
I. 1. —Muy vieja es ya la cuestión que hoy saco
entre vosotros acerca de los poderes morales del arte, de la capacidad que la
canción, el drama, el templo o la danza puedan tener para alterar en un
sentido determinado la situación
(el humor) y aun la constitución (el carácter) del que los oye o ve.
I. 2.—Líbreme Dios de
referirme a esa sucia cuestión de si tal escena del cine o tal música o tal
escultura puede irritar perversamente adolescentes imaginaciones. Cuando hablo
de poder moral del arte, es para descubrir en él algo más limpio y grande que
la cualidad de ser honesto y recatado: una verdadera virtud positiva, si la
tiene, de empuje hacia el bien.
Nota bene: no
se deprecia con estas palabras la virtud de la castidad, que, aun siendo
negativa, puede suponer un esfuerzo muy positivo y meritorio, y que es, por
supuesto, así entendida, de una
limpieza deslumbrante. Se limita solamente el tema del presente estudio, en el
sentido de dejar a un lado la influencia pervertidora que la mala obra de arte
(por razón siempre de su fondo: v. III 3) puede tener, cuestión que puede y debe
ocupar a la Moral, pero no a la Moral del arte en sentido estrecho, para
centrarse a tratar de la excitación moral hacia el bien, que la obra de arte
puede producir por sí, no por su tema [cfr. I 3, al final). Puede ser sin embargo
que, en caso de no descubrir en el arte por si esta influencia como impulso
hacia el Bien Sumo, que Fray Luis descubría en la música de Salinas, entonces
no le quede al arte nada más limpio y grande que lo honesto y recatado
de su tema.
I.3.—Sin aludir por ello al arte como instrumento de enseñanza o sermón.
Creo ciertamente en el arte que sirve a la predicación o a la ciencia: es el
genio dramático de Platón puesto al servicio de la exposición doctrinal; o la
potencia poética de Lucrecio, engrandeciendo su apostólica voz; o el sermón artístico
de Persio, de Juvenal o de Bossuet; es el genio expositivo de la Agricultura de
Herrera, de la Botánica de Laguna; de Buffon o de Poincaré; y aun, saliéndonos
de las artes literarias, que son las que casi exclusivamente usaba la didáctica
como medio tenemos las láminas biológicas de Cajal, los mapas de Kiepert, las
películas divulgadoras de Walt Disney. Cabe sí el uso del arte, la utilidad del arte como instrumento, y por lo que
me toca, admiro ese tipo de arte impuro no menos que el puro. Pero no hablo
ahora de la utilidad, sino del poder que la obra de arte (poema, friso de
templo, vitral de iglesia) tenga por sí misma, no por las cosas que represente
o sugiera.
I. 4.—Se trata pués -concluirá
alguno acaso en este punto- de la influencia moral de la forma artística, no
del fondo? Ah, por desgracia hay
aquí una inveterada confusión en algunas ideas elementales de la estética, y
es vano tratar de hablaros con alguna claridad del poder del arte sin haber hecho por aclarar esas
cuestiones. Y, como al fin de lo que se trata es de hablar de arte, vamos a
ello, si os parece.
II.1.—Reina entre nosotros (como en
todas las llamadas épocas de decadencia artística) el error de que el arte debe
reproducir las realidades: así vemos
la .pintura que se valora por el parecido con el modelo, la música descriptiva,
parte de la que llaman novela realista, el arte en fin de interpretación
dramática que pretende (especialmente en el cine) la máxima naturalidad como
toda aspiración.
II.2.—Claro está que puede tal arte
reproductor de la realidad conseguir efectos morales sobre el oyente, con tal
de que la realidad reproducida tenga en sí esos efectos. Por ejemplo: una mujer
que llora en la calle sobre el cadáver de un hijo perdido en la guerra es algo
que mueve a conmiseración y llanto: si un fotógrafo sorprende y filma esta
escena, es evidente que los metros de película resultantes guardarán los
mismos efectos; o bien, si el chirrido de un carro produce melancolía y un
virtuoso del violín lo reproduce exactamente, el efecto será también
melancólico. Pero el arte no habrá intervenido para nada en ninguno de los dos
casos. Y por esto decíamos (I 2) que la pornografía no nos interesaba como
tema: pues un vicioso podrá sentirse irritado por una Afrodita de Boticelli;
pero la prueba de que a Boticelli no le cabe culpa en esto, es que, si a aquél
le ofrecéis una fotografía del natural, la preferirá a la Venus; y aún más si
le dais una visión cinematográfica en colores; y si no prefiere, en fin, el
natural mismo, será por la cobardía sexual propia del buscador de
pornografías.
Nota bene: se
exime de culpa al artista moralmente sano que, precisamente con su arte, libera
al desnudo p. e j. de la afrenta y pecaminosidad que sobre él arrojó el pecado original; no
se niega que el hombre vicioso, ciego al arte, puede a pesar de todo cebarse en
el tema, y aunque nunca como por una fotografía inartística, ser por él
inducido a pecado. Y así la Moral cristiana puede considerar dañina, por razón
de su fondo, esa obra de arte en relación con el hombre pervertido.
II.3.—Conviene pues que nos fijemos en esto:
la obra de arte no es una reproducción
de la realidad, sino que es una realidad: una nueva cosa!
un objeto de creación, un objeto artificial precisamente por oposición al
objeto natural. Artista, poeta, quiere decir, por cima de la sensibilidad, la
fuerza expresiva y otras sutilezas, creador, inventor, trovador o encontrador
de lo no existente antes, ni siquiera sospechado ni buscado por él. Acaso
pensaríais que a esto se opone la traída y llevada definición del arte por
Aristóteles como una imitación de la naturaleza. Conviene que nos detengamos
un punto en ella.
II.4.—El artista en efecto, el poeta,
realiza, según la expresión de Aristóteles, una mimesis de la
naturaleza. Pero no ciertamente en el sentido de que reproduce, repite, los
objetos naturales, sino en el sentido de que se pone a rivalizar con la
Naturaleza, a crear como ella crea, a imitar sus procedimientos, sus métodos de
producción, pero no sus producciones. Hacer una mesa es imitar a la Naturaleza,
aunque ésta no nos ofrezca mesas: es rivalizar con ella, prolongar su capacidad
de creación, de invención de nuevas criaturas. Pero fabricar una roca natural, más
que una imitación, es una insufrible pedantería.
