Cómo hacer vivir a los muertos

 

Pienso hacer dos cosas: primero presentar algunos puntos teóricos acerca de la cuestión de la traducción entre lenguas, y luego meteros un poco en el taller, digamos, a propósito de cosas con las que ahora ando, como son una traducción, que más que traducción es un hacer vivir a los muertos, en este caso con La Ilíada y luego con un pequeño poema de Catulo, es decir, jugando con el griego y el latín y el espofcont, más o menos modificado para el caso, con la lengua en la que os estoy hablando.

 

I. Respecto a las cuestiones de traducción, voy a centrarme solamente en unos puntos que no están recogidos en los trabajos que se ha tenido la amabilidad de citar o que se han desarrollado después de una manera considerable.

 

Hay que partir de esta noción de que una traducción es propiamente imposible. Las lenguas son incomunicables. Cada lengua es un mundo. Todas estas cosas se han dicho muchas veces. Son tópicos que no se pueden aceptar en general, pero que, desde luego, algo tienen que hace recomendable partir de la imposibilidad, para, en seguida, ver cómo esta imposibilidad es gradual, más o menos posible según y cuándo.

 

Y he aquí una observación general que os voy a dar: la traducción es tanto más posible cuanto más las lenguas están -en la lengua de que se trate o el testo lingüístico de que se esté tratando- en los planos más cercanos a la conciencia y a los manejos voluntarios, cuanto más se alejan de los niveles más profundos de la lengua que son literalmente subcoscientes, a los que no llegan manejos de la voluntad ni la conciencia esplícita.

 

De manera que cuanto más una lengua es culta, académica, científica, o por lo menos el testo lo es, tanto más fácil y evidente es la traducción. Y en cambio, cuando descendemos a las zonas más propiamente subcoscientes, cuando se trata de un testo lingüístico muy alejado de los niveles de la Cultura, muy profundo, muy metido en el subcosciente, es decir, una conversación en estilo muy coloquial, una poesía del tipo de poesía que está máximamente alejada de la cultura y trata de acercarse más a ese corazón subcosciente -la lengua-, entonces la traducción se va haciendo cada vez más imposible y la sensación de traición del traductor cuando hace el intento se hace más viva, tiene más fundamento.

 

 Una frase del espofcont como sería, por ejemplo, "las más vehementes aspiraciones de los súbditos de un país no debidamente regido por instancias gubernamentales están condicionadas por una multitud de factores que las hacen más o menos realizables en cada ocasión", un trozo de jerga perfectamente culto, como podría aparecer en un periódico o en un tratado cualquiera, es tan traducible que uno tiene la impresión de que en todas las lenguas más o menos se emplearía la misma jerga, disfrazada con otro disfraz idiomático, pero que todas vendrían a ser literalmente equivalentes. Y la sensación de traición es mínima. En cambio, si uno se encuentra con una novela realista o tiene que traducir "Pues, anda que el otro", sólo con eso, el trabajo para volver al inglés o al chino una frase semejante se hace interminable y la sensación de que uno nunca acaba de encontrar la equivalencia es tanto más viva.

 

 Lo de los niveles de la lengua en relación con esto de la traducción, lo ilustro gráficamente con un esquema de este tipo:

 

 

  Una pirámide pentagonal aplanada, pero imperfecta, abierta por uno de sus lados, es el tipo de esquema que empleo una y otra vez para representar un sistema de lengua cualquiera. Coloco los fonemas en el centro, dedico uno de los lados a los mostrativos y deícticos, otro lado a los cuantificadores incluídos los números, otro lado a los elementos fundamentales de toda lengua que son la negación y los interrogativos, y dejo la cara abierta para el vocabulario semántico, para las palabras con significado, que son propiamente infinitas. Todo el resto del sistema de la lengua es finito, cerrado, incluyendo el caso muy especial de la serie de los números, que no es propiamente infinita, sino sólo interminable. Mientras que aquí, donde están el sol y la luna, están las vicisitudes y la longanimidad, todas las cosas que tienen significado, esto no costituye conjunto, esto es en cualquier lengua una infinitud, porque la creación y modificación del significado de los vocablos está influida por cada acto de habla: ahí está la raíz de la inestabilidad de cualquier sistema lingüístico.

  Eso es propiamente infinito.

 

 Generalmente pinto este cuadro del lado del revés: aquí está pintado con la cara del vocabulario semántico para arriba, para hacer comprensible lo de los niveles que os estaba diciendo. Ése sería el límite, en principio, que separara la lengua subcosciente en el sentido preciso que he dicho, inasequible a la conciencia personal de los hablantes y a los manejos voluntarios de hablantes o de istituciones, mientras que por encima tendríamos lo que llamaré en general cultura, que se caracteriza por una serie de istituciones y de objetos que sí son coscientes, que sí están sujetos a los manejos individuales y por ende a los manejos del Poder, a los cuales la lengua en sus zonas subcoscientes es inasequible: ni al individuo, ni al estado ni a los comerciantes es asequible el aparato de las lenguas en sus zonas más subcoscientes, pero la cultura sí.

