No debéis esperar que en esta
sesión, y si hay caso en alguna otra en que volvamos a vernos, se trate de
Filosofía, se trate de la Filosofía de los filósofos: es verdad que, una vez
visto por el subtítulo, esto no deja de tomar alguna guía de un testo de Hegel,
de varios de los harapos del libro de Heráclito que nos han llegado, pero esto
es secundario, es lo de menos: aquí vamos a tratar, como suelo intentar
siempre, directamente de la cosa, y de paso, la sugerencia de lo que no es
cosa, cuestión a la que hoy mismo vamos a entrar. De manera que eso de la guía
de Hegel, de Heráclito, debéis tomarlo de esa manera: es que, efectivamente,
tampoco se puede despreciar sistemáticamente la voz de algunos de los muertos
que nos ha llegado. Efectivamente los muertos en general están sujetos a la
misma ley que los llamados vivos, que los que andamos por aquí, que es la ley
democrática, la ley de la mayoría, es decir, la ley de que la mayoría sean
idiotas, sin la cual ley ni hay democracia ni gobierno: los muertos, igual que
los que siguen por aquí, en su mayoría son idiotas, y la mayoría, por tanto, de
los que se venden como literatos o como filósofos, cumplen esta ley. Siendo
así, sin embargo, también entre ellos lo mismo que entre nosotros, los llamados
vivos, se producen roturas, imperfecciones, grietas del sistema, que permiten
que de vez en cuando alguien, sea como hombre vulgar, sea a pesar de llamarse
filósofo o físico o poeta o cualquiera de esas mandangas de la cultura, a pesar
de ello se pase un poco de la raya, es decir que la propia pasión de la
investigación (en casos sobre todo de un físico en ciernes) y en general la
pasión del descubrimiento de la mentira de la realidad, le haga pasarse de lo
que es vocación de toda Filosofía, de toda Ciencia, que es servir al Señor,
servir al régimen, como siempre lo ha sido. No distingo, como habéis visto,
para nada entre esas cosas de Filosofía y Ciencia: eso es una distinción vana,
y que contribuye también al engaño; y es respecto a lo uno y respecto a lo otro
juntamente como os digo lo que os estoy diciendo: la vocación es la de servir
al señor. Así era en la teología y hasta la filosofía en las escuelas
medievales, así ha sido siempre y así sigue siendo ahora. Ésa es la vocación
fundamental: dado que el poder necesita la fe en la realidad, dado que por otra
parte el corazón y la razón descubren enseguida que la realidad es mentira,
está claro que, con esa vocación esencial suya, filosofías o ciencias o
literaturas no pueden hacer nada más que contribuír a la falsedad, reafirmar
esta falsedad costitutiva de la realidad. De manera que, menos mal, vivimos de
eso otro, vivimos de las escepciones, de los rotos: a pesar de todo, entre
alguna gente corriente, pese a no sólo lo que les mandan desde arriba, sino a
los propios intereses de la propia personita, pese a ello y contra ello, puede
que le salga a alguien decir algo que no sea lo que está dicho, hacer algo que
no sea hacer lo que está hecho en cuanto previsto. Y esto que digo de vosotros,
de nosotros, de los que nos llamamos vivos, pues también de los muertos: la
idiotez mayoritaria es la ley: ahí están acumulados en las bibliotecas,
sirviendo a la operación funesta, mortífera, de la educación y la cultura a la
que todos vosotros, igual que yo o más todavía, estáis sometidos, ahí están, y
a pesar de la cultura, a pesar del servicio a la educación, a pesar de la
pedantería inherente a toda escuela, de vez en cuando se puede oír cómo el
papel se rompe, las letras se desdibujan, y surge de allá abajo algo que puede
ser voz de verdad, por tanto voz que denuncia la mentira de la falsedad, que es
todo lo que a nosotros nos cabe como verdad –dicho sea por anticipado- la pura
negación, el puro descubrimiento de la mentira de lo que se vende como verdad.
Con esa disculpa, decimos en el subtítulo "siguiendo la Phaenomenologie
des Geistes de Hegel" o decimos "siguiendo los harapos del libro
de Heraclito"; pero, en fin, no hagáis demasiado caso: eso sólo es por si
algo de lo que ahí suena, o puede sonar, nos ayuda a descubrir lo que ya de
antes, de antes de la historia, de la formación de la persona de cada uno,
antes de la historia de cada uno, se sabía sin saberlo, a lo que aludimos como
común, que se contrapone a eso de mayoritario. Confío por tanto en que, como la
mayor parte de los que estáis aquí no sois propiamente estudiantes de Filosofía
ni especialmente interesados en Hegel ni nada de eso, los compañeros que me han
traído aquí (quizá algunos de ellos sí que tienen especial interés en estos
testos) pues complementen lo que yo pueda hacer aquí sacando enseguida, sin
aguardar a coloquios finales ni nada de eso, algunas de las cuestiones que les
preocupan, algunos de los testos que no acaban de entender, y que eso
complemente lo que yo por mi parte pueda ir haciendo. Estamos de acuerdo en
eso, de manera que haré las pausas necesarias para que ellos o cualquiera de
vosotros pueda interrumpir y soltar lo que le venga a propósito de la cuestión
o de las cuestiones de que se vaya tratando.
Como os decía un poco ex abrupto desde el principio,
aquí tratamos directamente de la cosa y, como después he sugerido, por tanto
tratamos de la mentira costitutiva de la realidad, y costitutiva por tanto de
las cosas de la realidad. La pregunta es enseguida (y es la que está detrás de
la preocupación de Hegel en este testo y de tantos otros pensadores) ¿quién
trata acerca de eso?, ¿quién trata acerca de eso, de la cosa, de la falsedad de
la realidad, de cada una de las cosas, de las cosas en un supuesto conjunto,
que probablemente no hay?, y es aquí donde está el principal error tradicional.
Cuando digo "aquí tratamos directamente de la cosa", es decir, de las
mentiras, de la falsedad de la realidad, tiene que venir enseguida la pregunta
de "¿quién?": quién trata de eso, quién piensa en eso, quién habla de
eso, quién -lo primero de todo- se pregunta acerca de eso, quién -como veremos
que vamos a hacer aquí este rato y los que vengan- niega eso, quién descubre la
falsedad de la cosa, la falsedad de la realidad. Y os iba diciendo que
justamente en la intervención de esta pregunta, "¿quién es el que...?"
es donde está enraizado el principal error de toda filosofía o ciencia (y ya
digo que no distingo); el principal error de toda aquella forma de pensamiento
que trata de dar cuenta de la realidad,
es decir, de aquello que se supone que no es el pensamiento, que no es la
pregunta, que no es la lengua que está versando acerca de ello. Porque
inevitablemente casi siempre todo filósofo -también todo científico, físico o
psicólogo o lo que sea- trata de incluír este problema dentro de la realidad,
de tal forma que eso que los filósofos llamaban o tal vez llamen "el
sujeto" del saber, del preguntar, del hablar, quede incluído en el mismo
sitio que el objeto al que se refiere la pregunta y la lengua y el razonamiento
y el cálculo. Esto es imposible: el que habla no puede ser aquello de que habla
al mismo tiempo que está hablando. Ésta es una de las muchas perogrulladas que
me vais a oír soltar por esta boca y que desde luego está destinada a desmontar
esto que he presentado como error fundamental: si se habla de ello, ya no es el
que habla, sino que forma parte de aquello de que se habla. De manera que en el
momento que un filósofo por ejemplo, se propasa a tratar del sujeto del
conocimiento, de "quién es el que", inmediatamente está sometiéndolo
al objeto, está convirtiéndolo en una realidad, y eso es palmariamente falso:
el que habla o lo que habla, el que piensa o lo que piensa, no puede pertenecer
a aquello de que habla, a aquello que está pensando: eso es imposible. Pero es
muy comprensible la falta de resignación a esta contradicción, a esta
imposibilidad. La falta de resignación nos ha acompañado toda la historia que
registramos y ha dado lugar a todo lo que se llama pomposamente el desarrollo
de la ciencia o de los sistemas filosóficos y cosas por el estilo, desde los
antiguos hasta nuestros días: la falta de resignación, la dificultad para
reconocer la contradicción que acabo de enunciaros. Es verdad que estos
compañeros que hemos, a sugerencia de los organizadores, escogido de entre los
muertos, tienen una situación peculiar incluso dentro de la historia; porque
evidentemente el libro de Heráclito de Éfeso, del que nos quedan algunos
cuantos restos, que hace pocos años he editado, está antes de el comienzo de ese desarrollo de la ciencia o filosofía;
es literalmente pre-filosófico. Es literalmente prefilosófico, y eso a pesar de
que en uno de los fragmentos la palabra filÒsofouj
¥ndraj, hombres que
aspiran a sabiduría, por decirlo con la traducción menos infiel, aparece por
primera vez, el término. Dice concretamente ese fragmento "de muchas cosas
han de ser investigadores los hombres que aspiran a sabiduría. Pues" (dice
en el fragmento que yo edito siguiente) "también oro los que van a
buscarlo, tierra escavan mucha y encuentran poco". De manera que, a pesar
de que la condición prehistórica, en el sentido de precientífica,
prefilosófica, que sitúa fuera este testo, ya veis que, sin embargo, en los
enunciados pueden surgir también fórmulas como ésas, bastante reveladoras, yo
creo.
Por otra parte, cuando yo era muchacho se decía que
Hegel era el fin de la filosofía, que allí había terminado todo. Y era una cosa
que yo creo que cuando nos acercamos por primera vez a él, pues lo tomábamos
con un cierto regocijo- ¿no?-, como diciendo: "¡por fin!: por fin va a
encontrar esto una terminación". Y hay algo en los discursos más lúcidos
que, efectivamente, se puede interpretar como una conciencia o intención de
acabar con toda filosofía. Acabar con toda filosofía querría decir simplemente
negar la falsedad que se vende como verdad, y, dicho de otra manera, volver al
sentido común, a la razón común, que es lo que he elegido como título de mi
edición de los harapos de Heráclito. Que lo he elegido porque él emplea el
término xunÒj (xynós, o xunós en su
dialecto), y este término, que es el que traduzco como "común", él en
uno de los fragmentos lo medioequipara al otro, koinÒj, que más bien
aparece allí como "público", y dice él "hay que seguir a lo
común" (al sentido común: se ve que él reconocía ya, cuando formulaba
esto, que eso es muy difícil, porque está por medio todo el saber, toda la
filosofía, toda la ciencia. Hay que seguir sin embargo al sentido común, a la
razón común) "pues público es lo común" -por usar los dos términos-.
Esto, en los fragmentos de Heráclito, aparece en clara contradicción con la
pretensión de que uno pueda de verdad saber algo; de forma que eso de 'común'
es claramente negativo; y niega de una manera lo más directa posible lo que en
otro fragmento se llama así: „d…an
frÒnhsin: "Viven como
si tuvieran una „d…an
frÒnhsin" los más -se
entiende- la mayoría (de la cual os he estado yo también hablando antes y de la
ley de la mayoría). Ésta es la ley de la mayoría, y es justamente esto lo que
hace que no entiendan: teniendo una esperiencia diríamos casi que palpable de
las cosas, de cómo son en verdad como la razón cuenta, sin embargo hacen como
si no la tuvieran, no se enteran. Y esto les sucede no por otra razón sino por
ésta: porque viven como si tuvieran un pensamiento privado, como si tuvieran
una creencia particular, una ‡dih
frÒnhsij; de forma que xunÒj, 'común', que es
también koinÒj, 'público', se
contrapone a 'personal', se contrapone a la creencia en una sabiduría,
inteligencia, saber, idea, personal, de cada uno.
Como veis, esto nos aproxima por otro lado a la cuestión,
de la que ya antes he maldecido un poco, del tratamiento del sujeto o del yo,
que en la medida en que se trata de él deja de ser el que piensa para convertirse en algo de lo que se piensa:
dejo de ser yo para convertirme en un fulano que dice cosas. Ésa es la misma
conversión y la misma forma del error: mientras yo hablaba, mientras os estaba
hablando, yo no podía ser nadie de quien se hablara ni de quien yo estuviera
hablando. Ahora, si después se empieza a pensar "¡qué cosas nos ha dicho
este tío!, ¡qué especie de teorías o de ideas nos ha soltado!, ¡nos ha puesto
la cabeza como un bombo! Pero ¿qué es lo que quiere que pensemos?" si se
empiezan a decir todas estas tonterías (lo cual es mayoritariamente inevitable,
porque mayoritariamente tendemos a creernos la mentira de la realidad, ya que
en ello nos va el ser de cada uno, el ser el que es), si estas cosas se dicen,
ya no hay nada que hacer: yo ya no soy yo: soy un tipo, un fulano del que se
habla y que por tanto no puede decir nada. Como tampoco ni Hegel ni el pobre
Heraclito pueden ser ya nadie que diga algo, desde el momento en que se empieza
a tratar acerca de ellos y se les coloca en la historia de la filosofía o del
pensamiento. Esto es como volvemos a lo que antes había presentado como error fundamental
del que en este mismo testo de la Phaenomenologie des Geistes no se está
exento del todo; aunque hay vislumbres de que efectivamente se sentía bien la
imposibilidad lógica del tratamiento que el propio tratado persigue. Ahora lo
veremos un poco.
Terminado esto, esta cuestión de la cosa y del que
sabe o lo que sabe la cosa, esta cuestión no puede ser objeto de ningún
conocimiento ni rama del conocimiento. No puede ser, por tanto –criticando la
elección del título de Hegel- ni una "fenomenología", ni puede ser
"des Geistes", no puede ser "del alma", "del
espíritu", que lo condenaría a ser una especie de psicología, una cuestión
psicológica. Y no puede tratarse ni de una cuestión fenomenológica ni de una
cuestión psicológica por lo que ya os he adelantado como imposibilidad y como
error.
Antes de seguir, me paro un poco para que cualesquiera
y especialmente los que están interesados en estas cuestiones me saquen lo que
les parezca. También, aparte de intereses más especiales por los testos de Heráclito
y de Hegel, cabe que muchos de vosotros necesitéis que os oscurezca un poco
algo de lo que he dicho; porque yo soy cosciente de que, cuando me pongo a
dejarme hablar, hablo demasiado claro, y eso no es habitual, qué se le va a
hacer, de manera que hay una deformación profesional: si no te ponen la cosa en
términos de la jerga, de la jerga o filosófica o científica o literaria, pues
no se entiende. Es que oír así el sentido común desbarrar de pronto, pues no es
habitual. De manera que, si requerís alguna traducción más estricta a jerga
filosófica o pseudofilosófica, pues también podéis decirlo. Sabéis que esa
exigencia tiene un riesgo mortal, por lo mismo que estaba diciéndoos ahora: si
la cuestión se convierte en una cuestión psicológica, científica o filosófica, ya está muerta como cuestión. Y, por
supuesto, el intento de someterla a denominaciones, términos y en general,
jerga, científica o filosófica, hace eso: mata la cuestión. Luego puede, como
en el caso de los propios testos de Hegel, surgir, aparecer alguna rotura; pero
no es nunca inocente adoptar la jerga de las autoridades,
científico-literarias, la jerga de la escuela. Eso no es nunca inocente. Quien
crea que se puede traducir tranquilamente del sentido común a esa jerga, se
equivoca: no se puede decir lo mismo de las dos maneras. Respecto a esto, hay
también apariciones en el caso de los físicos, en el caso de la forma de
ciencia de la realidad más avanzada que me es dado conocer, que como sabéis,
normalmente se formulan o espresan en lenguaje matemático, un lenguaje
matemático al servicio de la ciencia, por supuesto, no un mero juego
matemático, sino una matemática sometida ya al servicio. Y alguien puede decir:
¿qué pasa con la traducción?
Y respecto a la traducción de las ecuaciones de los
físicos, que tratan de esplicar fenómenos o universo, pues sucede algo que a mi
propósito es ejemplar. Desde luego, se puede decir: una ecuación, un cálculo,
una serie de cálculos que no pueda dar lugar a una formulación en lengua
corriente –que estoy contraponiendo a la jerga de la cultura-, en lengua no de
cultura, en lengua baja, en lengua corriente, evidentemente es sospechosa de
que se está enredando; se está enredando en el propio lenguaje matemático y
sólo de una manera ilusoria está pretendiendo decir algo. El sentido contrario
de la relación es bastante distinto. Por supuesto, cuando antes os he hablado
de cómo la propia pasión investigatoria puede llevar a descubrimiento de la
contradicción, a revelación, estaba aludiendo a algo de esto. Recordad lo de
Heráclito "tierra, los que buscan oro, escavan mucha y encuentran
poca". Hay que atender a esto: el sentido común se puede colar en
cualquier sitio, hasta en el laboratorio y en el despacho de los matemáticos al
servicio de la ciencia. De forma que entonces se puede decir también: ¿cuánto
en estos cálculos obedece a un verdadero deseo desde abajo, venido desde lo
común, para descubrir la realidad, lo que es, es decir, no para sostenerla,
sino para desvelarla, para descubrirla? Ésta es la cuestión complementaria.
Esto con respecto a esto de las jergas, y que va a tocar también a aquello en
lo que voy a entrar ahora, que es respecto a la operación de la lengua en
general.
Pero, insisto: ya habéis tenido tiempo de animaros a
que el sentido común os deje levantar alguna mano. O también la idiotez propia
de cada uno. Porque (qué le vamos a hacer), si alguien se siente animado a
defender su fe... (que puede suceder, porque idiotas somos todos. Vamos: somos
todos en el sentido de que lo somos cada uno, no en totalidad ni en conjunto;
pero también eso da juego en una situación como ésta) si alguien debe defender
su fe, pues que lo haga. Ya aquí me encargaré yo con los amigos de estropearle
la fe todo lo que pueda; pero, vamos: no por eso vamos a prohibir que se
formule. Mejor eso que no que se quede por lo bajo y que cada uno se quede
pensando que esto es una especie de especulación o de locura y que por debajo
está la verdad de lo que uno cree todos los días, de lo que le cuentan en la
televisión, de lo que le cuentan en los periódicos, de lo que le cuentan en la
universidad, de lo que dicen las autoridades y que uno se cree que sabe lo que
es, ¿no? Mejor que salga, si llega el caso. Venga.
P. -No sé si no he entendido, o por lo
menos encuentro contradicción, en el hecho de que el sujeto pensante no es el
objeto pensado, entre esa afirmación, que el sujeto pensante no es el objeto
pensado...
