“Lo que hacen los mitos en
el teatro” (Festival de Mérida, 1986)
A propósito
del papel de los mitos en el teatro voy a debatir, sobre todo, el tratamiento
del tiempo en el teatro frente a su tratamiento en la literatura.
Para entrar en
el tema, me ha parecido mucho más útil que acudir a erudiciones sobre mitos y
mitología, empezar contando qué es lo que los mitos han hecho en el teatro que
yo mismo he venido haciendo durante estos años. Os voy a dar una referencia
sumaria de estas obras, y al mismo tiempo, de qué especie de mito es el que
juega en cada una de ellas y cuál es el tratamiento del tiempo que se ha
elegido.
El experimento
más antiguo de lo que he publicado es una obra, que califiqué de danza
titánica, titulada Rotura. Aquí lo que juega es el mito por excelencia,
el mito primigenio, el del comienzo del hombre y la mujer; es una especie de ballet:
entra un gigantón, danza, blasfema contra el cielo, el cielo se cansa, le
manda el rayo, le parte en dos -el gigantón
era el titán Prometeo,
que queda partido en dos por el rayo-, sale rodando desde lo alto el primer
hombre, Epimeteo, y se queda con la otra parte del gigante la primera mujer,
que es muda en todo el resto de la obra; sigue una danza de amor, de repulsa,
y se termina con una resignación de la pareja con la pequeña niña Esperanza en
los brazos.
Como he dicho,
es el mito por excelencia. Unas veces aparece en forma de Paraíso Terrenal con
el episodio de la expulsión; otras, aparece de otras formas. Aquí el tiempo de
lo representado es el tiempo mítico por excelencia, antehistórico,
extrahistórico, incontable. El tiempo de la representación es muy breve, dura
aproximadamente media hora, siendo el otro tiempo, el de lo representado,
incontable, extrahistórico. Ya se ve, pues, que la relación entre los dos
tiempos no es precisa, queda abandonada a toda la vaguedad que podéis
imaginar.
El segundo
experimento que recuerdo de los publicados es una noche entera de teatro, de
comedia musical; se llama lliupersis, recogiendo el título de un poema
épico perdido que contaba la noche de la caída de Troya, de su destrucción y de
la huida de Eneas. Este es el mito, ya casi inmediatamente histórico, tal y
como lo trata Virgilio en el libro segundo de la Eneida. Es el comienzo casi de
la Historia; porque, entre los antiguos, tradicionalmente la Historia empezaba
con la guerra de Troya y su caída. Estamos, por tanto, en ese otro ámbito al
que la palabra mito puede hacer alusión. Aquí lo importante es la figura de
Eneas, absolutamente ambigua, con dos mujeres alrededor, la legítima y una
esclava; con todo un coro de muchachas de Troya que gritan y cantan entre las
llamas. Es una obra de gran espectáculo, dominada por las llamas del incendio
durante su primera parte y, después, según avanza la noche, por la salida de
la luna y la llegada de las primeras luces del amanecer. El tiempo de la representación
dura unas siete horas y media. El mismo tiempo de lo representado aproximadamente.
Se trató de hacer un juego de coincidencia, es una noche en los dos sentidos.
Siete horas y
media parece ser la duración que han tenido, en tiempos en que el teatro estaba
vivo, obras como por ejemplo, La Orestiada, según debía de ser
representada en su tiempo. Y ese curioso caso de teatro literario, y sin
embargo tan representable, tan dramático, que es La Celestina, representada,
tiene aproximadamente esa duración.
El tercer
ejemplo es una obra que se llama Feniz o la manceba de su padre. En una
especie de prólogo aparece Hornero de niño, vestido de Cupido, que se dedica a
contar el argumento. Lo cuenta todo para que cualquier elemento novelesco de
suspense quede suprimido de raíz. Según él mismo cuenta, de viejo, en el libro
X de La Ilíada, Feniz, de muchacho, se ve envuelto en la pasión de su padre Amicitón
por una esclava y los celos arrasadores de su madre, que le pide que se acueste
con la manceba, para romper la relación; al fin lo hace; el padre, loco de
furia, lo maldice; y para no matar al padre, Feniz escapa de la casa, ocupada
por parientes que han acudido al escándalo, ensombrecida por las muertes de la
madre y de la esclava, y huye por la Hélade.
