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El Instituto de Astrobiología de la NASA nació en 1998 fruto de la iniciativa del premio Nobel 1976 en medicina, Baruch S. Blumberg y otros científicos en un marco político mucho más receptivo hacia la investigación de la posible existencia de vida extraterrestre.

Baruch S.
Blumberg posando para
la prensa en 1998.
El origen de este cambio se sitúa en el anuncio de que posiblemente hubiera materia viva fosilizada en el meteorito marciano ALH84001 (ver Papers nº 33-34), realizado en 1996. El aparato propagandístico, tal y como señalamos desde el CEI entonces, conmocionó al mundo.
Incluso el cicatero Congreso norteamericano, que había liquidado el programa SETI en 1993, volvió su mirada hacia estos temas.
A diferencia del proyecto de detección de vida ET a través de las ondas, que ahora debe financiarse con aportaciones privadas, el NAI se preocupa por los microorganismos y otras formas de materia viva todavía más primitiva en condiciones extremas; es decir, el tipo de actividad biológica que la agencia espacial cree posible encontrar algún día en otros mundos.
El NAI se ha concebido como una institución deslocalizada, fuera de unas paredes concretas.
Cuenta en la actualidad con más de 400 exobiólogos que pertenecen a una docena de universidades y centros de investigación desde donde desarrollan su labor: Arizona State University, Tempe; the University of Colorado, Boulder; Ames Research Center, Moffett Field, CA; The Scripps Research Institute, La Jolla, CA; the University of California, Irvine; Pennsylvania State University, University Park; Harvard University, Cambridge, MA; the University of California, Los Angeles; Woods Hole Marine Biological Laboratory, Woods Hole, MA; Carnegie Institution, Washington, DC; NASA Johnson Space Center, Houston, TX; the Jet Propulsion Laboratory, Pasadena, CA.
Sin embargo su presupuesto es muy discreto, 15 millones de dólares, pero Daniel S. Goldin, administrador de la NASA, espera llegar a los 100 en unos 5 años.
La concepción del Instituto de Astrobiología implica también un cambio en la actitud científica al convertirse en la base intelectual de un buen número de proyectos de la NASA.
Los investigadores del NAI esperan utilizar bases de datos genéticas de microorganismos fundamentales para establecer relaciones entre procesos evolutivos y sucesos geoquímicos y paleontológicos.
Por otra parte, pretenden lanzar microondas de detección de ADN a bordo de naves espaciales miniatura buscando señales de vida elemental.
Los extremófilos han sido hasta ahora los objetos principales de su estudio. Bajo la dirección de Christopher Mckay del centro Ames de la NASA, extrajeron microbios termófilos en Badwater; en el Valle de la Muerte (California) para analizar el ADN.
Situado a unos 100 metros bajo el nivel del mar, la
temperatura más alta registrada en tales lares ha sido de
53'0l ºC; un auténtico infierno.
Las investigaciones continuarán con expediciones a otros puntos del globo como el desierto de Gobi (Mongolia) o a la Antártida.
JORDI ARDANUY
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BOLETÍN Nº22
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