R. -Esa afirmación no ha aparecido aquí:
he dicho que el error fundamental que me parece de toda filosofía o ciencia es
tratar del sujeto como si se pudiera tratar del sujeto, cuando lo que he dicho
en términos más corrientes es que el que habla nunca puede ser algo de lo que
se hable. Eso es lo que he dicho. No intentes traducirlo a ninguna especie de
jerga: simplemente el que habla no puede ser algo de lo que se habla, porque en
ese momento ya deja de hablar, ya no es el que está hablando; ya es, por volver
a la jerga, objeto: el sujeto se ha hecho objeto.
P. -Es que estamos hablando de lenguaje,
no de pensamiento; es que me he perdido entonces.
R. -No, no: yo entre lenguaje y
pensamiento no distingo para nada. Imagínate: ni siquiera distingo entre
filosofía y ciencia; estaría bueno que ahora fuera a distinguir entre lengua y
pensamiento: es lo mismo.
P. -Pero es que quizá no es evidente qué
se está tratando aquí. Porque, no he leído a Hegel...
R. -No, no. Aquí tampoco hace falta mucho.
La mayor parte no lo han leído: puedes estar tranquila.
P. -Entonces, desde no sé si pensamiento,
lenguaje o conciencia, sí que yo tengo la duda muchas veces y la problemática
de hasta qué punto se puede tener una autoconciencia; la conciencia ¿es única,
o está en comunicación?
R. -Comunicación tiene algo de eso de
común, sí. De conciencia no hemos directamente hablado todavía, pero por supuesto
puedes aplicarle lo mismo, ¿no?: si tú te sabes a ti misma, entonces no eres la
que te sabes.
P. -Por eso.
R. -Ésa es la contradicción. Si tú te
sabes a ti misma, hay una muchachita que es la que sabes. No eres tú, que por
lo visto eres la que lo sabías. No puede ser. Esa contradicción no se resuelve.
No sé si está lo bastante claro, la cuestión de la conciencia tal como tú la
planteas en términos un poco más de jerga. Si yo pretendo tener conciencia de
mí mismo, pues estoy cayendo en eso: uno será ése del que tengo conciencia, un
elemento de la realidad como otro cualquiera, un tío, un átomo, una cosa, pero
el que pretende tener conciencia está fuera, ése no es real, no existe. Sigue,
no te calles; sigue dándole vueltas a tus dudas e incertidumbres.
P. -Sí: luego tengo otra duda, que es la
de –no sé dónde lo escuché- que una autoconciencia sería como...
R. -Mira: decir autoconciencia es una cosa
tan horrísona, que debía echarte para atrás. Autoconciencia no es sólo un
término de la jerga, sino que es, lo mismo que automóvil, un híbrido de griego
y de latín, para acabarlo de fastidiar: se mete el auto-, el griego, y
luego se le mete el conciencia o el móvil. A propósito, ya sabéis
que este híbrido, automóvil, es a nuestro propósito de interés central: ésa es
la pretensión falsa del sujeto real, el que se mueve a sí mismo. Y ése que se
mueve a sí mismo, por medio de ese híbrido grecolatino, pues es algo muy
parecido a la autoconciencia, a la autocosciencia. Bueno, te perdono el término
de la jerga y dime qué querías decir acerca de la autoconciencia.
P. -Que yo intento tener una conciencia en
la que todo éntre y más o menos las tensiones se liberen, -¿no?- pero
aceptando, dejando que entre todo.
R. -¿Cómo, cómo?
P. -No sé, que yo escucho que mucha gente
dice que realmente la conciencia es de uno mismo y que lo que tú escuchas es tu
propio pensamiento. Entonces, esa propia conciencia como inconciencia... o sea:
que no tiene en cuenta a los demás. Que la conciencia es colectiva y sí hay
esa...
R. -Sí: común. A lo llamado subjetivo, a
la autoconciencia de uno mismo –que es una chorrada- se le opone eso de lo
común, a lo que tú aludes bastante mal con eso de "colectivo". Lo
común es público, pero no en el sentido de ninguna colectividad. Sobre eso volveremos
ahora a propósito de la lengua. De manera que ésas son las formas del engaño
-¿no? No se puede tener conciencia de uno mismo, porque entonces, si uno es
aquel del que se tiene conciencia, desde luego no es el que tiene conciencia.
Eso es una imposibilidad, más que metafísica, gramatical. Es una cosa sumamente
clara, como una manifestación de lo que decíamos en general de que el que
habla, mientras está hablando, no puede ser algo de lo que se habla.
OTRO
P. -Se ha dicho que en la realidad hay una
mentira costitutiva de la realidad. Nosotros, indudablemente, ¿qué somos?,
¿estamos integrados en esa mentira?, ¿somos cosas?, ¿somos distintos?, ¿podemos
juzgar la cosa?
R. -Por supuesto, y eso toca directamente
al corazón de lo que estamos tratando. Si uno es real, eso quiere decir que es
cosa. Las personas son cosas. Las personas son cosas, por tanto ya comprendéis
bien el asesinato, el crimen que consiste en que a mí se me convierta en una
persona. Porque si se me convierte en una persona, se me ha convertido en una
cosa, es decir, se me ha matado, en el sentido en que se pueda hablar de vida
de la razón o vida de la lengua. Si uno es real, da esactamente lo mismo que
sea persona, que sea animal, que sea cosa: es real, es una cosa de la que se
habla.
P. -Somos mentira, pues.
R. -En cuanto reales, mentira todo. No
puede haber ninguna cosa, ninguna realidad costituída, si no es con falsedad.
En esa medida. A lo mejor yo no me he muerto del todo, no he quedado reducido a
ser mi personita; a lo mejor me quedan imperfecciones o roturas; eso puede
estar vivo; pero, si está vivo, es que es no real. Es no real, precisamente
porque así puede hablar de la realidad, entre otras, la de mí mismo, pero
–vamos- de cualesquiera realidades.
OTRO
P. -¿A qué se debe esta falsificación de
la realidad, o sea, esta costitución mentirosa de la realidad?; ¿es posible
vivir sin ella, también -digamos- no solamente a nivel individual y silencioso
sino...
R. -Vivir en la realidad exige el
sometimiento, la mentira. De manera que, si de lo que se trata es de vivir, eso
que venden como vida y que el pueblo dice "esto no es vida", que es
mentira, si se trata de vivir eso, entonces no: hay contradicción. En cambio,
hay que saber decir que a mí, que no existo, a eso a lo que aludo con 'pueblo',
con 'lo común', que no existe, a eso puñetera falta le hace creer en la
realidad, sino que por el contrario eso es lo que le impide vivir y es lo que
le impide pensar de verdad. Ahora, si lo planteas respecto a serecitos reales,
ésos, para vivir, por supuesto, tienen que creer, tienen que empezar creyendo
cada uno en su propio ser, y tienen que someterse por todos los medios posibles
a esta ley de la falsedad de la realidad. De manera que, tú verás: si tú eres
tú simplemente, no te hace ninguna falta ni el Estado ni el Capital ni las
cosas ni la realidad; ahora, si tú eres Fulano de Tal, que tienes tu puesto y
que tienes que hacer esto que se llama vivir y que está condicionado por tu
muerte siempre futura, entonces no: necesitas la fe. Si no tienes fe, tu persona
se parte, se resquebraja, ya no cumples bien con las normas del vivir que se
vende y establece como tal.
OTRO
P. -Entonces –hablo de lo que habla Hegel
en el testo éste- dice que el lenguaje es lo más verdadero.
R. -Sí, avanzado el testo. Sobre él pensaba
volver, sí. No te impacientes, que ése –si no puede ser hoy, será otro día-,
pero ése lo pensaba tocar, sí. Hay un punto en que se vuelve sobre die
Sprache, sobre la lengua, y dice que es lo más verdadero, y allí explica
bien por qué: porque niega la oposición justamente entre la cosa, Gegenstand,
y el sujeto; niega que pueda darse como inmediata, sino que es mediata, se da
como mediata, y precisamente con una mediación que es la intervención de la
lengua misma. Es en ese sentido, bastante retorcido, como dice que es
verdadera. Pero bueno, tal vez es prematuro en estas sesiones. ¿Alguna cosa más
por ahí?
OTRO
P. -No: que me he quedado con ganas de
seguir escuchando.
R. -¡Ah bueno! Esto de escuchar, desde
luego, no puede ser, como os enseñan en la escuela, para asimilar, a ver si
aprendéis algo. No vais a aprender nada, por supuesto; aquí, en el rato que
estéis conmigo, ya me guardaré mucho de que no aprendáis nunca nada; de manera
que más bien se trata de una cosa un tanto milagrosa, que es dejarse oír;
simplemente dejarse oír. Esto para la persona es peligroso, como cualquier cosa
que no sea la fe, la mentira de la realidad, pero que cabe, precisamente
gracias a la imperfección de la realidad: cabe dejarse oír, que es lo mismo que
dejarse hablar, lo que yo ahora, torpemente y como puedo, estoy intentando: no
soltar cosas que aprendáis, sino dejarme hablar; dejarme hablar contra lo que
surja.
De todas maneras, si todavía queda alguna voz por
ahí...
OTRO
P. -Yo quería preguntar acerca de lo común
o lo público que hay en todos: ¿cómo dejarlo oír?, si es dejarlo oír ...
CORTES VARIOS
R. -... de la mayoría de la persona, lo
cual no quiere decir imposible. Y el hecho de que a pesar de todo se pueda oír,
o que se pueda uno dejar hablar, eso es una prueba en acto de que la realidad
está mal hecha, porque, si no, si el imperio estuviera bien costituído, no
habría caso: no podríais oír más que las informaciones de la televisión; es
decir, tendríais que oír lo que ya sabíais, sin nada nuevo; no podríais oír más
que las informaciones de la clase, de los programas, es decir, lo que ya estaba
sabido, si el imperio fuera perfecto. El hecho de que sin embargo quede algo de
sentido común que permita dejarse hablar y dejarse oír, eso es como una prueba
en acto de que está mal hecho el imperio, mal hecha la realidad, todo lo
poderosa, todo lo aplastante que queráis y que sabéis que es, pero con
resquebrajaduras, con fallos como ésos.
OTRO
P. -La cosa, yo formo parte de la cosa;
pero ¿yo puedo dialogar con la cosa? ¿puedo llegar a entender algo de la cosa?
R. -Bueno, en primer lugar personalmente
eres una cosa, no es que formes parte de la cosa, es que eres una cosa, es que
la persona es una cosa.
P. -¿Puedo pretender entender algo?
R -Sí, sí. Gracias a que no eres enteramente
el que eres. Si eres íntegramente el que eres, es lo que he dicho del imperio:
entonces nada, ni pa Dios, no vas a entender nunca nada más que lo que está ya
sabido, no vas a hacer más que tragar, tragar, renovar la fe. Pero, si no eres
del todo el que eres, si hay en ti algún fallo, entonces, en efecto, eso te
puede hacer entender. Por decirlo un poco melodramáticamente, eres algo que
está espuesto a la herida. Si tu ser es una coraza perfecta, pues no, claro:
entonces no te vas a enterar nunca de nada. Pero no es así: estás espuesto a la
herida, y gracias a eso se puede entender y sentir de veras.
P. -¿... con la cosa?
R. -Tú eres una cosa, si eres real: una
cosa entre las cosas. Como es bien evidente: figuras
igual
que las demás cosas en el mercado, te compran, te venden, te suben y te bajan
en la escala social, te cuentan los votos en una votación; eres una cosa entre
las cosas. De manera que la noción, -si estás aludiendo a eso- de cosa en
general abarca a las demás cosas y a las personas con ellas. Todo eso son
cosas.
Bueno, pues entonces seguimos un poco esto. La certeza
inmediata es el tema, por así decirlo, del tratadillo éste de Hegel. Y se
dedica a analizar esta noción de 'certeza inmediata', y este análisis mismo le
lleva, como os decía, a descubrimientos ocasionales. Entre ellos está éste que
dice que "entre las diferencias innumerables que entonces se producen,
encontramos aparte de todas la diferencia principal, a saber, que ambos éstos (diesen,
dieser), el que se presenta como Gegenstand, objeto, cosa, y el que
se presenta como ich, como yo, se diferencian ahí."
Bueno, tengo una traducción también que creo que no
está mal: es la de Wenceslao Roces y Ricardo Guerra, es la que me han pasado.
Éstos dicen esto mismo de esta manera: "esta certeza sensible, al mostrar
en ella misma lo universal como la verdad de su objeto, permanece por tanto el
ser puro [que esto no está sintácticamente muy bien, pero bueno] el ser puro
como su esencia, pero no como algo inmediato, sino algo a lo que es esencial la negación y la mediación, y por
consiguiente, no como lo que nosotros suponemos como el ser, sino como el ser
determinado como la abstracción o lo universal. Si comparamos la relación en
que primeramente surgían el saber y el objeto con la relación bajo la que se
presentan en este resultado, los términos se invierten: el objeto..." Bueno no doy ahora en la traducción con el
trozo alemán que os sacaba.
¿Tú lo has encontrado?
[leen]
"entre las innumerables diferencias que aquí se
presentan encontramos en todos los casos la distinción fundamental. A saber: la
de que en esta certeza quedan enseguida fuera del puro ser, los dos estos
mencionados, éste como yo y el esto como objeto."
¡Un poco más!
"...y si nosotros reflexionamos acerca de esta
diferencia, vemos que ni el uno ni lo otro son en la certeza sensible solamente
como algo inmediato, sino, al mismo tiempo, como algo mediato."
Sí, creo que corresponde bien la traducción ésta con
la que yo os había dado. Es decir que con esta búsqueda o pretensión de lo que
llama certeza sensible se produce el descubrimiento de las diferencias y,
aparte de todas ellas, de la diferencia fundamental. Que el análisis de la
certeza venga a descubrir las diferencias está casi como dado de por sí. Porque
las cosas, si han de ser cosas que se cuenten como cosas separadas y que puedan
en conjunto venir a formar el conjunto de las cosas, la realidad, ésas tienen
que diferenciarse unas de otras lo primero:
sin diferencia no hay identidad. A eso aluden las innumerables diferencias que
en el párrafo se citan. Porque, evidentemente, si las cosas son todas, sería
inesacto decir innumerables, si fueran un conjunto cerrado; pero si, como
iremos viendo, no es así, entonces se puede decir innumerables; y, puesto que las cosas mismas se tienen que
diferenciar, serían a su vez innumerables, no sujetas a número, cosa muy
contradictoria con la mentira costitutiva de la realidad, para la cual se
requiere primero que cada cosa –o persona: da igual- sea lo que es, y luego que
se puedan contar como si muchas de ellas fueran la misma. No sé si esta
formulación de la mentira esencial de la realidad ha quedado clara. Por si
acaso, la voy a repetir casi literalmente: la mentira costitutiva de la
realidad requiere, por un lado, que cada cosa sea la que es y sea por tanto
idéntica consigo misma, y por otro lado requiere que muchas de ellas se puedan
contar, es decir, haciendo como si todas ellas fueran la misma cosa. Esto es la
imposibilidad, la contradicción, o por lo menos una de las formulaciones más
claras de la contradicción de este mundo, de la contradicción de la realidad,
porque las dos cosas son necesarias y la verdad es que no puede ser: si la cosa
es del todo la que es, idéntica consigo misma, entonces malamente se la puede
contar junto con otras que tengan la misma pretensión de ser cada una la que
es. Para que se las pueda contar tienen que ser todas las ovejas que se cuenten
'oveja', y todas las personas que se cuenten 'persona', y todos los españoles
que se cuenten 'españoles', en contra de su identidad, de manera que las dos
cosas se requieren para hacernos vivir en esta realidad en que estáis viviendo,
y es imposible que la una case con la otra. Se las hace casar; es un matrimonio
forzado y en eso consiste el fundamento mismo de la realidad, pero está claro
que no puede ser.
Frente a las diferencias entre las cosas, que de esa
manera paradójica costituyen la identidad de cada una, el testo de Hegel habla
de la principal diferencia, que ya en
esta especie de glosa que os he dirigido está bastante clara. La principal
diferencia él la dice acudiendo al deíctico mostrativo, dieser, 'éste', dieses,
'esto'; y esto es fundamental, porque justamente estos momentos en que acude a
los deícticos son los momentos en que el pensamiento de Hegel se está saliendo
de verdad de la filosofía, porque está tratando de aludir al sitio en que se
filosofa, y por tanto saliéndose de los objetos sobre los que se está
filosofando. Éste, esto. Y la idea fundamental la anuncia así como la habéis
oído en dos traducciones: entre 'esto' como Gegenstand –el término sobre
el que ahora volveré un poco- y 'éste' como 'yo'. Está claro que si 'yo' y la
cosa se diferencian entre sí, es porque, en algún sentido, están en el mismo
plano, porque si no, ni se pueden oponer siquiera. Lo cual quiere decir que ahí
falla, ahí el pensamiento vuelve a hacerse filosófico. Y eso que ahí dice ich,
que dice "yo", en realidad es ya 'el yo', que no tiene nada que ver
conmigo. No tiene nada que ver conmigo porque es una objetivación de mí. Espero
que esto no sea tan difícil: el yo no soy yo, para nada; todo lo contrario: el
yo es una cosa a la que se trata de reducirme; el yo no tiene nada que ver
conmigo; es "esa persona". De manera que por un lado está clara la
intención del pensamiento, que quiere separar 'yo', es decir el que piensa, el
que habla, el que razona, de la cosa, aquello de lo que se habla, se piensa, se
razona, pero que por otra parte no se contenta con la mera negación -"eso
queda fuera de la realidad"-, sino que establece una relación de
diferencia. Y esta relación de diferencia, aunque sea la haupt-diferenzierung,
aunque sea la principal diferencia, no puede menos de convertirme a mí en
objeto del pensamiento. Ése es el fallo.
Ésos son pués los atisbos de verdad y los fallos.
