
Vicente-Juan Ballester (1948) es un veterano investigador valenciano. Autor de numerosos estudios ufológicos, ha publicado varios libros entre los que destacaremos Los OVNIS y la ciencia (1981, con M. Guasp), Enciclopedia de los Encuentros cercanos con OVNIS (1987, con J. A Fernández) y más recientemente, Expedientes insólitos (1995). En 1982 recibió una beca de la Fund for UFO Research para el estudio de los aterrizajes en la Península. Desde 1988 se ha especializado en los casos ovni con testigos militares, tomando parte activa en el proceso de desclasificación, lo que le ha procurado no pocas polémicas. Es uno de los patronos y promotores de la recién constituida Fundación Anomalía.
ACTITUDES UFOLÓGICAS
Cuando redactaba el capítulo «Ufología y ufólogos» para mi libro Expedientes Insólitos (Temas de Hoy, 1995), me preocupaba especialmente que el aficionado novel al tema OVNI conociera las aportaciones intelectuales de una generación de investigadores que los más jóvenes desconocen o de la que parecen no haber aprendido nada. Son realizaciones importantes que, por alguna oscura razón, varios de los más profusos creadores de literatura OVNI se empeñan en ignorar, en abierta contradicción con los cánones que impone el progreso del conocimiento humano.
Aprovecharé que Papers d'OVNIS me ha solicitado unas notas sobre mi posición actual, para delinear cómo veo yo ciertas tendencias contemporáneas en el panorama de la ufología española. Quiero hacer una reflexión en voz alta que ayude a sistematizar un análisis conductista del género «ufólogo».
El pie me lo ha dado la lectura de un articulo de la periodista y trabajadora social canaria María Ferraz, que se inicia así:
«Decepción. Creo que esa es la palabra más apropiada para expresar el sentimiento que me inspira la comunidad ufológica de nuestro país».
Para ella, principalmente, hay una polarización entre los «adeptos» a dos personas cuyos apellidos empiezan por B: unos «se manifiestan más abiertamente en pro de la hipótesis extraterrestre» y otros «intentan dar una explicación más racional a los casos».
Ferraz percibe que todo el mundillo gira en torno a la influencia de estos dos caballeros, con la excepción de la agrupación escéptico-militante Alternativa Racional a las Paraciencias, aunque también alude a otros independientes que «intentan buscar una línea coherente que dé sentido a la investigación ufológica».
En primera instancia, sus observaciones son correctas si nos atenemos al «así es, si así os parece». A mi juicio, en realidad, las verdaderas diferencias se sitúan a un nivel más profundo. Falta introducir una variable -una llave maestra- sin la que no puede hacerse un análisis verdaderamente esclarecedor del paisanaje ufológico. Me refiero al concepto de motivación individual aquello que conduce a cada cual a hacer ufología, la razón intima por la que uno se dedica a la «investigación OVNI».
Mi tesis es que, si nos atenemos a ello, las auténticas divisiones que se forman en cualquier sociología ufológica son estas: los propagandistas y los profesionales.
Enclavados en el apartado propagandista están aquellos que desean fervientemente hacer del enigma de los OVNIs y materias conexas una forma de ganarse la vida (cosa distinta es que lo consigan o no). La práctica demuestra que propenden al sensacionalismo, a la creación de misterios y al sostenimiento de mitos, debido a que su sometimiento al «mercado de lo oculto» les arrastra por derroteros predecibles.
Los que llamo profesionales son personas que, primordialmente, dedican lo mejor de su tiempo al mundo de la empresa, la enseñanza, la sanidad, la administración, la universidad, etc. Las horas invertidas en el estudio del fenómeno OVNI son complementarias a su jornada laboral y ese esfuerzo proviene de un ansia intelectual por desentrañar misterios. En líneas generales, su status social y económico conlleva una suficiente autorrealización que les permite una sana independencia.
Los propagandistas están abocados a hinchar las historias de OVNIs porque aclararlas, -decir la verdad-, implica matar su gallina de los huevos de oro, mientras que los profesionales no tienen esa limitación y pueden permitirse el lujo de zanjar las cosa (léase explicar los casos, cuando éstos pueden resolverse adecuadamente).
