CALENDARIOS Y NUEVOS MUNDOS.

 

Casa de América, Madrid, 22 de febrero de 2000

 

       A propósito de lo que les haya sugerido ese título de "Calendarios y Nuevos Mundos". Vamos con eso del Calendario. Sin duda, saben ustedes, les han llegado noticias de que en todas las civilizaciones, especialmente las llamadas grandes civilizaciones, con que la historia da comienzo: las del Oriente Próximo: Sumerias, Acadias, Babilonias, Asirias; las de Egipto, la China, y, también, aunque más tardías, las civilizaciones Azteca o Inca en Centroamérica, en todas ellas ha aparecido casi como lo primero un calendario, de forma que, dado que ‘historia’ quiere decir aquel tiempo de la sociedad humana que verdaderamente conocemos, puesto que él nos habla por escrito (esta es la condición de la Historia), coincide que es el tiempo que ellos mismos saben por escrito, como lo atestigua la fabricación y el establecimiento de los calendarios. Noten ustedes esta coincidencia porque me voy a aprovechar de ella para algunas reflexiones acerca de esto del Tiempo. En todas aparecen más o menos calendarios diversos, pero quiero hacerles notar qué es en general lo que quiere decir esto de un calendario: de lo que se trata de la manera más abstracta es de poner por escrito el tiempo. Esto es lo que caracteriza a las sociedades que he llamado históricas. La Historia, se podría decir, comienza por tener de alguna manera conciencia de sí misma, dar testimonio en ella del cómputo de los días, de los meses lunares y de los años, y fabricar en consecuencia calendarios: poner por escrito el tiempo. Esto de poner por escrito el tiempo, ya supongo que están viendo que es una labor bastante comprometida y muy poco inocente. Poner por escrito el tiempo quiere decir convertirlo de alguna manera en lo que solemos llamar un espacio, que después, alternativamente, nos empeñamos en contraponer  con el tiempo y después encontrar,  en ciertas formas de la ciencia actual, forma de volverlos a combinar, un cronotopo, o más bien reducirlos declaradamente a ‘espacio todo’, una cuarta dimensión, como en una de las formas de la teorías de Einstein de las que a todos ustedes les han llegado ecos por  la vulgarización. Es convertirlo propiamente en un espacio; si no, eso de poner por escrito el tiempo dejaría de tener sentido.

 

    Poner por escrito el tiempo, es decir, convertirlo en un espacio, quiere decir que, entre otras cosas, tiene que haber en el tiempo, desde ahora, izquierda y derecha.  Estoy sugiriendo que en el tiempo de verdad, antes de esta operación, que he dicho comprometida y poco inocente, no hay tal cosa como izquierda y derecha. Esta orientación pertenece íntegramente al espacio y una de las consecuencias de que el tiempo se registre, en calendarios, por ejemplo, es que va a empezar a tener izquierda y derecha. Porque además, la escrituras, todas las que conocemos de más antiguo (luego les hablaré de adónde llega esta antigüedad), tienen que tener una orientación, por fuerza. Una escritura se escribe de izquierda a derecha, o se escribe de izquierda a derecha. Se escribe de izquierda a derecha, como entre nosotros, o de derecha a izquierda como en las culturas hebraicas y arábigas. Puede vacilar durante algún tiempo como en iscripciones griegas viejas en escribirse bustrofedón, es decir, según el curso de la yunta de arada, pero eso dura poco tiempo, e incluso escrituras como la china que eligen con frecuencia la dimensión vertical, no pueden evitar que, si el testo es lo bastante largo, las filas tengan que irse escribiendo de derecha a  izquierda o de izquierda a derecha. Notan ustedes que de izquierda a derecha quiere decir esto, y esto que es de izquierda a derecha a derecha para mi, evidentemente, ustedes que me ven de frente, se habrán dado cuenta de que es, por el contrario, de derecha a izquierda. Es una perogrullada de las que me complazco en encontrar y  en sacar a la luz por doquiera. Izquierda y derecha que para ustedes es derecha izquierda. Esto demuestra la falsedad, la falsificación de este tiempo que así se establece, porque en un tiempo de verdad no puede ser que entre tú y yo que nos hablamos el uno con el otro haya tal cosa como esa inversión de la orientación. El  tiempo verdadero (vuelve por otro lado a aparecérsenos) ese que corre de tí a mí o de mí a tí indiferentemente no tiene derecha  izquierda, pero el nuestro sí, el histórico, el que se establece desde los calendarios de cualesquiera de las civilizaciones que antes he mencionado. Es curioso que, por ejemplo, entre los mayas haya una especie de escritura, se discute mucho al respecto  si las series de dibujitos acuñados a los que Whorf* llamaba grafemas, costituyen una escritura propiamente dicha o no, en América. En todo caso, Whorf sólo reconocía a la representación por dibujitos acuñados maya la condición de escritura. Esto es discutible porque, evidentemente, depende de la definición de escritura en sentido estricto, sobre la cual volveremos después. Pero normalmente en las iscripciones aztecas y en las mayas y americanas en general, las series de dibujitos acuñados, escritura o preesecritura, se realizan y se leen como entre nosotros de izquierda a derecha, salvo que cuando hay que decir en un testo una cosa de tiempo, y concretamente de tiempo pasado, de "hace tantos días" , “de hace quince días", porque si hay algo claro en las inscripciones americanas es lo que figura  generalmente en su encabezamiento, es decir, la fecha, la datación, y esto es muy revelador porque nos va a decir algo respecto al comienzo de las escrituras, y en estas americanas, relativamente tardías,  se da también, y cuando hay que hacer una referencia, digamos, hacia atrás por emplear una de las metáforas espaciales habituales para el tiempo, “hacia atrás”, entonces el sentido de la escritura varía, entonces junto al nombre por ejemplo, del día en que la inscripción se hace, para hacer referencia al día anterior hasta el cual se quiere contar el intervalo, "hace ocho días", entonces el otro signo va a la derecha en lugar de ponerse a la izquierda como en la serie de dibujitos habituales.