Acudir a términos que no tienen sentido (no tienen sentido real, es decir, no
tienen significado) y que, por tanto, destruyen con su propia aparición la fe
en la realidad, ésa es la vía de descubrimiento. El querer comprender eso a su
vez es la reintegración al orden. Eso es el atisbo y el fallo. Cualquier
aparición de 'mí', que no soy nadie, de 'esto', que no es ninguna cosa, 'esto'
que se niega a ser cosa ninguna, de 'aquí' (que también en el tratadillo Hegel
lo usa), 'aquí' y 'ahora', términos que señalan, pero que no significan,
cualquier aparición de eso está de por sí desmontando la costrucción de la
realidad. Porque yo no puedo ser real, salvo que se me convierta en el yo, la
persona; yo no puedo ser real; aquí no es ningún sitio de la realidad, porque
es aquí; y, lo más claro de todo, ahora, este tiempo en que os estoy hablando,
que está pasando ahora mismo, no puede ser real precisamente porque está
pasando y es inasible y no puede haber ni ciencia ni filosofía que lo cacen. Por supuesto, el intento está
ahí: no sólo se han hecho filosofías de todo tipo acerca del tiempo, sino que
también la ciencia intenta, por una reducción del tiempo a realidad,
introducirlo dentro de su propia teoría; pero el sentido común os lo dice sin
más: eso es falso; no se puede. Este tiempo que está pasando ahora mientras os
hablo es un tiempo tan verdadero que no pára un momento, que es inasible, por
tanto está fuera de la realidad, y su verdad misma lo escluye, lo saca de la
realidad. Eso pasa con este tiempo que está pasando ahora mismo, eso pasa
conmigo que no soy nadie, eso pasa con 'esto', eso pasa con 'aquí', y en ese
sentido la lengua se vuelve contra sus propias creaciones que son la realidad.
Es esto lo último de lo que pienso hablar con vosotros por hoy al menos.
El término de 'aquello de que se habla', para empezar,
tiene historias diversas, alguna de las cuales son interesantes: en alemán este
término que habéis visto aparecer ahí, Gegenstand, éste no es el término
corriente para decir 'cosa' en alemán; lo que decimos nosotros 'cosa'
generalmente correspondería con Sache, y una de las maneras de decir
realidad es decir Sachlichkeit, aunque también se dice Wirklichkeit,
casi como si 'efectividad' o algo por el estilo fuera equivalente de
'realidad'. De manera que Gegenstand es un término aparte, y es, más
bien que de la lengua común, un poco de la jerga. Ya veis qué es lo que traduce
desde el latín, supongo que muchos se habrán dado cuenta. Bueno, esto es una
costumbre de las jergas en alemán; esto los filósofos y científicos en alemán
lo han hecho desde el principio: por una especie de prurito de lengua nacional,
en vez de adoptar crudamente grecismos y latinismos, han procurado convertirlos
en términos y en compuestos equivalentes, término a término. Esto no se ha
hecho así en inglés ni en francés. Los vascos, en la medida en que han
desarrollado una lengua alta, filosófico-literaria, hacen lo mismo que los
alemanes: para no coger los términos latinos directamente a lo crudo, pues los
convierten en traducciones con términos de la supuesta lengua nativa. Gegenstand
es un caso a este respecto muy claro, porque simplemente traduce con gegen-
ob- que es 'frente a , contra', y con lo de stand, no
esactamente, pero –iectum, que es 'lo echado, lo tirado, lo puesto ahí' (stand
quiere decir más bien 'lo que está en pie'), de modo que es así como Gegenstand
puede convertirse en el otro término de la jerga, obiectum, más o menos
sin grave inesactitud: 'lo que está en contra, lo que está enfrente'; ésa es la
pretensión de la objetividad en último término. Y es la pretensión esta, que es
vulgar y filosófica al mismo tiempo, la pretensión de la cosa, que la cosa esté
ahí; aquello a lo que se opone, frente a lo que está, es evidentemente la
lengua que trata de esa cosa, que la menciona, que habla de ella. Ése es el
sentido del ob-, del gegen- en esos términos, sin duda alguna.
Entonces, volved a lo que os
decía hace unos pocos minutos de „d…an frÒnhsin, cómo la lengua se vuelve contra sus propias
creaciones. Me contentaré por hoy con
que esto quede relativamente claro. Porque la lengua, efectivamente,
costituye el engaño: no hay nada que pueda mentir, más que la lengua; todas las
otras cosas que mienten son como representantes, derivados de la lengua; la
función esencial del mentir pertenece a la lengua, y es así como la lengua es
fundadora de la realidad, de la mentira de la realidad. Pero la lengua
costituye la realidad no como operación ni como artilugio en conjunto, 'la
Lengua', sino solamente por medio de esa región suya que es el vocabulario de
las palabras que tienen significado. Solamente eso es lo costitutivo de la
realidad. Efectivamente, cosas sin nombre de la cosa no hay; eso, pese a todas
las filosofías y los engaños. Que pueda de por sí existir una rosa sin
necesidad de que sea 'una rosa' es una estupidez y un absurdo que parece
mentira que haya durado tanto tiempo, pero que ahí está: es una estupidez sin
nombre. Que pueda, como se dice en el lenguaje teológico, existir una rosa por
su cuenta, independientemente, ahí, enfrente, sin necesidad de que sea una
rosa, no tiene sentido. Otra cosa es que pueda haber algo, pero algo no es una
rosa; puede haber algo por ahí; y tal vez veamos que puede, que es más bien
verdad que hay algo, pero eso no es una rosa. Para que sea una rosa, y por
tanto una realidad, necesita su nombre, qué se le va a hacer. Pero esto es sólo
el vocabulario de las palabras con significado -'rosa', 'hombre', 'magnanimidad',
'democracia', 'fe', 'realidad', en último término, 'cosa', que es el más alto
de los términos, el más abstracto-, todo lo que pertenece a un diccionario.
Pero eso no sólo no es toda la lengua, sino que tampoco es esencial a la
lengua: la lengua de verdad, la que habla, la que se puede volver contra la
realidad ni siquiera tiene palabras con significado. Como lo podéis observar
con cualquier lengua del mundo: no puede faltar en ninguna lengua NO, no puede
faltar YO en ninguna lengua, no puede faltar ESTO, no puede faltar AQUÍ, más o
menos opuesto a AHÍ o a ELLO; pero en cambio, el vocabulario, los diccionarios
de las lenguas no tienen ninguna coincidencia más que fortuita o violenta, son
distintos; en consecuencia, la realidad de cada tribu es distinta: no hay una
realidad común. La realidad depende del vocabulario de una lengua determinada,
y es por tanto idiomática, con un término en el que hoy tal vez ya no podremos
parar muchas mientes, derivado del mismo 'idioma', que es lo que se contrapone a
'lengua', esto es, una lengua privada, particular, nacional; lo mismo que otro
derivado es idiwths, el que el pueblo
entre nosotros ha tomado -y ha hecho muy bien- convirtiéndolo en 'idiota';
todos derivan de la misma cosa. No hay ninguna realidad común. La realidad es
idiomática, como corresponde a su condición de falsedad fundamental, de falsía
fundamental; es idiomática: no hay ninguna realidad común. Hoy nos ha tocado
vivir en una fase, en un régimen de dominio, donde parece que una sola cultura
se ha comido a todas las demás y abarca el globo, y eso, evidentemente, hace un
poco más difícil descubrir lo idiomático de nuestro vocabulario y de nuestra
realidad; pero –vamos- a pesar de todo se sigue descubriendo, como véis en este
momento. Y luego, aparte de eso está la lengua, que por ejemplo dice lo que
acabo de decir: que eso no es la lengua de verdad, sino que es simplemente la
lengua por sus significados y como costituyente de la realidad. Es esa lengua
en acto a la que Hegel mismo en algunos testos se asoma cuando reconoce que el
pretendido objeto que está enfrente no lo está directamente sino por obra de
una mediación, que es precisamente la negación. No sé si dice claro que es una
negación doble; porque para que esté ahí ese pino, por un lado "ése"
tiene que negar a "pino", pero por otro lado "pino" tiene
que negar a "ése". Tal vez en el tratadillo no acertó a salirle así
de claro, pero se ve bien que va por ese camino. "Ése" tiene que
negar "pino"; "pino" tiene que negar "ése"; es
decir, que para que sea "pino", tiene que hacer como si no fuera
"ése", sino que sea un ejemplo o caso de cualquier pino; lo cual es
negar, suprimir "ése". Evidentemente, al mismo tiempo "ése"
está destruyendo o negando a "pino", porque evidentemente
"ése", puestos a señalar con el dedo, no es un pino que se pueda
comparar con ningún pino, es simplemente ése. Eso prolongando, creo que sin
infidelidad, y aclarando algo de las formulaciones del tratadillo.
Ésa es pués la mediación de la lengua; la lengua, que
en ese sentido, se vuelve contra sus significados idiomáticos; es decir, se
vuelve contra la realidad, descubre la mentira de la realidad. Eso era con lo
que quería terminar la sesión de hoy. En los fragmentos del libro de Heráclito
esto se dice en dos lugares separados: al comienzo, en lo que debía de ser el
fragmento primero del libro, dice "produciéndose todas las cosas según
esta razón..."
[ya sabéis que Heráclito tenía la fortuna de que no se
había establecido esa maldita diferencia moderna entre lengua y razón-¿no?:
para el griego de su tiempo no hay problema; ahí está todo]
"produciéndose todas las cosas según esta
razón...", es decir, que reconoce la
actividad de la lengua o razón como creadora de realidad, de cosas. Eso
supongo que está claro. En otro fragmento, que he ordenado muy lejos de éste,
dice "de cuantos he oído, ninguno llega a tanto como a reconocer que lo
inteligente está aparte de todas las cosas". De manera que ahí véis
efectivamente la doble formulación que nos aclara respecto a esta situación
ambigua o paradójica de la lengua, de la razón –que me da lo mismo.
P. -Respecto a lo que has comentado del
árbol y el ejemplo que pone Hegel, parece que está forzando los índices, que
son propiamente del lugar donde se habla, y los está intentando ganar como lo
que llama él universal. Para eso ahí tiene que hacer una operación... que se
entiende por ahí, a tenor de esto, la dificultad del testo, porque está
diciéndolo y escribiéndolo al mismo tiempo. Y para poder superar, en el punto
1, en El objeto de esta certeza, que comienza hablando de 'esto', y dice
que tiene dos figuras, aparece de dos modos, como 'aquí' y 'ahora', al examinar
el ahora, para poder superar 'ahora', porque propiamente es insuperable, porque
es meramente cuando lo estoy diciendo, tiene que escribirlo.
R. -No; no sólo tiene que escribirlo;
tiene que hablar de ello.
P. -No: tiene que hablar de ello, pero a
su vez tiene que poner dos "ahoras", como que están en el mismo
"aquí", o algo así. Porque luego en otro punto...
R. -Sí, es lo que te he dicho de 'ahí', de
'yo'; que, efectivamente, la intención es clara: contraponerlo a toda cosificación,
pero que al tratar de ello lo hace una realidad. También con 'ahora', también
con 'esto'.
P. -Sí, pero la cuestión es que necesita
dos casos como del mismo para que sea el mismo, para que 'ahora' se convierta
en 'el ahora', necesita como dos puntos...
R. -Eso es: para que no sea ya ahora;
vamos, para que no sea ahora, sino que sea una realidad: 'el ahora'.
P. -Pero sin embargo tiene que estar
pasando como que no ha pasado nada.
R. -Para que haya una realidad,
efectivamente no puede pasar nada de verdad. En la realidad nunca pasa nada;
como véis en la televisión, sólo sucede lo que ha sucedido –y las amenazas. En
la realidad nunca pasa nada de verdad. Pasa algo de verdad ahora, cuando
estamos hablando tú y yo y está pasando un tiempo que no hay quien lo coja
¿no?. Sí: efectivamente, esa crítica es razonable, y viene a ser un poco la que
yo he hecho; pero al mismo tiempo está latente el deseo, el impulso de salirse,
con el empleo mismo de los deícticos, el dieser, el dieses y todo
eso. Y por eso lo que he hecho hace un rato era prolongar o duplicar la labor
de la negación con "ese pino", que eso no está dicho ahí claro,
efectivamente, pero que se podía, se podía decir. Efectivamente, ese pino está
ahí como ese pino gracias a una doble labor de negación en que las dos
operaciones contradictorias del lenguaje se juntan: una, la de hacer que el
pino sea 'pino', es decir, pertenezca a la noción astracta de 'pino', y otra,
el apuntar a él, no diciendo "en el jardín de la Facultad de Letras de la
Universidad Complutense", sino diciendo "ahí", que no es decir a
ningún sitio, "ahí","ése", la labor de la doble negación.
Bueno; ya recordáis por tanto que la declaración de
esa doble situación, de esa contradicción de la lengua está relativamente clara
dicha en los dos fragmentos de Heráclito que os he recordado. Y con esto vamos
a dejarlo por hoy porque se nos ha hecho muy tarde. Muchos tendrán que irse a
comer, a lo mejor, o cualquiera de esas necesidades reales. De manera que lo
que sí os pido es que, si nos vamos a ver otro día, aquellos que piensen venir
y que hayan recogido algo, se hayan quedado con grandes dudas, qué le vamos a
hacer, que acudan a la escritura, aunque sea que tomen una notita y la traigan
para que no se pierda lo que les haya surgido. Ya sabéis lo que os va a pasar
enseguida ahora, en cuanto os vayáis a comer, váis a practicar la cosificación,
es decir: "¡qué cosas nos ha soltao este tío! Pero ¿adónde va? ¿Qué es lo
que quiere decir? No entiendo. Pero ¿qué...?" Todas esas cosas que se
dicen para desentenderse del peligro. Por eso, a pesar de todo, apuntad una
cosita y que a partir de ahí podamos seguir...
Se me ocurre lo primero interrumpir el curso comenzado
más o menos tortuosamente el otro día para advertir del sentido de este
cursillo, por si no está lo bastante claro lo que quiere decir, como habéis
visto en el subtítulo del anuncio, “siguiendo a Hegel, Heráclito y otros”, en
el sentido de que no se trata de saber cuáles son o han sido las ideas, la
doctrina, de unos señores o de otros, al fin y al cabo títeres de la historia
como yo mismo todos ellos. Si alguien tiene algún interés, alguna curiosidad
histórica respecto a todo esto, historia de la Filosofía, del pensamiento, o lo
que sea, tendrá que buscarlo en otra parte. Aquí se trata de aprovechar
justamente las roturas que a pesar de la persona del pensador se pueden haber
colado, y que pueden llegar a nosotros a pesar de los escritos, a pesar de la
condición escrita de este pensamiento, que es –la escritura- muerte del
pensamiento, muerte de la lengua; pero, a pesar de todo, buscamos esos
resquicios que, efectivamente, en algunos de los testos, como los de Hegel o
los harapos del libro de Heráclito, prometen ser bastante abundantes, pero nada
más que eso: siguiendo ese ejemplo, seguir directamente pensando sobre la cosa,
o más bien, de lo que aquí se trata: de la relación entre la cosa y lo que la
dice, como habéis visto en el título, que es el problema central en torno al
que aquí estamos.
Para romper con algunas de las confusiones que en el
planteamiento tradicional de estos problemas se nos dan, he pensado que tal vez
sería bueno acudir a otros testos (especialmente van a ser algún trozo de
Aristóteles mismo y algunos trozos de escolásticos, de razonadores de la Edad
Media florida) que recojo un poco al azar a través de testos tan diversos como
éste de un señor Agamben, que, en un libro que se llama El lenguaje y la
muerte[1], trata de
desarrollar, de esplicar de alguna manera las ideas de Heidegger sobre todo, en
el libro de Sein und Zeit, el Ser y el Tiempo, que todos, si no habéis
leído, por lo menos habéis hablado de él; y por otro lado, un artículo que me
llega a través de la Red de un señor Harari, que es un matemático, que trata de
lo que el título dice, "El concepto de existencia y el papel de las
costrucciones en los elementos de Euclides"[2], que, desde campos
tan diversos, vienen a coincidir en la utilización por lo menos de unos de los
testos que voy a usar ahora con vosotros para tener una muestra viva de la
confusión de ideas tradicional con la que cargamos, y contra la que aquí
tratamos de debatirnos.
Empiezo sin embargo, antes de volver sobre
Aristóteles, sobre un testo de Alan de Lille (el problema va a referirse en
estos testos, naturalmente, a Dios, pero esto no debe estorbarnos demasiado,
porque es justamente con el intento de esa referencia como tal vez aparecen más
claras, más incisivas, las confusiones y el debatimiento de estos relativamente
honrados pensadores con esas confusiones mismas) que dice más o menos así:
“Dado que todo nombre se da, según la istitución primera, a partir de la
propiedad, o sea, de la forma, cuando se le traslada a significar la forma
divina, cae de la forma a partir de la cual se había dado -el nombre- y así, de
alguna manera, se vuelve informe.” Cum omne nomen secundum priman
institutionem datum sit a proprietate sive a forma, ad significandum divinam
formam translatum cadit a forma ex qua datum est; et ita quodam modo fit
informe. [Supongo que, por lo menos gramaticalmente, seguís bien esto]
“Pues el nombre entonces se pronomina...” [éste es un hallazgo, un neologismo
en este escolástico: pronominatur] Pronominatur enim nomen...
"el nombre se pronomina", cum significat divinam ousiam,
"cuando viene a significar la ousía [aquí se utiliza directamente
el término griego, aristotélico, ousia, la esencia]
divina"... cum significat divinam ousiam. "Pues significa
entonces la mera sustancia, la sustancia pura, y cuando parece, o a pesar de
que parezca que significa su forma propia o su cualidad propia, en verdad no
significa"; et cum videatur significare suam formam sive qualitatem,
non significat quidem. etc. De modo que ya veis la traza que viene tomando
el problema (no olvidéis que nuestro tema es la relación entre la cosa, aquello
de lo que se habla, y lo que habla de ella) cuando se trata de referirlo a la
sublimidad, a la forma más alta de existencia -entre interrogantes, porque tal
vez no hay derecho a emplear todavía para estos autores un término como
"existencia" tal como nosotros lo entendemos, aunque desde luego
ellos emplean ya el término.