Es por tanto
ese momento del mito en el que, desde La Ilíada, se nos manda hacia atrás,
hacia el tiempo en que «los hombres eran más grandes». Es un mito a partir del
momento en que a nosotros nos parece ya mito. Aquí el argumento se desarrolla
con
una especial
manera de juego con el tiempo: la obra es larga, dura aproximadamente cinco
horas, pero, sobre todo, se ha intentado un tratamiento circular del
tiempo. El tiempo representado aquí es un cierto número de días, lo que dura un
arrebato de pasión o de locura; lo mismo pueden ser quince que veinte días, no
se sabe muy bien. Pero el tiempo de la representación es circular en cuanto que
la escena central, la escena de amor entre la manceba y Feniz, se presenta
cinco veces a lo largo de la obra, interrumpiendo otras formas de la
presentación, de diferentes maneras; esto se hace con un escenario giratorio.
La obra es rica, complicada y cara. Por lo demás, el resto de las escenas de
la obra, de lo que pasa con los parientes de Feniz, con el padre, con la madre,
no están ordenadas narrativamente, sino colocadas en otro cierto orden que me
parecía más dramático y que contradice claramente el orden de la narración.
La cuarta obra
que aprovecha de alguna manera el mito antiguo se llama Ismena, es una
obra de dimensiones más modestas. El mito aquí es de los que más vivos han
permanecido siempre, porque aborda la vinculación entre las relaciones familiares
y las públicas: el mito de Edipo. En mi texto no se presentan los personajes
antiguos; han desaparecido: los personajes de esta obra son contemporáneos,
no muy modernos pero tampoco especialmente arcaicos; viven en un sitio donde
todavía el progreso no ha llegado a completar su obra, donde todavía se vive
un poco. Son personajes de ahora, como nosotros. Todos han perdido sus nombres
excepto la segunda hija de Edipo, Ismena. No se recuenta el mito de Edipo ni
la cuestión de Antígona, sino que se prolonga de alguna manera. Está la
obsesión de un viejo de cientos de años porque su muerte sea una manera de
hacer bien al pueblo, que se mezcla con la trama política, centrada sobre todo
en Celia y su amante, que viene a acabar, hacia el segundo tercio de la obra,
con el suicidio de Celia, la nueva Antígona, después de la muerte de Berto, su
amante; aparecen el Capital y el Estado, más o menos representados o
caricaturizados bajo la figura de Creoncio, el heredero del viejo Creonte, con
el que las hermanas se enfrentan y, en la última escena, vemos opuestos a él e
Ismena que son los únicos que quedan vivos.
En cuánto al
juego con el tiempo, es también otro ensayo diferente. El tiempo de lo
representado es un año no acabado de cerrar, la obra comienza en un estío
tardío y termina en junio; su representación dura unas tres horas.
Estas son mis
fabricaciones utilizando mitos antiguos; porque la última que he hecho
titulada Rey de una hora, no aprovecha un mito antiguo, sino un mito
propio de los pueblos primitivos, como se decía antaño, de los que cuenta
Frazer en La rama de oro. Es el mito, más bien la ceremonia, de aquél al
que hacen rey y le permiten disfrutar de todo el poder y las glorias y placeres
durante un año, para acabar sacrificándolo al final de ese período. En mi obra
ocurre esto, pero el Rey lo es de una hora nada más. El juego vuelve a ser de
coincidencia en los tiempos. La obra dura hora y media como es tradicional que
duren las obras de teatro normales, y ése es el tiempo de lo representado, es
el reinado de una hora precedido de una introducción dramática hasta el momento
del nombramiento del rey y algunas consecuencias posteriores.
Quería
exponeros esto para que, de alguna manera, digamos, práctica, os preguntéis vosotros
mismos: ¿qué tiene que ver la cuestión del mito y su relación con el teatro con
esto del tratamiento del tiempo, y este juego del tiempo representado y el
tiempo de la representación?
