ROSAS ROJAS PARA MIGUEL HERNÁNDEZ
Suena
en el tocadiscos la voz de Paco Ibáñez cantando los poemas de Miguel Hernández
mientras sobre la pantalla del ordenador van desfilando y solapándose los
recuerdos, los títulos de los libros y de las películas y las obras de teatro,
los sucesos y los nombres de las gentes que, de una manera tan importante,
habían de influir sobre nuestras grises vidas hasta entonces, a partir de los
años sesenta y setenta, y de una manera muy particular, aquel recital del año
sesenta y nueve que se producía en el Olympia de Paris y que, a falta de asistir
a él, hubimos de contentarnos con correr a Galerías Preciados para comprar el
álbum para escucharlo una y otra vez y recrearnos con los poemas de Quevedo, el
Arcipreste, Celaya, Nicolás Guillén, Miguel Hernández y León Felipe, entre
otros, además de los gritos de ¡libertad! que se oían en la sala y que empezaban
a oírse ya en las calles de nuestras ciudades, cuando la generación siguiente a
la que hizo la guerra se sacudió el miedo y la modorra de los años cincuenta.
Además de las inevitables lecturas de La madre, de Gorki, de Cuerpos y Almas,
Los miserables, de Kaputt y La piel de Malaparte, de entonces, empezaban a
entrar ya entre nuestras lecturas los poemas de Machado y Miguel Hernández. A
partir de la lectura de Viento del pueblo, en aquella entrañable edición de
Losada entonces aún prohibida en España -siempre recordaré las setenta pesetas
que este costaba- y de conocer las vicisitudes, la vida y muerte de este joven
poeta que empezaba a metérsenos bajo la piel como ningún otro, muchos empezamos
a tomar conciencia de que, si algún cambio debía producirse en nuestro país, en
él nos teníamos que involucrar todos los trabajadores, además de los estudiantes
que se movilizaban en las facultades.
De las postrimerías de los años sesenta -el Che había muerto en 1967- conservo
la memoria de los libros de la Editorial Ruedo Ibérico y de las editoriales
americanas que yo vendía los domingos en las mañanas de Rastro, en aquella
esquina de la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, tan codiciados entonces y
ahora por el público como buscados por la policía: La gallina ciega y el resto
de la obra del nunca bastante querido y admirado Max Aub; El amante de Lady
Chatterlay, las obras de Sade, los libros de la Editorial Zyx, las primeras
representaciones del mejor Lorca en el Teatro de la Comedia, que vitoreábamos,
hasta dolernos las manos, contra el régimen, El Tartufo de Moliere, que fue como
una bofetada en pleno gobierno del Opus, Un enemigo del pueblo, de Ibsen, en el
inolvidable Infanta Beatriz, Casona, Brecht, de nuevo Brecht, en el Reina
Victoria, J.P. Sartre, Valle Inclán en el Español y en el Monumental que barrían
de la escena a los Victor Ruiz Iriarte, a los Paso y a los Pemán y Calvo Sotelo,
que mantenían a amplios sectores del público alejados de las salas; el recital
de Luís Pastor en el ICAI de la calle Alberto Aguilera y las sirenas de los
“grises” alegrándonos la vida a la salida, Buero Vallejo y su Doble historia del
doctor Valmi en el Benavente, La Bullonera en el convento de Francos Rodríguez,
donde se fundase el 5º Regimiento y donde en su día se alistara Miguel
Hernández; Pedro y el capitán, de Benedetti.