Completo el uso éste de Alan de Lille con esta otra su
regla 36, que, en lugar de referirse al caso en que se trata de un nombre que
se dice que en principio está dado por la forma o cualidad, y que cuando se
aplica a Dios y trata de significar la forma de Dios, en verdad no significa,
pierde la significación, en lugar de eso, trata de la demonstratio, es
decir, aquello a lo que apuntan los deícticos de las lenguas, el ‘esto’, el
‘aquí’, y con lo que tiene que ver la aparición del Dasein, que ya el
otro día encontrábamos en Hegel y que tanto papel ha jugado en estas
filosofías, con el deíctico da incluído, el ‘ser aquí, ser ahí’. Pues he
aquí lo que dice Alan de Lille respecto a la demonstratio: “cuantas
veces se habla de Dios por medio de un pronombre demostrativo, cae de la demonstratio"
cae de la indicación mostrativa o deíctica; "pues toda demonstratio
lo es o al sentido, a lo sensible, o al intelecto, a lo inteligible" omnis
enim demonstratio est aut ad sensum aut ad intellectum; es decir, cuando se
apunta, o se apunta a el ente sensible o se apunta al ente inteligible, si es
que se puede apuntar a un ser inteligible, que es algo de lo que nos vamos a
ocupar después enseguida y que costituía el problema central de este
matemático, de este señor Harari, cuando combatía la creencia de que la
demostración euclidea, al modo de Euclides, pudiera compaginarse con la
doctrina de Aristóteles respecto a esto. La demonstratio en Euclides
consiste en el trazado de figuras y, por tanto, de alguna manera se puede
entender como una evolución de la indicación mostrativa en el sentido más
corriente. Pero pasemos que se pueda apuntar también a lo inteligible: omnis
demonstratio est aut ad sensum aut ad intellectum. “Pero Dios, ni por
sentido, porque incorpóreo, ni por intelecto, porque carece de forma, puede
comprehenderse, abarcarse" Deus autem, nec sensu, quia incorporeus,
neque intellectu, quia forma caret, comprehendi potest. "Pues más bien
se entiende qué no es, qué es lo que no es, que qué es.” Cuando se actúa así,
más bien –dice- se entiende lo que no es Dios, es decir, se le define por
diferencia, que no porque se entienda directamente qué es. Y esta costitución
de la identidad de la cosa, de lo que es, por su diferencia de otras cosas ya
nos ocupó el primer día, y sobre ella tendremos que volver todavía. De manera
que de Dios -es decir: tratando de aplicar a la Realidad Verdadera este
lenguaje- de Dios ni se puede proceder
por significación, por nombre, ni por demonstratio, por medio de
deícticos. No olvidáos sin embargo de que en la primera regla Alan de Lille
había dicho que lo que pasa es que el nombre pronominatur cuando se
aplica a Dios: se convierte en pronombre, que por lo tanto apuntaba a esto que
queda también rebatido.
Bueno, estas cosas se dicen de Dios, pero en verdad
vienen de especulaciones que nacen con la istitución misma de una Ciencia o una
Filosofía –que yo no distingo-, tal como el otro día se nos presentaba, un poco
a bocajarro, a través de proclamaciones de Heráclito y de Hegel, que recogíamos
-recordáis- sobre todo porque los restos del libro de Heráclito se sitúan a n t
es de la Ciencia o Filosofía, que no distingo, y con Hegel había la pretensión
de que habíamos llegado al fin de la Filosofía, y por tanto de la Ciencia. Con
el comienzo mismo de la Ciencia, que pongo, más que en Platón todavía, en
Aristóteles, estas cuestiones, estos líos, estas confusiones, y el debate con estas
confusiones ya está establecido.
Este matemático, señor Harari, se fija
en un trozo de los Metaphysiká de Aristóteles en el que también se fija
este señor Agamben desde un sitio tan diferente el uno del otro. Les voy a dar
la interpretación que da el matemático, Harari, del trozo de Aristóteles, que
se refiere en primer lugar a partes y a todos: “una parte puede ser, puede
serlo, o bien de la forma –esto es: de la esencia-, o bien del compuesto de
forma y materia, o bien de la materia misma; pero sólo partes de la forma son
partes de la formulación con que esto se dice, y la formulación es de lo
universal, se refiere a lo universal.” Un poco más adelante: "pero cuando
venimos a la cosa concreta..." [a la cual Aristóteles llama "el
conjunto" "el todo": sunolos] dice, toude
sunolou hdh, "cuando se viene a la cosa concreta, por
ejemplo, este círculo," [fijáos bien que se introduce el deíctico
"éste", en griego toude] toude sunolou hdh oion
kuklou toudi, "esto es, uno de los círculos individuales, ya
sean sensibles o inteligibles, [y aquí hace paréntesis: quiere decir por
"inteligibles" círculos de la clase matemática, y por círculos
"sensibles" los de bronce o madera], de ésos no hay definición, sino
que se conocen con ayuda de la intuición o percepción; y cuando salen fuera de
nuestra conciencia actual, no es claro si existen o no.” “Existen” lo ha puesto
en su interpretación Harari, porque ya sabéis que este verbo, ‘existir’, que es
central para nuestros problemas, sólo en la Edad Media, en las escuelas, se
inventó, y precisamente para Dios.
Aristóteles lo dice sin acudir más que al verbo (cópula por un lado, verbo por
otro) cópula "es" -es decir, "es lo que es"-, y existencial
–como dicen algunos muy mal- equivalente de "hay", "lo
hay", donde se incluye precisamente el deíctico: "hay" quiere
decir "aquí", "ahora", "en esto". Lo dice pues
así: toutwn de ouk estin orismoV, “de éstos no hay
definición” alla meta nohsews gnwrizontai "sino que se
conocen con, mediante el conocimiento”, que en la interpretación Harari
distingue como conocimiento sensible y conocimiento inteligible. apelqonteV de
ek thV
enteleceiaV "pero saliendo
de su... [ésta es la palabra
"entelecheia" aristotélica, es decir: “la realización actual”, pienso
que puedo traducir de la manera menos infiel; la realización actual, es decir,
del tipo o concepto en un ser concreto], saliendo de su realización actual, no
es claro si los hay o no los hay" -una traducción-, "no es claro si
son lo que son o no son lo que son", otra traducción, puesto que no
disponemos de este artilugio del verbo "existir", que trata de
confundir lo uno con lo otro. Aristóteles dice simplemente: ou
dhlon, "no está claro", poteron eisin h ouk eisin, "si son o no son"; es decir,
una de las dos cosas: "si los hay o no los hay", metiendo el
mostrativo, el deíctico, o "si son lo que son o no son lo que son",
refiriéndonos al ser, puramente tal, indicado por la cópula. all
aei legontai tw kaqolou logw "pero en general, con la razón general (tw
kaqolou logw) suelen decirse así,
suelen llamarse de esa manera".
Ésta es la parte que también en su intento de esplicar
el Sein und Zeit de Heidegger utiliza este Agamben, y el testo sigue
todavía un poco más, pero antes fijaos que en la parte anterior se da un salto
que para mi intento es de primera importancia, cuando trata de saltar a la cosa
particular; porque por un lado dice como ejemplo “este círculo”, kuklou
toudi, y tiene que meter por tanto el mostrativo tode, "éste",
que apunta al acto de hablar, pero, por otro lado, inmediatamente lo identifica
como “uno de los que”, es decir, como un particular de un conjunto; y este
salto, que es claramente una trampa, como digo, es de los que tienen que
detenernos con más motivo. Aclarado eso, sigo un poco con el mismo testo según
la interpretación de Harari: “pero la materia es en sí misma incognoscible.” Es
uno de los reconocimientos en Aristóteles, en medio de su jerga, que es de los
muchos que reconozco como esas rendijas o hendiduras a través de las cuales los
testos pueden respirar, decirnos algo. Efectivamente, la materia, un nombre que
él mismo se puede decir que había inventado, este término de tanto éxito, de
tan tremendo éxito entre nosotros, ulh, materies
traducido por los latinos, ésta se declara agnwostoV, incognoscible, en
ese mismo testo: “pero la materia es incognoscible.” Ahora bien, a continuación
(y esto es lo que al matemático le interesa para contraponer a Aristóteles con
Euclides) dice esto: “y alguna materia es sensible, y alguna inteligible”; es
decir, que introduce, también muy a propósito a nuestro cuento, una materia
inteligible al lado de la materia sensible: “y alguna materia es sensible y
alguna inteligible, siendo la materia sensible, por ejemplo bronce y madera y
toda materia que es cambiante, y siendo materia inteligible aquello que está
presente en las cosas sensibles, pero no en cuanto son sensibles; por ejemplo,
los objetos de las matemáticas.” Esta es la cuestión. Ya veis que aquí se
implica un problema que el otro día empezaba a asomar, y que en el trabajo éste
de Harari es centro de atención especial, es decir: primero, si hay tal cosa
como "esta circunferencia", segundo, si hay tal cosa como "una
circunferencia", o "una sola circunferencia": las tres cosas;
porque justamente eso está implicado surepticiamente en el reconocimiento de
que hay materias inteligibles junto a las materias sensibles, y que se diferencian
de las cosas de bronce y de madera. Éste es el problema (voy a empezar al
revés): ¿hay un círculo? ¿hay una circunferencia entre las circunferencias?
¿hay una esfera? ¿hay un triángulo? o bien: ¿hay un triángulo rectángulo
isósceles, entre los muchos triángulos rectángulos isósceles, entre las muchas
circunferencias o entre las muchas esferas? Éste es el problema, porque hay una
sospecha vehemente, a la que más bien os animo, que dice que sólo cuando se
dibujan, es decir, cuando pasan al bronce o madera, o sea, al yeso o la pizarra
o a la arena, hay un triángulo isósceles rectángulo diferente de los demás
triángulos isósceles rectángulos, y sólo entonces, cuando se la dibuja, hay una
circunferencia distinta de las otras circunferencias, o sólo entonces, cuando
se la convierte o se la reconvierte en una pelota, hay una esfera distinta de
las otras esferas que caen bajo la noción de esfera. Éste es el problema, que,
naturalmente, no voy a resolveros ahora, sino que trato de que quede enunciado
con toda claridad. Ésta es la cuestión.
He estado diciendo "una circunferencia" con
nuestro artículo indeterminante. La cosa se complica y aclara al mismo tiempo
si tomamos "úna" acentuado: "úna circunferencia", es decir,
"una sola", que parece entonces exigir que haya 3 ó 5 ó 7; esto complica
y aclara el mismo problema: ¿hay 7 circunferencias en el mundo?, ¿hay, por
tanto, una sola circunferencia? La aplicación de los cardinales a la geometría
es lo que está aquí en juego; y naturalmente tenemos que pensar más bien, como
alguna vez he propuesto, por ejemplo en una de las desimplicaciones del libro De
los números, que hay un nacimiento aparte para la aritmética, la serie de
los números, y para la geometría, que no cuenta todavía no sólo con números,
sino ni siquiera con cantidades, con medidas, que sólo secundariamente se
introducen en la geometría. Esto a Aristóteles le ha pasado desapercibido.
Declara que la materia es incognoscible (bien, tal vez: si 'materia' quiere decir justamente algo que
no es real, sino que está por debajo de la realidad; y como aquí seguiremos
viendo, sólo lo real es cognoscible, porque sólo lo cognoscible es real), pero
luego es como si tuviera que reconocer que hay una intelegibilidad de un tipo
de materia, justamente la que él distingue como una materia inteligible. Veis
bien la contradicción, veis bien el lío, y es de lo que hoy estoy tratando, de
que se vea esto con la bastante claridad.
Dejo ya la
utilización de Aristóteles desde un lado y desde el otro, me vuelvo a los
escolásticos, para que veáis hasta qué punto la cosa, cuando viene a aplicarse
a Dios, se vuelve más clara y más pertinente, y os leo un trozo del propio
Santo Tomás de Aquino, la coronación de esta especulación escolástica, que dice
así: “A lo cuarto [está enumerando unas cuantas cosas] hay que decir que unos
nombres dicen que es según una razón determinada.” Hay algunos nombres que
dicen que es -lo que sea-, según una razón determinada: alia nomina dicunt
esse secundum aliam rationem determinatam. “Como por ejemplo sapiens
[el nombre sapiens, ‘sabio’] dice que es algo o que hay algo" [aquí
no se emplea el verbo existere, ya inventado; se sigue empleando el
verbo, verbo por un lado, cópula por el otro, ‘ser’, esse] sicut
sapiens dicit aliquid esse. [Parece que Santo Tomás quiere que se abarquen las
dos cosas: un nombre de esta clase de nombres como sapiens, "un
sabio", "el sabio" (el latín ahorra complicaciones al no tener
artículos: se dice simplemente sapiens; para nosotros la cosa se
diversifica un poco. Abarquemos esas posibilidades: "un sabio",
"aquel sabio", "el sabio"), dice que hay algo, por un lado,
o que algo es lo que es, por otro lado] "Pero este nombre Qui
est"... [el que se aplica a Dios, que no es sapiens ni ningún
otro, sino el nombre Qui est, "el que es", que los
escolásticos tomaban, naturalmente, de la aparición en el capítulo del Éxodo donde Dios le comunica a Moisés que su
nombre es ése: ªshèr hi, "El que hay". "El que hay/
es" (en hebreo no hay cópula, pero sí hay un existencial de esta raíz hi;
de manera que habría que decir que Jehová le dice a Moisés que su nombre es
"El que hay", por tanto, "El que está aquí". Naturalmente,
al pasarlo al griego o al latín, donde sí hay cópula, a diferencia del hebreo,
la cosa se altera, porque viene esa complicación de que un mismo término como est,
o griego esti, aunque en griego
se suele distinguir esti sin acento para la
cópula y esti con acento en la
primera para lo de ‘hay’) pueden ser dos interpretaciones alternativas de este Qui
est que Santo Tomás recoge. Lo toma de todos modos como si fuera un nombre.]
Dice "este nombre, Qui est" [el nombre que consiste en decir Qui
est, "El que es" o "El que hay"] dicit esse
absolutum, "dice un ser absoluto" [esse: no exsistere];
dice esse, por tanto da doble interpretación: un ser lo que es de una
manera absoluta, es decir, con una definición perfecta, cerrada: "El que
es el que es", "Aquel que es el que es", con una perfecta
definición, o "El que hay", de una manera absoluta. Pero
"hay" encierra un deíctico: "hay" es un equivalente de
"aquí, lo hay". En español, la -i con que termina
"hay" es justamente ese deíctico, lingüísticamente heredado, lo mismo
que en el equivalente francés il y a, el y de il y a es el
mismo, y todo "hay" implica efectivamente un "aquí", una
referencia al sitio en que se está hablando, no
a aquello de lo que se está hablando, sino al sitio en el que se está hablando. "Hay"
sólo puede funcionar de esa manera. ¿Y qué quiere decir que un qui est
entendido como "el que hay" se diga, predique, de una manera
absoluta? Este es un absurdo eximio, que es también otra de las roturas que
estoy tratando de presentaros como aleccionamiento. Al final del primer tomo de
las Lecturas presocráticas que saqué hace años dedico un apéndice
justamente a ver lo que pasa cuando se dice "hay" en absoluto. A ello
me remito; y pasan absurdos muy gloriosos que no debéis perderos ni por un
momento cuando se dice "hay" en absoluto, es decir, cuando no es aquí
donde estoy señalando yo con el dedo, ni allí tampoco, ni ahí, sino que es en
absoluto. Lo cual implica nuevamente, como sin darnos cuenta se había implicado
también en la interpretación geométrica, la de los entes matemáticos, con
respecto a la condición de espacio: que haya 5 circunferencias, que haya 1, que
haya una circunferencia distinta de las otras circunferencias es algo que
implicaría un espacio real; lo mismo que lo implican ya las circunferencias
dibujadas en una pizarra o en la arena. No sé si esto está lo bastante claro,
pero la creencia en que se puede hablar de una circunferencia entre las
circunferencias implica un espacio real. Real. No olvidéis que aquí este
término nuestro ‘real’ quiere decir perteneciente a aquello de lo que se habla,
y distinto esencialmente de lo que habla acerca de ello.
Pues
ése es el problema del Espacio: hay un espacio real, que está implicado por
una, unas cuantas circunferencias. Hay un espacio no real, porque es éste,
aquí, ahora mismo, que estaría implicado, si pudiera haber tal cosa, por
"esta circunferencia", y este espacio al que se refiere la demonstratio,
la deixis, no es, desde luego, el espacio real; lo mismo que el otro día ya os
sacaba respecto a la cuestión de Tiempo: hay un tiempo real (después de todo,
ese tiempo real no es más que una espacialización del tiempo, una figuración
espacial del tiempo, por ejemplo con una recta que va de izquierda a derecha o
de derecha a izquierda, en un espacio real), y hay un tiempo de verdad, que es
este tiempo en el que os estoy hablando ahora mismo y que no hay quien lo coja,
este tiempo en el que os estoy hablando y que está pasando de tal manera que no
hay quien lo coja ni lo entienda ni pueda saber qué es: el verdadero, el no
real. Esta diferencia entre los espacios está implicada también en esto.