Mito es una palabra que para nosotros tiene dos
significados en los que quiero centrarme. Por un lado, mito hace
alusión a lo legendario, extrahistórico, antehistórico, algo que no es verdad
en el sentido de esa cosa que a lo largo de los siglos se ha venido definiendo
como una verdad histórica. Si es verdad, desde luego, tiene otra forma de verdad,
no es esa verdad caracterizada por coincidir con la Realidad. Esta es una de
las partes principales .del significado, del semantema, de la palabra mito.
Ya conocéis las degeneraciones de esta parte del significado en la
actualidad, eso de que se hable de mito cuando se habla de los actores
cinematográficos o de las hazañas deportivas, de esas tonterías: son
degeneraciones de la noción, pero no por eso son menos fieles a esta pretensión
de que se trate de algo que nos saca fuera de la verdad histórica.
El mito, por
otro lado, remitiéndonos a la palabra griega de donde, procede, quiere decir
simplemente cuento. Un cuento que, por tanto, en lo que más nos interesa aquí,
va a querer decir con la palabra latina que traduce la griega, Fábula, no
sólo una fabulilla de animales, sino el propio argumento de las obras de
teatro, y, especialmente, de las tragedias, cuando tienen argumento.
La palabra, mithos según el
ático, muthos en otros dialectos, es una de esas palabras
cuya raíz, en último
término, es onomatopéyica o semionomatopéyica, es decir, que en una
prehistoria, no en griego, sino antes del griego, la raíz de muthos
venía a significar «decir mu», como lo contrario de «no decir ni mu».
Evidentemente
de aquí hay que partir. Se dice que el verbo mytheomai significa no sólo
contar sino decir, y con el decir se hace algo. La pregunta es ¿qué cosas se
hacen? y ¿cuáles de esas cosas, de esas maneras de decir, son las que
reconocemos como propias del teatro?
La acción del decir es múltiple: dar órdenes,
pronunciar ruegos más o menos tiernos, lanzar preguntas más o menos retóricas,
llamar a alguien para que aparezca o para que atienda, pronunciar votos para
que llueva y, también, contar cosas. De manera que esto último es una de las
funciones entre las muchas que tiene el decir. Pero para penetrar en esta
oposición que quiero establecer entre el teatro y la literatura, debemos
fijarnos en que hay algunas de esas funciones del decir que son esencialmente
propias de la narrativa y otras que lo son del teatro. Intentaré con un par de
anotaciones dejar esto lo suficientemente claro. El narrador, el novelista, el
que cuenta, tiene que hacer un poco como el historiador, un poco como el
científico, es decir, que él no puede nunca emplear esas acciones
lingüísticas que consisten en ordenar, preguntar, llamar a nadie, etc.: tiene
que limitarse a los indicativos puros y simples. En la épica, todavía en la
moderna, podemos encontrarnos a veces, con que el que cuenta dice cosas
exclamando, aunque es raro, y, desde luego, en La Ilíada esto no se hace; a lo
más que se llega es a hacer algún ruego o pregunta a Las Musas en algún pasaje
muy ocasional. Excepto estas rupturas, lo que aparece son puros indicativos y
presentaciones pretendidamente objetivas, como las de la Historia y las de la
Ciencia. Es en cambio, en el teatro, y también entre los personajes de la
narración de la novela, donde se da lo contrario, se da una situación en la que
las varias funciones del decir están en proporciones semejantes a las de la
vida corriente; en el teatro no hay prácticamente ningún narrador, sino que
son los personajes los que nos van contando.