 

                    Esta parte de la lengua, la parte de las palabras con significado,

                    está en el esquema colocada de tal forma que salta el límite. Y

                    este salto del límite entre lo uno y lo otro es lo que querría que

                    vierais. Así como la gramática propiamente dicha, la organización

                    del sistema de los fonemas, el sistema de los deícticos personales

                    y no personales, la organización de los cuantificadores, las reglas

                    de uso de la negación y de los interrogativos, todo eso es

                    profundamente subcosciente, inasequible, por tanto, a los

                    manejos, en cambio, el vocabulario semántico es bastante

                    asequible, como lo prueba el hecho de que, si cualquier no culto

                    se pregunta por su lengua o las lenguas, a lo único que llega es

                    hasta a fijarse en algunas, en un grupito de palabras con

                    significado, y apenas pasa más allá. Lo demás es inasequible. Y

                    no un ignorante, sino también cultos que no sean gramáticos muy

                    avezados, cultos que se preguntan por las lenguas y sus

                    relaciones, generalmente no pasan de aquí. Se fijan un poco en el

                    vocabulario semántico. De forma que hasta ahí suele llegar la

                    atención: por tanto, estamos saltando al reino de la conciencia y

                    la voluntad, al reino de la cultura.

 

                    Supongo que ahora, volviendo con mis ejemplos, os estrañará

                    menos lo que os decía respecto a la traducción. Son las partes

                    de la lengua y las manifestaciones lingüísticas más cercanas al

                    nivel cosciente, más dominadas por la semántica, aquéllas que

                    entre las lenguas resultan fácilmente trasvasables. Mientras que

                    frases como el tipo de "Pues, anda que el otro", donde juegan

                    elementos muy astractos, donde lo semántico casi no aparece

                    para nada, y que por tanto pertenecen a las zonas más

                    subcoscientes, ésas parece que se nos vuelven intraducibles de

                    una lengua a otra.

 

                    Significado semántico es el de palabras de las que en un

                    diccionario pueden encontrar una definición, aunque sea siempre

                    arbitrariamente cerrada. Porque en un diccionario, la palabra

                    'esto' o la palabra 'cinco' o la palabra 'qué' no tienen ninguna

                    manera de encontrar una definición. Siendo infinito el vocabulario

                    semántico, cada uno de los ítems que lo costituyen es

                    necesariamente no cerrado, abierto, influido por cada acto de la

                    lengua. Todo lo que se refiere a los elementos que he citado,

                    mostrativos (esto, yo, me), cuantificadores (algo, mucho, todo,

                    tres, cuatro, cinco), lo que he puesto más profundo de todo, la

                    negación (no) y los interrogativos (qué), junto con lo que está en

                    la base de la pirámide, el sistema de los fonemas, se supone que

                    es perfectamente subcosciente, que todo el mundo conoce y

                    maneja perfectamente, gracias a que no se dan cuenta. A

                    diferencia del vocabulario semántico.

 

                    Esta información respecto a la relativa traducibilidad os debería

                    con razón dejar pensando que he hecho algo de trampa; porque

                    hay algo muy evidente que se desprende de lo que he dicho:

                    ¿cómo es que, cuanto más arriba las manifestaciones lingüísticas,

                    cuanto más culturales, son más traducibles? Esto parece suponer

                    que la cultura, a diferencia de las lenguas, es una, en el sentido

                    de que es la misma para un grupo, para muchas o, tal vez, para

                    todas las lenguas. Porque si no, no tendría sentido lo que he

                    observado. ¿Por qué las locuciones más cultas, más de la jerga

                    del tipo del ejemplo que os he dado, iban a ser más traducibles?

                    Sólo contando con la condición de que la cultura es la misma por

                    encima de las diversas lenguas.

 

                    Esto es así propiamente en el caso al que asistimos todos los

                    días, es decir, en el caso de encontrarnos dentro de la cultura

                    invasora que ha acabado por hacerse casi global, abarcando bajo

                    a todos los pueblos y por tanto a todas las lenguas del globo.

                    Es esta cultura (digamos, la cultura fabricada de una manera

                    firme en torno a los estados griegos y después estendida con el

                    Imperio, y hoy abarcando al mundo), es ésta la cultura que

                    amenaza con ser una, La Cultura. Y entonces, en esta situación,

                    lo que os estoy diciendo es bien cierto: puesto que la cultura es

                    la misma, es normal que las manifestaciones más cultas de cada

                    lengua sean más traducibles, encuentren más fácilmente su

                    equivalente en ruso, en chino, en groenlandés -en la medida en

                    que los esquimales hayan entrado también al mundo de la cultura,

                    porque ésa es la condición.

 

                    Esta situación es la que permite que haya en el mundo cosas

                    como traductores simultáneos en los congresos. Se confía

                    ciegamente en que en un congreso a nadie se le va a ocurrir

                    decir "Pues, anda que el otro", que no va a ponerse a hablar de

                    esa manera, con lo cual crearía un verdadero atasco en el

                    proceso, sino que va a emplear continuamente la jerga culta, y

                    va a encontrar su equivalente, en la medida en que las tribus

                    correspondientes, y las lenguas correspondientes con ellas,

                    hayan entrado bajo el dominio de la cultura universal (ésa es la

                    condición) y hayan aceptado la cultura griega como global, como

                    acabando con todas las demás.