  Todo esto está relativamente oscuro respecto a las escrituras americanas, pero no hace falta llegar ahí porque en las nuestras tenemos suficiente testimonio. Fíjense ustedes en los caracteres romanos y en los arábigos que usamos habitualmente, que son, como todos ustedes habrán visto si no lo han leído simplemente reflexionando, son los mismos, consisten en dedos, en palotes, ésta es una forma de escritura sobre la que volveré, y entonces ven ustedes hasta qué punto nuestro tiempo depende de la convención que la escritura ha elegido, izquierda a derecha o derecha a izquierda. El signo arábigo para seis, consiste en que  (como saben, el signo de cinco en la escritura árabe se ha hecho con una especie de curva cerrada con un rasguito arriba, que es lo que va a dar en nuestro cinco, a diferencia de la decisión de los romanos que fue convertirlo en una especie de uve: el signo de la mano, es decir el signo del cinco,  que viene después de que se han agotado los palotes de los dedos, para los cuatro primeros dígitos), el signo del seis es el signo del cinco que viene a ser un redondelito y tiene, como sigue teniendo entre nosotros, su rabo a la izquierda.  Esto como ven es un testimonio directo de que la escritura arábiga es de derecha a izquierda, y que para escribir cinco más un dedo, naturalmente, se escribe cinco, con el círculo, y uno, con el palote: seis.  Ven ustedes que entre los romanos, con una escritura que normalmente es al revés, de izquierda a derecha, el signo de seis consiste en la mano otra vez, esta vez con la forma de una uve, seguida del palote, pero a la derecha. Es decir testimoniando lo mismo que el orden elegido para la escritura está configurando el sentido de los números y por tanto el del tiempo. El nueve en la escritura arábiga, que nosotros heredamos, se escribe por el contrario con un palote a la derecha. En la forma en que los árabes lo siguen escribiendo es muy fácil desentrañar este nueve: el nueve son dos manos, dos circulitos, que en la evolución de la escritura han venido a montarse uno con otro, pero en la forma en que el árabe se escribe todavía se notan los dos circulitos: dos manos, diez, menos un palote. Y entonces como esto es un palote menos, al contrario que en el caso del seis, el palote aparece a la derecha, como es natural: se escribe delante. En la escritura romana, donde el signo de diez tiene la forma de dos uves, como ustedes saben, dos uves enlazadas por el vértice, para escribir nueve tenemos que escribir, por el contrario, el palote de la resta a la izquierda. Y así es como hasta ese punto el sentido elegido para una cosa tan arbitraria y secundaria como la escritura, en este caso la escritura de los números, lo mismo que determina los números en su forma, tiene que determinar los números en un sentido más profundo sobre el que pasaremos luego y por tanto lo referente al sentido del tiempo. Quería hacerles parar en cómo una cosa tan escrituraria y tan aparentemente superficial como la forma de los signos de escribir números puede estar en la base de mucha idea, mucha especulación en torno a los sentidos encontrados del tiempo: recuerden ustedes  las flechas que físicos y casi cualquiera, los economistas...hacen: flecha hacia la derecha, flecha hacia la izquierda. Todo esto, evidentemente, no puede desentenderse de estas convenciones de la escritura. El tiempo de verdad, antes del establecimiento del calendario, antes de la historia, no tiene sentido: este tiempo que corre entre tú y yo. No tiene sentido porque no tiene más que uno, y ya comprenden ustedes que si el tiempo no corre más que en un sentido no corre en ninguno, porque para que haya sentido tiene que haber a la derecha y a la izquierda, como sucede en el tiempo histórico y real, pero en un tiempo de verdad, si todo es nada más que un flujo continuo y sin fin, entonces ni siquiera se puede decir que vaya en un solo sentido, porque cuando no hay dos sentidos contrapuestos no hay tampoco un sentido; la noción de ‘sentido del tiempo’, pertenece a ese tiempo espacializado del que les estoy hablando y que pertenece a la historia y a los calendarios.