II.5. —No es que el arte no pueda tomar como
materia elementos de la realidad preexistente, cuando por el contrario actúa
las más veces el arte por abstracción de datos naturales brutos; muy bien
imita también en esto a la Naturaleza, la cual fabrica bueyes a partir de yerba
y yerba a partir de bueyes. Incluso puede una pintura abstracta ser menos
artística y creativa, más natural (semejante p. ej. a las alas de un insecto o
a un trozo de tejido pulmonar al microscopio) que no una novela que estiliza
la vida de todos los días: así la reciente de Rafael S. Ferlosio, “El
Jarama", que muchos han tachado de reproducción magnetofónica de la vida
y conversación vulgar, pero que es, por el calculado equilibrio de episodios y
la eliminación
del rasgo inútil artísticamente, una ordenación arquetípica de lo vulgar: esa
exactitud, esa justeza en colocarse cada persona y palabra en el sitio y
momento que le corresponde, no se encuentra en la realidad, sin, por ejemplo (a
pesar de la radical diferencia de "fondo") en los gestos y palabras
de los héroes de la "Iliada".
III.1. —Tenemos pues aquí la manida cuestión de "'fondo y
forma". Apenas puede mantener ya nadie tal distinción de dos partes en la
obra de arte después de las exactas aclaraciones de Croce. Todo el error
procedía de las artes literarias: porque en la lengua hay en efecto dos partes,
lo significado y lo significante (tales los términos de Ferdinand de Saussure,
el padre de la Gramática moderna), que aún ahí, más que dos partes, son dos
aspectos de la única realidad de la palabra, el haz y el envés de una misma
cosa, al modo que p. ej. las vibraciones de ondas y la manifestación sonora
de esas vibraciones no son dos
cosas distintas.
III.2.
—Pero es que lo que distingue el
lenguaje artístico del cotidiano, rio cu literatura, no consiste para nada en lo
que se dice, sino todo en la manera de decirlo. Y aún más deplorable es extender
a las otras artes esta separación, y pensar que la música o la pintura tienen
por qué tener contenido alguno distinto de ellas mismas. Tal contenido puede
faltar en absoluto (ni el músico tiene por qué intentar sugerir tristeza alguna
o lucha de vientos, ni el pintor tiene por qué expresar ningún paisaje o
carácter humano), lo cual basta para mostrar que el pretendido fondo de la obra
de arte cae fuera del arte por completo.
III.3.—La obra de arte es una unidad perfecta
y ni siquiera tiene por qué plantearse el problema de si hay o no dos partes;
sólo si alguien se empeñara en distinguirlas, habría que concluir: pues bien,
lo único propio del arte es sólo y exclusivamente la "forma". Lo que
importa no es lo que el artista exprese (puede no expresar nada), sino cómo lo
hace; si lo hace bien, su obra es buena y da bien a quienes la reciben; si lo
hace mal, hará mal necesariamente: porque si el tema es malo, se cebarán
perversamente en el tema oyentes y espectadores; y si es bueno, no estará mas
que ensuciando una hermosa realidad.
IV. 1.—¿Tenemos
pues, "el arte por el arte"? He aquí otra de esas viciosas fórmulas
que nos confunden. Después de destruir los tópicos de la mimesis mal entendida
y de la separación de fondo y forma, tropezamos en éste, que puede sernos
especialmente perjudicial, al tratar
de los poderes morales del arte. Porque es que entonces—se
nos dice—, en el caso de que
la obra de arte tenga un tema real, cualquier "fondo" sirve, cualquier
"fondo" es bueno
para ejercitar esas influencias morales del arte ¿Debemos ser pues indiferentes
a la calidad moral del "fondo"?
IV. 2.—Pues bien: en el caso de que la materia
usada sea un tema real, no se debe ser del todo indiferente al tema, sino con
la siguiente limitación: que sea interesante. Todo lo que hay sobre la
haz de la tierra y bajo los cielos y más allá, todo lo que pasa en el tiempo,
es siempre, aunque sea sucio y feo y desgraciado y doloroso, bueno para
materia de arte, con esa sola condición: que sea interesante.
IV. 3.—¿Qué quiere pues decir "interesante"?
Sólo esto: que sea capaz de retener la atención de muchos, de una clara mayoría
de los hombres que podrán oírlo o verlo; es decir: que sea popular, que
esté entre los motivos de gozo, de dolor, de esperanza, de miedo, de duda, de
desesperación de todo el mundo.
Pintar un friso tomando como materia
prima una hilera de cucarachas es bien legítimo, en cuanto las cucarachas son
motivo universal de asco para el hombre y transfigurarlas en decoración (si es que el artista lo consigue) es
una hermosa obra; reproducir sobre la escena gestos de soberbia o lujuria puede
ser, como veremos (XIV 1 y ss.), purificador de las lacras comunes a todos; jugar con lo
fúnebre en versos o música puede ser bendita cosa; los horribles condenados de
la "Comedia" son, con la expresión de Keats, "un gozo para
siempre"; llenas de excrementos están muchas escenas de Aristófanes,
varios epigramas de Catulo; pero el arte lo ha trasmutado todo en bien.
IV. 4. —Lo que es en cambio condenable es que
el poeta, el pintor, el actor, quien sea, se dedique a ponernos delante de los
ojos las privadas pejigueras de su propia psique, las particulares anécdotas de
su vida: ni los vacilantes borrones de pintura de un niño sobre sus cartones o
los gatos que borda amorosamente en sus almohadones la solterona nos interesan
más que, a lo sumo, como curiosidad, ni encontramos emoción en los caprichosos
desacordes de la flauta de un demente, ni podemos sacar ninguna salvadora
remoción de escuchar al poeta hablarnos de las deliciosas aventuras que vivió
con su novia aquella tarde o de lo mucho que quería a su madre que se murió
hace poco.
IV. 5. —Lo cual tampoco es excluir la novia o
la madre ni ninguna otra cosa del mundo como materia de arte: lo que importa
es trocar, como Dante o Antonio Machado, "el
amor en teología". Quiero decir: que lo que importa es que el modo de
tratar sus temas el artista, aun cuando éstos sean íntimos (y lo mismo da, por
supuesto, que las experiencias amorosas o de otro orden que se empleen sean
reales o bien inventadas: al fin todo se inventa), que la elaboración artística
pues los haya convertido en universales, en populares, de modo que en toda alma
vulgar y corriente despierte ecos aquella canción, aquel baile, aquel drama.
IV. 6. —Más ¿cómo podremos asegurarnos que el
tema sea popular, universal, que despierte tales ecos? Hay aquí una cuestión
más de fe que de sabiduría: pero no
dejaremos por ello de atacarla. Hay que partir de que la mayoría son buenos, sanos, alegres, en el sentido
de que quieren ser buenos, tener salud, tener alegría. Y entonces; la condición del creador que
hace arte para su pueblo,
para los más, para
"nosotros", es sólo ésta: que a su vez sea un hombre corriente y moliente, es decir: sano, alegre, bueno;
sólo diferente de los demás en poseer esa larga paciencia que se llama genio.