 

                    Naturalmente, si quedan restos de alguna otra forma de cultura

                    derrotada, restos de la vieja cultura china o hindú, todo eso

                    puede producir líos, porque, a su vez, esas culturas durante

                    siglos tuvieron también su espansión y se estendieron por encima

                    de muchas lenguas diversas, la china o la hindú, por ejemplo.

                    Pero en la medida que también ellas han quedado derrotadas y los

                    pueblos correspondientes reducidos a la cultura única, ya no hay

                    problema, ya puede haber traducción simultánea por todas

                    partes. Esta es la condición esencial.

 

                    De forma que sólo con esta condición histórica que os acabo de

                    presentar se esplica bien que sean las manifestaciones

                    lingüísticas producidas en las zonas más coscientes del individuo

                    y más asequibles a las istituciones aquéllas que encuentren

                    inmediatamente su traducción, mientras que las coloquiales, las

                    poéticas en uno de los dos sentidos que voy a precisar, se

                    muestran sumamente inasequibles a la traducción.

 

                    Quiero ahora presentaros una contradicción: con esto que os he

                    dicho ( las lenguas son entre sí traducibles en la medida en que

                    están sometidas a la cultura única) está en contradicción el

                    hecho de que en la gente baja, preferiblemente no leída, reina

                    una especie de, no convicción, pero confianza ciega en que

                    "hablando se entiende la gente". Con esto quiere decirse que, en

                    cualquier lengua que uno se encuentre con los vecinos más

                    estraños, se va a producir alguna forma de entendimiento, por lo

                    menos en los intercambios más coloquiales, sin entender

                    propiamente los mecanismos gramaticales, pero como si se

                    hubieran entendido, saltándose las barreras lingüísticas, es decir,

                    haciendo como si lo de Babel no se hubiera producido en este

                    mundo, como si no hubiera pasado. Esto lo reconozco como una

                    confianza típicamente popular y está en neta contradicción con

                    lo otro que hemos presentado. De manera que es en esas dos

                    observaciones diametralmente opuestas en lo que os quería hacer

                    parar por ahora.

 

                    Es evidente que la gente, en sus intercambios más inmediatos,

                    sentimentales, sensibles, con cualesquiera tipos de vecinos, no

                    sólo es que tenga esa confianza, sino que la cumple, que

                    consigue que efectivamente se produzca, dentro de unos límites,

                    un entendimiento que no pasa por la adquisición cosciente del

                    aparato de la otra lengua, es decir, literalmente un recuerdo de

                    antes de Babel que la gente corriente trata de imponer a pesar

                    de todo, a pesar de que cada uno tiene que reconocer la

                    situación como babélica, el hecho de que hay lenguas diferentes

                    y unas más diferentes que otras.

 

                    Esta es la confianza popular a la que os quería llamar la atención.

                    Evidentemente, cuando nosotros, gente culta, queremos acceder

                    a entender otra lengua, hablada o literaria y practicar esto de la

                    traducción, no nos queda más remedio que dar esta vuelta:

                    estamos en la cultura, y entonces de aquí el futuro traductor

                    tiene que proceder a recoger lo que no es cosciente, elevado con

                    más o menos fidelidad a planos de cosciencia y, una vez que

                    tiene cosciencia de la gramática y del vocabulario de la otra

                    lengua, proceder a buscar las equivalencias.

 

                   

 

                    Sólo en el caso de que el que aprende una lengua estraña llegue

                    a aprenderla de verdad bien (es decir, que llega a olvidarla de

                    conciencia: el criterio para haber llegado a hablar bien una lengua

                    estranjera), sólo en ese caso se produce una devolución a la

                    subcosciencia. Normalmente, la situación de un traductor se pára

                    en una elevación a nivel de conciencia de lo que es subcosciente,

                    para poder hacer la comparación con el aparato de su lengua.

                    Fijáos bien en el proceso de aprendizaje: es preciso tomar

                    conciencia de cómo son, por ejemplo, el grupo de los mostrativos,

                    personales y no personales, y qué reglas de uso tienen, cómo

                    funciona la negación y cuáles son las reglas de orden de la

                    negación, cuáles son los interrogativos, al mismo tiempo que

                    aprendemos vocabulario, que es la parte más cercana a la

                    traducción; tenemos que tener conciencia de todo lo demás, y

                    entonces nos permitimos ya intentar buscar equivalencias.

                    Naturalmente, si alguien llega a hablar inglés de verdad, el caso

                    de la lengua materna se reproduce: se llega a hablar bien en la

                    medida que ya borra uno, olvida, todo el proceso de aprendizaje.

 

                    Esa recuperación de conciencia de la lengua generalmente se

                    hace muy mal, porque ni los traductores ni los fabricantes de

                    manuales tienen por qué ser muy buenos gramáticos, y hacen

                    esta recuperación de lo subcosciente de una manera tosca, para

                    la finura de la gramática.

