Pienso hacer dos cosas: primero presentar
algunos puntos teóricos acerca de la cuestión de la traducción entre lenguas, y
luego meteros un poco en el taller, digamos, a propósito de cosas con las que
ahora ando, como son una traducción, que más que traducción es un hacer vivir a
los muertos, en este caso con La Ilíada y luego con
un pequeño poema de Catulo, es decir, jugando con el
griego y el latín y el espofcont, más o menos
modificado para el caso, con la lengua en la que os estoy hablando.
I. Respecto a las cuestiones de
traducción, voy a centrarme solamente en unos puntos que no están recogidos en
los trabajos que se ha tenido la amabilidad de citar o que se han desarrollado después
de una manera considerable.
Hay que partir de esta noción de que una
traducción es propiamente imposible. Las lenguas son incomunicables. Cada lengua
es un mundo. Todas estas cosas se han dicho muchas veces. Son tópicos que no se
pueden aceptar en general, pero que, desde luego, algo tienen que hace
recomendable partir de la imposibilidad, para, en seguida, ver cómo esta
imposibilidad es gradual, más o menos posible según y cuándo.
Y he aquí una observación general que os
voy a dar: la traducción es tanto más posible cuanto más las lenguas están -en
la lengua de que se trate o el testo lingüístico de que se esté tratando- en
los planos más cercanos a la conciencia y a los manejos voluntarios, cuanto más
se alejan de los niveles más profundos de la lengua que son literalmente
subcoscientes, a los que no llegan manejos de la voluntad ni la conciencia esplícita.
De manera que cuanto más una lengua es
culta, académica, científica, o por lo menos el testo lo es, tanto más fácil y
evidente es la traducción. Y en cambio, cuando descendemos a las zonas más
propiamente subcoscientes, cuando se trata de un testo lingüístico muy alejado
de los niveles de la Cultura, muy profundo, muy metido en el subcosciente, es decir, una conversación en estilo muy
coloquial, una poesía del tipo de poesía que está máximamente alejada de la
cultura y trata de acercarse más a ese corazón subcosciente
-la lengua-, entonces la traducción se va haciendo cada vez más imposible y la
sensación de traición del traductor cuando hace el intento se hace más viva,
tiene más fundamento.
Una frase del espofcont
como sería, por ejemplo, "las más vehementes aspiraciones de los súbditos
de un país no debidamente regido por instancias gubernamentales están
condicionadas por una multitud de factores que las hacen más o menos
realizables en cada ocasión", un trozo de jerga perfectamente culto, como
podría aparecer en un periódico o en un tratado cualquiera, es tan traducible
que uno tiene la impresión de que en todas las lenguas más o menos se emplearía
la misma jerga, disfrazada con otro disfraz idiomático, pero que todas vendrían
a ser literalmente equivalentes. Y la sensación de traición es mínima. En
cambio, si uno se encuentra con una novela realista o tiene que traducir
"Pues, anda que el otro", sólo con eso, el trabajo para volver al
inglés o al chino una frase semejante se hace interminable y la sensación de
que uno nunca acaba de encontrar la equivalencia es tanto más viva.
Lo
de los niveles de la lengua en relación con esto de la traducción, lo ilustro
gráficamente con un esquema de este tipo:

Una pirámide pentagonal aplanada, pero imperfecta, abierta por uno de
sus lados, es el tipo de esquema que empleo una y otra vez para representar un
sistema de lengua cualquiera. Coloco los fonemas en el centro, dedico uno de
los lados a los mostrativos y deícticos, otro lado a los cuantificadores incluídos los números, otro lado a los elementos
fundamentales de toda lengua que son la negación y los interrogativos, y dejo
la cara abierta para el vocabulario semántico, para las palabras con
significado, que son propiamente infinitas. Todo el resto del sistema de la
lengua es finito, cerrado, incluyendo el caso muy especial de la serie de los
números, que no es propiamente infinita, sino sólo interminable. Mientras que
aquí, donde están el sol y la luna, están las vicisitudes y la longanimidad,
todas las cosas que tienen significado, esto no costituye
conjunto, esto es en cualquier lengua una infinitud, porque la creación y
modificación del significado de los vocablos está influida por cada acto de
habla: ahí está la raíz de la inestabilidad de cualquier sistema lingüístico.
Eso es propiamente infinito.
Generalmente pinto este cuadro del lado del
revés: aquí está pintado con la cara del vocabulario semántico para arriba, para
hacer comprensible lo de los niveles que os estaba diciendo. Ése sería el
límite, en principio, que separara la lengua subcosciente
en el sentido preciso que he dicho, inasequible a la conciencia personal de los
hablantes y a los manejos voluntarios de hablantes o de istituciones,
mientras que por encima tendríamos lo que llamaré en general cultura, que se
caracteriza por una serie de istituciones y de
objetos que sí son coscientes, que sí están sujetos a
los manejos individuales y por ende a los manejos del Poder, a los cuales la
lengua en sus zonas subcoscientes es inasequible: ni al individuo, ni al estado
ni a los comerciantes es asequible el aparato de las lenguas en sus zonas más
subcoscientes, pero la cultura sí.
