La
llegada a Soria
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Siéntate ahí,
ponte cómodo. Coge estas páginas
y lee. Quizá no haga falta que lo hagas
siquiera. Eso significará que aún
tienes buena memoria, la cabeza no te falla, todavía
puedes recordar aquellos tres días
recorriendo Soria. Pero seguramente los detalles se te escapen, a cualquiera le
pasaría. Leyendo estas páginas
tal vez llegue el momento de cerrar los ojos y dejar que aquellos días
vuelvan hasta ti, que recorras el paseo del Mirón
una vez más, que te sientes en la plaza
Mayor por la tarde y
pidas, por variar, una cerveza sin alcohol. Después,
la larga caminata, el calor y el cansancio parece que se evaporan al contacto
con la bebida fría. Y entonces todo vuelve,
la gente que se sentaba alrededor, la muchacha que te vendió
a regañadientes un bocadillo la primera
tarde, los actores que irrumpieron en la plaza disfrazados de personajes extraños,
verdes, uno de ellos montado sobre otro que hacía
de camello. Los niños arremolinados,
contentos, expectantes. Los que se intentaban colar entre las obras de la
Audiencia volviendo para ver qué era eso,
unos monigotes que daban vueltas por la plaza haciendo sonar una caracola.
Volverán las familias a recorrer el Collado
saludando a los amigos y los viejos que se sentaban en el paseo del Mirón
y las ancianas que tiraban bolos junto a la ermita de la Soledad.
Regresarán aquellos
días luminosos, sencillos, y dejarán
de ser distantes. Tú también
te convertirás en el que eras entonces, un
hombre de mediana edad, aún fuerte, capaz de
largas caminatas, incansable en la búsqueda
de nuevas calles, de historias distintas, de una buena fotografía.
Sí, mira las fotografías
que se incluyen en el texto. Quizá baste con
eso para que aquel mundo vuelva y sientas los espíritus
de Machado y Leonor en tu paseo por la orilla del Duero hasta San Saturio, los
árboles junto a la ermita plagados de letras
que son nombres y de números que son fechas.
Ese acodarte en la pasarela y sentir el rumor del río
y el viento soplando sobre los álamos de la
orilla. Como si el propio don Antonio, con sus treinta y pico de años,
recién casado, aún
fuera a aparecer a tu lado, Leonor junto a él,
para conversar del tiempo, de los recuerdos, de qué
supone ser viejo o estar enamorado o recordar la niñez
pasada.
Al principio fue el deseo de hacer una nueva escapada a tierra castellana, después de otros viajes a Segovia, Toledo o Ávila. Pero ya no quedaban sitios cercanos, de esos que puedes recorrer en un solo día. Así que miré más allá, alguno donde pudiera estar uno, dos, quizá tres días. Se ofrecían Burgos, tan atractiva, Salamanca, cuya plaza quiero algún día recorrer. Tal vez la más humilde fuera Soria. Pero me gustan los sitios así, nada grandes, abarcables, con una medida humana que no exceda mucho del recorrido de un día entero. Además, estaba Machado. Uno de los párrafos de su vida, el de su exilio, lo había recreado literariamente unos meses antes lo que me indujo a preguntarme cómo debieron ser sus días felices, aquellos en que llegó a una ciudad que le recibió con alguna desconfianza, donde, superada la treintena, fue a fijarse en una muchacha tan joven, la hija mayor de la patrona que regentaba su pensión.
El terreno que media entre la salida de Madrid y la
desviación de la autovía
que conduce a Zaragoza y Barcelona no tiene un paisaje que apetezca mirar dos
veces. Se pasa Guadalajara, al menos vi la indicación
en tal sentido, pero a los lados de la carretera se levantan naves industriales,
fábricas, sedes de empresas. A su alrededor
campiñas que ahora eran de secano,
amarillas, impersonales. Luego el autocar se desvía
a la derecha, sube por un puente y atravesamos la autovía
que acabamos de dejar. Tras unos kilómetros
el ambiente cambia con cierta radicalidad. Ves el cartel
que anuncia
desviaciones a pueblos que me gustaría
visitar: Medinaceli, Almazán. Este
último pueblo sobresale al fondo, la torre
enhiesta de una iglesia (quizá San Miguel,
piensas, esperando el momento de visitarla, sin saber aún
que será uno de los momentos más
interesantes de tu viaje). Se ve algún
arroyo que bordea la carretera, casi seco debido a la sequía,
árboles que empiezan a menudear. El autocar
ronronea cuando sube cuestas que nos alejan del llano anterior. Los pinares
discurren a ambos lados de la carretera. De repente, casi a la entrada de un
pueblo pequeño, ocho casas mal distribuidas,
me quedo estupefacto: Una pequeña y perfecta
iglesia románica parece hacerme un guiño.
Lamento no llevar a mano la cámara para
sacar su imagen, tan lejos de ese pueblecito como para ir andando, que dicho
pueblecito ni siquiera llegue a saber cuál
es. Allí queda sola la pequeña
ermita, un ejemplo más de ese románico
que buscaba en la soledad de los campos el recogimiento interior, lejos del gótico
que pretendía transportar el alma ciudadana
hasta la altura divina.
Cuando al fin llega el autocar hasta la estación de Soria mi primera sorpresa es el servicio de taxi. Me dice un vendedor que mire fuera de la estación, a la izquierda, a ver si hay alguno. Es una parada de taxis aunque nada lo indique, salvo un teléfono casi desvencijado donde se reciben las peticiones. En ese momento sale el último taxi. Me quedo mirándolo y el conductor me mira también. "¿Necesita usted taxi?". Afirmo. "Dentro de cinco minutos estoy aquí otra vez, espéreme a la vuelta, que será más rápido". Así lo hago. Cuando pretendo coger otro taxi que descarga, el conductor me pregunta si he pedido vehículo. Digo que uno tenía que venir pero no lo ha hecho. Es renuente a pisarle el terreno a un compañero. Luego me enteraré que el servicio público de taxis en Soria se pide por teléfono y no se pasea uno sin rumbo a la espera de que pase alguno, porque probablemente sólo conseguirá cansarse sin remedio e inútilmente. Cada taxista me dará su tarjeta personal para que, en caso de que los dos teléfonos correspondientes a las paradas no tengan compañeros, puedas recurrir directamente a él.
Avanzamos por la ciudad intercambiando algunas frases y empiezo a sorprenderme. Me lleva por barrios de casas prácticamente nuevas, modernas. ¿Dónde está la Soria de la que me han hablado?. ¿La que se recorría en una tarde?. ¿Dónde se encuentran los monumentos, las casas viejas de las que has leído que pueblan el centro de la ciudad, las iglesias y conventos?. Aquello parece una urbe de regular tamaño. El taxista se muestra algo despectivo: "Aquí los jóvenes emigran pronto. No hay trabajo, se van". Pienso que es extraña esta afirmación y me parece contradictoria con la presencia de casas tan nuevas. Si se construyen es que hay demanda de ellas, digo yo. Pero la ciudad he leído que tiene algo menos de cuarenta mil habitantes. El taxista incluso da una cifra más baja. Y yo aquello lo veo grande para ese número, lo seguiré viendo grande cuando pasen los días. He estado en poblaciones de sesenta mil habitantes que parecen considerablemente más pequeñas que Soria. No tendré tiempo de ir más allá. Sólo recorreré concienzudamente el centro, el que guarda la historia medieval de la ciudad, sin poder apenas más que entrever en taxi esa parte más moderna por donde circula el tráfico, se ve poca gente paseando y hay, en general, pocos comercios.