 

                    A esto os contraponía la actitud popular que pretende que, sin

                    pasar por ese proceso, la gente se entienda. ¿Cómo puede

                    alguien creerse que por ahí abajo, sin pasar por el conocimiento o

                    reconocimiento del aparato de la lengua, puede haber

                    entendimiento? Porque se confía en algo que es rigurosamente

                    verdad y que los gramáticos hemos tenido que ir reconociendo

                    poco a poco: se confía en que, por debajo de todas las

                    diferencias idiomáticas de las lenguas de Babel, hay algo y hasta

                    mucho de común a todas. Efectivamente, las reglas de la

                    negación pueden ser distintas en inglés y en vasco y en

                    espofcont, de acuerdo, pero la negación con unas reglas

                    generales implícitas es la misma en cualquier lengua. Se reconoce

                    que el manejo de los cuantificadores puede ser muy distinto de

                    unas lenguas a otras, pero que está ahí, que una distinción de

                    cuantificadores definidos e indefinidos es común a cualquier

                    lengua; que pueden ser muy distintas las formas de los

                    pronombres o adverbios, mostrativos, o personales, pero que se

                    confía en que están ahí, de una manera o de otra, y así con los

                    elementos más profundos de la lengua. De manera que eso

                    justifica hasta cierto punto esta confianza de "hablando se

                    entiende la gente", sólo en ese sentido.

 

                    Evidentemente, para cualquier exigencia medianamente culta, el

                    entendimiento que sobre lo común de la gramática se consiga es

                    muy escaso, demasiado genérico, pero ahí está, justificando

                    hasta cierto punto eso que he presentado como confianza

                    popular.

 

                    ¿No se puede aprender una segunda lengua sin pasar por el nivel

                    cosciente?*

 

                    Imposible. En la medida en que uno quiere llegar a dominar una

                    lengua, tiene que repetir, evidentemente mucho mas torpemente,

                    el proceso del aprendizaje de la primera, de la lengua materna.

                    Tiene que empezar tomando conciencia de cómo es la gramática

                    de esa lengua, y durante un tiempo, que es lo normal, hablando

                    mal, es decir con interferencias entre la lengua materna y la que

                    está aprendiendo, con torpezas de todo tipo, que revelan que

                    todavía estamos en el plano cosciente. Sólo cuando se llega a

                    hablar bien la otra lengua, eso, a su vez, como la gramática de la

                    materna, se borra, y queda otra vez sumido en lo subcosciente, y

                    entonces ya hablamos bien. Pero hay que pasar por ese trance,

                    no hay otra manera.

 

                    Un pastor vasco que se ha ido a EE.UU., aprende más o menos

                    bien el inglés y creo que lo hace sin pasar por el nivel

                    consciente, sin aprender la gramática de esa lengua*.

 

                    Hay que examinar el caso particular y el "más o menos", porque

                    evidentemente hay un tipo de comunicación del tipo de los

                    animales a los que se les hace aprender (los perros mismos, que

                    aprenden una serie de nombres de estos convencionales), hay un

                    tipo de aprendizaje que es aprendizaje para un entendimiento

                    práctico en el sentido más rastrero, para el cual no hace falta

                    entrar en la otra lengua: hace falta haber aprendido a repetir, un

                    poco al modo del loro, unas fórmulas que se sabe que están

                    relacionadas con una situación determinada. Esto cabe, y no creo

                    que sea en general lo que sucede con los pastores vizcaínos en

                    América. Yo supongo que se llega, como en el caso de muchos

                    inmigrantes no cultos en Alemania o en Francia, se llega

                    realmente a aprender algo de la lengua y, naturalmente, no digo

                    que haya que hacer filosofía del lenguaje, pero que hay que

                    tomar conciencia de algunos mecanismos. Por supuesto, está

                    claro que, en la medida en que se llega de verdad a hablar algo

                    de inglés o de alemán, en esa medida, séase culto o no, ha

                    estado uno obligado a tomar conciencia de algo de la gramática

                    de la lengua. Claro, si uno cae en Alemania, donde (en la base de

                    la pirámide) el sistema de vocales no coincide, todavía (porque

                    hay vocales centrales) durante mucho tiempo el inmigrante se lo

                    pasará convirtiendo todas las "ü" y "ö" en las vocales, digamos,

                    del espofcont que le suenan: todas las "ö" son "e", todas las "ü"

                    son "i". Ahora, si sigue con el aprendizaje, llegará un momento en

                    que tendrá que aceptar que en Alemania hay siete vocales (u

                    ocho, con ä/a) en lugar de cinco, aunque no las cuente; hay

                    palabras que se diferencian por tener "ö" o por tener "e".

 

                    He pintado en principio el sistema de una lengua. Sin embargo,

                    como he dicho que es un sistema de una lengua cualquiera, he

                    dicho implícitamente que esa pirámide aplanada con una cara

                    abierta sirve para cualquier lengua. La organización de cada una

                    de las caras y demás es idiomático o babélico. Por debajo de esas

                    diferencias gramaticales está algo común. No hay que confundirlo

                    con el hecho de lo más superficial, de lo semántico, del

                    vocabulario. Eso, paradójicamente, es menos característico de

                    una lengua, precisamente porque pertenece a la cultura; y sin

                    embargo, uno, en la atención normal, tiende a atribuírle la

                    característica de la lengua en cuestión.