Esta parte de la lengua, la
parte de las palabras con significado,
está
en el esquema colocada de tal forma que salta el límite. Y
este
salto del límite entre lo uno y lo otro es lo que querría que
vierais. Así como la gramática propiamente dicha, la
organización
del
sistema de los fonemas, el sistema de los deícticos personales
y
no personales, la organización de los cuantificadores, las reglas
de
uso de la negación y de los interrogativos, todo eso es
profundamente
subcosciente, inasequible, por tanto, a los
manejos,
en cambio, el vocabulario semántico es bastante
asequible,
como lo prueba el hecho de que, si cualquier no culto
se
pregunta por su lengua o las lenguas, a lo único que llega es
hasta
a fijarse en algunas, en un grupito de palabras con
significado,
y apenas pasa más allá. Lo demás es inasequible. Y
no
un ignorante, sino también cultos que no sean gramáticos muy
avezados,
cultos que se preguntan por las lenguas y sus
relaciones,
generalmente no pasan de aquí. Se fijan un poco en el
vocabulario
semántico. De forma que hasta ahí suele llegar la
atención:
por tanto, estamos saltando al reino de la conciencia y
la
voluntad, al reino de la cultura.
Supongo que ahora,
volviendo con mis ejemplos, os estrañará
menos
lo que os decía respecto a la traducción. Son las partes
de
la lengua y las manifestaciones lingüísticas más cercanas al
nivel cosciente, más dominadas por la semántica, aquéllas que
entre
las lenguas resultan fácilmente trasvasables.
Mientras que
frases
como el tipo de "Pues, anda que el otro", donde juegan
elementos
muy astractos, donde lo semántico casi no aparece
para
nada, y que por tanto pertenecen a las zonas más
subcoscientes,
ésas parece que se nos vuelven intraducibles de
una
lengua a otra.
Significado semántico es el de
palabras de las que en un
diccionario
pueden encontrar una definición, aunque sea siempre
arbitrariamente
cerrada. Porque en un diccionario, la palabra
'esto' o la palabra 'cinco' o la palabra
'qué' no tienen ninguna
manera
de encontrar una definición. Siendo infinito el vocabulario
semántico,
cada uno de los ítems que lo costituyen es
necesariamente
no cerrado, abierto, influido por cada acto de la
lengua.
Todo lo que se refiere a los elementos que he citado,
mostrativos
(esto, yo, me), cuantificadores (algo, mucho, todo,
tres,
cuatro, cinco), lo que he puesto más profundo de todo, la
negación
(no) y los interrogativos (qué), junto con lo que está en
la
base de la pirámide, el sistema de los fonemas, se supone que
es
perfectamente subcosciente, que todo el mundo conoce
y
maneja
perfectamente, gracias a que no se dan cuenta. A
diferencia
del vocabulario semántico.
Esta información respecto a
la relativa traducibilidad os debería
con
razón dejar pensando que he hecho algo de trampa; porque
hay
algo muy evidente que se desprende de lo que he dicho:
¿cómo
es que, cuanto más arriba las manifestaciones lingüísticas,
cuanto
más culturales, son más traducibles? Esto parece suponer
que
la cultura, a diferencia de las lenguas, es una, en el sentido
de
que es la misma para un grupo, para muchas o, tal vez, para
todas
las lenguas. Porque si no, no tendría sentido lo que he
observado.
¿Por qué las locuciones más cultas, más de la jerga
del
tipo del ejemplo que os he dado, iban a ser más traducibles?
Sólo contando con la
condición de que la cultura es la misma por
encima
de las diversas lenguas.
Esto es así propiamente en
el caso al que asistimos todos los
días,
es decir, en el caso de encontrarnos dentro de la cultura
invasora
que ha acabado por hacerse casi global, abarcando bajo
sí
a todos los pueblos y por tanto a todas las lenguas del globo.
Es esta cultura (digamos,
la cultura fabricada de una manera
firme
en torno a los estados griegos y después estendida
con el
Imperio, y hoy abarcando al
mundo), es ésta la cultura que
amenaza
con ser una, La Cultura. Y entonces, en esta situación,
lo
que os estoy diciendo es bien cierto: puesto que la cultura es
la
misma, es normal que las manifestaciones más cultas de cada
lengua
sean más traducibles, encuentren más fácilmente su
equivalente
en ruso, en chino, en groenlandés -en la medida en
que
los esquimales hayan entrado también al mundo de la cultura,
porque
ésa es la condición.
