Uno de los cuentos de Andersen comienza
con la historia de un espejo mágico construido por unos duendes
perversos. El espejo tenia una curiosa particularidad. Al mirar en el,
solo se veían las cosas malas y desagradables, nunca las buenas. Si se
ponía ante el espejo una buena persona, se veía siempre con aspecto
antipático. Y si un pensamiento bueno pasaba por la mente de alguien, el
espejo reflejaba una risa sarcástica. Pero lo peor es que la gente creía
que gracias a aquel maldito espejo podía ver las cosas como en realidad
eran.
Un día el espejo se rompió en infinidad
de pedazos, pequeños como partículas de polvo invisible, que se
extendieron por el mundo entero. Si uno de aquellos minúsculos
cristalillos se metía en el ojo de una persona, empezaba a ver todo bajo
su aspecto malo. Y eso es lo que sucedió a un chico llamado Kay. Estaba
una noche mirando por la ventana y de repente se froto un parpado. Noto
que se le había metido algo. Su amiga Gerda, que estaba con él, intento
limpiarle el ojo, pero no vio nada.
Sin embargo, a partir de entonces Kay ya
no era el mismo de siempre. Cambió su carácter. Sus juegos ahora eran
distintos. Aparentaban ser muy juiciosos, pero su actitud era siempre
crítica, ácida, distante. Veía ridículo todo lo positivo y bueno. Le
gustaba resaltar lo malo, poner de relieve los defectos de todo. Y aquel
odioso cristal, que tanto había cambiado su modo de ver las cosas, se
fue deslizando desde el ojo hasta llegar al corazón, que se enfrió tanto
como su mirada y se convirtió en un témpano de hielo. Y entonces ya no
le dolía.
El chico acabo recluido en un frió
castillo, y allí vivía, persuadido de que era el mejor lugar del mundo.
Su amiga lo buscó de un lugar a otro durante un año. Tuvo que superar
muchas dificultades hasta que al fin lo encontró. Vio entonces como el
chico se entretenía coleccionando trocitos de hielo y componiéndolos con
diseños muy ingeniosos. Era el gran rompecabezas helado de la
inteligencia.
Quizás en la vida ordinaria a bastantes
personas les ha pasado algo parecido. En determinado momento, su mirada
cambió. Empezaron a ver todo con peores ojos, a fijarse siempre en lo
negativo. Fueron seducidos por una dialéctica turbia y peligrosa que les
llevaba a asomarse a todos los abismos. Pensaban que con eso superaban
una ingenuidad anterior, y les sucedió como a los que miraban en aquel
maldito espejo: estaban seguros de que ahora tenían una visión más
madura, de que veían las cosas tal como en realidad eran.
Y al cambiar su mirada, cambio también su
corazón. Empezaron a ver a las personas por sus defectos en vez de por
sus cualidades. Empezaron a ser envidiosos, a pensar mal, a sufrir con
los éxitos ajenos, a ser victimas. Muchos de ellos volcaron esa visión
negativa también sobre si mismos, y eso les llevo a agigantar sus
defectos, a infravalorarse y auto empequeñecerse.
Con el tiempo, quizás han advertido que
ese proceso les atormenta y les consume, pero les cuesta controlar sus
pensamientos. Saben que deberían reconducir esas ideas que se han
adueñado de su cabeza, pero hay algo que congela sus recuerdos y
emociones, como sucedía a Kay durante su cautiverio en el castillo.
Para superar ese modo negativo de ver las
cosas -que en alguna medida nos afecta a todos-, hemos de comprender lo
equivocado de ese dolor, lo que hemos sufrido y hecho sufrir
inútilmente, lo ingratos e injustos que hemos sido con nuestros
pensamientos. Cuando lamentemos de verdad todo eso, cuando dejemos
reponerse al corazón y empecemos a ver las cosas con los ojos de antes,
volveremos a ver la realidad tal como es.
Quizás el problema es que el corazón esta
ya un poco frío y apenas nos duele, como le pasaba a Kay. Pero no por
eso deja de tener y necesitar arreglo. Es un cambio difícil, pero
posible. En el cuento, fueron las lagrimas de Gerda las que se abrieron
camino hasta el corazón de su amigo, que también comenzó a llorar, y lo
hizo de tal modo que el maldito cristal salio flotando entre sus
lagrimas. También a nosotros nos puede ayudar mucho una mano amiga, una
persona que supere los obstáculos que sean necesarios hasta hacernos
comprender lo triste de nuestra actitud. Porque la vida a veces es dura
y difícil, pero lo es sobre todo por ese cúmulo de prejuicios que nos ha
entrado por la mirada y ha ido descendiendo hasta el corazón. Y solo ese
llanto del alma nos hará valorar el error y superarlo.
Alfonso Agilo.