|
MÁXIMO GORKI 1868-1936 |
Sumario:
Este gran escritor y revolucionario ruso, cuyo verdadero
nombre era Alexei Maximovich Pechkov, nació el 28 (16 en el antiguo calendario)
de marzo de 1868 en Nijni Novgorod, a orillas del río Volga. Su padre era un
humilde carpintero y su madre, hija de un tintorero que, aunque vivía con cierto
desahogo, su posición no le alcanzaba a la hija, por cuanto la había arrojado
del hogar familiar al casarse. Enojado por su matrimonio con un obrero de
condición social inferior, ni siquiera había pagado la dote de su hija.
Cuando Alexei Maximovich nació, sus tres hermanos mayores habían fallecido en la
infancia.
A los tres años de nacer, su familia se trasladó a vivir a Astrakán, en la
desembocadura del Volga, ya que el padre obtuvo el cargo de agente comercial de
la compañía que gestionaba el transporte fluvial del río, uno de los mayores del
mundo que, con 3.680 kilómetros de recorrido, marca la fisonomía de Rusia como
el Nilo la de Egipto, con grandes centros comerciales e industriales en sus
orillas y un numeroso proletariado que se multiplicaba a diario.
Apenas llegado a Astrakán, la peste atacó la ciudad y Alexei Maximovich fue el
primer afectado por ella y, aunque logró curarse, contagió la enfermedad a su
padre, que murió casi inmediatamente. La madre tuvo que volver entonces a vivir
de nuevo con su padre a Nijni Novgorod. En el trayecto a bordo de un viejo
remolcador, murió Máximo, su hermano menor, de quien tomaría luego el nombre.
El ambiente en la casa familiar era sórdido y mezquino. La situación económica
del abuelo se deterioraba progresivamente, fruto de la crisis del artesanado,
incapaz de soportar el empuje feroz de un capitalismo naciente. Además de la
hija, el abuelo acogía en el hogar a otros dos hijos con sus correspondientes
familias, en una convivencia imposible a causa de las frecuentes borracheras de
los dos varones, que presionaban al anciano para que repartiera la herencia
anticipadamente, incluso antes de pagar la dote que correspondía a su hermana.
Menudeaban las discusiones violentas y las peleas familiares.
No obstante, en algunos momentos de calma el anciano contaba relatos sobre el
gran río y sus sirgadores, trabajadores esforzados que remolcaban grandes
barcazas desde ambas orillas arrastrando las cuerdas. En esos momentos de
quietud, también su tío Jakov cogía la guitarra y cantaba canciones marineras
que enternecían al niño.
Pero el abuelo también descargaba en Alexei Maximovich su profunda
insatisfacción personal, propinándole grandes palizas, hasta el extremo de
hacerle perder el conocimiento. Más tarde el propio escritor contaría que
convaleciente de uno de estos apaleamientos, fue cuando comenzó a reflexionar
sobre el mundo que le rodeaba, y, sin duda, entonces adquirió su acusada
sensibilidad personal y social.
Por el contrario, de su abuela tenía un gran recuerdo: cargada de espaldas, casi
jorobada, muy gruesa, con los ojos claros y alegres y ágil como una gata grande,
iluminada desde dentro por una luz inextinguible y cálida que le salía por los
ojos. Fue la persona más introducida en su corazón, a la que más comprendía y
más amaba. Su desinteresado amor al mundo, diría luego Gorki, me enriqueció,
llenándome de fuerza para afrontar asperezas de la vida. Con voz baja y
misteriosa le contaba historias sorprendentes y llenas de bondad; aunque sus
personajes fueran delincuentes o bandidos, en ellos ponía siempre un fondo de
ternura que luego Gorki mantendría en todas sus novelas.
La imagen que Gorki conservó de su madre era la de una mujer cansada, abatida,
de cara borrosa, casi ennegrecida como el hierro. Viuda prematura, se escapaba
de casa para buscar compañía de hombres que, siquiera fugazmente, la hicieran
olvidar la sordidez de su vida. Volvería a casarse pronto con un hombre diez
años más joven que ella con el que tuvo otros dos hijos que murieron pronto. Sin
embargo, este matrimonio permitió que el joven pudiera abandonar temporalmente
el infierno domiciliario de sus abuelos.