Esta situación es la
que permite que haya en el mundo cosas
como
traductores simultáneos en los congresos. Se confía
ciegamente
en que en un congreso a nadie se le va a ocurrir
decir
"Pues, anda que el otro", que no va a ponerse a hablar de
esa
manera, con lo cual crearía un verdadero atasco en el
proceso,
sino que va a emplear continuamente la jerga culta, y
va
a encontrar su equivalente, en la medida en que las tribus
correspondientes,
y las lenguas correspondientes con ellas,
hayan
entrado bajo el dominio de la cultura universal (ésa es la
condición)
y hayan aceptado la cultura griega como global, como
acabando
con todas las demás.
Naturalmente, si quedan
restos de alguna otra forma de cultura
derrotada,
restos de la vieja cultura china o hindú, todo eso
puede
producir líos, porque, a su vez, esas culturas durante
siglos
tuvieron también su espansión y se estendieron por encima
de
muchas lenguas diversas, la china o la hindú, por ejemplo.
Pero en la medida que
también ellas han quedado derrotadas y los
pueblos
correspondientes reducidos a la cultura única, ya no hay
problema,
ya puede haber traducción simultánea por todas
partes. Esta es la
condición esencial.
De forma que sólo con esta
condición histórica que os acabo de
presentar
se esplica bien que sean las manifestaciones
lingüísticas
producidas en las zonas más coscientes del individuo
y
más asequibles a las istituciones aquéllas que
encuentren
inmediatamente
su traducción, mientras que las coloquiales, las
poéticas
en uno de los dos sentidos que voy a precisar, se
muestran
sumamente inasequibles a la traducción.
Quiero ahora presentaros
una contradicción: con esto que os he
dicho
( las lenguas son entre sí traducibles en la medida en que
están
sometidas a la cultura única) está en contradicción el
hecho
de que en la gente baja, preferiblemente no leída, reina
una
especie de, no convicción, pero confianza ciega en que
"hablando se entiende la
gente". Con esto quiere decirse que, en
cualquier
lengua que uno se encuentre con los vecinos más
estraños, se va a producir alguna forma de
entendimiento, por lo
menos
en los intercambios más coloquiales, sin entender
propiamente
los mecanismos gramaticales, pero como si se
hubieran
entendido, saltándose las barreras lingüísticas, es decir,
haciendo
como si lo de Babel no se hubiera producido en este
mundo,
como si no hubiera pasado. Esto lo reconozco como una
confianza
típicamente popular y está en neta contradicción con
lo
otro que hemos presentado. De manera que es en esas dos
observaciones
diametralmente opuestas en lo que os quería hacer
parar
por ahora.
Es evidente que la gente,
en sus intercambios más inmediatos,
sentimentales,
sensibles, con cualesquiera tipos de vecinos, no
sólo
es que tenga esa confianza, sino que la cumple, que
consigue
que efectivamente se produzca, dentro de unos límites,
un
entendimiento que no pasa por la adquisición cosciente
del
aparato
de la otra lengua, es decir, literalmente un recuerdo de
antes
de Babel que la gente corriente trata de imponer a pesar
de
todo, a pesar de que cada uno tiene que reconocer la
situación
como babélica, el hecho de que hay lenguas diferentes
y
unas más diferentes que otras.
Esta es la confianza
popular a la que os quería llamar la atención.
Evidentemente, cuando
nosotros, gente culta, queremos acceder
a
entender otra lengua, hablada o literaria y practicar esto de la
traducción,
no nos queda más remedio que dar esta vuelta:
estamos
en la cultura, y entonces de aquí el futuro traductor
tiene
que proceder a recoger lo que no es cosciente,
elevado con
más
o menos fidelidad a planos de cosciencia y, una vez
que
tiene
cosciencia de la gramática y del vocabulario de la
otra
lengua,
proceder a buscar las equivalencias.

Sólo en el caso de que el
que aprende una lengua estraña llegue
a
aprenderla de verdad bien (es decir, que llega a olvidarla de
conciencia:
el criterio para haber llegado a hablar bien una lengua
estranjera), sólo en ese caso se produce una
devolución a la
subcosciencia. Normalmente, la situación de un
traductor se pára
en
una elevación a nivel de conciencia de lo que es subcosciente,
para
poder hacer la comparación con el aparato de su lengua.
Fijáos
bien en el proceso de aprendizaje: es preciso tomar
conciencia
de cómo son, por ejemplo, el grupo de los mostrativos,
personales
y no personales, y qué reglas de uso tienen, cómo
funciona
la negación y cuáles son las reglas de orden de la
negación,
cuáles son los interrogativos, al mismo tiempo que
aprendemos
vocabulario, que es la parte más cercana a la
traducción;
tenemos que tener conciencia de todo lo demás, y
entonces
nos permitimos ya intentar buscar equivalencias.
Naturalmente, si alguien
llega a hablar inglés de verdad, el caso
de
la lengua materna se reproduce: se llega a hablar bien en la
medida
que ya borra uno, olvida, todo el proceso de aprendizaje.
Esa recuperación de
conciencia de la lengua generalmente se
hace
muy mal, porque ni los traductores ni los fabricantes de
manuales
tienen por qué ser muy buenos gramáticos, y hacen
esta
recuperación de lo subcosciente de una manera tosca,
para
la
finura de la gramática.
