STENDEK Nº40.Junio l980
La mayoría de los hombres de ciencia, no se han preocupado, aparentemente por lo menos, por el fenómeno OVNI, y de los que lo han hecho, el mayor número considera que los testigos si fueron veraces han cometido errores de observación.
No han sabido interpretar correctamente lo que vieron realmente: el planeta Venus, esfera de aire ionizado, nubes, aviones, helicópteros, globos meteorológicos, satélites artificiales y otros fenómenos más o menos vulgares, pero conocidos.
No es, pues, ningún secreto, el que la ciencia rechaza el fenómeno. Vamos a intentar analizar los motivos de este rechazo y sus consecuencias.
Si los OVNIS existen tal como afirman los testigos que dicen haberlos visto, sus características de vuelo son tales (enormes aceleraciones y desaceleraciones, velocidad supersónica silenciosa, etc.) que no se pueden comprender con la ciencia actual. No son verosímiles. Suponen una tecnología, a su vez basada en una ciencia, muy por encima de los países más desarrollados.
Hay que tener en cuenta que generalmente «la física teórica ejerce más bien sus efectos sobre la técnica de un modo indirecto y después de transcurridos largos espacios de tiempo» (1). Y la actual física no puede explicar el vuelo de los OVNIS.
La hipótesis de una criptopotencia, tipo sociedad secreta o civilización desconocida superdesarrollada, con una técnica muy por encima de la de los grandes países, es inaceptable dado el conocimiento que se tiene de nuestro planeta y la eficacia de los servicios policiales y de espionaje de las grandes naciones.
Por lo tanto no pueden ser terrestres. Por otra parte, se considera con gran fundamento, que no puede haber vida inteligente en otro planeta de nuestro sistema solar y que no es posible que vengan de fuera de él, dada la enorme distancia (4,2 años-luz a la estrella más cercana: Próxima del Centauro).
Luego si no pueden ser terrestres ni extraterrestres, no pueden existir, luego no existen; luego los testigos se engañan o engañan.
Esta argumentación es lógica sólo aparentemente, pues el fenómeno no podrá existir sólo a la luz de los conocimientos actuales. Es el argumento -ya clásico- de Lavoisier sobre los meteoritos: "No pueden caer piedras del cielo porque en el cielo no hay piedras". Poco importa que centenares de testigos los vean caer; oficialmente científicamente, no existen y no pueden caer.
La realidad es que «cuando un hombre de ciencia afirma que una máquina o un proyecto son imposibles, sólo revela las limitaciones de su época» (2).
A este respecto, podríamos citar múltiples anécdotas. Hay que tener en cuenta que las leyes científicas son, en realidad, sólo hipótesis de trabajo basadas en la experimentación, que pueden cambiar y que de hecho, «las teorías científicas están en perpetuo cambio» (3).
Pero en la Historia de la Ciencia, se ve que «en general sólo se rechazaba una hipótesis cuando se tenía ya otra dispuesta para ocupar su puesto» (4).
No obstante, el científico se basa en leyes, que aunque hipótesis, le permiten seguir sus investigaciones fructíferamente y por otra parte las somete al contraste de la experiencia, contrastándolas. Por principio toda ley o hipótesis científica ha de ser útil.
«Un sistema científico consiste en un conjunto de hipótesis que forman un sistema deductivo, es decir, dispuesto de tal modo que tomando algunas de ellas como premisas se sigue lógicamente todas las demás conclusiones» (5).
Ahora bien, sí el OVNI existe, rompe ese sistema, ya que «cualquier contraejemplo prueba que la hipótesis correspondiente es falsa, lo cual a su vez basta para refutar una hipótesis a nivel superior de la que aquella se deduzca» (6).
Es por tanto natural que el científico no crea. Es muy difícil tener la posición de espíritu de que presumía Darwin: «Procuraré conservar libre mi mente para renunciar a cualquier hipótesis, por muy querida que me fuere, una vez que los hechos se muestren opuestos a ella».