 

                    Esta es la paradoja sobre la que al principio os llamaba la

                    atención. La parte semántica, en la medida en que ha saltado el

                    límite y es ya cultura, no caracteriza tanto a una lengua

                    determinada como la diferencia en la organización de sus índices

                    deícticos o cuantificadores. Sin embargo, la tribu se aferra, antes

                    que nada, a su vocabulario, porque es justamente aquello a lo

                    que llega. Hasta tal punto que se puede llegar a decir que el

                    vocabulario semántico es lo mismo que la realidad.

 

                    La organización de los elementos gramaticales, las reglas de

                    fonémica o de sintaxis, lo más importante y más subcosciente, no

                    tiene que ver mucho con la realidad del mundo, ni por tanto con

                    las ideas de la tribu, pero en cambio el vocabulario semántico es

                    la realidad del mundo para la tribu en cuestión. Evidentemente,

                    en el sentido profundo, es menos característica de una lengua

                    que cualquier otra deformación babélica del aparato común. Pero

                    en el otro sentido, en cuanto que la lengua sirve a una tribu

                    determinada, en cuanto característica de esa tribu y

                    conformación de su realidad, otra vez el vocabulario semántico

                    viene a ocupar el primer puesto.

 

                    II. Observación previa: en el esquema no han tenido cabida los

                    nombres propios, un escollo con el que muchos os tropezaréis con

                    frecuencia. Los nombres propios, tanto topónimos como

                    prosopónimos, no pertenecen al esquema de la lengua. Habría que

                    pintarlos en una situación como ésta.

 

                    Son ilustrativos, porque, si el vocabulario semántico está muy

                    cerca ya de ser cultura más que lengua, ya comprendeis que los

                    nombres propios se puede decir que son plenamente cultura; y

                    esto se demuestra en que el ámbito de un nombre propio no

                    coincide con el ámbito de una lengua, puede ser mucho más

                    amplio, abarcar muchas lenguas, como en el caso de New York o

                    Nueva York, o en el caso de Brigitte Bardot, que, como veis, son

                    nombres que están por encima de las lenguas. O también en el

                    caso de Pepita Ramírez, que es conocida en su familia y los

                    vecinos del barrio, un ámbito, por tanto, mucho más restringido

                    que el de una lengua. Son plenamente cultura. Os lo recuerdo

                    porque hay una cantidad de barbaries, en las luchas lingüísticas

                    actuales, referentes a los nombres propios que conviene aclarar.

                    El no tener conciencia clara de cómo esto está situado lleva a

                    cosas como ésta: como lo más superficial es lo que la tribu toma

                    como característica propia, es normal que a los nombres propios

                    se aferre la tribu y también tenga que creer, en contra de eso de

                    que saltan las fronteras, con más o menos modificación fonémica,

                    que sin embargo tienen una forma verdadera, que es su forma

                    dentro de la tribu. Todas esas tonterías del tipo de Girona y

                    Gerona, a las que asistís todos los días, están relacionadas con

                    este error fundamental, y son representativas de toda una serie

                    de errores, de falsas conciencias de la lengua, en las que por

                    desgracia hoy no podemos entrar.

 

                                             * * *

 

                    Para que podamos entrar, aunque sea un poquito, en esto que es

                    meteros en mi taller, no os puedo dar ahora más voces.

 

                    Los dos objetos son, como veis, poesía, es decir, un lenguaje

                    formalizado. Están sujetos a una regulación del ritmo. No puedo

                    entrar tampoco en la cuestión de cómo esta regulación, más o

                    menos artificiosa, ocupa también una situación paradójica

                    respecto a nuestra pretensión. La regulación del tiempo de la

                    producción (el ritmo) está paradójicamente en contra de la rutina

                    del trabajo de la Administración. Si la poesía tenía alguna virtud,

                    era primariamente gracias a esta regulación que,

                    paradójicamente, es una liberación, un poco al estilo de la paloma

                    de Kant que todos recordais; de forma que, cuando la poesía, en

                    la forma de la cultura más avanzada, se libera de la regulación

                    rítmica, naturalmente está contribuyendo a caer dentro de la

                    esclavitud. ¿A qué cosa se llega? A que se piensa que también en

                    poesía se dicen cosas, y que un traductor lo que tiene que hacer

                    es enterarse de lo que dice allí y ponerlo en la otra lengua. El

                    resultado es normalmente desastroso, pero más de una vez he

                    tenido que observar que gracias a eso de traducir a los poetas en

                    prosa (por no decir de cualquier manera) desde mediados del siglo

                    pasado, se vino introduciendo entre nosotros la costumbre de

                    hacer poesía de creación sin regulación rítmica ninguna. El

                    fundamento eran las traducciones de la poesía de Rilke o de

                    cualquier otro, que se leían en español, por ejemplo, pero sin

                    ritmo ninguno, porque el traductor se había liberado de las

                    cadenas del ritmo.