A esto os contraponía la actitud popular que
pretende que, sin
pasar
por ese proceso, la gente se entienda. ¿Cómo puede
alguien
creerse que por ahí abajo, sin pasar por el conocimiento o
reconocimiento
del aparato de la lengua, puede haber
entendimiento?
Porque se confía en algo que es rigurosamente
verdad
y que los gramáticos hemos tenido que ir reconociendo
poco
a poco: se confía en que, por debajo de todas las
diferencias
idiomáticas de las lenguas de Babel, hay algo y hasta
mucho
de común a todas. Efectivamente, las reglas de la
negación
pueden ser distintas en inglés y en vasco y en
espofcont, de acuerdo, pero la negación con unas
reglas
generales
implícitas es la misma en cualquier lengua. Se reconoce
que
el manejo de los cuantificadores puede ser muy distinto de
unas
lenguas a otras, pero que está ahí, que una distinción de
cuantificadores
definidos e indefinidos es común a cualquier
lengua;
que pueden ser muy distintas las formas de los
pronombres
o adverbios, mostrativos, o personales, pero que se
confía
en que están ahí, de una manera o de otra, y así con los
elementos
más profundos de la lengua. De manera que eso
justifica
hasta cierto punto esta confianza de "hablando se
entiende
la gente", sólo en ese sentido.
Evidentemente, para
cualquier exigencia medianamente culta, el
entendimiento
que sobre lo común de la gramática se consiga es
muy
escaso, demasiado genérico, pero ahí está, justificando
hasta
cierto punto eso que he presentado como confianza
popular.
¿No
se puede aprender una segunda lengua sin pasar por el nivel
cosciente?*
Imposible. En la medida en
que uno quiere llegar a dominar una
lengua,
tiene que repetir, evidentemente mucho mas torpemente,
el
proceso del aprendizaje de la primera, de la lengua materna.
Tiene que empezar tomando
conciencia de cómo es la gramática
de
esa lengua, y durante un tiempo, que es lo normal, hablando
mal,
es decir con interferencias entre la lengua materna y la que
está
aprendiendo, con torpezas de todo tipo, que revelan que
todavía
estamos en el plano cosciente. Sólo cuando se llega a
hablar
bien la otra lengua, eso, a su vez, como la gramática de la
materna,
se borra, y queda otra vez sumido en lo subcosciente,
y
entonces
ya hablamos bien. Pero hay que pasar por ese trance,
no
hay otra manera.
Un pastor vasco que se ha
ido a EE.UU., aprende más o menos
bien
el inglés y creo que lo hace sin pasar por el nivel
consciente,
sin aprender la gramática de esa lengua*.
Hay que examinar el caso
particular y el "más o menos", porque
evidentemente
hay un tipo de comunicación del tipo de los
animales
a los que se les hace aprender (los perros mismos, que
aprenden
una serie de nombres de estos convencionales), hay un
tipo
de aprendizaje que es aprendizaje para un entendimiento
práctico
en el sentido más rastrero, para el cual no hace falta
entrar
en la otra lengua: hace falta haber aprendido a repetir, un
poco
al modo del loro, unas fórmulas que se sabe que están
relacionadas
con una situación determinada. Esto cabe, y no creo
que sea en
general lo que sucede con los pastores vizcaínos en
América. Yo supongo que se
llega, como en el caso de muchos
inmigrantes
no cultos en Alemania o en Francia, se llega
realmente
a aprender algo de la lengua y, naturalmente, no digo
que
haya que hacer filosofía del lenguaje, pero que hay que
tomar
conciencia de algunos mecanismos. Por supuesto, está
claro
que, en la medida en que se llega de verdad a hablar algo
de
inglés o de alemán, en esa medida, séase culto o no, ha
estado
uno obligado a tomar conciencia de algo de la gramática
de
la lengua. Claro, si uno cae en Alemania, donde (en la base de
la
pirámide) el sistema de vocales no coincide, todavía (porque
hay
vocales centrales) durante mucho tiempo el inmigrante se lo
pasará
convirtiendo todas las "ü" y "ö" en las vocales, digamos,
del
espofcont que le suenan: todas las "ö" son
"e", todas las "ü"
son
"i". Ahora, si sigue con el aprendizaje, llegará un momento en
que
tendrá que aceptar que en Alemania hay siete vocales (u
ocho,
con ä/a) en lugar de cinco, aunque no las cuente; hay
palabras
que se diferencian por tener "ö" o por tener "e".
He pintado en principio el
sistema de una lengua. Sin embargo,
como
he dicho que es un sistema de una lengua cualquiera, he
dicho
implícitamente que esa pirámide aplanada con una cara
abierta
sirve para cualquier lengua. La organización de cada una
de
las caras y demás es idiomático o babélico. Por debajo de esas
diferencias
gramaticales está algo común. No hay que confundirlo
con
el hecho de lo más superficial, de lo semántico, del
vocabulario.