 

     Llegado a este punto, y supongo que habiéndoles metido un poco en cierta perplejidad, habiéndoles metido algunos diablos en el cuerpo, si esto es posible, aunque sean diablillos pequeños, respecto a la cuestión, parece que me toca esplicarme un poco más esplícitamente acerca de eso del comienzo de la historia con el establecimiento de la escritura.  Estos días últimamente he llegado a ver con bastante claridad que el nacimiento de la escritura tiene que esplicarse por confluencia de dos orígenes a los cuales muchos, y entre ellos yo mismo, hemos estado tanteando como posibles orígenes de esto. Pero estoy viendo que hay que contar con dos orígenes contrapuestos para esplicar el nacimiento de la escritura y, con ello, el nacimiento de la Historia, en sentido estricto. Noten ustedes que estamos hablando de la escritura: ustedes vienen aquí, como es normal, engañados, por que el Poder se encarga de engañarles, en el sentido de confundir lenguaje con escritura. Estamos hablando de escritura, que es la historia, y de ninguna manera de lengua, que se escapa de la historia y está antes, por fuera y ajena enteramente a la escritura. En la lengua viva, en la lengua de verdad, no hay izquierda y derecha, no hay sentidos, no hay un tiempo contado. En la escritura sí. Y esto es lo que contrapone claramente la escritura con la lengua.  

 

    Debe venir de otros sitios distintos. Uno de ellos son ciertas formas de preescritura, a la que muchos reducen apariciones en las civilizaciones precolombinas americanas. Un procedimiento consistente en que el recitador de rezos, de cuentos, de retahílas de todo tipo, para ayuda de la memoria, utiliza, por ejemplo, un leño con muescas que le señalan ciertos puntos de la narración, del sermón, del rezo, para que sepa que tiene que pasar por ellos. O utiliza en esa misma vara diferentes colores, o las dos cosas, muescas y colores, que va recorriendo con el dedo y que le van guiando entonces en la retahíla, para que ésta se mantenga más o menos (siempre con variantes) fiel al orden establecido. También pueden usarse cuerdas con nuditos, este es el caso, que todos ustedes han oído hablar de él, de los quipus entre los quechuas, y en la civilización de los incas, cuya misión esencial, la de los nuditos, es evidentemente también la de alguna especie de rosario de nudos que se van recorriendo y que de esa manera va ayudando a la memoria, para la repetición, otra vez, nunca literal (eso sería impropio), pero manteniendo el orden preestablecido hasta cierto punto.

 

     Esto, efectivamente, no se puede llamar escritura en sentido estricto, pero lo veo como uno de los dos orígenes de la escritura. No se puede llamar escritura, porque esta memoria de la que estoy hablando es todavía la memoria de la tradición oral, anterior a la Historia, esterior a la  Historia, y se buscan ayudas para ella, para los recitadores, pero la memoria de la que se quiere repetir la misma retahíla es una memoria ancestral, anterior a la Historia, que tiene que ver con la tradición oral, en la cual, en contra de la escritura, como ustedes saben, un poema, un rezo, una narración, nunca puede ser la misma, o más bien, es la misma una vez y otra, pero, naturalmente, a costa de sus variantes, sus cambios costantes.  Un romance, por ejemplo, vive en sus variantes, y nada más que en sus variantes, como cualquier otro ejemplo de producción oral. Me dirán ustedes que también los escritos pueden, al copiarse de unos a otros, pueden cambiar, pueden meterse erratas, saltarse líneas, pero eso ya es otra cosa. En la historia, bajo la escritura, el intento es que el testo sea literalmente lo mismo, y esto hace que a los quipus, o a las tarjas con muescas o con colores no se las pueda llamar propiamente una escritura.

