Y el Diablo responde en el poema XIII con una fuerte y eficaz metáfora:
Tendré que hablarte, Lázaro,A veces, el interlocutor es otro :
de cuantos hombres bajan día a día
a golpe de azadón.
Dime, Caín, si incorporadoY la compañía, como dice un refrán ruso, se busca en la desgracia:
como un pino,
podré sentir la dulce orografía de las nubes.
El frío nos sumerge en la locura.El Diablo interpela a Lázaro:
¿Quien está ahí, recién caído de la luz,O le informa:
asustando a mis pájaros
con sus mejillas pálidas
y labios aún calientes?
Moisés no conoció la aldea surgida entre las dunas,¿A quien no trae a la memoria esa aldea, la antes referida Aldea de los muertos, de Kipling, construida precisamente sobre arenas movedizas donde sus habitantes, los muertos vivientes, se alimentaban de repugnantes pajarracos?
ni la diestra de Dios
Ángela Reyes trata en este libro con rigor y originalidad, todo género de problemas transcendentes: La muerte que nos succiona como un agujero negro; la angustia del sin retorno; la relación de los muertos con los muertos; la predestinación; la rebelión de Luzbel contra Dios; la soberbia; la tentación de poder; la persecución de la inmortalidad o de su sucedáneo, la resurrección; la duda, en fin.
Terminaré este breve repaso con algunas de las formas más bellas que he hallado:
Voy a quedarme aquí, Luzbel,Por último la resonancia de S. Juan de la Cruz en sus versos:
en donde Dios me azota el alma
...........................
Y me pondré de cara al horizonte,
por donde va la tierra
guardando su equilibrio
Volé tan alto, tan altoÁngela Reyes inicia su poema XVII con esta estrofa:
que le di a la caza alcance
Hasta el cubil de las esponjasDesconozco si existen escuelas de poesía como existen las de cine o las de otras artes. Si las hubiera, el libro de Ángela Reyes Calendario helénico tendría que ser texto obligado.
desciendo con mi hacienda.
En cierta ocasión preguntaron a un famoso poeta después de que recitara un poema propio: Maestro, ¿podría decirnos qué ha querido expresar con sus versos?
Con mucho gusto, replicó aquel: y volvió a leer el poema.
Está claro que Ángela Reyes ha apostado muy fuerte con este libro suyo, y no sólo por lo que el propio libro significa, sino por lo que hace a toda su obra poética. En él, en cada uno de sus poemas, nos está diciendo, si miramos el grabado a que se refiere, la inspiración que lo sustenta. El libro es como un diccionario de expresiones, metáforas, imágenes, como un vademécum del hacer poético. A través de él nos empapamos del talante imaginativo, de la capacidad de fabulación y de la habilidad en el uso del lenguaje que adornan la obra de Ángela Reyes.
Mis palabras se quedan, naturalmente, cortas al no poder transmitir el mensaje plástico que en el libro acompaña a cada poema.
Siempre me ha llamado la atención cómo un determinado poema puede ser capaz de inspirar una composición musical. Pero hay ejemplos eminentes, tal, (¡qué bien maneja Ángela Reyes ese tal en vez de cual !) la Coral de Beethoven inspirada en la Oda a la alegría de Schiller.
Pues bien, en esta línea anda Ángela Reyes: la pintura (el grabado concretamente en este caso), inspirando poesía. Analicemos tan sólo un poema como muestra.
En un estilo más bien naíf aparece quien podría ser una solterona de negro, ojerosa y de gesto fruncido, manos de largos dedos, de pie, con un frutero colmado al alcance de su mano derecha y un templo griego al fondo, a su izquierda. A manera de adorno sobre las dos semicortinas que la enmarcan, dos palabras en griego, escritas con mayúsculas: ΑΓΑΠΗ; ΕΛΠΙΣ.
El poema que Ángela Reyes titula Amor-Esperanza dice así:
Ahí de pie, severa,Compárese mi pobre y prosaica descripción del grabado con la belleza y agudeza expresiva de los versos de Ángela Reyes.
ocultando tus huesos enlutados
y la mella por donde enero engorda
tus insomnios.
No hay luna que te muestre
el nocturno del hombre.
Tus dedos seguirán hablando en tus bolillos
mientras crece el encaje
de Amor y de Esperanza.
Naturalmente, Ángela Reyes no se agota en esa especie de diccionario a que me acabo de referir. Sugiero al lector que haga el ejercicio de hacer la traducción inversa de su libro La niña azul. A ver quien es el valiente de pintarla a partir de este retrato:
Tenía la muchacha la piel tan fallecida
que al besarla
creí rozar el labio de la mar
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