Eso, paradójicamente, es menos característico de
una
lengua, precisamente porque pertenece a la cultura; y sin
embargo,
uno, en la atención normal, tiende a atribuírle la
característica de
la lengua en cuestión.
Esta es la paradoja sobre
la que al principio os llamaba la
atención.
La parte semántica, en la medida en que ha saltado el
límite
y es ya cultura, no caracteriza tanto a una lengua
determinada
como la diferencia en la organización de sus índices
deícticos
o cuantificadores. Sin embargo, la tribu se aferra, antes
que
nada, a su vocabulario, porque es justamente aquello a lo
que
llega. Hasta tal punto que se puede llegar a decir que el
vocabulario
semántico es lo mismo que la realidad.
La organización de los elementos
gramaticales, las reglas de
fonémica
o de sintaxis, lo más importante y más subcosciente,
no
tiene
que ver mucho con la realidad del mundo, ni por tanto con
las
ideas de la tribu, pero en cambio el vocabulario semántico es
la
realidad del mundo para la tribu en cuestión. Evidentemente,
en
el sentido profundo, es menos característica de una lengua
que
cualquier otra deformación babélica del aparato común. Pero
en
el otro sentido, en cuanto que la lengua sirve a una tribu
determinada,
en cuanto característica de esa tribu y
conformación
de su realidad, otra vez el vocabulario semántico
viene
a ocupar el primer puesto.
II. Observación previa: en
el esquema no han tenido cabida los
nombres
propios, un escollo con el que muchos os tropezaréis con
frecuencia.
Los nombres propios, tanto topónimos como
prosopónimos, no pertenecen al esquema de la lengua.
Habría que
pintarlos
en una situación como ésta.
Son ilustrativos, porque,
si el vocabulario semántico está muy
cerca
ya de ser cultura más que lengua, ya comprendeis que
los
nombres
propios se puede decir que son plenamente cultura; y
esto
se demuestra en que el ámbito de un nombre propio no
coincide
con el ámbito de una lengua, puede ser mucho más
amplio,
abarcar muchas lenguas, como en el caso de New York o
Nueva York,
o en el caso de Brigitte Bardot,
que, como veis, son
nombres
que están por encima de las lenguas. O también en el
caso
de Pepita Ramírez, que es conocida en su familia y los
vecinos
del barrio, un ámbito, por tanto, mucho más restringido
que
el de una lengua. Son plenamente cultura. Os lo recuerdo
porque
hay una cantidad de barbaries, en las luchas lingüísticas
actuales,
referentes a los nombres propios que conviene aclarar.
El no tener conciencia clara de cómo esto
está situado lleva a
cosas
como ésta: como lo más superficial es lo que la tribu toma
como
característica propia, es normal que a los nombres propios
se
aferre la tribu y también tenga que creer, en contra de eso de
que
saltan las fronteras, con más o menos modificación fonémica,
que
sin embargo tienen una forma verdadera, que es su forma
dentro
de la tribu. Todas esas tonterías del tipo de Girona y
Gerona, a las que asistís
todos los días, están relacionadas con
este
error fundamental, y son representativas de toda una serie
de
errores, de falsas conciencias de la lengua, en las que por
desgracia
hoy no podemos entrar.
*
* *
Para que podamos entrar,
aunque sea un poquito, en esto que es
meteros en mi
taller, no os puedo dar ahora más voces.
Los dos objetos son, como
veis, poesía, es decir, un lenguaje
formalizado.
Están sujetos a una regulación del ritmo. No puedo
entrar
tampoco en la cuestión de cómo esta regulación, más o
menos
artificiosa, ocupa también una situación paradójica
respecto
a nuestra pretensión. La regulación del tiempo de la
producción
(el ritmo) está paradójicamente en contra de la rutina
del
trabajo de la Administración. Si la poesía tenía alguna virtud,
era
primariamente gracias a esta regulación que,
paradójicamente,
es una liberación, un poco al estilo de la paloma
de
Kant que todos recordais;
de forma que, cuando la poesía, en
la
forma de la cultura más avanzada, se libera de la regulación
rítmica,
naturalmente está contribuyendo a caer dentro de la
esclavitud.
¿A qué cosa se llega? A que se piensa que también en
poesía
se dicen cosas, y que un traductor lo que tiene que hacer
es
enterarse de lo que dice allí y ponerlo en la otra lengua. El
resultado
es normalmente desastroso, pero más de una vez he
tenido
que observar que gracias a eso de traducir a los poetas en
prosa
(por no decir de cualquier manera) desde mediados del siglo
pasado,
se vino introduciendo entre nosotros la costumbre de
hacer
poesía de creación sin regulación rítmica ninguna. El
fundamento
eran las traducciones de la poesía de Rilke o de
cualquier
otro, que se leían en español, por ejemplo, pero sin
ritmo
ninguno, porque el traductor se había liberado de las
cadenas
del ritmo.