IV. 7. —¿A qué, pues andar fijando desde fuera
limitaciones temáticas? Mejor digamos al artista: sé bueno, y entonces pinta
de lo que quieras (si quieres pintar de algo), canta de lo que quieras; porque lo que llame tu atención, llamará la
nuestra, la de "todo el mundo"; y al fin el tema no importa más que
la composición química de tus colores o la marca de tu piano: lo que importa
es que lo hagas bien; lo que importa es el arte.
V. I. — Aquí estamos pues con el arte—espero—-un
poco más desnudo, un poco más claro: un arte que es imitador de la Naturaleza,
en cuanto crea como ella, pero
no lo que ella; que no sufre
separaciones entre "fondo" y "forma", pues todo su espíritu
es cuerpo sensible; que en fin no exige de su materia sino que, en caso de ser algo previamente real o vital,
sea común al espíritu de todos
nosotros.
Es del poder moral de este arte en sí y por sí de lo que hablamos ahora.
V. 2.—Pero
¿qué entendemos bajo esta
influencia moral de la criatura de arte? Porque todo objeto de la realidad (así
los artísticos como los naturales) no puede menos de influir en nosotros:
influye en toda alma con la que tropieza por el solo hecho de existir, de estar
en contra, de ser ob-jetos. Pero los objetos naturales influyen en nosotros de
una manera desordenada, indiscriminada, azarosa, para bien y para mal, para
arriba y para abajo. ¿Puede ser que el arte ejerza, como decíamos (I 1), una
influencia ordenada en determinado sentido?
V. 3.—En el sentido del bien, por ejemplo: es
decir, si tiene el arte capacidad de hacernos mejores. Puede asegurarse que una
canción, oída o cantada por un hombre corriente, en circunstancias normales de
tristeza o de buen humor, por el hecho de ser una obra de arte lograda, ha de
mejorar el humor y por tanto el carácter de ese hombre? Y si el arte tiene ese
poder, ¿cómo lo tiene? ¿De qué modo se ejerce?
V. 4.—Podríamos ya dudar si ha de tratarse de
un influjo positivo o negativo: si negativo, como arte liberador, como fuerza
mágica que nos arranca del taedium uitae,
de la tristeza de vivir; o si positivo, como derecho empuje hacia el bien.
Puede sin embargo que tal distinción sea algo vana, en cuanto pensemos que,
suprimida la tristeza de vivir, surge sin más un empuje hacia el bien en todo
hombre medianamente sano; o que, al revés, una fuerte excitación hacia la
acción buena incluye en sí una liberación de la pena existencial.
VI. 1. — Veamos sin embargo en qué consiste esa
pena de vivir. Pero Lucrecio lo dijo de una vez para siempre, cura metus-que, la preocupación y el
miedo. Esto, y otra cosa por debajo de esto: la constante atracción de los
seres hacia la nada: esa agobiadora fuerza de la inercia, que con nombre
demasiado divertido llamamos pereza. Pero ella se mezcla estrechamente con la
preocupación y el miedo de lo porvenir: son éstos en efecto miedo a la nada,
preocupación de morir, de no ser, de no hacer, de no tener, aunque cotidianamente se
manifiesten como terror a la pobreza, al deshonor, como egoísta acecho tras el dinero o la hembra,
como lucha y trabajo narcotizador del hombre de empresa (o presa) igual que
como desilusión definitiva de borracho, como ahorro, como ambición, como todos
los demonios que nos hacen tristes en la vida de todos los días, los demonios
que maldijo Jesucristo en el sermón de la montaña.
VI. 2.—Mas ¿qué poder tiene el arte contra
ellos? Puede que la respuesta no sea muy difícil: todo arte tiene un poder
liberador de la inercia, en cuanto lleno de un ritmo creador que se contagia al
que lo ve o lo oye; y es además liberador de la preocupación y el miedo por ser
actividad gratuita y sin finalidad.
VI. 3.—Actividad y gratuita: esto
quiere decir juego. A nadie se le oculta la relación íntima que hay
entre el retozo y el acto artístico; y ya se sabe que en varias lenguas un mismo
verbo designa el jugar y el representar por ejemplo una obra de arte teatral.
VII. I. — Ahora bien: lo único
que vale de la vida humana es en verdad el juego. Porque todo acto con
finalidad, todo acto que pretende algo, que busca algo que está fuera de él, fuera de sí está, carece de propio
valor, y es por ello mismo esencialmente infeliz; quiere ser útil para alcanzar
algo; por eso mismo no vale nada.
VII. 2. —Así es el trabajo, la actividad
no-gratuíta, una desgracia (no en vano usado como maldición por Jehová y menospreciado
de Jesucristo) en cuanto es procura de la subsistencia (o peor aún: de un
supuesto medio para la subsistencia, el dinero); y en afanosa pretensión de
conseguir por el trabajo (con su odioso pecado gemelo, el ahorro) el disfrute
de algún tiempo que nos quede libre, unas horas al fin de la jornada, unos años
al final de la vida, vamos vendiendo nuestro tiempo de cada momento, la tercera
parte, la mitad de nuestra vida.
Nota bene: N.
S. Jesucristo menosprecia el trabajo en el Sermón de la Montaña, al alabar a los pájaros, que non serunt neque metunt neque congregant in horrea (Mat. VI
26) y a los lirios, que non laborant neque nent (ib. 28); en cierto
modo, en la parábola de los viñadores (Mat. XX), y con más claridad en Luc. X 38 ss.: María optimam partem elegit. Lo cual no esté en contradicción con
la tradición extraevangélica de que él mismo trabajara en los treinta primeros
años antes del tiempo de dedicarse por entero a la mejor actividad; en lo cual
nos daría ejemplo. Pues es lo mejor la actividad gratuita, la actividad en
virtud de la Gracia, pero el ocio inerte no es mejor que el trabajo. Los
pájaros y lirios alaban al Sumo Bien y María vive sus palabras.
VII. 3. —Y si nos fijamos, lo
que el trabajo o el dinero pretenden no es más que conquistarnos eso, que en
el fondo sentimos que es lo único que vale: el ocio, el domingo sin preocupación, la vejez sin miedo.
VII. 4. —Cierto que llega el
domingo, llega (si llega) la vejez, y el hombre no sabe qué hacer con su ocio:
se aburre; abre la boca, descubriendo por el agujero la nada de su ser; acude
al fútbol, va a matar lo que le queda de día o de vida en las películas que
menos le hagan pensar. Proponedle ir al bosque a dar volteretas en la yerba o
que se pase la tarde cantando o recitando versos: "para vosotros —os
dirá—: menudo tostón!" No pues: él ya no quiere vivir; quiere que le vivan, y lo más deprisa
posible, ese tiempo, que le sobra. Y ¿para esto se sudó? Y ¿en el anhelo de
esto se soportaron las fatigas de todos los días de toda la vida?