Alexei Maximovich comenzó a cursar sus primeros estudios. El primer día acudió a
la escuela con unas botas de su madre, una blusa amarilla de campesino y un
abrigo remendado de su abuela. Sus compañeros de burlaron de él y eso le le
marcó durante toda su vida hasta el punto de que -igual de Maiakovski- siguió
vistiendo durante toda su vida la blusa proletaria. Su carácter agreste le
acarreó continuos problemas con los otros alumnos, participando en peleas
callejeras. Pero lo peor fue el trato del maestro y el cura que trató de
inculcarle el catecismo. Frecuentemente, le enviaban a casa expulsado por mala
conducta. Entonces su madre y su abuelo le castigaban encerrándole y le daban
grandes palizas azotándole con una correa.
No obstante, el joven manifestó un enorme interés por estudiar, por aprender,
obteniendo calificaciones escolares sobresalientes y algún premio. En una
certificación meritoria que le reconoció la escuela, la tachó y cubrió de
inscripciones irreverentes. A pesar de sus méritos académicos, a los diez años
tuvo que abandonar la escuela. Por un lado esto le alivió de la presión de sus
maestros y compañeros; por el otro, le obligó a continuar su formación con un
extraordinario esfuerzo autodidacta, ante el desprecio de otros que alardeaban
de títulos y diplomas oficiales. Él quería saber y, al mismo tiempo, despreciaba
a los intelectuales.
Las discusiones dentro del nuevo matrimonio fueron constantes, con agresiones y
malos tratos hacia la madre. En una de estas peleas, el joven Alexei Maximovich
llega a acuchillar a su padrastro y tiene que vivir otra vez en casa de sus
abuelos.
La familia sufre grandes penalidades cuando su padrastro es despedido de la
fábrica por robar a sus compañeros y a consecuencia de ello, toda la familia
sufre vejaciones. El joven recorre los domingos las calles recogiendo papel,
trapos, basura y deshechos que luego vende, entregando el dinero a su abuela
para contribuir a pagar los gastos de su manutención. A causa de ello sus
compañeros de colegio se burlan de él y le insultan llamándole trapero y
mendigo. Los compañeros decían que olía a basura y no querían sentarse a su
lado, lo que provocaba graves peleas. No tardó en formar una banda de
desamparados que merodeaban por las calles para buscar -e incluso robar- leña y
madera burlando la vigilancia de los guardas.
A partir de entonces las calamidades familiares se suceden a un ritmo
vertiginoso. Su madre es abandonada por su segundo esposo tras gastarse la dote
y tiene que vivir en un sótano lúgubre y húmedo. Su hermano pequeño muere muy
pronto a causa de la escrofulosis y, poco después, le llega el turno a su madre,
que expira en presencia de Alexei Maximovich, que entonces contaba sólo once
años.
— Aprendiz de todos los oficios
Entonces
comienza a trabajar en una zapatería: limpiando el calzado del dueño y de los
dependientes, barriendo la tienda y haciendo recados, hasta que se escaldó la
mano y fue hospitalizado.
Pero su abuelo estaba completamente arruinado de modo que, una vez recuperado de
sus quemaduras, tiene que seguir trabajando para mantener a su abuela, así que
entra de criado de la mujer de un delineante, hasta que se fuga, harto de las
humillaciones de ella y de su suegra.
Entonces duerme a la intemperie a la orilla del Volga. Vagabundeando conoce a
los personajes más curiosos y los ambientes más variados, obteniendo una
extraordinaria riqueza personal que se esforzará por trasvasar a sus relatos,
todos ellos llenos de vida. Finalmente obtiene un empleo como ayudante del
cocinero de un remolcador, que le ocupa desde las seis de la mañana hasta
medianoche. Afortunadamente el cocinero tiene una modesta biblioteca y el niño,
a cambio de leerle en voz alta, queda exento de todas las tareas.
Pero le acusan de un robo que no ha cometido y tiene que regresar a casa de su
abuelo y también a su trabajo con la esposa del dibujante, mientras lee
incansable por la noche a la luz de una vela de sebo los libros que una amiga le
presta. Pero la represión también alcanza a esas horas íntimas de la noche: su
patrona le acusa de gastar inútilmente las velas, le prohíbe leer e incluso
tener libros en la casa.