La Ilíada
no es ninguna épica primitiva, sino un producto literario
muy
elaborado, muy artificioso, que únicamente coincide que es
nuestro
primer producto literario, del mundo de la cultura
dominante.
En las dos páginas de la edición Oxford, nos
encontramos
con el viejo Príamo, que al fin ha tenido que
decidirse
a emprender una escursión nocturna con una carreta de
regalos
y yendo él en otro carro, para ir a suplicar a Aquiles, al
matador
de muchos de sus hijos y finalmente de Héctor, a pedirle
que
le deje por lo menos el cadáver de Héctor para hacerle las
honras
fúnebres. Es en esa escursión en la que estais, en el
momento
en que (versos 477 y siguientes) se está contando así
(os
doy toda la prosodia del idioma antiguo: el ritmo, por fuera de
la
lengua, y después las prosodias gramaticales):
Homeri Opera II, rec. Monro, D.B.
y Allen, Th.W., Oxford 1920
(1902)

Mi intención era que
cogierais el ritmo: esta regla consiste en que
cada
verso tiene seis golpes, seis tiempos marcados, que
alternan
con los intervalos y, luego otra regla respecto a la
relación
de esto con la separación de palabras; es lo
fundamental.
El intento en el que
estoy metido es hacer que la Ilíada suene, es
decir,
no enterarnos de lo que dice, que no tiene importancia
ninguna,
sino hacerla sonar en el sentido que el título de esta
conferencia
dice: Hacer vivir a los muertos, naturalmente, a los
que
nos parece que merecen la pena; porque hay muchos
muertos
que más vale no oírles hablar; eso se da por supuesto:
no
tiene por qué ser necesariamente glorificador el hecho de
estar
muerto. Lo digo contra la nefasta noción de 'clásicos', que
venera
cualquier cosa por el hecho de estar muerto. Simplemente
sucede
que entre los clásicos ('clásicos' es una palabra ominosa,
está
cargada: hace referencia a la infantería de marina y classis
quiere
decir la organización de los niños en especie de escuadras
escolares,
e incluso hasta que el mejor de la clase se ponga a la
cabeza,
ducere classem como dice ya
Quintiliano; los autores
son
por tanto los autores que se emplean para esa labor de
regimentar
a los niños) hay algunos muertos que tal vez merecen
la
pena de intentar ver cómo suena. Este es mi intento con la
Ilíada.
Lo que el testo dice, si se
lee una traducción en prosa, realmente
no suena a nada;
nos estamos enterando por curiosidad literaria.
Cualquiera de las versiones
posibles que aquí os ofrezco está
metida
dentro del esquema fundamental, en el esquema que no
es
esactamente el verso de Homero, sino, bueno, un verso
que
he
estimado muy equivalente, un verso que empleé en el Relato
de
amor, hace años, y que más o menos es una especie de
conflación entre el hexámetro homérico y la tradición
de la poesía
popular
en romances en castellano.
[Lectura de la versión
rítmica castellana]
Respecto a la
versificación, ya veis que he tenido que tomar de la
tradición
de romances también la asonancia, que por supuesto en
Homero falta, pero que en
español tiene que estar (ao en este
trozo)
en compensación de una mayor libertad en cuanto a la
estructura
métrica del resto del verso, que sin embargo siempre
sigue
consistiendo en los seis pies fundamentales, como en
Homero, aproximadamente.
Ésta es la parte del
sometimiento a la regulación temporal que os
presentaba
paradójicamente como una liberación del sentido
prosaico,
del qué se dice, de lo puramente semántico, a que la
Literatura nos condena. Es
por tanto en este caso la traducción
misma,
el intento de versión rítmica, de hacer vivir lo muerto, un
intento
de rebelión contra el imperio de la Literatura, que en gran
parte
está fundado, como os decía, sobre la traducción con
supresión
del ritmo, desnudamiento de lo que era fundamental,
incluso
por debajo de la lengua, en aras del sentido semántico.
Me paro en un par de
puntos, empezando por los más
superficiales.
Hay para la épica homérica una gran dificultad que
es
el empleo de los compuestos y los epítetos que suelen llamarse
ornamentales,
es decir, que no sirven para nada, pero que en la
tradición
épica que Homero recoge eran pieza clave, porque ello
permitía
que al rapsodo o al aedo antes, al aedo improvisador,
le
fuera
dado, gracias a estas fórmulas de relleno, epítetos
compuestos,
ornamentales, poder continuar con la marcha de su
ritmo
sin grandes dificultades; éstas son muletillas. Naturalmente
en
Homero ya no son eso, porque Homero es una producción
literaria,
la primera. Pero él, naturalmente, ha conservado esa
tradición
anterior de los aedos y emplea costantemente
compuestos
y otros epítetos ornamentales, de los cuales aquí nos
han salido algunos
ejemplos. ¿Qué tienen que hacer con la
traducción
en prosa? Pues que si sale algo como epichthoníon
anthropon, hay que decir "los hombres que están
sobre la tierra",
o
si sale cheiras androphónous, "las manos que han
matado
hombres".