Volvamos
a Santo Tomás: "este nombre Qui est", tomado como nombre, dicit
esse absolutum, "dice un ser absoluto y no determinado por algo que se
le añada", et non determinatum per aliquod additum; "y por eso
dice Damasceno" [cita] quod non significat quid es Deus, sed significat
quoddam pelagus substantiae infinitum "que no significa qué es Dios
sino que significa un cierto piélago de sustancia infinito." Esta imagen
tomada de San Juan Damasceno es, como veis, muy interesante al propósito: quoddam
pelagus sustantiae infinitum. Porque se trata de la sustancia, en la
pretensión aristotélica y la de estos teólogos o lógicos, se trata de lo que
está sosteniendo la realidad, de la sustancia de toda la realidad, que en el
caso de Dios se confunde con la esencia misma, con el ser el que es; y es
importante que la propia reflexión obligue a reconocer que, al perderse la
significación (recordad el testo leído antes de Alan de Lille, donde al
referirse a Dios, la cosa cadit a significatione), venimos a parar a un
cierto piélago de sustancia infinito. De forma que se declara –no puede por
menos- eso de la sustancia, ese término inventado por los filósofos y teólogos,
se declara como infinito; lo cual, evidentemente, si no se domestica la palabra
infinitum, como si infinito a su vez significara algo real (en el último término los matemáticos de
fines del siglo diecinueve inventando
los conjuntos infinitos y pretendiendo así asentar el fundamento de las
matemáticas, de nuevo), si no se le domestica de esa manera, amenaza, por
supuesto, toda idea de sustacia: una sustancia que es un piélago sin fin, difícilmente
podría servir para sostener ninguna especie de realidad. Se volvería a
confundir, más o menos, con aquella materia que Aristóteles mismo declaraba ágnostos,
incognoscible. Ésta es pués la formulación que Santo Tomas recoge del
Damasceno: non significat quid est Deus, sed significat quoddam pelagus
sustantiae infinitum. Y glosa santo Tomás quasi non determinatum,
"como si quisiera decir 'no determinado'". Porque ha dicho bien antes
que la definición, que es la determinación, es lo que dice de una cosa que es
lo que es, porque no es otra, y de paso, subrepticiamente, que la hay, en la
realidad; pero en primer lugar que es lo que es, a diferencia de las otras
cosas que no es. De manera que la glosa de santo Tomás se entiende bien, la
glosa de infinito: "como si dijera non determinatum", que no está determinado por ninguna otra
cosa y por oposición a otra cosa que no es la misma que ella es -para glosar a
nuestra vez esto de la determinación. De donde, "cuando para Dios
procedemos por vía de la retirada o remoción de atributos," [es decir, una
manera de decir negación, cuya función es para nosotros el centro de interés,
la función de la negación, como función esencial de la lengua, contra la
Realidad, a la que puede negar], "cuando procedemos por vía de
remoción" [remoción, ablación, separación de atributos], quando in Deum
procedimus per viam remotionis, "en primer lugar negamos de él las
cosas corporales", primo negamus ab eo corporalia, "y en
segundo lugar, también las cosas intelectuales", et secundo etiam
intellectualia [De manera que al ir quitando, quitamos, primero, la
sensibilidad, la sensitividad, y en segundo lugar la intelegibilidad, las
separamos de Dios] "de la manera que se encuentran en las criaturas, como
por ejemplo, bondad y sabiduría" [ésas las hemos retirado], secundum
quod inveniuntur in creaturis bonitas et sapientia, "y entonces queda
sólo en nuestro intelecto que es, y nada más". "Queda en nuestro
intelecto la proclamación que es, y nada más", es decir: et tunc
remanet tantum in intellecto nostro quia est, et nihil amplius, "de
donde resulta que está como en una cierta confusión", unde est sicut in
quadam confusione. Pero, "a lo último, también este mismo ser según es
en las criaturas lo removemos, lo retiramos de él", ad ultimum autem
etiam hoc ipsum esse secundum est in creaturis ab ipso removemus; "y
entonces queda en una cierta tiniebla de ignorancia, en una cierta tiniebla de
desconocimiento, según la cual ignorancia, en cuanto al estatuto de la vía, del
camino, pertenece, nos unimos de la mejor manera con Dios." [Aquí, como
véis, la lógica sometida a la teología salta a la proclamación de orden
místico, como veis] "...queda en una cierta tiniebla" et tunc
remanet in quadam tenebra ignorantiae; "y es según esa ignorancia, por
referirnos solamente al estatuto del camino [de la vía de perfección], como nos
unimos a Dios de la mejor manera", secundum quam ignorantiam, quantum
ad statum viae pertinet, optime Deo coniungimur, "como dice Dioniso; y
ésta es una cierta tiniebla", et haec est quaedam caligo, "en
la cual se dice que Dios habita", "es una cierta tiniebla en la que
se dice que Dios habita."
Me
contento con esto respecto a Santo Tomás y también en general respecto a esta
muestra que os quería ofrecer de las confusiones y al mismo tiempo, de vez en
cuando, el honesto debate con las confusiones que encontramos hasta en autores
tan entregados al sostenimiento de la Realidad como Aristóteles, en primer
lugar, o como los teólogos escolásticos de la Edad Media florida. No sé si todo
esto lo habéis seguido bastante bien; me paro un momento para que me digáis si
no, antes de seguir un poco más allá. También si en general no habéis entendido
adónde apuntan todas estas cosas, si no veis la ligazón con el tema general del
cursillo. Tal vez he sacado demasiadas incidencias, pero bueno, creo que muy
claras, ¿no?; mi esposición ha sido incluso demasiado clara: eso puede
ocasionar dificultades, ya que en la Pedagogía y en general en la Literatura y
Filosofía estamos acostumbrados a que la regla es la confusión precisamente; y
que cuando incluso trato de esclareceros por vía de dar ejemplos de la
confusión de una manera clara, estoy pecando contra la regla de la confusión
que rige en toda Literatura, Filosofía y Pedagogía, ¿no?, sin la cual la Realidad
y el Régimen no podrían sostenerse: imaginaros si los literatos, los filósofos
dijeran las cosas claras; imaginaros si en la enseñanza se dijeran alguna vez
las cosas claras: el mundo se hundía; la realidad se hundía. Eso no puede ser;
hay que cubrir los problemas... pues con terminologías variadas, con
bibliografía acumulada, con cosas así, para nunca llegar a tratar de la cosa,
¿no? La confusión es regla. Y por eso no me estraña que, cuando se intenta por
casualidad decir las cosas claras, esto produzca alteración. Sí:
P. -¿Sería
un tipo de confusión semejante cuando Hegel en La certeza sensible, en
la parte ... de la edición española, dice "a la pregunta de qué es el
ahora contestaremos pués, por ejemplo, el ahora es la noche. Para examinar la
verdad de esa certeza sensible, para... escribiremos esta verdad –una verdad
nada pierde puesta por escrito....- Pero si ahora, este mediodía, revisamos
esta verdad escrita, no tendremos más remedio que decir que esta verdad ha
quedado ya vacía." Hay como dos usos de "ahora", ¿no?
R. -Primero
es como si citara la creencia corriente, que consiste en convertir el
"hay" en "es" en el sentido que os he dicho.
"Ahora" quiere decir algo real, por ejemplo, "de noche":
"hay" está convertido en "es"; "ahora", que es propiamente
inasible, está por debajo de la realidad, "ahora" se ha convertido en
"un tiempo nocturno": "es de noche", lo cual es una
pertenencia a la realidad. De manera que primero es como si citara la creencia
dominante: no tengo más que convertir "ahora" en "de
noche", en "un tiempo nocturno". Pero luego se vuelve bien
contra esta cita de la creencia habitual; dice
"resulta que si la he escrito y me la leo al día siguiente al
mediodía, resulta que ya no vale": es decir, "ahora" sigue
siendo "ahora", porque ahora es siempre ahora precisamente porque
nunca es ahora, en este tiempo que está pasando. Y resulta que la traducción a
realidad tendría que haber cambiado. Entonces ya la primera interpretación cae
por su peso. No sé si lo dice con la bastante claridad, pero -vamos- yo creo que suficiente para que se entienda
bien cómo pertenece a la cosa. Más.
P. -¿Qué
relación existe entre la cosa y lo que se dice de Dios?
R. -¿La
cosa, en general? Sí: desde que se inventa el verbo existir, se inventa para
Dios, y la pretensión de que Dios es la suma realidad aparece ya mucho antes de
Santo Tomás y de Alan de Lille. Una de las condiciones es que siga siendo real,
a pesar de todo: es la suma realidad, de manera que es la cosa de las cosas;
todas las demás cosas, se diría, solamente adquieren forma, y por tanto, ser,
gracias a que está en la cumbre la cosa de las cosas que derrama su esencia a
las demás. Ésta es la ortodoxia. Por desgracia os he citado testos en que los
propios escolásticos tropezaban con las dificultades que a esta cosa de las
cosas, a esta suma realidad se le presentan cuando se la quiere entender en los
términos que se aplican a las criaturas, a las cosas particulares. Ya se ha
visto en Santo Tomás y antes en Alan de Lille, donde se encuentran que ya
"que es lo que es" no se puede decir como se dice de las cosas, y,
desde luego, "que lo hay" tampoco se puede decir como se dice que hay
una herradura o que hay un herrero. No se puede decir igual. Ésa es la
paradoja, ésa es la situación contradictoria respecto a la realidad de Dios.
P. -
Entonces, si la cosa es por sí confusa, y Dios es el remate de la cosa, Dios es
confusísimo ya.
R. -
Dios se aparece honradamente como confuso en los pasajes que he elegido. Ahora:
eso no le priva al teólogo de intentar sostener esa confusión sin demasiado
escándalo, sin demasiada rotura; seguir sosteniendo la realidad de Dios, que yo
identifico con existencia –existencia y realidad, lo mismo-. Tiene que seguirla
sosteniendo, pese a las confusiones. Lo que os presento, lo mismo aquí que en
Aristóteles que hasta en Hegel mismo, es la convivencia entre la necesidad de
decir algo, dar ideas acerca del problema, y la honrada sospecha que asalta por
debajo y que obliga a descubrir las contradicciones de esa pretensión. Es de lo
que estamos usando ejemplos.
P. -
De lo que ha aparecido en los testos y de lo que has comentado, pues resulta
que el deíctico, 'hay' o 'ahí' o 'aquí', de algún modo no pueden ser definidos,
no tienen significado, ¿no? Sin embargo hay alguna forma de sistema (no sé si
la palabra 'sistema' es la más apropiada) en los propios deícticos, lo cual
lleva a contraponer 'aquí'/'ahí'/'allí' y 'allá'. Entonces, ¿cómo se podría
caracterizar el diferente modo como los deícticos forman una especie de
cuasi-sistema -¿no?- que lleva a alguna forma, no me atrevo a decir de
definición, pero de caracterización de las definiciones significativas
–digamos?
R. -
Muy bien. 'Hay' es un caso singular porque no hay distinciones: 'hay' hace
referencia a 'aquí', 'ahí', 'allí' indistintamente. Pero en cambio, toda lengua
-y el español es además especialmente rico porque tiene tres términos, a
diferencia de otras que sólo tienen dos- distingue 'aquí' de 'allí', y además
'ahí' como distinto por un lado de 'allí' y
por otro lado de 'aquí'; es decir, que es como si el deíctico estuviera
moviéndose en un espacio que –antes me he detenido un rato en ello- no
puede ser el espacio real, no puede ser un espacio real. Recordad mi dificultad
para reconocer que haya tal cosa como "esta circunferencia" (ni
"esa" ni "aquella"). No puede haberla. De manera que la
distinción que bien señalas no puede referirse a un espacio real. ¿A qué se
refiere entonces? A algo que tiene que ver con eso otro que falsamente se
contrapone a 'espacio', a lo que se alude como 'tiempo', que es éste que de
verdad está pasando ahora mismo mientras os hablo y que no hay quien lo
conciba, quien lo atrape ni quien lo haga real. Está por debajo de la realidad.
Porque depende de mí: depende del que habla. De manera que el que una cosa esté
aquí o allí o ahí estrictamente depende de que esté en el campo del que está
hablando, o que esté fuera de ese campo, allí, en las lenguas que tienen
solamente dos, there o là, que esté fuera de ese campo pero que
se pueda seguir apuntando a ello, y en el caso de que haya tres como en
español, 'ahí' hace jugar a la segunda persona, al oyente, a ti, de manera que
'ahí' quiere decir que está cerca, está metido en más o menos el campo donde tú
estás. Y estos entes no son reales: ni 'yo' es real, ni 'tú' es real, y por
tanto la referencia a mí o a ti no puede ser real. ¿Por qué? Porque está
cambiando costantemente a cada momento de interlocución: depende de dónde esté
yo, pero yo no estoy nunca en ningún sitio, estoy en cualquier momento en que
se está hablando y que se está diciendo "yo" y "tú"; y tú
naturalmente vienes en esto arrastrado conmigo, de modo que eso muestra
claramente que, si por un lado hay una hasta organización del campo de la
deixis, haríamos muy mal en confundir esta organización con cualquier
organización sobre un espacio real. No tiene que ver.
No sé; o ¿hay todavía que entrar algo más en eso? No.
Bueno.
Voy a tener que cortar, porque se va haciendo muy tarde, pero quiero dejar por
lo menos iniciada la sesión siguiente; sobre todo, rememorando lo que a través
de este esperimento de hoy debe de haber surgido y que de vez en cuando he
comentado: sentido de las confusiones principales. Una es ésta entre
"hay" y "es", una confusión que es la que se consagra cuando
en la Edad Media se inventa el verbo "existir". Supongo que para vosotros ya eso de que en los
testos se diga quod est, sin esplicar más, o que se cite la frase del
Éxodo, qui est, sin esplicar más, implica justamente la aceptación, el
recubrimiento de esa contradicción, porque son de otros mundos: "es lo que
es" es una condición de los seres reales (ya recordáis del otro día: por
qué es imposible que una rosa, como dicen, exista, sin necesidad de que sea
'una rosa'; y lo de que una rosa sea una rosa ya pertenece al "es",
es decir, a la predicación lingüística ), de manera que se confunde esto con
esa referencia, indicación, demonstratio hacia fuera de la
realidad, "hay", hacia fuera
de la realidad, hacia el sitio donde la realidad se sostiene. No insisto por
hoy más en ello, pero apuntad para que volváis a traer cuestiones sobre ello el
día que viene.
La
gran cuestión que aquí nos trae, como veis en el título, es algo que se puede
decir la relación entre lengua y objeto de la
lengua. Pero aquí hay una confusión que nunca acaba de aclararse del todo: en
lo de lengua, se confunde la actuación de la lengua con la significación de las
palabras, de los nombres u otras palabras, y, por supuesto, es necesario
aprender a distinguir entre lo uno y lo otro: una cosa es que la lengua actúe,
en el sentido que sea, y otra cosa es que un nombre o una palabra signifique: nomen,
por un lado, verbum -pero ya dije: verbum in actu-, como
contrapuestos lo uno a lo otro. Esta confusión, sobre la que volveremos una y
otra vez, respecto a la lengua y el objeto de la lengua trae consigo las
perpetuas ideas falsas respecto a la costitución de la realidad. Efectivamente,
la significación, la idea, a lo que los escolásticos y Aristóteles aluden como
la forma, es necesaria para el establecimiento de la cosa real; ésta es una de
las incidencias de lengua o razón, lógos, benditamente indistinto, como
el otro día veíamos, en la lengua de Heráclito. La confusión entre esta
operación del significado y la operación de la lengua en general, o de la
lógica, o del razonamiento, o de razón, que es lo mismo, sobre lo cual
seguiremos volviendo, esta confusión implica la confusión entre lengua y
sujeto. Supongo que esto se entiende bastante bien; es decir: nunca la lengua
en uno de los sentidos puede referirse a la lengua de un sujeto real, por
ejemplo que ahora la lengua sea de don A.G.C. que os está hablando, ente real,
de la realidad situada, no se puede hacer eso al mismo tiempo que se la refiere
a mí, que no soy nadie puesto que soy cualquiera que esté hablando en cualquier
momento inasible. La confusión respecto a sujeto entre lo uno y lo otro está
bastante clara. La operación de la lengua, por oposición a la significación y,
apoyándose en la indicación al campo en que se habla, la operación esencial es
la negación; lo mismo que aquí estamos tratando de ver. La realidad trata de
establecerse por definición, que es una justificación del nombre, del
significado. En los testos de los escolásticos lo habéis visto: como si por la
definición se tratara de justificar el significado del nombre. Es frente a esa
pretensión frente a la que actúa la negación, que dice "no es verdad. No
es verdad.", como lo está diciendo a cada paso, y hoy he elegido testos de
esos autores para que nos lo digan también.
En
Hegel mismo, de una manera bastante ejemplar, como el primer día veíamos,
aparece ya la confusión de vez en cuando, y también el debatimiento contra
ella, entre "lo que es aquí", el Dasein, que haríamos muy mal
en traducir con "existir", Dasein, puesto que implica el da,
que es un deíctico, el ser aquí, allí, etc (sin grave inconveniente, dasein
podría entenderse como el infinitivo de nuestro "hay", es decir, un "haber" siendo infinitivo de
"hay", no de otra cosa; "haber" siendo infinitivo de
"hay" sería la traducción adecuada de Dasein), la confusión
con la cuestión de lo particular y lo general, que hoy mismo hemos encontrado
también en el testo de Aristóteles: el salto de lo uno a lo otro. Porque ahí
está la cuestión: la contraposición entre lo que hay y lo que es real porque es
lo que es, porque así pertenece a la realidad, la distinción entre lo uno y lo
otro, queda anulada cuando se habla de lo primero. Porque si se habla de
"hay" o se habla de Dasein, se habla de da ist, por
ejemplo, ya se le está convirtiendo en un nombre, se le está dando significado,
ya no es "hay", ya es "el hay", ya no es da ist, ya
es el Da ist, el Dasein, en infinitivo, se le está convirtiendo
en un nombre y se le está haciendo real: se cree, como en el caso de
Aristóteles y también en alguno de los fragmentos ya usados de Hegel, se está
creyendo que se puede saltar de lo que hay a lo particular concreto y dado de
una vez (en el caso de Hegel con la pretensión de la intelección inmediata, de
la intelección sensible, con una utilización de Sinn para esto), se le
puede convertir en una cuestión, al fin y al cabo, una cuestión de Filosofía,
es decir, una cuestión de la realidad, una cuestión de Filosofía o de Ciencia,
una cuestión de la realidad, como por ejemplo 'individual', 'concreto' frente
al caso de lo abstracto, de la forma abstracta.
Ésa
es la confusión esencial, y lo que digo de da ist, de ist da o de
"hay", lo digo de ich, de "yo", lo mismo:
"yo" no es nadie, no pertenece a la realidad, está por fuera (por eso
puede hablar de la realidad: si estuviera dentro, no podría nunca de verdad
hablar de ella); pero "el Yo", lo mismo en cualquiera de estos
últimos filósofos, incluído el propio Hegel de vez en cuando, "el yo"
ya es das Ich, y ya es por tanto un ente real; y esto lo hereda de una
manera ejemplar, como sabéis, el psicoanálisis, la perversión del
psicoanálisis, cuando en la operación psicoanalítica se me cambia a mí por
"mi yo", "el yo", se me pega este cambiazo; y tal vez esta
última perversión es de las más ilustrativas a nuestro propósito. No podemos
seguir más por hoy. Os dejo más bien apuntadas estas iniciativas para la
tercera sesión, de manera que será de agradecer que traigáis, lo mismo sacando
de testos de Hegel o de donde sea que sacando de vuestras propias impresiones y
ocurrencias, cualquier cosa que pueda ayudarnos a seguir desentrañando los
problemas y también poniendo en claro la tiniebla ésa en la que Santo Tomás
termina diciendo que habita Dios, tratando de esclarecer la tiniebla donde
habita Dios.
Volvemos si os parece sobre la cuestión, ya en principio espuesta a
partir de uno de los testos de Hegel, sobre lo que se presenta como primera o
como suma diferencia, que era justamente la diferencia entre lo que se ve y el que lo ve, entre lo
dicho y el que lo dice, entre -por emplear ya términos que hay que
precisar después- el ‘objeto’ y el ‘sujeto’, en relación con eso de la
percepción inmediata o no, y del conocimiento. Sobre esto y, ya en parte, en
crítica sobre esto, estuvimos hablando, pero parece que había que volver sobre
ello.
