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Cuentan que había hace muchos años,
en un lugar lejano e inhóspito, un espejo grande como un lago, en el que residía
la Verdad.
La gente hacía largas expediciones
para buscarlo, pero por siglos fracasaban unos tras otros.
Por fin, un grupo equipado con
modernos instrumentos, movido por una fuerte convicción y gran entusiasmo,
descubrió a la distancia el brillo del ansiado tesoro.
Cada uno de los integrantes de la expedición corrió para apoderarse del espejo
de la Verdad. Al llegar, pelearon encarnizadamente para quedarse con el cristal,
hasta que finalmente lo destruyeron, partiéndolo en pequeños pedazos.
Cada uno conservó un trozo de
aquel espejo y lo guardó como un trofeo.
Al regresar a sus casas, cada uno enseñó su pequeño pedazo de espejo a sus
esposas e hijos. Cuando éstos crecieron, dividieron sus pedazos en cristales más
pequeños, para que cada hijo pudiera conservar un trozo.
Lo mismo hicieron éstos con sus propios hijos, y así de generación en
generación.
Siglos después, todo el mundo llegó a tener una parte.
Anónimo |