Y, claro, cuando a un epíteto ornamental se le hace
esto,
se le convierte en algo sumamente impertinente, de lo que
nuestras
traducciones de la Ilíada están llenas. ¿Cuál es el
recurso,
ya que en español no puedo contar con una tradición
semejante?
Inventarme la tradición, hacer como si estuviera,
atreviéndome
a decir cosas como las que habeis oído, como
"las
manos
hombrisangrientas", y "los hombres sobreterraños". Son
muy
pocos los atrevimientos en este trozo. A lo largo de la Ilíada
hay
pasajes en que aparecen muchas más cosas: no puedo ni
siquiera
decir "las huecas naves" o "las curvas naves", porque eso
parece
que está diciendo algo de las naves, pero no es verdad: lo
cierto
es que se está citando a las naves por nombre y apellido, y
por
tanto tengo que crear palabras que no están en español,
pero
que me parece que ocupan una función análoga; muchas
veces
las naves están citadas como "las cuéncavas
naves". Es
una
dificultad muy especial del lenguaje épico, pero que sin
embargo
también puede tener más trascendencia para otros tipos
de
traducción.
Los nombres propios
están... Ya sabeis que el griego antiguo es
una
lengua flexiva; es decir, un nombre propio también está
sujeto
a declinación, por tanto es Achilleús, Achillea, Achillei,
Achilleos.
En mi traducción juego con los nombres propios
dándoles
múltiples versiones, de manera que una misma cosa sea
unas
veces Agamenón, otras veces Agamémnon
y uno mismo sea
Aquiles y Aquileo y Oduseo, Odiseo y Ulises, de forma que está en
mi
traducción cambiante. ¿Por qué lo hago así? (si es que me
atrevo
a publicarlo de esta manera por fin, ya que requiere
bastante
atrevimiento): pues para luchar contra la mala tradición
académica.
Hay una tradición de los nombres propios de los
antiguos,
que inmediatamente, con solo aparecer, suena como
acartonada,
a 'clásicos', en el peor sentido que os decía.
Introducir un poco de
revuelo hasta en los nombres propios me
parecía
fundamental.
Los nombres propios ocupan
esa situación fuera del sistema y son
ya
todo ello cultura. Entonces, la Ilíada, Homero, todo
el mundo
antiguo,
ha llegado hasta nosotros a través de una tradición
literaria,
antigua, medieval, renacentista y actual. Por tanto, sus
nombres
propios han tomado formas, más o menos fijas. Muchas
veces,
la pedantería de los hombres de estos siglos pasados y
actuales
ha llegado al estremo de que los han trascrito mal y
se
ha
trasmitido una mala trascripción. Por ejemplo, la gente está
acostumbrada
a decir Proserpina en lugar de Prosérpina;
un
pedante
del siglo XVIII creyó que se decía Proserpina y con
eso
hemos
cargado. O Pegaso en lugar de Pégaso, y Helena en vez
de
Hélena,
o al revés, íberos en vez de iberos, Arístides por
Aristides,
Andrónico por Andronico, Trasíbulo por Trasibulo. Pero
aun
sin llegar a eso, lo cierto es que los nombres han adquirido
una
forma típicamente académica, escolar, clásica, que a mí me
suena
acartonada. En esta traducción (si la llego a sacar, tendré
que
esplicarlo en el prólogo) me aprovecho de que el
griego
antiguo
es una lengua flexiva y la nuestra no, y gracias a la
flexión,
el nombre propio en Homero es fluctuante. Me aprovecho
de
eso, y hago que los nombres aparezcan, primero, con formas
que
no son las académicas, de forma que se atreva uno a decir
los
troes en lugar de los troyanos, y que trascriba la u
homérica
con
u, en lugar de con i (Oduseo, en lugar de Odiseo), o que
utilice
ocasionalmente una deformación latina y diga Aquiles o
Ulises, alternando con las
otras. Tendré que sacar una lista de las
fluctuaciones
de los nombres propios de la Ilíada que en mi
versión
van a aparecer. Pero este juego tiene una cierta
justificación
como un intento de romper el nombre acartonado; y
cuando
un oyente literato diga "¿Aquiles? ¡ah, ya sé
quién es
Aquiles!",
"Pues no, no sabe usted quién es: ya ve cómo cambia
de
nombre con pequeñas variaciones. Estaba usted equivocado".
Es una invitación a oírlo
como por primera vez, a la renovación de
los
oídos.
En contraste con esto,
aparte del ritmo, lo que he procurado es
una
fidelidad al movimiento sintáctico, que a veces puede llegar a
ser
un poco atrevida, pero que sin embargo cuento como
verdadera
fidelidad, en el sentido de hacer hablar a los muertos.
