El
presidente Legal de Wall
Street
¡¡OTRA ESCENA GOTICA DE
ESTOS MISERABLES!!
(El Amor Del Diablo Cipriani A Su Sátrapa Genocida Alan)
Alán el "santito" carnicero del Lurigancho etc. etc.
EN PERÚ LA RELIGIÓN ES
PEOR QUE EL OPIO
El texto original es de Luis Arce Borja, actualizado por VOZ
REBELDE
J.C. Mariategui nos decía: "que el hombre necesita creer en
algo para que su existencia sea verdadera". La justificación de la existencia
humana es una insoslayable exigencia del hombre,
de eso no nos debe quedar ninguna duda,
pero en el Perú, esa exigencia esta aplastada por el sistemático interés de la
derecha en dominar las pasiones y sentimientos de un pueblo que busca
desesperadamente retener la esperanza de un mejor mañana, la derecha no duda en
montar toda su maquinaria de dominación mental, mantener embrutecido y
enajenado al pueblo es lo que le da subsistencia. El acto de dirigir a un pueblo
por tortusos y privilegiados caminos teocráticos desnuda "el opio de la
humanidad", por cuanto se convierte en taparrabo de mandatarios y políticos
corruptos. Todos sabemos, y los medios de comunicación callan, que Luís Cipriani,
arzobispo de Lima y cardenal del Perú ha mantenido en los últimos años citas
privilegiadas con mandatarios implicados en genocidio, corrupción, etc. Como
Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo.
Cipriani es también el jefe del Opus Gay en el país. El encuentro entre estos
asaltantes del Estado y la máxima autoridad religiosa del país siempre a tenido
como objetivo analizar la "gobernabilidad del Perú". Estas reuniones han tenido
como telón de fondo la crisis del Estado y la sociedad oficial, cuyas
consecuencias es la bancarrota y la inmoralidad de los gobiernos de turno. No es
extraño que Fujimori, García y Toledo, hundido en un descrédito total y cuando
las masas azotadas por la miseria se sublevan en casi todo el país, busque el
apoyo de la iglesia católica que desde época de la conquista española (1533)
sirve de soporte de los grupos de poder y de los más sanguinarios regímenes
civiles y militares.
La alta jerarquía eclesiástica es ducha y experimentada en la manipulación y
utilización política de la respetuosa religiosidad del pueblo peruano. Su rol es
clave en momentos de crisis y de explosiones sociales, cuando el hambre, la
miseria, la injusticia social y el olvido hacen estragos mortales en el seno de
los pobres y aceleran la confrontación de clases. Y sobre todo cuando la
estabilidad de los Estados opresores se tambalea y corren peligro de colapsar.
La historia de la lucha social de América Latina prueba que en todas las
infamias y estafas que los gobernantes han cometido contra los oprimidos
contaron con la participación y el apoyo de las altas autoridades religiosas.
Así, en El Salvador, Guatemala, Nicaragua, ahora en Venezuela, y en otros
países, curas, obispos y cardenales fueron cómplices de esos "acuerdos de paz"
que sólo han servido para reforzar el poder de sátrapas y del imperialismo. En
el Perú, la participación política de la jerarquía religiosa resulta tan
grotesca como la actividad de cualquier partido político oficial cuyo propósito
no es buscar el bien común o la reivindicación de los pobres, sino más bien
servir a ricos y poderosos.
Un ejemplo bastante actual de la relación entre jerarquía eclesiástica y poder
político, lo entrega el actual cardenal, Luis Cipriani, quien convivió 10 años
en maridaje político con el régimen criminal y mafioso de Alberto Fujimori y
Vladimiro Montesinos. Los peruanos, sobre todos los familiares de las 70 mil
víctimas de la guerra civil, recuerdan como Luis Cipriani, instalado en Ayacucho
desde 1988, defendía el régimen sanguinario de Fujimori y Montesinos. Aún está
fresco en el recuerdo de la población como el cardenal se jugaba el pellejo
públicamente para salir en defensa de ese gobierno que él llamó "legítimo y
democrático".