VIII. I.—Mas sin embargo nada prueba esto contra
el valor supremo del ocio y el juego, sino sólo contra los efectos
del trabajo y los demás demonios citados. Es evidente que la única porción de
vida que merece vivirse es aquélla en que el hombre, libre de preocupación por
su porvenir, de la
egoísta busca y afán de barrer para dentro, del negocio, libre de todo miedo a
la nada (la cual, por estar siempre presente como substancia de su vida, no le
parece ya escalofriante amenaza), no se abandona sin embargo al ocio pasivo,
modorra de siesta dominguera, sino que en exaltación de todas sus
facultades se lanza al retozo, al juego, a la actividad gratuita: a nadar, a
cantar, a charlar interminablemente de todo lo divino y humano.
VIII. 2. —Son estos ratos todo lo que vale. Lo
demás es sólo oscura ganga la vida "andante sombra", como dice
Macbeth, modorra ahita de pesadillas. Pero aquellos breves momentos parecen
cualitativamente distintos: es como si despertáramos, a vivirnos de veras, a
ser de veras.
VIII. 3. —Pero habrá también quien disfrute en su
trabajo —se me dirá. Dichoso él: su estado es el más perfecto en los momentos
que tal suceda, y en verdad, más que trabajar, está jugando, está haciendo una
obra de arte. Yo mismo, entre las muchas clases, fracasadas, forzadas, llenas
de gritos, equivocaciones, bostezos, ¿cómo voy a negar mi intensidad de gozo
en esas pocas que uno de vez en cuando consigue, en que el cruce de preguntas
entre vosotros y yo resulta justo, ligero, en que el desentrañamiento de un
mismo texto centra firmemente la atención de todos nosotros? Pero entonces, sí:
esa clase ha sido, para vosotros y para mí, un juego: ha sido una humilde obra
de arte.
IX. 1. —Prevengo, al llegar aquí otra objeción
que se me viene a las mientes. No es algo enormemente egoísta hacer un ideal
de vida de ese disfrute pleno de la propia vida de cada uno en tales momentos
de actividad gratuita? ¡Qué lejos de lo cierto, amigos míos!: pues el egoísmo
está en la preocupación y el miedo. Es justamente en los ratos de actividad gratuita
cuando el hombre sé
encuentra en disposición de hacer algún verdadero bien y ser más bueno verdaderamente. Y esto es ya lo primero: que el ser más bueno es el mejor bien que a
los otros puede hacerse.
IX. 2. —Compárese en cambio la falsedad (aunque
pueda ser útil) del bien que se hace con algún fin: el que echa carne al obrero
por temor de que se desmande, u organiza para él colectas para lucir como flor
de la caridad, o proclama que viene a redimirlo, para sentirse jefe de partido
político, o para cualquier otro "para", hace algo que acaso será
útil para algo en algún momento; pero no espere de ello mejora ni alegría para sí ni para otro. Ese favor, como dijo
Nuestro Señor Jesucristo, "ya ha recibido su paga".
Nota bene: El bien que
tiende a un fin determinado, en conseguir este fin recibe su paga; el
verdadero, el gratuito es el que no pretende paga ninguna, el que se hace por
amor del Bien mismo (es decir: de Dios), lo cual no quiere decir que no reciba
la paga: pues muy por el contrario la recibe máxima en el goce del Sumo Bien.
IX. 3. — "Su paga"—esto es lo
importante—: el bien dotado de finalidad se paga. El verdadero bien es tan
gratuito como carente de fin: es el bien -fijémonos en esto- que sólo puede
hacerse jugando.
IX. 4.
—El mejor bien para los otros es hacerse
uno mejor -esto hemos dicho:
pero téngase ahora en cuenta que
el hombre en trance de juego es el hombre por excelencia volcado hacia fuera:
es el que se sale de sí mismo, que deja de girar en torno al hediente
pozo de su YO, para salir disparado, como el sol en línea recta hacia los
otros. Y esto es bien para los otros: pues para los otros lo mejor es lo contrario del
egoísmo: y esa expansión
del que juega quiere decir que él, que vive más intensamente, más intensamente
se trasmuta en otro, se hace otro, se da.
IX. V —Y el principal efecto de su actividad gratuita es
contagiar de ella a los demás, asimilarlos
a él, al asimilarse él a ellos, en la canción, en la danza, en el deporte, en
la charla. Al contrario de la felicidad, que es esencialmente egoísta, los vislumbres de alegría que el juego da,
no son cuestión del yo, sino del nosotros. El que es solo, como decía el
Eclesiastés, es triste; y todo jugador, todo artista, supone necesariamente el
colaborador: público, oyente, espectador.
X.
1.— Pues
bien: todo arte, por el solo hecho de ser juego, de no pretender a nada, tiene
este poder de bien sobre los otros, hacer entrar también todo su espíritu (y su cuerpo: todo
es uno) en una actividad gratuita. Un
bailarín, un músico, aunque realizan su obra entusiasmados de su
juego, sumidos en esa divina actividad que los embriaga y llena de gracia, por
ello mismo, por moverse libres de toda inercia y ansiedad práctica, se siente
invadido quien los ve, quien los oye, de una corriente de participación.
X. 2.—Su corazón entonces, cuando no sus pies
mismos, siguen el gesto y la melodía y se contagian de la alegría misma en que estos nacen, de un modo
semejante a como las vibraciones de una voz, conmoviendo la laminilla de un
aparato emisor, se contagian en vibraciones del receptor, y en él de nuevo se
transforman en voz con su tono, timbre y sentimiento.
X. 3.—Porque conviene anotar lo que la
experiencia tantas veces nos confirma: que la relación entre sentimiento y gesto»
entre espíritu y cuerpo (aquí la medicina psicosomática) es reversible: si la
tristeza inclina a agachar la cabeza, o si la energía se manifiesta con paso
seguro y bien marcado, así el estar largo rato cabizbajo puede engendrar
tristeza y energía el andar con paso firme y rítmico.
X. 4. —Un hombre sumido
en sus más íntimos pesares no
tendrá probablemente gana alguna de oír una canción, de recitar de su memoria
unos claros versos: para hacerlo, tendrá que forzarse bárbaramente: forzar su
inercia, su naturaleza. Si lo hace, si se fuerza, puede que la música o los
versos a la fuerza trastruequen el estado de su espíritu.
X. 5.—Porque nuestra constitución tiende
ansiosamente a la armonía, a reducir la desproporción: a un espíritu tétrico le
gustan las habitaciones oscuras, los trajes severos, la compañía de hombres
taciturnos: es lo que le cae bien, naturalmente, lo que armoniza con él. Romped
decididamente la desdichada armonía: ponedle, contra su tendencia, en una
compañía de buena intención y buen humor; hacedle bailar y cantar una y otra
vez, hacedle andar por la orilla de risueños arroyos. Si insistís en esto (lo difícil es insistir, ir contra
naturaleza), la armonía tenderá ya a recobrarse espontáneamente a costa de la
primitiva melancolía-
XI. 1.—Pero aquí falta hacer un intermedio:
porque realmente los más de vosotros sonreiréis compasivamente a todo esto,
como a una divagación entablada sobre la nada: pues en verdad ¿dónde se ven en la vida de todos los días esos
mágicos efectos de la danza, de la pintura, de los versos?