¿Cuándo puede aparecer en el teatro (y ha
aparecido mucho en el teatro literario, es decir, en la degeneración del
teatro) algo semejante al narrador de la épica y la novela?; en las
acotaciones; en cuyo lenguaje me voy a fijar un momento, porque es interesante
a este propósito. Los antiguos no hacían acotaciones. En una edición antigua se puede ver que las acotaciones aparecen
con la traducción; Shakespeare se contenta con hacer algunas advertencias
imprescindibles (y ya nos hallábamos en una época en la que el teatro literario,
a pesar del genio mismo del escritor, estaba muy avanzado). Creo que lo más primitivo
es que las acotaciones tengan la forma de instrucciones, que no están en
indicativos sino en imperativos o subjuntivos; lo más primitivo es decir
«Éntrense», «Tomen el vaso», «Beba el veneno», y, en último caso, si es preciso
hacer la acotación, «Muera». Esto, por ejemplo en Cervantes, no es lo
corriente; él emplea casi siempre el presente de indicativo: «Entran Fulano y
Zutano y Tal», aunque, una vez, en El retablo de las maravillas, dice:
«Entra el Gobernador... y Benito, sobrino del Alcalde, que ha de ser el gentilhombre
que baila...». Si bien está el Presente de Indicativo, ha añadido «...que ha de
ser el gentilhombre...», y esto revela que se está tratando de hacer una
indicación a la compañía teatral para que actúe. Es el subjuntivo, esas formas
de indicación no al director de escena que no lo había, sino al «autor» y a la
compañía, lo que considero la forma originaria de la acotación.
Lo habitual es el empleo del Presente de
Indicativo, pero ese Presente de Indicativo: «Entran», «Salen», «Lo toma»,
«Bebe»... no es ningún presente narrativo como el que puede aparecer en una
novela, está muy cerca de aquel subjuntivo, donde se está tratando todavía de
dar instrucciones. El hecho de que aparezcan de vez en cuando cosas como «Ha de
hacerse de esta manera o de la otra», como en el ejemplo de Cervantes, confirma
lo que he dicho.
Así es como las acotaciones se han seguido
escribiendo normalmente en presentes de indicativo. Hay un caso excepcional
que es el de Valle Inclán, que, precisamente por ser un genio dramático
excepcional, que hacía su teatro ahogado por la literatura de una manera muy
evidente, llegó a tomar conciencia de la cuestión del lenguaje de las
acotaciones; y entonces, precisamente por las barbaridades que en varias de sus
obras hizo con ese lenguaje, se nos revela esa conciencia que es muy útil a
nuestro propósito. Encontraréis en muchas obras de Valle Inclán que la acotación
se pone a hacer narración, comienza con imperfecto: «se ocultaba detrás de una
esquina el fantoche...», y, después del imperfecto, aparecen los indefinidos
de vez en cuando: «Apareció ahora...«; esto llega a hacerlo hasta en verso. En
sentido inverso, se puede hablar de una obrilla que se llama Teatrillo de
enredo, que está impresa como si no fuera teatro sino como si fuera una
novelita. El diálogo está escrito como se escribe en las novelas, con sus
guiones, y las acotaciones ocupan el poco lugar del texto narrativo que tiene;
es como si fuera lo inverso y en definitiva lo mismo que se puede encontrar en
La rosa de papel, La cabeza del Bautista y La marquesa Rosalinda, donde
las acotaciones se han desarrollado literariamente. Esto es un golpe de
conciencia sobre la cuestión del tiempo y sobre la cuestión de la oposición
irreductible entre teatro y narrativa, precisamente porque Valle Inclán,
excepcional dramaturgo, se dedica con ello a tomar conciencia y extremar la
mezcla.