No sé si alguna de las
cosas que habeis oído puede pareceros
sintácticamente rara, por ejemplo en la comparación
con el
pasmo
del que ha matado un hombre y se va al estranjero
(versos
480 y siguientes). Éste es el tipo de organización
sintáctica
que me parece reproducir la homérica con mucha
esactitud.
Por supuesto, la forma más
inmediata de hacer vivir a los muertos
es
aprendérselos de memoria, una y otra vez, incluso cuando se
trate
de lenguas que no se entienden o que no se entienden bien.
Es una práctica en nuestro
mundo muy inusual. Pero, como
estamos
bajo el reino de Babel y hay lenguas diferentes, pero al
mismo
tiempo como el pueblo confiamos en que todas son la
misma por debajo,
podemos llegar a prácticas como éstas:
intentar
hacer vivir y preparar para hacer aprender de memoria y
recitar,
saltando a otra lengua, confiando en que el ritmo, por
supuesto,
puede pasar de una a otra, y también mucho de la
gramática.
Y en lo superficial, vocabularios, como el caso especial
de
los compuestos y epítetos homéricos, y el de los nombres
propios,
presentan dificultades por su propia superficialidad, pero
también
permiten los juegos, y eso es lo que esta versión de la
Ilíada
intenta.
[Lectura detenida de unos pocos versos de la versión,
haciéndolos
notar]
- Francesc
Parcerisas decía que Robert
Frost dice que la poesía es
lo
que se pierde al traducir un testo, y él contraponía esto
diciendo
que al contrario, la poesía es precisamente lo que se
conserva
al traducir un poema*.
Mi actitud está muy cercana
de la primera y pienso que Francesc
respondía
a lo que nos domina, es decir, a la Literatura. A fuerza
de oír a Rilke sonar en prosa en español, se ha llegado a pensar
que,
"claro, como Rilke es un poeta, aquello no
sonará a nada,
pero
será poético lo que dice". Y así hemos llegado a tener una
noción
de lo poético reducida a lo meramente semántico. Todo el
intento
que os estoy mostrando es justamente una lucha contra
esta
situación, un darse cuenta de que, por debajo de la
semántica,
hay cosas mucho más profundas, subcoscientes y
populares,
y que en una poesía cabe, con grandes dificultades,
hacerlas
sonar. Pienso que lo que en una poesía, por ejemplo en
el
poema homérico, se dice, privado de la marcha de la regulación
temporal,
no es prácticamente nada. Satisface a la curiosidad del
estudioso,
del literato que se entera de lo que dice, pero hacer
(no
'decir', no 'significar'), no está haciendo nada. Se supone que
un
poema lo primero que tiene que hacer es hacer, no contar
cosas,
sino hacer. Producir efectos muy determinados. En ese
sentido
va mi intento.
* * *
El poema de Catulo. Estamos en una situación, dentro del mundo
antiguo,
muy distinta, en pleno mundo helenístico, un mundo ya
plenamente
literario, muy parecido por tanto al nuestro, en
cuanto
a la sumisión que he dicho. Ha habido, además, un
trasvase
de lengua: la lengua latina nos ofrece el primer caso de
traducción
literaria, como puse de relieve en el ensayo "Apuntes
para
una historia de la traducción", y aquí estamos ya en una
literatura
traducida.
Catulo,
por ejemplo aquí, ha tomado un esquema métrico que era
de Safó, era de la canción viva de Safó
de Lesbos. Es la estrofa
sáfica.
No tal como en nuestra horrible literatura se ha
transmitido
la estrofa sáfica, sino como era de verdad, que suena
de
esta manera:
[Lectura del testo latino]

Con más o menos torpeza,
esto es lo que aquí dice en una
traducción
[se da una traducción en prosa], lo que es bastante
horrible,
y hace falta bastante buena voluntad para decir: "¡ah, la
poesía
de Catulo!" Sin embargo, probablemente se le
puede hacer
sonar.
En mi intento, por supuesto, se mantiene la estrofa sáfica,
con
la misma regulación: por tres veces un endecasílabo,
enteramente
inusual para el castellano, con marcas en 1, 3, 5, 8
y
10 y luego el remate con la prolongación de las 5 sílabas del
adonio.
Aquí no se trata de una métrica de pies, como en el verso
homérico,
sino de una métrica de estrofa de canción bien
regulada.
Me aprovecho de que en este arte la unidad es la
estrofa,
la pequeña estrofa y que los versos en realidad no tienen
una
separación notable. Me aprovecho, por ejemplo, para el
atrevimiento
de decir i/réis, repartiendo entre el primero y el
segundo
verso, tal como hace Catulo con la palabra pra/ti en el
antepenúltimo,
que tiene la sílaba pra y ti, elidido, en el
siguiente.
Esta es la técnica de la
propia Safó, que, practicando esta
estrofa
en vivo, cantada al son del bárbito, no reconoce más
unidad
que la de la estrofilla y los versos son simplemente
componentes
suyos.
[Lectura de la versión rítmica]

* Corresponden a las
preguntas realizadas al ponente a lo largo da la
conferencia