CIUDAD.

POSIBILIDADES DEL INGENIO CONTRA EL DINERO[1]

ô pólis pólis

 

(Diceópolis o Buembecino en los Carboneros

o Acarnienses de Aristófanes v. 27)

 

 

Daría algo por poder ayudar aquí a plantear de veras el problema. Pues ello es que me parece inútil (y una cierta mansa hipocresía) el tratar de la movilidad de la gente en las ciudades, mientras se olvida que el que tiene que moverse (porque, si no, se pierde) es el Capital. Y lo uno no casa ni se compadece con lo otro, por más ilusiones que se hagan les bienintencionados que quieren arreglar el estropicio ingente de las ciudades, reducidas ya, salvo unas pocas muestras de recuerdo, a meros conglomerados de bloques de nichos separados por anchas vías de circulación (o atasco - da lo mismo) para los automóviles o verda­deros habitantes} esto es, algo tan ajeno a lo que se entendía por ‘ciudad’, que a los que todavía llaman a eso con ese nombre se les debían por lo menos subir les colores a la cara al pronunciarlo.

Eso es lo que la necesidad de movimiento del Capital ha producido, al mismo tiempo que, congruentemente, reducía los campos a desiertos  cruzados por autovías.

Y es qua el Capital tampoco es sumamente inteligente, sino sólo medianamente listo, y no ha encontrado - se ve - otra manera de seguir moviéndose y manteniéndose. Se alimenta de la muerte - eso ya se sabe.

Y sin embargo, contra eso, a pesar de todo, apelo aquí al ingenio: al ingenio de la gente y también, en la medida que sean gente to­davía, al de los ingenieros. Para lo cual tengo que intentar presentar aquí muy claro el principal criterio que distingue la operación del ingenio de la operación del Capital.

Ese criterio es el que podemos llamar ‘ispiración desde abajo’ oponiéndolo a ‘planificación’ (desde arriba - no hace falta ya añadirlo).

II a

 Tal vez sea mejor empezar por lo segundo, lo más trivial y realmente padecido, y recordar qua el Capital no puede operar por otra vía que por la del proyecto y planificación.

Esto cualquier ejecutivo en ciernes lo tiene bien sabido: sin un plan, y mejor cuanta más estensión abarque (y es geométrico que, cuanta más estensión quiera abarcar, más arriba tiene que subirse para verla), sin eso, ni hay Empresa ni Mercado ni Estado ni Costitución ni Niño Muerto.

Es evidente asimismo que los planes (y los planos) no pueden hacerse más que arrasando: así tienen que ser de simples y viables.

Imagínese lo que sería si el Plan tuviese que tener cuenta de esos tres puntitos de unos olmos que se divisan apenas allá al pie de la vía, o de ese cínife de mujercita que parece que está tendiendo un pañolito blanco diminuta en algunos ramajos que haya junto a esos daditos de caserío: ¿adónde iríamos a parar?: tendría que acabar acordándose (¡válganos Dios!) de los musgos y jaramagos que crezcan en el tejado de esa motita de merendero derruido.

 

No, señor: todo tiene que estar limpio, limpio: tan limpio que no con­sista más que en tantos metros cuadrados, tanto de densidad de población por quilómetro cuadrado, tanto de crecimiento del índice de demanda pre­visible para los próximos cinco años; no mucho más allá de lo que pueda comprender un chimpancé manejando un ordenador. Sólo sobre eso puede el Capital echar sus cálculos y realizar sus previsiones.

 

II b

 

Sí, porque es que (recordémoslo) la única arma del Capital es la Idea del futuro, es el Futuro. Y por eso, en nuestros días, el movimiento y movilidad esencial de los conglomerados urbanos consiste (¿a qué vamos a engañamos?) en las obras - ya saben: las obras que cada año se estienden a más y más áreas de betún o de adoquines, a más pro­fundidad en los socavones y más aceleración en el sucederse unas a otras; ésas que enarbolan por doquiera este cartel ESTAMOS TRABAJANDO POR SU FUTURO. PERDONEN LAS MOLESTIAS.

Ése está a punto de convertirse en el panel de identidad (y es­quela de defunción) del Estado del Bienestar.

Y no podemos decentemente hacernos ilusiones con eso de que, últi­mamente, las obras sean en una cierta proporción (dentro de lo que al Plan, ganando un poco, a la fuerza, en inteligencia, haya llegado a asimilar) de restauración o rehabilitación de algunos trozos de las an­tiguas casas y ciudades, pese a que ello implicaba una cierta confesión de la incapacidad para hacer casas y ciudades nuevas.

Pues, mientras eso se refiera, como tiene que referirse, a la con­sabida minoría (del territorio y de los presupuestos), no puede sino servir a sostener y disimular e1 arrasamiento mayoritario.

Pero es el derrocamiento de la Mayoría lo único que a la gente po­dría valerle de verdad la pena. ¿No es acaso el ideal democrático, de que la Mayoría sean todos, el ideal sustentador del Régimen que padecemos?     

 

III

 

Pues bien, frente a la planificación, apelábamos a la ‘ispiración desde abajo’. ¿Qué quiere decir eso?