Estas son unas
cuantas sugerencias respecto a la contraposición entre lo que el lenguaje
puede hacer en la narrativa y, en definitiva, en la literatura y las cosas que
por el contrario puede estar haciendo el lenguaje en el teatro: el lenguaje,
en este caso, de los personajes, no de un narrador. Esto no quita que pueda
haber introducción de lo uno en lo otro; por el contrario, se pueden
entrecruzar; efectivamente, la épica y la novela, por un lado, contienen drama
normalmente; la Ilíada es, en su mayor parte, drama; aparecen diálogos,
insultos, desafíos entre los personajes; habla menos el poeta, el narrador,
que los personajes en su conjunto. Por irme al otro extremo desde Hornero,
comienzos de nuestra literatura, a estos años de florecimiento extremo de la
novela como único género literario, victorioso, invasor, también del teatro,
quiero referirme a uno de los novelistas más finos que conozco (se trata de
Elizabeth Bowen) por una observación que ella hace respecto a la función de la
novela. Dice: «La trama o el argumento debe hacer adelantar a la novela hacia
su objeto: ¿Qué objeto?», dice: «La formulación no poética de una verdad
poética». Se le reconoce a la novela (el género literario triunfante, estando
en el otro extremo que la poesía, la épica, la dramática y la lírica) la
formulación no poética, pero de una verdad poética, sea lo que sea lo que ella
entendiera por tal cosa. Al menos una formulación como ésta permite no entender
mal ciertas cosas, aunque no sea completamente clara. Algo tiene que ver con la
verdad del mito a la que antes me refería. Ella piensa que cualquier argumento
concreto debe servir para adelantar a la formulación o la reformulación de una
verdad que llama poética, y podríamos decir mítica, es decir, por ser extraña a la historia,
anti-histórica y presente en cualquier momento histórico. Y para esto debe
servir la trama, el argumento, esencial para la novela.
La cuestión que vamos a plantearnos ahora
es qué es lo que hace el mito en el sentido de cuento, es decir, el argumento,
en una obra de teatro. Por supuesto lo mismo que dentro de la Ilíada hay
drama, dentro del drama, también del antiguo, hay narración; las tragedias de
los áticos están llenas de mensajeros que entran y cuentan. Estos son los dos
sentidos de la mezcla, de la intervención de lo uno en lo otro, pero que yo no
querría que sirvieran sino para exagerar la oposición que hay entre ambos. El
teatro dice cosas, pero no tienen por qué contar nada. Dice cosas en el sentido
de que realiza estas acciones del decir; siempre dice cosas, incluso en el
teatro mudo o en el caso de la ópera, donde en realidad nadie se entera de lo
que se está diciendo aparentemente (la ópera es la degeneración
extrema de la tragedia antigua, la ópera nace de la manera en que los
renacentistas entendían que debía haber sido la tragedia antigua).
¿Qué hace, pues, el mito en el sentido doble que le
hemos dado a esta palabra, el de presentación de una verdad histórica y en el
de cuento o narración?; ¿qué hace el mito en el teatro en los dos sentidos? El
mito como argumento viene a destruir al teatro como creación propia singular,
peculiar juego con el tiempo: es el camino por el que el teatro desaparece
para convertirse en un género literario trivial. La preponderancia progresiva
del argumento acaba con el teatro. Esta es la formulación que quería presentar
antes de pasar a pruebas más concretas. Entre los griegos, la palabra mythos
no llegó a emplearse nunca en el sentido de argumento de obra teatral, pero ya
los latinos tradujeron mythos con la palabra fábula y esta
palabra sí llegó, entre los latinos, a querer decir obra teatral con su
argumento. Este momento de alteración semántica lo considero decisivo; ahí
comienzo a ver el teatro pereciendo bajo la literatura. Cuando a una obra
teatral en latín se la llama con frecuencia una fábula, quiere decir que
el elemento del cuento, del argumento, ha llegado a primar tanto que ha puesto
en peligro de desaparición a los elementos teatrales, a las otras cosas que las
palabreas hacen o pueden hacer en el teatro y que no son contar. Con respecto
a la comedia, creo que fue el año pasado cuando estuve aquí explicando cómo se
pasaba de la comedia vieja ateniense a la nueva. La comedia vieja no tiene
apenas argumento, el tiempo de la representación y de lo representado son, en
cierto modo, el mismo. Pero cuando llegamos a Menandro, nos encontramos ya con
una comedia de argumento; al mismo tiempo también de caracteres; y esto va
relacionado con el progreso del argumento. La comparación entre la comedia
vieja y la comedia nueva, desde Aristófanes a Menandro, es sumamente reveladora
a este propósito. Hay que tener en cuenta que en tiempos de Menandro comienza
la Literatura en sentido estricto; es el momento de finales del IV y comienzos
del III a.C., en que se fundan las bibliotecas, se hacen por primera vez ediciones
filológicas, se edita a Hornero y a los poetas antiguos, etc. El Libro y las
letras empiezan a dominarlo todo. Es normal que la comedia venga a acabar en la
forma de una comedia literaria y, sobre todo, de argumento, donde la trama es
importante; como lo es, naturalmente, en sus imitaciones latinas de Plauto y de
Terencio.