En una ocasión un samovar estalla y la madre del delineante le azota con una
vara hasta el extremo de que tener que ingresar al niño otra vez en el hospital;
el médico amenaza con denunciar las lesiones que presenta el aprendiz que,
aunque hubiera podido obtener una buena indemnización, prefiere negociar una
alternativa: que le autoricen a leer por las noches.
A su afición por los libros contribuye una vecina que le presta novelas
francesas, así como otra vecina, a la que el niño designa idelizadamente como la
reina Margot, y de la que obtiene una enorme decepción al comprobar que se
trataba de una prostituta. Otra falsa acusación de robo en casa de la prostituta
propició que la madre del delineante le despidiera.
De nuevo se enrola en otro barco donde se hace amigo del fogonero, al que le
narra las novelas francesas que ha leído. Con ocasión de una de estas lecturas
el fogonero le manifiesta su perplejidad por lo bien que viven los personajes de
esas novelas francesas: no necesitaban trabajar para ganarse el pan. Una frase
tan sencilla le dio a Alexei Maximovich muchas de las claves de las novelas que
luego escribiría.
Con la llegada del invierno, el Volga se helaba y el niño tuvo que regresar a
Nijni Novgorod y cambiar de empleo. Entró primero en un taller donde pintaban
iconos, donde los obreros dormían allí mismo, tumbados en el suelo. Luego, el
mismo delineante que le había despedido, convertido en contratista de obras, le
contrató como vigilante. Desde este observatorio examinaba a los albañiles,
yeseros y carpinteros, a medio camino entre el proletariado urbano y el mujik
rural, muy diferente de como lo pintaban los intelectuales, apegado al pedazo de
tierra y a las costumbres ancestrales.
Tenía entonces quince años y fue por aquella época cuando comenzó a la
relacionarse con grupos de estudiantes, enfangados en disputas estériles que
poco tenían que ver con la realidad. Poco a poco, de una manera intuitiva, fue
creciendo en su conciencia la idea de que sólo la clase obrera podía dar un
cambio a Rusia. Pero para ello era también necesario aprender, estudiar, conocer
mucho más a fondo el universo que le rodeaba.
— Entre el estudio y la revolución

En 1885, cuando era un adolescente de 17 años, decide
continuar con los estudios que había interrumpido. Inicialmente pensó, como
tantos otros, que los males del mundo y los padecimientos de las personas,
derivan de la ignorancia, por lo que el remedio de todo es la educación y la
cultura, que debe llegar a todos, incluidos los más marginados por la sociedad.
él mismo trató de hacer ese recorrido, pero se le cerraron las puertas de la
universidad: tenía que trabajar muy duro para ganarse la vida y no le quedaba
tiempo para dedicarse a los estudios.
Su formación será autodidacta pero tan intensa que llamó la atención de los
estudiantes, con cuyos círculos comenzó a relacionarse.
Las ciudades ribereñas del Volga acogían a los deportados políticos por la
represión zarista y a gran cantidad de presidiarios que habían cumplido su
condena. Gorki no tardó en entrar en estos círculos políticos clandestinos que
se reunían para discutir la prensa y los libros que circulaban clandestinamente.
No consigue asimilar todo ese torrente de nuevas ideas que chocan con
convicciones profundamente arraigadas en él. Confuso y desazonado, se dispara un
tiro en el corazón en 1887, pero falla: la bala le atraviesa el pulmón y le deja
como secuela una tuberculosis que le acompañará el resto de su vida.
Uno de los deportados políticos, Romas, estaba tratando de crear bajo la
apariencia de un comercio, un grupo de agitación revolucionaria entre los
campesinos de Krasnovidobo, pero el fracaso es tan grande que, aturdidos, los
campesinos prenden fuego al comercio del desterrado Romas.
Tras este fracaso, Gorki se enrola de marinero en una barcaza de transporte de
las que recorren el Volga. Desciendo el río hasta el mar Caspio y allí se une a
una cooperativa de pescadores calmucos. Así comienza por aquella época, con sólo
20 años, el primero de sus largos viajes por el sur del país, que durará dos
años en los que recorrió Ucrania y Besarabia, hasta llegar al Danubio, y desde
allí, bordeando el Mar Negro, atraviesa Crimea y llega al Cáucaso.