XI. 2.—Poco se encuentran -es cierto- semejantes
efectos. La razón es clara: las artes están cada vez más fuera de la vida; y si
el arte está lejos de nuestra vida, ¿cómo puede actuar sobre ella ni en el
sentido de la alegría ni en ningún otro? Mientras los cuadros estén colgados en
los museos y no iluminen las paredes del trabajador, mientras la buena música
haya que acudir a un concierto de etiqueta para oírla, mientras sea la poesía
cosa de un cenáculo de poetillas, dedicados a leerse unos a otros sus prodigios
de sensibilidad y de fuerza expresiva, ¿qué vale entre tanto todo lo que
decimos?
XI. 3.—Decía ese arquitecto de las ideas
españolas, don José Ortega y Gasset, que tal incapacidad de los museos y conciertos
para causar verdadero placer (es decir: para remover a fondo, para tener poder
moral) sobre el pueblo se debe a que la atención, harto preparada para admirar
y degustar, resulta
demasiado grande para el alimento que se le ofrecía. Y tal melodía, que oída
por un organillo en la calle nos conmovería, puede dejarnos fríos en un concierto
anunciado por todo lo alto; y una hermosa escultura, ante la que pasamos con
convencional admiración en el museo, podía acaso, colocada en el centro de la
plaza, ir dejando en nosotros, a fuerza de pasar y pasar ante ella, casi sin
mirarla, un grueso sedimento de gozo.
XI. 4.
—Pero, sea cual sea la causa, sépase que, cuando hablamos aquí del poder
moral del arte, nos referimos a eso: a un arte metido en la vida diaria: a una
poesía que la criada, al ir a la plaza, tenga que escucharla, como las coplas
del ciego, y que tenga que oírla un día y otro por la radio el señor de negocios,
en pleno puro y digestión,
entremedias de las cotizaciones de la bolsa. Hoy casi todas las coplas del
ciego son malas y malos (¡Dios nos libre!) los discos que la radio coloca en
las horas más estratégicas, mientras los productos que se suponen de buena
calidad se reservan para las exhibiciones de artes plásticas, los conciertos de
gala y para los tomitos de poesía en edición limitada. Pero esto no tiene por
qué ser así, y basta para que todos hagamos todo porque no lo sea más, por
encontrar los modos de arte que responden a nuestra vida.
XI. 5.—Llega uno a pensar a veces que las
artes utilitarias, la arquitectura, la cerámica, tienen hoy un valor más alto
que las otras, aunque tradicionalmente se las considere secundarias; y lo
tienen precisamente por estar siempre más metidas en vida cotidiana. A lo que
tenemos que llegar por tanto (o volver) es a que todas las artes sean
utilitarias (esto es: estén tan metidas en la vida) como la cerámica y la
arquitectura.
XI. 6.—Y si alguno se sorprende de la contradicción
en que parecemos incurrir, al recomendar este utilitarismo de las artes, cuando
acabamos de hablar de la cualidad de inútil, de sin finalidad, como esencial de
la actividad artística, que escarbe en esa contradicción, porque espero que
saque de ella mucha claridad.
XII.
1. —Seguimos
ahora con los poderes morales del arte. Hemos hablado (cps. VI-X) de
los que esta actividad gratuita tiene como gratuita: liberar de la pena y preocupaciones,
engendrar el espíritu de juego, de
vida sin finalidad esterna, en el público. Veamos ahora el que tiene como actividad,
como victoriosa de nuestra
inercia nativa. Porque no parece que esté muy claro que
todas las artes sean
una actividad: ¿puede esto decirse p.
ej. de la arquitectura, de la pintura? Vamos con ello,
y espero que os resulte ameno un recorrido a cada una de las artes en
particular.
XII.2. —Parece
en efecto que las artes llamadas temporales (danza, música, canción, poesía, y los híbridos de ellas:
teatro, cine, procesión, corrida de toros, etc.) se colocan a este respecto en
situación aparte frente a las otras. Ellas son a todas luces actividad, tanto
en su creación, como en su reproducción (sea sólo la actividad de la mente
recorriendo una poesía en lectura, forma la más degradada de realización para
estas artes). Pero ¿cuál es el elemento común a todas ellas que da a esa
actividad una fuerza especial de impresionar y contagiar?
XII. 3.—No
otro naturalmente sino el ritmo. Del que tantas vaguedades suelen decirse, siendo él la cosa más
concreta, rígida y definida del mundo. Se trata, como sabéis, del orden
establecido en el tiempo, por medio del retorno a intervalos, iguales o
proporcionados, de una señal o golpe rítmico. Y aún más: al ordenar o definir
el tiempo, lo que hace en verdad es crearlo para nosotros; pues, según decía Aristóxeno
“¿cómo, si no, subsistiría ese todo?”. En verdad ese todo no sería nada sin el
ritmo: en nada se ahogaría el hombre, si no fuera por los sucesos distintos y
retornantes, rítmicos, que le ordenan y hacen más claro el tiempo, que le
dejan dominarlo. Es una embriaguez de vivir, una embriaguez de tiempo lo que la obra rítmica produce
sobre el oyente o espectador, y es por medio de él como el arte rítmica vence a
la pereza o tendencia hacia la nada.
XII. 4. —Pero acaso se piense que ni aun en las
artes que enumeramos como temporales aparece siempre claro este elemento del
ritmo: se siente desde luego en la canción, danza, versos (cuando se siente),
procesiones; pero ¿también en la novela? ¿en el teatro en prosa? ¿en el cine? ¿en
una corrida de toros? En estos casos ciertamente el ritmo (el material –digo-,
que es el fundamental y más eficiente) se siente más imperfecto; pero debe al
menos esta deficiencia ser salvada por un tipo de ritmo más amplío y menos hiriente,
el de los sucesos en la novela, el de escenas y gestos en el teatro, el de luz
y sombra, situaciones y ruidos en el cine. De ahí que debamos estimar como obra
de arte fallida, no artística ni por tanto eficaz, aquélla en que falta este
elemento del orden en la sucesión: la novela que avanza brutalmente, a la buena
de Dios, como la vida misma (mala novela realista), el cine que se limita a
captar una tras otra visiones de la realidad; el teatro, en que por necia
imitación de la naturalidad cinematográfica, no aparece todo medido, cada
gesto, cada voz, todo en su sitio y su momento, a cadencia y compás.
