La represión en Marruecos, algo de lo que no hablan aquellos que nos traicionaron en el Sahara en 1975
Parece que la izquierda comienza a percatarse de lo que realmente sucede en
Marruecos. En un espléndido artículo, Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique),
denuncia las tropelías del régimen del Sultán. Ramonet, no ha dudado en
calificar a Marruecos de ‘país feudal’.
Se llama Zahra Budkur, tiene veinte años, es estudiante en la Universidad de
Marrakech. Por haber participado en una marcha de protesta fue golpeada por la
policía, encarcelada junto con centenares de compañeros en la siniestra
comisaría de la Plaza Jamaâ El Fna (visitada a diario por miles de turistas) y
salvajemente torturada. Los guardias la
obligaron a permanecer desnuda, mientras tenía sus menstruaciones,
durante días, delante de sus camaradas. Para protestar, Zahra inició una huelga
de hambre, y se halla en estado de coma. Su vida pende de un hilo (1).
¿Ha oído alguien, en Europa, hablar de esta joven estudiante? ¿Nuestros medios
de comunicación han citado acaso la trágica situacion de Zahra? Ni una palabra.
Ninguna tampoco sobre otro estudiante, Abdelkebir El Bahi, arrojado por la
policía desde lo alto de un tercer piso y condenado para el resto de sus días a
la silla de ruedas por fractura de la columna vertebral. Cero información.
También sobre otros dieciocho estudiantes de Marrakech, compañeros de Zahra,
que, para protestar contra sus condiciones de detención en la prisión de
Bulmharez, están asimismo en huelga de hambre desde el 11 de junio. Algunos ya
no se pueden poner en pie, varios vomitan sangre, otros están perdiendo la vista
y unos cuantos, en estado comatoso, han debido ser hospitalizados.
Todo ello ante la indiferencia y el silencio general. Sólo los familiares han
manifestado su solidaridad. Lo cual ha sido considerado como un gesto de
rebelión. Y también ellos han sido odiosamente apaleados.
Todo esto no ocurre en un país lejano, como pueden serlo el Tíbet, Colombia u
Osetia del Sur. Sino a tan sólo catorce kilómetros de Europa. En un Estado que
millones de europeos visitan cada año y cuyo régimen goza, en nuestros medios de
información y entre nuestros propios dirigentes políticos, de una extraña
tolerancia y mansedumbre.
Sin embargo, desde hace un año, por todo Marruecos se multiplican las protestas:
revueltas urbanas contra la carestía de la vida e insurrecciones campesinas
contra los abusos. El motín más sangriento ocurrió el 7 de junio en Sidi Ifni
cuando una apacible manifestación contra el paro en esa ciudad fue reprimida con
tal brutalidad que provocó una verdadera insurrección con barricadas callejeras,
incendios de edificios e intentos de linchamiento de alguna autoridad pública.
En respuesta, las fuerzas de represión actuaron con una desmedida ferocidad.
Además de causar decenas de heridos y de detenidos (entre ellos, Brahim Bara,
del comité local de Attac), Malika Jabbar, de la Organización Marroquí de
Derechos Humanos, ha denunciado “las violaciones de mujeres” (2), y la cadena
árabe de noticias Al Jazeera ha hablado de “uno a cinco muertos”.
Las autoridades lo niegan. Han impuesto una “versión oficial” de los hechos, y
toda información que no coincida con ésta es sancionada. Una Comisión
parlamentaria investiga lo ocurrido, pero sus conclusiones sólo servirán, como
de costumbre, para enterrar el problema.
Las esperanzas nacidas hace nueve años con la subida al trono del joven rey
Mohamed VI se han ido desvaneciendo. Si unas pinceladas de gattopardismo han
modificado el aspecto de la fachada, el edificio, con sus sótanos siniestros y
sus pasadizos secretos, sigue siendo el mismo. Los tímidos avances en materia de
libertades no han transformado la estructura del poder político: Marruecos sigue
siendo el reino de la arbitrariedad, una monarquía absoluta en la que el
soberano es el verdadero jefe del Ejecutivo. Y donde el resultado de las
elecciones lo determina, en última instancia, la corona que nombra además “a
dedo” a los principales ministros, llamados “ministros de soberanía”.
Tampoco ha cambiado, en lo esencial, la estructura de la propiedad. Marruecos
sigue siendo un país feudal en el que unas decenas de familias, casi todas
cercanas al trono, controlan -merced a la herencia, el nepotismo, la corrupción,
la cleptocracia y la represión-, las principales riquezas.
En este momento la economía va bien, con un crecimiento del PIB previsto para
2008 del 6,8% (3), gracias en particular a los millones de emigrantes y a sus
transferencias de divisas que constituyen el principal ingreso, junto con el
turismo y las exportaciones de fosfatos. Pero los pobres son cada vez más
pobres. Las desigualdades nunca han sido tan grandes, el clima de frustración
tan palpable. Y la explosión de nuevas revueltas sociales tan inminente.
Porque existe una formidable vitalidad de la sociedad civil, un asociacionismo
muy activo y atrevido que no teme defender derechos y libertades. Muchas de
estas asociaciones son laicas, otras son islamistas. Un islamismo que se nutre
de la gran frustración social y que, de hecho, es políticamente la primera
fuerza. El movimiento Al Adl Ual Ijsán (no reconocido, pero tolerado), que
dirige el jeque Yassín y que no participa en las elecciones, junto con el
Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD), el más votado en las últimas
legislativas de septiembre 2007, dominan ampliamente el mapa político. Pero no
se les permite gobernar.
Lo cual empuja a grupos minoritarios a elegir la vía de la violencia y del
terrorismo. Que las autoridades combaten con mano férrea. Con el apoyo
interesado de la Unión Europea y de Estados Unidos (4). Esta alianza objetiva es
la que conduce a taparse los ojos ante las violaciones de los derechos humanos
que allí se siguen cometiendo. Es como si las cancillerías occidentales le
dijesen a Rabat: a cambio de vuestra lucha contra el islamismo, se os perdona
todo, incluida vuestra lucha contra la democracia.
Notas:
(1) Le Journal hebdomadaire, Casablanca, 26 de julio de 2008.
(2) Ídem, 12 de julio de 2008.
(3) Le Monde, París, 10 de agosto de 2008.
(4) Washington está construyendo una inmensa base militar en la región de
Tan-Tan, al norte del Sáhara Occidental, para instalar la sede del
Africom, el
Comando África de sus ejércitos, con misión de controlar militarmente el
continente.