Y Horacio Guaraní en el S. Juan Evangelista, muertos en Vitoria y en Granada
por acciones de la policía, La tercera residencia, de Neruda, las voces de
Violeta Parra, de Víctor Jara y Quilapayún, Quintín Cabrera, Chile y el proceso
de involución promovido por la CIA y que acabaría con el Gobierno de la Unidad
Popular y con la vida de Salvador Allende; el Grupo Tábano, los primeros libros
en Editorial Ayuso de Marx y de Lenin en los puestos de la calle, antes incluso
de que alcanzaran el territorio nacional los de Editorial Progreso, la
Constitución de la Segunda República, con sus gloriosos colores, provocando
desde un puesto de en medio de la todavía avenida de José Antonio, el Día del
Libro del 76, Sierra de Teruel, Morir en Madrid, Tierra sin pan, La batalla de
Argel, Sacco y Vanzetti por fin en las carteleras de Madrid, la llegada de Max
Aub de la que tantos y tantos ni siquiera nos enteramos porque no a todos los
rojillos nos alcanzaba el dinero para leer Cuadernos para el Diálogo o Triunfo;
la visita de R. J. Sender y su charla en el Ateneo, al que tributamos un
prolongado aplauso, que él tuvo que aguantar ya sentado debido a la edad, y sin
que faltase algún que otro abucheo para el presentador que quiso adornarse con
palabras para el autor de Réquiem por un campesino español, -libro que por
entonces aún entraba clandestinamente en el país- pues, en realidad, la gente, a
quien realmente habían ido a oír era al autor de la Crónica del alba, Siete
domingos rojos y Viaje a la aldea del crimen -qué buena ocasión para haber
lanzado allí, entre el calor que despertaban las palabras del autor aragonés, un
¡VIVA LA REPÚBLICA! que hubiese restallado entre aquellas cuatro paredes y que
hubiera despertado de su sueño el eco de las voces de Manuel Azaña y de Valle
Inclán-.
Me resisto aquí a no mencionar a todos y cada una de los que, de una forma u
otra, contribuyeron a hacer de aquellos años los más apasionantes de nuestras
vidas: desde Alfonso Sastre con sus obras, que teníamos que leer en los libros
de Losada y de la Editorial Escélicer por estar prohibida su representación,
hasta la inútil muerte de aquel joven obrero andaluz –Javier Verdejo- al que los
picoletos asesinaron por la espalda mientras pintaba en un muro las palabras
PAN, TRABAJO Y LIBERTAD.
Narro aquí estos recuerdos, más por situar el momento en que el español medio
descubrimos por fin a Miguel Hernández, que por enumerar unos hechos que quizás
no interesen tanto a los que esto leen como a aquellos que los vivimos en su
día.
Han transcurrido ya casi 40 años de algunos de los hechos que aquí menciono, de
aquellos libros RTV a 25 pesetas que nos quitaba de las manos el público, del
éxito de aquel libro: La prodigiosa aventura del Opus Dei en España, escrito por
Jesús Ynfante y editado en Paris por Ruedo Ibérico...y, sin embargo, de todas
las voces de entonces, las de Machado y Miguel Hernández son las que me llegan
con mayor nitidez hoy.
Nada sería más hermoso para nosotros, los que vivimos aquellos días en la calle,
entre botes de humo y gritos de ¡AMNISTÍA Y LIBERTAD!, que poder decir hoy que,
entre tanto rostro desencajado por el miedo y por la rabia, reconocimos el del
inmortal y joven poeta de Orihuela. Pero no fue así. El fascismo nos lo había
arrebatado 30 años atrás en cuerpo y alma. Pero allí estábamos nosotros, los
hijos de aquellos hombres que habían traído aquella joven Republica, los que,
para redimir a España de un pasado tan vergonzoso, darían lo mejor de su
juventud y hasta sus propias vidas en las cárceles y los campos de combate de la
Patria y aún de media Europa, por defender la libertad, la utopía y otros
valores en cuestión en aquellos ya lejanos días heroicos del Frente Popular. No
obstante, allí estaba la segunda generación para dar testimonio de que, los
pueblos no están derrotados hasta que no admiten su propia derrota, que dijo
Negrín en su día.
No, jamás pudimos reconocer el rostro del poeta amado entre los gritos ni entre
los disparos que se llevaban las vidas de Mari Luz Nájera, de Carlos González de
Arturo Ruíz, de Gladis del Estal, de Pedro Patiño –acribillado este último a
balazos por las “fuerzas del orden” mientras repartía octavillas por los
descampados de Orcasitas- no, las
octavillas, claro, no eran de Alcampo ni de los Testigos de Jehová- y
tantos otros héroes anónimos. Pero sus palabras, sus consignas, su poesía,
habían viajado en el tiempo para polinizar las conciencias con el espíritu de
los que, aún después de cubiertos sus cuerpos por el polvo, se alzan desde el
fondo de la tierra, inmortales, para señalarnos el camino, como lo hacen desde
el más allá Ernesto Guevara y tantos otros.