Éstos, contrariamente a lo que pueda pensarse, no piensan todos igual, habiendo simpatizantes de la hipótesis ET, ufólogos escépticos, analistas de observaciones, pensadores descreídos, estudiosos sin posición o neutrales, etc. El sector de profesionales suele recibir furibundos ataques de los propagandistas, quienes temen que se les arruine un negocio basado en la especulación, la credulidad, la información incompleta y sesgada, en suma, vivir del cuento.
Por ejemplo, la antes citada María Ferraz escribe, en otro interesante ensayo, que a poco que se use el espíritu crítico y no se acepte comulgar con ruedas de molino «se nos acusa de ir en plan Atila..., desprestigiando a los testigos..., se nos declara una guerra de..., insinuaciones..., sobre nuestra forma de actuar». Si la autora ahonda -y aguanta- en su línea de trabajo, me atrevo a vaticinar que pronto recibirá iguales apelativos cariñosos que los que cierto sector recalcitrante dedica a varios de nosotros. Y, si no, al tiempo.
Los grupos que convencionalmente denomino propagandistas y profesionales, sostienen visiones muy distintas del tratamiento que hay que dar al tema OVNI. Los primeros suelen frivolizar y novelar los casos, realizan un estudio pobre y superficial de los hechos -hay que vender «primicias»-, buscan el impacto de sus historias ocultando los aspectos más débiles de los testigos y las ambigüedades de los avistamientos, censuran o tergiversan los resultados de otros si no les convienen, etc. Los segundos pueden permitirse el lujo de darse un tempo más holgado, son más reflexivos, buscan asesoramiento técnico externo y logran resolver y explicar sucesos que son misteriosos para otros.
La clase propagandista es centrífuga por naturaleza e individualista por definición.
Prácticamente cada nombre conocido en la escena ufológica edita un órgano de difusión propio -su revista unipersonal-, como desesperado intento de buscar una identidad y autoestima que no alcanzan por otros medios. (Un rápido y no exhaustivo cómputo de estas publicaciones alcanza enseguida la cifra cercana a veinte en España, asociadas a otros tantos apellidos).
Su corporativismo es de fachada, a excepción de negocios editoriales o audiovisuales a medias, y es puramente un reflejo egoísta -yo te cito, tú me citas, con las excusas más peregrinas-, que propicia una barata publicidad que les encumbre algún día, todo ello en detrimento de una valoración objetiva de la realidad investigadora, aunque, eso si, su colaboración siempre está limitada a que «no me quites una exclusiva».
La clase profesional es más centrípeta, tiende a agruparse, a converger en objetivos comunes, a unificar puntos de vista.
Lo que fueron o podrían ser personalidades fuertes y competitivas, dejan de lado potenciales liderazgos individuales para subsumirse en colectivos. Dando muestras de madurez, se aparcan diferencias menores para embarcarse en proyectos conjuntos de gran calado. Ejemplo característico es el creciente número de estudiosos y asociaciones que se nuclean en tomo a Cuadernos de Ufología y en la Fundación Anomalía.
Según lo veo, entre los propagandistas y los profesionales se vislumbran también otras significativas distinciones en sus niveles personales de ética, metodología y precisión, pero no es mi intención presentar mayores detalles ahora.
Recuerdo que cualquier generalización implica una simplificación y que toda regla tiene su excepción. Además, las creencias -o índice de credulidad- personales pueden modificar la pertenencia de un ufólogo de un grupo a otro. Así, pueden haber propagandistas que empleen rigor y sinceridad en su trabajo o profesionales que estén obsesionados por los platillos volantes y difundan información apócrifa. Pero, globalmente, creo que la dicotomía es válida en el modelo universal.
¿Cual es la proporción de una y otra categoría?. Aunque no pretendo cuantificaría, no me resisto a citar al joven propagandista gallego Manuel Carballal cuando escribe que «posiblemente el 85% o 90% (sic) de la comunidad ufológica está compuesta por divulgadores o aspirantes a divulgadores que, las más de las veces, encuentran su sublimación egocéntrica en conferencias o emisoras de radio locales, revistas o boletines de mayor o menor tirada, etc.».
La clave para incluir a éste o aquél en uno de los dos grandes grupos precitados es determinar si los OVNIs y lo paranormal dominan su vida y son la única vía para su realización personal o no, aplicando un criterio de productividad/improductividad para cada uno; verbigracia, ¿es lo único que sabe hacer?.
VALENCIA, 1996
Agradezco a Jordi Ardanuy, Ricardo Campo, Luis González y Matías Morey por sus útiles comentarios