Algunos psicólogos han dicho que mucha gente "necesita creer" en los OVNIS, y yo me permito pensar que algunos hombres de ciencia "necesitan no creer" en ellos.
Al fin y al cabo nadie, por muy científico que sea, es completamente racional, y «la noción de lo digno de crédito es muy relativa y la incredulidad puede basarse en un exceso, de credulidad hacia los saberes oficiales» (7).
Toda afirmación o negación lleva en sí un riesgo intelectual, pero para el científico la negación en este caso tiene menos riesgo, por lo menos a plazo corto. El que sea o no científica esa negación, ya es otro asunto. Para negar o afirmar hay que tener pruebas. Pero la tenacidad que se requiere para la investigación científica no es siempre compatible con una gran flexibilidad de espíritu.
Debemos, pues, considerar natural la incredulidad, pero «la incredulidad cuando reviste el carácter de suficiencia nos lleva a una ciencia dogmática y anquilosada» (8), caricatura de la verdadera ciencia.
De todas formas, creo que cometeríamos una injusticia si atribuyéramos sólo a esa incredulidad el rechazo del problema, pues hay científicos que piensan como Cuenot que «los no oficiales no se dan cuenta hasta que punto los "oficiales" están al acecho de toda verdad y de con qué avidez e ímpetu se lanzarían al estudio de fenómenos insospechados, con tanta mayor alegría cuanto más revolucionarios fueran estos para la ciencia tradicional» (9).
Recuérdense, como ilustración, las expediciones organizadas en 1917 (en plena guerra con Alemania) por Inglaterra para verificar la teoría de la relatividad de Einstein.
Considero que la clave del problema está en la naturaleza del fenómeno OVNI: no se puede repetir a voluntad del investigador, éste no puede atraparlo para experimentar con él en un laboratorio y no se presenta regularmente frente a ningún observatorio.
El científico se siente desarmado.
Creo que no puede haber prueba científica. La investigación del fenómeno se fundamenta en el testigo. ¿Cómo basar en él una ciencia?.
Se sabe de lo aleatorio del testimonio humano. El hombre de ciencia no tiene porqué ser, un buen interrogador. Además, no se siente seguro en un terreno que no es el suyo.
Y con razón, pues en la Historia hay casos de eminentes investigadores como por ejemplo Crookes y Richet que fueron engañados en un campo de investigación extraño (Metapsíquica). Ya que como dice Rostand: «Los científicos muestran a menudo estar desprovistos de todo espíritu crítico en terrenos que les son ajenos» (10).
Además de esta posibilidad de fraude, el que osa embarcarse en esta aventura corre los peligros del desprestigio y la marginación, incluso del ridículo ante sus colegas y ante el público en general.
¿Y por qué aventurarse en un terreno tan peligroso, si hay tanto campo para la investigación?. Esta, de por sí, ya es bastante aventura...
Al haber sido rechazado o marginado por la Ciencia, el fenómeno es "estudiado" por pseudocientíficos, charlatanes, místicos, antirracionalistas, psicópatas, etc., que con sus publicaciones logran desacreditar más el tema y lo hacen todavía menos atrayente para el auténtico hombre de ciencia.
La prensa sensacionalista aumenta más y más el descrédito con sus exageraciones y fantasías.
Otras veces el periodista ridiculiza a los que dicen haber visto un OVNI, por lo que muchos otros testigos, amordazados por el miedo al ridículo, permanecen en silencio, con lo que muchos casos son ignorados.
Otro aspecto muy importante es el de las comisiones oficiales, que en algunos países se han formado para el estudio de los OVNIS.
Parecen tener como finalidad real la negación del fenómeno. No son objetivas. En algún caso están supervisadas por agentes gubernamentales, que disimuladamente, imponen las directrices.
Se buscan a científicos que no crean en la realidad del fenómeno. Esto en principio parece correcto, pero también deberían tener la cualidad de no creer que el fenómeno no existe, y rechazar a los que creen que no puede existir.