En el tema de los secuestros, desapariciones, torturas y crímenes que
diariamente se cometían en el país, Cipriani no se ahorró argumentos vedados con
el propósito de justificar la brutal acción criminal del gobierno y las fuerzas
militares. Una de esas veces fue en 1994 cuando sin escrúpulos de ningún tipo
rechazó las acusaciones contra los militares y criticó que se "usen los muertos"
para hacer oposición al gobierno de Fujimori: "En un contexto violento como el
de Ayacucho, las muertes y desapariciones y abusos son parte del enfrentamiento
de la guerra. Los defensores de los derechos humanos le llamaron guerra sucia. Y
qué quieren, que uno de marcha atrás a la historia. Las Fuerzas Armadas han
cambiado su actitud, ¿queremos hurgar entre los muertos y resentimientos de toda
esta gente resentida para oponernos al gobierno?. " (Caretas, 14 de abril de
1994, publicado en el libro de Magno Sosa Rojas, Cipriano: el teólogo de
Fujimori, 2001).
Pero Cipriani, cardenal y jefe de la siniestra red que el Opus Gay ha tejido en
la sociedad y el Estado, ha sido algo más que el capellán de la dictadura
fujimorista. Entre 1996 y 1997 fue algo parecido a un agente encubierto que el
gobierno infiltró en la embajada japonesa en Lima que había sido tomada (17 de
diciembre 1996) por un comando del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA).
Cipriani se presentó como "mediador" entre los subversivos y el gobierno, además
de "confesor" de los casi 900 personas capturadas como rehenes. Muchos han
sospechado que Cipriani, que cada día
visitaba la embajada, utilizó su gran crucifijo que siempre tenía colgado al
cuello y una Biblia de doble fondo, para introducir clandestinamente
potentes y sofisticados medios de
comunicación (micros y cámaras filmadoras) que sirvieron para que las
fuerzas militares conocieran los movimientos y la posición exacta del comando
emerretista.
Esta información, gracias a la labor de Cipriani, llegó nítida al comando del
ejército, y ello sirvió para que el 22 de abril de 1997 los militares entraran
violentamente a la embajada y asesinaran a todos los integrantes del comando del
MRTA. Magno Sosa en un estudio que ha hecho sobre Cipriani (Cipriano: el teólogo
de Fujimori, 2001) cuenta que desde que éste llegó a Ayacucho se vinculó al
comando militar de esta región, y que su guardia personal estaba compuesta de 8
o 10 miembros de la policía y del ejército. Cuenta también Sosa que Cipriani
inicio una persecución, y en algunos casos con uso de la violencia,
contra los sacerdotes de esta
región que se vinculaban a los familiares de personas desaparecidas por el
ejército o los grupos paramilitares. Más adelante, en noviembre del 2001, y
cuando ya Alberto Fujimori se encontraba prófugo en Japón, y Vladimiro
Montesinos en prisión, la revista Caretas publicó tres cartas redactas por el
cardenal.
Dos de estas cartas tienen fecha julio y octubre del 2000 y están dirigidas a
Montesinos para pedirle apoyo financiero y una tercera de julio 2001 dirigida a
Valentín Paniagua donde el cardenal fujimorista solicitaba que el flamante
gobierno incinere todos los videos en la que aparecía junto a Montesinos.
Posteriormente (octubre 2001) estas cartas fueron entregadas por el gobierno
peruano al Papa, pero como en la iglesia católica, sobre todo en la "santa sede"
de Roma, la noche se convierte en día y la verdad en mentira, las famosas cartas
ha devenido en textos apócrifos en las que el acusado cardenal
resulta más inocente que la virgen María.
Pero con cartas o sin ellas, ningún peruano de esta época olvida el rol que
cumplió Cipriano en el establecimiento de la dictadura mafiosa dirigida por
Fujimori.