     El otro origen que para la escritura encuentro, es justamente aquel del que ya hemos estado hablando, es la escritura de los números, es decir, el empleo de palotes, en el sentido que he dicho, palotes o dedos, que después pueden perfeccionarse con el empleo de una mano para ‘5 ‘ o de dos manos para ‘10’, pero esencialmente palotes, para contar reses (es la primera aparición del dinero histórico), o días, tiempo histórico, tiempo de calendario. Es decir, lo mismo que el preso sigue haciendo hoy día en su celda cuando cuenta los días que le faltan o va tachando los que ha pasado. El mismo. Para mí ahí está uno de los orígenes de la escritura. Y en este sentido puedo decir que lo primero de todo el rico y complejo aparato del lenguaje, con sus índices personales, y mostrativos no personales, con sus cuantificadores, con su negación, con sus interrogativos, con todo lo demás, con sus palabras de significado, lo primero que se escribe son los cuantificadores definidos, los números, los números de la serie: esa es la entrada en la Historia. Esa es la primera cosa que se escribe. Los arqueólogos han llegado estos decenios pasados a ver que en varios sitios de la Mesopotamia aparecen efectivamente cacharros, de barro, por ejemplo, que contienen piececitas que, evidentemente, cada una representa una vaca, por ejemplo, una res de la hacienda,  en el cacharro en conjunto, y en la tapa del cacharro aparecen ya escritos números, en un tiempo, me estoy remontando a entre 6.000 o 7.000 años ha. La Historia no puede ser mucho más antigua que eso, un poco más sí, pero no mucho más antigua en ningún sentido. Y lo que pasa es que lo numerales (primera cosa que se escribe de la lengua. Primeros elementos de la lengua viva que pasan a quedar registrados en la escritura dando comienzo a la Historia), arrastran consigo a las palabras de significado, porque, efectivamente, si el rebaño consta de diferentes clases de animales, vacas, ovejas, cerdos, entonces, es preciso que el numeral se acompañe enseguida de una figurita que sea un cerdo esquemático una vaca esquemática. De esa manera el numeral arrastra consigo al ideograma. Y esto que les cuento para la Mesopotamia se lo podría contar para la escritura china, donde, efectivamente, la escritura de los numerales es sustancialmente la misma cosa, y es ella la que ha debido arrastrar a la escritura, que en esa región permaneció esencialmente ideográfica hasta nuestro días, a diferencia de lo que pasó en occidente. Es la confluencia de esas dos cosas lo que para mí esplica el nacimiento de la escritura y el comienzo de la Historia.

 

    La historia no ha podido comenzar mucho más allá de eso. Los primeros testimonios de escritura. Podemos decir que hace unos 10.000 años. Algunos arqueólogos creen encontrar en ciertos rasgos en vasijas o piedras en la región del occidente del Mar Negro, es decir, en Europa ya, formas de escritura anteriores a las mesopotámicas y a las chinas, por supuesto. Todo eso es discutible, pero, en todo caso, a lo que llegamos es a unos 10.000 años ha. Esto, como comprenden ustedes, comparado con el tiempo que tiene que hacer que hay gente en la tierra hablando, aunque nada más sea eso, es prácticamente nada. Hasta los propios científicos tienen que calcular eso en unos 500.000 años o cosa por el estilo, por lo menos, dependiendo naturalmente, de la noción de ‘hombre’, a diferencia de ‘pitecantropo’, de si los testimonios respecto a si las herramientas pueden indirectamente atestiguar que hay una forma de lenguaje, pero, en fin, menos de eso, desde luego, nada, probablemente más, porque ya cuando parece ser que los humanos empiezan a salir  por la parte del Estrecho de Suez desde las regiones nativas el África  y empiezan a estenderse hacia Asia y hacia Europa, ya son capaces de fabricar algunas de esas piedrecitas de sílex talladas, que van a acompañar a la humanidad durante un millón de años, o cerca, sin que nadie sepa hasta el momento para qué se tallaban ni para qué servían, pero que, evidentemente, por su estructura misma revelan que tal herramienta y las herramientas que para hacerla se usaran, no presuponen una forma de lenguaje. De manera que más allá de los 500.000, y, por otra parte, no merece mucho la pena detenerse mucho en esto porque, en todo caso, los 10.000 años de historia al lado de eso no son nada. Y, aunque eso sea meramente cuantitativo, es útil siempre, una vez y otra, asomarse a ese casi sin fin de la lengua entre los hombres, y compararla con esta restringida escala de nuestros calendarios históricos de las épocas y de las eras de la Historia. Es un error inevitable que nosotros tendamos a dar mucha importancia a las cosas de las que tenemos testimonio escrito, recuerdo histórico, y más importancia cuando el testimonio escrito es más abundante y más opresor, hasta llegar a la actualidad misma donde la televisión se dedica a hacernos historia todos los días, convertirnos inmediatamente, sin dejarla enfriar, la vida corriente en Historia. Es normal que uno se sienta influido sobre todo por lo que es conocido, escrito (no distingo para nada las imágenes de las letras. Las imágenes televisivas u otras, desde el momento que hay escritura, hablan igual que las letras, por tanto esa tontería de contraponer los libros con la televisión y las letras con las imágenes, no tiene ningún sentido, todo son letras, todo es escritura. El dominio de que hablo es el dominio de la escritura, de la Historia). Es un error perfectamente humano darle mucha importancia a los 2.000 añitos desde Cristo para acá, a los poco más de otro tanto desde que se empieza a formar esto que llamamos Occidente, más todavía a las revoluciones y fantasmadas, más o menos sangrientas, del siglo XIX y sobre todo del XX, y nuestras dos guerras mundiales una detrás de otra, y hablar mucho, sobre todo, como venían los comerciantes haciendo estos decenios  pasado del futuro: el año 2.000, y cosas por el estilo.  Es un error harto humano, pero para eso estamos aquí, para levantarnos contra los errores humanos, por más comprensivos que nos queramos poner con ellos. Y una de las curas es asomarse a ese tiempo sin fin, a ese tiempo de verdad, no real, no histórico, pero verdadero, en el que no hay izquierda ni derecha, en el que no estamos más que tú y yo que no somos nadie, y hablando en un tiempo que no tiene sentido, porque no tiene dos sentidos que contraponer, ni, por tanto, puede saber nada de todas esas tonterías de pasado y futuro y todos esos esquemas que os meten desde la escuela en donde el tiempo aparece así: con un trozo tirando para la derecha, según nuestra escritura, que será seguramente el futuro, y otro tirando para la izquierda, que en nuestra escritura es el pasado. No estoy en este momento seguro de cómo lo hacen los árabes, si han invertido este esquemita del tiempo o no lo han invertido. Es útil siempre asomarse a ese sin fin como una cura contra esta ceguedad visual que constituye la historia. A ello es a lo que estamos aquí.