Por lo menos deberían estar proporcionalmente repartidas las opiniones en pro y en contra. Pero tenemos elementos de juicio para creer que preferentemente se buscan científicos de los que se tenga la seguridad de que darán un informe negativo.
En estas comisiones, hay otro aspecto importante: la casuística que se estudia en ellas. No se efectúa una suficiente eliminación previa de los casos negativos.
Al haber tal volumen de material, muchos se explican fácilmente y quedan relativamente pocos casos por explicar. Se publican los resultados y la investigación termina donde debería haber empezado.
Pero la opinión pública puede estar tranquila: se ha estudiado el asunto y no hay motivo de preocupación. Se le engaña.
Se confunde a propósito la «no demostración de su existencia» con la «demostración de su inexistencia».
Se publican los casos explicados. Se ocultan los inexplicados o se explican con el poco escrupuloso procedimiento de poner en duda apriorísticamente la veracidad o la salud mental de los testigos, con lo que se consigue desacreditar todavía más el fenómeno y se induce a los testigos de otros casos a no dar parte de ellos.
De lo que bajo presión política o ideológica son capaces de hacer muchos científicos eminentes, nos lo demuestra, por ejemplo, la aceptación y difusión de las delirantes teorías y experiencias de los investigadores soviéticos Mitchurin y Lissenko por parte de casi todos los hombres de ciencia comunistas de todo el mundo, en la última época de Stalin (11).
Afortunadamente, en todas esas comisiones oficiales hay científicos lo suficientemente poco cándidos como para darse cuenta de los manejos a que son sometidos y lo bastante honestos para no estar de acuerdo. Es un hecho repetido que de ellas salen científicos, más incrédulos de lo científico del método empleado y de la honradez o capacidad de sus compañeros, que de la realidad del fenómeno, y que consideran que C.G. Jung tenía razón al afirmar que «la gente ve verdaderamente algo y que estas apariciones no son explicables de ninguna manera como hechos psicológicos colectivos» (12), algo que merece la pena estudiar.
Aparte de esos científicos procedentes de las comisiones de investigación, hay otros, que considerando que «el investigador debe ser curioso y amar la aventura», como dice Frederic Joliot-Curie, tienen el valor de estudiar el fenómeno OVNI. Algunos lo vieron casualmente, otros hablaron con colegas o testigos que les merecieron crédito. Otros se documentaron seriamente.
Todos ellos creyeron que era un asunto importante. Así evitan que quede rodeado «por un triple cordón de incredulidad, de pereza mental y arrogancia» (13).
VICENTE MANGLANO
NOTAS
(1) Werner Heisenberg, "Los Nuevos Fundamentos de
la Ciencia", Ed. Norte y Sur, 1962.
(2) Edward Kasner y James Newman, "Matemáticas e
Imaginación", Hachette, 1944.
(3) Karl R. Popper, "La lógica de la investigación
científica", Ed. Technos, l967.
(4) R.B. Braithwaite, "La explicación científica",
Ed. Technos, 1965.
(5) (6) I.Ibid.
(7) Jean Rostand, "Ciencia y Falsas Pseudociencias".
Ed. Technos.
(8) B. Heuvelmans, "Tras la pista de los animales
desconocidos", Ed. Luis de Caralt, l958.
(9) L. Cuénot, "Science et pseudociencies", Revue
Scientifique, 1940.
(10) J.Rostand
(11) Estos trabajos rechazaban las leyes de Mendel: la existencia
de los genes. Afirmaban que las especies se transforman unas en
otras, así el trigo puede engendrar centeno, la cebada y el
centeno, trigo; si se añadía a la savia de aloe cristalizada
ácido nucleico, se creaban células.
(12) "Sobre las cosas que se ven en el cielo", 1961.
(13) B. Heuvelmans. La frase no se refiere a los OVNIs, sino a
los animales desconocidos