XII. 5. —Por eso también es casi imposible una
corrida de toros como obra de arte: en ella hay un fuerte elemento de
naturaleza inartística, difícilmente elaborable a ritmo y medida,
el toro; y sería punto menos que
milagro conseguir que por azar todas las suertes y gestos se fueran produciendo
de un modo rítmico, con arte. Es verdad que todas las artes están sujetas al
azar: que el poeta no hace otra cosa que lanzar palabras y palabras a
enlazarse y entrechocarse, hasta que resulte algo (larga paciencia se requiere)
en que brille la chispa poética; pero al poeta, al músico le es dado ensayar
sólito y sin molestar a nadie; el toro no ensaya, ni por tanto el torero, sino
ante el público; y así suele salir ello. Dificultad semejante se opone, en
menor grado, a ese arte perfectamente intermedio entre las temporales y las
otras que es la pirotecnia.
XIII.
1.— Pero veamos las otras, las que de ordinario
se consideran no temporales. ¿Podremos también llamarlas actividad? ¿Debemos
también buscar en ellas el ritmo creador? Sí. Pero de modo que (según los
sabios consejos de Lessing o Machado) nunca el poeta o músico deben caer en lo
pictórico, así tampoco quiero decir que el escultor, el pintor y demás artistas
plásticos tengan que imitar el movimiento. Cuidémonos de confundir movimiento y
ritmo: el ritmo no supone por fuerza
movimiento: supone (y lo que es más: engendra) tiempo, y por tanto cambio; el
árbol florece y se deshoja al ritmo de las estaciones; rítmicamente muda el
fotógrafo artista la luz en unas secuencias de cine. Del movimiento lo más que
acaso puede decirse es que es una forma del cambio.
XIII. 2.—Sean pues perfectamente estáticas la pintura, la
escultura, la arquitectura, la cerámica y demás artes del utensilio: no por eso
serán menos activas y rítmicas, sino acaso más. Deshagamos esta inocente
paradoja, y para ello advirtamos lo primero que la actuación de las artes
plásticas sobre el hombre es desde luego diferente (y en segundo lugar,
opuesta) a la de las artes
temporales. Primero pues, diferente: ¿cómo?: en cuanto las temporales actúan de una
manera rápida, prácticamente momentánea, mientras la actuación de las obras
plásticas sobre el espectador (o, mucho mejor, usuario) es lenta. Es decir: que no concebimos que
la simple visión de un cuadro o templo
una vez pueda producir más que admiración, pero no calar y actuar a
fondo sobre el hombre. Sólo
el uso de la obra plástica puede producir sobre él tales efectos.
XIII. 3.—Pero aún más decíamos, que es opuesto
el modo de actuar de las artes estáticas al de las temporales. Por qué,
bien claro está: la característica esencial
de la obra plástica es permanecer (ser incluso, si se tercia,
monumento) justamente al contrario que la temporal. ¿Entonces? ¿Cómo será la actividad rítmica de estos elementos estáticos? Las
obras permanecientes, durantes a lo largo de una vida de hombre, sirven justamente
como golpes, hitos o señales rítmicas en el fluir de la vida misma: son como
los agarraderos a que en
el torbellino desordenado que es la vida natural nos asimos para sentir la permanencia por bajo del cambio constante:
pues es éste el fin del ritmo:
hacernos sentir la paradoja esencial que el tiempo, que la existencia
es: el combate de lo otro y de lo mismo. Creen los niños y nacen y mueren, pero cada mañana al asomarnos
al balcón, vemos aquel Cupido en mármol veteado y él nos sirve todos los días
de hito para andar más firmes en el continuo flujo de la naturaleza. Y la
arquitectura tiene por fin la mansión, la señal de retorno a lo mismo en
la marcha cotidiana.
XIII. 4.—Es entonces la repetición de la vista o apalpamiento de la obra plástica
a través de los días y de los años lo que la trueca en obra rítmica y por lo tanto activa. De ahí que la
necesidad de todo arte de estar metido en las aguas de la vida (XI
4), sea aún más imperiosa para las artes
plásticas. ¿Cómo conmovería yo a mis amigos pintores y escultores a que se
dedicaran con toda su fuerza artística al artesanado, a la producción de
cacharros, de frescos, de llamadores de puertas, de toda clase de obras duras,
que sólo el uso puede hacer realmente artísticas?
XIV. 1.—Mas por ahora sigamos con el poder
moral de las artes. Quiero anotar solamente algunas observaciones, que, al
tiempo que resumen lo dicho hasta ahora, lo liguen con la cuestión del valor
mágico del arte y la consiguiente relación entre religión y arte.
XIV. 2.—Si nos fijamos, hemos anotado hasta
ahora en el arte dos potencias morales: una, la de ser actividad, y más
concretamente, actividad ordenada o rítmica, que suscitando en el oyente o
espectador una semejante actividad, ordenando y aclarando para él el tiempo, lo
libra de su pereza, de su fatal modorra, de su abandono a la nada; efecto que
se realiza de modo bien distinto según la especie de las artes. Y luego una
segunda influencia, ya común a todas, en cuanto, siendo actividades gratuitas o
sin finalidad, libertan el espíritu de la agobiadora busca y utilitarismo
cotidianos, de la preocupación y el miedo.
XIV. 3.—Pero, mirándolo bien, no son estos
fines ajenos a lo que la magia y religión de los pueblos llamados primitivos
pretenden. Y tiene su motivo profundo que el poeta, el mago o profeta y el
sacerdote tengan un mismo germen en la forma primera de la sociedad. Me limito
a citar tres hechos significativos acerca de esto. Lo uno, que el ritmo,
esencial, como hemos visto, del arte, es precisamente uno de los más seguros
procedimientos mágicos (el más, junto con la mímesis que suele ser por otra parte,
siguiendo a Marius Schneider, una imitación del "ritmo" de la cosa
que se quiere hechizar): no hay ensalmo
y conjuro que no esté basado sobre el ritmo (casi siempre muy notorio y aún
machacón) de gesto, música y palabra. Y cuando Píndaro clamaba “encantemos pues
las cosas con palabras”, no ha olvidado aún su originaria calidad de mago, que se apodera de los seres
animados y aún inanimados con la magia
de sus ritmos.
XIV. 4.—En segundo lugar, la
fiesta. La fiesta ha estado siempre, como está aún entre nosotros, ligada con
la religión: el día festivo no es (o no es simplemente) un día de descanso,
sino un día de celebración religiosa, un día
arrebatado al trabajo para la pura actividad antiutilitaria, religiosa.