    En cuanto a América puesto que en esta casa parece que debemos también ocuparnos un poco en especial de ello, es desde luego un caso un poco aparte, porque supongo que no hay nadie que atribuya la entrada de los hombres en América más allá de hace 20.000 años, tirando mucho. Supongo que nadie cree que los hombres hayan entrado en América hace más de 20.000 años, lo mismo si se sigue la hipótesis habitual de la entrada por el Estrecho, o tal vez istmo, todavía, de Bering, o si se sigue la hipótesis de navegaciones por el pacífico a través de Pascua y tal, en todo caso no mucho más. Es decir, poco antes de empezar la historia, a la cual atribuyo una antigüedad de 20.000 años. Poco antes de empezar la historia. Es, desde luego, fascinante tratar de imaginar esta entrada de los hombres en el Nuevo Mundo (entonces sí que era un verdadero Nuevo Mundo, porque por lo menos carecía de estos bípedos implumes, o animales racionales, estaba limpia de ellos, era un verdadero Nuevo Mundo, quiero decir, una novedad incomparablemente más verdadera que la que se encontraría Colón y después los conquistadores muchos siglos más tarde). Es fascinante, porque, como saben ustedes, cuando llegaron los conquistadores, es decir (si entraron, que yo creo que es un poco demasiado pronto, en el 20.000), sería al cabo de 15.000 años nada más, cuando entraron los conquistadores el continente estaba habitado todo él, desde arriba a abajo, hasta la punta, más o menos habitado. Es decir, que tienen ustedes que pensar, durante no mucho tiempo, lo más 15.000 años, en una emigración costante que vaya desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, y esto es mucho decir, pero así nos vemos obligados a suponerlo. Naturalmente, en el curso de esta ocupación, también en el Nuevo Mundo empieza la historia y aparecen los calendarios. He empezado recordándoles esto: empieza la historia y los calendarios naturalmente en esos puntos en que se habían llegado a establecer instituciones y regímenes más o menos semejantes a los del Asia, a los del Viejo Mundo; es decir mayas, aztecas, incas. En estos puntos es donde aparecen cosas como los calendarios de que al principio les he estado hablando un poco. Pero, sobre todo, y aunque sea un poco una digresión, fíjense ustedes que los españoles llegan a encontrar allá en la Tierra del Fuego, hombres, hombres y mujeres, fornidos, ocupando esa isla, sin más medio para  luchar contra el frío que una especie de casas consistentes en sólo una especie de panel de cuero o cosa por estilo, contra el tremendo frío de eso que es casi ya la Antártida. Y ahí están, y han venido a establecerse cruzando los sitios más favorables donde se desarrollarían los grandes imperios, más o menos duraderos. Habían llegado hasta allí. Esto es muy maravilloso. Desde luego la maravilla no es más que una repetición de lo que ya había sucedido en el Viejo Mundo, con la espansión de los hombres y sus mujeres hasta sitios tan inhóspitos como Europa misma, donde no hay manera de vivir si no es desarrollando toda una  civilización, una civilización que trae consigo casas, vestidos y toda clase de istrumentos. Hombres que se nos dice que habían nacido en sitios deleitosos, con un clima sin problemas, más o menos allá por los lagos del África, en los lagos, las llanuras y los bosques acogedores, que vinieran a irse andando hasta sitios como donde estaban los lapones, los esquimales, hasta los países escandinavos, hasta Islandia, hasta Groenlandia. En mi incapacidad para entender esto debidamente con las  esplicaciones que me suele dar la ciencia, yo había llegado a desarrollar una esplicación, un motor interno para todo esto, que se habría vuelto a repetir en América hasta llegar a esplicar la aparición de estos hombres luchando contra el frío en la Tierra del Fuego. La esplicación consiste en las mujeres, las mujeres, evidentemente, lo mismo que son la causa de toda guerra, desde el principio, de la misma manera son también la causa de toda emigración y conquista de suelos: descubrimientos y conquistas.

