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Jesús de la Peña Hernández


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Encarnación Huerta

Hubo una vez una definición que me fascinó. Acababa de desembarcar en España, ya hace mucho de esto, una compañía extranjera de publicidad. Entre su equipaje se encontraba la definición de Publicidad: "La verdad bien dicha", rezaba su argumentario.

No tardé demasiado en darme cuenta de que la definición había sido solo un sueño: Salvando honrosas excepciones, ni verdad (mentiras a medias), ni bien (lo hortera, lo cutre, lo cursi o lo zafio), ni dicha (en gran medida subliminalmente inducida).

¿A qué viene este preámbulo? Pues a lo siguiente: Acabo de leer la obra de Encarnación Huerta y de llegar a la conclusión, por tanto, de que su poesía es su verdad, su manera de ser, de sentir, de soñar, de tantas y tantas cosas, bien dicha. La poesía es una excelente herramienta para el biendecir y Encarnación Huerta es una de esas poetisas que saben utilizarla al límite.

Cuando D’Alembert justifica el proceso clasificatorio de la Enciclopedia explica por qué la Pintura, la Escultura, la Arquitectura y la Música podrían agruparse bajo el título de Poesía, ya que poesía, en sentido estricto, no es otra cosa que invención o creación. O, como muy acertadamente nos dice Encarnación Huerta en su acróstico Abre un pez diminuto las retinas,

Onírica versión de lo inefable
De nuestra poetisa hay que decir, en primer lugar, que gusta llamarse así. Tal, cuando en su poema Mentira en espiral, dice:
La poetisa nostálgica
Quiso retroceder en espiral
Parece que quiere para su oficio una seña de identidad sustantiva y no meramente accidental como la que proporciona el artículo.

Encarnación Huerta es madrileña no solo por nacimiento sino porque, además, como reza el adagio, se es más de donde se pace que de donde se nace. Escribe poesía desde niña y publica su primer libro en 1980, con el título de Alerta del alma inmortal donde ya apunta una visión escatológica de la existencia que irá desarrollando en sus sucesivos libros de poemas.

La Asociación Prometeo de Poesía, de la que es miembro numerario, la ha distinguido con el "Prometeo de bronce". Aparte de su primer libro ya mencionado, ha publicado los siguientes: Raíz de mi aliento (Ediciones Torremozas, 1983); Mis naipes en otoño (Colección Poesía Nueva, Asociación Prometeo de Poesía, Madrid, 1985); El teclado de Lázaro (Premio "Dama de Elche" 1985. Colección "Julio Nombela", Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Madrid 1986); Amor, vivo en tu lluvia, (Torremozas 1987); Desde que Adán lloró (Orígenes 1988); Des-concierto (Premio Odón Betanzos 1988; Nueva York 1989; 2a edición, Colección Ariadna, Editorial Altorrey, Madrid 1990. Por último, pero no por fin, El atrio de la mariposa (Huerga y Fierro editores, Madrid 1996).

Ha publicado poemas en Cuadernos de Poesía Nueva y en diversas revistas. Está incluida en no menos de 20 antologías y colectivos de poesía.

Encarnación Huerta escribe su obra básicamente en verso blanco, verso libre y, excepcionalmente, como poesía rimada. En este estilo se enmarcan los sonetos finales de su libro Raíz de mi aliento, amén de otros varios en Amor, vivo en tu lluvia y las tres décimas con que termina El atrio de la mariposa que, por cierto, están anunciadas en el penúltimo verso del acróstico ya mencionado.

Cuando antes decía que Encarnación Huerta utiliza la poesía al límite, me refería a cosas como éstas: En sus sonetos, p.e, usa de un encabalgamiento muy atrevido pero suave. Veamos el tratamiento del segundo cuarteto y el primer terceto del poema Ruedo de perfiles de su libro Raíz de mi aliento:

Hay fragua en mis entrañas que transforma.
Recelan de la llama. Gesto huraño.
Es el fuego pan de oro, no hace daño,
y alimenta mi aljibe. Plataforma

de ensueños que se eleva de geométricos
contornos, en el tiempo que destiñe
el damasco de un manto con sollozo.

Busco cauces vitales asimétricos,                etc., etc.

A medida que crece su obra, experimenta con las formas, y así vemos cómo van abundando los versos escalonados en sus poemarios. Me quiero fijar, a este respecto, en el poema Exponente de El atrio de la mariposa que inicia con siete palabras escalonadas. Que sean siete, ya no es pura casualidad: el siete es una cifra mítica, totémica (los siete días de la creación, los siete sabios de Grecia, Las siete columnas de W. Fernández Flórez que no son otra cosa que los siete pecados capitales, las siete maravillas del mundo, el candelabro de los siete brazos, etc.). Encarnación Huerta se adhiere continuamente en su obra, y particularmente en El atrio de la mariposa, a lo mítico, a la cábala del número. Pues bien, esas siete palabras a que me refiero
Fantasía
   deseo
       voluntad
           ruedas
               Amor
                   mueve
                       estrellas.
hacen el efecto de haber subrayado a manera de resumen esas mismas palabras en el final del canto trigésimo tercero de El Paraíso, de la Divina Comedia. Ese canto final lo sitúa Encarnación Huerta como entradilla a la última parte de El atrio de la mariposa que titula La palabra completa el tiempo.

Otra manifestación formal a destacar en materia de efectos visuales es el uso de caligramas triangulares. Sabido es que Apollinaire inventó el caligrama para reforzar el contenido poético con una forma visual. Encarnación Huerta usa del triángulo para enfatizar sus referencias a la trascendencia o a la divinidad (se me vienen a la memoria los chistes con triángulo, de Máximo en el diario El País).

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