Ahora bien, el día de fiesta es precisamente el día del
juego, el día del arte. La diferencia estriba en que la actividad religiosa (litúrgica
o mágica) puede no presentarse del todo sin finalidad, sino tener la de conseguir
algo de los dioses; y
no del todo sin miedo, sino llena del miedo a lo divino. Desnuda la actividad
religiosa de esta finalidad y miedo, tenemos el mismo ocio activo del juego, esa liberación de la pena de
vivir, a la que también la religión sin duda pretende atender con la institución
de la fiesta (aunque sea, en la religión superior, como fin secundario al
esencial de agradecer a Dios).
XIV. 5.—Aún más (y he aquí el tercer dato) : la
danza, la procesión, las letanías, toda la liturgia, ¿no están en el origen del
teatro? Bien sabido es esto,
y por dos veces hemos visto en las literaturas occidentales salir la tragedia de las
procesiones y cantos de Baco en la antigüedad, salir de los atrios de las iglesias el teatro medieval. Y es
siempre el dramaturgo (autor y actor) oficiante de un misterio: el misterio de
la risa, el misterio de la desgracia y de la muerte. Y es así como el sacerdote
y el actor, colocados hoy como en dos polos opuestos de las dignidades humanas,
participan en cierto grado (aunque sea el sacerdote actor instrumental de
místicas realidades) de un oficio común: o deben participar: mal para el actor
o para el sacerdote si no lo hacen.
XV. 1.—Con esto nuestro tema fundamental de la
operación moral del arte nos ha centrado en torno al teatro; y ahora más
concretamente, sobre la tragedia.
Porque habíamos antes definido el efecto de las artes como una remoción
del espíritu, como una exaltación vital, que repetidamente designamos con el
nombre de alegría. Pero ahora, al pensar en la tragedia, nos asalta esta idea:
¿cómo puede ser la alegría el efecto de toda buena obra de arte, y de una tragedia por tanto, si justamente la
tragedia nos ofrece el espectáculo del dolor, del pecado, de la desgracia, de
la impotencia humana ante el azar de la muerte?
XV. 2.—Y sin embargo, vayamos al hecho real:
examinemos en nosotros el efecto lo moral de la asistencia a una tragedia: lo
que en nosotros queda no es ciertamente depresión, no duelo, no tristeza, sino
una situación de espíritu exaltada y radiante, que absurdamente no parece
distinta de la que queda después de
una buena comedia, con la diferencia, si es caso, de que aquí la risa nos deja
algo más cansados, menos exultantes que la tragedia. Pero al fin ¿que diferencia
hay (y tengo que poner
ejemplos cinematográficos, porque hoy el verdadero
teatro es prácticamente
desconocido entre nosotros) ¿qué diferencia hay entre el gozo de haber visto
"Brigada 21" y el gozo de haber visto "Prima
comunione", por ejemplos de buenas tragedia y comedia cinematográficas?
XV.
3.—Podría decirse lo que
ya Spinoza anotó en sus teoremas de moral geométrica: que el opuesto de la
alegría no es el dolor, sino la tristeza. Y en verdad es el dolor algo activo,
noble, elevado, firme, mientras es la tristeza (vicio egoísta siempre, contra
el dolor, altruista) la flojera, el abandono a la nada, el declive hacia la
angustia (hasta que llega a ella y se hace desesperación y por tanto dolor y
por tanto alegría). Sí, y en la vida misma la tristeza nos ablanda y nos
degrada, pero el verdadero dolor nos enaltece al cabo, nos reafirma, nos hace
más verdaderos, nos purifica.
XV. 4.—Nos purifica: ésta es la palabra acaso
que mejor expresa el efecto de la tragedia también sobre nosotros. Pero esto
nos mueve a desarrollar el mecanismo por el que así la tragedia conduce a la!
alegría a través de la purificación; a analizar el proceso que ya Aristóteles
estudió oscuramente en su "Poética" con el nombre de kátharsis, catarsis
o purificación, y después ha sido constantemente interpretado de mil maneras
diversas.
XVI. 1.—Sentemos lo primero esta observación:
la catarsis, que conduce a la alegría por medio de la tragedia, se produce en
el actor al tiempo y de una manera semejante que en el espectador: es el actor
el que, con la actitud que él mismo adopta frente a su personaje, indica al
público la actitud que frente al personaje debe tomar. Es el actor el que, jugando (absorto en su juego,
no en su personaje) debe contagiar al público el espíritu de juego.
XVI. 2.—Acaso la interpretación más vulgar de
la catarsis será que se produce por "simpatía", por sympátheia, por
participación del público (y del actor) en los sufrimientos del personaje con
el que se identifican; y entonces, al modo que purifica el sufrimiento en la
vida llamada real, así purificaría el sufrimiento participado en el teatro.
Pero de ningún modo pienso que esto sea exacto ni aproximado siquiera.
XVI. 3.—Y ya aparte de las consideraciones
teóricas, basta que analicemos detenidamente nuestras reacciones en el teatro
(o en el buen cine, que es al fin lo más parecido): ¿cuándo nos conmovemos?
¿cuándo se nos saltan las lágrimas? ¿cuándo se nos encoge? ¿cuándo se nos
ensancha el corazón? ¿Es precisamente en los momentos en que el personaje sufre
esos mismos sentimientos, en los momentos en que está conmovido, en que llora,
en que se angustia o se solaza? De ninguna manera, si os fijáis bien (y recordad siempre que hablo del buen arte dramático, no del
drama de serial radiofónico): cuántas veces os sorprenderéis llorando en el
momento en que Edipo, sin saber aún nada de su destino, pregunta ansiosamente
al pastor (y él está ansioso, no vosotros, público, que ya lo sabéis; y él no
llora y vosotros lloráis) o se os anega de dolor el pecho cuando al final
de las "Bacantes" de Eurípides aparece Agave, aún loca de Baco, con
la cabeza de su hijo cazado por ella, que aún confunde con la de un león; y lloraréis acaso
de... -no sé- de conmiseración y aún –absurdamente- de ternura, al ver a Fedra
presa de su pasión incestuosa, a Macbeth y su mujer con los ojos brillantes de
ambición sangrienta.
XVI. 4.—No es pues por "simpatía" con
el personaje, por identificación con él, como se produce la emoción purificadora.
Ya Aristóteles, aunque no declara expresamente esto, lo debía ver con claridad,
cuando decía que los personajes deben ser ouk epieikeis, "no
equitativos, no adaptados a la convivencia". ¿Por qué esto? Evidentemente
por lo mismo que, según él también, han de ser beltíones, "más nobles,
más elevados, más grandes (que lo normal), un tanto sobrehumanos" (y así
eran reyes y héroes en la tragedia antigua) ¿Por qué pues? Por esta razón: que
si el personaje fuera de tamaño corriente y simpático, la identificación del espectador
con él sería demasiado fácil y no es tal identificación lo que se persigue.