El teatro surgió entre los
griegos por casualidad, por un conjuntamiento de una serie de elementos: la
danza era uno de los ingredientes fundamentales, pero con la danza y a través
del canto entra la épica, ya que los líricos corales para sus cantos tomaban
temas épicos, lo cual quiere decir míticos en cierto sentido. Con esto se
mezclaba un elemento más cómico que trágico que es el del debate; debates con
ocasionales escarnios desde el podio hasta el público o entre dos personajes
del podio. Entonces, el conjuntamiento de estos elementos tan difíciles de
reunir, vino a dar lo que llamamos teatro.
La tragedia empezó a tener un argumento. Es
curioso que nuestro ejemplo más antiguo conservado. Las suplicantes, de
Esquilo, no tenga prácticamente ningún argumento, aunque, por supuesto, el
resto de sus obras si lo tienen. La Orestiada, Los Persas, Los siete contra
Tebas, todas son argumentales y míticas, con esa curiosa desviación que no
debió ser única entre los áticos que es la de tomar un acontecimiento histórico
ocasionalmente en lugar del mito; es el caso de Los Persas; aquí la
historia contemporánea sustituye al mito y al parecer lo hace sin grave
inconveniente. Esto debía hacerse bastantes veces: el argumento puede
remitirnos a la ante-historia, como en La Orestiada, o puede referirse a
los acontecimientos de hace cinco años como en Los Persas.
El resto de la evolución de la tragedia, pasando
por Séneca, teatro plenamente literario en el mundo antiguo, viniendo a las
resurrecciones renacentistas, a estas degeneraciones del drama español y de la
ópera a las que me he referido, y a Shakespeare y todo lo demás, toda la
historia es un progreso de la importancia del argumento, es decir, una
aproximación del teatro a la novela, lo cual viene a querer decir la
desaparición del teatro.
Un teatro que trata el tiempo a la manera que lo
hace la novela no es teatro.
Lo que
caracteriza a la novela en relación al tratamiento del tiempo, es que nada más
hay un tiempo, el de lo narrado: el tiempo que uno tarde en leerse la novela es
absolutamente indiferente; ese tiempo no entra en el arte, el único tiempo que
cuenta es el de la narración, con el cual se pueden hacer juegos y filigranas,
pero es el único. Además, este tiempo es como el real; la novela nos sirve para
la evasión de este mundo porque su tiempo, el de lo narrado, es de la misma materia,
es muy homogéneo con el tiempo de la vida llamada real: un tiempo condenado al
Futuro y que se mide desde el Futuro. No sé si alguna vez os habréis preguntado
por qué el suspense es tan importante para la novela: pues por lo que acabo de
decir, por la condenación al Futuro: así como la vida real se nos mide gracias
a la convicción de la muerte, gracias al Futuro previamente establecido, así,
también, en la novela que imita en lo narrado este tiempo, tiene que guardarse
la sumisión al Futuro, y por eso la expectativa y el suspense son elementos
fundamentales para la novela.
El teatro nunca ha tenido necesidad de
ninguna forma de suspense y ha sido, más bien, repugnante a él. Los mitos que
los trágicos áticos presentaban los conocía todo el mundo, nunca se producían grandes sorpresas. La comedia vieja, sin
apenas argumento, mal podía tener ninguna forma de suspense. No hay esa
condena al Futuro que caracteriza a la novela, al único género literario
triunfante.
El interés que puede suscitar una obra de
teatro no es por expectativa referente al argumento, a lo que está pasando en
la historia de los personajes, sino por un interés en el juego mismo de los
actores con el tiempo. La atención no se refiere a lo representado sino a la
representación misma, la comedia o la tragedia.