 

  De esta manera, que es relativamente simple  (y disculpen un poco la simpleza), la Historia propiamente dicha, ésta de los diez mil añitos que les estoy diciendo, es algo que empieza justamente con el  sometimiento de las mujeres. No hay otra manera de entender y caracterizar esto. Es el momento en que las mujeres se convierten, no ya sólo en presa, sino en una especie de riqueza incomparablemente superior a la de las vacas, los cerdos y demás, a las otras reses, y, como decía Engels, la primera forma de dinero. La forma más primitiva de dinero. Ellas son, por tanto, el origen de guerras, y la Historia empieza así, y las mujeres están sometidas al primero. Es verdad que están sometidas a los hombres, y cuanto más la historia avanza, más sometidas, hasta llegar a la Sociedad del Bienestar, donde el truco del sometimiento consiste en hacerles a muchas hacerse como hombres, que ya es el colmo del sometimiento. Primero,  es verdad que están sometidas desde el comienzo de la Historia, y que esto esplica bien el comienzo mismo de la Historia, y, segundo, que no están sometidas por ninguna condición prè-histórica, natural, ni que se refiera al lenguaje ni nada fuera de la Historia, sino justamente en la Historia y con el sometimiento al tiempo histórico y los calendarios: no antes de estos diez mil añitos que he puesto como duración de la Historia. No es una esclavitud  prehistórica: es una esclavitud real, pero puramente histórica, la de las mujeres. Pero, establecido esto, con permiso de ustedes, (luego ya, si tenemos un rato discutiremos lo que haya que discutir), yo entiendo las emigraciones  increíbles de los hombres a los parajes más inhóspitos como una huida de sus mujeres. Es normal que una vez que está establecida una sociedad en que el sexo fuerte tiene sometido al sexo débil, y el sexo débil nunca llega a ser tan débil que no dé guerra (siempre da guerra a sus señores) es enteramente esplicable que en una tribu determinada, los hombres, después de sufrir durante una larga temporada el amor de sus mujeres y lo que viene detrás del amor, que es evidentemente todo eso que he llamado guerra, llegan a ponerse  más o menos de acuerdo, y uno de ellos dice: ¡Ciervos al norte! Entonces se reúnen todos y emprenden una espedición hacia el norte, hacia una nueva tierra (el caso de América viene a ser, al revés, bajando por América Central). Ciervos al norte o gamos al sur, y se lanzan a una espedición, y pasan días, pasan meses y no vuelven, hasta que las mujeres se cansan de la cosa y deciden a su vez irlos a acompañar y se trasladan. Se trasladan y se produce el nuevo establecimiento, y de alguna manera empiezan la conquista, la nueva ocupación. La historia se repite, después de una temporada los hombres empiezan a no poder ya con el amor de sus mujeres, entonces se lanzan a otra espedición de caza  o de pesca o de busca de lo que sea, y las mujeres al cabo del tiempo les siguen, y así  puede llegarse a esplicar que lleguen a Finlandia o a la Tierra del  Fuego, al cabo de no muchos siglos, al cabo de (para el caso de América) cosa tan escasa como unos quince siglos, no más.

 

