Te he encontrado en muchos sitios, Señor. He
escuchado el latido de tu corazón en la tranquilidad perfecta de los
campos, en el sagrario de una catedral vacía, en la unidad de mente y
corazón de una asamblea de personas que te quieren.
Te he encontrado en el gozo, donde a menudo te
busco. Pero, en el dolor, te encuentro siempre, pues el dolor es como el
repique de la campana que llama a la esposa de Dios a la oración.
Señor, te he encontrado en la terrible magnitud
del dolor de los demás. Te he visto en la sublime aceptación y en la
inexplicable alegría de los que sufren.
En cambio, no he logrado encontrarte en mis
pequeños males y en mis estúpidos disgustos. En mi cansancio he dejado
pasar inútilmente el drama de tu Pasión redentora y la vitalidad gozosa
de tu Pascua, que queda sofocada por mi egoísta autoconmiseración.
Señor, yo creo. Pero aumenta mi fe.