Vamos a representar así la
cosa, sin todavía terminarnos de aclarar lo que es la cosa y lo que la ve,
observa, dice ... es decir, entre aquello que es objeto, en ese sentido, que se
contrapone a lo otro, lo que habla de ello, y aquello que es por el contrario
la acción. En definitiva la oposición -decíamos- era entre el hecho, lo que se
da por hecho, lo que se da por dado y la acción que sobre ello se ejerza, como
observación, como enunciación lingüística, o como cualquier otra de las formas
de acción lógica. Esto creo que estaba claro, e incluso se puede representar
por esquema (v. pag. anterior) Ahí tenemos la cosa, que, como todavía no
sabemos bien qué es, aparece con su interrogante como parte de su ser, y la
acción sobre ella, que puede tomar esa forma de ojo, pero que podría tomar
cualquier otra. Esta es la gran contraposición y, como en el testo de Hegel se
veía claramente, por decirlo así, la creación es mútua: con la diferencia se
produce al mismo tiempo el surgimiento del objeto y el del sujeto que sobre
ella versa. La crítica era sobre todo que esta oposición era todavía más
fundamental o primitiva de lo que en Hegel mismo se podía observar: un reino y
el otro no son del mismo reino, como se ve por el hecho de que si a su vez -como estamos aquí haciendo- hablamos de
ello o lo observamos, esto requiere otro ojo, otra lengua, que quede a su vez
fuera, y así interminablemente, porque la condición esencial es que de lo que
está hablando no se puede hablar: si se habla de ello ya no es lo que está
hablando, sino que forma parte de la cosa, de aquello de que se está hablando,
como por ejemplo el tema de esa fenomenología del espíritu misma de Hegel: está
tratando de ‘esto’: esto es cosa, y desde luego, si está tratando de ello, no
es personalmente Hegel, ni yo ni nadie, sino que sigue estando fuera de la
realidad, porque no hay manera de que se hable de lo que está hablando en este
momento en que está hablando.
Y añado lo de “en este momento” para que recordéis que ahí está implicada la cuestión del tiempo, la contraposición entre un tiempo real, el que se sabe, el que puede ser incluso objeto de Ciencia, y éste que está pasando ahora mismo que no hay manera de saber de él, ni nadie puede saberlo en ningún momento, porque su condición es estarse escapando costantemente.
Para glosarlo más todavía, volvemos a uno de los términos que tratan de
aplicarse a esto de ‘la cosa’ que era ‘Gegenstand’,
que, como el otro día os dije muy imperfectamente, parece que está traduciendo
‘Objectum’, pero que, como ahora
vemos o interesa ver, más propiamente es ‘Ob-Stans’,
la ‘obstancia’. Ésta es la versión más literal, más que la de objectum, “lo echado por delante”, ésta
de “lo que se planta enfrente de”, lo que “está contra”, por si esta vuelta
sobre las etimologías tiene alguna virtud para que se entienda mejor que eso de
‘la cosa’ tendría que entenderse mejor como el obstáculo, la “obstancia”.
Hay que preguntarse enseguida: ostáculo ¿para qué?, ¿respecto a qué? y
hay que intentar aclarar eso. Es
ostáculo para una especie de acción que fuese de verdad libre y por tanto sin
fin. Frente a esa acción, en la que ya no distingo ‘ver’, ‘observar’, ‘decir’,
cualquiera de las actividades de lógos,
de razón, a esa acción, libre de verdad, sin fin, se le pone por delante un
ostáculo, una ob-stancia. Y eso que es el ostáculo es al mismo tiempo la
realización, la realidad, de la cosa. De manera que eso es lo que os quería
sugerir por ahora: esta noción de la cosa como ostáculo frente a una posible
acción sin fin, desmandada, libre.
Tal vez no sea peligroso para entenderlo mejor acudir una vez más a la
luz, la cual ya se nos ha aparecido, utilizando la formulación del Génesis
hebraico, como la cosa primera: ¡Haya luz!, que es el primer acto de denominación y por tanto de creación, de comienzo o fundamento de toda la
Realidad. Mientras las palabras están actuando, por ejemplo con esta frase o
yusiva o votiva ¡Haya luz!, como una orden a terceros o como formulación de un
voto, mientras está actuando, no se puede decir que haya cosa, pero ahí queda
la luz ya como cosa: ésa es la cuestión. Y siendo la luz cosa, teniendo ya un
nombre (el hebreo ‘¢oór’ o nuestro ‘luz’) entonces ya tiene que someterse a
las condiciones de toda cosa: no ya solo la denominación, sino el cómputo; por
tanto la luz tiene que tener, como
real, una velocidad determinada, por ejemplo esa que os enseñan en la escuela,
los trescientos mil km./seg., por ejemplo, y ésa es la paga que ha tenido la
luz que pagar para ser real, para hacerse una cosa. He ahí el primer ejemplo
del ostáculo, porque evidentemente la luz no puede de verdad tener una
velocidad fija. Eso, dentro de la jerga de la ciencia, se vuelve contra las
propias condiciones de la ciencia, que exigen que no haya velocidad sin
aceleración. De forma que en verdad eso a lo que alude ‘luz’ no podría tener
una velocidad finita sino una velocidad sin fin en cuanto entregada a la
perpetua aceleración. Esto, por supuesto, escapa de vuestras imaginaciones y de
la mía, pero en cambio se puede decir: esa es la diferencia entre el lógos en acto y el lógos sometido a concepción o imaginación. No hay quien pueda
concebir una velocidad sin fin, pero sin embargo se puede razonar, como acabo
de hacerlo: que en la noción misma de ‘velocidad’ esté incluida la
‘aceleración’ y que por tanto la luz de verdad tendría que ir así, a una
velocidad perpetuamente acelerada, por tanto literalmente sin fin. ¿Qué es lo
que la hace real a la luz, o lo que se pretende que la hace real? Pues alguna
forma de ostáculo que, como decía antes, al mismo tiempo que ostáculo, es la
costitución misma de la cosa. De manera que en ese caso estremo se ve bien lo
que os estaba diciendo en general, para cualquier forma de cosa que se nos
presente, espero.
A este
propósito tengo que recordar también de mis esploraciones -dentro de la medida
de mis fuerzas- por las investigaciones de los físicos, de los cuánticos en
especial, la persecución de la noción de ‘masa’, sobre la que no me voy a
detener (se puede ver en la colección que se llama Contra la Realidad –pp. 299-307- la reseña de un libro de M. Jammer[3]
donde se persigue detenidamente esta noción de masa) pero a lo largo de los
problemas, siempre cada vez más enredados, y dando lugar a teorías más
disidentes entre los físicos respecto a lo que es ‘masa’, desde Newton para acá
-una vez que ya entonces quedó separada de la noción de ‘peso’-, a través de
todo eso, se me aparece que lo único claro es esto negativo que liga la masa
con la tracción y concretamente con la resistencia, la resistencia a la
modificación de cualquier tránsito o trayectoria. No puedo hoy detenerme mucho
a darle vueltas a eso, pero que por lo menos quede enunciado así en lo más
general: “resistencia”. Resistencia a la modificación del tránsito, de la
trayectoria (incluso incluído el caso en que se supusiera que un cuerpo puede
estar quieto, cosa que es imposible: el tránsito sería cero, pero da igual). En
todo caso, en lo que consistiría la masa sería en esa “resistencia” y, como se
ve, esto está inmediatamente ligado con la noción de “ob-stantia”, “gegenstand”
que os estaba antes tratando de esponer.
La cosa
-sea lo que sea- se define por la lengua que habla de ella. Esto es una
perogrullada tan exorbitante que seguramente lo es demasiado y por eso
dificulta el entendimiento. Cosa es la cosa de la que se habla, y no hay otra
manera de definir más primitivamente ‘cosa’, como pre-existente a la lengua. No
hay manera, si intentamos darle vueltas, de que se pueda alcanzar, definir,
precisar, el objeto, una cosa, como pre-existente a la acción de la lengua.
‘Cosa’ es aquello de lo que se habla, y para que quede perfectamente costituída
tiene que cumplir esa condición de que ya se ha dejado de hablar y ha quedado
denominada, de forma que la cosa es la que se nombra, o, mejor dicho, la que se
ha nombrado, la que ha quedado nombrada. Espero que esto, aunque sea
escesivamente claro, no sea escesivamente difícil.
De manera
que la cosa está costituída por un significado -y fijaros que aquí se trata de sêma, que aquí se contrapone a lógos, a la razón razonante o, mejor
dicho, a la razón razonando- y, como en las otras contraposiciones, esta
oposición opera en los dos sentidos: efectivamente, el hablar de la cosa
–acción- acaba por costituírla como dotada de un significado, que es lo que le
da su ser: al mismo tiempo el significado, las cosas significadas, inciden
sobre la acción de la razón como resistencia al entendimiento, al razonamiento
o lo que sea, es decir, reproduciéndose el esquema que antes trataba de haceros
sentir claro citando la luz. La razón razonando, la acción de la lengua,
efectivamente da lugar a significados: ¡Haya luz! y la luz quedó hecha: significado. Ya “‘oór” es una cosa; pero luego, en
realidad, por ejemplo entre nosotros, que somos reales igualmente, no hay más
remedio que hablar por medio de significados, es decir, refiriéndonos a cosas
de la realidad, y esto es la reasistencia a la razón. Se hace, se habla -lo
estoy haciendo ahora mismo- utilizando los significados, encima, de una lengua
determinada, de un idioma, porque no se dispone de una razón común, de una
lengua común. Se hace, se va haciendo, pero se hace mal, siempre, lo mismo si
es en una conversación callejera que si es en una especulación filosófica, al
estilo de ésa de la Fenomenología de Hegel, se hace mal siempre, porque este
uso de significados, por ejemplo, éste que pasaba por el más general de todos
los significados, ‘cosa’, y sobre el que voy a volver ahora mismo, está
ostaculizando costantemente la acción de la razón, dando lugar a confusiones, a
equívocos, que son propios de cualquier idioma y de cualquier jerga, científica
o filosófica, entre los idiomas, que están retardando -al reducirse a, al
someterse a ser real- la operación de la razón. Espero que no haya grandes
oscuridades.
Vuelvo a entonces a entreteneros un poco con etimologías respecto a
‘cosa’. Cosas bien sabidas que están destinadas a mostrar que lo primero es lo
más directamente ligado a la acción lingüística: por tanto, el trato entre
poblaciones humanas, la organización social y jurídica, las relaciones entre
personas, esto es lo primero, y éstas son las primeras cosas y sólo vienen
después las segundas, las pretendidamente físicas; es decir, con un
enrevesamiento característico justamente de la realidad, donde se pretende que
lo que he puesto segundo es la natura prima y lo que he puesto primero es la
natura secunda. La esploración de los nombres ayuda mucho: por limitarnos a
nuestros dialectos de la cultura dominante: los griegos mismos no tenían un
término que sirviera para que un físico pudiera decir ‘cosa’, no tenían más que
cosas como estas dos principalmente: crÁma y pr©gma, que se refieren justamente a la actividad y las
relaciones sociales: crÁma es la raíz de ‘usar’, ‘utilizar’, de manera que chrêma es claramente un objeto de uso, y
prâgma, como sabéis, es el sustantivo
verbal del verbo pr£ssein, es decir, ‘actuar en negocios’, del que ha derivado ‘práctico’, como todavía
decimos. De manera que cuando los físicos en el siglo V a.C. y en adelante
tienen que hablar de cosas físicas, no les queda más remedio que decir, de una
manera en principio un poco ridícula chrémata
o prágmata, como trasladando su uso
primero al derivado. Nuestro ‘causa’ es todavía un ejemplo más claro, porque, como seguramente sabéis, es un término
de orden jurídico, judicial: causa lo
primero es el pleito y especialmente la acusación. El verbo accusare es un derivado trasparente de causa. Sólo a partir de este sentido
jurídico acaba por venir a dar en esta cosa sublime que es una causa física,
pero después de haber pasado por la acusación, es decir, la inculpación, la
inculpación de responsabilidad, que es la ‘cosa’. A partir del discurso jurídico,
evidentemente entre la gente se generaliza: ‘causa’ es aquello no ya sólo de lo
que se juzga, sino aquello de lo que se habla en general (notad el francés causer, ‘conversar’, para que quede bien
clara esa condición lingüística del término), de manera que sólo de una manera
secundaria ‘cosa’ viene a poderse usar
también en física, y al mismo tiempo que el término latino culto causa dejaba de ser una causa jurídica
(como lo sigue siendo: causa judicial) para generalizarse a ser una causa
física, es decir, relacionada con las leyes de la Física. De forma que con
estos casos se desarrolla bastante lo que os decía de cómo la cosa no puede
menos de partir de ser aquello sobre lo que lingüísticamente se actúa, aquello
de lo que se habla. Lo más curioso es que probablemente el término latino rēs, que nosotros hemos sustituido
por ese ‘causa-cosa’, tiene una historia semejante que ya medio se nos pierde
en la prehistoria: rēs, debió
ser también en primer lugar, en latín antiguo, el asunto judicial y también la
hacienda, ligado con la propiedad, y sobre todo, si, como creo, se puede
relacionar con ese término reus, como
siendo una especie de genitivo de rēs,
es decir, el reo es ‘el de la cosa’, ‘el objeto de juicio’, entonces el sentido
está bien claro: éste es el sentido primario, y rēs pasa de ahí a desarrollarse también para los usos en
física; de manera ejemplar en el De Rerum
Natura de Lucrecio en su versión del Perì
Phýseōs de Epicuro. Creo que ya os he dicho que Perí Phýseōs, es el
título de cualquier obra de física, de filosofía física, que en latín se traduce, como en el caso de Lucrecio, De Rerum Natura, traduciendo con nātūra este término phýsis que ha dado lugar a la física, y que, como sabéis, alude justamente al
no-ser de la cosa, en cuanto que alude a su perpetuo cambio, al movimiento -si
queréis- que es el único verdadero tema de una Física, a la no-cosa. Supongo que ya se os va apareciendo que una
cosa que se está moviendo no puede ser nunca de verdad una cosa, y al mismo
tiempo no hay manera de que no se esté moviendo, en realidad. Pues para efectos
también de esta física de Epicuro o de Lucrecio, por ejemplo, el término ‘res’ en latín tiene que venir a usarse,
y ahora os quiero hacer notar la necesaria ambigüedad con que ese término, y
para el caso, nuestro ‘cosa’, tiene que cargar, porque ‘res’, por un lado, tiene que aludir a cosas de la realidad –si me
permitís la redundancia, incluyendo por dos veces los términos: el cosa y el res en ese latinajo
latino ‘realidad’ que nosotros hemos adoptado desde la Edad Media-, pero al
mismo tiempo una Física cualquiera no puede menos de ser esplicativa y entonces
tiene que acudir a llamar ‘cosa’ a los átomos, elementos, hasta en la física
moderna cuerpos elementales, los cuales precisamente, como están ahí para esplicar
la realidad no pueden en principio ser realidades, porque, como ya os he hecho
notar, para tratar de la realidad hay que estar fuera de la realidad, para
esplicar la realidad hay que estar fuera de la realidad, y efectivamente, para
eso están los átomos de Demócrito y Epicuro y de Lucrecio, llamados también elementa, término que muestra asimismo
el origen no solo lingüístico sino escriturario, porque probablemente al
principio empieza significando ‘letras’, de las que, en principio, cada una
representa un fonema de una lengua, ‘elementum’,
y sólo desde ahí, desde ‘letras’, se aplican a los cuerpos elementales,
‘partículas’ -con un nombre muy desvirtuado actualmente por obra de la propia
pasión de la investigación científica, pero que ahí sigue estando todavía con
esa pretensión de esplicar la realidad, y al mismo tiempo, formar parte, o
parte íntima, de la Realidad; y eso no puede ser. El equívoco es costante, efectivamente a lo largo del poema de
Lucrecio ese término res se emplea
con propiedad para hablar de cosas de la realidad, es decir necesariamente
compuestas, pero otras veces, de los elementa,
primordia, o los varios nombres que
Lucrecio dice; a los átomos se les llama también res, con el mismo término, y esa necesaria ambigüedad está en la raíz
de la investigación científica, del intento esplicativo de la realidad; y esto
es parte de lo que me hacía no estar contento con el planteamiento que Hegel
mismo ofrecía ahí: esta ambigüedad es costante, pero no puede ser. Lo que
esplica la realidad no puede ser de la realidad. Si los átomos son reales no
sirven para nada. Los átomos tienen que ser, como se dice esplícitamente,
invisibles, esto es, ajenos a las condiciones de lo que se llama una
percepción, una aprehensión de las cosas reales propiamente dichas.
Esto
nos permite volver con alguna ventaja sobre la ambigüedad -que yo creo que está
todavía más profunda- cuando se intenta tratar de percibir o conocer una cosa.
Esto, desde Aristóteles, ya con alguno de los testos que el otro día usábamos,
se seguía dando y entre los lingüistas cognitivos y algún tipo de filósofos de
nuestros días se sigue presentando, sobre todo con respecto a esto que os doy
con los términos habituales entre los que lo tratan en inglés de “type and token”. No es ninguna novedad:
es la perpetua doble faz de eso de ‘una cosa’, porque evidentemente cuando se
dice de una patata que es una patata, se está usando un ente astracto, ideal,
que es ‘la patata’ –con el artículo este, en uno de sus usos en español,
generalizante-, se está usando ‘la patata’, que no existe, porque evidentemente
nadie puede encontrar nunca, ni tener aprehensión ninguna de la patata: uno
está condenado a no percibir más que patatas, alguna patata de vez en cuando,
una patata que otra, es lo único que a uno le toca. Cuando se dice de una
patata que es patata, con la pretensión de decir una verdad, se está utilizando
ese ideal, ese astracto que es más o menos a lo que en la fórmula inglesa
responde type. Por otra parte, una
patata no es la patata: es justamente una, unas cuantas, ésta de aquí, aquella
de allá, y esto -según esta teoría- son como token, es decir, prendas o ejemplos que nos presentan en concreto
el ente general ‘patata’. Os estoy hablando en la jerga filosófica tradicional,
espero que sin demasiada infidelidad, con diferentes nombres, diferentes
maneras de presentarse. Ésta es la necesaria ambigüedad de ‘cosa’, y ‘cosa’
-esto es lo importante- tiene que ser lo uno y lo otro, y por tanto contener en
sí misma la contradicción costitutiva de la realidad. Tiene que ser lo uno y lo
otro, tiene que ser un tipo, un ente ideal, porque si no, no hay manera de
nombrarlo, no hay denominación, y, como antes he mostrado, sin denominación,
sin significado, no hay ‘cosa’; y para las patatas, una por una, en número
indeterminado, perdidas por ahí, no hay nombre, en ninguna lengua, de forma que
para darles su realidad, por supuesto, tienen que concebirse así, como ejemplos
de un ente ideal, que por otra parte no forma parte de la realidad, no existe,
y por otro lado no pueden menos de pretender no agotarse en eso: tienen que ser
aparte de patata -que es lo que les da el ser- algo que ande por ahí, suelto,
que sea unas veces sí y otras no, que sea lo uno y lo otro, en fin, que exista
y se mueva, que es la condición esencial de la existencia, cosa que la patata
no puede hacer: ni moverse ni existir; pero condición de las patatas es que se
muevan, sean una y otra, se cuenten, se pesen, se midan y todo lo demás. En ese
sentido os sugería que en ‘cosa’ está incluida la propia contradicción.