    Sea lo que sea de esta esplicación, y se la crean ustedes o no, ello no nos debe quitar nada  de la maravilla, de la perplejidad, al reconocer cosas como estas emigraciones y estas formas de descubrimiento y de conquista. Termino diciéndoles que en toda esta historia, que arranca de los calendarios, el triunfo verdadero, el que hoy padecemos, bajo el régimen que hoy padecemos, el más perfecto, el más mortífero de todos los que inventados nunca, es naturalmente el triunfo de este invento al que llamaré Futuro, el invento del futuro, que es la culminación de esta elaboración del Tiempo de que al principio les he hablado a propósito de izquierda y derecha y demás. La escritura que iba a triunfar sobre todas no era ni la ideográfica, ni los tanteos de siglas al estilo de las escrituras iberas, por ejemplo, iba a ser la escritura alfabética, que lleva en lo más profundo al descubrimiento de la lengua, al descubrimiento de los  fonemas. Y esto, evidentemente, es un arma tremenda, porque no hace falta que les diga  que la eficacia de una escritura alfabética es tan superior a las otras formas de escritura que apenas hay competencia, y a prueba es que hoy esta forma de escritura es prácticamente la única, con estos restos que ustedes conocen bien de dos de las tres escrituras japonesas, un procedimiento un poco especial entre los coreanos, una resistencia de la escritura china,  pero, en fin, evidentemente como residuos  frente al imperio de la escritura alfabética, la nuestra, la de lo que antes se llamaba Occidente. Pues esta escritura es la que acompaña a un tipo de lenguas, las de la familia de las europeas, que van desarrollando una especie de tiempos de verbo y  llegan a considerar como un tiempo de verbo al futuro. Esto a ustedes les   parecerá una cosa muy corriente porque se lo han esplicado en la escuela, pero es tremendamente contrasentido, absurdo, por más real que les parezca. No pasa esto en otras lenguas. Por ejemplo, en  lenguas americanas mismas, digamos, en hopi  (una de las lenguas estudiadas por Boas o Whorf, después), hay una cosa que llaman verbo, muy rica en cosas que llaman aspectos verbales y así,  pero donde se distinguen claramente formas de ese llamado verbo destinadas a referir hechos, sin distinguir, por supuesto, pasados de presente, cosas dadas, cosas que forman parte de la realidad. Y, luego, otra cosa, a la que algunos muy inesactamente llaman potencial, que es en verdad una forma modal, como en muchas otras lenguas sucede. No hay tal cosa como un tiempo futuro. Hay efectivamente modos: "¡Ojalá llueva!", "¡Te mato ahora mismo!". Estas cosas las hay  más o menos en todas las lenguas; y, si hay  verbo, suele haber formas especiales, para amenazar, por ejemplo: "¡Te mato ahora mismo!", o para pronunciar un voto: "¡Ojalá llueva pronto!". Pero esto no es nada parecido a lo de referir hechos, cosas dadas.  La hazaña de las lenguas de la cultura dominante fue convertir esas formas modales en algo que parecía un tiempo. Es verdad que la cosa no llega muy a fondo: si ustedes se fijan en el uso que hacen en su lengua del tiempo que en la escuela llaman un futuro, verá que casi nunca se emplea para indicar futuro ninguno. Es para lo que menos se emplea. Eso, en todo caso, en un parte meteorológico: "Mañana habrá algunos nublados", a riesgo de equivocarse en la predicción, como está mandado, pero, corrientemente, ya saben para qué se usa: "Estará ahí", "Habrá venido": nada de tiempo futuro. Nada de este absurdo en que quieren  convercerte de eso.

Pues en ese absurdo es en el que está el triunfo. Eso es lo que hizo que la Cultura dominante se estendiera por conquista. Lo característico de esta cultura que ha llevado la noción de Tiempo, y, por tanto, el desarrollo de los números, y el calendario, a su  potencia máxima, la manera de actuar es ésta. Para nosotros, en la medida en que nos identificamos con semejante mostruo en este régimen que hoy padecemos, para nosotros, el descubrimiento es conquista. Esto, díganlo muy claramente referido al ejemplo de América: el descubrimiento es conquista. Esta bien que intentemos diferenciar: es verdad, hay tal vez también un momento de asombro cuando Colón se asoma a la borda de su barco y ve a los niños, y a los chicos de las islas del Caribe lanzándose al agua y divirtiéndose mucho con la aparición de las naves: es un momento. El momento siguiente es ya la transformación del descubrimiento en conquista, y esto es lo característico, y así hemos dominado el mundo, así hemos  dominado el  globo entero, gracias a esta ideación del futuro, gracias a haber llevado al estremo esto que les presentaba como el comienzo mismo de la Historia.

     Naturalmente, esto de que “hacemos descubrimientos”, y “conquistamos” se lo digo en broma, porque ni ustedes ni yo nos identificamos con ese mostruo. Éste es el régimen que padecemos,  pero yo, y supongo que a ustedes les pasa lo mismo, me guardo mucho de identificarme con Él:  por eso estoy hablando contra Él, y  puedo hacerlo con esa tranquilidad porque por debajo de todo este dominio de la Historia, de la escritura, del tiempo establecido, del Futuro,  queda siempre algo más verdadero, algo que es pueblo, que es común, que es sentimientos, que es sin fin, que es un tiempo que no tiene sentidos, todo aquello que les he estado contraponiendo, y gracias a ello, no me identifico, ni sin duda ustedes, en general, se identifican tampoco con el régimen: más bien que identificarse con Él, les pasa como a mí: lo padecen, como pueblo que somos. El pueblo está pa eso, para padecer los sucesivos regímenes de la Historia, para padecerlos sin nunca morir.