Pero no sólo fue Cipriani que en nombre de la iglesia católica se puso de
confesor divino del régimen anterior. En julio de 1992, cuando ya Fujimori había
concretado su autogolpe militar (abril de 1992) el arzobispo de Lima, Augusto
Vargas Alzamora, pidió a los peruanos a unirse en torno a sus autoridades
gubernamentales, y en el mismo discurso deslizó su apoyó la pena de muerte
para los "terroristas": ¿que terroristas? ¿aquellos que se niegan a someterse a
la miseria y a la esclavitud? "de adoptarse podría ser como medida defensiva", (Hay
que defender a los pobres ricos) dijo a un diario de Lima (Expreso, 24 de
julio 1992).
De la misma forma, en enero de 1992, Luciano Metzinger, presidente de la
Comisión Episcopal de Acción Social, se pronunció públicamente (diario La
República 13 de enero 1992) a favor de armar a las rondas campesinas que el
ejército utilizaba en la lucha contrainsurgente. Como se conoce estas fuerzas
paramilitares (rondas campesinas, grupos de defensa civil, etc.) dirigidas por
los militares, bajo el pretexto de "luchar contra el terrorismo", cometieron
miles de crímenes y actos vandálicos contra la población civil de los andes. En
la misma dirección, el 27 de junio de 1992, el Consejo Permanente del Episcopado
Peruano, emitió un documento no para denunciar los horrendos crímenes del
gobierno, sino para santificar a los policías y soldados "que cumpliendo su
deber son sacrificados sin posibilidades de defensa", y para promover un
"diálogo para buscar consensos" con el gobierno del sátrapa Fujimori.
Pero la relación Cipriani-Fujimori no es un caso aislado en la política peruana.
En toda la historia de la República peruana, ningún gobierno militar o civil,
gobernó al margen de la complicidad de la Iglesia de este país. Para no ir muy
lejos, en 1983, el general Clemente Noel, en ese tiempo jefe del Comando
Político Militar de Ayacucho y acusado de ser el responsable de abominables
matanzas, mantenía cotidianas reuniones de coordinación con monseñor Federico
Richter Prada, en la época arzobispo de Ayacucho.
En los primeros años del gobierno de Alan García Pérez (1985-1990), el cardenal
en ese tiempo, Juan Landázuri Ricketts, tenía entre sus tareas preferidas,
echar agua bendita a los vehículos
blindados que el gobierno enviaba a la región de Ayacucho y que fueran
utilizados para masacrar miles de campesinos. En 1993, en plena aplicación de la
política sanguinaria del régimen fujimorista, y cuando las fuerzas armadas
tenían en su haber más 30 mil asesinatos y masacres, Ricardo Durand, obispo del
Callao, no ahorro halagos a favor del sanguinario y corrupto general Nicolás
Hermosa Ríos en ese entonces comandante general de las fuerzas armadas del Perú,
y en la actualidad en prisión.
El obispo Durand decía en esa época que, "el general Hermosa tiene el mérito de
estar dirigiendo la pacificación, esto es una realidad...Yo creo que el general
Hermosa ahora debe ser como el portaestandarte del respeto que las Fuerzas
Armadas y Fuerzas Policiales deben tener por los derechos humanos". (Ricardo
Durand, obispo del Callao, 28 de julio 1993). El mismo papa Juan Pablo II, en
marzo de 1985 hizo un peregrinaje a Perú, no precisamente para defender a los
pobres de las injusticias y atrocidades cometidas por el gobierno de turno y los
militares, sino para condenar a las
guerrillas y la rebeldía popular, defender la acción criminal del Estado
y sus fuerzas represivas.
En estas líneas, debemos dejar constancia nuestra solidaridad con todos aquellos
Curitas, que demostrando su opción de amor a los pobres y excluidos,
coherentemente estuvieron junto a las luchas del pueblo, que la corrompida e
inmoral jerarquía de la iglesia los silencio o expulso del País.
E-mail: dignidadnacional_peru@yahoo.es Última homilía en catedral... El Salvador
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