Pues, hombre, eso es a lo que le gente ha aludido desde siempre cuando hablaba de ‘ingenio’: ingenio era el arte de no sólo vencer las dificultades (del terreno, de la masa, de las condiciones previas, de los tiempos difíciles), sino aprovecharlos como estimulo para la invención y fabricación de trazas y artilugios nuevos:

 

un valle entre cerros desiguales que obliga, para no cavar, a trazar un puente de arcos remontantes; una peña saliente en medio de la ciudad que hace crear, obedeciendo y dominando, ese gracioso recodo de la calle, ese retranqueo de la fachada del palacio, hasta esa ocurrencia de desbastarla un poco para pedestal de una estatua de pastor con un carnero a sus plantas dormitando; ese sol de justicia que desarrolla una red de callejuelas con los aleros de las casas avanzando para sombrajo y los patios sombríos con el borboteo de la fuente en medio; ese frío inclemente que lleva a inventar o reinventar el sistema gloria de calefacción o a buscar maneras de almacenar el calor del estío para los días malos; esa dureza de la nieve caída días atrás que invita a hacer un muñeco de frente abultada y barbilla cuadrada como el Señor Alcalde; ese retorcimiento de las cuatro ramas del arbolito seco que inventa un bieldo más útil y curioso para re­mover el bálago de la cebada; esas vetas arenosas del subsuelo de la urbe que hacen imaginar, para el ferrocarril metropoli­tano, un nuevo sistema de firme y bóveda; esas ruinas del Teatro Marcelo enseñando, con sus molduras y sus grietas, a trazar sobre sus muros una colmena de casitas de vecinos; esas complicaciones de las reglas acentuales de una lengua nativa promoviendo, al querer usarse para poesía, el invento de una nueva versificación y canto ...

 

en fin, ¿para qué recordarles a los lectores más y más de los casos de ingenio que tienen en su memoria, y para qué más hurgarles en los co­razones? 

Eso es lo que era ingenio; con lo que esta desvalida grey de monos parlantes logró sobrevivir mal que bien hasta las puertas de la Historia, y lo que todavía, a lo largo de este siglo de siglos de historia desgraciada, ha seguido permitiendo que la gente, aun bajo el imperio del Plan y del Futuro, recuerde de vez en cuando y hasta palpe, por descuido, lo que era vivir, lo que era vagar por los campos de pue­blo en pueblo , lo que era andar por las calles de la ciudad y jun­tarse a cantar a la sombra de las catedrales e de las tabernas.

Eso era la ispiración desde abajo; eso es lo que era ingenio, y eso es lo que sigue siendo ingenio, si es que es algo.

 

IV

 

Confío en que ya con esto se vaya entendiendo ahora algo me­jor hasta qué punto es el ingenio incompatible con las operaciones de plan y arrasamiento del Capital.

 

Por otra parte, bien lo ha sentido y sufrido en sus car­nes cualquier arquitecto, cualquier ingeniero medianamen­te lúcido y sensible que ha tenido que ponerse al servicio, porque a ver, si no: el dinero es la realidad, muchacho)

y que luego, sin embargo, ha querido hacer algo de veras, algo no previsto ni planeado desde arriba: a testimonio llamo, primero, los disgustos (no sólo con el Régimen, sino también consigo mismo), y luego, las fatigosas componendas.

 

Y, si bien no rehuyo, como se ve, ponerme sentimental (porque, en contra de lo que pretenden hacer creer, el sentimiento y la inte­ligencia están siempre del mismo lado), querría, en cambio, rechazar de aquí toda referencia a la cuestión estética: porque está uno harto, en estas contiendas (lo mismo si se trata del ferrocarril que si se trate de la Madre Naturaleza), de ver cómo los Ejecutivos se sirven de la estética (lo bonito, lo romántico) para inutilizar las reclamaciones de la gente.

Les han enseñado desde pequeñitos la Ley que rige el mundo, a saber, la de que lo malo es bueno; así que, por tanto, en una prime­ra fase, no dudan en sacrificar, "con dolor de su corazón", tierras de hermosura, ciudades bien hechas, gentes con sus costumbres, en aras del interés superior de la Empresa, o del Estado, o de la Humanidad - da igual; pero luego, en una segunda fase, cuando con el desarrollo del desarrollo hasta el Capital ha perdido el Norte, apli­can la Ley en sentido inverso, y, faltos ya de otro criterio, de la fealdad, horror, insipidez vomitiva y pedantería apestosa de cualquier cosa da ésas que costruyen o planean, deducen que es que debe de ser en algún sentido buena, práctica, realista, necesaria, carga­da de futuro.

En éstas pués, se hace preciso cortar tajantemente y decir de una vez "Basta ya, tío": lo hermoso es hermoso porque es bueno, por­que es útil de veras, porque responde a deseos nacidos de abajo, no administrados desde arriba, porque en ello se siente latir la obra del ingenio convirtiendo la resistencia de la masa y el sufrimiento de la Historia en ispiración y hallazgo de lo nunca hecho.