XVI. 5.—No debe haber pues identificación entre
el espectador y el personaje. El público debe ser él mismo y ver al
otro fuera de él y tener ante él una actitud emotiva crítica. Es curioso
que el gran dramaturgo contemporáneo Berthold Brecht haya afirmado (y sostenido
con su práctica) algo muy semejante para el actor: el actor no debe
identificarse con el personaje, debe mantener frente a él una actitud crítica:
exige Brecht una Verfremdung, un extrañamiento del actor respecto a su
personaje, para que su interpretación sea moralmente eficaz sobre el pueblo,
mientras viene a considerar como inmoral el abandono total del actor al
personaje, en efecto, así creemos también nosotros, que en el actor, lo mismo
que en el espectador, debe haber dos personalidades en pugna: la suya y la del
personaje (he aquí el motivo profundo de la careta en la verdadera tragedia);
es probablemente en esta ironía interna donde encontraremos el origen de la
catarsis o purificación.
XVI. 6.— Veamos de qué modo. Fijémonos por qué
en la vida llamada real son malos o despreciables los más de los hombres que lo
son: es simplemente porque se dejan llevar, porque no ven claramente el mal en
el que caen; porque la desgracia, la maldad, se le presentan de una manera
vacilante, dudosa, llenos de disculpas, de agarraderos para la justificación
(¡oh, qué pocos son los malos heroicos, los que no se justifican, los que no
creen que sus villanías sean en el fondo honradas!), todo desdibujado, todo propio
para que el hombre deje de distinguir entre malo y bueno y se haga incapaz de
cualquier actitud crítica sobre su propia conducta moral. Pues bien: el arte es
justamente lo que reduce a claridad hiriente la nublosa vacilación. El tragediógrafo
te presenta implacablemente ante los ojos la maldad, la desgracia, la infinita
miseria del hombre (y por si él no lo ha hecho con bastante claro trazo, es el
actor el que debe recalcar con su gesto y tono esta claridad), todo ello agrandado
además por las proporciones
extraordinarias del personaje betlíon (v. arriba. XVI 4): hasta que te obliga a gritarte con sinceridad: "aquí está el
mal''.
XVI.
7.—Ahora: cuando uno
dice “aquí hay algo malo”, es porque en ese mismo momento está tratando de
hacerlo bueno, de superarlo, de librarse de su maldad. Más claramente: el
espíritu humano está dotado de tal potencia de impulso hacia el bien, es tan
absolutamente incapaz de aguantar el dolor desnudo, el mal desnudo, el
espectáculo del abismo de su nada puesto al descubierto, que basta con
enfrentarlo de repente con ese espectáculo, con conducirlo a la desesperación
más honda, para que, como por un resorte, su espíritu salte desesperadamente
hacia la luz, hacia la esperanza ("el que desespera espera" canta
Antonio Machado), hacia la alegría. Sí: porque en verdad la única fuente de la
alegría en nuestra alma es ésta: el sentimiento de que hemos visto el mal cara
a cara y de que podemos luchar contra él. Y este sentimiento es el que la
tragedia nos produce intensamente, al
desencadenar dentro de nosotros lo mismo que se desencadena dentro del actor:
la lucha o crítica emotiva entre el rostro y la
máscara, entre el personaje (malo, o por lo
menos no bueno y en este caso enormemente desgraciado) y el propio espíritu de cada uno de
nosotros obligado a sentirse bueno y alegre.
XVII. 1.—Claro es que este tipo de arte trágico
requiere unos espectadores vivos, no sonámbulos: espectadores activos,
dominadores, que colaboren en la representación: no perdamos de vista la
originaria falta de separación entre la escena y el patio, la originaria
confusión entre el coro de la tragedia y el de los espectadores mismos.
XVII. 2.—Por eso las épocas de debilitación
moral se caracterizan antes que nada por una decadencia de la tragedia: así desapareció
de la escena griega desde el s. IV a J., así de la escena latina desde la época de Sila (donde se redujo a la pantomina
o bailable con tema de tragedia,
género más soportable).
Y en fin también entre nosotros. Porque sí: el espectador entre nosotros (me
refiero sobre todo al de cine) es sonámbulo, pasivo, presto a ser dominado,
femenino en el mal sentido de la palabra.
XVII. 3.—Fijaos en la reacción general ante “La
muerte de un viajante”: una película inaguantable; en la que observarais ante
"Brigada 21": ¡psch! Sin embargo he ahí dos excelentes tragedias (no
quiero hablar de las de tema antiguo, "Hamlet" p. ej. ni exótico,
como "La puerta del infierno"). ¿Por qué nuestro público no aguanta
estas tragedias, o al menos no siente gusto en ellas? Es bien fácil de ver: el
viajante es un hombre antipático: enfermo, soberbio y, por si fuera poco
difícil identificarse con él, medio loco: y ¿quién puede tener ninguna simpatía
por el policía de "Brigada 21"?
XVII. 4.—He aquí la cuestión: las películas que
de ordinario gustan son las simpáticas, las fáciles, las de protagonista
valiente y buen muchacho; son
las películas en que el
espectador se identifica enseguida con uno de los personajes (ved al mozalbete
que en su butaca sigue con el golpe de su puño los puñetazos del bueno
"duro"; o ved a la muchachita que aprieta la mano de su novio en los
momentos "tiernos"). Y es que ese espectador va al cine a vivir una
vida falsa, distinta de la suya: a sentirse a poca costa héroe de una gran
aventura; va en suma a que lo vivan, a que le vivan lo que no puede o no
sabe vivir.
XVII.
5.—Tal es la película,
el drama fácil, es decir: el que ni nos alegra ni nos hace nada, si no
es ayudarnos eficazmente a cometer el asesinato del tiempo. Pero ya se sabe que
el bien no coincide con la comodidad: cuenta el hombre con un empuje
inextinguible hacia el bien (XVI 7); cuenta con una naturaleza constantemente inclinada a la inercia.
Uno no puede ser héroe metido entre las sábanas de su cama y soñando con
heroicidades; al contrario: eso le ha de quitar la fuerza de ser héroe. Y algo
así le pasa al espectador de cine pasivo o identificado.
XVII. 6,—Por eso voy a acabar este discurso con
una exigencia que querría que desde hoy os impusierais vosotros mismos como
espectadores de arte; lo mismo que, como artistas, os exigía antes (XI
4, XIII 4) para primer mandamiento un
metimiento de lleno en las aguas de la vida cotidiana, así querría exigiros
ahora como usuarios del arte: no busquéis la película, no busquéis la obra de arte
cómoda, la que os deja como estáis y os ayuda a consumiros sin subir un palmo
más arriba. Sed colaboradores en el arte: buscad la película, buscad la obra
que os alegra, que os hace mejores, que no os deja como sois. No es nada cómodo
hacerse otro. Pero hacerse otro es la esencia del bien.