Y así salíamos a la calle: a pecho descubierto, desafiando a los mercenarios
del sistema y a las fuerzas reaccionarias que, con la Iglesia a la cabeza,
impedían que circulasen libremente las ideas para nuestro desarrollo como
individuos libres.
Esa es la imagen primera que conservo de Miguel Hernández, del poeta al que
todos sentíamos tan cerca, en su poesía y en su ejemplo, como comunista y como
republicano. Él que ni en la hora suprema de la muerte se negó a prostituirse
para salvarse. Porque, solo muriendo como moría en esas horas su pueblo, se
salvaba como revolucionario-el Che tardaría unos años aún en decir: En una
revolución, si es verdadera, se triunfa o se muere.-
No, él no se vendió para salvar su vida ni traicionó su ideario. Pudo salvar su
vida colaborando con un solo poema en la revista Redención pero no lo hizo.
Prefirió tomar el heroico camino del sacrificio para así convertirse en bandera
del proletariado. A él no le esperarían las multitudes para aclamarlo a su
regreso del largo exilio. Ni le esperarían los ramos de rosas rojas en los
homenajes o para que inaugurase centros escolares o algún hospital que llevara
su nombre. No, no era a él al que esperaban los políticos de uno u otro signo
que se retratarían dándole su nombre a una avenida en
tanto las ideas por las que él murió se
archivaban en las bibliotecas. Para él, como para otros tantos que se
negaron en su día a regresar a la Patria en tanto no de restaurase la República,
no esperaban ya los doctos señores de la Academia para asignarle un sillón a
cambio de acabar sus días escribiendo sus memorias retrepado en un sillón de
cuero. Para eso, quedaban ya los que heredaron los palacios y los ministerios de
aquella tenebrosa dictadura de obispos, banqueros y militares felones. Aquélla
camada de vividores que vendieron sus principios en los días de la
“reconciliación”– en el supuesto de algún día los tuvieran- a cambio de un
sueldo en cualquier despacho del Poder.
No, a Miguel, que le “perdonaron la vida” cuando lo juzgaron en aquellos
simulacros de juicio del año 1940 junto a otros veintinueve encausados más, no
le fusilaron, como a García Lorca, en cualquier paraje de aquellos que tantas
veces él había cantado. Prefirieron que se consumiera de tristeza lejos de las
palmeras y de los lugares que lo vieron nacer. A él no se le dio la oportunidad
de emprender la amarga ruta del exilio junto a los que como León Felipe, Pedro
Garfias y tantos otros habrían de morir en tierra extranjera. Pudo salvar su
vida con un solo poema en la revista Redención pero escogió la heroica senda del
sacrificio para convertirse en bandera del proletariado.
Para otros dejo valorar su poesía, entre los que no faltarán los que le
criticarán, como a Machado, por haber mezclado poesía y revolución.
Evidentemente, si tal no hiciera, quizás no hubiera muerto de puro abandono, del
mismo modo que muere un perro, en una cárcel, bebiendo hasta la última gota del
cáliz de la amargura que los cuatro generales fascistas le tenían reservado a su
pueblo mientras juraban fidelidad a aquella bandera de 1931.
Caiga su sangre y todas las sangres de aquel pueblo inocente, que salió a estos
campos a combatir y a darle una lección al mundo, sobre los que le condenaron
entonces y sobre los que con sus hechos le niegan hoy.
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Por estos días nos dolemos de sesenta y cinco años de ausencia del poeta Miguel
Hernández, muerto (sería más exacto decir asesinado) en una cárcel de Alicante
un 28 de marzo de 1942.
No faltarán los comentarios ni los actos que recuerden pérdida tan importante,
tanto para la clase trabajadora en particular y por la que apostó su propia
vida, como para el mundo de las letras y de la cultura en general.
Como a la hora de acercarnos una figura de tan bastas dimensiones como la de
Miguel Hernández no hay que darlo todo por conocido, sobre todo para los que se
acercan por primera vez al poeta amado, haré una brevísima introducción
biográfica del militante revolucionario y del hombre que alienta tras sus
poemas.
Miguel Hernández nace en Orihuela (Alicante) un 30 de octubre de 1910. Cuarto
hijo en el seno de una familia, cuyo padre -tratante de cabras- va a condicionar
su vida, al menos su infancia y parte de su juventud.