 

O ¿qué se creía usted?: ¿por qué la curva de huida de los andenes de la estación de Francia es una hermosura, y nada parecido podrá decirse nunca de la estación de Sants?, ¿por qué las calles y plazas y callejas de por lo menos Segovia manteniéndose medio viva son de por sí una fuente de goce desconocido, y aún (porque aún hay que marcar fases en el progreso del Plan y de la muerte) podía la gente rebullir a ratos en las calles del plano del Pireo trazado por Hipodamo bajo Periclés o en la cuadrícula romana de las de Cádiz o en el Ensanche de Barcelona, pero nada pueden ofrecer las urbanizaciones de nuestras afueras abandonadas a la especulación y al futuro del Dinero más que la tristeza de una tarde de Do­mingo eterna? ¿por qué una estación de ferrocarril de pueblo es un sitio de alegría, adonde van a ratos a vivir también los que no viajan, mientras que un aeropuerto o una estación de autobuses son, por alguna necesidad, la mansión de la desolación y el tedio?, ¿por qué un tráfago de tranvías es un jolgo­rio de ojos y de oídos, mientras que ese flujo de autobuses embutidos entre autitos es un cansancio y aburrimiento mortal de les corazones? ¿Se creía usted que esas cosas son hermosas por­que son de ayer? ¡Venga, hombre! ¿Por qué, por lo menos, no lo enuncia del revés? 

 

Sépase pues que nunca el bienintencionado salvador de las ciuda­des y la vida de las calles podrá fundarse en motivos estéticos, ni históricos tampoco: el único motivo es la reclamación de la utilidad, de lo palpable y no ideal ni futuro, del uso inmediato para la gente que siga viva, de la utilidad verdadera que por lo bajo están pidiendo su razón y sus corazones. Lo de hermoso, se da por añadidura; no sea que, por adecentar un poco el estropicio de la ciudad, vengamos a contribuír al estropicio con más obras y cartelitos de futuro.

Y si, llegados aquí, alguno de los que se esfuerzan por guardar un poco la ciudad y la vida de sus calles del atasco y el arrasamiento que el movimiento del Capital requiere se queda haciendo eso de darme la razón en lo que digo (como si la razón pudiera ser de alguien), pe­ro meneando tristemente la cabeza y recordándome que, de todos modos, el hecho es que el Dinero está ahí (esencialmente, en lo alto), con su Red Informática Universal y su Creación de Puestos de Trabajo, y con é1 están los Estados Desarrollados, cuya política no puede ser otra que la del (Gran) Dinero, y que, en fin, ésa es la realidad y con ella tenemos que contar y hacer lo que se pueda y procurar que, dentro de la realidad, las cosas sean lo menos malas, etcétera, ¿qué diablos quie­ren, de una vez, decir esas monsergas? Toda su fundamento es una creencia falsa: a saber, que este orden es el Orden, y que no hay otras ma­neras de sociedades o comunidades ni ciudades ni personas que éstas que se nos venden.

Pero es mentira: las posibilidades de otros y otros órdenes son sin fin; lo que pasa es que no están dadas: hay que inventarlas y que hacerlas.

Porque solo el que mira desde lo alto sabe el Futuro: la gente por acá abajo, no lo sabe: lo va haciendo; y lo va haciendo gracias a que no lo sabe.

 

Así lo ha venido haciendo desde tiempos inmemoriales, has­ta que llegó el día que el Señor (e.e. el Dinero en Persona) tenía que dirigir y ordenar aquellos inventos y produccio­nes desmandadas, y de ahí vino la planificación, los trabajos para el Futuro, el suelo seducido a metros cuadrados de es­peculación (idealista y financiera, que van juntas), los conglomerados de bloques de nichos de televidentes, las autovías trazando por los campos su recta hacia el Futuro y da vez en cuando esos ochos y revueltas que tanto les gustan a los in­genieros de caminos (a los vendidos - digo -, naturalmente) que consiguen que para ir hacia el Este haya que tirarse tras quilómetros marchando hacía el Oeste (pero allá en lo alto el ojo del Señor sabe adonde van al fin todos los caminos) y los cerebros informáticos municipales planeando con su red de semaforitos el caos y la arritmia mortal del tráfico de autos, el único caos y anarquía que en realidad se ha conocido nunca.

 

VI

                                                                                                                                                                                                       

Contra ese Orden que se vende como único, a la invención de órdenes y pueblos y ciudades nuevas, es para lo que evoco y llamo al ingenio inagotable que mana del sentido común y de la tierra, y que sin duda ha tenido ya que vérselas otras veces (un siglo de siglos es tan poca cosa después de todo) con otros regímenes de la estupidez y el miedo peores aún que el Régimen que nos ha tocado padecer.

Y, si algunos, de entre los ingenieros y de la gente del común, encuentran que bajo este Régimen, con el Dinero y el Futuro encima, no puede hacerse nada bueno, pues entonces...  Ahí los dejo, a la gante y a los Ingenieros, a que saquen la consecuencia.



[1] [Publicado en la revista “Obra Pública”, 1996]