 

                    La Ilíada no es ninguna épica primitiva, sino un producto literario

                    muy elaborado, muy artificioso, que únicamente coincide que es

                    nuestro primer producto literario, del mundo de la cultura

                    dominante. En las dos páginas de la edición Oxford, nos

                    encontramos con el viejo Príamo, que al fin ha tenido que

                    decidirse a emprender una escursión nocturna con una carreta de

                    regalos y yendo él en otro carro, para ir a suplicar a Aquiles, al

                    matador de muchos de sus hijos y finalmente de Héctor, a pedirle

                    que le deje por lo menos el cadáver de Héctor para hacerle las

                    honras fúnebres. Es en esa escursión en la que estais, en el

                    momento en que (versos 477 y siguientes) se está contando así

                    (os doy toda la prosodia del idioma antiguo: el ritmo, por fuera de

                    la lengua, y después las prosodias gramaticales):

 

Homeri Opera II, rec. Monro, D.B. y Allen, Th.W., Oxford 1920

                                             (1902)

 

                    Mi intención era que cogierais el ritmo: esta regla consiste en que

                    cada verso tiene seis golpes, seis tiempos marcados, que

                    alternan con los intervalos y, luego otra regla respecto a la

                    relación de esto con la separación de palabras; es lo

                    fundamental.

 

                    El intento en el que estoy metido es hacer que la Ilíada suene, es

                    decir, no enterarnos de lo que dice, que no tiene importancia

                    ninguna, sino hacerla sonar en el sentido que el título de esta

                    conferencia dice: Hacer vivir a los muertos, naturalmente, a los

                    que nos parece que merecen la pena; porque hay muchos

                    muertos que más vale no oírles hablar; eso se da por supuesto:

                    no tiene por qué ser necesariamente glorificador el hecho de

                    estar muerto. Lo digo contra la nefasta noción de 'clásicos', que

                    venera cualquier cosa por el hecho de estar muerto. Simplemente

                    sucede que entre los clásicos ('clásicos' es una palabra ominosa,

                    está cargada: hace referencia a la infantería de marina y classis

                    quiere decir la organización de los niños en especie de escuadras

                    escolares, e incluso hasta que el mejor de la clase se ponga a la

                    cabeza, ducere classem como dice ya Quintiliano; los autores

                    son por tanto los autores que se emplean para esa labor de

                    regimentar a los niños) hay algunos muertos que tal vez merecen

                    la pena de intentar ver cómo suena. Este es mi intento con la

                    Ilíada.

 

                    Lo que el testo dice, si se lee una traducción en prosa, realmente

                    no suena a nada; nos estamos enterando por curiosidad literaria.

 

                    Cualquiera de las versiones posibles que aquí os ofrezco está

                    metida dentro del esquema fundamental, en el esquema que no

                    es esactamente el verso de Homero, sino, bueno, un verso que

                    he estimado muy equivalente, un verso que empleé en el Relato

                    de amor, hace años, y que más o menos es una especie de

                    conflación entre el hexámetro homérico y la tradición de la poesía

                    popular en romances en castellano.

 

                    [Lectura de la versión rítmica castellana]

 

 

                    Respecto a la versificación, ya veis que he tenido que tomar de la

                    tradición de romances también la asonancia, que por supuesto en

                    Homero falta, pero que en español tiene que estar (ao en este

                    trozo) en compensación de una mayor libertad en cuanto a la

                    estructura métrica del resto del verso, que sin embargo siempre

                    sigue consistiendo en los seis pies fundamentales, como en

                    Homero, aproximadamente.

 

                    Ésta es la parte del sometimiento a la regulación temporal que os

                    presentaba paradójicamente como una liberación del sentido

                    prosaico, del qué se dice, de lo puramente semántico, a que la

                    Literatura nos condena. Es por tanto en este caso la traducción

                    misma, el intento de versión rítmica, de hacer vivir lo muerto, un

                    intento de rebelión contra el imperio de la Literatura, que en gran

                    parte está fundado, como os decía, sobre la traducción con

                    supresión del ritmo, desnudamiento de lo que era fundamental,

                    incluso por debajo de la lengua, en aras del sentido semántico.

 