Desde muy pequeño, Miguel tendrá que pastorear las cabras del padre por la
cercana montaña que pone límite a esa catoliquísima y rica población, donde
abundan las iglesias y los establecimientos religiosos, entre feraces huertas y
un viejo palmeral. Esto, que limitara un tanto a Miguel a la hora de acceder a
unos estudios superiores, no le impide leer y familiarizarse con las escasas
lecturas que encuentra en tan cerrado entorno.
Garcilaso y San Juan de la Cruz serán por tanto sus libros de cabecera, y su
lectura el origen de sus primeras composiciones poéticas, que le llevarán a
buscar compañía en las tertulias de la panadería de Fenoll, donde conocerá a
Ramón Sijé, al que, a su muerte en 1935, dedicara una elegía que, por sí misma,
equivale a la bastedad de toda la obra de cualquier poeta ya consagrado...
Fruto de los encuentros literarios que mantiene con aquellos amigos de la tahona
del vecino y amigo Fenoll son los poemas que empiezan a aparecer en la revista
El gallo Crisis.
En 1931 viaja por primera vez a Madrid, donde, al no encontrar apoyo ni
comprensión, debido en parte a que su breve obra no interesa a nadie, permanece
un breve lapso de tiempo, el suficiente quizá para darse cuenta de allí aún no
hay sitio para él. De regreso a Orihuela, (mayo 1932) tras un accidentado viaje
por carecer de medios económicos para costearse el viaje, prosigue con el
pastoreo y la creación poética.
Ese mismo año, costeada por el canónigo de la catedral de Orihuela, sale a la
luz la primera edición de Perito en lunas, con 300 ejemplares, poemario que
recrea su más primitiva obra y que con el correr de los años será rebasada por
la evolución política del poeta y por los acontecimientos que están por venir.
El libro no tiene apenas eco en el mundillo literario, por lo que Miguel busca
consuelo en Federico G. Lorca y en Juan Ramón Jiménez, quienes le habían sido
presentados poco tiempo antes. A éste le siguen Quién te ha visto y quién te ve,
autosacramental de1934, El silbo vulnerado, poemario también que ya desemboca en
el poeta que se anuncia y que le acerca a Alberto Sánchez y a Maruja Mallo y a
la escuela de Vallecas.
En 1934 Miguel, animado por la edición de sus primeros libros, se presenta de
nuevo en Madrid. Este es el año en que conoce a Neruda y a Vicente Aleixandre.
Termina El torero más valiente, pieza dramática que no logra ver representada.
Formaliza su relación con Josefina Manresa. Inicia la pieza teatral Los hijos de
la piedra.
Quizás no sea el mejor teatro que de él cabía esperar, pero, Los hijos de la
piedra, inspirada en los sucesos de Asturias en 1934, será el teatro que, unido
a la obra de La rosa blindada, de Raúl González Tuñón, ensalzará la Revolución
de Asturias .
En 1935 empieza a trabajar para José María de Cosío y su obra Los toros en la
editorial Espasa. Regresa a Orihuela. Recibe carta de Neruda, que le invita a
regresar para colaborar con él. Regresa a Madrid y así mismo colabora con Neruda
en El caballo verde para la Poesía, donde publica algunos de sus más bellos y
combativos poemas .
El regreso de Miguel Hernández a Madrid va a suponer la ruptura con aquel
pequeño mundo de Orihuela y sus esencias católico-fascistas. Prueba de ello será
El labrador de más aire, obra de teatro donde ya se rebela como un autor
preocupado por los problemas del campesinado en los días previos a la ya
inminente guerra, aunque aún arrastre influencias de sus primitivas lecturas de
los clásicos poetas del catolicismo.
En 1936, estalla la rebelión militar y se intensifica su actividad política y la
colaboración literaria con El Mono Azul de Rafael Alberi y María Teresa León, lo
que le permite el contacto con ese gran colectivo de la generación del 27 que le
va a incorporar a la de 1936 por derecho propio. Colabora en la revista Cruz y
raya, de José Bergamín. En septiembre de ese año sale para Madrid, donde se
incorpora al 5º Regimiento. A finales de septiembre se encuentra en Cubas
cavando trincheras y participa en los combates del frente de Madrid, en
Valdemoro, Pozuelo, Alcalá, Ciudad Lineal, Majadahonda...a las órdenes de
Valentín González, El campesino. Pablo de la Torriente Brau le capta como jefe
del departamento de cultura, según el cubano relata en su libro Peleando en
España con los milicianos... y estuvimos trabajando en los planes para publicar
el periódico de la Brigada y la creación de uno o dos periódicos murales, así
como en la organización de la biblioteca y el reparto de prensa.