Esto
nos hace volver sobre algo que ya se ha apuntado a propósito de Aristóteles
sobre todo el otro día, y que vuelve a tener que ver con la noción de ‘masa’
antes tratada, pero más bien como ‘materia’, porque en el testo de Aristóteles
parece que había una obligación de introducir, bajo el término hýlē -que es lo que los latinos
tradujeron normalmente por materiēs-
esta división entre una materia sensible y al lado de ella una materia
inteligible. Éste era el truco que aparecía claramente en algunos de esos
pasajes de los Metaphysiká, de los
que en parte hemos usado aquí ya. Fijáos en lo que se está pretendiendo ahí. Se
está pretendiendo que hay una materia, por ejemplo una materia de patata, que
está por debajo de la patata y que de esa manera sirve para recibir el astracto
‘patata’ y convertirlo en patatas reales. Es una materia de patata que hay por
ahí debajo, sobre la que el término y la nóēsis,
la concepción de la realidad, se introduce, sobre algo que se supone que está
ahí, por debajo: materia de verdad. Pero entonces, como Aristóteles se
encuentra con que hay, y él cree que son parte de la realidad, entes
matemáticos, como por ejemplo los círculos, las esferas, los triángulos
isósceles y equiláteros, y piensa que éstos también se pueden conocer, y él no
concibe que una cosa se pueda conocer si no tiene por debajo una materia que
sostenga la aplicación del término, ‘triángulo’, ‘esfera’ o lo que sea,
entonces tiene que suponer una materia inteligible, una materia noética, es
decir, destinada justamente al conocimiento de semejantes entes. Ya comprendéis
que esto le pasaba a Aristóteles, pero que le puede pasar a cualquiera, incluso
a alguien de la calle que crea que en los hechos de la realidad se está
realizando sin más un hecho ideal, es decir, que en los múltiples círculos que
puedan aparecer en este mundo se está realizando el círculo, lo mismo que en
las patatas se realiza la patata. Pero es evidente que el círculo no existe, no
es de este mundo, y que, por tanto, cualesquiera círculos que se produzcan en
la realidad, que por tanto existen, no son ya de verdad el circulo. Esto, de
rebote, viene a dar también sobre las patatas y a denunciar en general la
vanidad de cualquier intento de significación como algo inocente, que sin más
da cuenta de la Realidad. Pero con los entes geométricos es evidentemente más
claro a qué imposibles lleva esta manera de concebir las cosas.
Está,
pués, la contraposición primera: las realidades se producen por una acción de
algo a lo que aludimos con ‘razón’, con ‘lengua común’, lo que sea, cuando ésta
viene a quedar parada en forma de significados, que son los costitutivos de las
cosas: chrémata, y en definitiva, de
las cosas físicas sin más. Está el problema (que justamente salió hace poco en
las sesiones que nos traemos en el Ateneo) de que esta operación de la lengua
tiene que darse sobre algo, a lo cual nos guardaremos de llamar hýlē ni māteriēs
porque éstos son términos que, como consagrados por la Ciencia, por la
Filosofía, ya están falsificados desde el principio: pretenden aludir a algo
que está debajo de la realidad, para esplicarla, lo mismo que hacían los átomos
de Epicuro, pero al mismo tiempo tratan de ello tranquilamente, y por tanto lo
hacen ser cosa de la realidad, según el esquema que al principio vimos: si
pensamos, como es probable, que māteriēs derive, más que del nombre de la madre, māter, como a veces se ha pensado, de la raíz *smedh-, la raíz de domus, de ‘costruir’, ‘edificar’, no
sólo es que haga alusión a ‘madera’, lo que hace más o menos hýlē (que más o menos es comparable
con latín silua, que quiere decir,
‘el bosque’), pero también quiere decir la madera de carpintero, la madera de
costruir, y es en ese sentido en el que primariamente se usa. Es decir, cuando materies ha pasado a la lengua vulgar es
‘madera’ y, en todo caso, probablemente remonta a un origen en que se trata de
la madera de carpintero, de la madera de costruir. De forma que, siendo una
cosa tan metida en la realidad, social, jurídica, etc. -que es la primera
aunque se la presenta como segunda-, no podemos a eso sobre lo que la operación
de la razón
actúa llamarlo ni madera, ni materia, ni nada de eso, so pena de caer en esa
equivocación de la que estoy hablando todo el rato.
Sin
embargo, contraponiendo este implemento de la lengua vulgar española ‘hay’, que
contiene un deíctico (su último elemento y
es un deíctico, es decir, ‘aquí’, ahí’, lo mismo que en francés il y
a, que más o menos equivale), usando esto para contraponerlo a las nociones
de ‘existir’, con este término que se invento para Dios en la Edad Media, y que
luego se ha generalizado, con grandes equívocos, en la lengua vulgar también,
contraponiéndolo netamente, y gracias a que ‘hay’ no significa absolutamente
nada, no tiene ningún significado, mientras que ‘existe’ sí pretende, desde las
Escuelas, tener un significado (error sobre el que tal vez en la próxima sesión
podremos volver), utilizando esta contraposición, y recordando que también para
‘hay’ he apelado a la frase votiva del Génesis: “¡Haya luz!”, y he dicho que mientras estaba en acto la luz todavía
no significaba, pero luego ya, cuando queda hecha luz, existe: es una cosa,
utilizando pués esta contraposición
-espero que quede clara- se dice
que hay algo -usando también ese indefinido ‘algo’ que igualmente no tiene significado,
que está libre de significado, como ‘hay’- que hay algo sobre lo que la
operación de la razón, primero lanzándose sobre ello, y después, por el
ostáculo, quedando obligada a venir a parar a la significación y a la
costitución y trasformación de la realidad, actúa.
“Hay algo” es un caso curioso: me parece que el otro día veíamos en alguno de los testos de los escolásticos cómo se intenta la definición por doble negación, pues es el único caso en que esto es de verdad así y da lugar a un razonamiento, que puede ser una demostración en el sentido de hacerlo presente en el campo en que se habla, de ninguna manera una demostración en el sentido de las pruebas de la física, o de las demostraciones de la filosofía tradicional: demostratio: ponerlo en este mundo en que se está hablando, sería como actuar, por doble negación, porque, si hay algo, es simplemente que no puede no haber nada. Ese es el juego de la doble negación. Muchos de vosotros, en vuestros estudios de filosofía habréis tenido que tener presente el cuadro de Aristóteles con sus cuatro esquinas,
y todo el mundo sabe que hay un sitio en que,
como es lógico, mediante el juego de la negación, ‘algo’ se presenta como
‘no-nada’, y de hecho en latín una de las maneras de decir ‘algo’ es nonnullum, con la doble negación
incorporada o con su plural nonnulli,
‘algunos’: ‘no-ningunos’ con incorporación de la negación. Simplemente así, de
esa manera –no voy a decir “por eso”- tiene que haber algo, es decir, se
impone, sin más, el juego de la doble negación: no puede no haber nada, lo cual, al mismo tiempo, le da la razón
y se la quita a todas las concepciones de una materia previa sobre la que la
lengua actúe. Les da la razón y se la quita al mismo tiempo -supongo que eso se
entiende bastante bien- : no puede no haber nada porque, si se creyera que no
hay nada, entonces la creación de las cosas -por la lengua o por Dios o como
sea, da igual- se habría hecho literalmente exnihilo,
a partir de la nada y eso hasta los científicos saben que no puede ser, que
nada se crea de la nada. De esa manera es como la doble negación se impone: da
razón, por un lado, se la quita, por el otro, a las nociones de materia y
demás, y la operación de la lengua se ejerce sobre algo, y sobre ese algo se
realizan las cosas determinadas por los significados de cada una y que, por los
mecanismos que antes he dicho, no puede menos de contener cada una en sí misma
la contradicción que las costituye. Algo que está bajo la cosa, bajo la
realidad y sobre lo que razón actúa. Hay algo. Hay una acción de razón. Ni lo uno ni lo otro es real, y la operación
de lo uno sobre lo otro es lo que costituye la realidad, lo que costituye las
cosas por medio de esa sumisión de la razón a la mera significación tal como
antes os he mostrado. Añado únicamente que, desde luego, esta noción de algo
como no-nada incluye también la de algo como no-todo, según se ve en el cuadro
aristotélico, donde hay un término al que no se puede llamar no-algo, pero que
incluye la negación y que entonces es un algo-no y que de esa manera puede
contraponerse a ‘todo’, y en verdad es así: un algo-no, que viene a ser lo
mismo que un algo-sí, porque si algo no, es que algo sí, y viceversa. Eso se
reduce a la negación de ‘todo’: ‘no-todo’, y en este sentido la negación de
‘todo’ viene a ser la misma que la negación de ‘nada’.
Esto
-concluyo por hoy- es contra la pretensión perpetua de la realidad de ser todo
lo que hay: ésa es la gran falsificación costitutiva de la realidad. La fe no puede menos de creer en que la
realidad es todo lo que hay, porque confunde ese ‘hay’, que no significa nada,
con el ‘existir’, y entonces, naturalmente, necesita que -por decirlo
brevemente- lo sinfín, los infinitos de verdad, se conviertan en un todo, en un
conjunto, y que de esa manera la realidad sea todo lo que hay: es la gran
trampa o la gran equivocación fundamental sobre la que vivimos, y contra la que
se lanza ese no-todo, que después de todo es inseparable del no-nada. Si la
realidad está montada por la operación -de la lengua, de Dios- sobre algo, eso
implica su contradicción interna y que las cosas no puedan nunca ser del todo
lo que son. Nunca pueden ser del todo lo que son: no-todo, porque esa es
condición tanto de ‘algo’ como de la luz a velocidad infinitamente acelerada o
razón libre, que no puede ser todo. ‘Todo’ implica un límite, implica la noción
de conjunto, y eso es desde luego estraño tanto al ‘algo’ sobre lo que la
realidad se costituye (si tuviera ya límites y estuviera costituido, ya sería
la realidad y no tendríamos ya más en qué pensar), como a la operación misma del ver, del decir sobre ese algo, que
viene a dar en la costitución de la realidad.
Y esto por
hoy. Aquí nos quedamos. ¿Qué? ¿Os pasa algo más, por ahora, o no os pasa nada?
Esto casi se puede representar:Como se ve, ello contradice a lo
universalmente admitido en cuanto separa y contrapone
la cuestión de verdad y la cuestión de posibilidad de prueba. La
conclusión es que el Sistema no puede evitar producir algo como esto.

Por tanto ello implica que no era
verdad que el Sistema estuviera cerrado, es decir, que era en ese sentido
“incompleto”, como se suele citar a este Teorema: la prueba de la incompletitud
del Sistema.
Si esto no ha salido del todo mal, creo
que hace entender aceptablemente para nuestros fines en qué consiste esta que
os propongo considerar como culminación de la persecución de la verdad por vía
lógica.
No me detengo en los pasos de la prueba, que son pura aritmética: el
Teorema se demuestra simplemente apoyándose en la serie de los números. Ésa es
su gracia especial. Es largo y algo engorroso seguir los pasos de la
demostración, pero el resultado es ése: se establece una disensión, por tanto,
entre verdad, puramente lógica, y posibilidad de prueba, a lo largo de pasos
lógicos sucesivos. La formulación verdadera está producida por el propio
sistema del que se parte, y la producción de esta formulación, que no puede ya
probarse dentro del sistema, se convierte en una evidencia de que el sistema,
en contra de la pretensión inicial, no está finitamente especificado, no está
cerrado: está incompleto.
Se puede uno detener un momento, digamos, al margen y volverse sobre la
propia prueba del teorema de Gödel, del Teorema de la Incompletitud, porque al
fin y al cabo este es todavía un teorema y se prueba mediante una cadena de
razonamiento lógico-aritmético. Habría que decir que en algún sentido es una
muestra de lo mismo, porque el teorema se ha producido según las reglas de la
lógica establecida, desde que empieza a funcionar lógica en este mundo, pero,
estando establecido a partir de ahí, el teorema actúa por medio de su prueba
desde fuera del sistema, es decir, que es como si fuera una evidencia de la
situación contradictoria de lógos, de
la razón “dentro y fuera del sistema”.
Os traigo esto para plantearos la cuestión de en qué se parece y en qué
se diferencia esto de las formulaciones del sofisma del mentiroso que nos
acompañan desde el comienzo mismo de la lógica. Una, tal vez la más pura o la
más incisiva que se produce en lenguaje
hablado, es de este modo:
“Lo que estoy diciendo es mentira”;
o, acudiendo a la escritura, que no es
el lenguaje pero que lo representa,
“Lo que está aquí escrito es falso”,
evidentemente no es más que una
representación de lo que de una manera mucho más directa se da en este tiempo
inasible, sin fin, cuando de viva voz os digo: “lo que estoy diciendo ahora
mismo es falso”.
No voy a entrar en todas las vueltas que les habréis dado a esta
formulación seguramente desde niños. Ya sabéis todo lo que implica o que se
cree que está implicado, las discusiones a que puede dar lugar, etc. Es una
evidencia de imposibilidad al mismo tiempo que de presencia, porque está ahí,
os lo estoy diciendo: no puede haber ninguna pretensión de presencia que sea
más evidente o más in-ponente. Por otra parte es imposible, en otro sentido. Se
vuelve sobre sí mismo. Y en esto de que se vuelva sobre sí mismo, y al mismo
tiempo que se produzca se esté anulando, evidentemente se parece a un artilugio
como el Teorema de Gödel: se parece. Pero es por otra parte bastante distinto,
y la distinción corresponde al pasaje de Hegel del que he vuelto a partir hoy,
en que por un lado se habla de que se quiere conocer ‘esto’, y por otro lado no
se puede sino acudir a la universalidad -que él dice, es decir, al hecho
puramente lógico de que lo que es es lo que es. Por un lado, el conocimiento pretende ser de ‘esto’, y, por otro
lado, necesita esta identidad de que la cosa en cuestión es la cosa en
cuestión, de que lo que es es lo que es: un hecho, en cambio, puramente lógico.
Tiene que ver con eso y desde luego en eso se diferencia: Gödel (y en esto
culmina todo lo que los lógicos han venido haciendo en plan de “pruebas”,
deductivas o de cualquier orden) emplea un lenguaje lógico, matemático, en el
cual es imposible que cosas como ‘esto’ aparezcan: por la propia costitución,
un lenguaje matemático no puede tener términos como ‘esto’ o como ‘aquí’. Por
tanto aquello de “lo que aquí está escrito es mentira” es informulable en pura
lógica: si tomáis la formulación en el tiempo inasible, en el tiempo sin fin,
“lo que estoy diciendo es falso”, la primera persona que ahí aparece igualmente
tampoco puede aparecer en ningún lenguaje puramente lógico o matemático. Es
inimaginable, es anticostitucional que haya una ecuación donde aparezca un
término como ‘yo’ o como ‘esto’ o como ‘aquí’. Supongo que se siente bien hasta
qué punto hay una pugna sin posibilidad de acuerdo, de casamiento, entre esa
pureza a la que aludo en un lenguaje lógico, en definitiva matemático, y esto
que en el lenguaje verdadero, en el no escrito, se está dando a cada paso del
juego con elementos como ‘yo’, ‘esto’, ‘aquí’, ‘ahora’, etc.
- [PREGUNTA¿]
-Resp.- El intento costante de la
Matemática, en cuanto deja de ser puramente lógica, un puro juego lógico, para
aplicarse a cosas, es hacer introducir formas de infinitud, formas de sinfín:
ya desde la propia introducción de un término como ‘infinito’, ya desde hace
siglo y medio con el intento de fundar toda la Matemática precisamente
partiendo de la noción de ‘conjunto infinito’, ya con todas estas formas
derivadas. Efectivamente, de lo que se trata es de introducir algo que en la
realidad se da, pero que es enteramente estraño a la Matemática, a la lógica en
su pureza. Son compromisos. De todas formas, en ninguna ecuación tampoco puedo
aparecer ni yo, ni ahora que lo estoy escribiendo. Eso no se puede alcanzar.
Sobre eso volvemos, porque el hecho es que la lógica en ese sentido
puro, el lenguaje matemático, trata de –como su objeto-, y trata con –como
istrumento- entes puramente ideales, de los cuales son simplemente ejemplos,
por un lado, los que se llaman nada menos que “cuerpos geométricos”, los entes
de la geometría de Euclides: la esfera, el triángulo isósceles equilátero,
enteramente estraños a la Realidad, puramente ideales, obtenidos por pura
definición; y, por otro lado, los propios números, los enteros no negativos
naturales de la serie –incluido, si queréis, el cero- los cuales tampoco
aparecen jamás en la realidad, están eximidos de toda condición o pretensión de
ser reales, pero están establecidos como puros, esactos, ideales, por tanto, en
cuanto istrumentos de cómputo, por poneros dos ejemplos muy diferentes: el de
los cuerpos geométricos y el de los enteros. La lógica, la matemática, trata de estas cosas y trata de ellas con estas cosas, con entes ideales,
mientras que ‘la cosa’ está montada sobre esta componenda que se revela en
locuciones como “esta mesa” o “yo, Agustín García”. Estos son ejemplos para ver
a qué es a lo que se puede aludir con “Realidad”: trata de casarse el ‘esto’
con el significado, o por lo menos con un nombre propio. De cualquiera de las dos maneras, que son entre sí
bastante distintas -pero no puedo ahora detenerme mucho en ello- se trata de
estatuír la cosa por medio de este casamiento, de esta componenda, que de
alguna manera se nos aparece ya como un matrimonio imposible, hasta tal punto
nos parece sentir que lo uno y lo otro no pertenecen al mismo ámbito: ‘esto’,
por un lado, y ‘yo’, mientras ‘Agustín García’, y sobre todo significados como
‘mesa’ o ‘casa’ o ‘longanimidad’ o ‘infinitud’, significados, por el otro: la
contraposición entre lógica –que a veces se dice sintaxis, el encadenamiento
lógico- y semántica o significado se vuelve más bien triple en cuanto se contraponen por un lado el proceso lógico
con el significado de aquello de que se trata, y aparte de ello están los
índices que apuntan al sitio o momento
mismo inasible, incapaz de significado ninguno, como son ‘aquí’ ‘esto’,
‘yo’, ‘ahora’. La cosa está montada sobre eso, y por tanto es contradictoria
consigo misma -la cosa, la realidad- y por tanto no es asequible a lógica, es
decir, a prueba matemática ninguna, por su propia estructura contradictoria.