                    Me paro en un par de puntos, empezando por los más

                    superficiales. Hay para la épica homérica una gran dificultad que

                    es el empleo de los compuestos y los epítetos que suelen llamarse

                    ornamentales, es decir, que no sirven para nada, pero que en la

                    tradición épica que Homero recoge eran pieza clave, porque ello

                    permitía que al rapsodo o al aedo antes, al aedo improvisador, le

                    fuera dado, gracias a estas fórmulas de relleno, epítetos

                    compuestos, ornamentales, poder continuar con la marcha de su

                    ritmo sin grandes dificultades; éstas son muletillas. Naturalmente

                    en Homero ya no son eso, porque Homero es una producción

                    literaria, la primera. Pero él, naturalmente, ha conservado esa

                    tradición anterior de los aedos y emplea costantemente

                    compuestos y otros epítetos ornamentales, de los cuales aquí nos

                    han salido algunos ejemplos. ¿Qué tienen que hacer con la

                    traducción en prosa? Pues que si sale algo como epichthoníon

                    anthropon, hay que decir "los hombres que están sobre la tierra",

                    o si sale cheiras androphónous, "las manos que han matado

                    hombres". Y, claro, cuando a un epíteto ornamental se le hace

                    esto, se le convierte en algo sumamente impertinente, de lo que

                    nuestras traducciones de la Ilíada están llenas. ¿Cuál es el

                    recurso, ya que en español no puedo contar con una tradición

                    semejante? Inventarme la tradición, hacer como si estuviera,

                    atreviéndome a decir cosas como las que habeis oído, como "las

                    manos hombrisangrientas", y "los hombres sobreterraños". Son

                    muy pocos los atrevimientos en este trozo. A lo largo de la Ilíada

                    hay pasajes en que aparecen muchas más cosas: no puedo ni

                    siquiera decir "las huecas naves" o "las curvas naves", porque eso

                    parece que está diciendo algo de las naves, pero no es verdad: lo

                    cierto es que se está citando a las naves por nombre y apellido, y

                    por tanto tengo que crear palabras que no están en español,

                    pero que me parece que ocupan una función análoga; muchas

                    veces las naves están citadas como "las cuéncavas naves". Es

                    una dificultad muy especial del lenguaje épico, pero que sin

                    embargo también puede tener más trascendencia para otros tipos

                    de traducción.

 

                    Los nombres propios están... Ya sabeis que el griego antiguo es

                    una lengua flexiva; es decir, un nombre propio también está

                    sujeto a declinación, por tanto es Achilleús, Achillea, Achillei,

                    Achilleos. En mi traducción juego con los nombres propios

                    dándoles múltiples versiones, de manera que una misma cosa sea

                    unas veces Agamenón, otras veces Agamémnon y uno mismo sea

                    Aquiles y Aquileo y Oduseo, Odiseo y Ulises, de forma que está en

                    mi traducción cambiante. ¿Por qué lo hago así? (si es que me

                    atrevo a publicarlo de esta manera por fin, ya que requiere

                    bastante atrevimiento): pues para luchar contra la mala tradición

                    académica. Hay una tradición de los nombres propios de los

                    antiguos, que inmediatamente, con solo aparecer, suena como

                    acartonada, a 'clásicos', en el peor sentido que os decía.

                    Introducir un poco de revuelo hasta en los nombres propios me

                    parecía fundamental.

 

                    Los nombres propios ocupan esa situación fuera del sistema y son

                    ya todo ello cultura. Entonces, la Ilíada, Homero, todo el mundo

                    antiguo, ha llegado hasta nosotros a través de una tradición

                    literaria, antigua, medieval, renacentista y actual. Por tanto, sus

                    nombres propios han tomado formas, más o menos fijas. Muchas

                    veces, la pedantería de los hombres de estos siglos pasados y

                    actuales ha llegado al estremo de que los han trascrito mal y se

                    ha trasmitido una mala trascripción. Por ejemplo, la gente está

                    acostumbrada a decir Proserpina en lugar de Prosérpina; un

                    pedante del siglo XVIII creyó que se decía Proserpina y con eso

                    hemos cargado. O Pegaso en lugar de Pégaso, y Helena en vez de

                    Hélena, o al revés, íberos en vez de iberos, Arístides por

                    Aristides, Andrónico por Andronico, Trasíbulo por Trasibulo. Pero

                    aun sin llegar a eso, lo cierto es que los nombres han adquirido

                    una forma típicamente académica, escolar, clásica, que a mí me

                    suena acartonada. En esta traducción (si la llego a sacar, tendré

                    que esplicarlo en el prólogo) me aprovecho de que el griego

                    antiguo es una lengua flexiva y la nuestra no, y gracias a la

                    flexión, el nombre propio en Homero es fluctuante. Me aprovecho

                    de eso, y hago que los nombres aparezcan, primero, con formas

                    que no son las académicas, de forma que se atreva uno a decir

                    los troes en lugar de los troyanos, y que trascriba la u homérica

                    con u, en lugar de con i (Oduseo, en lugar de Odiseo), o que

                    utilice ocasionalmente una deformación latina y diga Aquiles o

                    Ulises, alternando con las otras. Tendré que sacar una lista de las

                    fluctuaciones de los nombres propios de la Ilíada que en mi

                    versión van a aparecer. Pero este juego tiene una cierta

                    justificación como un intento de romper el nombre acartonado; y

                    cuando un oyente literato diga "¿Aquiles? ¡ah, ya sé quién es

                    Aquiles!", "Pues no, no sabe usted quién es: ya ve cómo cambia

                    de nombre con pequeñas variaciones. Estaba usted equivocado".

                    Es una invitación a oírlo como por primera vez, a la renovación de

                    los oídos.

 

                    En contraste con esto, aparte del ritmo, lo que he procurado es

                    una fidelidad al movimiento sintáctico, que a veces puede llegar a

                    ser un poco atrevida, pero que sin embargo cuento como

                    verdadera fidelidad, en el sentido de hacer hablar a los muertos.

                    No sé si alguna de las cosas que habeis oído puede pareceros

                    sintácticamente rara, por ejemplo en la comparación con el

                    pasmo del que ha matado un hombre y se va al estranjero

                    (versos 480 y siguientes). Éste es el tipo de organización

                    sintáctica que me parece reproducir la homérica con mucha

                    esactitud.