Viaja
y lee incansablemente; viaja y trabaja en los empleos más variopintos; viaja y
entabla las amistades más exóticas. Viaja incluso a pie, constantemente, de una
ciudad a otra. Sus composiciones literarias tienen como protagonistas a esos
desarraigados, vagabundos como él, pescadores, estibadores, gitanos, personajes
de las clases populares a quienes descubre durante su merodeo por la estepa,
siempre en contacto permanente con los círculos revolucionarios. La experiencia
acumulada a lo largo de sus correrías, enriqueció el bagaje temático del
escritor. Sus vivencias y las de las personas con quienes trabajó y convivió
dieron vida a sus relatos.
En una de sus estancias en Kazan trabaja en una panadería que, en realidad, era
un centro de reunión donde los obreros discutían la prensa, se intercambiaban
libros marxistas y organizaban manifestaciones. Sus relaciones llaman la
atención de la policía, que comienza a vigilarle.
Entre los sospechosos con los que contacta está el escritor Korolenko, llegado
de Siberia y deportado en Nijni Novgorod. Gorki había comenzado a redactar sus
primeros escritos y le hace llegar un poema en prosa titulado Canto del viejo
roble que aunque Korolenko repudia severamente, le aconseja sobre el camino a
seguir.
Gorki entiende que aún está lejos de madurar como escritor y vuelve a
vagabundear durante dos años por el Caspio hasta el Danubio.
En Tiflis (Georgia) comienza a publicar artículos en la prensa local, para lo
que adoptó el nombre de Máximo Gorki, donde Gorki significa en ruso amargo,
seudónimo con el que será conocido luego. Sus opiniones, directas, llenas de
vitalidad y sensatez, tuvieron gran éxito y empezó a ser conocido en otros
periódicos locales de Samara y Nijni Novgorod.
En 1892 publica su primer relato Makar Chundra en el periódico local El Cáucaso.
Regresa a Nijni Novgord y se casa con una intelectual rusa con la que tiene dos
hijos, Katiuska que muere pronto y Máximo. Pero convive pocos años con su mujer,
una revolucionaria intransigente con la que no logra entenderse.
El 12 de septiembre de 1894, Korolenko le publica su relato Chelkash en la
revista Ruskoie Bogatsva de Petersburgo, con el que comienza a adquirir gran
notoriedad.
Por aquellas fechas es cuando comienza a cartearse muy frecuentemente con Chejov.
En octubre de aquel año fue detenido por vez primera y en su informe posterior
la policía afirma que su comportamiento había sido insolente, e incluso
desvergonzado. Esta será una de las características del escritor en lo sucesivo,
manifestando siempre una enorme compasión hacia los suyos, mientras se mostraba
extraordinariamente hosco con sus enemigos de clase.
Al regresar a Nijni Novgorod, comienza a trabajar en el bufete de un abogado y,
en sus ratos libres, sigue colaborando en la prensa con relatos novelados,
cobrando a destajo por cada una de las líneas escritas. Eso le permite poder
sobrevivir como profesional de la pluma, pero le obliga a escribir sobre
cualquier clase de asunto, lo que aprovecha para denunciar la explotación, los
accidentes laborales, los abusos de los funcionarios y la corrupción.
En 1896 viaja a Crimea para cambiar de aires porque la herida en el pulmón le ha
dejado como secuela una tuberculosis. Más relajado, allí comienza a escribir
sistemáticamente: Los ladrones, Los sueños, La estepa, El canto del halcón y,
sobre todo, El canto del albatros que obtiene una enorme resonancia y en el que
hay una explícita llamada construir una sociedad nueva.
Al fundarse en 1898 el Partido Obrero Social Demócrata de Rusia fue uno de los
primeros en afiliarse a esta organización marxista y fue varias veces detenido.
Las novelas largas
Gorki alcanzaba nuevos logros. De la narrativa corta pasó a
la de largo alcance, con novelas como Varenka Olesova (1898), Tomás Gordeiev
(1899) y Los tres (1900).
La publicación de Tomás Gordeiev coincidió con Resurrección de León Tolstoi,
despertando ambas obras idéntico interés entre el mundo literario.
