"Que le den candela al mundo"
No es que uno vaya a justificar que se quemen coches, escuelas, oficinas de correos. Entre otras cosas porque las víctimas son tan pobres como los incendiarios. Muchachos que pasan de tener una mala escuela a no tener ninguna. Pero es un buen ejercicio ponerse en el lugar del otro.
Imagínese que lleva usted una larga temporada en el paro. O que, trabajando, no
le llega el sueldo para comprar una casa. O que no se la alquilan porque es
usted canario. Que, por lo mismo, no le dan ningún puesto de responsabilidad,
por muy capacitado que esté. O, simplemente, no le den trabajo por hablar como
hablamos. Imagínese que no tiene futuro. Que la desesperación le alcanza. Que en
su barrio, un polígono dormitorio en los suburbios, la mitad de la gente esté
sin trabajo. Que no le llega para sobrevivir. Que los presupuestos sociales se
reducen cada año.
Que
dos pibes de su barrio, de 15 y 17 años, se escondan en una central eléctrica
para escapar de uno de los cotidianos controles de la policía. Y que mueran
electrocutados. Que las protestas consiguientes sean respondidas con brutales
intervenciones de los antidisturbios. Que el ministro del interior diga que
somos "gentuza". Que la policía
se dedique a detener a los jóvenes indiscriminadamente. O a los familiares que
van a interesarse por ellos a comisaría. Ahora imagine que sus colegas, sus
vecinos y amigos, van a armar la marimorena. Es fácil, ¿verdad?
Que le den candela al mundo.
Lo malo de estas revueltas espontáneas es que
no tienen futuro. Que no
están sustentadas en una organización, en un proyecto. Que igual que
surgen, se deshacen en la nada. Que el poder las absorbe rápidamente.
Que quienes salen beneficiadas son
las fuerzas de la reacción, apoyadas en el
miedo de los acomodados. Y que el sufrimiento de los
desposeídos se prolonga. ¿Y la izquierda francesa,
europea? Pues eso, en Belén con los pastores. Y sin
embargo, el ejército de choque del cambio social permanece acampado en los
arrabales. Allons enfants de la patrie.