (Ipod, móviles,...) o aislarse del mundo mediante los auriculares, cuando se cuelga de los programas de tele-basura, cuando se engancha a la prensa “rosa”, está expresando que lo que hay fuera no le interesa en absoluto o que le gusta tan poco que, en vez de cambiarlo, prefiere pensar que no existe, poniéndole fácil al poder la perpetuación de su propia reproducción. El o_nanista “yo, mí, me conmigo” puede que nazca de una disidencia blanda con lo establecido o simplemente sea una muestra de conformismo social con una situación que no desagrada a quien prefiere no verla en toda su injusta crudeza.

 

El horror al vacío. ¿Conocen el chiste del tipo que tras el choque de su coche salió despedido hacia el barranco y se agarró a una rama que nacía del inicio del precipicio? Gritó: ¿Hay alguien ahí? Una voz plena, significativa, redonda, con autoridad, le respondió: “Hijo mío, soy tu padre celestial, abre tus brazos y déjate caer, que una legión de mis arcángeles, al mando de Rafael, te recogerá y entregará en el suelo sin que sientas daño alguno”. Y el hombre respondió: “Vale, pero ¿hay alguien más ahí?” ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a aventurarnos por el camino una incierta revolución con los sacrificios personales que ello conlleva? La ausencia de una propuesta desde la izquierda revolucionaria creíble, perceptible como posible, ilusionante y deseable para los trabajadores.

 

La descorazonadora experiencia de mirar hacia las organizaciones revolucionarias y extraer la conclusión de que los marxistas somos una minoría que encuentra enemigos más acérrimos en la organización contigua que en quienes defienden el sistema económico y social imperante, que nos aferramos a mitos e iconos sagrados como si de ellos dependiera nuestra supervivencia, nuestra identidad y las convicciones en lo que somos y en lo que creemos, que repetimos una letanía esclerotizada y fría, incapaz de apoderarse de las mentes y los corazones de los esclavos a los que pretendemos liberar. La atomización, debilidad estructural, escasísima penetración social y dificultad para una renovación teórica y organizativa que nos permita comprender mejor la realidad en la que nos insertamos y ser más eficaces en la acción nos ha llevado a la esclerosis más devastadora.

Sin duda las razones que explican que la clase trabajadora no sea aún hoy la clase en ascenso que decían los comunistas del pasado siglo son más amplias y seguramente complejas pero ésta es sólo una aportación individual a lo que debate ser un debate y un esfuerzo colectivos mucho más amplio.

 

Continuará ... parte

 

Portada