También sigue publicando una serie de relatos cortos bajo el título Veintiséis y
una. Los editores de Petersburgo le llaman para recopilar sus relatos en dos
volúmenes, acontecimiento que también constituyó otro gran éxito. En la capital
fue aclamado con delirio por el pueblo. Su persona era cada vez más popular, sus
cuentos agradaban al público y su fama trascendió las fronteras de Rusia,
llevando su nombre por toda Europa. Su figura contribuye a su popularidad: viste
como un campesino, con blusa cerrada, pelliza y botas de media caña.
También sus producciones teatrales Los pequeños burgueses y Los bajos fondos
alcanzaron el éxito. Fueron llevadas a escena en 1902 en el Teatro de las Artes
de Moscú y más tarde recorrieron los mejores escenarios de Europa. Dirigido por
Stanislavski, que fue quien le animó a escribir para el teatro, el Teatro de las
Artes había sido creado en 1898 y era el centro de atracción del arte
progresista de aquella época. Décadas después acabó llamándose Teatro Gorki.
Escrita en 1901, Los pequeños burgueses fue una obra cuya representación se
prohibió en numerosas ocasiones. Describe a un grupo de individuos paralizados
por sus propias torpezas y que aspiran, de todos modos, a una vida mejor. Es una
constelación de seres particularmente vulnerables, donde la única salida es
cambiar, puesto que allí no se evoluciona.
El tema de la pequeña burguesía ya fue abordado por Chejov y era muy
frecuentemente tratado en la literatura rusa prerrevolucionaria. El drama de
Gorki describe una sucesión de impactos anímicos que amenaza a la familia de
Vasili, un dirigente sindical aburguesado que, al igual que su mujer, perdió
toda influencia sobre sus hijos: Tatiana, Pedro y el adoptado Nil. La casa se
hunde, pero no sólo por los conflictos generacionales, como puede inferirse de
la zozobra de Vasili ante la posible pérdida de su situación económica.
Como Chejov, de quien se dice que supervisó esta opera prima de Gorki, sabía
descubrir en la sociedad la vulgaridad satisfecha (lo mediocre y lo mezquino en
igual proporción), acaso la única fuerza capaz de vencer a los héroes. Obra
hecha de sutilezas, pero también de fuertes contradicciones, de diálogos picados
(aún cuando se entablen entre lánguidos personajes) y de un regocijante arsenal
de palabras, propone preguntarse el por qué de la propia vida, asunto que, entre
ironías o amargos reproches, inquieta finalmente al espectador. Vasili es un
individuo enajenado entre su propio autoritarismo y el sentimiento de impotencia
ante la sofocada rebeldía de los hijos. Por su parte, la madre no llega a
comprender qué pasa ni a quién tiene que defender, si a ella misma, a su esposo
o a sus hijos.
Incluso el incisivo Teterev, pensionista y cantor en ceremonias religiosas, es
asaltado por esos letargos de la inteligencia. Teterev es un borracho lúcido al
que le gusta divertirse en silencio y aburrirse en voz alta y no quiere hacer el
papel de servidor de gobernantes imbéciles y cochinos ni sucumbir sin
resistencia a los crápulas.
En Los bajos fondos Gorki hace coincidir en un mismo albergue a nobles
arruinados con vagabundos miserables, sorprendentemente unidos por la
frustración. En particular, retrata a Luká, un humanista pasivo que maneja la
mentira piadosa y la ilusión para restañar por un tiempo las penas, porque
considera que las masas no pueden transformar sus condiciones de vida. A la
resignación de Luká ante la vida, Gorki opone la lucha revolucionaria, que
incita a conocer la verdad cotidiana para transformarla y transformar también al
hombre, liberándolo exterior e interiormente.
De esa novela se tiraron 75.000 ejemplares en un año, una cantidad sin
precedentes para aquella época en Rusia. Fue una ráfaga devastadora que ninguna
medida coercitiva pudo frenar.
Idéntico éxito tuvo su adaptación teatral, muy superior al de Los pequeños
burgueses, de modo que hasta el año siguiente no se pudo representar en
Petersburgo la adaptación de la novela Tomás Gordeiev que, aunque prohibida
también en 31 ocasiones, se pudo representar en provincias, si bien a diferencia
de Los bajos fondos, no tuvo el eco que se esperaba de ella.