En el teatro se trata de jugar con dos tiempos,
los cuales dos pertenecen al arte; dos, al menos desde que el teatro tiene mythos,
en el sentido de «argumento». Estos dos son: el tiempo de lo representado y el
de la representación. Uno le pertenece al teatro como su tiempo propio, como
acción verbal que es la esencia del teatro; este es el tiempo dramático; el
otro le pertenece como aportación extraña a través del argumento, el tiempo de
lo representado. Se supone que el juego y la contradicción entre ambos tiempos
puede contribuir, en el teatro, a una especie de denuncia o revelación
respecto a la mentira del tiempo real, que es el que organiza nuestras vidas.
Considero que éste es el juego dramático por excelencia, esta contradicción
entre los dos tiempos con la que el teatro se permite jugar, presentada como
un medio de ruptura de la ilusión del tiempo reinante.
Encontramos, pues, una relación profunda
entre esta función del teatro, por la contradicción de la que he hablado, y
aquella referencia al mito, que trataba de sacarnos del tiempo histórico; o,
por lo menos, nos lo presentaba como sumamente relativo y convencional.
Parece que os estoy hablando de un teatro
que no existe, porque lo que tenemos de hecho es un teatro literario: o
cultural o experimental. Pero me parece más interesante referirme a lo que el
teatro tendría que ser si hubiera que analizar las diferentes formas de teatro
literario que se presentan.
Para los renacentistas la fábula es
la latina; los renacentistas emplean el latín como lo podría emplear Cicerón o
Séneca y hablan de fábula como de obra de teatro.
En el teatro antiguo lo que había era una
alternancia, tanto en la tragedia como en la comedia, entre escenas cantadas,
escenas dialogadas y las recitativas. Cuando, como en Menandro, esto
desaparece, resulta que en el lugar de los cantos del coro aparecen blancos,
entreactos. Aquí empieza este nuevo tratamiento del tiempo por actos o por jornadas que
después tuvo mucho éxito en el Renacimiento.
Sin embargo, las discusiones más interesantes
son en torno a aquello de las unidades, y especialmente en cuanto a la unidad
de tiempo; unidad de tiempo que, por otra parte, en el Renacimiento, no se
seguía, se infringía constantemente, aunque se tenía la conciencia de que se debía
seguir. Es decir, el tratamiento del tiempo de lo representado tenía que ser
'cercano al tiempo de la representación; si una representación muy larga no
puede llegar a pasar de las siete horas y media, que es lo que duraba una
trilogía ática, el tiempo de lo representado no puede tampoco alejarse mucho
de las veinticuatro horas de duración. Alguna oscura conciencia de esa relación
entre estos dos tiempos latía debajo de esas enormemente pedantes y polvorientas
discusiones en torno a las reglas de las unidades.
Vuelvo, de nuevo, al ejemplo de La Celestina.
La representación de La Celestina dura, aproximadamente, unas nueve
horas; si se le quitan los supuestos actos añadidos, este tiempo se queda en
unas siete horas y media. Pues bien, el tiempo de lo representado está tratado
con una riqueza que merece la pena examinar: está desdoblado en el tiempo de
las horas y el tiempo de los días; son distintos y no coinciden el uno con el
otro. Una vez me dediqué a hacer un esquema del tratamiento del tiempo de la
representación y del doble tiempo de lo representado en La Celestina. Por
un lado, discurren las horas representadas; por otro lado, discurren los días;
pero, ¿a qué día pertenecen las horas y cómo se suceden? Eso no se puede
plantear simplemente.
Los siglos XV y XVI nos presentan ese
contraste entre discusiones típicamente pedantescas y un sentimiento teatral
muy vivo que hacía romper las convenciones más estrictas.
Mi propuesta esencial es que haya un juego entre
los dos tiempos. El teatro desaparece cuando el tiempo de la representación se
vuelve inerte; el teatro ya no es acción y se ve la obra como se lee una novela
o como se visita una exposición de pintura; se sale del arte el tiempo de la
representación y prima el tiempo de lo representado, de lo que está pasando,
el tiempo del argumento. Entonces, cualquier cosa que se llame teatro y no sea
mera literatura debe consistir en un juego entre ambos tiempos. Una de las
formas del juego puede ser el hacer coincidir estos dos tiempos. Lo que he
tratado de demostrar es que con el dominio de la literatura el teatro
desaparece, precisamente por conversión en teatro literario, en el cual juega
un papel esencial el argumento con el suspense y la condena al futuro,
como es propio del género narrativo de la novela.