 

                    Por supuesto, la forma más inmediata de hacer vivir a los muertos

                    es aprendérselos de memoria, una y otra vez, incluso cuando se

                    trate de lenguas que no se entienden o que no se entienden bien.

                    Es una práctica en nuestro mundo muy inusual. Pero, como

                    estamos bajo el reino de Babel y hay lenguas diferentes, pero al

                    mismo tiempo como el pueblo confiamos en que todas son la

                    misma por debajo, podemos llegar a prácticas como éstas:

                    intentar hacer vivir y preparar para hacer aprender de memoria y

                    recitar, saltando a otra lengua, confiando en que el ritmo, por

                    supuesto, puede pasar de una a otra, y también mucho de la

                    gramática. Y en lo superficial, vocabularios, como el caso especial

                    de los compuestos y epítetos homéricos, y el de los nombres

                    propios, presentan dificultades por su propia superficialidad, pero

                    también permiten los juegos, y eso es lo que esta versión de la

                    Ilíada intenta.

 

       [Lectura detenida de unos pocos versos de la versión,

                    haciéndolos notar]

 

                   - Francesc Parcerisas decía que Robert Frost dice que la poesía es

                    lo que se pierde al traducir un testo, y él contraponía esto

                    diciendo que al contrario, la poesía es precisamente lo que se

                    conserva al traducir un poema*.

 

                    Mi actitud está muy cercana de la primera y pienso que Francesc

                    respondía a lo que nos domina, es decir, a la Literatura. A fuerza

                    de oír a Rilke sonar en prosa en español, se ha llegado a pensar

                    que, "claro, como Rilke es un poeta, aquello no sonará a nada,

                    pero será poético lo que dice". Y así hemos llegado a tener una

                    noción de lo poético reducida a lo meramente semántico. Todo el

                    intento que os estoy mostrando es justamente una lucha contra

                    esta situación, un darse cuenta de que, por debajo de la

                    semántica, hay cosas mucho más profundas, subcoscientes y

                    populares, y que en una poesía cabe, con grandes dificultades,

                    hacerlas sonar. Pienso que lo que en una poesía, por ejemplo en

                    el poema homérico, se dice, privado de la marcha de la regulación

                    temporal, no es prácticamente nada. Satisface a la curiosidad del

                    estudioso, del literato que se entera de lo que dice, pero hacer

                    (no 'decir', no 'significar'), no está haciendo nada. Se supone que

                    un poema lo primero que tiene que hacer es hacer, no contar

                    cosas, sino hacer. Producir efectos muy determinados. En ese

                    sentido va mi intento.

 

                                             * * *

 

                    El poema de Catulo. Estamos en una situación, dentro del mundo

                    antiguo, muy distinta, en pleno mundo helenístico, un mundo ya

                    plenamente literario, muy parecido por tanto al nuestro, en

                    cuanto a la sumisión que he dicho. Ha habido, además, un

                    trasvase de lengua: la lengua latina nos ofrece el primer caso de

                    traducción literaria, como puse de relieve en el ensayo "Apuntes

                    para una historia de la traducción", y aquí estamos ya en una

                    literatura traducida.

 

                    Catulo, por ejemplo aquí, ha tomado un esquema métrico que era

                    de Safó, era de la canción viva de Safó de Lesbos. Es la estrofa

                    sáfica. No tal como en nuestra horrible literatura se ha

                    transmitido la estrofa sáfica, sino como era de verdad, que suena

                    de esta manera:

 

[Lectura del testo latino]

 

 

                    Con más o menos torpeza, esto es lo que aquí dice en una

                    traducción [se da una traducción en prosa], lo que es bastante

                    horrible, y hace falta bastante buena voluntad para decir: "¡ah, la

                    poesía de Catulo!" Sin embargo, probablemente se le puede hacer

                    sonar. En mi intento, por supuesto, se mantiene la estrofa sáfica,

                    con la misma regulación: por tres veces un endecasílabo,

                    enteramente inusual para el castellano, con marcas en 1, 3, 5, 8

                    y 10 y luego el remate con la prolongación de las 5 sílabas del

                    adonio. Aquí no se trata de una métrica de pies, como en el verso

                    homérico, sino de una métrica de estrofa de canción bien

                    regulada. Me aprovecho de que en este arte la unidad es la

                    estrofa, la pequeña estrofa y que los versos en realidad no tienen

                    una separación notable. Me aprovecho, por ejemplo, para el

                    atrevimiento de decir i/réis, repartiendo entre el primero y el

                    segundo verso, tal como hace Catulo con la palabra pra/ti en el

                    antepenúltimo, que tiene la sílaba pra y ti, elidido, en el siguiente.

                    Esta es la técnica de la propia Safó, que, practicando esta

                    estrofa en vivo, cantada al son del bárbito, no reconoce más

                    unidad que la de la estrofilla y los versos son simplemente

                    componentes suyos.

 

    [Lectura de la versión rítmica]

 

 

                    * Corresponden a las preguntas realizadas al ponente a lo largo da la

                    conferencia