A la muerte de Pablo de la Torriente, en el frente de Majadahonda el 9 de enero
de 1937, Miguel le dedicará su << Elegía segunda >>
Febrero de 1937: Miguel se desplaza a Andalucía para incorporarse al Altavoz del
Frente Sur, a las órdenes de Vittorio Vidali, con quién colabora también, en
Castro del Río, en la elaboración de propaganda para el campo enemigo.
En Frente Sur empiezan a aparecer algunos de los poemas que en breve
conformarán el libro Viento del pueblo, que verá la luz ese mismo año. Le siguen
una serie de reportajes en los que él es testigo presencial, tales como el
asedio y posterior rendición de la fuerza de la Guardia Civil que ocupara el
Santuario de la Cabeza. Aparece publicado su Teatro en la guerra: cuatro breves
piezas de teatro de propaganda al servicio de la República.
Tras un breve permiso en Cox, participa en julio en el IIº Congreso de
Intelectuales en Defensa de la Cultura, en Valencia, para, más tarde, y pasando
por Paris y Estocolmo, marchar a Moscú, donde asiste al Vº Festival de Teatro
que allí se celebra.
En diciembre de ese año nace su primer hijo. En abril termina El pastor de la
muerte, con el que obtiene un premio de 3000 pesetas en el Concurso Nacional de
Literatura.
Es octubre de 1938 y muere su hijo, Manuel Ramón.
1939 se inaugura, para Miguel, con el nacimiento de un nuevo hijo: Manuel
Miguel. El final de la guerra da al traste con la edición, ya en imprenta, de El
hombre acecha.
Cancionero y romancero de ausencias, sus últimas composiciones entre 1938-1939,
parte de ellas fruto de su permanencia en prisión, no verán la luz en vida del
poeta.
En abril de 1939, ya derrotado el Ejército Republicano, Miguel Hernández se
traslada a Sevilla, de donde, al no encontrar apoyo, parte para la frontera
hispano-portuguesa. Intenta trasponer esta pero es detenido por las autoridades
portuguesas en Moura, para ser devuelto a los franquistas en Rosal de la
Frontera el 4 de mayo. Conducido a Huelva, es confinado en Sevilla para su
posterior traslado a la cárcel madrileña de Torrijos. Allí, más tarde, es puesto
en libertad. Marcha a Orihuela para reunirse con los suyos en la confianza de
que ya nada malo ha de ocurrirle cuando, a instancias de un vecino, es detenido
y encarcelado en el seminario del pueblo. El 3 de diciembre es trasladado a la
madrileña prisión del conde de Toreno. Allí se encuentra con Antonio Buero
Vallejo, quien le hace el famoso dibujo que ha corrido de mano en mano en forma
de cártel y en diversas cubiertas de sus libros.
El dieciocho de enero de 1940 Miguel es juzgado, en compañía de otros
veintinueve encausados, por el delito de rebelión militar y por pertenecer al
Partido Comunista. Al igual que la mitad de los otros veintinueve hombres que le
acompañan en el juicio sumarísimo, que no dura más allá de hora y media, según
testimonio de los que sobrevivieron, es condenado a muerte. La mayoría de los
condenados son ejecutados en el primer semestre.
El 23 de septiembre ingresa en la prisión de Palencia, donde el hambre y el frío
minan la salud del poeta.
El veinticuatro de noviembre de 1940 Miguel es trasladado al penal de Ocaña,
pasando por Yeserías
.El 28 de junio del 41 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante,
donde ya puede recibir la visita de los suyos, pero, también, donde la
enfermedad mina su organismo. La única posibilidad de salvarle es trasladarle al
sanatorio antituberculoso de Porta Coeli, en Valencia pero la autorización para
su traslado no llegará a tiempo.
El veintiocho de marzo de 1942, los compañeros de celda, ya fallecido el poeta,
intentan inútilmente cerrarle los ojos. El sacrificio se ha consumado.
¡ VIVA LA REPÚBLICA !

Poema CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO Miguel Hdez.
Ángel Escarpa Sanz 15-3-07 Islas Canarias