Habría que hacer que el argumento no primara.
Si hay argumento, debe de tener, efectivamente, un tiempo, pero que se mantenga
relativo y en contradicción con el otro tiempo. El teatro tiene que seguir
siendo acción; sí el teatro no es acción él mismo, y si la acción del teatro,
verbal o no, no forma parte del juego, entonces se hace mera literatura.
En el circo, cuando los payasos inician un
diálogo, nos encontramos con un único tiempo, que es el de la representación,
al contrario que en la novela. Cuando los payasos hablan es el tiempo de la
acción el que aparece, no hay otro. Uno de los casos más reveladores respecto
a lo que he dicho es el del teatro improvisado, el teatro sin texto previo,
aquel que se daba en las formas que precedieron inmediatamente al desarrollo de
la Comedia del Arte, y que, en formas más modestas, se da en estas funciones
del circo, o cuando dos niños se ponen a jugar a hacer teatro desde unos
personajes que eligen. Lo que sucede es que el argumento se va inventando sobre
la marcha; esto quiere decir que está naciendo de la acción, y ésta es la
situación teatral por excelencia. El argumento hasta tal punto es secundario
que, literalmente, en el teatro, improvisado surge, se le va inventando. El propio
progreso de la acción dramática, el tiempo de la representación, va creando un
mythos, un argumento. Esto es el polo opuesto del teatro condenado a la
Literatura.
A la hora de hacer mis obras de teatro a
las que me referí al principio, he tenido en cuenta que ese mito, antiguo o no,
al que acudo, esté muy vivo, es decir, que plantee problemas actualísimos: que
sea un mito que se presente con motivo de cualquier accidente familiar,
matrimonial, amoroso, político, para cualquiera y en cualquier momento. Los
mitos tendrían que pasar por el tamiz de la comprobación de que uno en su misma
carne los ha sentido vivir en accidentes inmediatos, privados o públicos. Se
trata de romper con la ilusión o la fe en este tiempo que se nos hace vivir
como tiempo histórico. Esta es la función política del teatro. Notad que la novela
es sierva de la realidad, está a su servicio, y, por lo tanto, no puede servir
más que para entretenernos. El teatro está hecho para romper con la fe en el
tiempo histórico, es decir, en el corriente, en el actual de nuestras vidas.
Los mitos tomados en su estado más salvaje
tendrían de verdadero la rotura de la ilusión del tiempo histórico. Si alguien
piensa, forzado por los tiempos y por el Poder, que no hay más tiempo que éste,
es decir, que no hay más verdad que la Realidad, por tanto, la Historia,
entonces el mito se le aparece como una falsificación, como la leyenda en el
peor sentido; si alguien no está convencido de que la Realidad sea verdadera o
de que la única forma de tiempo sea la histórica, entonces, en este caso, el
mito aparece como algo verdadero, en el sentido de que es denunciador de la
ilusión del tiempo real. ¿Qué pasa con Adán y Eva?, ¿o con Prometeo y la tinaja
de Pandora?, ¿qué se nos revela ahí? Hay una representación de todo nuestro
tiempo como una condena, se nos cuenta que había una felicidad, la había, pero
en ningún tiempo; lo que tenemos es el trabajo y la sucesión de las
generaciones según la versión bíblica.
Cuando la función del arte está disociada y, por un
lado, va el arte y. por el otro, la política o la moral, es que la obra de arte
no es buena. Una buena obra de arte es aquélla en la que la función artística y
política están confundidas, son lo mismo: cumple su función en el campo político
gracias a lo acertado en el procedimiento técnico.
No pretendo animaros a que
el teatro siga siendo lo que ha sido siempre que ha habido buen teatro, es
decir, un arma política, pero política no por su tesis, sino por su arte mismo,
por este juego entre los dos tiempos: mi pretensión es desanimaros del teatro
literario, de la función de mera evasión y conformidad que está representada
en la literatura.