CAPITAL DE

LA ESENCIA Y POTENCIA

 

 

 

 

 

Como el himno de Madrid suena poco, bien vendrá que aquí por lo menos pasemos los ojos por la letra de su tercera estrofa, aquella en que Madrid-Capital nos habla.

Que dice: «Y en medio del medio, / ca­pital de la esencia y potencia, / garajes, museos, / estadios, semáforos, bancos, / y ¡vivan los muertos! / Madrid, Metropol, ideal / del Dios del Progreso». Lo cual indica bastante bien lo que Madrid ha llegado a ser: ejemplo casi puro de centro de un Estado del desarrollo; por eso, capital de la esencia, o sea (no vaya algún malicioso a entender que es de la gasolina) del puro ser, en que cualesquiera veleidades de características distintivas quedan anuladas, y de la potencia, lo mismo si se trata del poder en su forma mas avanzada, la de la tecnodemocracia contemporánea, que si alude al ser en potencia, donde Aristóteles adivinaba lo que al fin puede ser el ser, y que también la florista de un cuplé de hace un siglo lo glosaba proféticamente con pretexto de sus clavelitos «que tiene la esencia, presencia y potencia que ya sabe usté»; lo cual se especifica con algunos rasgos definitorios de dicho ser, a saber, las plazas de garaje (y el socavamiento delirante de sus entrañas para dar cobijo a los invasores) y los semáforos que procuran la arritmia necesaria para su marcha: en suma, la sumisión al Automóvil, como que son ellos los verdaderos habitantes de Madrid (¿no hubo un alcalde que quiso tímidamente oponerse a la invasión, y los autos se lo cargaron enseguida?), pero, eso sí, habitantes con derecho a gozar de la cultura, indiferentemente en estadios o en museos; y, por supuesto, sin dejar de rendir tributo a las iglesias de la religión última y verdadera, de la banca; de manera que, en total, bien puede el himno cantar «¡vivan los muertos!», aludiendo a la vida que rebulle en Madrid (también llamada Metropol, en cuanto que, por ironías de la historia y de la lengua, en su nombre ha venido a sonar el de la madre), que es la vi­da de los muertos, en cuanto siendo Ma­drid realización del ideal de Dios progresado hasta sus ultimidades.

Y así lógicamente prosigue «Lo que pasa por ahí, todo pasa / en mí, y por eso / funcionarios en mí y proletarios / y números, almas y masas / caen por su pe­so; / y yo soy todos y nadie, / político ensueño», explicando el modo de formación, por las leyes de gravedad que rigen la historia, de la población del conglomerado urbano.

Y así termina con aquella glorifica­ción, «Y ese es mi anhelo: / que por algo se dice ¡De Madrid al Cielo!», donde se descubre el sentido ultimo que tenia aquella locución popular, surgida cuando en Madrid se respiraba el aire de la sierra.

Eso es lo que Madrid dice en su him­no. Si alguno luego cree que, por debajo de lo que Madrid sea, sigue sin embargo habiendo alguna otra cosa, no olvide que las diferencias las reparte el Señor para garantizar la identidad.

O si alguno se rebela y no consiente que Madrid sea lo que es, que empiece, por lo pronto, por saber lo que es.

 

 

 

Como muestra de que a veces también el Poder puede, por descuido, dejar  que SE haga algo, he ahí el HIMNO DE MADRID, que hice por encargo y se publicó en el B.O.E. del 8 de febrero de 1984, y que seguramente no habíais oído nunca:

      

 


I

 

Yo estaba en el medio:

giraban las otras en corro,

y yo era el centro.

Ya el corro se rompe,

ya se hacen estado los pueblos,

y aquí de vacío girando

sola me quedo.

 

Cada cual quiere ser cada una:

no voy a ser menos:

¡Madrid, uno, libre, redondo,

autónomo, entero!

Mire el sujeto

las vueltas que da el mundo

para estarse quieto.

 

 

 

II

 

Yo tengo mi cuerpo:

un triángulo roto en el mapa

por ley o decreto,

entre Ávila y Guadalajara,

Segovia y Toledo:

provincia de toda provincia,

flor del desierto.

 

Somosierra me guarda del Norte y

Guadarrama con Gredos;

Jarama y Henares al Tajo

se llevan el resto.

 

 

 

Y a costa de esto,

yo soy el Ente Autónomo último,

el puro y sincero.

 

¡Viva mi dueño,

que sólo por ser algo

soy madrileño!

 

 

 

 

 

III

 

Y en medio del medio,

capital de la esencia y potencia,

garajes, museos,

estadios, semáforos, bancos

y vivan los muertos:

¡Madrid, Metropol, ideal

del Dios del Progreso!

 

Lo que pasa por ahí, todo pasa

en mí, y por eso

funcionarios en mí y proletarios

y números, almas y masas

caen por su peso;

y yo soy todos y nadie,

político ensueño.

 

Y ése es mi anhelo,

que por algo se dice

"De Madrid al cielo".