Quien piense ahora en la verdad de esta cosa, la verdad de “esta mesa” o la
verdad de “yo, Agustín García” se dará cuenta de la imposibilidad, y cómo la
noción de ‘verdad’ de la que partíamos resulta ya de primeras rechazada de
cualquiera aplicación a situaciones como ésas. Lo más que puede hacer la lógica
es lo que ahora mismo estoy haciendo, es decir: mostrar la condición
contradictoria de la cosa, de ninguna manera incluyéndola a la cosa ni como
objeto ni como istrumento del proceso lógico: actuando de alguna manera desde
fuera, como antes hemos dicho.
-Pregunta.-
En el testo de la certeza inmediata o
sensible no se presenta de alguna manera esa contradicción de esa manera, pero
sí en otra forma, en el sentido en que se dice que no es lo mismo la intención
o pretensión de lo que se dice con lo que de hecho está dicho, en algo como
“esta mesa”: dice que se pretende apuntar a esta mesa, se pretende decir el
singular pero sólo como universal.
-Resp.-
Sí. Eso quiere decir, en el lenguaje
corriente que estoy empleando, que el significado, el semantema, que es un ente
ideal, ‘mesa’, que no aparece en ningún sitio, es necesario para el
conocimiento, pero al mismo tiempo se trata de ‘esta’. Esto creo que está más
claro en el comienzo del capítulo segundo que hemos sacado hoy.
-Preg.-
La cuestión parece que señala esta
contradicción entre la pretensión y lo que efectivamente se dice en el
lenguaje. Lo repite varias veces: que incluso –dice- el lenguaje es lo más
verdadero y entonces contradice inmediatamente la intención o pretensión del
que lo dice, pero parece que eso a él no le importa mucho, porque como lo que
el lenguaje dice es lo universal, que
sería precisamente lo que no es esto, puede tirar para adelante...
Resp.- Es confuso irremediablemente,
porque, aunque se declare que la verdad pertenece a la lógica pura -“el
lenguaje es lo verdadero”-, después se introduce ahí un elemento subjetivo –no
sé cuál es el término alemán de ‘pretensión’- que desde luego emborrona y
confunde bastante: parece como si la intención
fuera de una especie de sujeto, y no del lenguaje mismo, y sobre eso
volveremos todavía.
-Pregunta.-
Leyendo el artículo aquel de “Tentativas...”[5]
que publicaste hace tiempo, hablas de
un “uso pedagógico” del lenguaje. A mí leyendo otra vez la certeza sensible
me parecía bastante claro que Hegel se había decidido por un uso pedagógico del
lenguaje, en aquel sentido...
-Resp.- [...] En un sentido “un álamo
es esto”; en otro sentido “esto es un álamo”, y supongo que sin detenerme más
veis bien la contraposición entre los dos sentidos: ambos son pedagógicos. Toda
pedagogía –y toda Ciencia o Filosofía- es esto: se trata de restablecer o
reafirmar ese casamiento imposible entre esto y algo determinado, entre la
inmediata referencia al campo en que se habla y el significado establecido en
una realidad: cuando se dice “álamo, es esto”, se quiere ratificar la idea de
álamo por el procedimiento de la certeza inmediata, con ‘esto’ –se puede añadir
“por ejemplo”: esto es, el universal está presentado por ejemplo: “álamo es
esto, por ejemplo” señalando con el dedo-. En el otro sentido, la pedagogía va
en sentido inverso: lo que se le dice a un niño cuando se le quiere decir cómo
se llaman los árboles: “esto (o ése) es un álamo”, es decir: a la percepción
inmediata de la cosa se le adosa, se le aplica el ente ideal correspondiente.
Que el intento de la Fenomenología sea así, pedagógico, como es el de toda
Ciencia o Filosofía positiva hay que dejarlo en alto, porque hay también un
intento de descubrir la contradicción.
Volvemos ahora con la prueba de la verdad como el proceso lógico por
escelencia. Esto de la prueba se nos ha dividido inevitablemente entre, por un
lado, probar que ‘cosa’ es ‘cosa’. Es decir, que A=A, que cosa es cosa, lo cual
parece que se puede hacer dentro de un sistema puramente lógico, es decir,
probar que esfera es esfera. No hay más que remitirse a su definición, por
medio de la cual está establecida como ente ideal. Que triángulo isósceles
equilátero es triángulo isósceles equilátero: eso es una prueba puramente lógica; probar que Dios es
Dios; probar que yo soy yo, -arriesgándonos ya a saltar a cosas que pueden
parecer reales, pero que de momento no lo son: se suponen establecidas por
definición. Tanto en el caso de Dios, que no es todavía real, no es todavía
semántico, sino puramente definitorio, obtenido por definición: probar su
identidad consigo mismo; yo, cuando no soy todavía real, no tengo nombre propio
y no soy un hombre y cosas de ésas, pero esto ya obtenido por definición de mí
mismo. Esta es la prueba más elemental. Después de todo en los orígenes de
nuestra lógica, de una manera que parece casi hecha adrede para nuestro
entendimiento, frente a los descubrimientos del libro de Heráclito, en el Poema
de Parménides la diosa no hace otra cosa que probar eso: que A=A, lo cual
alguna vez he purificado todavía utilizando a la propia cópula convertida en
cosa ideal, como hace la propia Diosa: “Es es Es”, como si dijéramos, “el ser
es el ser”.
Y luego,
tenemos la prueba de la existencia de la cosa. Utilizo el término a sabiendas de que es un invento de la
teología de las Escuelas medievales, pero con él cargamos, ahí lo tenemos,
incluso introducido hasta cierto punto en la lengua habitual. Parménides desde
luego lo desconocía, todos los antiguos, y lo utilizo como el verbo (‘existir’)
correspondiente a lo que trato de precisar como Realidad. De manera que ahora
se trata de probar la existencia de Dios, probar la existencia de la esfera,
probar la existencia del triángulo isósceles equilátero, probar la existencia
de mi persona, de mí, probar la existencia de la cosa. Ya se comprende que esto
es ya otra cuestión, porque estamos entrando en la realidad, y la realidad está
costituída por este matrimonio contradictorio: desde luego, una de las condiciones
es que A es A, es decir, que se admite un tiempo domesticado: el tiempo en el
que esto se estaba diciendo se anula y se convierte en un punto, no trascurre
nada desde un A a otro A: son dos veces lo mismo; se ha anulado el tiempo
verdadero y con esta condición hay que contar; pero no basta: al mismo tiempo,
tiene que estar aquí: eso es existencia. Y de una manera ejemplar en la
teología medieval no bastaba con que “Dios es Dios”, o dicho en primera
persona, “Soy el que soy”, sino que al mismo tiempo tenía que ser real,
existente, y he recordado en otras ocasiones que, en nuestros días, donde Dios
ha tomado sobre todo la faz del Dinero, tenemos esta aparición de la Realidad
de las Realidades: es decir, que no solo está sujeto a la ley de la realidad
sino que es como el ejemplo sumo de esa ley de la Realidad: Dinero. Dios.
Necesita ser real. Dios es el ens
realissimum o realissimus, y por
tanto la prueba aquí tiene que pasar a otro sitio, tiene que consistir en otra
cosa. La prueba inevitablemente tiene que volverse, cuando se trata de probar
la existencia, tiene que volverse fluctuante, indecisa, aproximativa. Ésta es
la condición, porque la realidad, que está establecida en contradicción,
solamente se mantiene precisamente por aproximación, porque no cumple nunca del
todo la ley de A=A, la ley de veces de lo mismo. Nunca la cosa cumple del todo
esa Ley y gracias a eso es real. Y, de otra manera: lo sin fin, lo verdadero,
lo que está pasando ahora mismo, a lo largo de las formulaciones, lo inasible, lo
inconcebible, lo incognoscible, lo desconocido, como se quiera, que está ahí
siempre, se cuela en la realidad inevitablemente: invade la realidad. No puede
menos de invadir la realidad, y la invade en esa manera que he dicho: en que
las cosas no pueden menos de ser aproximativas, nunca esactamente lo que son,
como las esferas, como los entes ideales. En consecuencia, por ejemplo, nunca
esactamente ‘cinco’ y nunca esactamente 3528. Son convenios que se aceptan para
ir tirando, para usos prácticos -como se dice, pero nunca es verdad. Las
realidades son aproximativas: la infinitud está continuamente invadiendo la
Realidad.
Hay algún reconocimiento por parte de alguno de
los matemáticos -por supuesto matemáticos dedicados ya a la aplicación de la
lógica, de la matemática a la Realidad- que son ilustrativos a este respecto.
Por ejemplo, René Thom, presentador de la Teoría de las Catástrofes, es decir,
de un intento de hacer compatible la cuantificación continua, a la que
aspiraban las matemáticas del continuo, de la integración y de los
diferenciales, hacerla compatible con discontinuidades, con roturas, como
evidentemente la llamada naturaleza
solía presentar a cada paso. Pues de éste recojo que decía, creo que era así: “more rigor, less meaning”, es decir, “más
rigor, menos significado” (que no hay otra manera de recoger este término
inglés ‘meaning’ que ha dado lugar a muchas confusiones ya de atrás). Es un
reconocimiento de que, en la medida en que la matemática, el lenguaje, la
gramática, se vuelve riguroso –y habría que decir “totalmente riguroso”-, en la
misma medida el significado, es decir, el significado de las realidades,
disminuye.
Me parece que de este otro señor Chaitin[6],
que os cito porque se ha dedicado a reformular el Teorema de la Incompletitud
de Gödel en términos de informática, y que lo ha intentado, a mi entender, con
bastante éxito, si uno admite esto: es decir, planteando la cosa en forma de
computadoras que, sujetas a tales reglas de producción de programas, no pueden
menos de producir un programa que se sale de las reglas. Este señor Chaitin
creo que es el que le daba a aquello la vuelta, barriendo un poco para casa,
diciendo: “less rigor, more meaning”,
es decir, “menos rigor, más significado”, o sea, “más nos estamos acercando a
la realidad”. No se si se cogen bien estos exabruptos que de vez en cuando les
salen a los matemáticos pero desde luego son útiles para mostrar bien la contraposición que os estoy presentando
entre verdad y realidad.
Hay que
decir que lo sin fin, es decir, la verdad de lo que no se sabe, invade la
realidad –que es costitutivamente falsa, contradictoria- en casos como los que
he citado en que se trata casi como de la percepción sensible de cosas que no
pueden ser esactamente lo que son, ni contarse con toda esactitud, pero incluso
es importante saber que invade –sin acudir a esta realidad- invade también la
lógica misma en cuanto proceso real. La lógica se nos ha contrapuesto a la
semántica, a aquello de que se habla, pero evidentemente siempre un proceso lógico
se puede tomar como si fuera una cosa, y también en ese caso la infinitud, lo
sin fin verdadero invade por el camino, por la vía de que el cálculo de la
verdad de un teorema vendría a ser sin fin, tendría que declararse sin fin,
interminable, es decir, interminable a la manera propia de la serie de los
números naturales. Evidentemente, si una demostración que se intenta, aunque
sea sin contar con la aplicación a la realidad, tiene que venir a declarar en
sus mecanismos la interminabilidad del proceso de demostración, ahí la
infinitud verdadera está invadiendo ese lenguaje lógico. Esto creo que lo han
visto bastante claro algunos estudiosos incluso estos del artículo que citaba,
-pero conviene aclarar esto y con ello volver sobre la cuestión del llamado “sujeto”
de la observación, del cálculo, de lo que sea. Cuando los informáticos,
teóricos o algún otro, llegan a enfrentarse con y a presentar la
interminabilidad de la demostración de
un teorema, conviene pararse a ver en qué sentido la demostración, la prueba se
declara interminable.
Desde luego, hay ejemplos que ya son clásicos: todos habéis oído hablar
en Topología del problema del mapa de los cuatro colores[7],
la prueba de que bastan cuatro colores, que no puede haber ninguna configuración que requiera cinco colores. Hubo una
demostración que ya cuando la sacaron hace casi treinta años ocupaba cien
páginas de un libro, la cadena de la demostración, y evidentemente después,
sobre esa demostración muchos estudiosos se han vuelto y, como es inevitable en
una demostración tan larga, han descubierto fallos, que después los propios
autores de la demostración tratan de subsanar, incluso de mostrar, en un
teorema subsidiario, que cualesquiera errores que se puedan producir en la
cadena de la demostración, son benignos, como se suele decir a veces, es decir,
que no afectan al principio. Éstos son ejemplos ya clásicos, pero evidentemente
de lo que se trata es de que se introduce subrepticiamente la capacidad humana.
O sea, que lo que se está diciendo en definitiva es que el teorema no puede
terminarse de demostrar no sólo ya a lo largo de la vida de un hombre, sino a
lo largo de un tiempo calculable para la humanidad, que no se podría demostrar
al cabo de mil millones de años, lo cual parece que desbanca a la humanidad
entera. Si se va a tardar más de mil millones de años, pues se piensa que ya no
estamos.
Bueno, pues con esto es con lo que quería terminar por hoy. La verdad,
como decía al principio, la verdad de la formulación lógica, implica de alguna
manera una verdad del que la está diciendo. Si se desciende a la realidad, la
verdad de una formulación física cualquiera, la verdad de una observación,
compromete de alguna manera a la verdad del observador: es un observador
verdadero. Dejando ya la observación, la verdad de un cálculo de alguna manera
corresponde al matemático en cuestión que esté realizando este cálculo, que
sería verdadero en el sentido de infalible. Lo uno parece que va con lo otro
cuando las cosas se plantean en estos términos. Ya se ve, pues, que si de la
realidad queda escluida la esactitud, la totalidad, porque está siempre
amenazando, es siempre porosa al sinfín que la invade, que la penetra por todas
partes, y en ella se establecen como fundamentales estos matrimonios de “esta
casa” y “yo, Fulano de Tal”, en ese caso ya se comprende que el que lo está
diciendo, el que está haciendo la formulación, está comprometido de la misma
manera, de forma que nunca un ente real, nunca un matemático real, una
calculadora, una ordenadora real, puede ser del todo precisa, esacta: es
incompatible con la verdad; le compete, lo mismo que a su objeto, la perpetua
aproximación.
Por otra parte hay verdad, porque esa misma aproximación no tiene
sentido más que si se piensa como aproximación a la verdad, al total: lo hay,
solo que no es real. Y el (no lo llamemos ya “sujeto”), el que dice esa verdad,
que es verdad de lo que no se sabe, ése
a su vez no puede ser ningún ente real. Ese es yo, en la medida en que yo
igual que ‘aquí’, estoy fuera de toda realidad, no soy nadie. De manera que
digo la verdad en la medida en que no soy nadie. Está claro que las
formulaciones del mentiroso, tanto la temporal, como “lo que estoy diciendo es
falso”, como la de la escritura, no cumplen esta condición: ahí están apareciendo
un ‘aquí’ y unos “yo” que están inmersos en la propia realidad, en lo que en la
gramática suelo llamar como “realidad
situada”. No es estraño que caigan en esas contradicciones que son costitutivas
de la realidad misma. En cambio, yo, digo la verdad sin contradicción ninguna,
pero es mediante ese pago: yo no soy nadie real, y cualquier pretensión de
realidad para mí arrastra consigo otra vez lo mismo también, la falsedad de lo
que estoy diciendo, la falsedad del objeto.
Con esto lo dejamos. Interminablemente seguiremos dándole vueltas, pero
si os queda alguna oscuridad o curiosidad, decídmelo.
[1] Giorgio Agamben. El lenguaje y la muerte. Un seminario sobre el lugar de la negatividad. Pretextos. Valencia, 2003.
[2] Orna Harari: “ The Concept of Existence and the Role of Constructions in Euclid's Elements” Archive for History of Exact Sciences, volume 57 Issue 1 (2003), pp 1-23.
[Summary of the argument
This paper examines the widely accepted contention
that geometrical constructions serve in Greek mathematics as proofs of the
existence of the constructed figures. In particular, I consider the following
two questions: first, whether the evidence taken from Aristotle’s philosophy
does support the modern existential interpretation of geometrical
constructions; and second, whether Euclid’s
Elements
presupposes Aristotle’s concept of being. With regard to the first
question, I argue that Aristotle’s ontology cannot serve as evidence to support
the existential interpretation, since Aristotle’s ontological discussions
address the question of the relation between the whole and its parts, while the
modern discussions of mathematical existence consider the question of the
validity of a concept. In considering the second question, I analyze two
syllogistic reformulations of Euclidean proofs. This analysis leads to two
conclusions: first, it discloses the discrepancy between Aristotle’s view of
mathematical objects and Euclid’s practice, whereby it will cast doubt on the
historical and theoretical adequacy of the existential interpretation.
Second, it sets the conceptual background for an
alternative interpretation of geometrical constructions. I argue, on the basis
of this analysis that geometrical constructions do not serve in the
Elements
as a means of ascertaining the existence of
geometrical objects, but rather as a means of exhibiting spatial relations
between geometrical figures.]
[3] Max Jammer.-
Concepts of Mass in Contemporary Physics and Philosophy. Princeton
Univ. Press. Princeton. New Jersey, 2000.
Die unmittelbare Gewißheit nimmt
sich nicht das Wahre, denn ihre Wahrheit ist das Allgemeine, sie aber will das
Diese nehmen. Die Wahrnehmung nimmt
hingegen das, was ihr das Seiende ist, als Allgemeines.
Wie die Allgemeinheit ihr Prinzip überhaupt, so sind auch ihre in ihr unmittelbar sich unterscheidenden Momente, Ich ein allgemeines, und der Gegenstand ein allgemeiner. [...]
[5] “Tentativas para
precisar la imprecisión del uso de los términos
significación, denotación y sentido, metalingüístico y abstracto,
pragmático y modal” . En Hablando
de lo que habla. Lucina, 1989, pp. 33-56.
[7] Esto es: “En un plano o en una esfera no se necesitan más de cuatro colores para colorear un mapa de manera que dos regiones vecinas, es decir, que compartan una frontera y no únicamente un punto, no queden coloreadas del mismo color”