Al fin el taxi se introduce por un estrecho camino. A la derecha empieza a verse un erial y, más abajo, la ciudad vieja. A la izquierda hay una muralla y césped y unos bancos donde ahora no se sienta nadie, pero que se llenarán de viejos por la tarde. Después, una mole sorprendente. "¿Qué es esto?", le pregunto al taxista. "La ermita del Mirón", responde escuetamente. Y me gusta porque detiene el coche apenas unos metros más allá y me señala el hotel donde tengo contratadas tres noches. Ahora sé que tengo la ermita justo enfrente, que cuando salga por la puerta del hotel veré cada día la mole considerable de la ermita levantándose detrás de un campo verde. Entre ambos, ermita y hotel, un camino. El que lleva al mirador, me digo, por donde se domina la hoz del Duero, la mirada perdida de una jovencita vencida por la tuberculosis, en silla de ruedas, mientras Antonio se sienta a su lado y juntos ven el atardecer, tal vez la mano de ella entre las de él, los dos hablando de tiempos pasados, mirando lo que yo veré en breve, esa misma noche, los restos de la muralla, el brillo del río por entre los arcos del puente.

Tal vez escuchasen lo que yo oí una noche, mientras cenaba como todas en aquel mirador un bocadillo de queso y jamón. Era la noche levemente ventosa, había poca gente a mi lado porque empezaba a refrescar. No tuve la prudencia de llevarme una rebeca y sentía algo de fresco pero no deseaba irme aún. La pareja que había bajado por la cuesta unos metros y se había sentado en una roca, las manos unidas, dejando vagar la mirada por el paisaje, el río, las murallas, el monte de las Ánimas enfrente, ya se había ido. Casi estaba solo cuando escuché, nítidas, unas notas que venían de algún lado ahí abajo. Quise pensar que era una dulzaina pero tal vez fuera simplemente una flauta. Alguien que parecía tocar para sí mismo, repitiendo notas, parando de vez en cuando. Yo seguía su pequeño e interrumpido concierto. El viento soplaba sobre los árboles de la orilla dejando un rumor persistente. Lo sentía en la piel mientras comía mi bocadillo pero no quería irme a la habitación todavía. Era un rato especial el que reservaba cada noche allí, en el mirador donde acaba el paseo del Mirón. Dejando que las nubes se fueran oscureciendo, que a mi espalda adquirieran en ocasiones unos tonos rojizos y crepusculares. Sentado en el banco escuchaba las notas de aquel músico improvisado y quedaba en paz, como si fuera yo mismo el que tomara las manos de Leonor, las manos de las que huía la vida, para recitar unos versos...
¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor!. ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

Dejar que la música suene en la tarde que declina, que el rumor de las conversaciones a tu lado vaya acabando y el último paseante marche. Quedar solo en la plazoleta de los Cuatro Vientos y entonces sentir que es tuyo aquel mismo paisaje, que las rocas sueñan para ti y que el sueño es de paz, de amor sereno y de nostalgia.