      Cuando les estoy hablando contra el Tiempo histórico y contra el calendario, les estoy  en realidad  hablando al mismo tiempo contra el Dinero, porque la verdadera forma del Dinero es el tiempo contado, como en el progreso mismo del Dinero se observa, donde cualesquiera otras apariciones del Dinero desaparecen junto a la  fundamental, que es la del calendario: calendario y agenda, que rigen el crédito y el débito. Ése es el Dinero de verdad, y por tanto podemos identificar sin miedo el Tiempo histórico contado con el Dinero. Tiempo histórico esencialmente Futuro, en el sentido que he dicho, porque ése es el Tiempo de verdad, que de verdad vale y mueve dinero.

    No nos identificamos. Les recuerdo, hace muchos años ya, cuando me tenían como tantas veces metido en los calabozos de la Puerta del Sol, por los años sesenta y cinco y siguientes, bueno, pues durante esos tres días y tres noches que  tenían autorización  para retenernos, salvo que hubiera estado de escepción, con lo que el hospedaje podía prolongarse muchos días más, esos días fabriqué una especie de romance con estribillo que es el de las Carabelas de Colón, que fui cantando y que después Chicho Sánchez Ferlosio también ha cantado, e incluso llegó a grabarlo en un disco que llama  A contratiempo.  Y ahí se le lanzan desde acá abajo, a las carabelas, amonestaciones  como las siguientes:  cerca del comienzo, recuerdo que se les dice:

 

 

"Carabelas de Colón,

todavía estáis a tiempo:

antes que el día os coja,

virad en redondo presto,

presto;

tirad de escotas y velas,

pegadle al timón un vuelco,

y de cara a la mañana

desandad el derrotero.

 

Mirad que ya os lo aviso,

mirad que os lo prevengo,

que vais a dar con un mundo

que se llama el Mundo Nuevo,

nuevo,

que va a hacer redondo el mundo,

como mandó Tolomeo,

para que girando siga

desde lo mismo a lo mesmo."

 

Esa es la condición de la redondez del mundo, y de la ocupación del globo; y hacia el final,  después de contarles todo lo que pasa, todos  los horrores que pueden encontrar si llegan a abordar América las carabelas, se les recomienda volver atrás, a contratiempo, diciéndoles:

 

"No hagáis historia; que sólo

lo que está escrito está hecho."

 

Cuando fabricaba este romance, desde luego que no había visto las cosas de relación entre  la escritura y el dominio tan claras como hoy  se las he espuesto a ustedes, pero evidentemente algo debía sospechar por lo bajo, cuando salía ese romance en que a las carabelas les recomendaba, en ese sentido, no llegar a tocar con el Mundo Nuevo, a sabiendas de que ese Mundo Nuevo se iba convertir inmediatamente en el mismo mundo, como en las ocupaciones  anteriores, iba a ser una repetición de lo mismo, según lo que el orden de la figura y de la Historia exige. ¿Qué se podría llamar un mundo nuevo, qué  se podría llamar un descubrimiento? Pues, desde luego, un descubrimiento que  no implicara  ocupación, que no  implicara conquista, que no implicara futuro. Sin esa condición negativa no hay descubrimiento que valga, ni mundo nuevo que valga.  Un mundo nuevo tiene que ser un mundo como ese de los niños del Caribe lanzándose al agua delante de los ojos de Colón por un momento. Tiene que ser un mundo al que no haya llegado la Historia, un mundo al que no haya llegado la Historia y al que nosotros nos vayamos con nuestra propia vista, y nuestra propia entrada a someter a la Historia: un descubrimiento de lo desconocido, que le permita seguir siendo desconocido. Eso sería un mundo nuevo, un mundo sin fin, un mundo desconocido, y la condición para el descubrimiento es ésa: dejarse llevar por nuestra curiosidad, que tiene que ser como una especie de odio, del régimen impuesto, naturalmente, es una  curiosidad de mujer, de niño, de  pueblo, de lo que queda sometido. Con un odio de lo que se nos vende y se nos impone como Tiempo, como Realidad. Eso es lo que lleva a un descubrimiento, una y otra vez. Y si ese descubrimiento se va enteramente carente de futuro, sin perseguir ningún fin  (porque eso ya  es llevar dinero:  si se tiene futuro se tiene dinero),  entonces una situación como ésa sería una situación de verdadero descubrimiento, y tendría algún sentido decir algo como ‘mundo nuevo’, que para los otros casos conocidos por la historia no tiene sentido ninguno.

A lo mejor me dirán   que  eso que les propongo es irreal, y está claro que es irreal, y es que contra lo que uno está hablando y actuando es contra  la Realidad, de forma que eso que hablo es irreal, en eso tiene su gracia y en eso tiene su fuerza, si no, estaríamos ya dentro de la Historia, lo tendríamos ya escrito, y ¿para qué estaría hablando con ustedes si  lo tuviéramos  ya escrito? Lo tendrían en cualquier libro dicho. Es irreal, y por eso puede lanzarse contra la Realidad.

 

Eso es lo que les quería presentar, y ahora si nos queda algún tiempo, pues seguimos hablando.